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Domingo 26 del tiempo ordinario (C)

septiembre 26, 2019

Lectura de la profecía de Amós 6, la. 4-7 Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos

Así dice el Señor todopoderoso: «¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria! Os acostáis en lechos de marfil; arrellenados en divanes, coméis carneros del rebaño y terneras del establo; canturreáis al son del arpa, inventáis, como David, instrumentos musicales; bebéis vino en copas, os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. Pues encabezarán la cuerda de cautivos y se acabará la orgía de los disolutos.»

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R. Alaba, alma mía, al Señor.

Lectura de la primera carta apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16 Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos. En presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión: te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que en tiempo oportuno mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor e imperio eterno. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31 Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

 

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

Domingo 24 del tiempo ordinario (C)

septiembre 12, 2019

Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14 El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: – «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”» Y el Señor añadió a Moisés: – «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.» Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios: – «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.”» Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19 R. Me pondré en camino adonde está mi padre.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17 Cristo vino para salvar a los pecadores

Querido hermano: Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-32 Habrá alegría en el ciclo por un solo pecador que se convierta

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: – «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: – «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me habla perdido.” Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» También les dijo: – «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba 1ejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; e taba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

 

El arrepentimiento de Dios… y el nuestro

 

Durante el año litúrgico C leemos dos veces la parábola del Hijo pródigo: en el domingo cuarto de Cuaresma y, junto con las otras parábolas de la misericordia, en este domingo 24 del tiempo ordinario. Pero no se trata de una mera repetición: el diferente acento lo marcan las respectivas primera y segunda lectura. Allí se insistía en el arrepentimiento del hombre, llamado a reconciliarse con Dios. Ahora, en cambio, se mira sobre todo a la actitud de Dios ante el pecador; se puede decir que se subraya el arrepentimiento de Dios: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Esto nos invita a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. No se trata de nuestro “concepto teórico” de Dios, pues Dios no cabe en ningún concepto y los desborda a todos. La cuestión es práctica y existencial, pues trata de su actitud ante nosotros: es ahí donde descubrimos que Dios nos supera y sorprende. Un Dios que se arrepiente… ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado?

Son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Aquí se apoya uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios, que se esgrimió sobre todo en la cultura moderna. Aunque, todo hay que decirlo, la no existencia de Dios, lejos de resolver el problema del mal lo hace irresoluble.

Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores. Aunque esta mentalidad era popular en la antigüedad, todavía pervive hoy en diversas religiones e, incluso, entre no pocos cristianos. Desgracias individuales y colectivas se contemplan como consecuencias más o menos directas del pecado humano y de la actividad punitiva de Dios. Así que, contra los que se quejan de que Dios permanezca impasible ante el mal, encontramos aquí una respuesta que, la verdad, no nos sirve de mucho consuelo. Porque, si antes se quejaban de la inactividad divina, ahora alzarán la voz contra su indebida intromisión en asuntos de estricta competencia humana… ¿En qué quedamos? ¿Interviene Dios o no interviene? ¿Queremos nosotros que intervenga, o preferimos que no lo haga? Y, si sí, ¿en qué sentido?

Posiblemente, para responder adecuadamente a estas difíciles preguntas, lo mejor es dejar de filosofar (aun sin tener nada contra esa noble actividad) y ponerse a la escucha de la Palabra, que nos dice que Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, pero que lo que hace nada tiene que ver con la actividad punitiva que le atribuyen algunos.

La Palabra propone como trasfondo de la actitud de Dios hacia el hombre tres pecados de especial gravedad. En la primera lectura se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos (“blasfemo, perseguidor, insolente”) de haber perseguido a Cristo; no es que haya adorado a un falso dios, sino que se ha opuesto al verdadero. En estos tiempos de subjetivismo rampante nos cuesta aceptar el discurso sobre el verdadero Dios, la verdadera religión y, en consecuencia, el pecado de haberse opuesto a la Verdad en nombre de lo que uno consideraba verdadero. En realidad, Pablo concede los derechos de la conciencia errónea al mitigar su autoacusación (“yo no era creyente y no sabía lo que hacía”), pero no por eso se considera justificado. El ser humano no tiene sólo el deber de actuar de acuerdo a lo que le parece bueno y verdadero, sino también el de buscar con sinceridad lo que lo es realmente. Por fin, el evangelio personifica en el hijo pródigo el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta.

¿Cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? La primera lectura parece atribuirle el propósito de castigar a los idólatras borrándolos de la faz de la tierra. Sólo ante la oposición e intercesión de Moisés Dios “se arrepiente” de su propósito y aplaca su ira. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hay que entenderlo al pie de la letra? ¿Es que acaso hemos de aceptar que Moisés era mejor que el mismo Dios? Sería absurdo. El “arrepentimiento” de Dios ante la intercesión de Moisés es un bello recurso literario, que subraya que, si bien el pecado del hombre es autodestructivo, Dios reacciona con la misericordia y el perdón. El papel de Moisés como intercesor ante Dios a favor del pueblo nos recuerda que el hombre participa de los designios salvíficos de Dios, que Dios mismo se apoya en la mediación humana y, en definitiva, aquí se anticipa proféticamente la mediación exclusiva y definitiva de Jesucristo.

Pablo confirma en la carta a Timoteo lo que acabamos de decir con tanta claridad, que apenas cabe más comentario que releer esas palabras llenas de fuerza y confianza sobre el derroche de gracia, de amor, de compasión y de paciencia que Dios se gasta con nosotros.

Por si quedaban dudas, las parábolas de la misericordia deberían ser el argumento definitivo. Dios no sólo perdona, salva y recrea, sino que, cuando el hombre “se pierde”, sale a su encuentro, lo busca con ahínco y esmero, sin ahorrar esfuerzos. Así lo ha manifestado en Cristo, que para encontrar y salvar al pecador ha ido hasta el extremo de la muerte.

Se dice que los pastores conocen a sus ovejas una por una y no en “rebaño”. Así nos conoce y nos busca Dios. Somos para él más valiosos que la moneda perdida de la mujer de la segunda parábola, que seguro que no había perdido unos céntimos, sino el pan de sus hijos. Cualquiera entiende qué supone perder la garantía el sustento propio y de los suyos. Pero Jesús ahonda aún más su enseñanza sobre la misericordia: somos más que una oveja conocida por el nombre, o el tesoro que nos promete la supervivencia; para Dios somos como el hijo único, amado con un amor exclusivo, que es como los buenos padres y, sobre todo, las buenas madres quieren a cada uno de sus hijos, por muchos que tengan. Un amor exclusivo es un amor incondicional, que sale al encuentro del hijo perdido “cuando estaba todavía lejos”, un amor que no reprocha ni castiga, sino que abraza, recrea y festeja la vuelta a casa. Dios, en efecto, tiene una actitud activa ante el pecado y el mal, pero también respetuosa hacia la libertad humana, a la que no fuerza si ésta no presta su acuerdo. Y es que el perdón de Dios es incondicional, pero nosotros podemos recibirlo sólo si nos abrimos a él. De ahí la necesidad del arrepentimiento.

La idea del castigo divino por el pecado se parece más a una proyección nuestra que clama venganza y se cierra a la misericordia. Es precisamente un género de pecado que no aparecía en el listado anterior, el pecado del hijo mayor, de los que se pretenden justos y niegan el perdón de los “perdidos” que vuelven a casa, y exigen para ellos los castigos adecuados. Es el pecado de los fariseos, para los que Jesús cuenta estas parábolas, con las que quiere purificar nuestra imagen de Dios, al revelarlo como un Padre lleno de amor. El fariseo (de entonces y de siempre) mira a Jesús con mirada torva y bien puede retorcer el argumento, oponiendo ahora que, entonces, ese Dios bonachón consentiría el mal al no castigarlo. Pero ya hemos dicho que no es verdad, que lo que Dios ha hecho es lo máximo que se puede hacer: en Cristo ha tomado sobre sí el pecado del mundo hasta el extremo de la cruz, para convertir la muerte en vida, el pecado en gracia.

