Posts Tagged ‘Llamada’

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (A)

enero 23, 2020

Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3 En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande

En otro tiempo el Señor humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Sal 26, 1. 4. 13-14 R. El Señor es mi luz y mi salvación.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17 Poneos de acuerdo y no andéis divididos

Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Hermanos, me he enterado por los de Cloe que hay discordias entre vosotros. Y por eso os hablo así, porque andáis divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Pedro, yo soy de Cristo.» ¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por vosotros? ¿Habéis sido bautizados en nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23 Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.» Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: -«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, Simón o al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

 

Jesús pasa, la luz brilla

 

Al comienzo del ministerio público de Jesús el evangelista Mateo nos vuelve a recordar la profecía de Isaías que resonó en la noche de Navidad: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. La luz de la Navidad, reconocida y testimoniada por el profeta Juan, empieza a brillar con luz propia. Mateo nos indica que se cierra un ciclo, el de Juan (“cuando arrestaron a Juan…”), y empieza un tiempo nuevo. También para Jesús, que deja el pueblo en el que están sus raíces y marcha a la ciudad. Como no es posible esconder la luz ni ponerle un límite, Jesús comienza su ministerio en una encrucijada de caminos: la luz procede de Israel (“predicaba en las sinagogas”), pero se dirige realmente a todos (“camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”). El tiempo nuevo, si bien enlaza con el anterior (cumple las profecías, se inaugura con el bautismo de Juan, recoge el núcleo del mensaje de éste), exige actitudes nuevas: para reconocer la presencia cercana de Dios es preciso romper con el pecado; o, tal vez, más exactamente, porque se ha acercado a nosotros el Reino de Dios, es posible romper con el pecado, pues se ha hecho presente el perdón y la fuente de la vida.

Una de las consecuencias principales del pecado es la división y la enemistad entre los hombres. Basta recordar la discusión y el cruce de acusaciones entre Adán y Eva tras el primer pecado. Si se ha hecho presente el Reino de Dios es posible establecer relaciones nuevas: Jesús y su predicación atraen a las gentes, aunque realmente es él el que va llamando y reuniendo. Su llamada no es anónima, no es un reclutamiento genérico, sino que es personal, dirigida a hombres concretos de carne y hueso, con nombres y apellidos (Simón y Andrés hijos de Juan, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo – pues el apellido en la antigüedad era el patronímico), con domicilio, profesión; en circunstancias determinadas: echando el copo, reparando las redes… Pero es también una llamada radical: la llamada al seguimiento implica la disposición a dejar la seguridad de la profesión, de la casa paterna, incluso del propio nombre, como en el caso de Simón, llamado Pedro. Y es una llamada a ponerse en camino, y establecer relaciones nuevas, mediadas por el mismo Jesús: seguir al maestro significa caminar junto a aquellos que han sido igualmente llamados. La llamada a hacerse discípulos no significa entrar en una relación de dependencia que nos libera de toda responsabilidad: al contrario, Jesús nos llama a hacernos responsables no sólo de nuestros seres más cercanos, sino de todos los hombres: seréis pescadores de hombres. Es interesante que Jesús, al tiempo que nos llama a una forma nueva de vida, respeta nuestra identidad, nuestro modo de ser, nuestras capacidades: seguiréis siendo pescadores (y aquí cada cual tiene que aplicarse lo que más le convenga, y no sólo la profesión), pero de un modo nuevo, superior.

Es llamativa la prontitud con que los primeros llamados responden a la invitación del Maestro. Es posible que ya lo hubieran escuchado y encontrado alguna vez (por ejemplo, en torno al Bautista, si tenemos en cuenta el Evangelio de Juan), pero eso no quita el que la llamada radical encuentre una respuesta generosa y rápida. Los nuevos tiempos del Reino de Dios no pueden esperar, es preciso tomar una decisión inmediata, pues la salvación se ha hecho ya presente. Jesús pasa, no hay que dejarle que pase de largo.

