Posts Tagged ‘Pan de vida’

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 24, 2018

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: – «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: – «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Sal 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32 Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69 ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -«¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: – «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: – «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: – «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

¿A quién vamos a acudir?

 

Llegamos al final del discurso del pan de vida. Durante el mismo Jesús, primero, ha alimentado nuestro cuerpo, enseñándonos que para poder repartir y que alcance para todos hay que estar dispuesto a compartir aun lo poco que tenemos. Y desde ahí nos ha invitado a elevar nuestra mirada al deseo de los bienes imperecederos, al deseo de otro pan, que él mismo nos da y que es su cuerpo entregado en sacrificio. Nos ha enseñado así que esos bienes imperecederos no se obtienen por la vía de la conquista, el esfuerzo o la violencia, porque no están al alcance de nuestras fuerzas, sino que son un don que alcanzamos por la vía paradójica de la entrega que Jesús mismo hace de su propia vida. De este modo nos ha introducido en una sabiduría, la sabiduría de la cruz, que trasciende la ciencia de este mundo. Y, llegados a este punto, Jesús nos cede la palabra, para que tomemos nosotros mismos una decisión. Del mismo modo que Yahvé no impone la salvación, sino que la propone mediante un pacto, así tampoco Jesús se impone por la fuerza (de ahí su renuncia a dejarse proclamar rey), sino que nos hace una propuesta, respetando en todo momento nuestra libertad.

En la primera lectura vemos este carácter propositivo y no impositivo de la acción salvífica de Dios, que no por eso deja de ser gratuita. Tras liberar al pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida, Dios propone al pueblo una alianza. A diferencia de las leyes necesarias de la naturaleza, la historia es el espacio de la libre acción humana. Y, por eso, el Dios de Israel se manifiesta ante todo en los acontecimientos históricos, en el ámbito en el que el hombre despliega su libertad, y propone una forma de relación que supone esa libertad por las dos partes. Dios es libre para salvar; pero el hombre, en este caso el pueblo, es libre para aceptar o rechazar la acción salvífica de Dios, aceptando o rechazando el pacto que le propone.

Jesús es el mediador de la nueva y definitiva alianza por medio de su propia sangre (cf. Hb 12, 24) y ahora, igual que en la primera, tenemos que tomar una decisión de aceptación o rechazo. El escándalo de la cruz, al que alude Jesús al hablar de su carne ofrecida y su sangre derramada, y en el que los discípulos han de participar también de un modo u otro (y eso es lo que significa comer su carne y beber su sangre), es en última instancia el criterio de discernimiento entre los verdaderos creyentes y los que no lo son.

Aquí Jesús usa el término “carne” en un sentido distinto del que hemos visto en los domingos anteriores. Allí su carne (su humanidad) entregada en sacrificio es el pan, el verdadero maná, que hemos de comer para alcanzar la vida eterna. Pero esto sólo se puede comprender si nos dejamos guiar por el Espíritu que anima esa carne, esa humanidad entregada, y que nos conduce a la fe. Ahora, la carne “que no vale para nada” es el modo exclusivamente humano de mirar a Jesús, de comprender sus palabras e interpretar sus signos: el deseo de saciarse sólo de pan, la voluntad de hacerle rey para manipularlo sometiéndolo a nuestros intereses (económicos, políticos y cualesquiera otros) y, en definitiva, el rechazo del camino mesiánico de Jesús que conduce a la cruz.

Así pues, Jesús, el mediador de la nueva alianza, nos está llamando a realizar una elección de fe, que implica la aceptación de la cruz como paradójico camino de la victoria: “subir a donde estaba antes”. Podemos entender por qué “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y Jesús, al parecer, no hace nada para retenerlos, sino que al tiempo que respeta la libertad de cada uno, pone al descubierto las motivaciones profundas: “algunos de vosotros no creen”. En este momento de profunda crisis en su ministerio, se dirige también a los más cercanos, a los que ese abandono masivo no podía no afectar. Ellos también habían conocido a Cristo según la carne, se habían forjado ilusiones poco fundadas, habían soñado con un mesianismo triunfante. Ahora empiezan a ver claro que las cosas no van por ahí. Y tienen que tomar partido. La respuesta de Pedro, que trasluce la dificultad de esa decisión (“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”), refleja también que ellos están empezando a ver a Jesús a la luz del Espíritu, y que su elección es realmente una elección de fe: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En esta respuesta, que es una confesión de fe, descubrimos que, contra lo que muchos piensan, no es una elección ciega. Pedro dice: “creemos y sabemos”. No es un saber teórico, sino uno que brota de la experiencia: es un saber que es un saborear, un experimentar de primera mano. Y esta experiencia es posible precisamente porque parte de una manifestación de Dios en la carne, que nos da la posibilidad de realizar una experiencia de Jesús, de escuchar sus palabras, que son espíritu y vida, de ver y comprender los signos que hace, de ser curados por Él. Pero es también una elección generosa, que exige renunciar al deseo de manipular a Dios, de hacer de Él nuestro rey, es decir, el talismán mágico que solucione nuestras necesidades materiales más inmediatas, el “Dios tapagujeros” al que recurrimos sólo cuando aprieta la necesidad. Esta elección de fe, lúcida y generosa, nos hace participar de la nueva humanidad de Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Y este es el significado esencial de la Eucaristía: comer el pan que es su carne, vivir como vivió Él, dando la vida, si llega el caso hasta el extremo, para, pese a perder a los ojos de este mundo (de esa carne que no sirve para nada), participar de la resurrección, la vida eterna, que en la humanidad de Jesús se ha hecho ya presente en este mundo.

De este modo nos introducimos en la familiaridad con Dios: igual que el Hijo vive por el Padre, el que come su carne vive por él (cf. Jn 6, 57). Esta nueva e íntima forma de relación con Dios no puede no reflejarse en las relaciones entre los hombres, y también en las relaciones familiares. Es lo que nos recuerda hoy Pablo en la carta a los Efesios. Demasiado afectados por las modas del momento, una lectura feminista nos puede llevar con facilidad a rechazar algunas expresiones de ese texto, atribuyéndolo a prejuicios de la época. Pero tenemos que hacer un esfuerzo por leer estas exhortaciones en una clave específicamente bíblica y evangélica. Entonces podemos comprender que la llamada a la sumisión de las mujeres a los maridos no ha de entenderse como una servidumbre que rebaja la dignidad de la mujer, sino como expresión de esa sumisión de unos a otros con respeto cristiano que es consecuencia del amor. Igual que la alianza entre Dios y su pueblo, y la que establece Cristo con el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, supone necesariamente la libertad de las partes, así aquí, no se habla de una sumisión servil, sino libre, como la de María que se hace libremente la sierva del Señor, como la de Jesús, que se somete a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42; Hb 10, 7). Es decir, las relaciones familiares no se conciben aquí “según la carne”, no están basadas sólo en el deseo y la necesidad, sino que, como alianza de libertades, se basan en un amor que se entrega, respeta al otro en su alteridad, exige la disposición a dar la vida, como Cristo ha dado la suya.

Como en el caso de Pedro en su respuesta a Jesús, no es posible entender esta forma de amor matrimonial si lo reducimos a parámetros sociológicos, más o menos condicionados históricamente. Aunque estos nos puedan ayudar a depurar formas de relación también históricas que no son conformes con el verdadero ideal evangélico, al fin y a la postre, se trata también aquí de hacer una elección de fe, de dejarse guiar por el Espíritu para hacer una experiencia de un amor matrimonial eucarístico y transfigurado por la Palabra encarnada que es espíritu y vida. También en este ámbito es necesario creer y es posible saber.

