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Domingo de la octava de navidad (A) La sagrada familia: Jesús, María y José

diciembre 28, 2019

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Sal 127, 1-2. 3. 4-5 R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Hermanos:

Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23 Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

 

Toma al niño

La luz brilla en la tiniebla, la Palabra se hizo carne. Deslumbrados por la luz de la natividad de Jesús en medio de la noche de nuestro mundo, nuestros ojos han quedado prendados por este foco de luz y han contemplado al Niño. Pero, en cuanto nuestras pupilas se han acostumbrado han ido vislumbrando también los detalles que habían quedado en la penumbra a causa de ese resplandor. Junto al niño Jesús descubrimos a María y a José, personajes sin los cuales esta presencia no hubiera sido posible. Y es que el Verbo se ha hecho hombre, carne humana, pero ser hombre es en su misma entraña entrar en relación. “El hombre” así, en general, es una pura abstracción. No existe el individuo humano como tal, sino la persona, ciertamente única, insustituible, pero anudada también a toda una red de relaciones: ser hombre significa necesariamente ser hijo, hermano, amigo, vecino, de un modo u otro, padre o madre.

Si el Hijo del Eterno Padre, el Verbo de Dios, se ha hecho hijo del hombre, carne como la nuestra, es que el hombre, cada hombre, está dotado de un valor infinito. Pero este valor y dignidad infinitos están vertidos en vasijas de barro y afectados por una enorme fragilidad. Basta pensar en la indefensión total con la que nace la criatura humana, mucho mayor que la que se da en las crías de cualquier otra especie animal. Múltiples peligros amenazan la viabilidad del niño recién nacido, también del que está todavía en trance de nacer. Dios se ha hecho hombre, es decir, ha empezado por hacerse embrión y, después, niño, vulnerable, indefenso, por completo dependiente, menesteroso en todos los sentidos, necesitado de todos los cuidados. El evangelio de Mateo hoy subraya e insiste en este aspecto: describe las amenazas de muerte que rodean al niño nada más nacer y hacen de él un fugitivo, un desplazado, emigrante y extranjero. Mateo describe en detalle lo que Juan expresa con laconismo: vino a su casa y los suyos no lo recibieron.

El valor infinito del ser humano, que Jesús ha revelado con su nacimiento, necesita ser protegido de los peligros que lo acechan por doquier, del riesgo implicado en asumir la carne humana y su vulnerabilidad. El primer cofre que protege este valor a la vez infinito y frágil del ser humano es un vientre de mujer, y el segundo es la familia. También es así en Jesús. Al hacerse hombre se convierte primero en hijo, en miembro de una familia. Es ella la que acoge (ya al engendrarla) la vida humana incipiente, la que la hace viable, la alimenta y le da crecimiento. Para poder llegar a ser sí mismo con independencia, hay que ser primero dependiente; el que quiera hacer una aportación propia a la sociedad y a la historia (por pequeña que pueda parecer), ha de recibir primero de otros todo lo necesario para vivir (primero la sangre que le llega por el cordón umbilical, después el calor de un regazo, el alimento, el vestido, la educación); para alcanzar la seguridad en sí mismo, es necesario haber hecho la experiencia de la confianza que ofrece la seguridad familiar; para, por fin, poder tratar a los demás de igual a igual, es imprescindible haber sentido sobre sí la única desigualdad que no ofende nuestra dignidad, pues ha sido como la providencia benéfica que ha remediado nuestra inicial indefensión.

También ha sido así en Jesús. El Verbo de Dios hecho hombre, el niño Jesús, aparece ante nuestra mirada en los brazos de María, y ante los múltiples peligros y amenazas que lo acechan desde su mismo nacimiento, la protección providencial que recibe de lo alto no se distingue de la que reciben (o deben recibir) el resto de los mortales: los cuidados de su madre, los trabajos, desvelos y decisiones de su padre humano, que Mateo dibuja hoy con concisión y maestría.

