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Domingo 5 del Tiempo Ordinario (C)

febrero 8, 2019

Lectura del libro de Isaías 6, 1-2a. 3-8 Aquí estoy, mándame

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro, diciendo: – « ¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está a de su gloría!» Y temblaban los umbrales de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: – « ¡Ay de mi, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.» Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: – «Mira; esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.» Entonces, escuché la voz del Señor, que decía: – «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?» Contesté: – «Aquí estoy, mándame.»

Salmo responsorial 137, 1-2a. 2bc-3. 4-5. 7c-8 R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 1-11 Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído

Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5, 1 -11 Dejándolo todo, lo siguieron

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: – «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.» Simón contestó: – «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.» Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: – «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: – «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.» Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

Rema mar adentro

 

El texto de Isaías que abre hoy la escucha de la Palabra muestra expresivamente la reacción del hombre religioso ante la visión de Dios: el misterio “tremendo y fascinante” suscita la conciencia de la propia y radical indignidad y el terror sacro, que evoca a la muerte. Dios remedia la situación mediante la purificación ritual, a la que sigue el envío. Esta visión tremenda contrasta con la presencia inmediata y accesible de Jesús, que se manifiesta, en el polo contrario, como el Dios cercano, el Emmanuel, el “Dios con nosotros”. No sólo el elegido purificado por el fuego sagrado tiene acceso a Cristo, sino que también la multitud puede verlo y escuchar su palabra.

Jesús habla, pues, a las masas. Su Palabra y la salvación que comunica no conocen fronteras: no son para una élite, ni se exigen credenciales nacionales, raciales, sociales o morales para entrar a formar parte del auditorio de Jesús. Éste habla desde la barca de los pescadores que se convertirán pronto en sus discípulos. Vemos en la barca de Simón un símbolo de la futura Iglesia, desde la que Jesús habla a todos. En esta predicación desde la barca descubrimos la universalidad sin restricciones que caracteriza al mensaje evangélico proclamado por la Iglesia.

Ahora bien, esta proclamación, ¿qué eco tiene? ¿Cómo acogió aquella multitud la Palabra de Dios de labios del nuevo Maestro de Nazaret? El evangelio no nos lo dice. Las reacciones ante la Palabra y ante el mismo Cristo serían muy diversas, como la parábola del sembrador nos da a entender en otro lugar. Jesús lanza la semilla, y cada uno debe responder a esa llamada. Lo que parece claro es que si se acoge la Palabra de Jesús en serio y hasta el final, no es posible quedarse “en la orilla”. La orilla, punto de partida inevitable, es insuficiente, pues indica falta de profundidad, superficialidad. El que escucha la Palabra y la acoge en serio es inmediatamente invitado a remar “mar adentro”, “duc in altum”, a alta mar, allí donde las aguas van profundas. Y para ello es necesario “mojarse” y montarse en la barca.

En el evangelio de hoy sólo Simón y sus compañeros son invitados a realizar ese viaje “a lo profundo”, pero en ellos hemos de ver a todo ser humano que escucha el mensaje de Jesús, no importa en qué circunstancias: en la masa anónima de la multitud, en la orilla del lago, de manera casual, superficial, atenta… La cuestión es que si se da el encuentro con este Dios cercano y que nos habla con palabras humanas, estas son, ya en sí mismas, una invitación a embarcarse e ir lo profundo.

Sin embargo, esta invitación encuentra en nosotros resistencia, como vemos también en Pedro. Ir a lo profundo exige mucha dedicación, mucho tiempo; y los frutos de esta brega resultan problemáticos, con frecuencia, incluso, parecen estériles. Una tentación permanente de la vida cristiana en todas sus vocaciones es permanecer en la orilla, donde todo está claro, hay movimiento, gente, donde nuestra atención está entretenida, donde, además, podemos dedicarnos a las múltiples urgencias que nos presenta la vida y que nos dan la sensación de hacer cosas útiles y con sentido. Allá, donde las aguas son hondas, hay que bregar en la soledad y en la noche; y no es raro que nos embargue la sensación de que todo esto es inútil y sin sentido. Para que la excursión a lo profundo dé sus frutos es importante, primero, perseverar con paciencia; y, además, confiar. Es Jesús mismo el que nos invita a dirigirnos allí y a trabajar en esos parajes. Sólo así la Palabra escuchada en la orilla, pero meditada, contemplada, escuchada en la soledad de la noche, puede, en su momento, dar frutos inesperados y abundantes, que sobrepasan todas nuestras expectativas.