 

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Domingo 19 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 11, 2018

Lectura del primer libro de los Reyes 19,4-8 Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

En aquellos días, Elías continuó por el desierto una jornada de camino, y, al final, se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: – «¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no valgo más que mis padres!» Se echó bajo la retama y se durmió. De pronto un ángel lo tocó y le dijo: – «¡Levántate, come!» Miró Elías, y vio a su cabecera un pan cocido sobre piedras y un jarro de agua. Comió, bebió y se volvió a echar. Pero el ángel del Señor le volvió a tocar y le dijo: – «¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas.» Elías se levantó, comió y bebió, y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2 Vivid en el amor como Cristo

Hermanos: No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios con que él os ha marcado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo. Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,41-51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del ciclo

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: – «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: – «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios.” Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

 

 

El discurso del pan de vida: el verdadero maná

 

Cuando escuchamos o leemos el discurso del pan de vida, como siempre que leemos los textos evangélicos, espontáneamente nos ponemos de parte de Jesús y enfrente de sus oponentes. Pero es bueno que tratemos de situarnos también en el punto de vista de los que alzan objeciones a las palabras de Cristo, porque esas objeciones expresan dificultades reales, no sólo de los hombres de aquel tiempo (fariseos, saduceos o pueblo sencillo), sino de los oyentes de Jesús de todos los tiempos: son también nuestras propias objeciones, las que nos dificultan acoger el mensaje de Jesús en su integridad, como verdad vital y no sólo como dogma teórico, alejado de lo que realmente nos ocupa y nos preocupa.

Jesús acaba de decir que el maná que comió el pueblo judío en el desierto no es el verdadero pan del cielo, sino que él mismo en persona es el verdadero maná. Una afirmación así no podía no chocar fuertemente con la mentalidad de los judíos piadosos que lo escuchaban. Jesús estaba diciendo que uno de los referentes esenciales de la fe de Israel, uno de los iconos intocables de su identidad como pueblo elegido, ligado esencialmente a la experiencia fundamental de la liberación de Egipto y prueba de la solicitud de Dios hacia él, no era más que un símbolo pálido y provisional de una realidad mucho más importante y decisiva, la que proporcionaba la verdadera y definitiva liberación, y que esta realidad era su persona, su propia carne. La sorpresa, el trauma, el rechazo a esas palabras son fáciles de entender. Para todo pueblo, nación o grupo social hay “cosas que no se deben tocar”, que están investidas de carácter sagrado. No se puede, por ejemplo, desvalorizar ante un francés el significado histórico de la Revolución francesa, por más sombras que pueda presentar a los ojos de un historiador. Y aquí cada cual, según su peculiar identidad cultural, nacional o ideológica, debe pensar qué tiene por intocable. Para Israel la salida de Egipto, el éxodo, el maná, Moisés… eran arquetipos indiscutibles de la identidad colectiva. Y Jesús, que no los negaba, venía sin embargo a rebajarlos para ponerse a sí mismo por encima de ellos. ¿Qué no le consentiría yo a Jesús “tocar” de mis iconos personales o grupales?

Cuando alguien se atreve a hacer algo así, nuestra reacción más espontánea es espetarle al atrevido: “Pero, éste, ¿quién se habrá creído que es?” Y esa es justamente la reacción de aquella gente: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” Este reproche revela que estas gentes conocían a Jesús “según la carne”, es decir, eran paisanos suyos, vecinos, algunos, probablemente, familiares. Que uno que es como nosotros, al que conocemos bien, se ponga por encima no sólo de los demás, sino de “lo más sagrado”, no es fácil de aceptar. Y es el hecho mismo de conocerlo bien por cercanía geográfica, cultural o familiar lo que nos autoriza a ponerlo en cuestión.

La respuesta de Jesús revela una verdad más profunda. Según la carne, esto es, de manera meramente humana, no podemos llegar a conocer quién es él realmente. Podremos admirar su persona, reconocer sus méritos, su doctrina, su capacidad para obrar signos milagrosos, su calidad de rabino o profeta. Podremos incluso enorgullecernos de que uno al que conocemos bien sea capaz de tales cosas (como sucede con los méritos, por ejemplo, deportivos de nuestros paisanos o connacionales, que los consideramos nuestros: “hemos ganado una medalla”, decimos). Pero esto es todo lo que da de sí el conocimiento natural. Para reconocer la verdad que hay en Jesús, su procedencia divina, hay que ponerse en otra actitud, abrirse a dimensiones nuevas: hay que dejarse llevar por el Padre, ponerse en actitud de escucha, de aceptación y de acogida, en actitud de fe. Hay en esto algo de paradójico: por la carne no podemos reconocerlo como Mesías, enviado por el Padre; sólo por la fe podemos reconocer en él la presencia de Dios en la carne. Y sólo aceptando esta presencia de Dios (al que nadie ha visto nunca) en la visibilidad de la carne podemos superar la debilidad de nuestra carne (nuestra debilidad física y moral): Jesús la alimenta con su divinidad y abre para nosotros la perspectiva de la resurrección de la carne.

Sólo desde la fe podemos entender esta pretensión, aparentemente desmedida de Jesús, de ponerse por encima de los grandes referentes salvíficos de Israel (y cualesquiera otros). Como en el caso de Elías en la primera lectura, el maná es un pan material que ayuda a atravesar el desierto; pero Cristo es un pan que nos da fuerzas para el camino de la vida, a veces parecido a un desierto, y también para atravesar victoriosos el trance de la muerte, de manera que ésta, que parece vencer, deje de tener poder sobre nosotros.

No hay ningún icono nacional o cultural, ningún acontecimiento histórico (de esos que conforman una identidad colectiva), ninguna ideología, capaz de superar el límite infranqueable de la muerte. Todas esas cosas tienen su valor y pueden alimentarnos y ayudarnos a encontrar sentidos más o menos parciales, a atravesar algunos desiertos, pero no hay nada en el mundo que pueda salvarnos radicalmente, que nos alimente para la vida eterna; sólo Jesús, el “pan bajado del cielo”.

Cuando comprendemos en fe esta verdad, caemos en la cuenta de lo peligroso que puede ser reducir el cristianismo a una identidad cultural, por ejemplo “occidental”, para contraponerla a otras, y defender así “nuestros valores”. Aunque haya ahí una cierta verdad, no deja de ser una verdad según la carne, que es como los paisanos de Jesús lo conocían realmente, se trata de una reducción que puede impedir dar el paso de la fe, al hacer de las verdades cristianas meros “iconos” particulares de ciertos pueblos y culturas, y no la apertura incondicional al Dios Padre de todos, que se nos ha manifestado en la carne de Jesucristo, en esa carne que nos une a todos en la común condición humana.

Creer en la encarnación del Hijo de Dios, y en su presencia eucarística, en la que nos da su carne y la prenda de la resurrección, significa saber que a Dios no le es indiferente nuestra vida, que quiere participar en ella y que la nuestra participe en la suya, de manera que no sólo “sobrevivamos” a la muerte, sino que alcancemos la vida en plenitud. Y, por eso mismo, a Dios no le es indiferente cómo vivimos. Con nuestro modo de vida podemos alegrar o entristecer a Dios. Si en nuestra existencia hay motivos para la ira y los enfados (y, mirando a nuestro alrededor, nos puede parecer que hay muchos motivos para ello), Pablo nos recuerda que hay muchos más motivos para la bondad, la comprensión y el perdón. Para ello basta que miremos a Cristo, que lo escuchemos, que nos dejemos alimentar por él, o, por decirlo con las palabras de Pablo, que lo imitemos y tratemos de amar a los demás con el mismo amor con que él nos amó, hasta entregarse a sí mismo como oblación y víctima de suave olor. Es esta oblación realizada en la cruz la que se nos da en el pan de la Eucarística, que nos enseña a vivir una vida eucarística, entregada por amor.

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 4, 2018

Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15 Yo haré llover pan del cielo

En aquellos días, la comunidad de los israelitas protestó contra Moisés y Aarón en el desierto, diciendo: -«¡Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad.» El Señor dijo a Moisés: – «Yo haré llover pan del cielo: que el pueblo salga a recoger la ración de cada día; lo pondré a prueba a ver si guarda mi ley o no. He oído las murmuraciones de los israelitas. Diles: “Hacia el crepúsculo comeréis carne, por la mañana os saciaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor, vuestro Dios.”» Por la tarde, una banda de codornices cubrió todo el campamento; por la mañana, había una capa de rocío alrededor del campamento. Cuando se evaporó la capa de rocío, apareció en la superficie del desierto un polvo fino, parecido a la escarcha. Al verlo, los israelitas se dijeron: – «¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: – «Es el pan que el Señor os da de comer.»

