Posts Tagged ‘Itinerancia’

Domingo 15 del Tiempo Ordinario (B)

julio 14, 2018

Lectura de la profecía de Amós 7, 12-15 Ve y profetiza a mi pueblo

En aquellos días, dijo Amasías, sacerdote de Casa-de-Dios, a Amós: – «Vidente, vete y refúgiate en tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. No vuelvas a profetizar en Casa-de-Dios, porque es el santuario real, el templo del país.» Respondió Amós: – «No soy profeta ni hijo de profeta, sino pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo de Israel.”»

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-14 Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya. Por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad. Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra. Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria. Y también vosotros, que habéis escuchado la palabra de verdad, el Evangelio de vuestra salvación, en el que creísteis, habéis sido marcados por Cristo con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia, para liberación de su propiedad, para alabanza de su gloria.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 7-13 Los fue enviando

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: – «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.» Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

 

La profecía del envío

La semana pasada se nos decía que el profeta es cualquierpersona y que, por eso, cualquiera puede ejercer de profeta para nosotros, también alguien cercano, con tal de que nos transmita la Palabra de Dios sin componendas ni compromisos. También comprendíamos que, como de manera tan clara sucede en el caso de Jesús, esa misma cercanía puede convertirse en una dificultad añadida para que el mensaje de la Palabra que el profeta nos transmite (verbalmente o con su modo de vida) sea acogido. En este sentido, el verdadero profeta, por más cercano que nos sea (paisano, familiar, amigo) tiene siempre algo de “extranjero”, de extraño, de ajeno, precisamente por su espíritu no acomodaticio, por su capacidad de transmisión de un mensaje religioso o de una actitud moral, que puede incomodarnos al poner al descubierto aspectos de nuestra vida que no quisiéramos mirar, porque esto nos exigiría cambiar en algún sentido.

Amós es declarado extranjero y, por eso, se le invita a abandonar el lugar en el que profetiza, allí donde su palabra es incómoda, molesta al culto oficial y al poder que representa, y marchar a Judá, su patria chica. Pero Amós protesta: sus palabras no están ligadas a una profesión ni a una procedencia nacional. De hecho, su profesión no es la de profeta (no es un “profeta oficial”, institucional), y por eso sus palabras no pueden acomodarse a intereses particulares (por ejemplo, de una nación determinada). Por procedencia familiar y nacional él es un simple pastor, un vulgar agricultor. Por ello, si pronuncia oráculos proféticos es porque Dios lo ha elegido y enviado a hablar. Ante una elección así, es imposible callar.

Descubrimos así un aspecto nuevo e inquietante de esta extraña identidad: el profeta es un enviado de Dios. Jesús, el definitivo enviado de Dios y, por tanto, el verdadero y supremo profeta, hace a sus discípulos partícipes de su misma identidad. Así como él ha sido enviado por el Padre, así también envía él a sus discípulos. Estos han tenido la experiencia de la Palabra de Dios en contacto directo con quien es su encarnación viva. Es lógico que hayan de salir, enviados por el Maestro, para transmitirla a otros. Así fue ya en vida de Jesús. Y no se trata simplemente de una transmisión teórica, de comunicar y enseñar una doctrina, sino de abrir camino a una realidad viva que se refleja en un estilo y un modo de vida: en comunidad, investidos de una autoridad sobre el mal carente de signos externos de poder, ligeros de equipaje, con sencillez de vida, aceptando lo que les den pero sin exigir nada, avalando la Palabra que transmitían haciendo el bien, curando y liberando.

Llama la atención lo que tienen que llevar: un bastón y sandalias. En el envío Jesús subraya la itinerancia. Ser discípulo estar en camino, en movimiento. Incluso cuando se habla de quedarse, se insiste en lo provisional de la situación: quedaos… hasta que os vayáis. También reparamos en lo que no hay que llevar: provisiones, dinero, prendas de repuesto. Peso que entorpece la marcha, cosas que dan seguridad e invitan a una vida sedentaria. Se tenga éxito o fracaso, Jesús exhorta a reemprender la marcha. Confiando sólo en quien los ha enviado, Jesús instruye a los discípulos, más que en el contenido teórico de la predicación, en la eficacia vital del mensaje que les confía: es una Palabra que salva, sana, limpia, libera. No hay mejor modo de predicar la Palabra que haciendo el bien.

Después de la muerte y resurrección de Cristo no puede ser de otra manera: el envío para el anuncio es la esencia de la vida misma de la Iglesia. Los discípulos son enviados al mundo entero a transmitir la Palabra que da vida. Y es fundamental que el modo de transmisión y e modo de vida de los que transmiten se corresponda con lo que esa Palabra anuncia. Es cierto que no siempre es así. Por desgracia, a veces el ejemplo de vida no avala el mensaje evangélico transmitido por los que formamos la Iglesia. Y, aunque esto no lo invalida, sin embargo, es cierto que la incoherencia de vida merma mucho la eficacia del anuncio y el testimonio. En este punto es importante que cada cual se examine a sí mismo. Es frecuente que los cristianos lancemos acusaciones genéricas contra “la Iglesia” y sus pecados, pero eximiéndonos a nosotros mismos de esa crítica. Pero esto es otra forma de incoherencia. Decía san Doroteo que “la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo”. Es absurdo decir que “los obispos…”, o “los curas…”, o la Iglesia institucional, y así sucesivamente, es así o asá. Existen obispos, curas, religiosos, catequistas, padres de familia, y así con todas las vocaciones cristianas, santos y pecadores, completamente entregados, o que viven a medio gas o, incluso, en contra de lo que dicen profesar. Las palabras de Jesús hoy no han de ser una piedra para arrojársela a los demás, sino un espejo en que cada uno se mira a sí mismo.