Jesús, al reunir en torno a sí a sus discípulos, nos indica aspectos importantes de su ministerio, de su enseñanza, de su poder benéfico y curativo: no los ejerce en la soledad, sino en comunidad. Jesús ha venido para iluminar, para sanar, pero también para establecer un diálogo, para reunir.

Es bueno que al comienzo del tiempo ordinario, cuando nos aprestamos a seguir a Jesús por los caminos de Galilea y acompañarlo hasta Jerusalén, renovemos la experiencia del primer encuentro, cuando asumimos de manera más consciente y madura la fe. Es bueno y necesario porque el paso del tiempo va gravando esa experiencia primera y genuina con rutina, costumbre, cansancio, también, quién sabe, con olvidos o abandonos. Es preciso volver a sentir la frescura de la palabra de Jesús que me llama por el nombre, y rememorar y rehacer la respuesta generosa que tal vez alguna vez realizamos y que, después, se ha ido amortiguando. Volver a Galilea, junto al lago, allí donde dejamos la barca y las redes, y sentir que merecía la pena asumir riesgos por seguir al Maestro de Nazaret. O, tal vez, estamos todavía demasiado enredados y hemos de hacer este encuentro por primera vez. Para algunos puede ser la experiencia de un estreno, para otros la de una renovación y una profundización. Pero el hecho es que Jesús sigue pasando a nuestro lado, iluminándonos y llamándonos por el nombre.

Es necesario (¡lo necesitamos nosotros!) que Jesús nos interpele, que nos dejemos interpelar por Él, que pronuncie nuestro nombre, o que nos dé uno nuevo, que nos llame al arrepentimiento (pues no somos ni mucho menos perfectos), que amplíe nuestros horizontes y nos desinstale. La desinstalación puede ser muy variada, no todos tienen que dejarlo todo en sentido literal (aunque algunos sí que son llamados a ello), pero todos somos llamados a la libertad (a desenredarnos), a la responsabilidad por nuestros hermanos, al seguimiento.

Al acudir a la llamada de Jesús, nos encontramos con los otros llamados, nos encontramos con la Iglesia. Este es, para muchos, el principal obstáculo. Pero es justo ahí en donde nos encontramos con Jesús y le seguimos. El ministerio de Jesús, ya lo hemos dicho, no se realiza en la soledad, sino en comunidad. El Reino de Dios y los nuevos tiempos que Jesús inaugura son tiempos de convocatoria, conversión, encuentro y comunidad, no de dispersión y ruptura. Vemos en el pasaje evangélico cómo Jesús es el eje en torno al cual se reúnen los discípulos. Aunque, para evitar toda tentación de romanticismo idealista respecto a esta comunidad, nos encontramos con el contrapunto de la Carta a los Corintios. Jesús reúne, pero nosotros, no convertidos del todo, nos encargamos de dividir, de separar, de organizar partidos… En Corinto y en tiempos de Pablo se dividían los fieles en nombre de Apolo, de Pablo, de Pedro, hasta de Cristo (siempre los hay más encumbrados). Caigamos en la cuenta de que apelaban a la autoridad de quienes la tenían realmente. Pero lo hacían no en el espíritu del Evangelio, ya que el fruto era la división. Esta enfermedad nos sigue afligiendo, porque seguimos enfermos del mismo virus. Hoy hay que poner otros nombres, a veces abstractos (progresistas, conservadores…), a veces más concretos y también, como en Corinto, dotados de indudable autoridad (formas y corrientes de espiritualidad, movimientos, carismas). Pero si esto nos distancia y divide, en vez de abrirnos los ojos para la aceptación mutua y el aprecio de la riqueza de la diversidad (no olvidemos que Jesús no destruye nuestra identidad natural –Simón, pescadores–, sino que la transforma elevándola –Pedro, pescadores de hombres–) es que estamos falseando el verdadero espíritu del Evangelio y desoyendo, en consecuencia, la llamada de Jesús. Sin embargo, no hemos de escandalizarnos demasiado de esto: estamos en camino, somos imperfectos, pero la llamada de Jesús es también una tarea que se confía a nuestra responsabilidad y por la que debemos empeñarnos. La unidad, más que un punto de partida, es el fruto de la conversión. Como Pablo llama a la conversión de todos al único Cristo en el que hemos sino bautizados, así también hoy es necesario que en la Iglesia, desde cualquier posición, carisma o forma de espiritualidad, sepamos convertirnos al único Cristo, en quien encuentran sentido y plenitud todos los carismas y todas las vocaciones. Y esto es posible no por un mero acto de nuestra voluntad, ni por una suerte de consenso de mínimos, sino porque todos y cada uno nos ponemos a la escucha del que nos llama por el nombre una y otra vez, para que, dejando las redes y las seguridades, nos pongamos en camino, tras él y junto con nuestros hermanos. Es justamente él, caminando con nosotros y en medio de nosotros, la luz que brilla en las tinieblas y que nosotros, con nuestras banderías, no debemos ocultar.