Y cuando se produce el encuentro profundo con la Palabra de Jesús, con la Palabra que es Jesús, se reproduce el sentimiento de la propia indignidad que embargaba a Isaías, pero esta vez ante el Dios cercano y humano, sí, pero Dios al fin y al cabo. La reacción “apártate de mí, Señor, que soy un pecador” ya no la pronuncia Simón, sino, a tenor del texto evangélico, Simón Pedro. Es una reacción que supera con mucho la mera admiración ante un hecho inexplicable: es la expresión de un sentimiento religioso, similar al de Isaías, una verdadera confesión (“Señor”) por parte de un pescador (Simón) que ha empezado a convertirse en discípulo (Pedro). La cercanía de Dios en la humanidad de Jesús no está destinada a eliminar el sentimiento religioso fundamental de veneración y adoración, sino sólo a despojarlo del terror sagrado que suele acompañarlo. “No temas”, “no tengáis miedo” nos dice Jesús con frecuencia.

El relato evangélico de hoy nos habla, por un lado, de la misión apostólica de la Iglesia, que tiene que combinar con equilibrio el trabajo extensivo y el intensivo. El extensivo es la proclamación de la Palabra a todos, con sentido de universalidad y evitando todo sectarismo: la Iglesia no vive ni trabaja para sí misma, sino que debe ser como la barca desde la que hoy habla Jesús, un lugar abierto, accesible, al que todos pueden acercarse. Pero esto no agota su misión, sino que esa misma proclamación tiene que ser una invitación dirigida a todos para subirse a la barca en la que se sienta Jesús, para ir a lo profundo. Para profundizar es preciso que existan ámbitos, lugares, personas que propicien esa labor paciente, larga, difícil pero imprescindible para que se den los frutos inesperados y abundantes no sólo para los que los pescan, sino para ser compartidos, pues están llamados a alimentar a muchos. En la Iglesia hay vocaciones especiales dedicadas a “ir a lo profundo”: los contemplativos, las personas consagradas en general, los sacerdotes que proclaman la Palabra, también los laicos que, en determinados movimientos y corrientes de espiritualidad, tratan de profundizar en su vocación laical, matrimonial, profesional. En realidad, todos los fieles cristianos están llamados, cada uno según su propia condición, a escuchar la invitación y hacer el esfuerzo de remar mar a dentro. Por eso, este texto nos interpela también, por el otro lado, más personal, sobre nuestra relación con la Palabra de Cristo: ¿la escuchamos sólo circunstancialmente, en medio de la multitud, en la orilla, superficialmente, por ejemplo, mediante un cumplimiento más o menos formal de nuestras “obligaciones” cristianas? O, ¿hacemos, además, el camino de la meditación personal de la Palabra, perseverante, esforzada, a veces en la oscuridad, pero en la confianza de que acabaremos recibiendo frutos de vida que superan toda expectativa?

A veces se dice que la oración y la contemplación son actividades inútiles, propias de personas que huyen de la dureza de la vida y se refugian en “la mística”. Los que así hablan, además de desconocer las riquezas que esconden las aguas profundas, no tienen idea del temple, la paciencia, la fortaleza de ánimo que requiere perseverar en esa brega frecuentemente nocturna. Oración y contemplación no son actividades para débiles de espíritu, sino para espíritus fuertes, que se fortalecen precisamente en esa actividad tan “inútil” como esencial.

Esta fortaleza es necesaria también porque esa confrontación con lo profundo implica mirar cara a cara las propias sombras, hacerse consciente del propio pecado, como Pedro nos revela hoy. Y sólo así, reconociendo sinceramente la condición pecadora ante el único que puede limpiarnos, es posible superar todo temor y pasar a la relación de plena confianza.

