Posts Tagged ‘Pascua’

Domingo 4 de Pascua (B)

abril 20, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 4,8-12 Ningún otro puede salvar

En aquellos días, Pedro, lleno de Espíritu Santo, dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; pues, quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre, se presenta éste sano ante vosotros. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos.» 

Salmo 117, 1 y 8-9. 21-23. 26 y 28-29 R. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3,1-2 Veremos a Dios tal cual es

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Lectura del santo evangelio según san Juan 10,11-18  El buen pastor da la vida por las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

 

Un solo rebaño, un solo Pastor

La comunidad eucarística que, como veíamos la semana pasada (y la anterior), es el lugar de la aparición del Resucitado y del encuentro con él, es además una comunidad estructurada: en ella hay distintos servicios, distintas vocaciones que cooperan al bien del cuerpo común y de su misión en el mundo (el testimonio). Por eso, si la misma comunidad es “lugar teológico”, ámbito de la experiencia del Resucitado, también los servicios y ministerios que surgen en ella deben ser entendidos en este sentido sacramental, esto es, como una expresión y reflejo de la presencia de Cristo. De entre estos diversos ministerios hay uno que tiene un carácter axial, en torno al cual se disciernen y estructuran los demás, de manera que la pluriformidad de vocaciones y carismas no lesione la comunión: es el ministerio de los pastores, los Apóstoles, que prolongan su acción por medio del ministerio sacerdotal (obispos, presbíteros y diáconos), que deben cuidar del bien del rebaño de Cristo, guiar y enseñar al nuevo pueblo de Dios y presidir sus asambleas litúrgicas.

Ese es un punto que suscita especial dificultad en nuestros días. Existe una fuerte tendencia a desconfiar de toda autoridad, a ver en ella sólo una pura estructura de poder, que hay que tolerar de algún modo, pero que se mira con recelo, como una especie de mal necesario. Y esto se proyecta también sobre la Iglesia, estableciendo distinciones como la que habla de “iglesia institucional” e “iglesia de base”; distinciones, hay que decir enseguida, que carecen de todo apoyo en la Revelación, tanto en la Biblia como en la tradición de la Iglesia. Se aplican aquí a la comunidad cristiana esquemas propios de la sociedad civil y política, pretendiendo que, como en éstas, lo legal y lo socialmente conveniente, la verdad o el bien pueden aceptarse sólo si gozan del consenso de la mayoría (que suele ser, en el caso de la sociedad civil, un estado de opinión inducido por medio de técnicas sutiles de comunicación y, con frecuencia, de propaganda y manipulación), olvidando que la verdad de la fe y de sus consecuencias prácticas son ante todo el resultado de una revelación de Dios, es decir, de un don que Dios nos ha hecho en Jesucristo y que nosotros no podemos modificar a nuestro antojo o al son de las opiniones dominantes del momento.

Jesucristo ha elegido pastores, los Apóstoles y sus sucesores y les ha dado una autoridad especial dentro de la comunidad (cf. Lc 10, 16), para garantizar la fidelidad a ese depósito de la fe que nos pone en contacto vivo con Él mismo, con el Jesús histórico, con la comunidad que le acompañó por los caminos de Galilea y dio el primer testimonio de la resurrección.

La catequesis mistagógica, que nos va enseñando los lugares de presencia del Señor resucitado, nos dice hoy que también en los Pastores y en su ministerio se hace presente el único Pastor. Las dificultades que esta forma de presencia suscita en numerosos creyentes (incluso en no pocos que participan de ese mismo ministerio, o de creyentes cultivados teológicamente y activos en la Iglesia) se pueden resolver sólo si tratamos de mirar a los Pastores no desde determinado prisma ideológico, que ve ahí sólo estructuras de poder, sino desde la fe. Es la misma fe que se exigía para creer en la resurrección al ver el sepulcro vacío, o la que se suscitaba al tocar las heridas del Resucitado. Los posibles defectos y pecados de los Pastores, hombres entre los hombres, también vulnerables y, por tanto, heridos, no deben ser una excusa para no aceptar en fe esta forma de, digamos, aparición del Resucitado (íntimamente vinculada y dependiente de la comunidad de creyentes, y de la comunidad eucarística); o, como hacemos a veces, para “seleccionar” entre ellos y aceptar sólo a los que son, por ejemplo, “de mi línea”. Estos criterios de selección son la mejor manera de convertir a la Iglesia en un partido o en una secta y no, como debe ser, en una comunidad pluriforme de discípulos reunida por iniciativa del Maestro y en torno a Él.