Domingo 31 del tiempo ordinario (C)

octubre 31, 2019

Lectura del libro de la Sabiduría 11, 22-12, 2 Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mí rey


Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 11-2,2 Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él

Hermanos: Pedimos continuamente a Dios que os considere dignos de vuestra vocación, para que con su fuerza os permita cumplir buenos deseos y la tarea de la fe; para que así Jesús, nuestro Señor, sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. Os rogamos, hermanos, a propósito de la venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones, dichos o cartas nuestras, como si afirmásemos que el día del Señor está encima.


Lectura del santo evangelio según san Lucas 19, 1 – 10 El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: – «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: – «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: – «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: – «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

 

Zaqueo en la higuera

Jericó, puerta de entrada a la tierra prometida, es también el lugar por el que Jesús se acerca a Jerusalén para realizar allí su entrada en la gloria por la puerta estrecha de la cruz. Es un lugar adecuado para manifestar el sentido pleno de su vida y su misión: a qué ha venido el Hijo del hombre. La respuesta a esta pregunta, es decir, esta manifestación, se realiza no de forma teórica o abstracta, sino bien concreta y práctica: por medio del encuentro con seres de carne y hueso, como Zaqueo. Lo primero que sabemos de él es que era un tipo importante, jefe y, además, rico. Pero ninguno de esos atributos, tan sobresalientes de tejas abajo, le servían para ver lo esencial. Los puestos que alcanzamos, el éxito, la fama, la riqueza todo esto no nos hace grandes a los ojos de Dios. Zaqueo, hombre importante y rico era, sin embargo, pequeño y, por eso, no podía alcanzar a ver a Jesús. Hay cosas que parecen engrandecernos humanamente, según los criterios del mundo, pero que no nos dan la altura (moral, espiritual, de miras, como queramos decirlo), para ver aquello que nos puede salvar, que nos hace ser algo más que un “personaje”, y nos ayuda a ser de verdad nosotros mismos. Zaqueo, grande en un sentido (para ser visto por los demás) y pequeño en otro (para ver a Jesús), tuvo la capacidad y la sabiduría de reconocer su propia pequeñez: descubrió que los atributos de su grandeza no le servían de nada a la hora de encontrarse con Cristo. Por eso, sin reparar en su dignidad, o en lo que los otros (que lo conocían tan bien) pudieran pensar, buscó un remedio adecuado a la pequeñez reconocida y aceptada. Como un muchacho (haciéndose como un niño) se subió a una higuera, elevándose por encima de su propia miseria, de modo que pudo ver al Maestro que atravesaba la ciudad. Y lo importante es que Jesús lo vio a él, reparó en su presencia y se invitó a su casa.

No es secundario el detalle de que se subiera a una higuera. En la Biblia la higuera es símbolo del pueblo de Dios. Esa higuera podía tener una excelente apariencia, muchas hojas, y, sin embargo, ser perfectamente estéril. Jesús maldijo una higuera llena de hojas por no tener frutos (cf. Mt 21, 18-20) justo antes de purificar el templo, signo de una religión tan solemne como vacía. Pero Jesús no desespera de su pueblo y considera que la purificación puede acabar fructificando: en la parábola de la higuera estéril (cf. Lc 13, 6-9) se apela a la paciencia de Dios, que da un plazo supletorio para que el viñador la trabaje y dé frutos.