Sólo el encuentro con Jesús y su Palabra en lo profundo nos descubre hasta el final quién es Él, y también quiénes somos nosotros ante Él. El que escucha la Palabra en lo profundo y ha probado mínimamente las riquezas encerradas ahí, no puede no comunicarla. Jesús, que nos interpela y llama con su Palabra, también nos envía. En todo esto se da una interesante combinación de afirmación y transformación del propio ser. Dios al llamarnos y encontrarse con nosotros en lo profundo respeta y confirma nuestro ser. Si somos pescadores, lo seguiremos siendo. Pero, tocados por la experiencia de la profundidad, nuestro ser ya no puede no hablar, y lo hace como eco de la Palabra, “diciéndola” en aquello que hacemos y vivimos. Simón se convierte en Pedro, el pescador del mar del lago de Genesaret, en pescador de hombres en el mar del mundo. De modo similar, Saulo, el defensor intransigente del judaísmo y perseguidor de la Iglesia, se convierte en Pablo, el apóstol, trabajador infatigable en la extensión del Evangelio “que nos está salvando”. Y así, cada uno de nosotros, de acuerdo a la vocación cristiana que le ha tocado vivir, puede preguntarse cómo, sin dejar de ser el que es, se ha convertido en un testigo que refleja en su vida la Palabra de Cristo, y transmite y comparte el fruto de su particular pesca milagrosa.

Puede sorprender la prontitud con que Simón Pedro y sus compañeros, Santiago y Juan, abandonan todo y se marchan en pos del Maestro. Pero no hay de qué sorprenderse, si caemos en la cuenta de que este seguimiento se produce tras el encuentro con Cristo “en lo profundo”. Hay un vínculo esencial entre la invitación a remar mar adentro y la llamada al seguimiento.

A veces, ser cristiano y vivir en el seguimiento de Jesús se nos hace difícil y cuesta arriba. Ciertamente, en este camino existen dificultades reales objetivas que Cristo no nos ha ocultado. Pero existen otras, subjetivas, que dependen de nuestra propia superficialidad, de nuestro empeño en permanecer en la orilla, de nuestra resistencia a ir a lo profundo y bregar en la oscuridad de la noche. Acojamos, pues, hoy la invitación de Jesús, “rema mar adentro” y, confiados en su Palabra, tratemos de hacer la experiencia de la profundidad.

Domingo 15 del tiempo ordinario (A)

julio 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11 La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Sal 64, 10. 11. 12-13. 14 R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23 La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

Sal de tu tierra

marzo 18, 2011

«Yahvé dijo a Abram: “Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”.» (Gn. 12,1)

Sal, ponte en camino, camina, que la rutina no te entumezca, ni te adormezca la inercia que te lleva como un torrente; sé protago¬nista de tu propia vida: ella misma es un camino que tú debes recorrer personalmente. No creas a los que dicen que «no hay nada que hacer», «que nada hay nuevo bajo el sol», que es preciso vivir «como todo el mundo», que es preciso no complicarse la vida… Por el contrario, tus pasos son tuyos, tu camino es único y nadie lo puede recorrer por ti:

El camino que tienes ante ti no lo conoce nadie. / Nadie ha ido nunca por el camino por el que tendrás que ir tú. / ES TU CAMINO / Insustituible. / Puedes dejarte aconsejar, / Pero decidir, eso debes hacerlo tú. / Escucha la voz de tu maestro interior. / Dios no te ha dejado solo. / Él habla contigo en tus pensamientos. / Confía en Él. / Confía en ti mismo.

                              (U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

De tu tierra: sal de tu seguridad cotidiana, no te conformes. En realidad, lo que crees tu tierra es tu exilio: tu tierra, tu verdadera patria, tu identidad única y auténtica es sólo una promesa (es tierra prometida) y tienes que buscarla, irla creando en el diálogo con la realidad que es tu biografía.

Lo que crees tu tierra, en cambio, es una seguridad engañosa que te puede alienar y extraviar, hacer de ti un extranjero en tu casa, un exiliado interior.

