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Domingo 15 del tiempo ordinario (A)

julio 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11 La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Sal 64, 10. 11. 12-13. 14 R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23 La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (A)

julio 10, 2014

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11 La lluvia hace germinar la tierra

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23 La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 Salió el sembrador a sembrar

 

La palabra, lluvia y semilla

Van GoghLa revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión 1larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

Van Gogh 2El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio.  Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

Sal de tu tierra

marzo 18, 2011

«Yahvé dijo a Abram: “Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”.» (Gn. 12,1)

Sal, ponte en camino, camina, que la rutina no te entumezca, ni te adormezca la inercia que te lleva como un torrente; sé protago¬nista de tu propia vida: ella misma es un camino que tú debes recorrer personalmente. No creas a los que dicen que «no hay nada que hacer», «que nada hay nuevo bajo el sol», que es preciso vivir «como todo el mundo», que es preciso no complicarse la vida… Por el contrario, tus pasos son tuyos, tu camino es único y nadie lo puede recorrer por ti:

El camino que tienes ante ti no lo conoce nadie. / Nadie ha ido nunca por el camino por el que tendrás que ir tú. / ES TU CAMINO / Insustituible. / Puedes dejarte aconsejar, / Pero decidir, eso debes hacerlo tú. / Escucha la voz de tu maestro interior. / Dios no te ha dejado solo. / Él habla contigo en tus pensamientos. / Confía en Él. / Confía en ti mismo.

                              (U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

De tu tierra: sal de tu seguridad cotidiana, no te conformes. En realidad, lo que crees tu tierra es tu exilio: tu tierra, tu verdadera patria, tu identidad única y auténtica es sólo una promesa (es tierra prometida) y tienes que buscarla, irla creando en el diálogo con la realidad que es tu biografía.

Lo que crees tu tierra, en cambio, es una seguridad engañosa que te puede alienar y extraviar, hacer de ti un extranjero en tu casa, un exiliado interior.

Eso que crees tu tierra, de la que has de salir, si quieres, son tus convicciones (políticas, éticas, religiosas) no personalizadas, heredadas por tradición o aceptadas por contagio, pero que no han hecho carne en tu realidad profunda, que no son verdad vital, sino adherencia, como una costra. Son también tus prejuicios, respuestas fáciles a problemas difíciles, que te evitan toda confrontación con la realidad, toda búsqueda y la humildad de reconocer que no lo sabes todo; son tus máscaras, esos parapetos en los que te escudas fácilmente, como los papeles,  los roles que desempeñas a diario, tu estatus social, tu prestigio, la imagen que quieres dar, las cosas que te identifican como un tipo de hoy; o ideologías que te dan relieve: un relieve engañoso que consiste en ser apreciado por no disentir, por someterse, por «ser como todo el mundo». Las máscaras son muy útiles, pues te evitan precisamente dar la cara, exponerte, arriesgar, dando lo más auténtico de ti; pues al exponerte serás auténtico, pero también, ¡qué fastidio!, revelas tus límites, tu pequeñez, la verdad palmaria de que no eres autosuficiente ni perfecto: pones al descubierto que existen sombras en tu vida que no quisieras afrontar.

Tu tierra, lo que crees tu tierra, son también tu dinero y tus cosas: las que tienes o las que quieres tener, y que te dan -o te prometen- tanta seguridad; son tus relaciones habituales, tal vez vulgares, guiadas por el interés y que esconden tu pobreza. Tu tierra es también lo cotidiano que adormece tu sensibilidad para lo extraordinario y nuevo; es tu rutina semiinconsciente, que impide que vivas con los ojos abiertos, desde ti mismo; es, en suma, tu superficialidad, que ahoga tu capacidad para vivir profundamente, de forma que ni te das cuenta de las raíces del mal que hay en ti, ni, sobre todo, del tesoro escondido que hay en tu campo, en tu verdadera patria.

Pero, cuidado, tu tierra, lo que crees tu tierra, de la que debes salir, pueden ser también tus cualidades, tus compromisos, tus buenas acciones, de las que te sientes satisfecho; para los que «tienen experiencia» de vida cristiana (de oración, de apostolado, de vida consagrada, etc.), también esa experiencia puede ser la tierra de la que han de salir. También de ahí te manda salir el Señor.

«Sal de tu tierra» es una llamada continuamente repetida en la Biblia. En el mismo relato de la creación se indica su dimensión originaria: el hombre dejará a su padre y a su madre (su patria, su tierra) para unirse a su mujer y ser una sola carne y hacer así una historia nueva (cf. Gn 2,24). El pueblo de Israel, guiado por Moisés, sale de la seguridad esclavizante de Egipto -los ajos y cebollas, los horizontes limitados y estrechos, la alienación dulce- «a la tierra que te mostraré» (cf. Ex 3). Los salmos exhortan en la misma dirección, aunque en ellos el hombre expresa a veces su inseguridad y su angustia: «tú me conduces a espacio abierto» (Sal 18,20); pero también el júbilo de la elección: «olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza» (Sal 44). María salió de su casa a la montaña de Judea y experimentó allí lo extraordinario de Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). También Jesús sale de su aldea, su pequeño mundo, en donde están sus raíces, sus recuerdos, sus seguridades, y se va al desierto, en donde experimenta los embates que habrá de sufrir durante su vida pública: las tentaciones de la búsqueda del propio provecho, del triunfo sorprendente, de las componendas…

