Posts Tagged ‘Eucaristía’

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)

junio 20, 2019

Lectura del libro del Génesis 14, 18-20 Sacó pan y vino

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino y bendijo a Abran, diciendo: – «Bendito sea Abrahán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abran le dio un décimo de cada cosa.

Sal 109, 1. 2. 3. 4 R. Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26 Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: – «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: – «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 11b-17 Comieron todos y se saciaron

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: – «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: – «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: – «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: – «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

 

“Corpus Christi”, el memorial de una pasión

 

Después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El cuerpo es ante todo presencia, cercanía, contacto. Pero también expresa nuestra debilidad, lo vulnerables que somos. Cuando el Verbo de Dios asumió un cuerpo humano y “tomó carne”, se hizo al mismo tiempo presente y expuesto. Su cercanía corporal habla de la proximidad de Dios, de su voluntad de ser accesible, abordable. Pero esta cercanía le hace asumir la debilidad humana, su vulnerabilidad, su carácter mortal. Por su cuerpo Jesús puede tocarnos sanándonos, y podemos tocarlo nosotros para que nos transmita su fuerza (cf. Mc 5, 25-30), pero también puede ser golpeado, azotado, herido hasta la muerte. La encarnación no es una mera apariencia y, por eso, incluye la participación plena en la humana finitud. De ahí que algunos Padres de la Iglesia dijeran que “si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir” (San Gregorio Nacianceno). Y es esta muerte la que le hace plenamente humano, “uno de los nuestros”.

El misterio Pascual, la muerte y resurrección, universaliza la presencia de Cristo, de manera que ya no está limitado por el espacio y el tiempo. Pero, entonces, ¿cómo garantizar el acceso “corporal” a la humanidad de Cristo?

Jesús prolonga su presencia física en la Eucaristía. No es casualidad que eligiera como signo y realidad de su presencia cosas tan sencillas y cotidianas como el pan y el vino. De esta manera subraya, de nuevo, el compromiso con la cotidianidad. Dios no nos saca de nuestra realidad, no nos aliena, sino que se hace presente en ella y en ella alimenta nuestra vida. La Eucaristía es un “memorial”, el memorial de su pasión: no un mero recuerdo de un acontecimiento pasado, sino una actualización, que nos hace realmente partícipes del acontecimiento pascual. En el texto de la carta a los Corintios, escrita relativamente pocos años después de la vida terrenal de Jesucristo, Pablo nos habla ya de una “tradición” procedente del mismo Señor y que él trasmite a sus fieles. Pablo, que tenía a gala ser apóstol por elección del mismo Cristo, pese a no haber convivido con el Jesús histórico, enfatiza de este modo la realidad fuerte de la Eucaristía, por la que participamos de modo no sólo simbólico en la pasión de Jesús: su pasión por su Padre, por hacer la voluntad del Padre. Cuando Pablo, como también Lucas, recoge el mandato de Jesús al final del gesto eucarístico, “haced esto en memoria mía”, el esto que Jesús nos manda hacer se refiere a un memorial de su pasión que nos pone en contacto con toda la vida de Cristo, con todo su misterio. Por eso, hacer esto significa vivir como Él vivió, dando la vida por amor, por los suyos, por todos. Participar en la Eucaristía no puede reducirse a “cumplir” con una obligación pesada, no consiste en “ir a misa”, sino que tiene que ser una escuela de comunión con Cristo, que nos enseña a abrirnos a Dios, a su voluntad de Bien y de amor, y, en consecuencia, a los demás, a sus necesidades reales. Como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6).

Y es que Jesús, mediante los signos del pan y el vino, nos recuerda también que la salvación que nos ha traído no es sólo algo del “espíritu” (la “inmortalidad del alma”, por ejemplo), sino que se trata de una salvación integral que afecta al hombre entero, su cuerpo y su espíritu, su intelecto, su voluntad y sus sentimientos, su individualidad personal y sus relaciones. El pan nos habla de las necesidades más elementales y cotidianas, de las que no sólo vive el hombre, pero también de ellas, como recordaba Juan XXIII: “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. El vino nos habla de la dimensión festiva que también está presente en la vida del hombre y, por tanto, en la vida cristiana y en la Eucaristía: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Pero el pan y el vino juntos, como cuerpo y sangre de Cristo presentes en la Eucaristía, nos hablan de una mesa común en la que los hermanos se comunican y comparten. No es la mesa eucarística la reunión sectaria de un grupo de iluminados, sino una mesa abierta a las necesidades de todos.

Por eso el Evangelio de esta fiesta del Corpus (Lucas 9, 11-17) recoge una situación tan eucarística como la multiplicación de los panes. Ante la multitud hambrienta y en descampado, los discípulos quieren despedirlos: ya han recibido el alimento del espíritu, que se busquen ahora ellos mismos la vida (es decir, el pan). Pero Jesús les lanza un desafío que parece un imposible: “Dadles vosotros de comer”. La respuesta de los apóstoles no se hace esperar: “No tenemos más que cinco panes y dos peces…” No podemos afrontar con nuestras fuerzas y medios limitados una necesidad tan grande.

También hoy nos dice Jesús a nosotros, cuando le hablamos de las necesidades y los males de nuestro mundo: “dadles vosotros de comer; responded vosotros a esas necesidades, poned fin a la injusticia, a las guerras…”. Y también nosotros tendemos a las evasivas: ¿qué podemos hacer ante tantos problemas y tanto mal, cuándo somos tan limitados y tenemos tan poco?

Jesús nos enseña hoy que si le entregamos lo poco que tenemos, Él tiene poder para multiplicar eso poco para que alcance para todos. La Eucaristía es alimento para el espíritu, pero también es una escuela de amor concreto, de comunión y solidaridad, en la que aprendemos a compartir nuestros bienes con los necesitados. El que podamos hacer poco no es excusa para hacer precisamente eso poco, que es la contribución que podemos y debemos hacer para saciar el hambre de los hambrientos de pan y de sentido.

Como botón de muestra, basta que pensemos que múltiples comunidades cristianas en muchos países, entre otros en Rusia, pero también en Asia, África e Iberoamérica pueden subsistir y llevar adelante múltiples proyectos eclesiales y sociales gracias a las ayudas de cristianos de países como Alemania, Italia o España. Si se sumaran más a esa red de fraternidad, por ejemplo participando más activamente a la vida de la Iglesia, también acudiendo a la reunión dominical a la Jesús llama a sus discípulos para darles, y también para pedirles que pongan a disposición su pequeña contribución, a muchos más llegaría esa ayuda multiplicada por la acción eucarística de Jesús, que “tomó los panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. Comieron y se saciaron los presentes, y todavía sobró para continuar multiplicando la red de fraternidad y ayuda a los necesitados que, inevitablemente, se forma en torno a Jesús, a su cuerpo entregado y a su sangre derramada.

 

 

 

 

Domingo de la 3ª semana de Pascua (C)

mayo 3, 2019

PRIMERA LECTURA
Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: – «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: – «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Salmo responsorial 29, 2 y 4. 5 y 6. 11 y l2a y 13b R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

SEGUNDA LECTURA
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza
Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

EVANGELIO
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberiades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: – «Me voy a pescar.» Ellos contestan: – «Vamos también nosotros contigo.» Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: – «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: – «No.» Él les dice: – «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. » La echaron, y no teman fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: – «Es el Señor.» Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – «Traed de los peces que acabáis de coger.» Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: – «Vamos, almorzad,» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

 

El encuentro junto al lago

 

La Palabra de Dios sigue hablándonos de la fe en la Resurrección como de un largo y no sencillo proceso. La muerte de Cristo, que sembró de desconcierto y desánimo a los discípulos, provocó también su dispersión.

El escenario de las apariciones cambia de Jerusalén a Galilea. Parece que, pese a las experiencias del Resucitado de los primeros momentos, los discípulos regresan a casa, a la vida cotidiana, a las ocupaciones de siempre. Algunos siguen vinculados, tal vez los galileos, y entre ellos Pedro parece seguir teniendo cierta autoridad, pues de él parte la iniciativa de ir a pescar: la vuelta a casa parece representar la vuelta a la vida de antes, volver a ser sólo un pescador de peces.

Pero la marcha a Galilea puede tener otra clave de lectura. La ofrece Marcos, en cuyo evangelio los ángeles mandan decir a los discípulos que vayan a Galilea: “allí lo veréis” (Mc 16, 7).

Si el episodio de Tomás nos recuerda que el lugar para poder ver al Señor es la comunidad, en la que se ingresa por el bautismo, que es el tema de reflexión de la segunda semana de Pascua, ahora la atención se fija en la Eucaristía. El bautismo es el momento del “primer amor”, la novedad de la fe, el sentirse una criatura nueva al nacer del agua y del espíritu. Y la eucaristía es el sacramento de la vida cotidiana. La vida cotidiana, el terruño, Galilea, las ocupaciones de siempre, la pesca en el lago… Todo eso puede ser, ciertamente, el lugar de la dimisión, del olvido y el abandono de lo que pareció un gran sueño. En la vida cotidiana puede ser “de noche” (cf. Jn 21,3), no se ve nada y esas ocupaciones cotidianas parecen estériles: no pescaron nada. Pero también en la vida cotidiana amanece, llega la luz, también ahí es posible “ver al Señor”. Él mismo se hace el encontradizo, llama e invita, y prepara para nosotros el pan.