Pero no nos convirtamos nosotros en fariseos de los fariseos, considerando que son estos últimos los que no tienen remedio. Pablo, al fin y al cabo, era un fariseo y fue el que descubrió en su propia vida que lo que no podía la ley, sí lo podía la gracia. Y es que la imagen de Dios que la Palabra nos trasmite hoy es precisamente la de un Padre que espera activamente el regreso de sus hijos, y que no desespera de ninguno, ni siquiera de los “buenos”.

Domingo 4 de Cuaresma (C)

marzo 29, 2019

PRIMERA LECTURA
El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida
Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué: – «Hoy os he despojado del oprobio de Egipto.» Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Salmo responsorial 33, 2-3. 4-5. 6-7 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

SEGUNDA LECTURA
Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos: El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios. Palabra de Dios.

EVANGELIO
«Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido»
Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: – «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: – «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

 

Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

 

En este 4.º Domingo de cuaresma la Palabra de Dios nos invita con insistencia a la reconciliación: “¡os suplicamos que os dejéis reconciliar por Dios!” Necesitamos la reconciliación porque andamos divididos: escindidos interiormente, separados de nuestros semejantes, alejados de Dios. En ese triple exilio consiste la esencia del pecado, y es en esas tres relaciones donde decide el ser humano su verdad, el logro o el malogro de su vida, en una palabra, su salvación. A esto responde la tríada del ayuno, la limosna y la oración. El ayuno, la ascética, la capacidad de renuncia voluntaria a bienes legítimos, habla de la necesaria reconciliación con la propia realidad, con la verdad profunda de nuestra vida, demasiadas veces distraída y hasta esclava de bienes, algunos superfluos, otros necesarios, pero que nos absorben hasta hacernos olvidarnos de lo más esencial. La limosna no debemos entenderla como la ocasional moneda dada para quitarnos de en medio la molesta presencia del inoportuno mendigo, sino como la capacidad de renunciar a algo propio a favor de los que están en mayor necesidad. Se habla aquí de compasión, solidaridad y justicia. Los Padres de la Iglesia y los doctores medievales consideraban la limosna una obligación moral por la que los pudientes literalmente devolvían a los pobres lo que a lo pobres pertenecía. Es claro que la limosna, bien entendida, más allá de su dimensión económica, es una forma de tender puentes con los demás y, por tanto, expresión de nuestra voluntad de reconciliación con ellos. Por fin, la oración, “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” (Sta Teresa de Jesús), es la voluntad de reconocer, aceptar y acoger al Dios fuente del bien y de la vida, que viene a nuestro encuentro exclusivamente por nuestro propio bien.

Jesús nos habla de la reconciliación en la parábola del hijo pródigo, llena de detalles y colorido, frente a la lacónica austeridad de otras parábolas. Jesús despliega aquí su imaginación y su creatividad, pues se ve que sentía con especial fuerza aquello que quería transmitir. Esta parábola de la misericordia, como las dos que la preceden, estaba motivada por las palabras llenas de desprecio y reproche de los fariseos hacia él mismo y hacia aquellos con los que se trataba: “Ese anda con pecadores y come con ellos”. El mismo tono que percibimos en el reproche del hijo mayor: “Ese hijo tuyo…”

Jesús responde contándonos quiénes son esos, los pecadores, quiénes son los que se tienen por justos, y, sobre todo, quién es Dios o, mejor, qué hace Dios ante el pecado humano.

El hijo menor es el prototipo del pecador, y el estereotipo del pecado: la ruptura con el padre, la renuncia a la propia identidad de hijo, pero, eso sí, aprovechándose de la herencia, de los dones recibidos del padre. Exigiendo lo “suyo” (que es don, herencia), rompe vínculos, para vivir el sueño de una libertad sin límites; pero, alejado de la casa del Padre, que le asegura su identidad y su dignidad de hijo, el ser humano se pierde, dilapida su fortuna y daña su libertad, se rebaja al nivel de los cerdos, animales impuros para los que oían a Jesús, se hace esclavo y siente en su interior el hambre de sentido que sólo el pan del padre y su Palabra pueden saciar.

Al describir este cuadro tan trágico, Jesús, sin embargo, está diciendo que nadie está definitivamente perdido, que nadie es “pecador por definición”, que incluso los más alejados conservan en su interior la nostalgia que les permite escuchar la llamada a volver a casa. El hijo menor, “entrando dentro de sí” reconoce su pecado, redescubre su dignidad (mi Padre, la casa de mi Padre), decide cambiar de vida (seré un servidor) y se pone en camino. “Entrar dentro de sí” es el punto de inflexión. Es fundamental saber romper con la superficialidad cotidiana a la que muchas voces nos llaman continuamente, es importante estar atentos a las dimensiones más profundas de nuestra vida, aquellas en que habita nuestra verdadera identidad, nuestra dignidad, esas dimensiones que nos ayudan a caer en la cuenta de nuestro extravío. Es importante tratar de “vivir conscientemente”, de no descuidar el propio interior. Y el mejor modo de hacerlo es tomar conciencia de sí en la relación con Dios, en la oración, pues sólo así descubrimos hasta el final la verdad definitiva de nuestra vida: la de ser hijos.

Un detalle muy importante de la parábola es que el padre no espera sentado. No. El padre lo ve “cuando estaba todavía lejos”, sale al encuentro, busca al hijo como a la oveja perdida y, sin esperar las palabras de arrepentimiento, lo abraza y lo llena de besos. El que estaba muerto ha renacido, “es una criatura nueva, lo viejo ha pasado, ha aparecido algo nuevo” (2 Cor 5,17). El perdón del padre engendra de nuevo al hijo, restituye su dignidad y organiza para él un gran banquete. Es muy iluminador recordar aquí el célebre cuadro de Rembrandt, “El regreso del hijo pródigo”, expuesto a apenas dos kilómetros del lugar en el que escribo. Las manos del anciano padre que acoge al hijo arrepentido se distinguen claramente: una es masculina y la otra, femenina. Y es que el amor incondicional de Dios Padre es también materno, que hace posible el renacimiento del que, al alejarse, había muerto. En el cuadro de Rembrandt la cabeza del hijo pródigo es como la de un recién nacido en el seno de la madre. Y el color de los andrajos del hijo y la posición de las manos del padre sugieren también la obra del alfarero, que vuelve a trabajar la arcilla en una nueva creación. La frase que habla de la alegría “porque lo ha recobrado con salud”, habla de esa salud radical en que consiste la salvación. La hallamos sólo en la casa del Padre, de nuestro Dios. Y, en la misma clave, podemos entender que ese “hijo que había muerto y ha vuelto a la vida” es una imagen de Jesús, que, aunque no cometió pecado, se hizo por nosotros pecado, cargó con nuestros pecados, murió y, venció a la muerte con la resurrección. En Él se realiza esa salvación radical que nos encamina a la casa del Padre, y Él mismo es el Camino.

Pero no todos son capaces de descubrir esta novedad y alegrarse con ella. El hijo mayor, justo, cumplidor, no participa de las entrañas de misericordia del padre. La suya es una justicia legalista, no filial, servil y que espera una recompensa, sin comprender que el premio mayor es estar en la casa del padre. También él, aun sin saberlo, está lejos, pero es un alejamiento interior, menos visible y, por eso, más difícil de descubrir. Su actitud justiciera y dura, que exige un castigo por el pecado cometido, procede de la incapacidad de creer en el arrepentimiento de los pecadores, y eso le impide reconciliarse con su hermano, reconocerlo como tal (ese hijo tuyo, que no reconozco como hermano mío) y alegrarse. Pero también a él lo busca el padre para invitarlo a la fiesta: “todo lo mío es tuyo”, y lo más propio del padre son los hijos, luego este hijo mío es tu hermano, que estaba muerto y ha vuelto a la vida. No sabemos si el hijo mayor acabó entrando en la fiesta, pero sí sabemos que el Padre no desespera de la conversión de nadie, ni siquiera de los “buenos”, de los que se tiene por tales.