Sal 77, 3 y 4bc. 23-24. 25 y 54 R. El Señor les dio un trigo celeste.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,17. 20-24 Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios

Hermanos: Esto es lo que digo y aseguro en el Señor: que no andéis ya como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. Vosotros, en cambio, no es así como habéis aprendido a Cristo, si es que es él a quien habéis oído y en él fuisteis adoctrinados, tal como es la verdad en Cristo Jesús; es decir, a abandonar el anterior modo de vivir, el hombre viejo corrompido por deseos seductores, a renovaros en la mente y en el espíritu y a vestiros de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios: justicia y santidad verdaderas.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35 El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed

En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaum en busca de Jesús., Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: – «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?» Jesús les contestó: – «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.» Ellos le preguntaron: – «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?» Respondió Jesús: – «La obra que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado.» Le replicaron: – «¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo.”» Jesús les replicó: – «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.» Entonces le dijeron: – «Señor, danos siempre de este pan.» Jesús les contestó: – «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed.»

 

El discurso del pan de vida: ¿por qué buscamos a Jesús?

 

Jesús se marchó al monte solo cuando vinieron a hacerlo rey. Pero la multitud no ceja en su empeño y sigue buscándolo. Jesús, decíamos la semana pasada, desaparece a veces de nuestra vista precisamente porque queremos apoderarnos de él, ponerlo al servicio de nuestros intereses, manipularlo. Además, esas desapariciones nos fuerzan a seguir buscándolo, y esto nos da ocasión de poner al descubierto nuestras verdaderas motivaciones y de irlas rectificando y purificando. Cuando la gente encuentra a Jesús no puede explicarse cómo ha llegado hasta allí (en los versículos 16-23, se narra cómo Jesús atraviesa el lago en medio de la tormenta caminando sobre las aguas). Las presencias de Jesús siempre tienen algo de misterioso, de imprevisto, de gratuito. No es bueno acostumbrarse a ellas, darlas por descontado, como una especie de derecho que tenemos y al que podemos recurrir en cualquier momento. Es preciso estar siempre abiertos a la sorpresa de una presencia que nunca deja de ser un regalo inmerecido.

Como suele suceder en el evangelio de Juan, a las preguntas más o menos normales de los discípulos y de la gente, Jesús responde cambiando de tercio para situarnos en un nivel de mayor profundidad. Eleva nuestra mirada desde los asuntos que nos ocupan habitualmente (como el pan de cada día o el bienestar material) a las dimensiones fundamentales de la vida. En este caso, además, Jesús lo hace desvelando las verdaderas motivaciones de esta masa de gente que, no lo olvidemos, lo buscaban para hacerlo rey, es decir, por el pan con el que habían saciado su hambre corporal, y no por el signo que aquella comida representaba. Jesús no rechaza esa motivación, insuficiente pero comprensible, sino que tomando pie en ella invita a estos incipientes discípulos a ir más allá: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre”. No puede descalificar ese deseo de pan para el hambre del cuerpo, pues él mismo se ha preocupado de dar de comer a la multitud. Pero ahora les invita a que le pidan otro pan, que él mismo les quiere dar, y que sacia otras hambres más radicales y profundas: el hambre de sentido, de salvación.

Es admirable cómo Jesús sabe hilar esos dos tipos de hambre y esas dos clases de pan. Él no es un demagogo ni un manipulador que usa la capacidad de saciar el hambre corporal para ganarse adeptos. Es común que el que tiene algún poder lo use para comprar la aceptación y el aplauso social (y, de paso, una buena provisión de pan). Pero no Jesús, que si les ha dado de comer es porque ha sentido lástima de ellos y ha respondido a una necesidad real, dándonos así ejemplo e implicándonos en la solución de esos problemas más inmediatos. La manipulación puede también ir en sentido contrario, como ya hemos visto: recurrir a Dios sólo cuando se tiene hambre o cualquier otra necesidad material, exigiéndole soluciones que nosotros mismos deberíamos buscar, e incluso acusándole cuando las cosas van mal, como hace el pueblo de Israel en el desierto (olvidando bien pronto el don de la liberación que acababan de recibir).

Jesús tampoco es un maximalista, un purista que exige que los que se acercan a él tengan desde el principio motivaciones absolutamente puras, por ejemplo netamente religiosas y espirituales. Él es un buen pastor, que se ocupa de las necesidades reales de los suyos y, por eso, les da de comer. Pero es también un maestro, que, una vez atendidas esas necesidades básicas, sabe orientar la mirada hacia otras más decisivas, hacia otro tipo de pan que alimenta nuestro espíritu con bienes definitivos e imperecederos. Así pues, Jesús ni usa las necesidades materiales de los demás en beneficio propio, ni las niega en favor de las más elevadas y definitivas, porque entre ellas no hay contradicción (todas tienen su importancia), aunque sí una relación de jerarquía. Por eso, como buen pastor y maestro parte de las primeras para guiar pedagógicamente al deseo de las segundas: la satisfacción de las más perentorias sirve de signo que invita a buscar las más altas. Se trata de un proceso de purificación de las motivaciones que nos mueven a buscar a Jesús y a recurrir a Dios. Si a veces, como dice el refrán, “nos acordamos de santa Bárbara cuando truena” y recurrimos a Dios sólo cuando aprieta la necesidad, Jesús aprovecha esta situación menesterosa para recordarnos que existe otra clase de bienes, el alimento perdurable, el pan de vida, que sólo Dios puede darnos, y que nos lo ofrece en Jesucristo.

Una vida entregada a la satisfacción exclusiva de las necesidades materiales acaba estando vacía. Esa es la vida gentil que Pablo nos invita a dejar atrás para aprender de Cristo, renovarnos en la mente y en el espíritu, vestirnos de la nueva condición humana que él mismo encarna, esforzarnos por lo que da sentido a nuestra vida y la salva, la justicia y la santidad verdaderas. Pero la justicia y la santidad verdaderas no se olvidan del pan del cuerpo, sino que, por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, se expresa remediando el hambre de los necesitados.

En la vida de la Iglesia es necesario buscar constantemente el equilibrio representado por las dos clases de pan, y evitar los extremos que lo vician. No podemos usar la oferta de bienes materiales (sea la ayuda caritativa y humanitaria, sean actividades lúdicas para jóvenes o excursiones turísticas disfrazadas de peregrinaciones) simplemente para atraer a la gente y llenar, al menos, los locales parroquiales. Todas esas actividades hay que realizarlas como respuesta a necesidades reales de nuestros hermanos, pero también tienen que servir de signo para introducir pedagógicamente al deseo del alimento que perdura para la vida eterna, del don de la fe en Jesucristo. Pero, por el otro extremo, tampoco debemos exigir desde el principio motivaciones absolutamente puras a los que se acercan a la Iglesia, pues no pueden tener ya una fe madura los que todavía están buscando, tal vez sólo para saciarse de pan. Que muchos aparezcan en las parroquias o en los grupos cristianos porque buscan otras cosas distintas que el pan de vida que es Cristo (por ejemplo, amigos, ayuda material o psicológica, una plaza en el colegio o quién sabe qué otras cosas), no es motivo para echarlos fuera, sino ocasión para acogerlos, tomarnos en serio el hambre que los ha traído a la Iglesia, a Jesucristo, e iniciar con ellos un proceso pedagógico y paciente de purificación de motivaciones que los invite a realizar la obra buena que es creer que Jesucristo es el enviado de Dios, el pan de vida que sacia para siempre nuestras hambres más profundas.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (B)

julio 27, 2018

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44 Comerán y sobrará

En aquellos días, uno de Baal-Salisá vino a traer al profeta Eliseo el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo: – «Dáselos a la gente, que coman.» El criado replicó: – «¿Qué hago yo con esto para cien personas?» Eliseo insistió: – «Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.» Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor.