Es esta fe la que nos ayuda a entender que, así como lo que da valor a la comunidad de discípulos es la presencia de Jesús en medio de ellos, y esa misma presencia es la que confiere al pan y al vino que comparten su calidad de cuerpo y sangre de Cristo, así lo que nos mueve a aceptar el ministerio de los pastores es el único Pastor, Jesucristo, que pastorea a su pueblo por medio de ellos. No es una cuestión de poder, sino de servicio. Aquí no podemos no recordar las palabras del mismo Jesús, advirtiendo contra las tentaciones del poder y del “querer ser más que los otros”: “el que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos” (Mt 20,26). Mirando así las cosas, entendemos que ser Pastor (Apóstol, obispo) es ante todo una carga y una responsabilidad por la que los que han recibido este ministerio deberán dar cuenta a Dios. Con razón decía san Agustín en su discurso sobre los pastores: “somos cristianos y somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente. Además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Que hay un solo Pastor significa, al fin y al cabo, que sometiéndonos a los Pastores nos sometemos a Cristo, y esa es nuestra libertad: libertad para aceptarlos en fe, sin caer en actitudes serviles hacia ellos; libertad también para expresar con valor las propias opiniones, incluso críticas, pero en actitud de obediencia. Para madurar en la fe es importante superar esa desconfianza crónica hacia la Iglesia en sus Pastores (eso que se llama con tan poca fortuna y menos caridad “Iglesia institucional”) y adoptar una actitud de fe y de aceptación. Y significa, para los mismos Pastores, que si ellos pueden exigir obediencia es, no en virtud de su propio poder o autoridad, sino sólo en el nombre de Cristo, como hoy dice Pedro en la primera lectura: lo que hacen o dicen ha de ser sólo y siempre en el nombre de Jesucristo Nazareno, el que fue crucificado, y el único nombre que se nos ha dado que puede salvarnos. Y la salvación no es otra cosa que el ser hijos de Dios en el Hijo. Cristo fue crucificado precisamente para esto: para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos partícipes en su propia filiación. Y si esto es así, y si los Pastores han de reproducir en sí mismos el ministerio de Cristo Pastor, significa que lo que ellos tienen que hacer es, como el buen Pastor, dar la vida por sus ovejas. Dar la vida es hablar, trabajar, exhortar, amonestar, escuchar, corregir, y estar dispuestos al testimonio supremo si las circunstancias lo exigen. Cumpliendo el deber ser de su vocación de pastores, deberíamos poder exclamar también al mirarlos a ellos (y en ellos al único Pastor), “mirad qué amor nos ha tenido el Padre”.

Si vemos así, con fe, esta forma de presencia del Resucitado, entendemos que se trata de un servicio en el que todos podemos participar de un modo u otro. En primer lugar, porque todos tenemos nuestro propio nivel de responsabilidad en la Iglesia: como padres o madres, en los otros múltiples ministerios y vocaciones de la Iglesia, dando ejemplo, transmitiendo la fe, de muy diversas formas también cada uno de nosotros tiene su pequeño rebaño, que se nos ha confiado y del que respondemos. Y, en segundo lugar, porque todos nosotros estamos llamados y podemos, si queremos, servir a los demás con la disposición de dar la vida por ellos.

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Domingo 3 de Pascua (B)

abril 15, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 3,13-15.17-19 Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

En aquellos días, Pedro dijo a la gente: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. Sin embargo, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo; pero Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.»

Salmo 4,2.7.9 R. Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 2,1-5 Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo.

Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. En esto sabemos que lo conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo lo conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24,35-48 Así estaba escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

 

La comunidad eucarística: comunidad de testigos

 

La catequesis pos bautismal de este domingo profundiza y detalla lo que ya inició el domingo pasado. Se decía allí que el lugar propio para hacer la experiencia del Resucitado (para verlo y tocarlo) era la comunidad de sus discípulos, la que se reúne “el primer día de la semana”, el día de la Resurrección. Hoy entendemos ya con toda claridad que esta comunidad es una comunidad eucarística, reunida en torno a la Palabra y al alimento compartido.

El primer detalle que resalta en el Evangelio de hoy es que los discípulos se reunieron no por propia iniciativa, sino convocados por experiencias distintas pero con rasgos comunes, que para ellos mismos fueron totalmente inesperadas y no siempre bien comprendidas, en las que se mezclaban la sorpresa (estaban “atónitos”), el temor y la alegría… Experiencias difíciles de definir. Eran experiencias producidas en situación de dispersión: como la de los discípulos de Emaús (hoy leemos el texto que sigue a ese episodio, cuando los dos discípulos vuelven a Jerusalén); experiencias que, sin embargo, los hicieron reunirse de nuevo. En esas asambleas lo primero que hacían era darse un testimonio mutuo, poner en común sus experiencias personales, distintas y convergentes, que provocaban el reencuentro y rehacían la comunidad en trance de desaparecer a causa de la muerte ignominiosa del Maestro.