La luz de la madrugada permite ver, pero no siempre es posible reconocer… Es lo que les sucede (otra vez) a los discípulos: ven sin reconocer. Es una fe todavía insegura, inmadura, vacilante: por eso Jesús los llama “muchachos”. Pero la presencia incluso no reconocida de Jesús hace que las cosas cambien: el lago y el trabajo cotidiano dejan de ser el lugar de la dimisión para convertirse en misión, la esterilidad se hace abundancia, Galilea, el pequeño mundo, se ensancha y abarca el mundo entero; la red se llena de 153 “grandes”. Unos dicen que son las especies de peces conocidas entonces, otros que el número de naciones de la antigüedad… La red abarca “el todo”, al mundo entero, no excluye a nadie, vincula a todos sin importar las diferencias y, pese a ello, no se rompe. La presencia del Resucitado genera una unidad elástica, no rígida, que respeta las diferencias. Donde la unidad se rompe por rigideces, ahí no hemos reconocido el Señor en nuestra orilla.

De hecho, los entendidos dicen que en el Evangelio de Juan y especialmente en estos últimos capítulos se refleja la integración de la comunidad del discípulo amado en la gran Iglesia, la que acepta la autoridad de Pedro. La Iglesia en misión, en efecto, une a la institución y a los carismas, a los que dirigen (“vamos a pescar”) y a los carismáticos que reconocen la presencia del Señor (“es el Señor”), sin rupturas, porque la red es, tiene que ser, elástica y abierta.

Los discípulos reconocen y confiesan por boca del discípulo amado y se reencuentran con el Señor Resucitado, que les devuelve su dignidad de apóstoles: Simón, que desnudo es sólo Simón, se reviste con la túnica que hace de él Pedro, la Roca, y dejando atrás todo temor se lanza al mar, al mundo en que ha de ser de nuevo pescador de hombres, sin dejarse asustar ya más por las dificultades y persecuciones que habrá de afrontar a causa de esta otra pesca, como leemos en el texto de los Hechos de los Apóstoles

El final de este evangelio, el episodio de la triple pregunta de Jesús a Pedro, nos recuerda que, en efecto, sólo en el amor es posible realizar la misión que el Señor nos confía, y que sólo en el amor es posible madurar como discípulo: “cuando seas viejo…”. Para dejar de ser sólo “unos muchachos” y alcanzar la madurez es preciso dejarse interrogar por este Cristo, herido con las huellas de la pasión (el Cordero degollado del libro del Apocalipsis), y responder, siendo consciente de las propias heridas: también Pedro se presenta ante Jesús herido por su orgullo, su cobardía y sus traiciones. Pero esas heridas pueden ser curadas por el misterio del amor, que lleva a la entrega confiada. La insistencia en la pregunta de Jesús parece subrayar: ¿de verdad me amas? El verdadero amor hay que probarlo superando muchas dificultades, también las que derivan de la propia debilidad. Pero sólo en esa insistencia, que puede llegar a producirnos tristeza, es posible llegar a ser fieles y responder desde el fondo del propio ser, en el que habita la verdad de nuestra vida, y no sólo de boquilla, como mero artículo de fe o de modo puramente formal. La llamada de Jesús, “sígueme”, suena otra vez pero de manera nueva, el camino se reabre: Pedro (el discípulo probado, maduro) puede de verdad cumplir su misión de pastorear el rebaño de Jesús, porque ahora está dispuesto, como el Buen Pastor, a dar la vida por las ovejas.

La madurez del discipulado es posible en la fidelidad y la perseverancia. Por eso la Eucaristía es el sacramento de la vida diaria. Los símbolos usados: la Palabra, el pan y el vino, nos hablan de la cotidianidad. En la vida cotidiana estamos asediados por la rutina, el aburrimiento, por mil dificultades: la primera lectura nos recuerda las primeras dificultades y persecuciones contra la naciente Iglesia; y sólo si hay perseverancia, fidelidad y constancia es posible seguir adelante, atravesar la noche, ver la luz del amanecer, “ver” al Señor.

Durante esta semana la Iglesia lee y medita en la Eucaristía diaria el discurso de Jesús del pan de vida (Jn 6). Comer el pan y beber la sangre, participar de la persona y la vida de Jesús, alimentar nuestra fe. Pero no es tan fácil. Muchos no entendieron, se echaron atrás “y ya no andaban con Él” (cf. Jn 6, 66). También hoy nos pasa. Nos parece que la misa es aburrida, no nos dice nada, no “vemos” nada ni “sacamos nada de ella” (como en la estéril noche de pesca de los discípulos). Pero es que hay que perseverar, ser fiel, atravesar la noche, confiar en que llegará la madrugada, en que vislumbraremos al Señor, con una fe tal vez vacilante (“muchachos”), pero que será posible reconocerlo, hacer una pesca abundante, llegar a la madurez también en la fe, descubrir que tenemos una misión que realizar, que, pese a todo, también pese a las heridas que la vida nos ha producido, podemos amar a Jesús y confiarnos a Él.

Y es que también en Galilea, o precisamente en Galilea, en lo ordinario de la vida, es posible ver al Señor y encontrarse con él.

Domingo 2 de Pascua (C)

abril 27, 2019

PRIMERA LECTURA
Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 12-16

Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor. La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponla en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Salmo responsorial 117, 2-4. 22-24. 25-27a R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

SEGUNDA LECTURA
Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos
Lectura del libro del Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber predicado la palabra de Dios, y haber dado testimonio de Jesús. Un domingo caí en éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente que decía: – «Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las siete Iglesias de Asia.» Me volví a ver quién me hablaba, y, al volverme, vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos una figura humana, vestida de larga túnica, con un cinturón de oro a la altura del pecho. Al verlo, caí a sus pies como muerto. Él puso la mano derecha sobre mí y dijo: – «No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de suceder más tarde.

EVANGELIO
A los ocho días, llegó Jesús
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. » Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: – «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: – «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: – «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: – «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: – «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: – «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

El primer día de la semana

El segundo domingo de Pascua es, en realidad, el término de un largo día pascual que se ha prolongado durante toda la semana; la liturgia la presenta como un solo día en el que se concentran las experiencias de encuentro con el Resucitado que hacen los discípulos, duramente golpeados en sus esperanzas por la muerte ignominiosa de su Maestro. En estos textos evangélicos se subrayan las dificultades que aquellos primeros discípulos tuvieron para aceptar la noticia de la Resurrección y para reconocer la presencia del Señor entre ellos. Esas dificultades son, en verdad, las nuestras, que tampoco acabamos de creernos del todo que Jesús ha resucitado, es decir, que la muerte ya ha sido vencida, que es posible vivir “de otra manera”, pues estamos viviendo realmente un nuevo periodo de la historia, el tiempo de la nueva creación. Esto último es lo que significa la expresión, repetida en los relatos de apariciones del Resucitado y también hoy: “el primer día de la semana”. Esta indicación no tiene sólo un sentido cronológico, no es una datación neutra, sino que se trata de una revelación. Si una semana es el tiempo en el que alegóricamente se despliega el poder creador de Dios, “el primer día de la semana” es aquí el comienzo de la nueva creación que tiene lugar en la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, cuando de manera definitiva y para siempre Dios ha separado la luz de las tinieblas, el bien del mal, la vida de la muerte (cf Gn 1, 4).

Estamos viviendo ya en el tiempo de la nueva creación, pero, como no nos lo creemos, dominan en nosotros, creyentes abatidos, la cerrazón (“estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas”) y el miedo (“por miedo a los judíos”). Sólo la presencia viva de Cristo en medio de esta comunidad escondida y en retirada puede vencer estas resistencias. Caemos en la cuenta de que la comunidad es el lugar privilegiado en el que es posible ver al Señor y hacer la experiencia pascual. Es verdad que se trata de una comunidad de hombres débiles, cerrados sobre sí y atemorizados. No son sus cualidades ni sus méritos (tampoco, desde luego, su imaginación) los que pueden revertir de manera sorprendente (literalmente, milagrosa) esta situación: del tenso temor, la cerrazón y la tristeza, a la pacificación (“paz a vosotros”), la apertura valerosa (“os envío”) y la alegría (“se llenaron de alegría”) en el Espíritu Santo (“recibid el Espíritu Santo”).

Las dificultades para creer en la Resurrección del Señor y reconocer su presencia, comunes a todos los discípulos (a todos nosotros: cf. Mc 16, 9-15), se concentran hoy en la figura de Tomás, apodado el Mellizo. Por eso, la Iglesia lee este pasaje del Evangelio de Juan este segundo Domingo de Pascua en los tres ciclos litúrgicos.