Seguimos contemplando al niño Jesús, pero lo hacemos mirando al cuadro completo de la Sagrada Familia. Se trata, es verdad, de una familia del todo particular, y por eso la llamamos “sagrada”: María, la mujer inmaculada, Virgen y Madre; José, varón justo, que en la visión bíblica significa agradable a Dios; Jesús, el hijo eterno del Eterno Padre. Pero del mismo modo que la encarnación de Jesús, su hacerse hombre, conlleva la afirmación del valor y dignidad del hombre, de todo hombre sin excepción, también al descubrir a Jesús como miembro de la Sagrada Familia, comprendemos que la familia como tal es una realidad sagrada, creada y querida por Dios. Es la providencia que hace viable la vida humana, la de cada uno de nosotros, el ámbito en el que, en una relación positiva de amor, de dependencia, obediencia y respeto, crece y se fortalece la libertad, la responsabilidad, la confianza, los ingredientes todos que hacen posible vivir después una vida propia con sentido. Pero no debemos entender la familia como un remedio provisional de la menesterosidad de la primera fase de la vida humana. Esta queda sellada profundamente y para siempre por esos lazos familiares iniciales. Aunque, al adquirir la independencia, el ser humano abandone el hogar familiar para fundar el propio y vivir su propio proyecto, ese abandono no puede entenderse como una ruptura. La dependencia inicial se convierte después en gratitud y también en responsabilidad y cuidado de los propios padres ya ancianos. Nunca dejamos de ser hijos, aunque la relación filial crezca, se desarrolle y se transforme a medida que vamos creciendo nosotros mismos. La realidad familiar nos habla realmente de que estamos llamados a la relación y al amor, y que esta relación y amor, siendo la vocación de seres libres, exigen de nosotros responsabilidad: somos responsables unos de otros y, en primer lugar, los padres, responsables de sus hijos, que dependen en gran y principal medida de aquellos para poder llegar a ser sí mismos.

Como la vida humana en general, como la vida incipiente del niño Jesús, también la realidad sagrada de la familia se encuentra sometida a múltiples amenazas. En nuestros días, tal vez el peligro más fuerte proceda de una libertad entendida y proclamada como irresponsabilidad, es decir, como desvinculación. Queremos ser libres, y no responder de ello ante nada y ante nadie. Entendemos con frecuencia esta libertad como pura emancipación, ausencia de vínculos y de compromisos que anudan nuestra vida, pero que, precisamente, le dan contenido. La libertad entendida como pura voluntad subjetiva (como capricho) se proyecta en relaciones provisionales, inestables, que considera posible desembarazarse sin más de las consecuencias que, inevitablemente, la relación lleva consigo (desde la vida engendrada, hasta la exigencia de fidelidad). Una vez más, como tantas en la historia, el hombre quiere hacerse dios y comer de la fruta prohibida del árbol de la ciencia del bien y del mal, para conformar la realidad a su antojo, trastocando incluso el orden con el que Dios, sabiamente, nos ha puesto en la tierra. Un orden que no destruye nuestra libertad sino que, aunque a veces parece limitarla, en realidad la hace posible, como la obediencia que el menor de edad debe a su padre, obligado a su vez por la responsabilidad hacia su hijo. Es verdad que ese orden ha sido afectado negativamente por el pecado, de manera que las mismas relaciones familiares se convierten con frecuencia en relaciones de dominio, sometimiento, manipulación, violencia… Pero el nacimiento de Jesús en el seno de una familia ha venido a sanar esas enfermedades que vician la realidad familiar y la misma realidad humana. Al leer la segunda lectura (y otros textos paralelos, especialmente Ef 5, 21-6, 4) puede producirse la sensación de que Pablo reproduce esas relaciones de sometimiento. Pero si aprendemos a leer sin prejuicios y entre líneas, comprendemos que ahí se habla de un sometimiento mutuo y, por tanto, libre y además por puro amor, como el amor que Dios ha tenido a la humanidad, y el que Cristo tiene a la Iglesia. En este caso, no queda resquicio de un sometimiento “patriarcal”, porque allí donde los miembros de la familia, permaneciendo lo que son (esposos, padre y madre, hijos, hermanos), están dispuestos a dar la vida los unos por los otros, allí la familia queda sanada de raíz, que evangelizada y convertida en una verdadera comunidad, en una iglesia doméstica, imagen de la Sagrada Familia. Una familia así es una comunidad abierta y escuela de verdadera humanidad, que descubre en cada ser humano un prójimo, un familiar, un hermano y hermana, bajo la paternidad única de Dios.