La casa del Padre, la tierra prometida, a la que llega el pueblo de Israel, tiene sólo un camino y una puerta de entrada: la reconciliación. Reconciliarse con Dios y reconocerlo como Padre es reconciliarse consigo mismo (recuperar la dignidad de hijo) y con los demás (reconocerlos como hermanos). Sólo por medio de esta triple reconciliación, que se nos ofrece como una gracia y un regalo en el sacramento de la reconciliación, es posible participar del banquete que el Padre ha preparado para nosotros: el banquete de la Eucaristía.

La pregunta que hemos de hacernos hoy es, pues, ésta: ¿con quién debo reconciliarme yo? ¿Acepto la invitación de Dios para participar en su banquete, el banquete de la Eucaristía ( = acción de gracias), o busco y encuentro excusas (por ejemplo, considerarme justo) para no entrar?¿Qué aspecto de mi vida no está reconciliado interiormente y se encuentra todavía en “un país lejano”? ¿Con qué personas concretas, o grupos de personas, debo hacer el esfuerzo de la reconciliación? ¿Con quién no estoy todavía dispuesto a celebrar la fiesta que Dios nos ha preparado?

Porque si hay alguien con quien no estoy dispuesto a reconciliarme, si considero que su pecado es imperdonable y que esa persona está definitivamente perdida, debo saber que ese al que juzgo y condeno, puede ser que ya esté sintiendo el hambre de la vuelta a casa, o que esté entrando dentro de sí, o de camino a la casa del Padre… Y si nada de eso es así, en todo caso, debo saber que ese al que juzgo o condeno es alguien al que el Padre está esperando, al que está ya buscando, para abrazarle y besarle y organizar para él un banquete tan pronto como vuelva a casa.

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (C)

febrero 22, 2019

Lectura del primer libro de Samuel 26, 2.7-9.12-13.22 No quedará impune quien atente contra el ungido del Señor

En aquellos días, Saúl salió y bajó al desierto de Zif con tres mil hombres elegidos de Israel, para buscar allí a David. David y Abisay fueron, pues, de noche hacia la tropa. Saúl estaba acostado, durmiendo en el centro del campamento, con su lanza clavada en tierra, junto a la cabecera. Abner y la tropa estaban acostados a su alrededor. Abisay dijo a David: “Dios pone hoy en tus manos a tu enemigo. Así que déjame que lo clave en tierra con la lanza de un solo golpe; no tendré que rematarle”. Pero David le dijo: “No lo mates, porque no quedará impune quien atente contra el ungido del Señor”. David tomó la lanza y la cantimplora de la cabecera de Saúl y se fueron. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertaron, pues todos dormían, ya que el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo. David pasó al lado opuesto y se detuvo a lo lejos en la cumbre del monte; Había entre ellos un gran trecho. David dijo: “Aquí está la lanza del rey. Que uno de los muchachos venga a recogerla. El Señor distribuirá a cada uno conforme a sus méritos y su lealtad; él te puso hoy en mis manos, pero yo no he querido hacer daño al ungido del Señor”.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 45-49 El nuevo Adán es espíritu que da vida.

Hermanos: Como dice la Escritura: Adán, el primer hombre, fue creado como un ser con vida. El nuevo Adán, en cambio, es espíritu que da vida. Y no apareció primero lo espiritual, sino lo animal, y después lo espiritual. El primer hombre procede de la tierra y es terrestre; el segundo procede del cielo. El terrestre es prototipo de los terrestres; el celestial, de los celestiales. Y así como llevamos la imagen del terrestre, llevaremos también la imagen del celestial.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38 Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Pero a vosotros que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te hiera en una mejilla ofrécele también la otra, y a quien te quite el manto no le niegues la túnica. Da a quien te pida, y a quien te quita lo tuyo no lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a quienes les aman. Si hacéis el bien a quien os lo hace a vosotros, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores se prestan entre ellos para recibir lo equivalente. Vosotros amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; así vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo. Porque él es bueno para con los ingratos y malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y Dio son os juzgará; no condenéis, y Dios no os condenará; perdonad, y Dios os perdonará. Dad, Dios os dará. Os verterán una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros.

 

Amad a vuestros enemigos

 

El precepto del amor a los enemigos viene a la mente de manera espontánea como el rasgo más característico de la ética cristiana. Sin embargo, no faltan los que discuten esa especificidad cristiana, aduciendo que también puede encontrarse en otros sistemas morales (por ejemplo, en el de los estoicos). Están, además, los que consideran que este precepto, que de entrada suena tan bien, exige en realidad un imposible: puede entenderse como ideal, pero en la práctica no se puede cumplir. Esta objeción la sentimos en la propia carne todos los que nos consideramos cristianos, que, tantas veces, nos descubrimos viviendo como paganos, amando a nuestros amigos y odiando (con diversos grados de intensidad) a nuestros enemigos.

Este precepto sirve, al menos, de momento, para comprender que la vida cristiana, contra lo que se suele pensar y decir, no está exclusivamente centrada en la idea del pecado, de modo que el esfuerzo principal que tenemos que realizar los cristianos es evitar el mal. La ética cristiana aparece a la luz del mandamiento del amor universal (incluido el amor a los enemigos) como una ética positiva, constructiva, creativa. Se trata aquí, sobre todo, de hacer el bien, de introducir valor positivo en nuestro mundo, en nuestras relaciones; no basta con no matar, no robar, no mentir. Lo que Jesús nos exige es que demos vida, que seamos generosos, que sirvamos a la verdad, que reparemos el mal con el bien. Y, además, nos invita, nos manda, nos exige que apliquemos esa medida del bien sin límites, superando el amor egocéntrico y endogámico, que limita el objeto de su amor a los del propio círculo (como quiera que se entienda: familiar, nacional, cultural, ideológico…).

Esta manera limitada de amar, tal como dice Jesús, es propia de “los pecadores” (o “los gentiles”, en la versión de Mateo). ¿Quiénes son esos “pecadores” o “gentiles” y qué forma de amor es ese? Si lo pensamos bien, caeremos en la cuenta de que los pecadores y gentiles somos nosotros mismos, porque esa forma limitada de amar se corresponde, de un modo u otro, con el amor natural, ese resto de amor que ha quedado en la naturaleza humana tras el pecado original. Es, desde luego, un resto de bien nada despreciable, que nos indica que, en el fondo de nuestro ser, estamos hechos para el amor y no para el odio, para la comunión y no para la soledad o el egoísmo. Pero, también hay que decirlo, es un resto del todo insuficiente. Insuficiente para el triunfo del bien sobre el mal, insuficiente para llenar el corazón humano, sediento de amor.