Sal 144, 10-11. 15-16. 17-18 R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-6 Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo

Hermanos: Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,1-15 Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: – «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: – «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.» Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: – «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús dijo: – «Decid a la gente que se siente en el suelo.» Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: – «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: – «Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

 

El discurso del pan de vida: la multiplicación de los panes

La liturgia dominical interrumpe la lectura continua del Evangelio de Marcos (ciclo B) y durante cinco semanas nos propone considerar el capítulo sexto del Evangelio de Juan, el discurso del pan de vida. Contra lo que podría parecer, el cambio no resulta demasiado brusco, porque el domingo pasado contemplamos a Jesús como un buen pastor que siente lástima de la multitud que andaba como ovejas sin pastor. Terminaba entonces el Evangelio diciendo que Jesús “se puso a enseñarles con calma”. Hoy, en el Evangelio de Juan, vemos que, en una situación similar, Jesús no sólo enseña, sino que se preocupa de alimentar a esa multitud, que le había seguido “porque había visto los signos que hacía con los enfermos”. La capacidad de compasión de Cristo no se concentra sólo en los problemas del espíritu, sino que mira también las necesidades del cuerpo: la enfermedad y el hambre. No puede ser de otro modo en quien es la Palabra hecha carne, por el que la carne, la corporalidad humana, se convierte en sacramento de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Una multitud en un lugar apartado crea realmente un problema logístico. ¿Cómo alimentar a tanta gente? Jesús implica a sus discípulos más cercanos en el problema, e interroga a Felipe. La respuesta del apóstol es razonable, y no exenta de generosidad: ni siquiera gastando todo lo que tenían a disposición en la bolsa común, unos doscientos denarios, podrían alimentar a tantos. El problema excedía las fuerzas humanas de los apóstoles, por más buena voluntad que quisieran ponerle.

La solución va a venir por medio de la escasa provisión de “un muchacho”, que, por lo que se deduce del texto, está dispuesto a compartir lo poco que tiene. Nos viene a la memoria que precisamente de los que son como niños es el Reino de los Cielos (cf. Mc 10, 14); pero podemos también recordar al “muchacho” de los poemas del siervo de Yahvé (cf. Is 42, 1; 52,13), que representa a Jesús mismo, que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor, 8, 9). Jesús nos enseña que poniendo a su disposición la propia pobreza con generosidad y confianza los bienes se multiplican y alcanzan para muchos. El milagro consiste en compartir para repartir. En situaciones de grave crisis de bienes materiales, descubrimos en su dimensión moral y religiosa la clave de una posible solución.

La multiplicación de los panes trasciende, como es fácil de entender, la dimensión meramente material o logística. No se trata sólo de un milagro que sacia el hambre de la multitud, sino, sobre todo, de un “signo” que significa la presencia actual del Reino de Dios, que nos enriquece con otros bienes que los puramente materiales (como la salud del cuerpo y el pan que sacia su hambre). La cercanía de la pascua, indicada al principio del texto evangélico, y el gesto de acción de gracias, antes de repartir el pan, aluden al sacrificio de Cristo en la cruz y al pan eucarístico, memorial de su Pasión; no se trata sólo de la solución del problema puntual (que también requiere respuesta), sino además de la salvación radical y definitiva que Jesús ha venido a traernos: la comunión con Dios Padre y entre nosotros, la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz de que habla Pablo en la segunda lectura. No es posible formar un solo cuerpo en un solo Espíritu si no somos capaces de compartir la fe en el único Señor, pero también nuestro pan.

Las obras de misericordia y las acciones de solidaridad realizadas por la Iglesia y los cristianos, como remediar el hambre de los pobres o el dolor de los enfermos, se han de hacer precisamente porque hay personas que sufren hambre y enfermedad y que, como en el caso de Jesús, deben despertar nuestra compasión y movernos a la acción. Pero esas acciones tienen que ser además “signos” que hablan de la presencia en el mundo del Reino de Dios, de Jesucristo que nos lo ha traído, de un corazón nuevo en aquellos que han aceptado la Palabra y a la persona de Jesús, de nuevas relaciones entre los seres humanos.

De hecho, en el Evangelio de hoy, las gentes que comen hasta saciarse algo perciben de esa presencia que va más allá de la materialidad del pan multiplicado. Conocían sin duda el episodio del profeta que dio de comer a cien con veinte panes, y vieron que lo realizado por Jesús, que excedía con mucho el milagro de Eliseo (cinco mil alimentados con cinco panes, y todavía sobraron doce canastas), era signo del “Profeta que tenía que venir al mundo”. Pero, al parecer, en ellos pudo más el interés inmediato; de ahí que, más que escuchar al profeta, quisieran hacerlo a la fuerza rey, esto es, investirlo de poder político y militar, pues un líder dotado de tales poderes había de ser invencible. El mesianismo político-militar tenía para ellos más atractivo que la palabra profética desprovista de poder. En la voluntad de hacer de Cristo un rey al uso de los reyes de este mundo se esconde la otra voluntad, que al parecer acompaña permanentemente a los hombres en sus relaciones con Dios: la de manipularlo y ponerlo al servicio de los propios intereses particulares (que, por cierto, son opuestos a otros grupos rivales, a los que “nuestro” Dios habría de combatir y derrotar).

Se entiende que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo”. Aunque las ausencias de Dios y de Jesucristo en la vida del creyente pueden tener diversos significados que es preciso discernir adecuadamente, hoy se nos avisa que una de sus posibles causas es precisamente la voluntad de hacer de Jesús y de Dios el talismán que resuelve de manera mágica nuestros problemas, y no la Palabra que hemos de escuchar; y que si realiza “signos” que escapan a nuestras capacidades (por ejemplo, a nuestro presupuesto), no por eso deja de contar con nosotros, de preguntarnos, de implicarnos en los problemas reales que se apresta a resolver, para que participemos activamente con nuestra generosidad (lo poco que podamos aportar) y nuestra confianza. Sólo así nuestra vida cristiana personal y comunitaria puede irse convirtiendo ella misma en un signo profético que multiplica el bien y habla con elocuencia de la presencia entre nosotros de Cristo, Profeta y Rey de un Reino que no es de este mundo.

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 22, 2015

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32 Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

¿A quién vamos a acudir?

Llegamos al final del discurso del pan de vida. Durante el mismo Jesús, primero, ha alimentado nuestro cuerpo, enseñándonos que para poder repartir y que alcance para todos hay que estar dispuesto a compartir aun lo poco que tenemos. Y desde ahí nos ha invitado a elevar nuestra mirada al deseo de los bienes imperecederos, al deseo de otro pan, que él mismo nos da y que es su cuerpo entregado en sacrificio. Nos ha enseñado así que esos bienes imperecederos no se obtienen por la vía de la conquista, el esfuerzo o la violencia, porque no están al alcance de nuestras fuerzas, sino que son un don que alcanzamos por la vía paradójica de la entrega que Jesús mismo hace de su propia vida. De este modo nos ha introducido en una sabiduría, la sabiduría de la cruz, que trasciende la ciencia de este mundo. Y, llegados a este punto, Jesús nos cede la palabra, para que tomemos nosotros mismos una decisión. Del mismo modo que Yahvé no impone la salvación, sino que la propone mediante un pacto, así tampoco Jesús se impone por la fuerza (de ahí su renuncia a dejarse proclamar rey), sino que nos hace una propuesta, respetando en todo momento nuestra libertad.