Al mirar y contemplar hoy al niño Jesús en el seno de su familia humana, Familia Sagrada, porque sagrada es la realidad familiar, queremos descubrir en él el designio de amor que Dios tiene para con cada uno de nosotros, y que está ligado necesariamente a nuestra realidad familiar: dar las gracias por los padres que tenemos o hemos tenido, más allá de que hayan sido mejores o peores, también por nuestros hermanos y hermanas, por todo el resto de nuestros familiares. También los maridos deben dar gracias por sus mujeres, y las mujeres por su maridos, y juntos por sus hijos. Debemos hoy también pedir por el fortalecimiento de los vínculos familiares, basados en el amor mutuo, el amor que nos enseñó Cristo, que es capacidad de asumir responsabilidades y que culmina en la disposición a dar la vida por los demás (y nunca en el pretendido derecho de disponer de la vida de los demás); vínculos de los que depende en gran medida la salud y el futuro de la sociedad. Y, al comprender que Jesús nació en una familia concreta, pero no para quedarse en ella para siempre, sino para reunirnos a todos en la gran familia de los hijos de Dios, debemos sentirnos miembros de esa familia, por la que ningún ser humano es para nosotros “extraño”, ajeno, sino en el que podemos descubrir a un hermano nuestro, gracias al hijo de Dios que, al nacer, se ha hecho hijo del hombre.

Domingo de la Octava de Navidad (C) La Sagrada Familia: Jesús, María y José

diciembre 29, 2018

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo responsorial Sal 127, 1-2. 3. 4-5 R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-52 Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: – «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les contestó: – «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

 

¿Por qué me buscabais?

 

El nacimiento de Jesús significa que el Verbo de Dios se reviste de carne, y también del conjunto de relaciones en que la vida humana consiste. La primera de estas relaciones, fundamental para la existencia del hombre y su sentido, es la relación paterno-filial. Al aparecer en el mundo totalmente menesteroso y dependiente, el recién nacido percibe a sus padres (primero a su madre, después también a su padre) como una fuerza superior, providente y poderosa que remedia todas sus necesidades: alimento, calor, higiene, afecto, acogida. Esta inicial relación de dependencia garantiza la supervivencia física, provee de estabilidad psicológica (da seguridad, confianza y sentido: si todo lo hacen por mí, es que mi vida es importante); y, por fin, abre a la relación religiosa: la sumisión a los padres es temporal y provisional, al ir creciendo el niño, convertido en joven, descubre que sus padres son limitados. Esa limitación va aumentando con la edad, hasta el punto de que llega un momento en que la dependencia se invierte, y son los ancianos padres los que necesitan de la ayuda y el cuidado de sus hijos. La primera lectura lo expresa con claridad, subrayando primero la “mayor respetabilidad” de los padres y recordando, después, el deber de los hijos hacia los ancianos padres: no abandonarlos, no abochornarlos, honrarlos hasta el final. El cuarto mandamiento de la ley de Dios, el único mandamiento positivo de los referidos a nuestros deberes para con los demás, hace de puente entre los siguientes y los tres primeros: porque es en esa inicial y provisional relación vertical con los padres donde se configura la relación religiosa con Dios. El hombre aprende en ella a mirar hacia arriba con confianza en el poder benéfico y providente que, como acaba descubriendo, procede últimamente del Dios Padre de todos. Fácil es entender que si el niño es maltratado o no suficientemente querido, se produce una distorsión en su percepción del mundo, que dificultará muchísimo una relación equilibrada con los demás y una adecuada imagen de Dios. De ahí la extraordinaria responsabilidad de los padres hacia sus hijos, y también de ahí la autoridad de que han sido investidos por Dios.

Por el contrario, el amor y la acogida incondicional del niño lo va introduciendo poco a poco en formas sanas de relación con los demás, en las que ya no domina la “verticalidad” primera, sino la “horizontalidad” entre iguales, que va del elemental respeto mutuo, hasta la forma privilegiada y exclusiva del amor conyugal entre un hombre y una mujer. El texto de la carta a los Colosenses empieza con una exhortación a las verdaderas relaciones fraternas en su generalidad. No se trata de una pura idealización, sino que se hace cargo de las muchas dificultades que estas relaciones deben superar. De ahí que mencione enseguida la capacidad de aguante y el necesario perdón, que solo aparece cuando se dan ofensas y conflictos.