Tomás expresa, en primer lugar, la dispersión a que se ve sometida la comunidad de Jesús tras su muerte. Algunos siguen ligados entre sí, pero en un grupo cerrado, como vemos hoy; o que, abandonados los ideales destruidos por la muerte del Maestro, vuelve a viejas y estériles ocupaciones (cf. Jn 21, 1-3); otros, sencillamente, se vuelven a casa, completamente desilusionados, como los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13). Tomás, al parecer, también había tomado el camino de la dispersión y el abandono de la comunidad. Este abandono es comprensible. Si Jesús ha muerto, ¿qué puede unirles ya? Los defectos de todos estos discípulos (ambiciosos, a veces violentos, cobardes, etc.) son demasiado patentes, no hay en ellos virtud suficiente para mantenerlos unidos. De no haber sucedido algo extraordinario y humanamente inexplicable la dispersión hubiera sido total y definitiva. Los defectos y pecados de la Iglesia son con frecuencia la excusa para abandonarla y distanciarse de ella. Esta excusa estaría justificada si la Iglesia fuera sólo un grupo humano unido por ciertas ideas, convicciones o valores (que los mismos miembros de este grupo contravienen con frecuencia). Pero si, pese a tantos defectos y pecados, se mantienen unidos, es porque hay algo más grande que ellos mismos que los convoca y vincula: la presencia en medio de ellos del Señor Resucitado.

En lo que se refiere a Tomás, parece que el abandono no debió ser total, pues los discípulos que permanecieron unidos y, por eso, pudieron ver al Señor resucitado, se apresuraron a avisarle de lo acontecido. Todos los textos de este “primer día de la semana” insisten con especial vehemencia en la importancia del testimonio interno a la comunidad. Poner en común las distintas experiencias del Resucitado, y comunicárselas a los que todavía no las han tenido, es un rasgo clave de este periodo pascual. La comunidad se constituye y se recrea precisamente en este testimonio interno: los creyentes no debemos dar por descontada la fe en el Señor Resucitado, sino que tenemos que confirmarnos unos a otros en esta fe. Y esto nos lleva necesariamente a volver a encontrarse, a sentarse juntos y a compartir el pan. Y es en este contexto, claramente eucarístico, donde acontecen las apariciones de Jesús.

Tomás, incrédulo, en principio no da crédito al testimonio de los otros. Se aviene a volver a reunirse con ellos y participar en una de esas asambleas que tenían lugar “el primer día de la semana”, pero pone condiciones: no quiere alucinaciones ni misticismos, “ver” al Señor de verdad tiene que significar poder tocar sus heridas, metiendo el dedo en los agujeros de los clavos y la mano en el costado.

Tomás significa en arameo “mellizo”, pero no es que el apóstol fuera mellizo de nadie, sino que “le llamaban” así por algún motivo. Hay quien dice que por su parecido físico con Jesús (y Jesús, verdadero hombre, se ha hecho mellizo de cada uno de nosotros); pero Tomás es también mellizo nuestro, pues experimentaba las dificultades de la fe que, de un modo u otro, experimentamos todos. Pero, como él, podemos superarlas. La gran condición para ver, tocar, creer y confesar es precisamente estar en la comunidad. Se suele decir que la fe es una cosa personal, lo que es cierto, pero se suele dar a entender que es una cosa individual y subjetiva, lo que es falso. La fe verdadera es un don que recibe la persona, pero requiere de la comunidad creyente. Para “ver” al Señor y creer en Él hay que estar en la comunidad de esos tan imperfectos, violentos, ambiciosos, temerosos y cobardes, pero al fin discípulos, capaces de volver al Señor, pedir perdón, y dar la vida por Él.

Es digno de mención el hecho de que el evangelio de Juan nunca usa el sustantivo “fe”, sino sólo el verbo “creer”, precisamente para subrayar que se trata de un dinamismo vivo, con dudas y dificultades y, en todo caso, que nunca está concluido, siempre abierto, siempre por redescubrir, por rehacer.

Puesto que son los defectos y pecados de la Iglesia (que tanto y con tanta fuerza, no siempre con justicia, se suelen subrayar) son para muchos el gran obstáculo para integrarse en ella, participar de sus asambleas y tratar de ver al Señor en ellas, es muy importante subrayar el papel de las heridas que Jesús muestra en su cuerpo y ofrece a Tomás para que las toque, incluso por dentro. Al hablar de la nueva creación, ya real por la Resurrección de Cristo, y de la nueva comunidad recreada por la presencia del Resucitado, no hay que caer en idealizaciones ingenuas, como si en el mundo ya todo estuviera bien y en la Iglesia no hubiera problemas, defectos y pecados reales. Igual que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida, en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las otras heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas propias del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas, y no superficialmente, sino entrando en ellas hasta el fondo. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer y abordar los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, tomar las medidas pertinentes, perdonarnos mutuamente… Igual que el testimonio interno de la comunidad es el fundamento del testimonio que se ha de dar ante el mundo, también el perdón, que Jesús confía a la comunidad para que lo comunique al mundo, es una realidad que opera dentro de la comunidad, que confiesa sus pecados, ejerce el perdón entre sus miembros, y hace de él una dinámica real de ruptura con el pecado.

Pero, además están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad, en sus “pequeños hermanos”, de tantas formas, y que hay que saber también tocar, como hacía Jesús, que con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo. Esto tiene mucho que ver con el carácter abierto de la comunidad que ha visto al Señor y ha superado el temor y vive ya en el “primer día de la semana”, en el que rigen nuevas leyes, ante todo, la ley del amor. La primera y la segunda lectura nos ofrecen un cuadro luminoso de lo que debe ser esta comunidad que, en medio de las condiciones del viejo mundo, vive ya en el tiempo de la nueva creación. En la primera se dice cómo esa comunidad, con Pedro a la cabeza y a imitación del Maestro, “pasa haciendo el bien”, tocando y curando a los que sufren; y, además, permanece abierta a todos los que, voluntariamente y sin imposiciones, quieren agregarse a ella. Y en el texto del Apocalipsis se ofrece una interpretación de la historia en la clave del Resucitado: en ella son posibles las persecuciones, hasta el martirio, a causa del testimonio que tenemos que dar de Cristo Jesús, pero los discípulos saben que la muerte ya ha sido vencida (y lo que el mundo puede hacernos en último término es darnos muerte, esto es, partícipes de la victoria de Cristo), por lo que han perseverar, superado todo temor, en ese testimonio, al que el mismo Señor Resucitado nos ha enviado y nos sigue enviando cada día.

Jueves Santo

abril 18, 2019

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14 Prescripciones sobre la cena pascua

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26 Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 1-15 Los amó hasta el extremo

 

Una mesa abierta a todos

 

Jesús ha preparado una mesa para sus amigos. A Jesús le gustaba sentarse a la mesa. A veces le invitaban y Él nunca rechazaba la invitación. Podía ser de unos amigos a participar en su boda, o de fariseos que se tenían por justos, o de pecadores que se confesaban en público, de amigos cercanos, de extraños y hasta de extranjeros. En algunas ocasiones él mismo organizaba la comida, incluso la improvisaba en medio del descampado, cuidando de que a todos alcanzara siquiera un trozo de pan. Jesús tenía experiencia en organizar comidas y cenas, pero ésta la había preparado con esmero. Era una cena especial, una cena de despedida.

Sabiendo de su próximo final, de que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, quiso reunirse con sus discípulos, con sus amigos. Él era el anfitrión y el camarero, el servidor de todos. Su gesto de lavar los pies a los discípulos era increíble y explica la resistencia de Pedro: era un gesto de esclavo, es decir, de alguien desprovisto de todo derecho. Pero ese era el sentido preciso de esa cena: Jesús, Señor y Maestro, se había hecho el servidor y el esclavo de todos, y no sólo de modo simbólico, como un gesto de un solo día; al contrario, este gesto expresaba la verdad de toda la vida de Jesús: el que renunciaba a la vida para que los suyos tuvieran vida. De esta manera les explicaba (como un verdadero Maestro) el sentido paradójico de lo que iba a suceder en pocas horas: despojado de todo derecho, incluso del derecho a la vida, su Pasión era, sin embargo, una entrega libre por amor. Así se mostraba como el verdadero Señor que dispone libremente de su vida. Y de esta manera, finalmente, Jesús se convierte no sólo en anfitrión y servidor, sino en alimento que con su vida sacia nuestra hambre y apaga nuestra sed. El gesto de repartir el pan y el vino diciendo “tomad y comed, esto es mi cuerpo y mi sangre”, debe ser entendido a la luz de su Pasión. No se trata de un milagro físico-químico que pone a prueba nuestra fe (o nuestra credulidad), sino de un verdadero sacramento, un signo que realiza lo que significa: Jesús, su cuerpo y su sangre, son realmente para nosotros pan y vino que nos alimentan, porque Él, realmente, entregó su cuerpo y derramó su sangre para darnos vida.

De esta manera tan densa y tan intensa Jesús se despide y se queda en la repetición que sus discípulos y amigos realizan de este gesto “en memoria suya”.

La cena de Jesús con sus amigos se celebra desde entonces cotidianamente, y nosotros somos los amigos de Jesús, invitados a su mesa.

Al elegir esos signos tan sencillos y cotidianos, una cena alrededor de una mesa, la Palabra, el pan y el vino, Jesús nos está diciendo que está cerca de nosotros, que es posible encontrarlo en la vida cotidiana, que no hay que hacer extraños rituales iniciáticos para elegidos para poder encontrarse con Él. Fijémonos en los elementos fundamentales de esta cena.