A donde 2En la primera lectura vemos este carácter propositivo y no impositivo de la acción salvífica de Dios, que no por eso deja de ser gratuita. Tras liberar al pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida, Dios propone al pueblo una alianza. A diferencia de las leyes necesarias de la naturaleza, la historia es el espacio de la libre acción humana. Y, por eso, el Dios de Israel se manifiesta ante todo en los acontecimientos históricos, en el ámbito en el que el hombre despliega su libertad, y propone una forma de relación que supone esa libertad por las dos partes. Dios es libre para salvar; pero el hombre, en este caso el pueblo, es libre para aceptar o rechazar la acción salvífica de Dios, aceptando o rechazando el pacto que le propone.

Jesús es el mediador de la nueva y definitiva alianza por medio de su propia sangre (cf. Hb 12, 24) y ahora, igual que en la primera, tenemos que tomar una decisión de aceptación o rechazo. El escándalo de la cruz, al que alude Jesús al hablar de su carne ofrecida y su carne derramada como pan y vino, y en el que los discípulos han de participar también de un modo u otro (y eso es lo que significa comer su carne y beber su sangre), es en última instancia el criterio de discernimiento entre los verdaderos creyentes y los que no lo son.

Aquí Jesús usa el término “carne” en un sentido distinto del que hemos visto en los domingos anteriores. Allí su carne (su humanidad) entregada en sacrificio es el pan, el verdadero maná, que hemos de comer para alcanzar la vida eterna. Pero esto sólo se puede comprender si nos dejamos guiar por el Espíritu que anima esa carne, esa humanidad entregada, y que nos conduce a la fe. Ahora, la carne “que no vale para nada” es el modo exclusivamente humano de mirar a Jesús, de comprender sus palabras e interpretar sus signos: el deseo de saciarse sólo de pan, la voluntad de hacerle rey para manipularlo sometiéndolo a nuestros intereses (económicos, políticos y cualesquiera otros) y, en definitiva, el rechazo del camino mesiánico de Jesús que conduce a la cruz.

Así pues, Jesús, el mediador de la nueva alianza, nos está llamando a realizar una elección de fe, que implica la aceptación de la cruz como paradójico camino de la victoria: “subir a donde estaba antes”. Podemos entender por qué “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y Jesús, al parecer, no hace nada para retenerlos, sino que al tiempo que respeta la libertad de cada uno, pone al descubierto las motivaciones profundas: “algunos de vosotros no creen”. En este momento de profunda crisis en su ministerio, se dirige también a los más cercanos, a los que ese abandono masivo no podía no afectar. Ellos también habían conocido a Cristo según la carne, se habían forjado ilusiones poco fundadas, habían soñado con un mesianismo triunfante. Ahora empiezan a ver claro que las cosas no van por ahí. Y tienen que tomar partido. La respuesta de Pedro, que trasluce la dificultad de esa decisión (“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”), refleja también que ellos están empezando a ver a Jesús a la luz del Espíritu, y que su elección es realmente una elección de fe: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En esta respuesta, que es una confesión de fe, descubrimos que, contra lo que muchos piensan, esta no es una elección ciega. Pedro dice: “creemos y sabemos”. No es ciertamente un saber teórico, sino que brota de la experiencia: es un saber que es un saborear, un experimentar de primera mano. Y esta experiencia es posible precisamente porque parte de una manifestación de Dios en la carne, que nos da la posibilidad de realizar una experiencia de Jesús, de escuchar sus palabras, que son espíritu y vida, de ver y comprender los signos que hace, de ser curados por Él. Pero es también una elección generosa, que exige renunciar al deseo de manipular a Dios, de hacer de Él nuestro rey, es decir, el talismán mágico que solucione nuestras necesidades materiales más inmediatas, el “Dios tapagujeros” al que recurrimos sólo cuando aprieta la necesidad. Esta elección de fe, lúcida y generosa nos hace participar de la nueva humanidad de Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Y este es el significado esencial de la Eucaristía: comer el pan que es su carne, vivir como vivió Él, dando la vida, si llega el caso hasta el extremo, para, pese a perder a los ojos de este mundo (de esa carne que no sirve para nada), participar de la resurrección, la vida eterna, que en la humanidad de Jesús, en la carne de Cristo, se ha hecho ya presente en este mundo.

De este modo nos introducimos en la familiaridad con Dios: igual que el Hijo vive por el Padre, el que come su carne vive por él (cf. Jn 6, 57). Esta nueva e íntima forma de relación con Dios no puede no reflejarse en las relaciones entre los hombres, y también en las relaciones familiares. Es lo que nos recuerda hoy Pablo en la carta a los Efesios. Demasiado afectados por las modas del momento, una lectura feminista del texto nos puede llevar con facilidad a rechazar algunas expresiones de ese texto, atribuyéndolo a prejuicios de la época. Pero tenemos que hacer un esfuerzo por leer estas exhortaciones en una clave específicamente bíblica y evangélica. Entonces podemos comprender que la llamada a la sumisión de las mujeres a los maridos no ha de entenderse como una servidumbre que rebaja la dignidad de la mujer, sino como expresión de esa sumisión de unos a otros con respeto cristiano que es consecuencia del amor. Igual que la alianza entre Dios y su pueblo, y la que establece Cristo con el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, supone necesariamente la libertad de las partes, así aquí, no se habla de una sumisión servil, sino libre, como la de María que se hace libremente la sierva del Señor, como la de Jesús, que se somete a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42; Hb 10, 7). Es decir, las relaciones familiares no se conciben aquí “según la carne”, no están basadas sólo en el deseo y la necesidad, sino que, como alianza de libertades, se basan en un amor que se entrega, respeta al otro en su alteridad, exige la disposición a dar la vida, como Cristo ha dado la suya.

Como en el caso de Pedro en su respuesta a Jesús, no es posible entender esta forma de amor matrimonial si lo reducimos a parámetros sociológicos, más o menos condicionados históricamente. Aunque estos nos puedan ayudar a depurar formas de relación también históricas que no son conformes con el verdadero ideal evangélico, al fin y a la postre, se trata también aquí de hacer una elección de fe, de dejarse guiar por el Espíritu para hacer una experiencia de un amor matrimonial eucarístico y transfigurado por la Palabra encarnada que es espíritu y vida. También en este ámbito es necesario creer y es posible saber.

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 15, 2015

Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6 Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20 Daos cuenta de lo que el Señor quiere

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

El pan y la carne

imgres-1La Palabra de Dios viene enmarcada este domingo por el tema de la sabiduría. A primera vista no parece tener una relación directa con el evangelio, en el que seguimos leyendo el discurso del pan de vida. El único vínculo visible es que la sabiduría divina se propone a sí misma por medio de un banquete. Para adquirir sabiduría hay que aceptar la invitación que ella misma cursa a todos los que la desean a participar de la mesa que ha preparado, a comer de su pan y beber de su vino. Una buena aclaración del sentido cristiano de esta sabiduría nos la ofrece Pablo en el texto de la carta a los Efesios. La sabiduría cristiana consiste en la sensatez y la sobriedad de vida, especialmente ante situaciones negativas. Ante los “malos tiempos”, como los que vivimos ahora, existe siempre la tentación no sólo de maldecir y poner mala cara, sino también de huir, embotando nuestra conciencia, alienándonos del dolor que esa situación nos produce (y que puede ser global, social o estrictamente personal), por medio de la borrachera de vino, o de otras cosas: las drogas, los programas de televisión o el internet… Pablo nos propone otra forma de embriaguez: no la de las bebidas espiritosas (y sus otros sucedáneos), sino la del Espíritu Santo, que, en vez de aturdir nuestra conciencia, la despierta y nos abre los ojos y el corazón para ver los bienes que, pese a todo, recibimos continuamente de Dios; así aprendemos a usarlos adecuadamente, de manera que no vivimos compulsivamente para ellos, sino que, sirviéndonos de ellos con sensatez y sobriedad, los convertimos en ocasión para alabar y dar gracias a Dios. Pablo nos exhorta a dar gracias “por todo”, luego también por esos bienes necesarios para vivir, en los que la sabiduría nos descubre los signos y la prenda de otros bienes más elevados y definitivos, a los que aspiramos mientras usamos con libertad y generosidad los de este mundo. Como vemos, y contra lo que con frecuencia se afirma, la experiencia religiosa guiada por el Espíritu de Jesús, no sólo no nos aliena de este mundo, sino que nos da la sabiduría para valorar y usar sus bienes con justicia.