Es insuficiente, porque si nos limitamos a hacer el bien a los “nuestros”, a los propios, a los amigos, y el mal a los enemigos, a los que nos hacen mal, lo único que conseguiremos es multiplicar el mal, que como una gangrena irá carcomiendo todo el organismo social, todas nuestras relaciones. Pues pensar que, al menos, el círculo más inmediato quedará a salvo de la quema, es ilusorio. Y es que, cuando Jesús nos manda “amad a vuestros enemigos”, ¿a quién se refiere, de hecho? ¿Quiénes son realmente nuestros enemigos? Es ilusorio pensar que nuestros enemigos están constituidos por un grupo humano bien definido. Las fronteras de la enemistad son fluidas y cambiantes, hasta el punto de que es posible decir que “nuestros enemigos son nuestros amigos”. No es necesario irse lejos (geográfica, pero también ideológicamente) para encontrar a los enemigos. Los que nos hieren y ofenden, los que nos hacen sufrir (y nosotros a ellos, por cierto) son las personas más cercanas, con la que convivimos, con las que, por eso mismo, tenemos roces y conflictos. Muchas veces es ahí, en las distancias cortas, donde se generan los odios y las enemistades que provocan nuestro comportamiento propio de pecadores y gentiles. Lo vemos en las relaciones entre pueblos y culturas: los peores enemigos, sobre los que se concentran prejuicios y rencores, son los que nos tocan con sus fronteras, los vecinos, con los que, con mucha frecuencia y como es natural, nos unen lazos étnicos, históricos, culturales. Y lo mismo sucede en el ámbito familiar: los mayores y más intensos odios se producen muchas veces entre personas fuertemente vinculadas por lazos familiares. Desde esos núcleos menores, la maldición del odio se va extendiendo por círculos concéntricos cada vez más amplios.

Jesús nos llama hoy a romper esa dinámica diabólica, respondiendo al mal con el bien, a la ofensa con el perdón, al odio con el amor. ¿Está aquí Jesús recogiendo simplemente una exigencia que podemos encontrar en otras tradiciones morales (la benevolencia budista o estoica, la filantropía clásica o el altruismo moderno)? ¿Está expresando, junto con todas esas tradiciones un mero ideal, prácticamente imposible de traducir a la vida real? Ni una cosa, ni la otra.

Jesús, al proponernos el mandamiento del amor, y su radical expresión en el amor a los enemigos, nos está transmitiendo su propia experiencia de Dios, nos está trasladando, además, la actitud real de ese Dios hacia nosotros. La originalidad del mandamiento del amor universal, que incluye hasta a los enemigos, deriva de la nueva imagen de Dios, del Dios Padre de todos, que Jesús ha venido a traernos. No es fácil aceptar esa radical novedad. Muchos recordamos la vieja definición de catecismo que decía que Dios es el creador de todas las cosas “que premia a los buenos y castiga a los malos”. También los cristianos tenemos que hacer el esfuerzo por convertirnos continuamente a ese Dios del que nos habla Jesús, que ama a todos incondicionalmente, y es bueno para con los ingratos y malos. El amor a todos, también a los enemigos, poco tiene que ver que con esas actitudes (por lo demás, tan admirables como insuficientes) de una suerte de filantropía o benevolencia universal que procede sobre todo de una ascética indiferencia, de un apagamiento de la capacidad de sentir y padecer, al estilo estoico o budista. El amor a todos, y también los malos e ingratos (y ahí estamos todos, de un modo u otro), Jesús lo ha traído y transmitido sintiendo, llorando, padeciendo, hasta dar la vida. Es, pues, un amor activo, sentiente, en ocasiones doloroso. No pensemos que el amor se reduce al sentimiento positivo de simpatía. Se puede amar al que me resulta antipático, a aquel contra el que me surgen espontáneamente sentimientos negativos (hasta de odio), absteniéndome de responder al mal con el mal, y, yendo más allá, respondiendo al mal con el bien: la bendición, la oración, el perdón, la generosidad activa.

Y todo esto no se limita a un ideal de imposible cumplimiento. Ya hemos dicho que es lo que Dios hace con nosotros, que nos convertimos en sus enemigos por el pecado. Pero es que además lo hace humanamente, en la carne de Cristo, de modo que esas actitudes divinas se han convertido en humanas. Y nosotros, acogiendo a Cristo, unidos a Él y en su seguimiento podemos hacer nuestros sus mismos sentimientos (cf. Flp 2, 1), sus mismas actitudes, su mismo modo de vida (cf. 1 Jn 2, 6). No es fácil, implica aceptar la cruz, pero es posible. Los santos que han vivido de esa manera no eran seres angelicales, sino seres humanos, exactamente igual que nosotros.

Es verdad que se trata de un modo de vida que está más allá de nuestras posibilidades naturales (pecadoras y gentiles), las del primer Adán, por eso no se limita a un mero ideal ascético (aunque tengamos que poner nuestra parte, es verdad). Se trata de una posibilidad real si aceptamos el don, la gracia de la vida en Cristo. En él nos revestimos del nuevo Adán, del hombre celestial que ha venido a nosotros, y ha traído el cielo (la vida de Dios) a la tierra. Revestidos de Cristo, efectivamente, nos hacemos embajadores en la tierra de la vida plena a la que estamos llamados y que anticipamos con las actitudes concretas del amor: la nobleza (que tan bien encarna hoy el futuro rey David), la generosidad, el perdón, la ayuda a los necesitados, la misericordia… No estamos llamados a la perfección de una vida sin tacha alguna (que nos conduciría muy probablemente a la soberbia), sino a la perfección posible de la misericordia: sed misericordiosos (con los demás), como vuestro Padre es misericordioso (con vosotros).

Si lo pensamos bien, la propuesta de Jesús tiene mucha más lógica de lo que pudiera parecer en un principio. Nos propone volver por activa la célebre regla de oro: no simplemente, no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan (cf. Tb 4, 15), es decir, no simplemente abstenerse de hacer el mal, sino “tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros”, esto es, una actitud activa y constructiva. Y ¿qué es lo que queremos que hagan con nosotros? ¿No queremos, acaso, que nos acepten, nos reconozcan, nos ayuden en la necesidad, nos perdonen dándonos un nueva oportunidad cuando algo hemos hecho mal? Lo que queremos, en el fondo, es que nos amen. Si Dios nos ha concedido generosa y gratuitamente su amor (Cristo es el Amor de Dios encarnado), podemos tomarlo, y darlo a nuestra vez, con generosidad y sin límites. Ese es el verdadero principio de un mundo nuevo, en el que habite la justicia, es el anticipo en la tierra de la nueva Jerusalén, es la medida con que Dios nos mide, con la que debemos aspirar a que Dios nos mida a nosotros.

 

 

Domingo 22 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 1, 2018

Lectura del libro del Deuteronomio 4,1-2.6-8 No añadáis nada a lo que os mando…. así cumpliréis los preceptos del Señor

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

Sal 14, 2-3a. 3bc-4ab. 5 R Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18.21b-22.27 Llevad a la práctica la palabra

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios, para aferraros a la tradición de los hombres

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: – «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El les contestó: – «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: – «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

 

Lo que mancha y lo que limpia

 

Existe un fuerte contraste entre, por un lado, el mandato de Moisés de no añadir ni quitar nada a la ley y, por el otro, los reproches de los fariseos a los discípulos de Jesús en nombre no de la ley mosaica, sino precisamente de una añadidura espuria a la misma, “la tradición de los mayores”. Sin embargo, cuando se lee la ley de Moisés en los libros del Pentateuco se entienden las añadiduras que la historia ha ido haciendo: las normas mosaicas, tanto las referidas a la pureza ritual como a muchas otras cuestiones, no son tan detalladas como para dar respuesta a todas las situaciones que la vida plantea en la práctica. En esta como en cualquier ley es inevitable que se produzcan situaciones dudosas, que la ley no reglamenta con claridad y que requieren interpretaciones, correcciones o añadiduras. Es así, probablemente, como se generan las “tradiciones de los mayores”. El problema es que esto puede llevar, y lleva con frecuencia, a un cumplimiento mecánico de normas puramente externas que acaban apartando del espíritu original con el que nació la ley. La ley de Moisés, que trata de institucionalizar el acontecimiento salvífico de la liberación de Egipto y expresa la alianza de Dios con su pueblo, para que aquella salvación se prolongue en la historia, acabó convirtiéndose en un complejo y asfixiante entramado de normas, imposible de cumplir para la gente sencilla e iletrada, y que servía más para condenar que para salvar.