La Palabra. En este encuentro ocupa un lugar central la Palabra. La Palabra, la conversación con Jesús, lo que Él quiere decirnos, precede al gesto del pan y del vino, y tiene tanta importancia como él. La Palabra de Jesús es Palabra de Dios, una palabra eterna y por eso joven, siempre actual, que nos habla a cada uno, a ti, a mí, hoy. Es ella la que da sentido al gesto. Por eso, para que se produzca el diálogo vivo con Jesús es importantísimo estar preparados y abiertos (desconectar el móvil) para hacer silencio interior y poder escuchar, y sólo después poder hablar (pedir, alabar, agradecer…).

El Pan y el Vino. A la luz de la Palabra entendemos el significado del pan y del vino y la entrega que anticipan y actualizan. Y entendemos que Él se preocupa de nosotros y que su mesa no es sólo espiritual: los que comen el pan de la eucaristía no pueden no preocuparse de quienes no tienen pan para alimentar su cuerpo cada día. Al compartir el pan no pueden no pensar en el pan “nuestro de cada día”, que debe llegar a todos y que gracias a la fraternidad que la Palabra y el Pan eucarístico crean debe multiplicarse para que los bienes de la tierra simbolizados en el pan (el alimento y el vestido, la educación y el trabajo, y todo aquello que permite al ser humano vivir con dignidad) alcancen a todos.

Una mesa abierta a todos (el sacerdocio ministerial y el común). Y es que la cercanía cotidiana del Maestro significa que los amigos de Jesús invitados a la mesa no son unos pocos privilegiados: la invitación se extiende a todos, pues Jesús quiere ser amigo y hermano de todos, quiere reunir a todos los seres humanos en torno a su mesa, y compartir el pan y la Palabra, porque todos son y están llamados a ser hijos del Padre del cielo. Jesús dio su vida por todos y todos están invitados. Es verdad que no todos acuden. Unos no han recibido

Un mesa abierta como el mundo

todavía la invitación. Es urgente que nosotros, los cristianos, la cursemos, avisemos a todo el mundo de esta invitación abierta, que por todos dio Cristo la vida porque la paternidad de Dios no sabe de excepciones ni exclusiones. Otros no quieren venir por mil razones distintas. Aquí es importante comprender que los que venimos no venimos sólo por nosotros mismos: queremos representar a todos, hacer presentes a todos en el banquete de Jesús, como mediadores suyos. Somos un pueblo sacerdotal que participa del sacerdocio de Cristo. Por eso es tan importante nuestra presencia, nuestra fidelidad, nuestra perseverancia. Y, en todo caso, las puertas siguen abiertas a todos. No todos han venido, pero todos son esperados, todos bienvenidos.

Y, finalmente, los que hemos venido, los que hemos pedido perdón por nosotros y por toda la humanidad, los que hemos escuchado la Palabra y presentado nuestra súplica, los que hemos comido el pan y bebido del cáliz, ¿no habremos de transformarnos nosotros mismos en Cristo, es decir, en servidores y esclavos de nuestros hermanos, como Jesús, para ser como él constructores de fraternidad, agentes de reconciliación, anunciadores de la buena nueva, testigos de un amor que es más fuerte que el pecado y que la muerte?

 

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 18, 2018

Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6 Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”»

Sal 33, 2-3. 10-11. 12-13. 14-15 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20 Daos cuenta de lo que el Señor quiere

Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: – «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: – «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: – «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 

El pan y la carne

 

La Palabra de Dios viene enmarcada este domingo por el tema de la sabiduría. A primera vista no parece tener una relación directa con el evangelio, en el que seguimos leyendo el discurso del pan de vida. El único vínculo visible es que la sabiduría divina se propone a sí misma por medio de un banquete. Para adquirir sabiduría hay que aceptar la invitación que ella misma cursa a todos los que la desean a participar de la mesa que ha preparado, a comer de su pan y beber de su vino. Una buena aclaración del sentido cristiano de esta sabiduría nos la ofrece Pablo en la carta a los Efesios. La sabiduría cristiana consiste en la sensatez y la sobriedad de vida, especialmente ante situaciones negativas. Ante los “malos tiempos”, como los que vivimos ahora, existe siempre la tentación no sólo de maldecir y poner mala cara, sino también de huir embotando nuestra conciencia, alienándonos del dolor que esa situación nos produce (y que puede ser global, social o estrictamente personal), por medio de la borrachera de vino, o de otras cosas: las drogas, los programas de televisión o el internet… Pablo nos propone otra forma de embriaguez: no la de las bebidas espiritosas (y sus otros sucedáneos), sino la del Espíritu Santo, que, en vez de aturdir nuestra conciencia, la despierta y nos abre los ojos y el corazón para ver los bienes que, pese a todo, recibimos continuamente de Dios; así aprendemos a usarlos adecuadamente, de manera que no vivimos compulsivamente para ellos, sino que, sirviéndonos de ellos con sensatez y sobriedad, los convertimos en ocasión para alabar y dar gracias a Dios. Pablo nos exhorta a dar gracias “por todo”, luego también por esos bienes necesarios para vivir, en los que la sabiduría nos descubre los signos y la prenda de otros bienes más elevados y definitivos, a los que aspiramos mientras usamos con libertad y generosidad los de este mundo. Como vemos, y contra lo que con frecuencia se afirma, la experiencia religiosa guiada por el Espíritu de Jesús, no sólo no nos aliena de este mundo, sino que nos da la sabiduría para valorar y usar sus bienes con justicia.

La síntesis y la vinculación armónica de estos dos tipos de bienes la vemos realizada precisamente en el discurso del pan de vida de Jesús: el pan que alimenta nuestro cuerpo y el vino que alegra nuestro espíritu se hacen en Cristo sacramentos de su cuerpo y de su sangre, prenda de salvación, alimento de vida eterna. Ya decíamos hace dos semanas que no hay contradicción entre el pan material y el pan que da la vida eterna.

En el diálogo sobre el pan de vida, Jesús hace una equiparación que no puede no causar extrañeza y escándalo. No sólo habla provocadoramente de sí mismo como el pan bajado del cielo, como el verdadero maná, sino que afirma con toda crudeza que ese pan es su carne, y que para alcanzar la vida eterna tenemos que comer su carne y beber su sangre.

No debemos pensar que el escándalo se produce por una pretendida antropofagia. Se trata en realidad del escándalo de la cruz. La carne de los animales ofrecidos en sacrificio era destruida y, en parte, también era comida en un banquete ritual. Si Jesús habla de que su carne y su sangre han de ser comida y bebida, es porque está hablando de que su propio cuerpo tiene que ser ofrecido en sacrificio; y si él es el verdadero maná, quiere decir que su cuerpo es el objeto del verdadero y definitivo sacrificio agradable a Dios.

En el episodio de las tentaciones en el desierto, Jesús responde al diablo citando un texto del Deuteronomio (cf. Dt 8, 3) que habla precisamente del maná: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; Lc 4, 4). Pues bien, esa Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14), se ha entregado en sacrificio hasta la muerte. Y el pan y el vino de la Eucaristía son el memorial de esa pasión; no un mero recuerdo, sino actualización y presencia real de la muerte de Cristo en la cruz. El que come ese pan y bebe ese vino entra en comunión profunda con el Cristo que ha ofrecido su cuerpo y derramado su sangre en el altar de la cruz, de modo que Cristo habita en él y él en Cristo, y así como participa de su muerte, participa también de su resurrección.

Pero igual que en los discípulos de aquel tiempo, la perspectiva de la cruz suscita en nosotros rechazo y escándalo. Nos echamos atrás ante una carne comida, es decir, destrozada, destruida. No debemos olvidar que en la antropología unitaria de la Biblia la carne expresa no una parte, sino el ser entero del hombre desde el lado de su corporalidad, esto es de su presencia física, que en él es una presencia ofrecida y entregada; no sólo un ser-ahí (sum), sino un ser-para (adsum).

Jesús, llegados a este punto del discurso del pan de vida, nos está introduciendo en la sabiduría de la cruz. Entendemos ahora el marco ofrecido por la primera lectura y también por la segunda. Se trata de una sabiduría superior, que no es de este mundo (cf. 1 Cor 2, 6-8), que a los ojos de este mundo, tanto de las mentes piadosas, como la de judíos, como de los espíritus críticos, el de los griegos, es locura y necedad (cf. 1 Cor 1, 23).

Pero es precisamente esta sabiduría la que nos instruye en el uso armónico de los bienes de la tierra como prenda de los bienes futuros y nos enseña que, en caso de que surja entre ellos oposición o conflicto (lo que no está excluido), hay que saber renunciar con libertad de espíritu a los primeros, para poder adquirir los segundos. Una renuncia que puede llevar, como en el caso de Cristo, incluso a la de la propia vida. Esta es la esencia de la sabiduría cristiana: vivir con sensatez en este mundo, disfrutando con gratitud de los bienes que Dios nos ha concedido, pero aspirando a los bienes de arriba (cf. Col 3, 1-4), y siendo libres, capaces de renunciar como Cristo a aquellos cuando lo exigen la fe y el amor, la coherencia de vida y el bien de los hermanos.