La síntesis y la vinculación armónica de estos dos tipos de bienes la vemos realizada precisamente en el discurso del pan de vida de Jesús: el pan que alimenta nuestro cuerpo y el vino que alegra nuestro espíritu se hacen en Cristo sacramentos de su cuerpo y de su sangre, prenda de salvación, alimento de vida eterna. Ya decíamos hace dos semanas que no hay contradicción entre el pan material y el pan que da la vida eterna.

En el diálogo sobre el pan de vida, Jesús hace una equiparación que no puede no causar extrañeza y escándalo. No sólo habla provocadoramente de sí mismo como el pan bajado del cielo, como el verdadero maná, sino que afirma con toda crudeza que ese pan es su carne, y que para alcanzar la vida eterna tenemos que comer su carne y beber su sangre.

No debemos pensar que el escándalo se produce por una pretendida imagesantropofagia. Se trata, en realidad, del escándalo de la cruz. La carne de los animales ofrecidos en sacrificio era destruida y, en parte, también era comida en un banquete ritual. Si Jesús habla de que su carne y su sangre han de ser comida y bebida, es porque está hablando de que su propio cuerpo tiene que ser ofrecido en sacrificio; y si él es el verdadero maná, quiere decir que su cuerpo es el objeto del verdadero y definitivo sacrificio agradable a Dios.

En el episodio de las tentaciones en el desierto, Jesús responde al diablo citando un texto del Deuteronomio (cf. Dt 8, 3) que habla precisamente del maná: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; Lc 4, 4). Pues bien, esa Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14), se ha entregado en sacrificio hasta la muerte. Y el pan y el vino de la Eucaristía son el memorial de esa pasión; no un mero recuerdo, sino actualización y presencia real de la muerte de Cristo en la cruz. El que come ese pan y bebe ese vino entra en comunión profunda con el Cristo que ha ofrecido su cuerpo y derramado su sangre en el altar de la cruz, de modo que Cristo habita en él y él en Cristo, y así como participa de su muerte, participa también de su resurrección.

Pero igual que en los discípulos de aquel tiempo, la perspectiva de la cruz suscita en nosotros rechazo y escándalo. Nos echamos atrás ante una carne comida, es decir, destrozada, destruida. No debemos olvidar que en la antropología unitaria de la Biblia la carne expresa no “una parte”, sino el ser entero del hombre desde el lado de su corporalidad, esto es, de su presencia física, que en él es una presencia ofrecida y entregada; no sólo un ser-ahí (sum), sino un ser-para (adsum).

Jesús, llegados a este punto del discurso del pan de vida, nos está introduciendo en la sabiduría de la cruz. Entendemos ahora el marco ofrecido por la primera lectura y también por la segunda. Se trata de una sabiduría superior, que no es de este mundo (cf. 1 Cor 2, 6-8), que a los ojos de este mundo, tanto de las mentes piadosas, como la de judíos, como de los espíritus críticos, el de los griegos, es locura y necedad (cf. 1 Cor 1, 23).

Pero es precisamente esta sabiduría la que nos instruye en el uso armónico de los bienes de la tierra como prenda de los bienes futuros y nos enseña que, en caso de que surja entre ellos oposición o conflicto (lo que no está excluido), hay que saber renunciar con libertad de espíritu a los primeros, para poder adquirir los segundos. Una renuncia que puede llevar, como en el caso de Cristo, incluso a la de la propia vida. Esta es la esencia de la sabiduría cristiana: vivir con sensatez en este mundo, disfrutando con gratitud de los bienes que Dios nos ha concedido, pero aspirando a los bienes de arriba (cf. Col 3, 1-4), y siendo libres, capaces de renunciar como Cristo a aquellos cuando lo exigen la fe y el amor, la coherencia de vida y el bien de los hermanos.

Domingo 19 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 8, 2015

Lectura del primer libro de los Reyes 19,4-8 Con la fuerza de aquel alimento, caminó hasta el monte de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 30-5, 2 Vivid en el amor como Cristo

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,41-51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del ciclo

El discurso del pan de vida: el verdadero maná

La Sinagoga de Cafarnaún

La Sinagoga de Cafarnaún

Jesús acaba de decir que el maná que comió el pueblo judío en el desierto no es el verdadero pan del cielo, sino que él mismo en persona es el verdadero maná. Una afirmación así no podía no chocar fuertemente con la mentalidad de los judíos piadosos que lo escuchaban. Jesús estaba diciendo que uno de los referentes esenciales de la fe de Israel, uno de los iconos intocables de su identidad como pueblo elegido, ligado esencialmente a la experiencia fundamental de la liberación de Egipto y prueba de la solicitud de Dios hacia él, no era más que un símbolo pálido y provisional de una realidad mucho más importante y decisiva, la que proporcionaba la verdadera y definitiva liberación, y que esta realidad era su persona, su propia carne. La sorpresa, el trauma, el rechazo a esas palabras son fáciles de entender. Para todo pueblo, nación o grupo social hay “cosas que no se deben tocar”, que están investidas de carácter sagrado. No se puede, por ejemplo, desvalorizar ante un francés el significado histórico de la Revolución francesa, por más sombras que pueda presentar a los ojos de un historiador. Y aquí cada cual, según su peculiar identidad cultural, nacional o ideológica, debe pensar qué tiene por intocable. Para Israel la salida de Egipto, el éxodo, el maná, Moisés… eran arquetipos indiscutibles de la

Tamarix gallica, cuya resina pudo ser el maná del desierto

Tamarix gallica, cuya resina pudo ser el maná del desierto


identidad colectiva. Y Jesús, que no los negaba, venía sin embargo a rebajarlos para ponerse a sí mismo por encima de ellos. ¿Qué no le consentiría yo a Jesús “tocar” de mis iconos personales o grupales?

Cuando alguien se atreve a hacer algo así, nuestra reacción más espontánea es espetarle al atrevido: “Pero, éste, ¿quién se habrá creído que es?” Y esa es justamente la reacción de aquella gente: “¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?” Este reproche revela que estas gentes conocían a Jesús “según la carne”, es decir, eran paisanos suyos, vecinos, algunos, probablemente, familiares. Que uno que es como nosotros, al que conocemos bien, se ponga por encima no sólo de los demás, sino de “lo más sagrado”, no es fácil de aceptar. Y es el hecho mismo de conocerlo bien por cercanía geográfica, cultural o familiar lo que nos autoriza a ponerlo en cuestión.

La respuesta de Jesús revela una verdad más profunda. Según la carne, esto es, de manera meramente humana, no podemos llegar a conocer quién es él realmente. Podremos admirar su persona, reconocer sus méritos, su doctrina, su capacidad para obrar signos milagrosos, su calidad de rabino o profeta. Podremos incluso enorgullecernos de que uno al que conocemos bien sea capaz de tales cosas (como sucede con los méritos, por ejemplo, deportivos de nuestros paisanos o connacionales, que los consideramos nuestros: “hemos ganado una medalla”, decimos). Pero esto es todo lo que da de sí el conocimiento natural. Para reconocer la verdad que hay en Jesús, su procedencia divina, hay que ponerse en otra actitud, abrirse a dimensiones nuevas: hay que dejarse llevar por el Padre, ponerse en actitud de escucha, de aceptación y de acogida, en actitud de fe. Hay en esto algo de paradójico: por la carne no podemos reconocerlo como Mesías, enviado por el Padre; sólo por la fe podemos reconocer en él la presencia de Dios en la carne. Y sólo aceptando esta presencia de Dios (al que nadie ha visto nunca) en la visibilidad de la carne podemos superar la debilidad de nuestra carne (nuestra debilidad física y moral): Jesús la alimenta con su divinidad y abre para nosotros la perspectiva de la resurrección de la carne.

imgresSólo desde la fe podemos entender esta pretensión, aparentemente desmedida de Jesús, de ponerse por encima de los grandes referentes salvíficos de Israel (y cualesquiera otros). Como en el caso de Elías en la primera lectura, el maná es un pan material que ayuda a atravesar el desierto; pero Cristo es un pan que nos da fuerzas para el camino de la vida, a veces parecido a un desierto, y también para atravesar victoriosos el trance de la muerte, de manera que ésta, que parece vencer, deje de tener poder sobre nosotros.

