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Domingo 3 de Adviento (B) “Gaudete”

diciembre 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 61,1-2a.10-11 Desbordo de gozo con el Señor

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

Lc 1, 46-48. 49-50. 53-5 R. Me alegro con mi Dios.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24 Que vuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado hasta la venida del Señor

Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28 En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: – «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.»
– «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

 

¿Lo conocemos?

El camino del Adviento continúa el ciclo profético, pero con un aumento evidente de intensidad en la espera. Ello prueba una vez más que la esperanza verdadera poco tiene que ver con la pura pasividad, y que, por el contrario, es una fuerza que nos pone en pie, en tensión activa hacia el futuro. De hecho, Juan, el profeta de los nuevos tiempos, la voz, pero no la Palabra, el testigo fiel de la luz, que no pretende ser él la luz, ni un protagonismo que sabe que no le corresponde, ya no habla sólo de la cercanía del Mesías, sino de su presencia, si bien se trata todavía de una presencia escondida: “entre vosotros hay uno que no conocéis.”

Podríamos pensar que esto de que “no lo conocemos” no va con nosotros. Se puede aplicar a los fariseos y las gentes de aquel tiempo que no lo conocían aún, mientras que nosotros, incluso al margen de que seamos muy o poco creyentes, muy o poco practicantes, “ya sabemos de qué va esto”, ya sabemos quién tenía que venir, ya lo hemos conocido.

Si pensamos así, nos equivocamos de parte a parte y nos parecemos a esos fariseos y sus enviados, que interrogaban a Juan, pero pensaban que ellos sí que sabían quién había de ser el Mesías, cómo debía ser y actuar y, por eso, increpaban a Juan, por hacer lo que, según ellos, no le correspondía. Esa manía de enmendarle la plana a Dios y negarnos a estar abiertos a sus sorpresas (sabiendo además que nosotros no podemos abarcarlo con nuestros pobres pensamientos y conceptos) es una constante de la historia de la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre. Es curioso que esta especie de soberbia teológica nos iguala a creyentes y no creyentes. Unos, porque pensamos que ya lo tenemos claro, sea por la instrucción religiosa que tenemos, sea por la experiencia acumulada de años. Otros, porque se elaboran una cierta idea de Dios, con frecuencia con materiales de desecho, tomados de las peores expresiones de la religión, o de ciertos reduccionismos propios del conocimiento científico, para declarar después que Dios no existe. Algo, por cierto, de una extrema arrogancia, pues para afirmar con seguridad, no sólo que Dios, sino que cualquier cosa no existe hay que declarar la contradicción del concepto (algo que, desde luego, respecto de Dios no es posible), o pretender saberlo absolutamente todo.

Pero Juan nos avisa hoy, a todos nosotros, que el que ha de venir ya está en medio de nosotros y que no lo conocemos. Es una llamada a abrir los ojos, a despertar y a estar en vela.

Pero no debemos entender este aviso de Juan sobre todo como una amenaza o un reproche. El tono de este domingo de Adviento es la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”, exulta el profeta Isaías; “Estad siempre alegres”, nos exhorta Pablo. Estamos en el Domingo Gaudete, que sigue y completa el tono de consolación del domingo pasado. Ciertamente, el que ha sido consolado tiene motivos para estar alegre. Y si el consuelo era fruto de una esperanza más o menos inminente, ahora la alegría lo es porque, si bien aún invisible, el objeto de la esperanza ya se ha hecho presente. Así es siempre. Aquello que nos ha mantenido vivos, despiertos, en vilo, la promesa que nos ha permitido superar la dificultad, el dolor, ya está ahí, pero todavía no la vemos. La presentimos, y eso alegra nuestro corazón. Es una alegría teñida de esperanza, abierta al futuro inmediato, henchida de presentimientos. ¿No recuerda el sentimiento intensísimo de la infancia en la tarde anterior y en la madrugada de los Reyes Magos? Tras la noche, y ya al amanecer, tras esa puerta cerrada esperaba un mundo mágico, pero aún invisible para nuestros ojos. Y, sin embargo, la emoción de esa espera era tan intensa, si no más, que la alegría de aquellos regalos llenos de una magia especial, del encanto del misterio de sus donadores. Cuando uno espera encontrarse largo tiempo con una persona a la que quiere, produce una sensación del todo especial el encontrarse ya en la ciudad del encuentro, saber que esa persona está ahí, ya cerca, en algún sitio, aunque todavía no puedes verla.