Cristo ha venido a sanar, salvar y restablecer al ser humano, incluyendo el conjunto de sus relaciones, también heridas por el pecado. En él, por el amor que nos da y para el que nos capacita, se hace posible recomponer la unidad entre los seres humanos, hacer de ellos un cuerpo armónico, vivir en paz. Sin embargo, precisamente cuando se refiere a las relaciones familiares hay algo en el texto que rechina en nuestros oídos: nos resulta difícil aceptar esas expresiones que llaman a la “sumisión” de las esposas; a algunos puede ser que incluso la exhortación a la obediencia de los hijos les suene mal. Pero es importante leer estos textos en la clave adecuada: y esta no es el moderno concepto de igualdad, sino la idea evangélica del amor. En este y en otros textos de Pablo, en los que parecen resonar condicionamientos culturales de la época, hemos de saber ver ante todo el espíritu evangélico que los anima, que habla de una sumisión libre y de una entrega total por parte de los dos cónyuges. Si la mujer se somete, lo hace no servilmente, sino libremente y por amor, el marido debe, por su parte, no dominar, sino entregarse sin reservas a su mujer, en la que ama a su propio cuerpo; del mismo modo que la autoridad paterna sobre los hijos debe evitar todo despotismo que exaspera y desanima, para que la obediencia de estos sea un camino de crecimiento hacia la propia madurez. El espíritu cristiano de amor y servicio mutuo no atenta contra la verdadera igualdad (la de la igual dignidad de hijos de Dios), sino que la garantiza del mejor modo, al tiempo que respeta las diferencias que enriquecen la unidad.

El mejor ejemplo de este espíritu lo encontramos en la familia de José, María y Jesús. Ahí vemos reflejado a la perfección el ideal de las relaciones familiares. Un ideal que no excluye ni esconde los inevitables momentos de dificultad y conflicto. Pues Jesús ha nacido para crecer y llegar a ser sí mismo. Y este proceso nunca es sencillo y pacífico. José y María son los mediadores de ese crecimiento. Los padres engendran, pero también y sobre todo ayudan a crecer. Aquí existe un matiz psicológico, que distingue el papel que juegan el padre y la madre: ésta es sobre todo el principio generador, la tierra, que acoge y engendra confianza; el padre es el principio de crecimiento, el ideal que exige y llama. En el caso de José, su papel tiene importancia capital en este segundo aspecto: representa el rostro humano de la paternidad, que Jesús experimenta como mediación de su experiencia filial respecto de su Padre, Dios.

El texto de hoy recoge, precisamente, un momento clave de inflexión en las relaciones familiares. Jesús ya no es un niño. Los doce años marcan el paso a la adolescencia, el umbral de la madurez. De ahí que José y María, que le van abriendo paso para que él emprenda su propio camino, le lleven por vez primera a Jerusalén. Y Jesús, haciendo uso de este primer momento de autonomía “se pierde”. Tal como suena el texto, da la impresión de que toma una decisión, para la que, además, no cuenta con la opinión de sus padres. No se trata de una travesura, sino de un primer paso en busca de su propia vocación.

Es bastante clara la alusión a la muerte de Jesús, cuyo cuerpo es el verdadero templo de Dios. Sólo a los tres días sus padres lo encuentran “en el templo”, sentado en medio de los maestros, como uno de ellos, pero escuchándolos y haciéndoles preguntas, y también dando sus propias respuestas. Jesús no está en el templo como en un refugio en el que escapar de los problemas e interrogantes de la vida. Al contrario: Jesús pregunta, plantea dudas, escucha, también avanza sus propias respuestas. Es decir, Jesús experimenta la vida y la relación con Dios como realidades abiertas, en las que no existen soluciones prefabricadas. Y de esta manera va comprendiendo su propia vocación: la total dedicación a las cosas de su Padre.

A los padres, normalmente, les cuesta entender que el hijo que hasta entonces ha sido “su niño”, completamente dependiente de ellos, empiece a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones. De ahí la pregunta de María, en la que se deja percibir un cierto reproche por la angustia de haberlo perdido. En la respuesta de Jesús suena, por un lado, la reivindicación de su propia autonomía (“¿por qué me buscabais?”); pero también una indicación precisa de dónde podemos encontrarlo, siempre que lo perdamos: en la “casa” de su Padre, o mejor, en las “cosas” de su Padre, que no son otra cosa que el anuncio y la implantación del Reino de Dios y la salvación de los hombres.