La reunión que comparte experiencias vitales del Señor Resucitado (es decir, que comparte la Palabra) se convierte en comunidad eucarística en la que el Señor mismo explica las escrituras y las hace por fin comprensibles; y en las que, también junto al Maestro, comen juntos, comparten el pan y el vino, la presencia del Señor resucitado, en el que son visibles las señales de la Pasión (“mirad mis manos y mis pies”).

Una comprensión adecuada de lo que la Palabra y la celebración quieren trasmitirnos hoy nos ayudaría mucho a participar en la Eucaristía dominical “de otra manera”, si es que en nosotros se mantienen los viejos esquemas, en virtud de los cuales acudimos a ella como a cumplir una obligación, de modo más o menos mecánico, o simplemente, hemos dejado de ir, porque “no nos dice nada” o lo hacemos de ciento en viento.

No se trata de “ir a misa”, de cumplir un precepto bajo la presión de normas externas o de amenazas de pecados y castigos que hoy, seamos sinceros, no mueven a casi nadie. Desde luego, si volvemos nuestros ojos a aquellos primeros discípulos, a la mezcla de emociones (sorpresa, miedo, incomprensión, alegría…) que se agolpaban en ellos y les hacían encontrarse apresuradamente, contarse unos a otros lo que les había pasado, lo que habían sentido al asomarse a un sepulcro vacío, o en el jardín contiguo, en medio del llanto, de camino, al partir el pan…; si los miramos y tratamos de entrar en esa experiencia, que los textos precisamente quieren transmitirnos, en la que quieren incluirnos como personajes vivos de la misma; si nos acercamos a ellos de esta manera, entenderemos que aquí no hay obligación, ni ley, ni amenaza que valga: que aquí se nos ofrecen posibilidades de vida inéditas, se nos regala una presencia real, aunque misteriosa, “que nos dice mucho” (¡habla con nosotros!), se nos comunica una gracia capaz de transformar nuestras vidas, de introducirnos en un mundo nuevo.

Los catecúmenos que, tras hacer el camino de profundización catequética, habían recibido el bautismo la noche Pascual iniciaban el proceso de mistagógica, en el que descubrían llenos de emoción que aquello que habían aprendido al escuchar los relatos evangélicos se realizaba ahora también en ellos, que, como los primeros discípulos, también a ellos se les abría la comprensión de las Escrituras, también ellos experimentaban la presencia del Señor resucitado al comer el pan y beber el vino y participar en esa reunión en la que, antes del bautismo, no les había sido dado participar plenamente.

Y esa es la experiencia que podemos y debemos realizar nosotros. Nos reunimos para compartir, llevando ante el altar la ofrenda de la vida de toda la semana (nuestros trabajos, esfuerzos, alegrías y sufrimientos, todo lo que nos ha pasado mientras íbamos de camino, por el camino de la vida), abiertos a escuchar lo que el Señor presente en la comunidad de los discípulos tenga a bien decirnos, deseosos de que nos dé un trozo de pan y un trago de vino (qué bueno sería que siempre se comulgara bajo las dos especies, como hacen los ortodoxos y casi todos los católicos aquí en Rusia, también en otros países), para poder seguir el camino de la vida, convertido así en envío y misión, en testimonio… Que el cura de turno sea un pelma, que predique largo y mal, o que la comunidad diste mucho de ser ideal… todo eso tiene su importancia, pero no demasiada, porque es el Señor Jesús el que nos convoca, el que nos muestra sus manos y sus pies (sus heridas, que bien pueden ser el cura pelma o la comunidad llena de defectos), el que nos explica las Escrituras, el que parte para nosotros el pan…

Se me dirá que todo eso es muy bonito, pero que luego, lo que sentimos al “ir a misa” dista mucho de ser así… Lo concedo. Pero, ¿quién ha dicho que todo esto sucede de manera automática, casi mágica? De hecho, las mismas lecturas de hoy nos avisan de esas dificultades. Esos mismos discípulos de primera hora, que hicieron esas experiencias tan conmovedoras (que les llevaron a dar la vida por ellas), no lo entendieron todo desde el principio: si se les abrió el entendimiento, es que hasta entonces lo habían tenido cerrado; tampoco vieron desde el primer momento: o no lo reconocían, o creían ver un fantasma… Para ver, entender y participar de esta experiencia del Resucitado hay que perseverar… No se puede profundizar si se acerca uno con una actitud superficial, pasivamente, sólo por “sentimiento de deber”, sin un corazón abierto. Pero menos aún si, sencillamente, no vamos. Recordemos que lo que se nos está comunicando en estos tiempos de Cuaresma y Pascua es un itinerario, un camino, un proceso. La repetición perseverante en la participación es esencial para que nuestros ojos y oídos, nuestros corazones, tantas veces cerrados, se vayan abriendo poco a poco, hasta ver, entender y sentir. No hay nada de ideal en todo esto. De hecho, Juan, en su carta, nos dice hoy que el Cristo que se nos manifiesta en estas reuniones dominicales es nuestro abogado, en caso de que pequemos. Aunque nuestra intención es romper con el pecado y cumplir los mandamientos del Señor, sabemos que no siempre resulta: estamos en proceso y la reconciliación y el perdón (el perdonar y el pedir perdón) es parte esencial de este mismo camino.