Sí, realmente, la alegría que brota de la esperanza activa es un rasgo distintivo de la vida cristiana. Es una alegría que nos pone en tensión y en movimiento, que nos abre al futuro y nos prepara para sorpresas que no se pueden programar. Tomamos nota de nuestra ignorancia, acogiendo lo que nos dice Juan, y preparamos nuestro corazón para un nuevo encuentro con el que está en camino y viene a nuestro encuentro. Eso de un “nuevo” encuentro debemos entenderlo en sentido literal. No se trata de “un encuentro más”, “otro”, “uno de tantos”, como tantas navidades o años nuevos que después envejecen rápidamente (no hay ni que esperar doce meses). Aquí se trata de un nuevo encuentro, porque es un encuentro inédito, Jesús quiere revelarnos nuevos aspectos que no conocíamos, profundidades que nos estaban vetadas, dones para los que éramos todavía ciegos, también exigencias para las que todavía no estábamos preparados. Es esta novedad verdadera la que hace tan urgente que nos preparemos bien, que no dejemos que la rutina nos haga insensibles “al que está ya cerca, en medio de nosotros, pero todavía no hemos reconocido del todo”.

Pero la alegría que se nos anuncia hoy no nos impide seguir viendo los aspectos sombríos de nuestro mundo y, si es necesario, denunciarlos. Desde luego, la condena no ha de ser el tono principal del mensaje cristiano, pero en nombre del bien y de la luz no podemos dejar de señalar, a veces con energía, proféticamente (como voz que grita en el desierto) los males que impiden al hombre vivir de acuerdo con su dignidad y a Dios ser la fuente inagotable de la misma. La alegría cristiana no es ingenua, inconsciente, alienada. Si hablamos de una alegría que brota de la esperanza y de una presencia que todavía no conocemos, estamos reconociendo que estamos en camino y que no todo es “como debe ser”. Si aspiramos a la luz es porque hay todavía oscuridad. No olvidemos que esta alegría ha seguido a un consuelo. Y necesitamos el consuelo porque experimentamos el mal de múltiples formas, en nosotros mismos y en los demás.

En el pre-sentimiento alegre y esperanzado de una presencia real, que nos llama a un encuentro renovado, a un conocimiento nuevo, a una mayor profundidad, a un amor más auténtico, los cristianos tenemos que ser hoy también como Juan el Bautista, testigos de la luz, que dicen al que quiera oírlo que Jesús ya está entre nosotros, aunque no le (re)conozcamos, y que quiere encontrarse contigo.

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Natividad de San Juan Bautista

junio 23, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6 Te hago luz de las naciones

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenla mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 138, 1-3. 13-14. 15 R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26 Antes de que llegara Cristo, Juan predicó.

En aquellos días, dijo Pablo: -«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80 El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre.

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -«¡No! Se va a llamar Juan. » Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -«¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

 

La importancia de llamarse Juan

 

La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en “El Profeta”, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “vuestros hijos no son hijos vuestros. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a sus padres, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento, que apenas tiene ya nada que decir, pero que recibe todavía fuerzas para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero efectivas para todo el mundo, y dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.

En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.

En Juan, cuya cercanía con Jesús la expresa la liturgia en el hecho de que reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan, descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.

En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración hablan de sentido, de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta proclamarlo.

Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que como Juan de modo muy especial le han preparado el camino.

El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es igualmente evidente en Jesús, que no vive para sí, sino sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).

Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Todo cristiano está llamado a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de sus palabras y obras, está señalando al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36).