¿Cómo entender entonces la exigencia de Moisés de no añadir ni quitar nada, si resulta que esto es un imposible? Probablemente hay que entenderla de manera más cualitativa que cuantitativa, como la fidelidad a una ley que no se reduce a una reglamentación externa, sino que es expresión de una Palabra creadora y salvadora. Cumplir no es ejecutar externa, mecánicamente, sino “cumplimentar”, llenar, dar plenitud. Y esto, como sabemos, se realiza en Jesucristo, que no ha venido a abolir la ley, sino a llevarla a perfección (cf. Mt 5, 17). La ley de Moisés es realmente incomprensible y en la práctica se convierte en opresiva sin esta relación con la Palabra viva de Dios. Ya los profetas tuvieron que recordarlo continuamente. Y esa misma Palabra se ha encarnado en Jesús y se ha perfeccionado en la ley del amor. Es posible cumplir y perfeccionar la ley escuchando, acogiendo y poniendo en práctica esta Palabra cercana, dialogante, comprensible.

Es lo que nos recuerda de manera vívida Santiago en la segunda lectura. La palabra que salva da vida, nos engendra. Y lo hace desde dentro, pues, como semilla, ha sido plantada en nosotros. Por eso, no debemos sólo escucharla como si fuera una voz externa y extraña, sino que debemos darle cabida en nosotros, dejar que nos purifique interiormente y permitir que, desde dentro, guíe nuestras acciones y nuestra vida. Eso significa ponerla en práctica. Y la puesta en práctica se traduce necesariamente en obras de amor y misericordia con los necesitados en sus tribulaciones.

Así pues, aunque resulte inevitable que “los mayores”, esto es, la experiencia histórica y los nuevos problemas que van surgiendo en ella, hagan sus añadiduras y formen sus tradiciones, su validez dependerá de si sirven a la Palabra, a la vida que esa Palabra engendra, a un mejor cumplimiento y puesta en práctica de la misma; o si, por el contrario, se convierten en esquemas rígidos de comportamiento que coartan la libertad y la apertura creativa a la novedad de la historia, y sirven sobre todo para condenar a los que no se atienen a ellas. En una palabra, el criterio de discernimiento de las distintas tradiciones es la misericordia.

Las críticas de los fariseos a los discípulos de Jesús se centran en esta ocasión en la cuestión de la pureza ritual, que se había convertido para ellos en algo obsesivo, pero entendido en su sentido más externo y superficial. Poco que ver con lo nos recuerda Santiago en relación con la acogida y el cumplimiento de la Palabra: aquí “no mancharse las manos con este mundo” no significa contravenir elementales medidas de higiene, sino evitar que los criterios de este mundo impidan los frutos de misericordia de la semilla de la Palabra plantada en nuestro interior. Jesús aprovecha la ocasión para recordar el origen y la fuente de la impureza religiosa: no las cosas de este mundo, creadas por Dios y en sí buenas, no el polvo de la tierra ni determinados alimentos, sino las intenciones torcidas del corazón humano. El origen del mal y la impureza hay que buscarlo en la propia voluntad, en las motivaciones egoístas y desordenadas. Y Jesús ha venido para sanarnos por dentro, de manera que podamos actuar hacia fuera de un modo acorde a la voluntad de Dios, que es una voluntad de vida, de amor, de perdón y misericordia.

Los cristianos tenemos conciencia de que nuestra fe conlleva ciertas obligaciones y de que “tenemos que cumplir con ellas”. A veces, algunos ven en esto una actitud farisaica que se queda en el mero cumplimiento externo, y reaccionan diciendo, por ejemplo, que “lo importante no es ir a misa sino ser buena persona y ayudar a los demás”. Aunque podemos entender estas reacciones, tenemos que tener cuidado con su unilateralidad. En primer lugar, porque ir a misa y actuar con bondad no son cosas incompatibles: no sólo porque, cosa obvia, se puede “ir a misa y ser buena persona”, sino porque participamos de la Eucaristía precisamente para, en unión con Cristo, hacernos mejores personas. Y, en segundo lugar, porque en esta crítica se cae en el fondo en lo mismo que se critica: se reduce el “ir a misa” (u otras prácticas cristianas) a una mera formalidad externa, descuidando su verdadero sentido. Para actuar de acuerdo al espíritu cristiano hay que estar en comunión con Cristo; y esa comunión se realiza de manera privilegiada en el memorial de su Pasión que él mismo nos mandó realizar; es posible vivir como Cristo vivió si escuchamos su Palabra y comemos el pan y el vino que son su cuerpo y su sangre. Es decir, si “ir a misa” se reduce a una formalidad que “cumplimos”, sin dejar que su significado penetre en nosotros, que nos hace sentirnos justificados y que, además, nos lleva a juzgar y condenar a los demás, a los que no cumplen, entonces sí, entonces estamos reduciendo el gran don de la Eucaristía a una “tradición de nuestros mayores”. Pero si, por el contrario, a pesar del aburrimiento o la pereza que a veces nos embarga, tratamos de hacer de la Eucaristía un encuentro vivo con la Palabra y la persona de Cristo, entonces estaremos purificando nuestro interior de las maldades que hacen impuro al hombre, y abriendo nuestro corazón a las buenas obras del amor en las que consiste la religión pura e intachable.

Domingo 26 del tiempo ordinario (C)

septiembre 24, 2016

Lectura de la profecía de Amós 6, la. 4-7 Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos
Lectura de la primera carta apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16 Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31 Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

 

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, imgres-1trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

Domingo 24 del tiempo ordinario (C)

septiembre 10, 2016

Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14 El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17 Cristo vino para salvar a los pecadores
Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-32 Habrá alegría en el ciclo por un solo pecador que se convierta

El arrepentimiento de Dios… y el nuestro

Durante el año litúrgico C leemos dos veces la parábola del Hijo pródigo: en el domingo cuarto de Cuaresma y, junto con las otras parábolas de la misericordia, en este domingo 24 del tiempo ordinario. Pero no se trata de una mera repetición: el diferente acento lo marcan las respectivas primera y segunda lectura. Allí se insistía en el arrepentimiento del hombre, llamado a searchreconciliarse con Dios. Ahora, en cambio, se mira sobre todo a la actitud de Dios ante el pecador; se puede decir que se subraya el arrepentimiento de Dios: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Esto nos invita a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. No se trata de nuestro “concepto teórico” de Dios, pues Dios no cabe en ningún concepto y los desborda a todos. La cuestión es práctica y existencial, pues trata de su actitud ante nosotros: es ahí donde descubrimos que Dios nos supera y sorprende. Un Dios que se arrepiente… ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado?

Son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Aquí se apoya uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios, que se esgrimió sobre todo en la cultura moderna. Aunque, todo hay que decirlo, la no existencia de Dios, lejos de resolver el problema lo hace irresoluble.

Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores. Aunque esta mentalidad era popular en la antigüedad, todavía pervive hoy en diversas religiones e, incluso, entre no pocos cristianos. Desgracias individuales y colectivas se contemplan como consecuencias más o menos directas del pecado humano y de la actividad punitiva de Dios. Así que, contra los que se quejan de que Dios permanezca impasible ante el mal, encontramos aquí una respuesta que, todo hay que decirlo, no nos sirve de mucho consuelo. Porque, si antes se quejaban de la inactividad divina, ahora alzarán la voz contra su indebida intromisión en asuntos de estricta competencia humana… ¿En qué quedamos? ¿Interviene Dios o no interviene? ¿Queremos nosotros que intervenga, o preferimos que no lo haga? Y, si sí, ¿en qué sentido?

Posiblemente, para responder adecuadamente a estas difíciles preguntas, lo mejor es dejar de filosofar (aun sin tener nada contra esa noble actividad) y ponerse a la escucha de la Palabra, que nos dice que Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, pero que lo que hace nada tiene que ver con la actividad punitiva que le atribuyen algunos.

