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Domingo 19 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 11, 2018

Lectura del primer libro de los Reyes 19,4-8 Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: – «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: – «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: – «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2 Vivid en el amor como Cristo

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,41-51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del ciclo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: – «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: – «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

 

 

El discurso del pan de vida: el verdadero maná

 

Cuando escuchamos o leemos el discurso del pan de vida, como siempre que leemos los textos evangélicos, espontáneamente nos ponemos de parte de Jesús y enfrente de sus oponentes. Pero es bueno que tratemos de situarnos también en el punto de vista de los que alzan objeciones a las palabras de Cristo, porque esas objeciones expresan dificultades reales, no sólo de los hombres de aquel tiempo (fariseos, saduceos o pueblo sencillo), sino de los oyentes de Jesús de todos los tiempos: son también nuestras propias objeciones, las que nos dificultan acoger el mensaje de Jesús en su integridad, como verdad vital y no sólo como dogma teórico, alejado de lo que realmente nos ocupa y nos preocupa.

Jesús acaba de decir que el maná que comió el pueblo judío en el desierto no es el verdadero pan del cielo, sino que él mismo en persona es el verdadero maná. Una afirmación así no podía no chocar fuertemente con la mentalidad de los judíos piadosos que lo escuchaban. Jesús estaba diciendo que uno de los referentes esenciales de la fe de Israel, uno de los iconos intocables de su identidad como pueblo elegido, ligado esencialmente a la experiencia fundamental de la liberación de Egipto y prueba de la solicitud de Dios hacia él, no era más que un símbolo pálido y provisional de una realidad mucho más importante y decisiva, la que proporcionaba la verdadera y definitiva liberación, y que esta realidad era su persona, su propia carne. La sorpresa, el trauma, el rechazo a esas palabras son fáciles de entender. Para todo pueblo, nación o grupo social hay “cosas que no se deben tocar”, que están investidas de carácter sagrado. No se puede, por ejemplo, desvalorizar ante un francés el significado histórico de la Revolución francesa, por más sombras que pueda presentar a los ojos de un historiador. Y aquí cada cual, según su peculiar identidad cultural, nacional o ideológica, debe pensar qué tiene por intocable. Para Israel la salida de Egipto, el éxodo, el maná, Moisés… eran arquetipos indiscutibles de la identidad colectiva. Y Jesús, que no los negaba, venía sin embargo a rebajarlos para ponerse a sí mismo por encima de ellos. ¿Qué no le consentiría yo a Jesús “tocar” de mis iconos personales o grupales?

Cuando alguien se atreve a hacer algo así, nuestra reacción más espontánea es espetarle al atrevido: “Pero, éste, ¿quién se habrá creído que es?” Y esa es justamente la reacción de aquella gente: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” Este reproche revela que estas gentes conocían a Jesús “según la carne”, es decir, eran paisanos suyos, vecinos, algunos, probablemente, familiares. Que uno que es como nosotros, al que conocemos bien, se ponga por encima no sólo de los demás, sino de “lo más sagrado”, no es fácil de aceptar. Y es el hecho mismo de conocerlo bien por cercanía geográfica, cultural o familiar lo que nos autoriza a ponerlo en cuestión.

La respuesta de Jesús revela una verdad más profunda. Según la carne, esto es, de manera meramente humana, no podemos llegar a conocer quién es él realmente. Podremos admirar su persona, reconocer sus méritos, su doctrina, su capacidad para obrar signos milagrosos, su calidad de rabino o profeta. Podremos incluso enorgullecernos de que uno al que conocemos bien sea capaz de tales cosas (como sucede con los méritos, por ejemplo, deportivos de nuestros paisanos o connacionales, que los consideramos nuestros: “hemos ganado una medalla”, decimos). Pero esto es todo lo que da de sí el conocimiento natural. Para reconocer la verdad que hay en Jesús, su procedencia divina, hay que ponerse en otra actitud, abrirse a dimensiones nuevas: hay que dejarse llevar por el Padre, ponerse en actitud de escucha, de aceptación y de acogida, en actitud de fe. Hay en esto algo de paradójico: por la carne no podemos reconocerlo como Mesías, enviado por el Padre; sólo por la fe podemos reconocer en él la presencia de Dios en la carne. Y sólo aceptando esta presencia de Dios (al que nadie ha visto nunca) en la visibilidad de la carne podemos superar la debilidad de nuestra carne (nuestra debilidad física y moral): Jesús la alimenta con su divinidad y abre para nosotros la perspectiva de la resurrección de la carne.

Sólo desde la fe podemos entender esta pretensión, aparentemente desmedida de Jesús, de ponerse por encima de los grandes referentes salvíficos de Israel (y cualesquiera otros). Como en el caso de Elías en la primera lectura, el maná es un pan material que ayuda a atravesar el desierto; pero Cristo es un pan que nos da fuerzas para el camino de la vida, a veces parecido a un desierto, y también para atravesar victoriosos el trance de la muerte, de manera que ésta, que parece vencer, deje de tener poder sobre nosotros.

No hay ningún icono nacional o cultural, ningún acontecimiento histórico (de esos que conforman una identidad colectiva), ninguna ideología, capaz de superar el límite infranqueable de la muerte. Todas esas cosas tienen su valor y pueden alimentarnos y ayudarnos a encontrar sentidos más o menos parciales, a atravesar algunos desiertos, pero no hay nada en el mundo que pueda salvarnos radicalmente, que nos alimente para la vida eterna; sólo Jesús, el “pan bajado del cielo”.

Cuando comprendemos en fe esta verdad, caemos en la cuenta de lo peligroso que puede ser reducir el cristianismo a una identidad cultural, por ejemplo “occidental”, para contraponerla a otras, y defender así “nuestros valores”. Aunque haya ahí una cierta verdad, no deja de ser una verdad según la carne, que es como los paisanos de Jesús lo conocían realmente, se trata de una reducción que puede impedir dar el paso de la fe, al hacer de las verdades cristianas meros “iconos” particulares de ciertos pueblos y culturas, y no la apertura incondicional al Dios Padre de todos, que se nos ha manifestado en la carne de Jesucristo, en esa carne que nos une a todos en la común condición humana.

Creer en la encarnación del Hijo de Dios, y en su presencia eucarística, en la que nos da su carne y la prenda de la resurrección, significa saber que a Dios no le es indiferente nuestra vida, que quiere participar en ella y que la nuestra participe en la suya, de manera que no sólo “sobrevivamos” a la muerte, sino que alcancemos la vida en plenitud. Y, por eso mismo, a Dios no le es indiferente cómo vivimos. Con nuestro modo de vida podemos alegrar o entristecer a Dios. Si en nuestra existencia hay motivos para la ira y los enfados (y, mirando a nuestro alrededor, nos puede parecer que hay muchos motivos para ello), Pablo nos recuerda que hay muchos más motivos para la bondad, la comprensión y el perdón. Para ello basta que miremos a Cristo, que lo escuchemos, que nos dejemos alimentar por él, o, por decirlo con las palabras de Pablo, que lo imitemos y tratemos de amar a los demás con el mismo amor con que él nos amó, hasta entregarse a sí mismo como oblación y víctima de suave olor. Es esta oblación realizada en la cruz la que se nos da en el pan de la Eucarística, que nos enseña a vivir una vida eucarística, entregada por amor.

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