El Bautismo del Señor

enero 9, 2016

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7 Mirad a mi siervo, a quien prefiero
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo
Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,15-16.21-22 Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

Más que Juan el Bautista

imgresJesús inaugura su ministerio público participando en un rito colectivo de purificación: el bautismo de Juan a las orillas del Jordán. Se presenta en sociedad en un contexto bien determinado: en el círculo del Bautista, en un ambiente de expectación profética, que percibe la inminencia del Mesías. En Juan el Bautista se da un inesperado renacimiento del profetismo de Israel, que contrasta con la religión dominante, concentrada en la ley y su observancia. Es lógico que muchos se preguntaran si no sería Juan el Mesías prometido. De hecho, para él hubiera sido relativamente fácil arrogarse tal título, tanto más si tenemos en cuenta que muchos estaban dispuestos a aceptarlo como tal. ¿Podemos imaginarnos qué hubiera sido el mesianismo de Juan?

Juan es ante todo un profeta que denuncia los pecados del pueblo, llama al arrepentimiento y exhorta a volverse de nuevo al Dios de Israel mediante el rito de purificación del bautismo y una vida basada en la exigencia moral, de la que él mismo es un ejemplo. Sin embargo, Juan no concentra la atención sobre su propia persona, no se hace a sí mismo centro de su mensaje. Al contrario, desvía la mirada hacia “otro” más grande, más poderoso, más digno. Su llamada a la conversión y a la purificación moral y religiosa no tiene el carácter de una meta final, sino de una preparación, de un tránsito hacia algo mayor, hacia el verdadero Mesías, que está punto de llegar. La grandeza de Juan, que Jesús proclamará con énfasis, no está sólo en haberle señalado a Él como el verdadero Mesías, sino también en no haberse aprovechado de la expectación despertada en torno a él, al mismo Juan, para colocarse en el centro, ocupando el lugar de Cristo. Es en esta capacidad de “descentrarse” en la que descubrimos la vocación del verdadero profeta y, en general, del verdadero maestro espiritual, de todo aquel que, de un modo u otro, ejerce un cierto liderazgo religioso. Juan el Bautista debe ser un espejo de todo el que se dedica, en el sentido que sea, a la actividad religiosa: el obispo y el sacerdote, el religioso, el profeta carismático, el catequista, el iniciador de cualquier corriente de espiritualidad, etc., todos ellos deben vencer la tentación de ponerse en el centro, de atraer la atención sobre sí, de ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios y a Aquel que Él ha enviado: Jesucristo. El verdadero profeta, el líder religioso (carismático o institucional), tiene que saber que su papel es sólo preparatorio: favorecer la venida del único Mesías, su acogida y el encuentro con Él. Y esto supone que el profeta auténtico tiene que saber menguar y dejar el protagonismo al que puede más que él. Y esta actitud es tanto más importante, cuanto que, con frecuencia, hay quienes están dispuestos a hacer de uno de estos líderes una especie de Mesías salvador.

Además de esa actitud personal que avala la autenticidad profética, hay otra dimensión que afecta al contenido del mensaje comunicado por el profeta y por el Mesías al que el primero sirve. El mensaje de Juan, preparatorio, denunciador de los pecados y purificador de los mismos, no es un mensaje que pueda salvar definitivamente. Prepara para la recepción de la salvación, pero no salva. La denuncia del pecado y la injusticia, el reconocimiento de ese pecado en uno mismo y la voluntad de purificación, simbolizada en el rito bautismal del agua, y concretada en los buenos propósitos de un cambio de vida, son momentos imprescindibles en la vida del hombre, en sentido moral y religioso, pero son claramente insuficientes. El que denuncia el pecado ambiental y la injusticia social cae fácilmente en el pesimismo respecto del mundo y de la historia, y en la tentación de destruir lo que considera la raíz del mal, con lo que acaba provocando más mal del que pretende eliminar. La historia es prolija en ejemplos de este puritanismo destructor. Por otro lado, el que se purifica del pecado y alcanza un cierto grado de justicia, puede caer en el pecado de orgullo o de soberbia, al creer que se ha hecho justo por sus propios medios. Parece que el círculo del pecado nos rodea de tal manera que siempre acabamos cayendo en él, de un modo u otro. Y esta es la tercera tentación que nos habla de la insuficiencia de esta (con todo, necesaria) actitud: el pesimismo respecto de sí mismo, la sensación de que somos impotentes ante el mal, de que, por más que lo intentemos, no podemos alcanzar la plenitud de la justicia. Y es que, realmente, por muy buenos que creamos ser, no podemos salvarnos a nosotros mismos.