María y José no entienden la respuesta de Jesús. A veces a los padres les cuesta entender el camino de los propios hijos, y a todos nosotros nos cuesta percibir y entender a la primera la Palabra de Dios. La actitud correcta es la que nos enseña María: la paciencia y la confianza que dejan madurar la semilla de la Palabra y sus respuestas en el propio corazón. Esa misma paciencia y confianza la encontramos en Jesús: la autonomía recién estrenada no significa total independencia y ruptura. Tras la escapada adolescente Jesús “regresó con sus padres y vivía sometido a ellos”. Este sometimiento ya no es algo forzado por la total indefensión del recién nacido, sino fruto de una decisión libre. Como libremente se someterá a la voluntad de su Padre celestial, así ahora se somete con libertad a la autoridad (no despótica o exasperante, sino abierta, respetuosa) de sus padres en la tierra, para seguir creciendo y madurando. Y es que, en verdad, el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra libre y no servilmente a algo (a Alguien) más grande que él, que lo libera, y que vale más que la vida.

Comprendemos a la luz de la Palabra la importancia de la familia en los designios de Dios, en el camino hacia la propia madurez humana y cristiana. También en la fe hemos de ir avanzando hacia la madurez del amor en el seno de la familia eclesial. Jesús es nuestro maestro y pedagogo. Si a veces se pierde y nos fuerza a buscarlo con angustia, ya sabemos dónde encontrarlo: en las cosas del Padre, inquiriendo, preguntando, escuchando y ensayando nuestras respuestas; y sometiéndonos libremente y por amor al servicio de nuestros hermanos.

 

 

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (B)

junio 10, 2018

Lectura del profeta Génesis 3, 9-15 Establezco hostilidades entre tu estirpe la de la mujer

Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: –¿Dónde estás? Él contestó: ¡Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Adán respondió: –La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí. El Señor dijo a la mujer: ­–¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: –La serpiente me engañó y comí. El Señor dijo a la serpiente: ­Por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la tuya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón.

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8 R. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios 4, 13-5, 1 Creí, por eso hablé

Hermanos: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciben la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y unas tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gracia. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterno en el cielo, no construida por hombres.

Lectura del Santo evangelio según san Marcos 3, 20-35 ¿Quién es mi madre y mis hermanos?

En aquel tiempo, volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de Jerusalén decían: –Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: ­¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme con el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: –Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ­–¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

Mi madre y mis hermanos

 

El Evangelio de hoy presenta dos motivos algo distintos en apariencia: la cuestión del pecado, de ese misterioso pecado contra el Espíritu Santo, que nunca podrá ser perdonado, y las relaciones de Jesús con su familia, que a la luz de este texto evangélico, no parecían ser excelentes.

La cuestión del pecado viene enmarcada por la lectura del Génesis, por el tenso diálogo entre Dios y Adán y Eva tras la caída original. Nos encontramos con dos perspectivas o puntos de vista sobre el pecado: el pecado original, esto es, aquello que se encuentra en el origen del pecado, no sólo ni sobre todo cronológicamente, sino en su esencia misma (es lo que encontramos en la primera lectura); y, ya en el Evangelio, lo que podríamos llamar “el pecado final”, el pecado definitivo y sin vuelta atrás. Vayamos paso a paso.

El pecado original, el origen del pecado, se encuentra en la voluntad de ponerse en el lugar de Dios: “seréis como dioses” había dicho la serpiente a la mujer, “conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 5). Está claro que “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” no significa infringir simplemente una prohibición positiva y más o menos arbitraria, establecida simplemente para “poner a prueba” a nuestros primeros padres. La cosa tiene un sentido mucho más profundo, universal y presente en toda forma de pecado. Se trata aquí de comer del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Es decir, se tata de determinar libremente, según la propia voluntad o el propio interés o capricho, el contenido del bien y del mal: de trastocar el orden establecido por Dios, que sirve para preservar la vida; pues el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, que bien podemos entender como la conciencia, y que se encuentra en el centro del jardín –que es el ser humano–, se encuentra, además, junto al árbol de la vida (cf. Gn 3, 9). El corazón y el origen del pecado está en esa voluntad de ser como dioses (que tantas versiones ha tenido y tiene a lo largo de la historia), en esa pretensión de una libertad creadora y que no responde ante nadie, que no es, ciertamente, la libertad del hombre.