Sólo así nos vamos convirtiendo en verdaderos discípulos que dan testimonio ante el mundo: el testimonio interno que los discípulos se daban unos a otros, se convierte en un testimonio que la comunidad y cada uno de los creyentes dan ante el mundo, sin miedo y sin complejos; pero también sin dureza. Es así como Pedro da testimonio ante el pueblo: les dice la verdad (“lo matasteis”), pero lo hace con indulgencia (“lo hicisteis por ignorancia”). Porque también aquí el perdón juega un papel esencial: Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar, no a acusar, sino a anunciar “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Y nosotros, que nos reunimos con perseverancia, hemos ido entendiendo las Escrituras, hemos comido con Él y, de esta manera, lo hemos visto; nosotros, nos dice Jesús, somos testigos de esto.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B)

marzo 31, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

 

Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23 R. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 
Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

La Resurrección de Jesucristo: de la desaparición a las apariciones

 

El rasgo más sobresaliente de los relatos evangélicos leídos en la noche Pascual (Lc 24, 1-12) y en el Domingo de Resurrección (Jn 20, 1-9), es que Jesús no aparece en ellos por ningún lado: ni muerto, ni vivo. El primer testimonio de la Resurrección de Jesús no es una aparición, sino una desaparición: ha desaparecido el cadáver de Jesús.

Los discípulos, empezando por las mujeres que van al sepulcro a embalsamar el cadáver (tras la ejecución, víspera ya de sábado, no habían podido hacerlo), y siguiendo por los Apóstoles, Pedro y el discípulo amado, se encuentran que el lugar de la muerte está vacío, que la evidencia de la muerte, el cadáver, ha desaparecido. De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los indicios del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia, la desaparición de Jesús muerto, y los signos del caos de la muerte (las vendas y el sudario) recogidos y ordenados, es muy elocuente, dice muchas cosas, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”, tal como indica el Evangelio de Juan: “vio y creyó” (Jn 20,8)

La primera cosa que dice, es que no se trata de relatos fantásticos creados para sorprender, para suscitar credulidad, en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío, es decir, por los signos debilitados de la muerte, desposeídos de su presa, hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de Juan lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Y todo esto indica que el llegar a “ver” al Resucitado es un proceso de fe, de maduración en la fe. Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, el momento del entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de la inmadurez, requiere ir subiendo a Jerusalén, ir entendiendo que el camino mesiánico de Jesús, no es un camino de rosas (cf. Mt 16, 13-23); del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10).

Todo esto significa que de la Resurrección no hay pruebas, no se puede demostrar (sólo se puede demostrar históricamente que desapareció el cadáver, pero eso después cada cual lo interpreta a su manera: cf. Mt 28,15); pero sí hay testigos: el testimonio de aquellos que gracias a su fe son capaces de “ver” al Señor. Es la inversa del dicho: “ver para creer”, aquí se trata de lo contrario: creer para ver. Para ello hay que purificar la mirada, limpiarse de impurezas: por eso la noche pascual empieza por la liturgia del fuego y sigue con la del agua bautismal. Esos elementos bautismales que nos hacen nacer a una vida nueva: el Espíritu (fuego) y el agua son los que al purificarnos cumplen en nosotros la bienaventuranza de “los limpios de corazón, porque verán a Dios” (cf. Mt 5,8). El tiempo de Pascua es una gran Catequesis: los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, (todos nosotros) para el que se han (nos hemos) preparado durante el tiempo de Cuaresma, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando dónde podemos encontrarle y “verle”.

De momento, nos invita a meditar sobre la propia fe tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una más o menos hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.

El mensaje de la Pascua nos dice que es posible, pese a los muchos signos de muerte, “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo!

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

Quinto Domingo de Pascua (A) Camino, Verdad y Vida

mayo 13, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7 Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocar al grupo de los discípulos y les dijeron: -«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.» La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9 Sois una raza elegida, un sacerdocio real

Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12 Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.» Tomás le dice: -«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: -«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.» Felipe le dice: -«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: -«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Jesús, camino, verdad y vida

El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

Sin embargo, ese período de extraordinaria intensidad debió ir cediendo poco a poco a una estabilización, normalización e institucionalización. Y no es extraño que en esa nueva situación los discípulos, sobre todo los de primera hora, sintieran una cierta nostalgia: nostalgia de la presencia física del Maestro, tal como la experimentaron antes de su muerte y resurrección; y nostalgia de ese periodo postpascual de extraordinaria actividad del Espíritu e intensas experiencias de la presencia de Jesús resucitado en la comunidad.