Así que hoy todos los cristianos, enviados de un modo u otro, a testimoniar y anunciar el Evangelio según nuestra vocación, somos invitados a reflexionar sobre la calidad de nuestro testimonio y sobre nuestra coherencia de vida. Como aquellos discípulos, enviados de dos en dos, tenemos que comprender que para poder cumplir esta misión tenemos que empaparnos antes de esta Palabra viva que es el contacto personal con Jesucristo. Y ese contacto no se concluye nunca: en este sentido tenemos que estar siempre en camino, sin pararnos nunca, ni sentirnos seguros en nuestra comprensión de la fe, ni ricos de nuestras prácticas religiosas o nuestras buenas obras. Volver una y otra vez al contacto con Cristo, en camino sólo con el bastón de nuestra fe y las sandalias de nuestra perseverancia, nos ayudará a profundizar siempre más en la comprensión de la Palabra, y afinará en nosotros la exigencia de hacer el bien a los demás, sin fronteras ni geográficas, ni de ningún otro tipo.

El mero hecho de ser enviados puede ya ser un signo de que, en cierto sentido, nos convertimos, como Amós, en extranjeros en nuestra propia tierra en la que la Palabra puede encontrar una fuerte oposición. Y es que es cierto que la Palabra que Dios nos dirige es con frecuencia incómoda, difícil de aceptar, ya que denuncia lo que en nosotros mismos y en nuestro entorno la contradice (contradice a la verdad, el bien y la justicia). Pero, en la itinerancia de la fe, tendremos también la certeza y la experiencia personal de que, pese a esas dificultades (que, con frecuencia, nosotros mismos sentimos), lo que la Palabra de Dios quiere transmitirnos es, en realidad, una buena noticia, una bendición, ya que, realmente, Dios “nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” y nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor, nos ha destinado, ni más ni menos, que a ser sus hijos en Cristo, su Hijo.

En síntesis, es fundamental que cada uno de nosotros los creyentes, elegidos y enviados, encarnemos en nosotros mismos, en nuestras actitudes, palabras y obras, que la fe que creemos y profesamos es, de verdad, una Buena Noticia.

 

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (B)

febrero 3, 2018

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7 Mis días se consumen sin esperanza

Habló Job, diciendo: – «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mí herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»

Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6 R. Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23 ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,29-39 Curó a muchos enfermos de diversos males

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

 

A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.

El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? ¿De dónde sacaremos fuerzas para una tarea tan inmensa? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).

El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos, lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga o en la parroquia, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. Y el texto de Job nos recuerda que el servicio no es tarea fácil, sino que cansa, agota y, con frecuencia, desespera porque no se ven los frutos. Por eso es importante realizar ese servicio desde una fe fortalecida por la oración (no al activismo que puede llegar a alienarnos, a perder la conciencia de nosotros mismos y del sentido de lo que hacemos), que alimenta además la esperanza. Las dificultades de una vida de servicio nos vinculan con la Pasión de Cristo, pero la fe fortalecida por la esperanza nos recuerdan que la Resurrección ya está operando también en nosotros.

La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con los que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese «¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva a hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio. Así vamos combinando en nuestra vida concreta acción y contemplación, oración y testimonio. En la oración traemos a la presencia de Dios a la humanidad entera, es como si le dijéramos a Jesús: «todo el mundo te busca». En la acción, el testimonio y el servicio les “decimos” a todos y a cada uno dónde encontrar a Jesús.

 

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (C)

febrero 7, 2015

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7 Mis días se consumen sin esperanza

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,29-39 Curó a muchos enfermos de diversos males

 

A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.

El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien

Curación de la suegra de Pedro

Curación de la suegra de Pedro

determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de 2sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? ¿De dónde sacaremos fuerzas para una tarea tan inmensa? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).

El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. Y el texto de Job nos recuerda que el servicio no es tarea fácil, sino que cansa, agota y, con frecuencia, desespera porque no se ven los frutos. Por eso es importante realizar ese servicio desde una fe fortalecida por la oración (no al activismo que puede llegar a alienarnos, a perder la conciencia de nosotros mismos y del sentido de lo que hacemos), que alimenta además la esperanza. Las dificultades de una vida de servicio nos vinculan con la Pasión de Cristo, pero la fe fortalecida por la esperanza nos recuerdan que la Resurrección ya está operando también en nosotros.

La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con los que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

3E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese «¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio, es decir, para, mediante el servicio, «decirles» a todos dónde encontrar a Jesús, y decirle a Jesús: «todo el mundo te busca».