Domingo 19 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 11, 2018

Lectura del primer libro de los Reyes 19,4-8 Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: – «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: – «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: – «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2 Vivid en el amor como Cristo

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,41-51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del ciclo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: – «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: – «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

 

 

El discurso del pan de vida: el verdadero maná

 

Cuando escuchamos o leemos el discurso del pan de vida, como siempre que leemos los textos evangélicos, espontáneamente nos ponemos de parte de Jesús y enfrente de sus oponentes. Pero es bueno que tratemos de situarnos también en el punto de vista de los que alzan objeciones a las palabras de Cristo, porque esas objeciones expresan dificultades reales, no sólo de los hombres de aquel tiempo (fariseos, saduceos o pueblo sencillo), sino de los oyentes de Jesús de todos los tiempos: son también nuestras propias objeciones, las que nos dificultan acoger el mensaje de Jesús en su integridad, como verdad vital y no sólo como dogma teórico, alejado de lo que realmente nos ocupa y nos preocupa.

Jesús acaba de decir que el maná que comió el pueblo judío en el desierto no es el verdadero pan del cielo, sino que él mismo en persona es el verdadero maná. Una afirmación así no podía no chocar fuertemente con la mentalidad de los judíos piadosos que lo escuchaban. Jesús estaba diciendo que uno de los referentes esenciales de la fe de Israel, uno de los iconos intocables de su identidad como pueblo elegido, ligado esencialmente a la experiencia fundamental de la liberación de Egipto y prueba de la solicitud de Dios hacia él, no era más que un símbolo pálido y provisional de una realidad mucho más importante y decisiva, la que proporcionaba la verdadera y definitiva liberación, y que esta realidad era su persona, su propia carne. La sorpresa, el trauma, el rechazo a esas palabras son fáciles de entender. Para todo pueblo, nación o grupo social hay “cosas que no se deben tocar”, que están investidas de carácter sagrado. No se puede, por ejemplo, desvalorizar ante un francés el significado histórico de la Revolución francesa, por más sombras que pueda presentar a los ojos de un historiador. Y aquí cada cual, según su peculiar identidad cultural, nacional o ideológica, debe pensar qué tiene por intocable. Para Israel la salida de Egipto, el éxodo, el maná, Moisés… eran arquetipos indiscutibles de la identidad colectiva. Y Jesús, que no los negaba, venía sin embargo a rebajarlos para ponerse a sí mismo por encima de ellos. ¿Qué no le consentiría yo a Jesús “tocar” de mis iconos personales o grupales?

Cuando alguien se atreve a hacer algo así, nuestra reacción más espontánea es espetarle al atrevido: “Pero, éste, ¿quién se habrá creído que es?” Y esa es justamente la reacción de aquella gente: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” Este reproche revela que estas gentes conocían a Jesús “según la carne”, es decir, eran paisanos suyos, vecinos, algunos, probablemente, familiares. Que uno que es como nosotros, al que conocemos bien, se ponga por encima no sólo de los demás, sino de “lo más sagrado”, no es fácil de aceptar. Y es el hecho mismo de conocerlo bien por cercanía geográfica, cultural o familiar lo que nos autoriza a ponerlo en cuestión.

La respuesta de Jesús revela una verdad más profunda. Según la carne, esto es, de manera meramente humana, no podemos llegar a conocer quién es él realmente. Podremos admirar su persona, reconocer sus méritos, su doctrina, su capacidad para obrar signos milagrosos, su calidad de rabino o profeta. Podremos incluso enorgullecernos de que uno al que conocemos bien sea capaz de tales cosas (como sucede con los méritos, por ejemplo, deportivos de nuestros paisanos o connacionales, que los consideramos nuestros: “hemos ganado una medalla”, decimos). Pero esto es todo lo que da de sí el conocimiento natural. Para reconocer la verdad que hay en Jesús, su procedencia divina, hay que ponerse en otra actitud, abrirse a dimensiones nuevas: hay que dejarse llevar por el Padre, ponerse en actitud de escucha, de aceptación y de acogida, en actitud de fe. Hay en esto algo de paradójico: por la carne no podemos reconocerlo como Mesías, enviado por el Padre; sólo por la fe podemos reconocer en él la presencia de Dios en la carne. Y sólo aceptando esta presencia de Dios (al que nadie ha visto nunca) en la visibilidad de la carne podemos superar la debilidad de nuestra carne (nuestra debilidad física y moral): Jesús la alimenta con su divinidad y abre para nosotros la perspectiva de la resurrección de la carne.

Sólo desde la fe podemos entender esta pretensión, aparentemente desmedida de Jesús, de ponerse por encima de los grandes referentes salvíficos de Israel (y cualesquiera otros). Como en el caso de Elías en la primera lectura, el maná es un pan material que ayuda a atravesar el desierto; pero Cristo es un pan que nos da fuerzas para el camino de la vida, a veces parecido a un desierto, y también para atravesar victoriosos el trance de la muerte, de manera que ésta, que parece vencer, deje de tener poder sobre nosotros.

No hay ningún icono nacional o cultural, ningún acontecimiento histórico (de esos que conforman una identidad colectiva), ninguna ideología, capaz de superar el límite infranqueable de la muerte. Todas esas cosas tienen su valor y pueden alimentarnos y ayudarnos a encontrar sentidos más o menos parciales, a atravesar algunos desiertos, pero no hay nada en el mundo que pueda salvarnos radicalmente, que nos alimente para la vida eterna; sólo Jesús, el “pan bajado del cielo”.

Cuando comprendemos en fe esta verdad, caemos en la cuenta de lo peligroso que puede ser reducir el cristianismo a una identidad cultural, por ejemplo “occidental”, para contraponerla a otras, y defender así “nuestros valores”. Aunque haya ahí una cierta verdad, no deja de ser una verdad según la carne, que es como los paisanos de Jesús lo conocían realmente, se trata de una reducción que puede impedir dar el paso de la fe, al hacer de las verdades cristianas meros “iconos” particulares de ciertos pueblos y culturas, y no la apertura incondicional al Dios Padre de todos, que se nos ha manifestado en la carne de Jesucristo, en esa carne que nos une a todos en la común condición humana.

Creer en la encarnación del Hijo de Dios, y en su presencia eucarística, en la que nos da su carne y la prenda de la resurrección, significa saber que a Dios no le es indiferente nuestra vida, que quiere participar en ella y que la nuestra participe en la suya, de manera que no sólo “sobrevivamos” a la muerte, sino que alcancemos la vida en plenitud. Y, por eso mismo, a Dios no le es indiferente cómo vivimos. Con nuestro modo de vida podemos alegrar o entristecer a Dios. Si en nuestra existencia hay motivos para la ira y los enfados (y, mirando a nuestro alrededor, nos puede parecer que hay muchos motivos para ello), Pablo nos recuerda que hay muchos más motivos para la bondad, la comprensión y el perdón. Para ello basta que miremos a Cristo, que lo escuchemos, que nos dejemos alimentar por él, o, por decirlo con las palabras de Pablo, que lo imitemos y tratemos de amar a los demás con el mismo amor con que él nos amó, hasta entregarse a sí mismo como oblación y víctima de suave olor. Es esta oblación realizada en la cruz la que se nos da en el pan de la Eucarística, que nos enseña a vivir una vida eucarística, entregada por amor.

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 4, 2018

Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15 Yo haré llover pan del cielo

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: -«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.» El Señor dijo a Moisés: – «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: – «¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: – «Es el pan que el Señor os da de comer.»

Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 R. El Señor les dio un trigo celeste.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,17. 20-24 Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35 El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaum en busca de Jesús., Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: – «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: – «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: – «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: – «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: – «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: – «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: – «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: – «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

 

El discurso del pan de vida: ¿por qué buscamos a Jesús?

 

Jesús se marchó al monte solo cuando vinieron a hacerlo rey. Pero la multitud no ceja en su empeño y sigue buscándolo. Jesús, decíamos la semana pasada, desaparece a veces de nuestra vista precisamente porque queremos apoderarnos de él, ponerlo al servicio de nuestros intereses, manipularlo. Además, esas desapariciones nos fuerzan a seguir buscándolo, y esto nos da ocasión de poner al descubierto nuestras verdaderas motivaciones y de irlas rectificando y purificando. Cuando la gente encuentra a Jesús no puede explicarse cómo ha llegado hasta allí (en los versículos 16-23, se narra cómo Jesús atraviesa el lago en medio de la tormenta caminando sobre las aguas). Las presencias de Jesús siempre tienen algo de misterioso, de imprevisto, de gratuito. No es bueno acostumbrarse a ellas, darlas por descontado, como una especie de derecho que tenemos y al que podemos recurrir en cualquier momento. Es preciso estar siempre abiertos a la sorpresa de una presencia que nunca deja de ser un regalo inmerecido.

Como suele suceder en el evangelio de Juan, a las preguntas más o menos normales de los discípulos y de la gente, Jesús responde cambiando de tercio para situarnos en un nivel de mayor profundidad. Eleva nuestra mirada desde los asuntos que nos ocupan habitualmente (como el pan de cada día o el bienestar material) a las dimensiones fundamentales de la vida. En este caso, además, Jesús lo hace desvelando las verdaderas motivaciones de esta masa de gente que, no lo olvidemos, lo buscaban para hacerlo rey, es decir, por el pan con el que habían saciado su hambre corporal, y no por el signo que aquella comida representaba. Jesús no rechaza esa motivación, insuficiente pero comprensible, sino que tomando pie en ella invita a estos incipientes discípulos a ir más allá: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre”. No puede descalificar ese deseo de pan para el hambre del cuerpo, pues él mismo se ha preocupado de dar de comer a la multitud. Pero ahora les invita a que le pidan otro pan, que él mismo les quiere dar, y que sacia otras hambres más radicales y profundas: el hambre de sentido, de salvación.