La nostalgia puede convertirse en una mala consejera, que genera turbación, desconfianza y miedo al incierto futuro. Las cosas no son como eran, ¿cómo serán, entonces, en el futuro? Jesús nos exhorta a la confianza en Dios y en Él mismo, nos anima a no dejarnos vencer por el desconcierto o el temor a mirar hacia adelante, y a hacernos al camino que él ha abierto (va abriendo) para nosotros. Pero, nosotros, atenazados por el miedo, respondemos que no vemos el sentido y la meta, que no sabemos qué hacer, ni para dónde tirar. Afloran entonces las tentaciones de buscar falsas seguridades: la seguridad económica, la seguridad del éxito social que podemos intentar comprar, la seguridad que proporciona vivir encerrados en nosotros mismos, evitando el riesgo de la confrontación con el mundo, a veces hostil, al que Jesús, sin embargo, se empeña en enviarnos.

“No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” La objeción del siempre realista Tomás tiene muchos quilates, y nos debería hacer reflexionar, porque esa objeción nos refleja muy bien a todos de un modo u otro. Nos cuesta mucho entender el camino de Jesús, la lógica de sus acciones, el verdadero sentido de su vida y de su muerte. Y, aunque “en general” lo tengamos claro (Jesús es el Hijo de Dios que murió por nosotros y resucitando nos dio nueva vida, etc.), cuando se trata de ir nosotros por ese camino por el que nos invita a seguirle (“adonde yo voy, ya sabéis el camino”) nuestra comprensión se oscurece y asoma el desconcierto. Eso puede ser así en ciertos momentos de nuestra experiencia personal, en la que nos seguimos rigiendo tantas veces por la lógica del éxito mundano (según la mentalidad más primitiva de la retribución inmediata) y no por la extraña lógica de la Cruz, la elegida por Jesús, que significa no doblegarse de ningún modo ante las fuerzas del mal, ni siguiera para lograr algo pretendidamente bueno. Pero puede reflejar también la experiencia de la Iglesia, especialmente en momentos de crisis, como el que, al parecer, vivimos ahora, especialmente en el mundo occidental: podemos tener la sensación de encontrarnos en un callejón sin salida, en un proceso de lenta desaparición de la fe y de la misma comunidad eclesial, en esta cultura tan profundamente marcada por una experiencia secular de cristianismo, de la que, al parecer, ahora esa cultura quiere renegar.

Si decimos que no sabemos el camino, que no sabemos qué hacer, que no sabemos por dónde tirar, es que no sabemos ni conocemos a Cristo: porque él mismo es para nosotros camino: “quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6). Que Jesús es camino, verdad y vida significa que no es un mero referente teórico, ni sólo un hermoso ideal, sin incidencia en nuestra vida; es un camino verdadero, el camino que conduce a la verdad de nuestra vida, el camino que conduce a la vida plena, a la comunión con Dios, nuestro Padre. Pero hay que hacerse a ese camino, seguir por él a Jesús, aunque nos lleve a la Cruz, a esa realidad difícil y paradójica en la que la aparente derrota se convierte en victoria, la muerte, en vida.

Sin embargo, no terminan ahí las objeciones. Jesús insiste en que yendo por el camino que nos propone y que es él mismo estamos ya en contacto con el Padre, al que ya conocemos y hemos visto. Se percibe en estas palabras de Jesús una gran confianza en la eficacia de la enseñanza viva que ha transmitido a sus discípulos, a nosotros que creemos en él. Pero ahora es Felipe el que expresa lo “torpes que somos para entender” (cf. Lc 24, 25; Mc 4, 13). Y, sin embargo, en las palabras de Felipe (“muéstranos al Padre”) hay un gran fondo de razón. Queremos ver. Es cierto que por la fe en Jesucristo llegamos a ver y entender muchas cosas. Pero no deja de ser también verdad que en las condiciones de nuestro mundo “vemos como en un espejo, confusamente” (1 Cor 13, 12). Y hay que tener en cuenta que en tiempos de Pablo los espejos no eran el vidrio con metal azogado de ahora (que se inventó en el siglo XIII), sino superficies de bronce o cobre bruñido que permitían un reflejo muy deformado de la realidad. Especialmente cuando cunde el desconcierto y la inseguridad, el deseo de “ver” directamente se intensifica hasta la angustia. Pero la respuesta de Jesús, una vez más, es una llamada a una fe que es confianza. Hay realidades que no podemos ver, así, sin más, directamente. Si alguien le dice a su amigo que quiere “ver” su amistad, o a la persona amada que quiere “ver” su amor, o el que padece injusticia exige “ver” la justicia en sí… ¿qué se les puede responder? Las realidades más importantes y esenciales de nuestra vida no son directamente visibles, porque no son cosas, objetos a la mano de los que podemos disponer. La amistad, la justicia y el amor se pueden expresar en signos que los hacen patentes; pero para “ver” en esos signos la presencia de esas realidades hace falta también, por parte de quien mira, determinadas disposiciones: apertura, acogida, confianza.