Zaqueo simboliza cómo la paciencia de Dios es fecunda, y justo allí donde menos se esperaba. Los fariseos, seguros en sí mismos, prontos a condenar a los pecadores oficiales, son como las hojas de ese árbol, que ha fructificado, sin embargo, en el pequeño gran Zaqueo, que ha buscado a Jesús y lo ha acogido en su casa.

Al contemplar esta escena caemos en la cuenta de que ciertos aspectos en principio negativos de nuestra vida pueden jugar un papel positivo y salvador. Zaqueo fue capaz de reconocer su pequeñez (que era un pecador) y buscó un remedio: subirse a la higuera. Es un buen ejemplo de lo que el Evangelio nos decía justo hace una semana: el que se humilla será ensalzado. Reconocer humildemente su pequeña estatura le sirvió para poder elevarse y ser encontrado por Jesús. También la primera lectura insiste en ello. La nada que somos ante Dios halla su remedio en la compasión de este Señor, amigo de la vida, en el que no hay lugar para el odio, que sólo crea y conserva lo creado y, cuando el pecado ensombrece la bondad de su obra, responde con el perdón y la misericordia. Este hermosísimo canto a la bondad de Dios y a la positividad de todo lo creado tiene especial relieve si tenemos en cuenta el contexto en que está escrito: el autor del libro de la Sabiduría reflexiona sobre la historia de la salvación y, en este preciso momento, está hablando no de Israel, sino de Egipto y de cómo los castigos que, en la tradición de Israel, Dios mandó a este pueblo idólatra y explotador del pueblo de Dios, no tenían un sentido destructor, sino que estaban dirigidos por una pedagogía salvífica y amorosa que alcanza a todos los seres, también a nuestros presuntos enemigos, sobre los que Dios también hace salir el sol y manda la lluvia (cf. Mt 5, 45). Y vemos aquí cómo lo que a nuestros ojos aparece como mal, como desgracias, limitaciones, defectos, Dios puede convertirlo en bien, en ocasión para una llamada y un encuentro salvador. Jesús, que atraviesa Jericó dirigiéndose a Jerusalén, es el mejor ejemplo, pues en Jerusalén va a encontrar una muerte que será fuente de vida y salvación.

En Zaqueo se anticipa ya esta acción salvífica. No sabemos de qué hablarían durante la comida, pero sí que conocemos los frutos de aquella conversación. Jesús habló y Zaqueo respondió a su Palabra. La presencia de Jesús en su casa le ayudó a sacar lo mejor de sí mismo: donde había injusticia, fraude y egoísmo, aparecen justicia, reparación y generosidad sobreabundante. Como dice Jesús, en respuesta al arrepentimiento y la conversión de Zaqueo, “la salvación ha llegado hoy a esta casa”. La salvación que porta Jesús nos ayuda a encontrar nuestra verdad, a llegar a ser el que realmente somos. Zaqueo significa “puro”. Sólo tras el encuentro con Cristo, Zaqueo empieza a ser sí mismo. Verdadero fruto de la higuera que representa al pueblo de Dios, Jesús con su presencia ha rescatado al que, sí, estaba perdido, pero que era también hijo de Abraham.

Zaqueo nos invita a pensar de qué cosas nos sentimos ricos e importantes, pero que nos hacen pequeños ante Dios y nos impiden ver al Jesús que pasa cerca de nosotros. Reconocer nuestra pequeñez es el mejor modo de hacernos encontradizos con Él y acogerlo en nuestra casa y dejar que nos hable al corazón. Jesús nos trae la salvación, nos libera de nuestras esclavitudes, saca de nosotros lo mejor de nosotros mismos, nos descubre lo que realmente somos y estamos llamados a ser: hijos de Dios.