Es admirable cómo Jesús sabe hilar esos dos tipos de hambre y esas dos clases de pan. Él no es un demagogo ni un manipulador que usa la capacidad de saciar el hambre corporal para ganarse adeptos. Es común que el que tiene algún poder lo use para comprar la aceptación y el aplauso social (y, de paso, una buena provisión de pan). Pero no Jesús, que si les ha dado de comer es porque ha sentido lástima de ellos y ha respondido a una necesidad real, dándonos así ejemplo e implicándonos en la solución de esos problemas más inmediatos. La manipulación puede también ir en sentido contrario, como ya hemos visto: recurrir a Dios sólo cuando se tiene hambre o cualquier otra necesidad material, exigiéndole soluciones que nosotros mismos deberíamos buscar, e incluso acusándole cuando las cosas van mal, como hace el pueblo de Israel en el desierto (olvidando bien pronto el don de la liberación que acababan de recibir).

Jesús tampoco es un maximalista, un purista que exige que los que se acercan a él tengan desde el principio motivaciones absolutamente puras, por ejemplo netamente religiosas y espirituales. Él es un buen pastor, que se ocupa de las necesidades reales de los suyos y, por eso, les da de comer. Pero es también un maestro, que, una vez atendidas esas necesidades básicas, sabe orientar la mirada hacia otras más decisivas, hacia otro tipo de pan que alimenta nuestro espíritu con bienes definitivos e imperecederos. Así pues, Jesús ni usa las necesidades materiales de los demás en beneficio propio, ni las niega en favor de las más elevadas y definitivas, porque entre ellas no hay contradicción (todas tienen su importancia), aunque sí una relación de jerarquía. Por eso, como buen pastor y maestro parte de las primeras para guiar pedagógicamente al deseo de las segundas: la satisfacción de las más perentorias sirve de signo que invita a buscar las más altas. Se trata de un proceso de purificación de las motivaciones que nos mueven a buscar a Jesús y a recurrir a Dios. Si a veces, como dice el refrán, “nos acordamos de santa Bárbara cuando truena” y recurrimos a Dios sólo cuando aprieta la necesidad, Jesús aprovecha esta situación menesterosa para recordarnos que existe otra clase de bienes, el alimento perdurable, el pan de vida, que sólo Dios puede darnos, y que nos lo ofrece en Jesucristo.

Una vida entregada a la satisfacción exclusiva de las necesidades materiales acaba estando vacía. Esa es la vida gentil que Pablo nos invita a dejar atrás para aprender de Cristo, renovarnos en la mente y en el espíritu, vestirnos de la nueva condición humana que él mismo encarna, esforzarnos por lo que da sentido a nuestra vida y la salva, la justicia y la santidad verdaderas. Pero la justicia y la santidad verdaderas no se olvidan del pan del cuerpo, sino que, por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, se expresa remediando el hambre de los necesitados.

En la vida de la Iglesia es necesario buscar constantemente el equilibrio representado por las dos clases de pan, y evitar los extremos que lo vician. No podemos usar la oferta de bienes materiales (sea la ayuda caritativa y humanitaria, sean actividades lúdicas para jóvenes o excursiones turísticas disfrazadas de peregrinaciones) simplemente para atraer a la gente y llenar, al menos, los locales parroquiales. Todas esas actividades hay que realizarlas como respuesta a necesidades reales de nuestros hermanos, pero también tienen que servir de signo para introducir pedagógicamente al deseo del alimento que perdura para la vida eterna, del don de la fe en Jesucristo. Pero, por el otro extremo, tampoco debemos exigir desde el principio motivaciones absolutamente puras a los que se acercan a la Iglesia, pues no pueden tener ya una fe madura los que todavía están buscando, tal vez sólo para saciarse de pan. Que muchos aparezcan en las parroquias o en los grupos cristianos porque buscan otras cosas distintas que el pan de vida que es Cristo (por ejemplo, amigos, ayuda material o psicológica, una plaza en el colegio o quién sabe qué otras cosas), no es motivo para echarlos fuera, sino ocasión para acogerlos, tomarnos en serio el hambre que los ha traído a la Iglesia, a Jesucristo, e iniciar con ellos un proceso pedagógico y paciente de purificación de motivaciones que los invite a realizar la obra buena que es creer que Jesucristo es el enviado de Dios, el pan de vida que sacia para siempre nuestras hambres más profundas.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (B)

julio 27, 2018

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44 Comerán y sobrará

En aquellos días, uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo: – «Dáselos a la gente, que coman.» El criado replicó: – «¿Qué hago yo con esto para cien personas?» Eliseo insistió: – «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.

Sal 144, 10-11. 15-16. 17-18 R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-6 Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo

Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,1-15 Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: – «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: – «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.» Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: – «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús dijo: – «Decid a la gente que se siente en el suelo.» Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: – «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: – «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

 

El discurso del pan de vida: la multiplicación de los panes

La liturgia dominical interrumpe la lectura continua del Evangelio de Marcos (ciclo B) y durante cinco semanas nos propone considerar el capítulo sexto del Evangelio de Juan, el discurso del pan de vida. Contra lo que podría parecer, el cambio no resulta demasiado brusco, porque el domingo pasado contemplamos a Jesús como un buen pastor que siente lástima de la multitud que andaba como ovejas sin pastor. Terminaba entonces el Evangelio diciendo que Jesús “se puso a enseñarles con calma”. Hoy, en el Evangelio de Juan, vemos que, en una situación similar, Jesús no sólo enseña, sino que se preocupa de alimentar a esa multitud, que le había seguido “porque había visto los signos que hacía con los enfermos”. La capacidad de compasión de Cristo no se concentra sólo en los problemas del espíritu, sino que mira también las necesidades del cuerpo: la enfermedad y el hambre. No puede ser de otro modo en quien es la Palabra hecha carne, por el que la carne, la corporalidad humana, se convierte en sacramento de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Una multitud en un lugar apartado crea realmente un problema logístico. ¿Cómo alimentar a tanta gente? Jesús implica a sus discípulos más cercanos en el problema, e interroga a Felipe. La respuesta del apóstol es razonable, y no exenta de generosidad: ni siquiera gastando todo lo que tenían a disposición en la bolsa común, unos doscientos denarios, podrían alimentar a tantos. El problema excedía las fuerzas humanas de los apóstoles, por más buena voluntad que quisieran ponerle.

La solución va a venir por medio de la escasa provisión de “un muchacho”, que, por lo que se deduce del texto, está dispuesto a compartir lo poco que tiene. Nos viene a la memoria que precisamente de los que son como niños es el Reino de los Cielos (cf. Mc 10, 14); pero podemos también recordar al “muchacho” de los poemas del siervo de Yahvé (cf. Is 42, 1; 52,13), que representa a Jesús mismo, que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor, 8, 9). Jesús nos enseña que poniendo a su disposición la propia pobreza con generosidad y confianza los bienes se multiplican y alcanzan para muchos. El milagro consiste en compartir para repartir. En situaciones de grave crisis de bienes materiales, descubrimos en su dimensión moral y religiosa la clave de una posible solución.

La multiplicación de los panes trasciende, como es fácil de entender, la dimensión meramente material o logística. No se trata sólo de un milagro que sacia el hambre de la multitud, sino, sobre todo, de un “signo” que significa la presencia actual del Reino de Dios, que nos enriquece con otros bienes que los puramente materiales (como la salud del cuerpo y el pan que sacia su hambre). La cercanía de la pascua, indicada al principio del texto evangélico, y el gesto de acción de gracias, antes de repartir el pan, aluden al sacrificio de Cristo en la cruz y al pan eucarístico, memorial de su Pasión; no se trata sólo de la solución del problema puntual (que también requiere respuesta), sino además de la salvación radical y definitiva que Jesús ha venido a traernos: la comunión con Dios Padre y entre nosotros, la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz de que habla Pablo en la segunda lectura. No es posible formar un solo cuerpo en un solo Espíritu si no somos capaces de compartir la fe en el único Señor, pero también nuestro pan.

Las obras de misericordia y las acciones de solidaridad realizadas por la Iglesia y los cristianos, como remediar el hambre de los pobres o el dolor de los enfermos, se han de hacer precisamente porque hay personas que sufren hambre y enfermedad y que, como en el caso de Jesús, deben despertar nuestra compasión y movernos a la acción. Pero esas acciones tienen que ser además “signos” que hablan de la presencia en el mundo del Reino de Dios, de Jesucristo que nos lo ha traído, de un corazón nuevo en aquellos que han aceptado la Palabra y a la persona de Jesús, de nuevas relaciones entre los seres humanos.