En el pecado, el ser humano niega a Dios, pues no lo reconoce como autor de la vida y del orden del bien y del mal; pero también se niega a sí mismo, porque no acepta su condición de criatura, la más excelsa, “poco inferior a los ángeles” (Sal 8, 5), pero no divina, ciertamente libre, pero con una libertad limitada y, por eso mismo, responsable. Al negarse a sí mismo, entra inmediatamente en conflicto con sus semejantes. Todo esto se refleja meridianamente en el diálogo entre Dios y Adán y Eva. El ser humano, que al pecar se ha descubierto, no sólo que no es igual a Dios, sino que es poco más que un animal (y se avergüenza de serlo, de su desnudez), se oculta de Dios, en vez de ir a buscar en Él el remedio del mal cometido. En segundo lugar, en vez de reconocer humildemente su culpa, se quita de encima la responsabilidad, acusando a otros: el hombre, a la mujer, ésta, a la serpiente. Tal vez hubiera bastado reconocer humildemente la propia culpa para recomponer la amistad con Dios. Descubrimos una cierta contumacia en la reacción de esa pareja que nos representa a todos.

Pero también descubrimos que en el pecado hay un elemento de debilidad, producto de la inicial imperfección humana. Lo expresa la mujer: “la serpiente me engañó, y comí”. El pecado no significa, al menos en su punto de partida, una perversión completa, una destrucción total de la dignidad del hombre, de su capacidad para el bien. Por su imperfección, admite aún la posibilidad del arrepentimiento y, en consecuencia, del perdón y la salvación. Por eso, la mujer, y en ella todo el género humano que engendra, al no haber perdido del todo su dignidad, queda por encima de la serpiente, del tentador y engañador: éste puede herirla, pero en el talón, mientras que ella, si llega a vencer, le aplastará la cabeza.

El pecado trastoca la historia humana. Lo que debería haber sido un proceso de autoperfeccionamiento del hombre y de perfeccionamiento de la creación que le ha sido confiada, se convierte en un proceso ambiguo, en el que el bien y el mal se encuentran íntimamente mezclados, de manera que la obra de Dios y su designio sobre el mundo quedan comprometidos. Empieza otra historia: Dios no puede descansar, sino que tiene que salir al encuentro del hombre que se esconde de Él. Empieza la historia de salvación. Esa larga historia culmina en el encuentro definitivo entre Dios y el hombre en Jesucristo, en el que Aquel hace su definitiva oferta de perdón y reconciliación, de restauración de la naturaleza caída.

Pero, así como el pecado es fruto de la libertad del hombre, del uso abusivo de ella, así esta oferta, para poder realizarse, requiere la aceptación libre por parte suya. La salvación que Dios ofrece tiene carácter dialogal, y aunque es incondicional y gratuita, requiere la cooperación libre del hombre. Por eso, existe el peligro de que éste persevere en el mal, renuncie al arrepentimiento y a la acogida del perdón.

Igual que en el pecado original descubrimos varios grados de culpabilidad (la soberbia de querer ser como dioses, pero también la debilidad propia de la debilidad y la ignorancia), así en la acogida de Cristo podemos ver que hay diversos grados de resistencia.

Por un lado, está la de la familia. Mientras que la multitudes buscan a Jesús con ahínco, sus familiares no le entienden, son incapaces de descubrir la presencia de Dios en uno al que conocen bien desde pequeño. Sin duda, se ha debido volver loco. Es una falta de aceptación que revela rutina, escasa apertura para lo extraordinario, horizontes estrechos. Pero no se ve ahí una mala voluntad fundamental.