La Palabra propone como trasfondo de la actitud de Dios hacia el hombre tres pecados de especial gravedad. En la primera lectura se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos (“blasfemo, perseguidor, insolente”) de haber perseguido a Cristo; no es que haya adorado a un falso dios, sino que se ha opuesto al verdadero. En estos tiempos de subjetivismo rampante nos cuesta aceptar el discurso sobre el verdadero Dios, la verdadera religión y, en consecuencia, el pecado de haberse opuesto a la Verdad en nombre de lo que uno consideraba verdadero. En realidad, Pablo concede los derechos de la conciencia errónea al mitigar su autoacusación (“yo no era creyente y no sabía lo que hacía”), pero no por eso se considera justificado. El ser humano no tiene sólo el deber de actuar de acuerdo a lo que le parece bueno y verdadero, sino también el de buscar con sinceridad lo que lo es realmente. Por fin, el evangelio personifica en el hijo pródigo el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta.

¿Cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? La primera lectura parece atribuirle el propósito de imagescastigar a los idólatras borrándolos de la faz de la tierra. Sólo ante la oposición e intercesión de Moisés Dios “se arrepiente” de su propósito y aplaca su ira. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hay que entenderlo al pie de la letra? ¿Es que acaso hemos de aceptar que Moisés era mejor que el mismo Dios? Sería absurdo. El “arrepentimiento” de Dios ante la intercesión de Moisés es un bello recurso literario, que subraya que, sin bien el pecado del hombre es autodestructivo, Dios reacciona con la misericordia y el perdón. El papel de Moisés como intercesor ante Dios a favor del pueblo nos recuerda que el hombre participa de los designios salvíficos de Dios, que Dios mismo se apoya en la mediación humana y, en definitiva, aquí se anticipa proféticamente la mediación exclusiva y definitiva de Jesucristo.

Pablo confirma en la carta a Timoteo lo que acabamos de decir con tanta claridad, que apenas cabe más comentario que releer esas palabras llenas de fuerza y confianza sobre el derroche de gracia, de amor, de compasión y de paciencia que Dios se gasta con nosotros.

Por si quedaban dudas, las parábolas de la misericordia deberían ser el argumento definitivo. Dios no sólo perdona, salva y recrea, sino que, cuando el hombre “se pierde”, sale a su encuentro, lo busca con ahínco y esmero, sin ahorrar esfuerzos. Así lo ha manifestado en Cristo, que para encontrar y salvar al pecador ha ido hasta el extremo de la muerte.

Se dice que los pastores conocen a sus ovejas una por una y no en “rebaño”. Así nos conoce y nos busca Dios. Somos para él más valiosos que la moneda perdida de la mujer de la segunda parábola, que seguro que no había perdido unos céntimos. Cualquiera entiende qué supone perder la garantía el sustento propio y de los suyos. Pero Jesús ahonda aún más su enseñanza sobre la misericordia: somos más que una oveja conocida por el nombre, o el tesoro que nos promete la supervivencia; para Dios somos como el hijo único, amado con un amor exclusivo, que es como los buenos padres y, sobre todo, las buenas madres quieren a cada uno de sus hijos, por muchos que tengan. Un amor exclusivo es un amor incondicional, que sale al encuentro del hijo perdido “cuando estaba todavía lejos”, un amor que no reprocha ni castiga, sino que abraza, recrea y festeja la vuelta a casa. Dios, en efecto, tiene una actitud activa ante el pecado y el mal, pero también respetuosa hacia la libertad humana, a la que no fuerza si ésta no presta su acuerdo. Y es que el perdón de Dios es incondicional, pero nosotros podemos recibirlo sólo si nos abrimos a él. De ahí la necesidad del arrepentimiento.

La idea del castigo divino por el pecado se parece más a una proyección nuestra que clama venganza y se cierra a la misericordia. Es precisamente un género de pecado que no aparecía en el listado anterior, el pecado del hijo mayor, de los que se pretenden justos y niegan el perdón de los “perdidos” que vuelven a casa, y exigen para ellos los castigos adecuados. Es el pecado de los fariseos, para los que Jesús cuenta estas parábolas, con las que quiere purificar nuestra imagen de Dios, al revelarlo como un Padre lleno de amor. El fariseo (de entonces y de siempre) mira a Jesús con mirada torva y bien puede retorcer el argumento, oponiendo ahora que, entonces, ese Dios bonachón consentiría el mal al no castigarlo. Pero ya hemos dicho que no es verdad, que lo que Dios ha hecho es lo máximo que se puede hacer: en Cristo ha tomado sobre sí el pecado del mundo hasta el extremo de la cruz, para convertir la muerte en vida, el pecado en gracia.

Pero no nos convirtamos nosotros en fariseos de los fariseos, considerando que son estos últimos los que no tienen remedio. Pablo, al fin y al cabo, era un fariseo y fue el que descubrió en su propia vida que lo que no podía la ley, sí lo podía la gracia. Y es que la imagen de Dios que la Palabra nos trasmite hoy es precisamente la de un Padre que espera activamente el regreso de sus hijos, y que no desespera de ninguno, ni siquiera de los “buenos”.

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (C)

junio 10, 2016

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13 El Señor ha perdonado ya tu pecado

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 2, 16. 19-21 Me amó hasta entregarse por mí

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3 Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

El perdón y la deuda del amor

images-1Solemos considerar el perdón como un deber cristiano, basado en el perdón que recibimos de Dios. Pensamos también que, mientras que al Dios todopoderoso el perdón debe resultarle fácil, a nosotros, al menos a veces, nos resulta extraordinariamente difícil, si no imposible. En este modo de pensar el perdón (fácil) de Dios se da casi por descontado, con sólo cumplir ciertas condiciones; mientras que el perdonar nosotros se nos antoja un deber cuesta arriba, de difícil cumplimiento. El hecho de que los sentimientos negativos que acompañan a la ofensa recibida no desaparezcan enseguida, sino que tengan una cierta inercia temporal, aunque exista la voluntad de perdón, hace que muchos digan: “yo quisiera perdonar, pero no puedo”.

La Palabra hoy pone de relieve el perdón, pero no desde nuestra perspectiva (el perdón “a los que nos ofenden”, como decimos en el Padrenuestro), sino desde la perspectiva de Dios (“perdona nuestras ofensas”). Y es que, realmente, sin tener en cuenta detenidamente el perdón que recibimos de Dios, es imposible entender el perdón a los que nos han ofendido. Y la consideración de este perdón de Dios, a la luz de la Palabra que nos ilumina hoy, nos ayuda a deshacer algún equívoco en la comprensión y en la experiencia de este don extraordinario.

El perdón es una posibilidad nueva, pues no se cuenta entre las variables normalmente consideradas en situación de conflicto. La ofensa, el daño, la injusticia “claman al cielo” pidiendo reparación y venganza. Existe una dinámica perversa que multiplica los efectos de esa negatividad, hasta hacer de ella una fuerza destructiva no sólo del ofensor, sino también del ofendido, pues en esta dinámica se alcanza con facilidad un punto álgido en el que ya no es posible discernir al ofensor del ofendido. El mal llama al mal, la violencia a la violencia, la ofensa a la respuesta adecuada, y, de este modo, todos acaban resultando ofensores y ofendidos. Sólo el perdón es capaz de romper esta dinámica diabólica y destructiva. Pero, ¿de dónde recabar la fuerza para detener esa tempestad de malos sentimientos?

En el Antiguo Testamento el perdón de Dios como reacción a los pecados del pueblo aparece siempre como por sorpresa, como una decisión casi ilógica ante una situación que pide castigo y destrucción. El perdón resulta ser una posibilidad “nueva”, inesperada, con la novedad del que “en el principio creó los cielos y la tierra” (Gen 1,1), del que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). El perdón es una manifestación del poder creador de Dios, capaz de sacar toda la riqueza del ser de la nada, y de recrear la bondad de lo creado, cuando en ella comparece el misterio del mal que es el pecado. Si el perdón es un poder creador y recreador, sólo se puede entender de verdad como algo en último término procedente de Dios.