Cuando Juan, al rechazar el título de Mesías, señala al que “puede más que él”, imagesestá señalando, en efecto, una posibilidad mucho más radical que la mera purificación moral y que es la única que puede realmente salvar al hombre definitivamente. El reconocimiento y la purificación de los pecados, representados por Juan y su bautismo de agua, son sólo el preámbulo de una “nueva creación”, de un renacimiento de lo alto, de un bautismo con “Espíritu Santo y fuego”.

Juan, profeta auténtico, dirige nuestra mirada y nuestra atención a Jesús. Y nosotros, hoy, descubrimos a Jesús participando del bautismo de Juan. ¿Es que Jesús necesitaba purificarse de los pecados? ¿Por qué Jesús participa de un rito que, según hemos dicho, es sólo una anticipación preparatoria del verdadero mesianismo, representado por Él mismo? Porque nos debe quedar claro que el bautismo que Jesús recibe de Juan no es todavía nuestro bautismo cristiano (aunque lo simbolice y lo anticipe).

Jesús, de hecho, se sabe puro y sin pecado (cf. 1 P. 2, 22), pero, al mismo tiempo, se siente solidario con su pueblo y partícipe de su destino, que es el destino de toda la humanidad. Jesús, igual en todo a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15), siente en sí las consecuencias del pecado, la debilidad y vulnerabilidad humana (así en las tentaciones), finalmente en la misma muerte. Por eso se somete junto con su pueblo a este rito de purificación que es signo y anticipo del verdadero bautismo en el que, según sus mismas palabras, debe ser bautizado: su Pasión y muerte en cruz. Así pues, Jesús se somete al bautismo de Juan no porque sea pecador, sino porque ha cargado sobre sí con los pecados del mundo. (cf. Is 53, 4-6).

El hecho de someterse al bautismo de Juan expresa además cuál va a ser su forma de ministerio: Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para “encontrar al que está perdido” y “sanar a los que están enfermos”. Es decir, Jesús no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, sino que, por el contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su peculiar estilo de implantar el derecho en la tierra.

Así, de una forma bien paradójica, abajándose y participando en el bautismo de Juan, Jesús muestra en qué sentido es “más fuerte y más grande”. Jesús es más que un profeta o un maestro espiritual. (Esta es la tentación equidistante a la de hacer del profeta un Mesías, la de hacer del Mesías un mero profeta.) En el momento del abajamiento, uniéndose a su pueblo en el rito purificador, se abren los cielos y se revela quién es este hombre de Nazaret, este Mesías esperado: es el Hijo amado y predilecto de Dios. Ahora entendemos la radicalidad de la salvación, que el esfuerzo moral y la purificación del agua no pueden lograr: es un renacimiento, una recreación, la adquisición gratuita de una nueva identidad, la de los hijos de Dios. Porque cuando la voz del cielo (la voz del Padre) que declara que ese hombre, que unido a su pueblo, participa de la purificación de los pecados, es “mi hijo, el amado, el predilecto”, al tiempo que lo unge con el Espíritu, Dios nos está diciendo que, en Cristo, acoge y acepta a la humanidad en la que su Hijo se ha encarnado, y acepta sin condiciones y adopta, en consecuencia, a cada ser humano. Efectivamente, en la humanidad de Cristo, “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.”