Posts Tagged ‘Mal’

Domingo 16 del tiempo ordinario (A)

julio 21, 2017

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19 En el pecado, das lugar al arrepentimiento

Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a R Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27 El Espíritu intercede con gemidos inefables

Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43 Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.” Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»

El misterio del mal y la paciencia de Dios

La parábola del sembrador respondía al desaliento de los discípulos por la aparente falta de frutos de la predicación del Evangelio. La parábola del trigo y la cizaña responde a una forma más dramática de desconcierto en los discípulos de Jesús y que, por tanto, todos nosotros podemos experimentar. Es el que procede del escándalo del mal en el mundo y en la Iglesia. No se trata sólo de que la Buena Noticia se extienda con gran dificultad, hasta el punto de que nos pueda parecer que la misión de la Iglesia es un esfuerzo estéril. Es que además, con frecuencia, tenemos la sensación de que el mal es mucho más poderoso que el bien y se impone con mayor velocidad y eficacia. Y no se trata sólo del mal “en el mundo”, sino también en el campo de la Iglesia, en medio de aquellos que han acogido la buena semilla de Jesucristo. Esta es en verdad una gran causa de escándalo para creyentes y no creyentes, para miembros de la Iglesia y para los que se sienten fuera de ella. El mal (y hoy hablamos sólo del mal moral, el que depende exclusivamente de la voluntad del hombre), que parece dominar por todo el mundo en forma de injusticia, violencia, corrupción, pobreza, marginación, desigualdad y un etcétera que se podría prolongar casi indefinidamente, se hace presente también en la Iglesia: allí donde la semilla de la Palabra ha encontrado buena tierra y debería producir frutos sobreabundantes de vida nueva resulta que crecen también los amargos frutos del mal que Jesucristo ha venido a combatir.

El escándalo puede llegar hasta el punto de estar tentados de culpar al sembrador del crecimiento de la mala semilla. Es la clásica objeción que se ha esgrimido tantas veces contra Dios: si el Creador hizo todo de la nada y lo hizo bueno, y muy bueno (cf. Gen 1, 31), ¿cómo explicar la presencia del mal en el mundo? O Dios quiere eliminar el mal y no puede, y entonces no es todopoderoso, o puede y no quiere, y entonces no es bueno; en los dos casos parece que no se puede aceptar la existencia de Dios.

En la parábola de Jesús, pese a su aparente simplicidad, existen indicaciones muy profundas para entender la respuesta a estas graves objeciones. En primer lugar, Dios no ha creado un mundo totalmente acabado, sino sometido a la ley del crecimiento: ha sembrado buenas semillas que deben dar buenos frutos. Pero para que ese proceso llegue a buen puerto es necesaria nuestra colaboración. Dios nos ha confiado parte de esta tarea, y nos ha dado libertad y autonomía para realizarla responsablemente. Esto significa que, aunque es verdad que todo lo que Dios ha creado es bueno, esa bondad está llamada a crecer y perfeccionarse. Y esto, que se cumple en todo el mundo, es especialmente patente en el hombre. Precisamente porque ha recibido la semilla de la razón y la libertad, el hombre es responsable del mundo que Dios le ha confiado y, sobre todo, de sí mismo y de sus hermanos.

La semilla de la cizaña fue sembrada mientras “la gente dormía”. Vivir responsablemente es vivir en vela, con los ojos abiertos, sin abdicar de esa responsabilidad. Aquí dormir no significa simplemente descansar, sino desentenderse, vivir irresponsablemente, no asumir como se debe la propia libertad, abusar de ella. Es entonces cuando “el enemigo” aprovecha para sembrar la mala semilla. Es interesante subrayar que las buenas obras se siembran a plena luz, tienen un carácter sincero, abierto y sin tapujos, mientras que el mal se esconde, actúa a hurtadillas, tratando de cargar la responsabilidad sobre aquél que creó el bien y sembró la buena semilla. De ahí la pregunta de los criados, que bien podría ser un reflejo de las objeciones contra Dios de las que hablamos antes: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Cuando el señor responde que lo ha hecho “el enemigo”, podemos entender a ese enemigo de muy diversas formas: puede ser el diablo, pero también nosotros mismos cuando nos dejamos llevar de nuestros intereses egoístas y desoímos la Palabra de Dios, y nos negamos a realizar la tarea a la que Dios nos ha llamado. El denominador común de ese enemigo sembrador de cizaña es la libertad personal. Así que la cuestión es que existen actitudes, formas de vida, opciones vitales que se hacen libremente enemigas de Dios y de su obra y que siembran el mal en el mismo campo en el que Dios ha depositado la buena semilla.