El primer rasgo que descubrimos en este poder divino es su carácter gratuito y sin condiciones, en paralelo a la gratuidad de la creación de la nada. No es cierto que el perdón sea algo que Dios concede “a condición” de que se cumplan ciertos requisitos. En el texto del libro de Samuel, el profeta Natán acusa abiertamente a David de su terrible pecado, y éste reacciona reconociéndolo. Pero no es el reconocimiento la causa del perdón. El profeta no le dice al arrepentido David, “ya que has reconocido tu pecado, el Señor te perdona”, sino “el Señor ya ha perdonado tu pecado”. El “he pecado contra el Señor” no es condición del perdón sino sólo la expresión de su acogida. Así como el pecado sólo es posible donde hay libertad, el perdón incondicional de Dios puede ser libremente acogido o rechazado por el hombre.

Al reconocer el propio pecado nos abrimos al poder del perdón ya otorgado, que nos sana y recrea. No es ése un reconocimiento fácil. Mirarse con realismo, y nombrar las propias sombras, los defectos, las malas ideas, intenciones y acciones requiere mucho valor. Y más aún si alguien, ejerciendo de profeta, nos denuncia. Ahí lo fácil es mirar para otro lado, o responder buscando excusas, o acusando a otros, a la sociedad, al inconsciente o al mismo profeta (“¿quién se habrá creído éste?”, solemos decir en este último caso). De todos es sabido que el alcohólico y el drogadicto no ingresan en el camino de la rehabilitación hasta que no se dicen a sí mismos “soy un alcohólico, un drogadicto”. Lo mismo ocurre con los demás pecados. Y el pecado existe. Es inútil que pretendamos escabullirnos, declarando su inexistencia, como si fuera verdad ese subjetivismo barato que pretende que “cada uno hace lo que a él le parece bien”. Cuando la verdad es que a diario hacemos con los ojos abiertos lo que a nosotros mismos nos parece mal. Para comprobar la estafa de ese burdo subjetivismo (que nos predican machaconamente algunos periodistas, políticos y hasta pedagogos) basta con ver cómo esos mismos predicadores y todos nosotros estamos prontos a acusar a los demás de los más variados pecados (aunque evitando cuidadosamente esa molesta palabra) personales, sociales o económicos. Tal vez nunca antes en la historia se hizo una profesión tan amplia de tolerancia moral, al tiempo que se van multiplicando las actitudes de “tolerancia cero” hacia ciertos comportamientos, tratando de corregir los efectos perversos de esta cultura sin pecado.

Si, pues, reconocemos con más o menos eufemismos, la realidad del mal y del pecado, ¿no deberíamos estar dispuestos a reconocerlo en nosotros mismos, con el coraje de confesar que no somos perfectos ni del todo buenos? Porque cuando lo hacemos así, sobre todo cuando acudimos al sacramento de la reconciliación, estamos abriéndonos a esa posibilidad sorpresiva, gratuita, inmerecida, pero recreadora y nueva que es el perdón.

Posiblemente no haya peor pecado que el declararse libre de ellos, al tiempo que se acusa sin images-2misericordia a los demás. Es el caso del anfitrión de Jesús, el fariseo Simón. El que incluso se indique su nombre habla de una cierta familiaridad con Jesús, del que se sentía discípulo ya que lo reconocía como Maestro. Pero Simón es de esos discípulos asentados en la seguridad de ser “buena persona”, gente de principios y, por tanto, muy dado a marcar distancias con los pecadores “oficiales”, como “esa” mujer. La cuestión es que, grandes o pequeños, socialmente visibles o celosamente encubiertos por nuestro estatus social, cada uno ha de reconocer ante Dios sus propios pecados, sus debilidades, su imperfección y, en el fondo, la necesidad que tiene de la misericordia y el amor del Dios, que nos ha creado sin nosotros, y el único que nos puede salvar, pero no sin nosotros, como recuerda san Agustín. Nuestro discipulado y amistad con Jesús pueden reducirse, como el del fariseo Simón, a un trato correcto y formal, pero en el que nuestro corazón permanece cerrado. Abrimos nuestra casa a Jesús, pero no le permitimos que entre de verdad en nuestra vida, no nos consideramos necesitados de salvación, tal vez porque consideramos que la tenemos garantizada como un derecho, ya que somos tan buenas personas.

Todo lo contrario sucede con la pecadora pública de aquella ciudad. En sus muestras de arrepentimiento se expresan todos los gestos de bienvenida propios de la cultura oriental: el agua para lavar los pies del polvo del camino, el beso de acogida, el perfume en la cabeza. Jesús le recuerda al fariseo Simón quién lo ha acogido de corazón y no sólo de modo formal.

En el tenor del texto se puede dar el malentendido de pensar que la mujer obtiene el perdón porque muestra mucho amor. Esto estaría en contradicción con lo dicho sobre David, pero también en la pequeña parábola con la que Jesús corrige a Simón: muestra más amor el deudor al que más se le ha perdonado. No es que la mujer obtenga el perdón a causa del mucho amor que muestra, sino que, por el contrario, muestra mucho amor porque se le ha perdonado mucho. El perdón incondicional ya otorgado entra en nosotros sanándonos si lo aceptamos y nos abrimos a él; y la sanación se expresa en la gratitud y el amor. El perdón de los grandes pecados y de los aparentemente pequeños nos da un corazón nuevo. Sólo cuando hemos experimentado la gratuidad de un amor que nos perdona y regenera podemos estar en disposición de perdonar nosotros: “perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido”, así se puede entender la petición del Padrenuestro.

¿Es verdad que, mientras que a nosotros el perdón nos cuesta lágrimas y sangre, a Dios le resulta muy fácil? Podemos tratar de entenderlo atendiendo a lo que Él nos ha revelado de sí mismo. Y, según esa revelación, sabemos que el perdón de Dios es un don gratuito, pero no “barato”. Como dijo el teólogo luterano Bonhoeffer, existe un “precio de la gracia”. La gracia (que incluye el perdón) es eso, gracia, don; pero no banal ni barata: “habéis sido adquiridos a gran pre­cio” (1 Cor 6, 20), y lo que le ha costado caro a Dios no debe resultarnos barato a nosotros.

De este alto precio nos habla hoy Pablo, con un exquisito sentido personal que cada uno puede aplicarse a sí mismo: “me amó hasta entregarse por mí”. La muerte de Cristo es el precio que Dios ha pagado por nuestra reconciliación. Si en ocasiones perdonar nos cuesta lágrimas y hasta sangre, pensemos que el perdón que recibimos de Dios gratuitamente no es una mercancía barata, que se puede dar por descontada. Es gratis, sí, pero es cara. “Caro” es lo que cuesta mucho, pero también lo que es muy querido, lo que más valor tiene. Si Dios ha entregado por nosotros lo más querido (a su propio Hijo), podemos entender hasta qué punto le somos caros, hasta qué punto nos ama. El amor que Dios nos tiene, que se traduce en su voluntad de perdón, es lo más valioso que hay en nuestra vida, nuestra posibilidad más alta, lo que nos ayuda a ser nosotros mismos, rehabilitando nuestra dignidad dañada por el pecado. Dios ha pagado un alto precio para hacernos este regalo. ¿No habremos nosotros de responderle abriéndole de par en par las puertas de nuestra casa, con un corazón agradecido, que muestra mucho amor y derrama gratuitamente sobre los demás, como un perfume de suave olor, lo que ha recibido gratis?