Si lo dicho de eses dimensiones es verdad, tanto más lo ha de ser respecto de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único… lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). El “signo” que Dios nos ha dado para hacérsenos visible es su propio Hijo: mucho más que un mero símbolo, como una inerte señal de tráfico, es una presencia viva en relación directa con Dios: “ver” a Jesús como el Hijo de Dios significa descubrir en él la paternidad de Dios, ver en él al Padre. Jesús es el único camino que nos conduce al Padre, y él es la presencia visible del Dios que se ha revelado como Padre de Jesús y, en Jesús, de todos nosotros. Pero también para este “ver” hace falta la fe, en forma de confianza, a la que Jesús nos exhorta al principio del Evangelio. Y, al final, remata la exhortación apelando a las obras: si persisten las dudas o el desconcierto en nuestro corazón “al menos, creed a las obras”. ¿Qué obras son esas? La obra de Jesús por excelencia es su entrega en la Cruz por amor, y su resurrección, en la que el amor triunfa sobre la muerte. Es el triunfo del Espíritu, que es el vínculo entre el Hijo y el Padre, y la garantía de la presencia de Jesús en su Iglesia, en la comunidad de sus discípulos, y que, pese a la sensación de ausencia que en ocasiones nos embarga, es una presencia real, efectiva, operativa: también ahí hay que creer en las obras. Hoy no se habla todavía del Espíritu, pero es él el que va tomar el protagonismo en la recta final del tiempo pascual, y hoy, de manera indirecta (más claramente en la segunda lectura) se empieza a percibir ese protagonismo.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo patente de la confianza en las obras del Espíritu. La Iglesia crece, se hace una comunidad compleja e, inevitablemente, surgen los conflictos. Pero éstos pueden ser ocasión para un crecimiento no sólo cuantitativo, sino orgánico, cualitativo, para un desarrollo carismático que enriquece a la comunidad. De hecho, el ideal de la Iglesia no es permanecer románticamente en la situación del primer núcleo creyente (la nostalgia por las pequeñas comunidades, a veces pequeñas también en horizontes y perspectivas), sino hacerse también al camino, descubrir, bajo la inspiración del Espíritu, nuevas dimensiones, adecuadas a las personas y los grupos heterogéneos que se van incorporando: sacerdotes judíos ligados al templo, judíos helenistas, además de galileos, samaritanos y, finalmente, gentiles. La diversidad no rompe la comunión si los responsables de la comunidad junto con toda la asamblea están a la escucha de la Palabra y son capaces de responder a las nuevas situaciones en la docilidad al Espíritu. En este caso, nace el grupo de los diáconos, todos de origen griego, y que son también obra del Espíritu, que va estructurando la comunidad eclesial. Vemos aquí cómo la Iglesia tiene que reflejar y anticipar esa casa del Padre en la que hay muchas estancias, en la que hay lugar para todos.

También la segunda lectura habla de este camino dinámico en el que consiste la vida de la Iglesia. Aquí se presenta bajo la sugerente imagen de la construcción de un templo. Su origen y fundamento es el mismo misterio pascual al que se refieren las obras de las que habla el Evangelio: Jesús, piedra desechada (su muerte), pero escogida por Dios (en la resurrección); se trata de una llamada y un don por parte de Dios (“raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios”), pero también de una tarea abierta: entramos en la construcción del templo del Espíritu, que es un proceso tan amplio como la propia historia de la humanidad, como la diversidad de pueblos, culturas y épocas.

En síntesis, en estos tiempos de desconcierto e incerteza Jesús nos llama a la fe, a la confianza, a la apertura y, también, a la actitud activa que, dejando a un lado todo temor y nostalgia de tiempos pasados, se pone a la tarea de discernir el modo de responder a los problemas reales de nuestro tiempo para, en fidelidad al Espíritu, seguir construyendo el templo de Dios en el que los hombres y mujeres de hoy puedan encontrar su lugar y, mirando al Hijo, puedan ver al Padre.