Pablo nos avisa hoy de que no nos calentemos la cabeza con supuestas revelaciones acerca del fin del mundo. Hay quienes andan preocupados por venidas divinas terribles, llenas de amenazas y castigos por nuestros pecados, pero que poco tienen que ver con el Dios compasivo que “cierra los ojos a los pecados de los hombres”, que no ha venido a condenar sino a salvar y a buscar a lo que estaba perdido. La venida que nos debe interesar ante todo es este “pasar” cotidiano de Jesús a través de nuestra ciudad, de nuestra vida, y que se quiere encontrar con nosotros e invitarse a nuestra casa. Se trata de un encuentro que nos llama a iniciar un camino, una vocación que hemos de ir realizando día a día, pidiendo en la oración cotidiana (en la conversación con el Cristo que habla sentado a nuestra mesa) que Dios nos dé fuerza para que, como en el caso de Zaqueo, no se quede sólo en buenos deseos, sino que dé frutos de buenas obras.

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 24, 2018

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: – «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: – «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Sal 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32 Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69 ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -«¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: – «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: – «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: – «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

¿A quién vamos a acudir?

 

Llegamos al final del discurso del pan de vida. Durante el mismo Jesús, primero, ha alimentado nuestro cuerpo, enseñándonos que para poder repartir y que alcance para todos hay que estar dispuesto a compartir aun lo poco que tenemos. Y desde ahí nos ha invitado a elevar nuestra mirada al deseo de los bienes imperecederos, al deseo de otro pan, que él mismo nos da y que es su cuerpo entregado en sacrificio. Nos ha enseñado así que esos bienes imperecederos no se obtienen por la vía de la conquista, el esfuerzo o la violencia, porque no están al alcance de nuestras fuerzas, sino que son un don que alcanzamos por la vía paradójica de la entrega que Jesús mismo hace de su propia vida. De este modo nos ha introducido en una sabiduría, la sabiduría de la cruz, que trasciende la ciencia de este mundo. Y, llegados a este punto, Jesús nos cede la palabra, para que tomemos nosotros mismos una decisión. Del mismo modo que Yahvé no impone la salvación, sino que la propone mediante un pacto, así tampoco Jesús se impone por la fuerza (de ahí su renuncia a dejarse proclamar rey), sino que nos hace una propuesta, respetando en todo momento nuestra libertad.

En la primera lectura vemos este carácter propositivo y no impositivo de la acción salvífica de Dios, que no por eso deja de ser gratuita. Tras liberar al pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida, Dios propone al pueblo una alianza. A diferencia de las leyes necesarias de la naturaleza, la historia es el espacio de la libre acción humana. Y, por eso, el Dios de Israel se manifiesta ante todo en los acontecimientos históricos, en el ámbito en el que el hombre despliega su libertad, y propone una forma de relación que supone esa libertad por las dos partes. Dios es libre para salvar; pero el hombre, en este caso el pueblo, es libre para aceptar o rechazar la acción salvífica de Dios, aceptando o rechazando el pacto que le propone.

Jesús es el mediador de la nueva y definitiva alianza por medio de su propia sangre (cf. Hb 12, 24) y ahora, igual que en la primera, tenemos que tomar una decisión de aceptación o rechazo. El escándalo de la cruz, al que alude Jesús al hablar de su carne ofrecida y su sangre derramada, y en el que los discípulos han de participar también de un modo u otro (y eso es lo que significa comer su carne y beber su sangre), es en última instancia el criterio de discernimiento entre los verdaderos creyentes y los que no lo son.

Aquí Jesús usa el término “carne” en un sentido distinto del que hemos visto en los domingos anteriores. Allí su carne (su humanidad) entregada en sacrificio es el pan, el verdadero maná, que hemos de comer para alcanzar la vida eterna. Pero esto sólo se puede comprender si nos dejamos guiar por el Espíritu que anima esa carne, esa humanidad entregada, y que nos conduce a la fe. Ahora, la carne “que no vale para nada” es el modo exclusivamente humano de mirar a Jesús, de comprender sus palabras e interpretar sus signos: el deseo de saciarse sólo de pan, la voluntad de hacerle rey para manipularlo sometiéndolo a nuestros intereses (económicos, políticos y cualesquiera otros) y, en definitiva, el rechazo del camino mesiánico de Jesús que conduce a la cruz.