La respuesta sobre el origen del mal (que aquí sólo mencionamos de pasada) abre otra cuestión, que es la principal en el Evangelio de hoy: qué hacer ante la presencia del mal. La propuesta de los criados es una tentación permanente que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que ha producido no pocos destrozos y sufrimientos: ir y arrancar la cizaña que ha empezado a despuntar junto con el trigo. No debemos entender la respuesta del dueño del campo como una llamada a la pasividad, como si ante la presencia del mal debiéramos simplemente no hacer nada, dejándolo campar por sus respetos, sin defendernos de él ni tratar de que triunfe la justicia. Son muchas las palabras de Jesús en el Evangelio las que nos hablan de una actitud comprometida con la causa del bien, de una resistencia activa ante las fuerzas del mal, empezando por el que encontramos en nosotros mismos. Pero cuando Jesús nos dice que no hay que arrancar la cizaña, para no arrancar al mismo tiempo el trigo, nos está diciendo que en la lucha contra el mal no podemos caer en la tentación de usar las mismas armas de aquello que combatimos. Es la tentación de pensar que el fin (bueno) justifica los medios (malos), que la causa de la verdad se puede defender con la imposición violenta, la de la justicia, con el engaño, la de la paz, con la injusticia. Cuántas veces a lo largo de la historia se ha querido implantar el bien, la justicia, la libertad o la igualdad al precio de pasar por encima de los derechos y hasta la sangre de los inocentes; cuántas veces se ha querido acabar con el mal a base de “cortar por lo sano” y haciendo pagar a justos por pecadores. También en la historia de la Iglesia podemos encontrar por desgracia episodios de este tipo (tal vez menos de los que se dicen, pero siempre más de los que serían de desear). La tentación es tan fuerte, que hasta Jesús llegó a sentirla: “todo esto (todos los reinos del mundo) te daré, si te inclinas y me adoras” (Mt 4, 9; Lc 4, 7); es la tentación de servir al bien sirviéndose del mal, de extender el reino de la luz usando los métodos del reino de las tinieblas. Es claro que cuando esto sucede no sólo no eliminamos el mal (la cizaña), sino que destruimos los frutos de la buena semilla. Y los que se pretenden justicieros de esa manera, se convierten, a sabiendas o no, en “enemigos” que, queriendo arrancar la cizaña, en realidad están arrancando el trigo y sembrando semillas de futuras cizañas.

Es necesario combatir el mal, pero sólo con las armas del bien, y esto requiere la fe, la esperanza y la paciencia a la que Jesús nos llama en el Evangelio de hoy: renunciar absolutamente a la injusticia, al engaño, a todo abuso de poder, a toda contravención de los derechos ajenos, a toda violencia injustificada. Para actuar así tenemos que soportar una cierta porción de mal, que es, por cierto, el corazón de la verdadera tolerancia, pero sólo de esa manera evitamos contagiarnos del mal que queremos combatir. Además, de este modo imitamos la paciencia de Dios con el tiempo de la historia, el tiempo en el que los hombres estamos llamados a cuidar y hacer crecer la buena semilla sembrada por Dios; e imitamos a Jesucristo, que echó las semillas del Reino sin imposiciones ni violencia, sin ceder a la tentación (en el fondo absurda, pero que nos acosa sin cesar) de ganar el mundo para Dios inclinándose ante el diablo. En él la paciencia de Dios se ha convertido en pasión, en padecimiento: el precio de la cruz, que Jesús asumió por no ceder a las insidias del diablo.