No hay ningún icono nacional o cultural, ningún acontecimiento histórico (de esos que conforman una identidad colectiva), ninguna ideología, capaz de superar el límite infranqueable de la muerte. Todas esas cosas tienen su valor y pueden alimentarnos y ayudarnos a encontrar sentidos más o menos parciales, a atravesar algunos desiertos, pero no hay nada en el mundo que pueda salvarnos radicalmente, que nos alimente para la vida eterna; sólo Jesús, el “pan bajado del cielo”.

Cuando comprendemos en fe esta verdad, caemos en la cuenta de lo peligroso que puede ser reducir el cristianismo a una identidad cultural, por ejemplo “occidental”, para contraponerla a otras, y defender así “nuestros valores”. Aunque haya ahí una cierta verdad, no deja de ser una verdad según la carne, que es como los paisanos de Jesús lo conocían realmente, se trata de una reducción que puede impedir dar el paso de la fe, al hacer de las verdades cristianas meros “iconos” particulares de ciertos pueblos y culturas, y no la apertura incondicional al Dios Padre de todos, que se nos ha manifestado en la carne de Jesucristo, en esa carne que nos une a todos en la común condición humana.

Creer en la encarnación del Hijo de Dios, y en su presencia eucarística, en la que nos da su carne y la prenda de la resurrección, significa saber que a Dios no le es indiferente nuestra vida, que quiere participar en ella y que la nuestra participe en la suya, de manera que no sólo “sobrevivamos” a la muerte, sino que alcancemos la vida en plenitud. Y, por eso mismo, a Dios no le es indiferente cómo vivimos. Con nuestro modo de vida podemos alegrar o entristecer a Dios. Si en nuestra existencia hay motivos para la ira y los enfados (y, mirando a nuestro alrededor, nos puede parecer que hay muchos motivos para ello), Pablo nos recuerda que hay muchos más motivos para la bondad, la comprensión y el perdón. Para ello basta que miremos a Cristo, que lo escuchemos, que nos dejemos alimentar por él, o, por decirlo con las palabras de Pablo, que lo imitemos y tratemos de amar a los demás con el mismo amor con que él nos amó, hasta entregarse a sí mismo como oblación y víctima de suave olor. Es esta oblación realizada en la cruz la que se nos da en el pan de la Eucarística, que nos enseña a vivir una vida eucarística, entregada por amor

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 1, 2015

Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15 Yo haré llover pan del cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4,17. 20-24 Vestíos de la nueva condición humana, creada a imagen de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 24-35 El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed

El discurso del pan de vida: ¿por qué buscamos a Jesús?

rhpas1128Jesús se marchó al monte solo cuando vinieron a hacerlo rey. Pero la multitud no ceja en su empeño y sigue buscándolo. Jesús, decíamos la semana pasada, desaparece a veces de nuestra vista precisamente porque queremos apoderarnos de él, ponerlo al servicio de nuestros intereses, manipularlo. Además, esas desapariciones nos fuerzan a seguir buscándolo, y esto nos da ocasión de poner al descubierto nuestras verdaderas motivaciones y de irlas rectificando y purificando. Cuando la gente encuentra a Jesús no puede explicarse cómo ha llegado hasta allí (entre medias, en los versículos 16-23, se narra cómo Jesús atraviesa el lago en medio de la tormenta caminando sobre las aguas). Las presencias de Jesús siempre tienen algo de misterioso, de imprevisto, de gratuito. No es bueno acostumbrarse a ellas, darlas por descontado, como una especie de derecho que tenemos y al que podemos recurrir en cualquier momento. Es preciso estar siempre abiertos a la sorpresa de una presencia que nunca deja de ser un regalo inmerecido.

Como suele suceder en el evangelio de Juan, a las preguntas más o menos “normales” de los discípulos y de la gente (en el caso de hoy: “¿cuándo has venido aquí”), Jesús responde cambiando de tercio para situarnos en un nivel de mayor profundidad. Eleva nuestra mirada desde los asuntos que nos ocupan habitualmente (como el pan de cada día o el bienestar material) a las dimensiones fundamentales de la vida. En este caso, además, Jesús lo hace desvelando las verdaderas motivaciones de esta masa de gente que, no lo olvidemos, lo buscaban para hacerlo rey, es decir, por el pan con el que habían saciado su hambre corporal, y no por el carácter de “signo” que aquella comida había tenido. Pero, al mismo tiempo, Jesús no denuncia ni rechaza esa motivación, insuficiente pero comprensible, sino que tomando pie en ella invita a estos incipientes discípulos a ir más allá: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre”. No puede descalificar ese deseo de pan para el hambre del cuerpo, pues él mismo se ha preocupado de dar de comer a la multitud. Pero ahora los invita a que le pidan otro pan, que él mismo les quiere dar, y que sacia otras hambres más radicales y profundas: el hambre de sentido, de plenitud, de salvación.

Es admirable cómo Jesús sabe hilar esos dos tipos de hambre y esas dos clasesManá de pan. Él no es un demagogo ni un manipulador que usa la capacidad de saciar el hambre corporal para ganarse adeptos. Es común que el que tiene algún poder, lo use para comprar la aceptación y el aplauso social (y, de paso, hacerse él con una buena provisión de pan). Pero no Jesús, que si les ha dado de comer es porque ha sentido lástima de ellos y ha respondido a una necesidad real, dándonos así ejemplo e implicándonos en la solución de esos problemas más inmediatos. La manipulación puede también ir en sentido contrario, como ya hemos visto: recurrir a Dios sólo cuando se tiene hambre o cualquier otra necesidad material, exigiéndole soluciones que nosotros mismos deberíamos buscar, e incluso echándole la culpa cuando las cosas van mal, como hace el pueblo de Israel en el desierto (olvidando bien pronto el don de la liberación que acababan de recibir).

Jesús tampoco es un maximalista, un purista que exige que los que se acercan a él tengan desde el principio motivaciones absolutamente puras, por ejemplo, netamente religiosas y espirituales. Él es un buen pastor, que se ocupa de las necesidades reales de los suyos y, por eso, les da de comer. Pero es también un Maestro, que, una vez atendidas esas necesidades básicas, sabe orientar la mirada hacia otras más decisivas, hacia otro tipo de pan que alimenta nuestro espíritu con bienes definitivos e imperecederos. Así pues, Jesús ni usa las necesidades materiales de los demás en beneficio propio, ni las niega en favor de las más elevadas y definitivas, porque entre ellas no hay contradicción (todas tienen su importancia), aunque sí una relación de jerarquía. Por eso, como buen pastor y maestro parte de las primeras para guiar pedagógicamente al deseo de las segundas: la satisfacción de las más perentorias sirve de “signo” que invita a buscar las más altas. Se trata de un proceso de purificación de las motivaciones que nos mueven a buscar a Jesús y a recurrir a Dios. Si a veces, como dice el refrán, “nos acordamos de santa Bárbara cuando truena” y recurrimos a Dios sólo cuando aprieta la necesidad, Jesús aprovecha esta situación menesterosa para recordarnos que existe otra clase de bienes, el alimento perdurable, el pan de vida, que sólo Dios puede darnos, y que nos lo ofrece en Jesucristo.