Así pues, Jesús, el mediador de la nueva alianza, nos está llamando a realizar una elección de fe, que implica la aceptación de la cruz como paradójico camino de la victoria: “subir a donde estaba antes”. Podemos entender por qué “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y Jesús, al parecer, no hace nada para retenerlos, sino que al tiempo que respeta la libertad de cada uno, pone al descubierto las motivaciones profundas: “algunos de vosotros no creen”. En este momento de profunda crisis en su ministerio, se dirige también a los más cercanos, a los que ese abandono masivo no podía no afectar. Ellos también habían conocido a Cristo según la carne, se habían forjado ilusiones poco fundadas, habían soñado con un mesianismo triunfante. Ahora empiezan a ver claro que las cosas no van por ahí. Y tienen que tomar partido. La respuesta de Pedro, que trasluce la dificultad de esa decisión (“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”), refleja también que ellos están empezando a ver a Jesús a la luz del Espíritu, y que su elección es realmente una elección de fe: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En esta respuesta, que es una confesión de fe, descubrimos que, contra lo que muchos piensan, no es una elección ciega. Pedro dice: “creemos y sabemos”. No es un saber teórico, sino uno que brota de la experiencia: es un saber que es un saborear, un experimentar de primera mano. Y esta experiencia es posible precisamente porque parte de una manifestación de Dios en la carne, que nos da la posibilidad de realizar una experiencia de Jesús, de escuchar sus palabras, que son espíritu y vida, de ver y comprender los signos que hace, de ser curados por Él. Pero es también una elección generosa, que exige renunciar al deseo de manipular a Dios, de hacer de Él nuestro rey, es decir, el talismán mágico que solucione nuestras necesidades materiales más inmediatas, el “Dios tapagujeros” al que recurrimos sólo cuando aprieta la necesidad. Esta elección de fe, lúcida y generosa, nos hace participar de la nueva humanidad de Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Y este es el significado esencial de la Eucaristía: comer el pan que es su carne, vivir como vivió Él, dando la vida, si llega el caso hasta el extremo, para, pese a perder a los ojos de este mundo (de esa carne que no sirve para nada), participar de la resurrección, la vida eterna, que en la humanidad de Jesús se ha hecho ya presente en este mundo.

De este modo nos introducimos en la familiaridad con Dios: igual que el Hijo vive por el Padre, el que come su carne vive por él (cf. Jn 6, 57). Esta nueva e íntima forma de relación con Dios no puede no reflejarse en las relaciones entre los hombres, y también en las relaciones familiares. Es lo que nos recuerda hoy Pablo en la carta a los Efesios. Demasiado afectados por las modas del momento, una lectura feminista nos puede llevar con facilidad a rechazar algunas expresiones de ese texto, atribuyéndolo a prejuicios de la época. Pero tenemos que hacer un esfuerzo por leer estas exhortaciones en una clave específicamente bíblica y evangélica. Entonces podemos comprender que la llamada a la sumisión de las mujeres a los maridos no ha de entenderse como una servidumbre que rebaja la dignidad de la mujer, sino como expresión de esa sumisión de unos a otros con respeto cristiano que es consecuencia del amor. Igual que la alianza entre Dios y su pueblo, y la que establece Cristo con el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, supone necesariamente la libertad de las partes, así aquí, no se habla de una sumisión servil, sino libre, como la de María que se hace libremente la sierva del Señor, como la de Jesús, que se somete a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42; Hb 10, 7). Es decir, las relaciones familiares no se conciben aquí “según la carne”, no están basadas sólo en el deseo y la necesidad, sino que, como alianza de libertades, se basan en un amor que se entrega, respeta al otro en su alteridad, exige la disposición a dar la vida, como Cristo ha dado la suya.

Como en el caso de Pedro en su respuesta a Jesús, no es posible entender esta forma de amor matrimonial si lo reducimos a parámetros sociológicos, más o menos condicionados históricamente. Aunque estos nos puedan ayudar a depurar formas de relación también históricas que no son conformes con el verdadero ideal evangélico, al fin y a la postre, se trata también aquí de hacer una elección de fe, de dejarse guiar por el Espíritu para hacer una experiencia de un amor matrimonial eucarístico y transfigurado por la Palabra encarnada que es espíritu y vida. También en este ámbito es necesario creer y es posible saber.