Eso que crees tu tierra, de la que has de salir, si quieres, son tus convicciones (políticas, éticas, religiosas) no personalizadas, heredadas por tradición o aceptadas por contagio, pero que no han hecho carne en tu realidad profunda, que no son verdad vital, sino adherencia, como una costra. Son también tus prejuicios, respuestas fáciles a problemas difíciles, que te evitan toda confrontación con la realidad, toda búsqueda y la humildad de reconocer que no lo sabes todo; son tus máscaras, esos parapetos en los que te escudas fácilmente, como los papeles,  los roles que desempeñas a diario, tu estatus social, tu prestigio, la imagen que quieres dar, las cosas que te identifican como un tipo de hoy; o ideologías que te dan relieve: un relieve engañoso que consiste en ser apreciado por no disentir, por someterse, por «ser como todo el mundo». Las máscaras son muy útiles, pues te evitan precisamente dar la cara, exponerte, arriesgar, dando lo más auténtico de ti; pues al exponerte serás auténtico, pero también, ¡qué fastidio!, revelas tus límites, tu pequeñez, la verdad palmaria de que no eres autosuficiente ni perfecto: pones al descubierto que existen sombras en tu vida que no quisieras afrontar.

Tu tierra, lo que crees tu tierra, son también tu dinero y tus cosas: las que tienes o las que quieres tener, y que te dan -o te prometen- tanta seguridad; son tus relaciones habituales, tal vez vulgares, guiadas por el interés y que esconden tu pobreza. Tu tierra es también lo cotidiano que adormece tu sensibilidad para lo extraordinario y nuevo; es tu rutina semiinconsciente, que impide que vivas con los ojos abiertos, desde ti mismo; es, en suma, tu superficialidad, que ahoga tu capacidad para vivir profundamente, de forma que ni te das cuenta de las raíces del mal que hay en ti, ni, sobre todo, del tesoro escondido que hay en tu campo, en tu verdadera patria.

Pero, cuidado, tu tierra, lo que crees tu tierra, de la que debes salir, pueden ser también tus cualidades, tus compromisos, tus buenas acciones, de las que te sientes satisfecho; para los que «tienen experiencia» de vida cristiana (de oración, de apostolado, de vida consagrada, etc.), también esa experiencia puede ser la tierra de la que han de salir. También de ahí te manda salir el Señor.

«Sal de tu tierra» es una llamada continuamente repetida en la Biblia. En el mismo relato de la creación se indica su dimensión originaria: el hombre dejará a su padre y a su madre (su patria, su tierra) para unirse a su mujer y ser una sola carne y hacer así una historia nueva (cf. Gn 2,24). El pueblo de Israel, guiado por Moisés, sale de la seguridad esclavizante de Egipto -los ajos y cebollas, los horizontes limitados y estrechos, la alienación dulce- «a la tierra que te mostraré» (cf. Ex 3). Los salmos exhortan en la misma dirección, aunque en ellos el hombre expresa a veces su inseguridad y su angustia: «tú me conduces a espacio abierto» (Sal 18,20); pero también el júbilo de la elección: «olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza» (Sal 44). María salió de su casa a la montaña de Judea y experimentó allí lo extraordinario de Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). También Jesús sale de su aldea, su pequeño mundo, en donde están sus raíces, sus recuerdos, sus seguridades, y se va al desierto, en donde experimenta los embates que habrá de sufrir durante su vida pública: las tentaciones de la búsqueda del propio provecho, del triunfo sorprendente, de las componendas…

Pero responder a la llamada -caminar en pos de la autenticidad de la propia vida- exige pagar un precio. Al fin y al cabo, en la tierra de lo cotidiano y superficial, basta «tener un poco de suerte» para ser más o menos feliz, sin grandes cuestionamientos, sin complicarse la vida. Y salir de esa tierra (que no será de promisión, que será, cierto, algo esclavizante, pero en la que, al menos, hay ajos y cebollas y algo de carne) exige adentrarse en el desierto, en el que uno está expuesto y sin agarraderos, significa exponerse a lo desconocido, arriesgar lo que se tiene. El desierto es el lugar del silencio en que nos probamos a nosotros mismos, desasidos de falsas seguridades, donde nos exponemos y, haciéndonos más conscientes de nosotros mismo, podemos escuchar las voces que nos brotan de lo más hondo: reconocer las tentaciones (que en la vida cotidiana, tal vez no nos lo parecen), pero también la voz del Dios que nos habla al corazón y nos da la fuerza para vencer aquellas.