Cuarto Domingo de Pascua. El buen pastor

mayo 6, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, l4a. 36-41 Dios lo ha constituido Señor y Mesías

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: -«Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.» Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: -«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?» Pedro les contestó: -«Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.» Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo: -«Escapad de esta generación perversa.» Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20-25 Habéis vuelto al pastor de vuestras vidas

Queridos hermanos: Si, obrando el bien, soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

Lectura del santo evangelio según san Juan l0, 1-10 Yo soy la puerta de las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: -«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mi son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

 

Jesús, puerta y pastor

 

El cuarto domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Continuando con la visita por los lugares de encuentro con Jesús Resucitado, nos topamos ahora con esta forma de presencia: Jesús es el Buen Pastor que prolonga su pastoreo por medio de los pastores de la Iglesia. Es una forma de presencia íntimamente ligada a las otras dos: la comunidad creyente y la Eucaristía. La comunidad creyente de discípulos es una comunidad eucarística y el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, memorial de su Pasión, hace que la comunidad que lo celebra y se reúne en torno a él se convierta en algo más que en un grupo social de tipo religioso: se convierte ella misma en cuerpo de Cristo y en templo de su Espíritu. La Eucaristía genera una comunidad ordenada e internamente estructurada. Toda la comunidad es cuerpo de Cristo, toda ella conforma el Cristo total, todos los fieles participan de Él. Pero el cuerpo es un organismo cuya unidad resulta de la diversidad de órganos y funciones. Y Jesús ha confiado la función de enseñar, guiar y santificar a los pastores, a los apóstoles y a sus sucesores, que hacen presente con su ministerio al único Pastor.

Puesto que estos pastores son hombres como los demás, el hecho de confiarles el ministerio pastoral habla de la confianza que Dios deposita en los hombres, a pesar de sus debilidades. Es esta debilidad la que hizo exclamar a San Agustín al principio de su extraordinario sermón sobre los pastores:

“Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Ahora bien, si Dios mismo se fía así de los hombres, y de hombres concretos de carne y hueso, ¿no habremos de hacer otro tanto los creyentes? Sabiendo, además, que al fiarnos de aquellos que han sido puestos por Dios al cuidado de su grey, en realidad nos fiamos del único Pastor y guardián de nuestras vidas, de modo que es a Él al que escuchamos y que es Él el que nos guía. Porque al hablar de “fiarnos” y de “confiar”, no estamos hablando de una confianza ciega o apoyada sólo en el prestigio de los que ocupan el cargo, sino de la confianza que brota de la fe y es iluminada por ella: en ese fiarnos de los hombres estamos viendo en fe la presencia de Cristo Resucitado. Es lo que dice Jesús en otro lugar al regreso de los discípulos de su primera misión: “Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros, a mí me rechaza” (Lc 10, 16). Y si esto es verdad de toda la Iglesia y de todos los creyentes, también lo ha de ser de aquellos a los que Jesús ha puesto al frente de su comunidad (cf. Mt 16, 19; Jn 20, 23).

Sin embargo, esta es una forma de presencia que suscita hoy muchas desconfianzas y rechazos. En realidad, ya para muchos la Iglesia misma representa una dificultad para creer: “creo en Dios, incluso en Cristo, pero no en la Iglesia”, se oye decir con frecuencia. Pero ya dijimos (en el segundo domingo de Pascua) que ser cristiano sin Iglesia (sin comunidad eucarística) es como ser cristiano sin Cristo. El rechazo al que aludimos ahora lo encontramos a veces dentro de la misma Iglesia. Se acepta, sí, la comunidad cristiana, pero se considera que el ideal evangélico se encarnaría mejor en una forma de comunidad desestructurada, sin funciones ni diversidad de carismas, sin ningún género de autoridad, sin jerarquía, en una palabra, sin pastores. Son a veces los mismos representantes del clero los que hablan o escriben así, en un ejercicio de la autoridad y el magisterio recibido por la imposición de manos extrañamente aplicado a deslegitimar la una y el otro.

Pero si hemos de aceptar a Cristo entero, y no arbitrariamente mutilado, tenemos que aprender a ver también al Resucitado a la luz del Buen pastor, que se prolonga en el ministerio de los pastores.

Es claro que las funciones de enseñanza, guía y santificación tienen que ser un reflejo fiel del único Pastor, y se han de realizar mirándolo a él. Jesús no es un líder cualquiera, que vive a costa de sus seguidores, que los explota y esquilma. Demasiadas veces los liderazgos humanos se parecen más a ese ladrón que no entra por la puerta sino que salta por otra parte, roba, mata y hace estrago. Jesús, al contrario, establece una relación personal, llama por el nombre, camina delante y sirve para que los que le han sido confiados tengan vida y la tengan en abundancia. Los pastores tienen que imitar en todo ese estilo de pastoreo. Como dice el papa Francisco, “tienen que oler a oveja”.

Ahora bien, la imagen del pastor y del rebaño hay que entenderla en sus justos términos: dependemos por entero de Jesús para tener la vida que sólo es accesible gracias a su resurrección; pero la Iglesia no es una masa de miembros carentes de identidad y voluntad propia, sino una comunidad de personas con rostro y nombre, que escuchan la voz que se les dirige personalmente y a la que responden de manera consciente y libre. Y, si bien en la comunidad existen diversos niveles de madurez en la fe, sea por edad, o por otros motivos (como una experiencia todavía breve de vida cristiana), es claro que todos hemos de estar en camino hacia esa madurez que brota de una experiencia personal de Cristo Resucitado, de manera que el “rebaño” sea, al mismo tiempo, una comunidad de adultos.