 

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (B)

enero 19, 2018

PRIMERA LECTURA Los ninivitas se convirtieron de su mala vida

Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10

En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Señor, enséñame tus caminos. 

SEGUNDA LECTURA La representación de este mundo se termina

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31

Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

EVANGELIO Convertíos y creed en el Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

La cercanía del Reino y la llamada a la conversión

Tras el Bautismo y las tentaciones, que Marcos presenta de manera bien escueta, el evangelista introduce el inicio de la actividad pública de Jesús con una especie de sumario del contenido esencial de su mensaje (que se desplegará después en palabras y acciones) y la llamada de los primeros discípulos, con los que empieza a “reunir a las ovejas dispersas de la casa de Israel”, a formar el nuevo pueblo de Dios.

Esta actividad comienza precisamente allí donde acaba la de Juan: “Cuando arrestaron a Juan”. Jesús toma el testigo de aquel del que, según algunos, había sido un tiempo discípulo. Y, aparentemente, su mensaje no se distingue demasiado del de Juan: la cercanía del Reino y la llamada a la conversión. Pero, ya el hecho de que el evangelio señale una delimitación temporal, indica que, pese a la familiaridad entre Juan y Jesús, con este último empieza un tiempo nuevo; a pesar de la similitud del mensaje, el de Jesús conlleva novedades radicales. En realidad, ya Juan lo había expresado de diversas formas: avisando de que él no era el Mesías, resistiéndose a bautizar a Jesús, reconociéndolo como el que había de venir, remitiendo a Jesús a sus propios discípulos (como atestiguaba el evangelio de Juan la semana pasada).

La primera gran novedad es que el Reino de Dios y su cercanía ya no es un acontecimiento amenazante y que suscita temor (similar al anuncio de Jonás), sino un “evangelio”, una “buena noticia”. En segundo lugar, esta buena noticia no es una promesa futura (aunque ya inminente, como en el mensaje de Juan Bautista), sino que “el plazo se ha cumplido” y esta cercanía es ya una presencia. Y es que el Reino de Dios de que habla Jesús no es un determinado orden social o político, no es una “nueva era” que se nos echa encima inevitablemente por fantásticas combinaciones estelares, no es tampoco (sólo, ni sobre todo) la revelación de una nueva cosmovisión de tipo filosófico, metafísico, moral… El Reino de Dios es el aviso y la noticia, la buena noticia, de que Dios reina, de que está ya entre nosotros y es posible encontrarse con Él. Lo notable de esta noticia es que esa presencia y esa posibilidad de encuentro es incondicional, no está reservada a unos pocos privilegiados, no está ligada a una determinada pertenencia nacional, racial, social, moral… Se trata de una presencia humana, accesible a todos, incluso a los habitantes de Nínive, la gran ciudad, paradigma del mal y la enemistad con Israel. El Reino de Dios está cerca porque es el mismo Jesús el que lo porta en sí. La voz que escuchó a la orilla del Jordán en el momento del bautismo, “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” (Mc 1, 11) es la experiencia fundante de todo el ministerio de Jesús, y es esa paternidad de Dios la que Jesús transmite con su presencia cercana y humana. Gracias a Jesús, a su presencia en este mundo concreto, en el que no reinan condiciones ideales, al revés, en el que hay violencia, injusticia, pobreza, sufrimiento… en este mismo mundo, se ha hecho presente el Reino de Dios, no como una utopía fantástica, sino como una posibilidad real: es posible, ya en este mundo, en esta historia, ingresar en ese Reino y vivir de acuerdo con sus leyes, porque Jesús mismo lo encarna en su persona; y Él está en medio de nosotros.