De hecho, en el Evangelio de hoy, las gentes que comen hasta saciarse algo perciben de esa presencia que va más allá de la materialidad del pan multiplicado. Conocían sin duda el episodio del profeta que dio de comer a cien con veinte panes, y vieron que lo realizado por Jesús, que excedía con mucho el milagro de Eliseo (cinco mil alimentados con cinco panes, y todavía sobraron doce canastas), era signo del “Profeta que tenía que venir al mundo”. Pero, al parecer, en ellos pudo más el interés inmediato; de ahí que, más que escuchar al profeta, quisieran hacerlo a la fuerza rey, esto es, investirlo de poder político y militar, pues un líder dotado de tales poderes había de ser invencible. El mesianismo político-militar tenía para ellos más atractivo que la palabra profética desprovista de poder. En la voluntad de hacer de Cristo un rey al uso de los reyes de este mundo se esconde la otra voluntad, que al parecer acompaña permanentemente a los hombres en sus relaciones con Dios: la de manipularlo y ponerlo al servicio de los propios intereses particulares (que, por cierto, son opuestos a otros grupos rivales, a los que “nuestro” Dios habría de combatir y derrotar).

Se entiende que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo”. Aunque las ausencias de Dios y de Jesucristo en la vida del creyente pueden tener diversos significados que es preciso discernir adecuadamente, hoy se nos avisa que una de sus posibles causas es precisamente la voluntad de hacer de Jesús y de Dios el talismán que resuelve de manera mágica nuestros problemas, y no la Palabra que hemos de escuchar; y que si realiza “signos” que escapan a nuestras capacidades (por ejemplo, a nuestro presupuesto), no por eso deja de contar con nosotros, de preguntarnos, de implicarnos en los problemas reales que se apresta a resolver, para que participemos activamente con nuestra generosidad (lo poco que podamos aportar) y nuestra confianza. Sólo así nuestra vida cristiana personal y comunitaria puede irse convirtiendo ella misma en un signo profético que multiplica el bien y habla con elocuencia de la presencia entre nosotros de Cristo, Profeta y Rey de un Reino que no es de este mundo.

Domingo 3 de Pascua (B)

abril 15, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19 Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.»

Salmo 4,2.7.9 R. Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 2,1-5 Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24,35-48 Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

 

La comunidad eucarística: comunidad de testigos

 

La catequesis pos bautismal de este domingo profundiza y detalla lo que ya inició el domingo pasado. Se decía allí que el lugar propio para hacer la experiencia del Resucitado (para verlo y tocarlo) era la comunidad de sus discípulos, la que se reúne “el primer día de la semana”, el día de la Resurrección. Hoy entendemos ya con toda claridad que esta comunidad es una comunidad eucarística, reunida en torno a la Palabra y al alimento compartido.

El primer detalle que resalta en el Evangelio de hoy es que los discípulos se reunieron no por propia iniciativa, sino convocados por experiencias distintas pero con rasgos comunes, que para ellos mismos fueron totalmente inesperadas y no siempre bien comprendidas, en las que se mezclaban la sorpresa (estaban “atónitos”), el temor y la alegría… Experiencias difíciles de definir. Eran experiencias producidas en situación de dispersión: como la de los discípulos de Emaús (hoy leemos el texto que sigue a ese episodio, cuando los dos discípulos vuelven a Jerusalén); experiencias que, sin embargo, los hicieron reunirse de nuevo. En esas asambleas lo primero que hacían era darse un testimonio mutuo, poner en común sus experiencias personales, distintas y convergentes, que provocaban el reencuentro y rehacían la comunidad en trance de desaparecer a causa de la muerte ignominiosa del Maestro.

La reunión que comparte experiencias vitales del Señor Resucitado (es decir, que comparte la Palabra) se convierte en comunidad eucarística en la que el Señor mismo explica las escrituras y las hace por fin comprensibles; y en las que, también junto al Maestro, comen juntos, comparten el pan y el vino, la presencia del Señor resucitado, en el que son visibles las señales de la Pasión (“mirad mis manos y mis pies”).

Una comprensión adecuada de lo que la Palabra y la celebración quieren trasmitirnos hoy nos ayudaría mucho a participar en la Eucaristía dominical “de otra manera”, si es que en nosotros se mantienen los viejos esquemas, en virtud de los cuales acudimos a ella como a cumplir una obligación, de modo más o menos mecánico, o simplemente, hemos dejado de ir, porque “no nos dice nada” o lo hacemos de ciento en viento.

No se trata de “ir a misa”, de cumplir un precepto bajo la presión de normas externas o de amenazas de pecados y castigos que hoy, seamos sinceros, no mueven a casi nadie. Desde luego, si volvemos nuestros ojos a aquellos primeros discípulos, a la mezcla de emociones (sorpresa, miedo, incomprensión, alegría…) que se agolpaban en ellos y les hacían encontrarse apresuradamente, contarse unos a otros lo que les había pasado, lo que habían sentido al asomarse a un sepulcro vacío, o en el jardín contiguo, en medio del llanto, de camino, al partir el pan…; si los miramos y tratamos de entrar en esa experiencia, que los textos precisamente quieren transmitirnos, en la que quieren incluirnos como personajes vivos de la misma; si nos acercamos a ellos de esta manera, entenderemos que aquí no hay obligación, ni ley, ni amenaza que valga: que aquí se nos ofrecen posibilidades de vida inéditas, se nos regala una presencia real, aunque misteriosa, “que nos dice mucho” (¡habla con nosotros!), se nos comunica una gracia capaz de transformar nuestras vidas, de introducirnos en un mundo nuevo.

Los catecúmenos que, tras hacer el camino de profundización catequética, habían recibido el bautismo la noche Pascual iniciaban el proceso de mistagógica, en el que descubrían llenos de emoción que aquello que habían aprendido al escuchar los relatos evangélicos se realizaba ahora también en ellos, que, como los primeros discípulos, también a ellos se les abría la comprensión de las Escrituras, también ellos experimentaban la presencia del Señor resucitado al comer el pan y beber el vino y participar en esa reunión en la que, antes del bautismo, no les había sido dado participar plenamente.

Y esa es la experiencia que podemos y debemos realizar nosotros. Nos reunimos para compartir, llevando ante el altar la ofrenda de la vida de toda la semana (nuestros trabajos, esfuerzos, alegrías y sufrimientos, todo lo que nos ha pasado mientras íbamos de camino, por el camino de la vida), abiertos a escuchar lo que el Señor presente en la comunidad de los discípulos tenga a bien decirnos, deseosos de que nos dé un trozo de pan y un trago de vino (qué bueno sería que siempre se comulgara bajo las dos especies, como hacen los ortodoxos y casi todos los católicos aquí en Rusia, también en otros países), para poder seguir el camino de la vida, convertido así en envío y misión, en testimonio… Que el cura de turno sea un pelma, que predique largo y mal, o que la comunidad diste mucho de ser ideal… todo eso tiene su importancia, pero no demasiada, porque es el Señor Jesús el que nos convoca, el que nos muestra sus manos y sus pies (sus heridas, que bien pueden ser el cura pelma o la comunidad llena de defectos), el que nos explica las Escrituras, el que parte para nosotros el pan…

Se me dirá que todo eso es muy bonito, pero que luego, lo que sentimos al “ir a misa” dista mucho de ser así… Lo concedo. Pero, ¿quién ha dicho que todo esto sucede de manera automática, casi mágica? De hecho, las mismas lecturas de hoy nos avisan de esas dificultades. Esos mismos discípulos de primera hora, que hicieron esas experiencias tan conmovedoras (que les llevaron a dar la vida por ellas), no lo entendieron todo desde el principio: si se les abrió el entendimiento, es que hasta entonces lo habían tenido cerrado; tampoco vieron desde el primer momento: o no lo reconocían, o creían ver un fantasma… Para ver, entender y participar de esta experiencia del Resucitado hay que perseverar… No se puede profundizar si se acerca uno con una actitud superficial, pasivamente, sólo por “sentimiento de deber”, sin un corazón abierto. Pero menos aún si, sencillamente, no vamos. Recordemos que lo que se nos está comunicando en estos tiempos de Cuaresma y Pascua es un itinerario, un camino, un proceso. La repetición perseverante en la participación es esencial para que nuestros ojos y oídos, nuestros corazones, tantas veces cerrados, se vayan abriendo poco a poco, hasta ver, entender y sentir. No hay nada de ideal en todo esto. De hecho, Juan, en su carta, nos dice hoy que el Cristo que se nos manifiesta en estas reuniones dominicales es nuestro abogado, en caso de que pequemos. Aunque nuestra intención es romper con el pecado y cumplir los mandamientos del Señor, sabemos que no siempre resulta: estamos en proceso y la reconciliación y el perdón (el perdonar y el pedir perdón) es parte esencial de este mismo camino.

Sólo así nos vamos convirtiendo en verdaderos discípulos que dan testimonio ante el mundo: el testimonio interno que los discípulos se daban unos a otros, se convierte en un testimonio que la comunidad y cada uno de los creyentes dan ante el mundo, sin miedo y sin complejos; pero también sin dureza. Es así como Pedro da testimonio ante el pueblo: les dice la verdad (“lo matasteis”), pero lo hace con indulgencia (“lo hicisteis por ignorancia”). Porque también aquí el perdón juega un papel esencial: Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar, no a acusar, sino a anunciar “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Y nosotros, que nos reunimos con perseverancia, hemos ido entendiendo las Escrituras, hemos comido con Él y, de esta manera, lo hemos visto; nosotros, nos dice Jesús, somos testigos de esto.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)

junio 17, 2017

Lectura del libro del Deuteronomio 8,2-3.14b-16a Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.»