Que todo esto no tiene nada que ver con la pasividad que baja las manos ante los embates del mal se ve en la gran posibilidad que siempre tenemos frente a ese poder oscuro, de la que nos habla tan hermosamente la primera lectura: la posibilidad del perdón. La omnipotencia creadora de Dios no tiene nada que ver con la capacidad de destrucción, sino que se manifiesta en el perdón, la indulgencia, la paciencia. “El justo debe ser humano”: el Justo y fuente de toda justicia se ha hecho humano en Jesucristo, y en él, que ha cargado sobre sí los pecados del mundo, vemos cómo Dios, ante el pecado y el mal, nos da lugar al arrepentimiento, nos ofrece su perdón. También nosotros, discípulos de Jesús, debemos combatir el mal, no siendo prontos a condenar y arrancar, sino ofreciendo la fuerza divina y creadora del perdón. Dios cree en nosotros, cree que podemos cambiar; Dios no se cansa de esperar en nosotros, tiene la esperanza de nuestra conversión. ¿No deberíamos nosotros, que decimos creer y esperar en Dios, creer y esperar también en nuestros hermanos, también en nosotros mismos? Cuando lo hacemos, tal vez tengamos que soportar con paciencia una cierta dosis de cizaña, pero estaremos sembrando la buena semilla del trigo que Dios arrojó a nuestro mundo con la esperanza de encontrar buena tierra.

Si a veces nos cuesta entender el misterio del mal y la forma en que Dios reacciona ante él, podemos recordar que nuestras debilidades también afectan a nuestra mente y que siempre podemos pedir que el Espíritu venga en ayuda de esta debilidad nuestra; que él, que escudriña los corazones, nos dé la capacidad no sólo de entender, sino también de vivir conforme a la lógica de la paciencia y del perdón de Dios.

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Domingo 2 del tiempo ordinario (A)

enero 14, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6 Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3 La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34 Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. » Y Juan dio testimonio diciendo: -«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

El que quita el pecado del mundo

imgresCuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, sino insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese mucho, fuerte, persistente, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo, imposible? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, percibimos también el mal en todas sus formas de modo espontáneo como aquello que no debe ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal en lo que les parecían ser sus raíces, y que han emprendido iniciativas distintas para ello. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, orientado e inclinado a él de manera natural. Pero, como el mal se le presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimirla por la fuerza, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo han terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con sólo nuestro esfuerzo, y eso que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar la realidad del mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nuestra definición (de la definición esencial de nuestro mundo), pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal images(detener la caída o limpiarnos del virus que nos está destruyendo). De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión, no sólo no es la solución, sino que es parte del problema.

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada, la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, uno que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de los “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan Bautista habla de un poder real: de uno que es mayor que él (que es el más grande de entre los nacidos de mujer), de uno que existe desde siempre, esto es, que es en sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Esta es la fuerza del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad.

El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos sana por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” – Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.

También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo, perseguidor violento en nombre de Dios, renunció a ella al encontrarse con Cristo, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (A)

enero 17, 2014

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6 Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3 La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34 Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

El que quita el pecado del mundo

2Cuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese persistente, fuerte, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo, inútil? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, de modo espontáneo percibimos también el mal en todas sus formas como aquello que no debería ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal, arrancando precisamente lo que les parecían ser sus raíces. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, protendido a él de manera natural. Pero, como el mal se presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que (y, a veces, al que) es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimir por la fuerza esa forma de propiedad y, de paso, a los propietarios que la encarnan, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo hayan terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con nuestro solo esfuerzo, y eso a pesar de que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar también al mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nosotros, pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta mórbidamente en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal. De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión no sólo no es la solución, sino que es parte del problema, si no su raíz misma.

Alexander Ivanov: Epifanía de Cristo

Alexander Ivanov: Epifanía de Cristo

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada, la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de esos “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan habla de un poder real: de uno que es mayor que el más grande de entre los nacidos de mujer, de uno que existe desde siempre, esto es, que es en sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Se trata de un poder real, pero es el poder del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad. El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos regenera por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios. El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos. También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo fue perseguidor violento en nombre de Dios, pero renunció a la violencia al encontrarse con Cristo, adoptó la actitud contraria, de dar la vida por Cristo y por los hermanos, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.