Expuestos y a la escucha, centrados en lo esencial, en el desierto aprendemos a desenredarnos y a hacernos disponibles. El «Sal de tu tierra» tiene un sentido estrictamente humano, el ser humano, hombre o mujer, llamado a realizar su destino, su vocación humana única, alcanzar la autenticidad:

Nadie tiene tu huella dactilar. / Nadie tiene tu voz. / Nadie dice «te quiero» como tú lo dices. / Nadie cree como tú. / Nadie tiene tu historia. / Nadie percibe el mismo duelo, la misma dicha, como tú. / Nadie es como tú. / Nadie en tu país, / en tu continente, / en el tercer planeta del sistema solar, / en esa galaxia que llamamos Vía Láctea. / Nadie. / Porque tú eres único.

(U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

Pero salir de la tierra tiene además un estricto sentido cristiano: la relación con Dios es encuentro y camino. Es, para nosotros, una llamada de Cristo (ven, deja…), un camino de seguimiento (sígueme), una tarea o misión (id, anunciad…), para alcanzar la «patria de la identidad»: el Reino de Dios, la plenitud personal, pues «el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,21) y «vuestros nombres están escritos en el libro de la vida» (cf Flp 4,3). Cristo mismo es llamada, camino y meta.

Pero esta verdad esencial de nuestra vida se realiza, claro está, paso a paso. Hay llamadas grandes y llamadas pequeñas. Grandes decisiones y momentos menos brillantes, pero que componen también el cuadro armónico de la sin¬fonía de nuestra vida. Un rato de oración, unas horas de retiro, entran en esta dinámica. Renunciamos a algunas cosas, nos alejamos de lo cotidiano, abrimos un paréntesis, nos dedicamos un tiempo especial, tratando de recoger el desparramamiento en que se diluye nuestra vida, oscureciendo también, tal vez, su sentido. Acudimos a esos momentos cargados con los fardos de nuestra vida, con los ruidos que nos ensordecen, pero deseosos de escuchar a Dios, de dejarnos interpelar por Él, de avanzar en nuestro conocimiento de Cristo, de descubrir dimensiones nuevas. Hemos de abrir en nuestra vida esos espacios y hacer de ellos un tiempo denso y esencial. Nuestro equipaje, dejados a un lado los fardos que nos molestan, somos al final nosotros mismos, descuidados de otras cosas, dispuestos a realizar la experiencia del desierto, la soledad, el silencio y el encuentro. Acudimos a ellos, lo sepamos o no, respondiendo a una llamada: sal, ven, ven sin nada:

Vivía yo en el silencio / y me conformaba con pequeñas cosas, con pocas palabras. / Era yo pájaro que se entretenía en cortos vuelos… / Pero llegaste Tú: / metiste tu viento en mi polvo / e hiciste con mi carne un remolino; / metiste tu soplo en mi cuerpo y has enloquecido mi sangre; / levantaste entorno a mis alas una tormenta… / Yo dije: / Mira, Señor, que no quiero contender contigo, / ¡no me pongas la mano encima que soy débil! / Tu voz me llegó en el silencio: / Te quiero junto a mí. / ¡Ven sin nada! / Con rapidez me quité los vestidos y arrojé mis sandalias: / ¡Aquí estoy, Señor! / No vengas así -me respondiste-, / ¡ven sin nada! / Me fui a los pobres y les repartí toda mi hacienda y mi casa. / ¡Tomadla, tomadla! / ¿Así, Señor? / No, así no. ¡Ven sin nada! / Llamé a mis padres y les di mi nombre y su apellido: / Señor, ¿me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Corrí a los campos e hice una gran hoguera con todas mis palabras, / y quemé mis labios y mi lengua con las ascuas: / ¿Así, Señor? ¿Me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Entonces repliqué: / ¿Por qué, Señor, me llevas como a un loco de un lado para otro? / ¿Por qué no me dices de una vez qué he de hacer? / Dios atendió mi queja y me dijo: / Ve a casa del alfarero. / Que él haga un cántaro con tu barro. / Después ven a mí, que yo lo llenaré de agua. / Y tú correrás a dar de beber a los que tienen sed, / la derramarás sobre los arrepentidos, / bendecirás la tierra seca. / No temas si tu cántaro se rompe, / ni te preocupes si se dispersan sus trozos por la superficie de la tierra, / porque entonces te llamaré a mí / y vendrás como yo te quiero, / y te bendeciré en mi presencia.

(Domingo Martín Olmo, Carta desde la tierra, Colmenar Viejo, 1977)