Pero responder a la llamada -caminar en pos de la autenticidad de la propia vida- exige pagar un precio. Al fin y al cabo, en la tierra de lo cotidiano y superficial, basta «tener un poco de suerte» para ser más o menos feliz, sin grandes cuestionamientos, sin complicarse la vida. Y salir de esa tierra (que no será de promisión, que será, cierto, algo esclavizante, pero en la que, al menos, hay ajos y cebollas y algo de carne) exige adentrarse en el desierto, en el que uno está expuesto y sin agarraderos, significa exponerse a lo desconocido, arriesgar lo que se tiene. El desierto es el lugar del silencio en que nos probamos a nosotros mismos, desasidos de falsas seguridades, donde nos exponemos y, haciéndonos más conscientes de nosotros mismo, podemos escuchar las voces que nos brotan de lo más hondo: reconocer las tentaciones (que en la vida cotidiana, tal vez no nos lo parecen), pero también la voz del Dios que nos habla al corazón y nos da la fuerza para vencer aquellas.

Expuestos y a la escucha, centrados en lo esencial, en el desierto aprendemos a desenredarnos y a hacernos disponibles. El «Sal de tu tierra» tiene un sentido estrictamente humano, el ser humano, hombre o mujer, llamado a realizar su destino, su vocación humana única, alcanzar la autenticidad:

Nadie tiene tu huella dactilar. / Nadie tiene tu voz. / Nadie dice «te quiero» como tú lo dices. / Nadie cree como tú. / Nadie tiene tu historia. / Nadie percibe el mismo duelo, la misma dicha, como tú. / Nadie es como tú. / Nadie en tu país, / en tu continente, / en el tercer planeta del sistema solar, / en esa galaxia que llamamos Vía Láctea. / Nadie. / Porque tú eres único.

(U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

Pero salir de la tierra tiene además un estricto sentido cristiano: la relación con Dios es encuentro y camino. Es, para nosotros, una llamada de Cristo (ven, deja…), un camino de seguimiento (sígueme), una tarea o misión (id, anunciad…), para alcanzar la «patria de la identidad»: el Reino de Dios, la plenitud personal, pues «el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,21) y «vuestros nombres están escritos en el libro de la vida» (cf Flp 4,3). Cristo mismo es llamada, camino y meta.

Pero esta verdad esencial de nuestra vida se realiza, claro está, paso a paso. Hay llamadas grandes y llamadas pequeñas. Grandes decisiones y momentos menos brillantes, pero que componen también el cuadro armónico de la sin¬fonía de nuestra vida. Un rato de oración, unas horas de retiro, entran en esta dinámica. Renunciamos a algunas cosas, nos alejamos de lo cotidiano, abrimos un paréntesis, nos dedicamos un tiempo especial, tratando de recoger el desparramamiento en que se diluye nuestra vida, oscureciendo también, tal vez, su sentido. Acudimos a esos momentos cargados con los fardos de nuestra vida, con los ruidos que nos ensordecen, pero deseosos de escuchar a Dios, de dejarnos interpelar por Él, de avanzar en nuestro conocimiento de Cristo, de descubrir dimensiones nuevas. Hemos de abrir en nuestra vida esos espacios y hacer de ellos un tiempo denso y esencial. Nuestro equipaje, dejados a un lado los fardos que nos molestan, somos al final nosotros mismos, descuidados de otras cosas, dispuestos a realizar la experiencia del desierto, la soledad, el silencio y el encuentro. Acudimos a ellos, lo sepamos o no, respondiendo a una llamada: sal, ven, ven sin nada:

Vivía yo en el silencio / y me conformaba con pequeñas cosas, con pocas palabras. / Era yo pájaro que se entretenía en cortos vuelos… / Pero llegaste Tú: / metiste tu viento en mi polvo / e hiciste con mi carne un remolino; / metiste tu soplo en mi cuerpo y has enloquecido mi sangre; / levantaste entorno a mis alas una tormenta… / Yo dije: / Mira, Señor, que no quiero contender contigo, / ¡no me pongas la mano encima que soy débil! / Tu voz me llegó en el silencio: / Te quiero junto a mí. / ¡Ven sin nada! / Con rapidez me quité los vestidos y arrojé mis sandalias: / ¡Aquí estoy, Señor! / No vengas así -me respondiste-, / ¡ven sin nada! / Me fui a los pobres y les repartí toda mi hacienda y mi casa. / ¡Tomadla, tomadla! / ¿Así, Señor? / No, así no. ¡Ven sin nada! / Llamé a mis padres y les di mi nombre y su apellido: / Señor, ¿me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Corrí a los campos e hice una gran hoguera con todas mis palabras, / y quemé mis labios y mi lengua con las ascuas: / ¿Así, Señor? ¿Me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Entonces repliqué: / ¿Por qué, Señor, me llevas como a un loco de un lado para otro? / ¿Por qué no me dices de una vez qué he de hacer? / Dios atendió mi queja y me dijo: / Ve a casa del alfarero. / Que él haga un cántaro con tu barro. / Después ven a mí, que yo lo llenaré de agua. / Y tú correrás a dar de beber a los que tienen sed, / la derramarás sobre los arrepentidos, / bendecirás la tierra seca. / No temas si tu cántaro se rompe, / ni te preocupes si se dispersan sus trozos por la superficie de la tierra, / porque entonces te llamaré a mí / y vendrás como yo te quiero, / y te bendeciré en mi presencia.

(Domingo Martín Olmo, Carta desde la tierra, Colmenar Viejo, 1977)