Salmo 147,12-13.14-15.19-20 R/. Glorifica al Señor, Jerusalén 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,16-17 El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58  Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 

Pan para el camino de la vida, pan de vida eterna

El fin de la Pascua significó litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz y nos enfrentamos con las preocupaciones y las ocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) nos quiere decir que esto no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo marca Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, que se considera la tercera Pascua cristiana. Pascua significa “paso”: pasamos a la vida cotidiana “iluminados” por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

De este modo, la liturgia nos dice que la vida cotidiana no es el lugar que entierra nuestros ideales, sino el campo en el que se han de realizar. Los ideales no pueden ser sólo hermosas ideas con las que nos evadimos de la realidad, sino que son “sentidos”, universos de valor que deben adquirir carne en los acontecimientos que componen nuestra vida. La encarnación, como toda realización, supone un cierto empequeñecimiento (una “kénosis”), pero es también una concreción, que da densidad real a los puros ideales.

En nuestro caso, la encarnación del ideal cristiano, de todo el mensaje de la Pascua, es sencillamente el amor, realizado en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Vivir con sentido, ser conscientes, infundir valor a lo que hacemos, ser capaces de renunciar a ciertos caprichos dictados por nuestro egoísmo, estar por encima de nuestros humores y estados de ánimo para prestar atención a lo que realmente vale la pena y a los que realmente queremos…, todo eso realiza, aunque sea imperfectamente, el ideal del amor cristiano. Todo eso es posible, y todo eso es fruto del Espíritu.

La Pascua ha terminado. Hemos regresado a la cotidianidad de nuestra vida, a Galilea. Pero la liturgia no parece querer despedirse tan deprisa de ese tiempo luminoso. Van apareciendo los destellos de la luz Pascual. El primero, el domingo posterior a Pentecostés, fue la fiesta de la Santísima Trinidad. El segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos.

La fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo y de su presencia real en la Eucaristía es la fiesta que nos habla de la presencia de lo extraordinario de Dios en lo ordinario, en la vida cotidiana. Todo el misterio de la encarnación, la vida, la pasión y muerte y la resurrección de Jesucristo se concentran en esas realidades tan cercanas y ordinarias, casi tan vulgares, como son el pan y el vino, símbolos de nuestra debilidad, que necesita ser remediada con el alimento cotidiano: el pan; y de nuestro deseo de plenitud, que a veces tratamos de anticipar en los momentos de fiesta: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Jesús, que prolonga su presencia en la Iglesia y en el mundo de tantas maneras (en la comunidad de los creyentes, en su Palabra, en los pastores, en sus pequeños hermanos que sufren), ha querido estar entre nosotros no sólo en espíritu, sino con una forma de presencia especialísima y real, con su cuerpo y su sangre, en el sacramento del pan y el vino, en la Eucaristía, en la que, por cierto, todas las otras están implicadas de manera directa. Así nos dice que su cercanía no se limita a ciertos momentos extraordinarios, desgajados de nuestra vida diaria, sino que nos acompaña y alimenta en nuestro caminar. La Eucaristía es alimento para el camino de la vida.

El texto del Deuteronomio nos recuerda de qué camino se trata. No es un camino de rosas, sino, con frecuencia, un camino de aflicción, erizado de dificultades, peligros y carencias: un camino que nos pone a prueba. Pero es un camino en el que también podemos experimentar la providencia de Dios, los regalos que la vida nos hace, los bienes que nos dan fuerza y nos alimentan para seguir caminando. Ante las carencias y dificultades podemos tener la tentación (la tenemos con mucha frecuencia) de preocuparnos sólo por sobrevivir, de asegurarnos el maná material que nos garantiza no perecer, o no perecer enseguida: ir tirando mientras se pueda. Pero, si estamos en camino, tenemos que ser conscientes de que caminamos hacia alguna parte, de que el camino tiene una meta, un sentido. Por eso, debemos recibir con agradecimiento el maná que alimenta nuestro cuerpo (todos los bienes materiales), sin olvidar que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Porque no basta sobrevivir (mejor o peor, según la fortuna nos haya sido propicia o adversa), sino que hay que tratar de vivir bien, de alimentar nuestro espíritu con otro pan, de hacernos ricos de bienes superiores que también encontramos por el camino como regalos y como exigencias: la justicia, la generosidad desinteresada, la paz, la ayuda mutua, el perdón.

Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero maná, como el pan vivo bajado del cielo: él es la Palabra que sale de la boca de Dios y que nos ayuda no sólo a sobrevivir mal que bien, sino a vivir de manera acorde con nuestra dignidad de imágenes de Dios e hijos suyos. No es que Jesús desprecie el maná material, el pan que alimenta nuestro cuerpo: no olvidemos que este discurso del pan de vida tiene lugar después de la multiplicación de los panes, con la que Jesús ha remediado el hambre física de sus discípulos. Pero nos recuerda que preocuparse sólo de esa supervivencia no es suficiente: por mucho que hayamos comido y bebido, por bien que nos haya ido en la vida, al final nos espera la muerte. Por eso es preciso esforzarse por el alimento que nos permite vencer a la muerte, alcanzar la vida plena, participar de la vida de Dios: habitar en Cristo, Palabra eterna del Padre, que él habite en nosotros, para, junto con él, vivir en el Padre.

Ahora bien, Jesús expresa todo esto de un modo que nos puede parecer excesivamente crudo: alimentar nuestro espíritu con el Pan que ha bajado del cielo implica comer su carne y beber su sangre. ¿Qué significa esto realmente? Ya los discípulos contemporáneos de Jesús (y los de la primera generación cristiana, y luego, de muchas formas, a lo largo de toda la historia) se preguntaban “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?” ¿Implica esto alguna forma de canibalismo? Ante la repugnancia que suscita esta posibilidad, surge enseguida la tentación de una interpretación meramente simbólica. El pan y el vino no serían realmente el cuerpo y la sangre de Cristo, sino sólo “signos” que nos lo recuerdan. Pero toda la tradición de la Iglesia ha ido en sentido contrario, y ha afirmado la presencia real del cuerpo y la sangre en las especies del pan y el vino. Son muchos los textos bíblicos los que nos ayudan a entender este misterio, eso sí, con los ojos de la fe, como con tanta fuerza subraya Sto. Tomás de Aquino en su maravilloso himno eucarístico “Tantum ergo”: Et, si sensus déficit, ad firmandum cor sincerum sola fides súfficit / Præstet fides suppleméntum sénsuum deféctui (Aunque fallen los sentidos, solo la fe es suficiente para fortalecer el corazón en la verdad / Que la fe reemplace la incapacidad de los sentidos; o en traducción poética: “y aunque no entendemos baste fe si existe corazón sincero / dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento”). Para esta comprensión nos fijamos en los textos que nos propone hoy la liturgia.

El discurso del pan de vida suple en el Evangelio de Juan al relato de la institución de la Eucaristía que encontramos en los Evangelios sinópticos (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15-20) y en la primera carta a los Corintios (11, 23-25). Pero el contexto de este discurso es tan pascual como en los otros Evangelios. Jesús dice que su carne es el pan que yo os daré, en futuro. Es claro que no se trata de una invitación a la antropofagia, sino de comer un pan y de beber un vino que son un cuerpo entregado y una sangre derramada. Jesús habla, pues, de su muerte y de su resurrección. La carne que hemos de comer y la sangre que hemos de beber son los de su cuerpo glorificado en el misterio pascual. En este misterio pascual participamos realmente por medio de una comida. Así se hace presente en nuestra vida cotidiana lo extraordinario de Dios, la salvación y la vida plena que nos ha dado en Jesucristo, su Palabra encarnada, en su carne y sangre entregadas por nosotros.

El camino de nuestra vida puede ser arduo y difícil, pero en él recibimos cotidianamente el sustento que nos hace descubrir en la dificultad el rostro de Cristo sufriente, y nos ayuda a vislumbrar en esas mismas condiciones (alegres o tristes, luminosas u oscuras) la luz del triunfo de Cristo, el cuidado providente de Dios Padre. Y esto nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino a vivir en una cierta plenitud, prenda de la plenitud futura: a vivir bien, a vivir en comunión con Cristo, y en comunión con los demás, convertidos en hermanos, pues, porque comemos todos del mismo pan, aunque somos muchos (distintos, a veces divergentes), formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Jesús nos invita a acercarnos a Él y participar gratuitamente de su banquete, comer el pan y el vino que ha bendecido para nosotros, y que son su cuerpo y sangre entregados y transfigurados. De esta manera participamos realmente de su vida y de su misión, no sólo alimentamos nuestro espíritu para poder caminar, sino que nos cristificamos, capaces de entregarnos, nos transfiguramos, nos convertimos en alimento que da fuerza para caminar a muchos otros.

¿Cómo no aceptar este don que Dios nos hace gratuitamente?