Puede objetarse que no es del todo cierto que la oferta se haga incondicionalmente. De hecho, al parecer, Jesús plantea condiciones, digamos, morales, similares de nuevo a las de Juan Bautista: “convertíos”. Sin embargo, también en esta llamada, idéntica si nos atenemos a las palabras, suena un eco nuevo. En el caso de Juan se trataba ante todo de una acusación, de una denuncia de nuestra condición pecadora (cf. Mt 3, 7-10; Lc 3, 7-14). En el caso de Jesús, sin negar esa dimensión, hay que entenderlo en un sentido positivo. Se trata, también aquí, de la buena noticia de que es posible vivir de otra manera, de que tenemos posibilidades más altas y mejores, de que no tenemos que resignarnos a una vida caduca y sin horizontes. Jesús nos abre la posibilidad de romper con lo que nos ata y esclaviza, y de desplegar lo mejor de nosotros mismos: ser, con y en Él, hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros. Convertirse es “creerse” que esa buena noticia es verdad, es real. Decíamos antes que Jesús aparece en un mundo en el que reinan condiciones no ideales, en que reinan el mal, la violencia, la injusticia. Creer que es posible “ya”, en este mismo mundo, ingresar en el Reino de Dios, significa creer que “yo”, cada uno de nosotros, si queremos, unidos a Cristo, podemos empezar a vivir según las leyes, no de ese reino de violencia e injusticia, sino de este otro Reino que Jesús nos anuncia y regala. Es verdad que ello no nos evita, en ocasiones, padecer la injusticia y la violencia, el sufrimiento en todas sus formas (Jesús mismo lo padece hasta el final), pero sí que nos evita el ser nosotros mismos autores de injusticia, violencia y toda otra forma de ese mal que, al parecer, tan fuerte e inevitable es en nuestro mundo. Creer en la buena noticia del Reino de Dios significa afirmar que por muy fuerte que parezca ese mal, no es algo inevitable y a lo que tengamos que plegarnos resignadamente. Tal vez no consigamos cambiar la faz del mundo entero (ni Jesús, al parecer, al menos humanamente, lo consiguió); pero lo que sí podemos es unirnos a Él y convertirnos en el germen, la semilla y el inicio de ese mundo nuevo, ya presente y operante en el viejo, en el que reinan la paz y la justicia, la fraternidad universal de los hijos de Dios. Desde aquí se entiende que el anuncio de la cercanía y la presencia del Reino de Dios y la llamada a la conversión, son el anuncio y la llamada a la libertad.

Jesús nos llama e invita a unirnos a ese proyecto. Los primeros discípulos responden con una sorprendente generosidad e rapidez: “inmediatamente”. Dejaron las redes, es decir, se desenredaron de los lazos de ese mundo viejo y se pusieron en camino. En el mismo no dejarán de tener dificultades, oscuridades, conflictos entre ellos mismos, incluso caídas; pero, ya desenredados, su camino es un proceso de aprendizaje vital de la persona del Maestro y de las leyes del nuevo reino (en síntesis, la ley del amor), un proceso de renovación personal en el que, sin dejar de ser lo que eran (pescadores), desplegarán lo mejor de sí mismos y desarrollarán posibilidades más altas (pescadores de hombres).

Vivir como ciudadanos del Reino de Dios en medio de las condiciones de este mundo, eso es a lo que nos llama Jesús; y eso es lo que expresa, con esa extraordinaria profundidad que le caracteriza, la carta que Pablo nos ha enviado esta semana: porque el plazo se ha cumplido, sentimos el apremio de vivir ya según los valores definitivos del Reino de Dios, según la ley del amor; ello no significa negar los valores de este mundo (aunque sí el compromiso y la voluntad de romper con sus desvalores), sino situarlos a todos ellos en la perspectiva de aquellos otros. Es decir, no podemos vivir en este mundo como si esta fuera nuestra morada definitiva, sencillamente porque no lo es. Luego hemos de permitir que en estos afanes (la familia, el trabajo, las aficiones, la amistad, todas esas que enriquecen nuestra vida; pero también nuestras enfermedades, tristezas y limitaciones, todo aquello que nos agobia de un modo otro) que, inevitablemente nos ocupan cada día, reine también Dios, también en todos ellos seamos y nos comportemos como cristianos, seguidores de Jesús, hijos de Dios, hermanos entre nosotros.