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (B)

febrero 15, 2015

Lectura del libro del Levítico 13, 1-2.44-46 El leproso tendrá su morada fuera del campamento
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 31–11,1 Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 40-45 La lepra se le quitó, y quedó limpio

Sintiendo lástima, lo tocó

1La lepra es una enfermedad terrible. Hoy sabemos que, pillada a tiempo, tiene cura. Pero sus efectos devastadores sobre el cuerpo no pueden no producir horror, incluso en nuestros días, tanto más cuando se carecía de remedios eficaces contra ella. Las prescripciones del libro del Levítico parecen indicar que, en aquellos tiempos, bajo el término lepra se contemplaba un amplio espectro de enfermedades e infecciones de la piel. Por eso, se puede entender que se hace referencia, además de a la terrible lepra que devora la carne del enfermo, a otras afecciones más leves y temporales que podían llegar a curarse. En todo caso, la prudencia sanitaria aconsejaba alejar al enfermo del grupo social; y esta marginación recibía además una sanción religiosa: el enfermo era declarado impuro; la exclusión social venía aparejada a una suerte de excomunión de la comunidad de salvación, ya que, en la mentalidad antigua, la desgracia se vinculaba con alguna culpa, incluso si esta no era patente, ni siquiera para la conciencia del presunto culpable.

Realmente, la enfermedad conlleva siempre un elemento de marginación. Incluso de las más leves, como una gripe, decimos a veces que “nos han puesto fuera de circulación”. La enfermedad nos exilia de nuestra vida cotidiana, nos impide llevar una vida normal, nos convierte en seres débiles y dependientes, disminuye el caudal de nuestra siempre frágil libertad.
Aunque hoy día casi nadie considera ya las enfermedades como maldiciones ni castigos divinos, la situación de enfermedad en general nos sirve como signo y cifra de la postración humana en todas sus formas: el que está postrado por cualquier motivo, física o moralmente, por culpa propia, ajena o por mera y desgraciada casualidad, es alguien que, de un modo u otro, se encuentra al margen, en situación de dependencia,  y que para sobrevivir necesita pedir, suplicar.
El leproso del evangelio de hoy expresa meridianamente esa situación. Marginado e impuro, postrado y de rodillas implora la sanación a quien piensa que puede otorgársela: “si quieres…”. Jesús, dice el evangelista lacónicamente, “sintió lástima”. Es la reacción debida ante la desgracia ajena. Dice el filósofo ruso Vladimir Soloviov que la lástima es el sentimiento básico y espontáneo que regula las relaciones del hombre con sus semejantes, y que este sentimiento primario no es ni puede ser la complacencia (es decir, el gozar junto con), pues el placer puede a veces ser moralmente malo, y además es fin y, por tanto, término del deseo; mientras que el dolor ajeno, independientemente de que sea producido o no por culpa del que padece, es siempre digno de lástima y mueve a la acción. Si, por ejemplo, una persona sufre a consecuencia de su mal comportamiento (por ejemplo, porque ha abusado del alcohol o de las drogas), el que ese comportamiento sea reprobable no quita que su situación de actual postración nos mueva a la compasión. Y ésta, por la mediación de la razón, se eleva a exigencia universal de justicia y benevolencia (no hacer mal y hacer el bien posible). Por eso, incluso si el leproso del evangelio sufría a causa de alguna culpa suya pasada (algo que nosotros no pensamos respecto de la lepra, pero que, como vemos, puede darse en otras situaciones), no por eso dejaba de ser digno de lástima. Y esa compasión no se queda en un sentimiento inactivo, sino que mueve la voluntad y lleva a actuar en socorro del sufriente. “Jesús, sintiendo lástima, lo tocó, diciendo ‘quiero’”.
Pero el gesto de Jesús no es sólo (aunque también) la ilustración de una reacción debida ante el sufrimiento ajeno. En la2 mentalidad judía que contextualiza su gesto (para eso hemos de leer la primera lectura), éste es de una osadía inusitada, que raya la profanación de normas tenidas por sagradas. Jesús no sólo habla y cura, sino que “toca”. Antes de reintegrar en la sociedad, va al encuentro,  traspasa la frontera y, al tocar al impuro, él mismo queda contaminado. Jesús no sólo cura la enfermedad sino que salva al hombre, reintegra en la comunidad de salvación, limpia lo que era impuro y declara que no hay forma de impureza (física, moral o espiritual) que nos aparte definitivamente de Dios si somos capaces de reconocerla y de suplicar.

Sorprende que Jesús, que acaba de trasgredir la ley de manera tan flagrante, acto seguido ordene al regenerado que cumpla las prescripciones de la ley, al tiempo que le prohíbe hablar con nadie del bien recibido. Por un lado, es claro que Jesús no quiere publicidad, no realiza estos signos salvadores para atraerse la admiración de los demás y asegurarse el éxito. Jesús no instrumentaliza el dolor ajeno, no cura para…, sino que cura porque: porque sintió lástima, porque el hombre aquel estaba en situación de postración. Pero, en segundo lugar, si manda que cumpla lo establecido en la ley, es porque esa era la forma concreta de reconocer que el bien recibido procedía de Dios (y, en consecuencia, de confesar que Jesús actuaba con el poder de Dios) y de agradecer. Si ante el dolor ajeno hay que compadecer (y actuar), ante el bien recibido es de ley mostrar agradecimiento.
Lo que el leproso curado hace, en cambio, no debe entenderse como una desobediencia (explicable, por otro lado), sino como el hecho real de que al hacer el bien no se debe buscar publicidad (que no sepa tu mano derecha…), entre otras cosas porque el bien habla por sí mismo. Ese leproso, ya limpio, era en sí mismo un testimonio vivo de la acción de Jesús, de la benevolencia de Dios para con él.
3Al contemplar al leproso suplicante y curado y a Jesús, sintiendo lástima y actuando, hemos de volver los ojos a nuestro mundo y a nosotros mismos. Porque también hoy existen formas de lepra (física, moral, espiritual, social, política, ideológica, racial…, se puede ampliar la lista infinitamente), que producen sufrimiento y marginación, que nos separan y alienan a unos de otros. ¿Quiénes son hoy los leprosos de nuestra sociedad? ¿A quiénes considero yo y trato como a leprosos? En segundo lugar, estas situaciones ponen a prueba nuestro corazón humano, nuestro corazón de carne. ¿Somos capaces de sentir lástima, de compadecer, o nos hemos vuelto insensibles a los sufrimientos de los demás? Y hemos de caer en la cuenta de que, tal vez, sintamos lástima de ciertas categorías de lepra, pero seamos insensibles a los sufrimientos de otros, a los que, según nuestros parámetros, hemos declarado “impuros”. Pero la compasión, ya lo vimos, no es suficiente. Ella llama a la acción (al querer, como dice Jesús: “quiero”). Y esta requiere con frecuencia estar dispuesto a “tocar”, a “mancharse las manos”. Imitar a Jesús en la audacia de su gesto significa atravesar fronteras y derribar barreras, superar el miedo al “otro”. Esa imitación significa, además, hacer el bien sin buscar recompensa ni reconocimiento, sino por amor del bien mismo, aún más, por amor de aquel que me necesita. Así, el bien realizado dará testimonio, él mismo, de la bondad de Dios, de quien procede todo bien.
Por fin, podemos mirar a la situación desde otra perspectiva, que también está implicada en el texto del Evangelio: yo mismo tengo mis propias lepras. Por eso, la Palabra hoy me invita también a tener el coraje de ponerme de rodillas ante Jesús y suplicarle, para que me toque y me cure. Hay que hacerlo con fe y confianza (el “si quieres” significa decirle: “sé que puedes”). Pero también hay que “ponerse a tiro”, acercarse a Él, allí donde es posible encontrarlo: su Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación, para que nos pueda tocar. Y para que, como el leproso, al sentir que nos ha limpiado, podamos vivir con un corazón agradecido que ya por sí mismo habla “con grandes ponderaciones” de lo que Él ha hecho con nosotros.