Eso es lo que se descubre en los letrados venidos de Jerusalén. Ante su acusación, Jesús, por un lado, responde al reproche de locura de sus familiares. Su respuesta es de una lógica aplastante, no la de un alucinado. Si expulsa demonios, ¿cómo puede hacerlo por el poder del demonio, de Satanás? Así muestra Jesús que el mal, por muy fuerte que parezca ser, es más débil que el bien, pues necesita de él para subsistir. Como comenta Sancho Panza al ver el reparto de los bandoleros de Roque Guinart: “Es tan buena la justicia distributiva, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones” (Don Quijote de la Mancha, 2.ª parte, Cap. LX). La de los letrados es, sin duda, una acusación absurda. O, peor, de una enorme perversidad, como hemos dicho, de una mala voluntad fundamental que se empeña en llamar mal al bien y bien al mal (cf. Is 5, 12). Se trata de una ceguera voluntaria, porque se niega a reconocer la evidencia, quién sabe por qué oscuros intereses o razones inconfesables. Es, como hemos dicho, una especial contumacia en el mal que ninguna debilidad o imperfección puede disculpar, pues consiste, precisamente, en el rechazo de la oferta de salvación que Dios nos hace en Cristo, es precisamente el rechazo del perdón.

Que Jesús hable de “pecado contra el Espíritu Santo” para designar este pecado final o definitivo que no puede jamás perdonarse no puede ser casual. ¿Por qué no lo designa “pecado contra el Hijo de Dios”? En el evangelio de Lucas (12, 10) se dice expresamente que la blasfemia contra el Hijo del hombre se podrá perdonar, pero no la proferida contra el Espíritu Santo. La encarnación del Verbo supone una cierta “relativización” que puede en ocasiones, por diversos motivos, dificultar la opción de fe en Él, pero sin que se llegue a esa mala voluntad y ceguera voluntaria de que hablamos aquí. Aquí el hombre se opone de manera consciente y libre al bien evidente (se encuentre donde se encuentre, y lo haga quien lo haga), y eso supone cerrarse por completo a él. Que es lo que manifiestan los letrados cuando, viendo a Jesús expulsando demonios, afirman que él mismo está endemoniado.

Sin llegar a esos extremos, existe un modo menos radical, pero que tal vez a nosotros, los creyentes, nos puede amenazar más de cerca. Es muy posible que ya en vida de Jesús algunos familiares suyos no le entendieran y quisieran apartarlo de su actividad pública. También es probable que estos textos reflejen, además, situaciones de la primitiva iglesia, en la que algunos familiares de Jesús pretendieran posiciones de privilegio simplemente en virtud de sus vínculos de sangre con Él. Es significativo que en el texto los familiares están “fuera” del círculo de los discípulos y tienen que mandar a llamarlo. La respuesta de Cristo es bien significativa: los vínculos de sangre son insuficientes si no están recogidos en el plan de Dios, que pasa por la vinculación con Cristo. Esta última genera unas relaciones más intensas, profundas y duraderas que las basadas en la familia natural. Jesús está creando la familia de los hijos de Dios, su Padre, en la que sus discípulos se convierten en sus hermanos, incluso en su madre, pues engendran su presencia a dondequiera que vayan.

Nuestro mundo occidental, profundamente impregnado por la fe cristiana, tiene una cierta “familiaridad” con Cristo, piensa conocerlo, saber de qué va su discurso. Pero, poco a poco, en sus grandes opciones culturales se ha ido distanciando de su círculo de discípulos y situándose en la periferia de la verdadera fe cristiana. Muchos de nuestros contemporáneos, pese a conservar esos vínculos de familiaridad (¿qué otra cosa son, si no, la noción de persona, la idea de dignidad humana, de derechos humanos?), consideran que lo que se refiere a la fe es un delirio o una superstición: que los creyentes en Cristo no estamos en nuestros cabales, y pretenden retirar de la circulación (del espacio público) todo lo que huela a Iglesia, a cristianismo. Una cierta tolerancia revestida de desdén pretende concedernos poder pensar o creer como queramos, pero siempre que sea en el fuero interno, sin que podamos expresarnos públicamente. ¿Es esto posible? En modo alguno: “Creí, por eso hablé”. Quien cree no puede no hablar, con sus palabras y con sus hechos. Las tribulaciones externas no deben desanimarnos, porque fijos nuestros ojos en lo que no se ve, y que es eterno, nos sabemos miembros de la familia de Dios, hermanos, hermanas, incluso madres de Jesús que con su testimonio lo engendran en fe en los demás.