Una vida entregada a la satisfacción exclusiva de las necesidades materiales acaba estando vacía. Esa es la vida “gentil” que Pablo nos invita a dejar atrás para aprender de Cristo, renovarnos en la mente y en el espíritu, vestirnos de la nueva condición humana que éste encarna, esforzarnos por lo que da sentido a nuestra vida y la salva, por la justicia y la santidad verdaderas. Pero la justicia y la santidad verdaderas no se olvidan del pan del cuerpo, sino que, por el contrario, siguiendo el ejemplo de Jesús, se expresa remediando el hambre de los necesitados.

images-1En la vida de la Iglesia es necesario buscar constantemente el equilibrio representado por las dos clases de pan, y evitar los extremos que lo vician. No podemos “usar” la oferta de bienes materiales (sea la ayuda caritativa y humanitaria, sean actividades lúdicas para jóvenes o excursiones turísticas disfrazadas de peregrinaciones) simplemente para atraer a la gente y llenar, al menos, los locales parroquiales. Todas esas actividades hay que realizarlas como respuesta a necesidades reales de nuestros hermanos, pero también tienen que servir de signo para introducir pedagógicamente al deseo del alimento que perdura para la vida eterna, del don de la fe en Jesucristo. Pero, por el otro extremo, tampoco debemos exigir desde el principio motivaciones absolutamente puras a los que se acercan a la Iglesia, pues no pueden tener ya una fe madura los que todavía están buscando, tal vez sólo para saciarse de pan. Que muchos aparezcan en las parroquias o en los grupos cristianos porque buscan otras cosas distintas que el pan de vida que es Cristo (por ejemplo, amigos, ayuda material o psicológica, una plaza en el colegio o quién sabe qué otras cosas), no es motivo para echarlos fuera, sino ocasión para acogerlos, tomarnos en serio el hambre que los ha traído a la Iglesia, a Jesucristo, e iniciar con ellos un proceso pedagógico y paciente de purificación de motivaciones que los invite a realizar la obra buena que es creer que Jesucristo es el enviado de Dios, el pan de vida que sacia para siempre las hambres fundamentales del ser humano.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (B)

julio 25, 2015

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44 Comerán y sobrará

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 4, 1-6 Un solo cuerpo, un Señor, una fe, un bautismo

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,1-15 Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron

 

El discurso del pan de vida: la multiplicación de los panes

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La liturgia dominical interrumpe la lectura continua del Evangelio de Marcos (ciclo B) y durante cinco semanas nos propone considerar el capítulo sexto del Evangelio de Juan, el discurso del pan de vida. Contra lo que podría parecer, el cambio no resulta demasiado brusco, porque el domingo pasado contemplamos a Jesús como un buen pastor que siente lástima de la multitud que andaba como ovejas sin pastor. Terminaba entonces el Evangelio diciendo que Jesús “se puso a enseñarles con calma”. Hoy, en el Evangelio de Juan, vemos que, en una situación similar, Jesús no sólo enseña, sino que se preocupa de alimentar a esa multitud, que le había seguido “porque había visto los signos que hacía con los enfermos”. La capacidad de compasión de Cristo no se concentra sólo en los problemas del espíritu, sino que mira también las necesidades del cuerpo: la enfermedad y el hambre. No puede ser de otro modo en quien es la Palabra hecha carne, por el que la carne, la corporalidad humana, se convierte en sacramento de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Una multitud en un lugar apartado crea realmente un problema imgreslogístico. ¿Cómo alimentar a tanta gente? Jesús implica a sus discípulos más cercanos en el problema, e interroga a Felipe. La respuesta del apóstol es razonable, y no está exenta de generosidad: ni siquiera gastando todo lo que tenían a disposición en la bolsa común, unos doscientos denarios, podrían alimentar a tantos. El problema excedía las fuerzas humanas de los apóstoles, por más buena voluntad que quisieran ponerle.

La solución va a venir por medio de la escasa provisión de “un muchacho”, que, por lo que se deduce del texto, está dispuesto a compartir lo poco que tiene. Nos viene a la memoria que precisamente de los que son como niños es el Reino de los Cielos (cf. Mc 10, 14); pero podemos también recordar al “muchacho” de los poemas del siervo de Yahvé (cf. Is 42, 1; 52,13), que representa a Jesús mismo, que se ha hecho pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor, 8, 9). Jesús nos enseña que poniendo a su disposición la propia pobreza con generosidad y confianza los bienes se multiplican y alcanzan para muchos. El milagro consiste en compartir para repartir. En situaciones de grave crisis de bienes materiales, descubrimos en su dimensión moral y religiosa la clave de una posible solución.

La multiplicación de los panes trasciende, como es fácil de entender, la dimensión meramente material o logística. No se trata sólo de un milagro que sacia el hambre de la multitud, sino, sobre todo, de un “signo” que significa la presencia actual del Reino de Dios, que nos enriquece con otros bienes que los puramente materiales (como la salud del cuerpo y el pan que sacia su hambre). La cercanía de la pascua, indicada al principio del texto evangélico, y el gesto de acción de gracias, antes de repartir el pan, aluden al sacrificio de images-1Cristo en la cruz y al pan eucarístico, memorial de su Pasión; no se trata sólo de la solución del problema puntual (que también requiere respuesta), sino además de la salvación radical y definitiva que Jesús ha venido a traernos: la comunión con Dios Padre y entre nosotros, la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz de que habla Pablo en la segunda lectura. No es posible formar un solo cuerpo en un solo Espíritu si no somos capaces de compartir la fe en el único Señor, pero también nuestro pan.

Las obras de misericordia y las acciones de solidaridad realizadas por la Iglesia y los cristianos, como remediar el hambre de los pobres o el dolor de los enfermos, se han de hacer precisamente porque hay personas que sufren hambre y enfermedad y que, como en el caso de Jesús, deben despertar nuestra compasión y movernos a la acción. Pero esas acciones tienen que ser además “signos” que hablan de la presencia en el mundo del Reino de Dios, de Jesucristo que nos lo ha traído, de un corazón nuevo en aquellos que han aceptado la Palabra y a la persona de Jesús, de nuevas relaciones entre los seres humanos.

De hecho, en el Evangelio de hoy, las gentes que comen hasta saciarse algo perciben de esa presencia que va más allá de la materialidad del pan multiplicado. Conocían sin duda el episodio del profeta que dio de comer a cien con veinte panes, y vieron que lo realizado por Jesús, que excedía con mucho el milagro de Eliseo (cinco mil alimentados con cinco panes, y todavía sobraron doce canastas), era signo del “Profeta que tenía que venir al mundo”. Pero, al parecer, en ellos pudo más el interés inmediato; de ahí que, más que escuchar al profeta, quisieran hacerlo a la fuerza rey, esto es, investirlo de poder político y militar, pues un líder dotado de tales poderes había de ser invencible. El mesianismo político-militar tenía para ellos más atractivo que la palabra profética desprovista de poder. En la voluntad de hacer de Cristo un rey al uso de los reyes de este mundo se esconde la otra voluntad, que al parecer acompaña permanentemente a los hombres en sus relaciones con Dios: la de manipularlo y ponerlo al servicio de los propios intereses particulares (que, por cierto, son opuestos a otros grupos rivales, a los que “nuestro” Dios habría de combatir y derrotar).

Se entiende que Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró a la montaña él solo”. Aunque las ausencias de Dios y de Jesucristo en la vida del creyente pueden tener diversos significados que es preciso discernir adecuadamente, hoy se nos avisa que una de sus posibles causas es precisamente la voluntad de hacer de Jesús y de Dios el talismán que resuelve de manera mágica nuestros problemas, incluso el arma arrojadizo contra nuestros supuestos rivales y enemigos, y no la Palabra que hemos de escuchar; y que si realiza “signos” que escapan a nuestras capacidades (por ejemplo, a nuestro presupuesto), no por eso deja de contar con nosotros, de preguntarnos, de implicarnos en los problemas reales que se apresta a resolver, para que participemos activamente con nuestra generosidad (lo poco que podamos aportar) y nuestra confianza. Sólo así nuestra vida cristiana personal y comunitaria puede irse convirtiendo ella misma en un signo profético que multiplica el bien y habla con elocuencia de la presencia entre nosotros de Cristo, Profeta y Rey de un Reino que no es de este mundo