El verdadero pastor que se sabe representante del único Pastor, consciente de la propia debilidad, tiene que exorcizar los peligros inherentes a todo ejercicio de autoridad, saber que lo que le habilita para el ministerio es el amor a Cristo, y subrayar la actitud de servicio que da vida y llega a dar la propia vida por las ovejas (cf. Jn 20, 15-18). Y, en lo que respecta a los fieles (que somos todos, como recuerda Agustín), fiarnos de la presencia de Cristo en los pastores, porque él mismo se fía de ellos, hace que la obediencia propia del cristiano no sea servil, sino que esté basada en el principio de la libertad de los hijos de Dios: al someternos a los pastores nos sometemos sólo a Cristo Jesús. Y esto es así incluso cuando quien ejerce el ministerio no está personalmente a la altura de la dignidad que ha recibido por la imposición de manos, pues la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad de quien los administra, sino de la acción del Espíritu Santo; aunque, por otro lado, como recuerda el Concilio Vaticano II, “Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20)” (PO 12).

El evangelio que hemos leído hoy es el arranque del discurso sobre el Buen Pastor que Juan recoge en su capítulo 10. Se encuentran en estos primeros versículos los motivos fundamentales de esta imagen (cf. Mc, 6, 34; Mt 10, 6; 18,12-14; Lc 15, 1-10). Hoy la atención se centra en Jesús, pero no como pastor del rebaño, sino como puerta del redil. En realidad, las dos imágenes son convergentes. Cuando se visita la cueva de los pastores cerca de Belén, se ve que dispone de un pequeño muro de piedra de media altura y que la puerta es un sencillo hueco en medio del mismo. El pastor principal dormía echado en ese hueco, y hacía así de puerta del redil, porque las ovejas, que conocían al pastor, no salían ni entraban mientras él estuviera allí.

Para entrar en este redil, en esta comunidad de discípulos, la única puerta de acceso es el mismo Cristo. Es una puerta abierta a todos, porque todos tienen cabida; como subrayan con insistencia las palabras de Pedro en la primera lectura, todos son llamados: “todo Israel esté cierto; la promesa vale para todos…”. Pero hay puerta porque no todo tiene cabida en la comunidad. La puerta, que es el mismo Cristo, indica que existen criterios de pertenencia, de modo que hay ideas, actitudes o comportamientos incompatibles con el Evangelio, y que entrar en el redil requiere una purificación en el baño del Bautismo, que es la participación en la muerte y resurrección de Cristo. La imagen de Jesús, puerta del redil, pone de relieve la función magisterial y de gobierno de los pastores, que han de discernir según el espíritu del Evangelio, lo que es y lo que no es acorde con él. Y la pertenencia eclesial exige someterse a ese juicio (criterio y discernimiento), en el que, de nuevo, en los avatares a veces dolorosos de la historia, es preciso descubrir en fe la guía providente del Espíritu de Jesús.

Así pues, el hecho de que la puerta esté abierta nos dice que todos son llamados por medio de “palabras que atraviesan el corazón”: no es un mensaje impersonal o anónimo, sino que toca las fibras más íntimas y sensibles de la realidad humana; y, por otro lado, la necesidad de pasar y ser purificados por esa puerta, que es Cristo muerto y resucitado (“sus heridas nos han curado”) indica que ha de haber una aceptación libre de ese mensaje anunciado: “los que aceptaron sus palabras se bautizaron”, dice el texto de los Hechos.

Al entrar en el redil de la Iglesia, como dice la segunda lectura, hemos vuelto al pastor y guardián de nuestras vidas. Es decir, fuera de Cristo andamos extraviados, exiliados de nosotros mismos. En Cristo nos encontramos, tenemos la posibilidad de ser plenamente lo que somos. Aceptar al Pastor y a los pastores que lo representan no es una enajenación de nuestra propia verdad, sino que, al contrario, todo encuentra sentido, incluso los posibles sufrimientos que podamos experimentar en nuestro empeño de hacer el bien: no son sino el reflejo de la pasión del Buen Pastor que ha dado la vida por su ovejas para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Tercer Domingo de Pascua (A) “Emaús”

abril 29, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33 No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra: -«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, escuchad mis palabras y enteraos bien de lo que pasa. Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante vosotros realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocéis. Conforme al designio previsto y sancionado por Dios, os lo entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: “Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia.” Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.»

Sal 15, 1-2 y 5. 7-8. 9-10. 11 R. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21 Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto

Queridos hermanos: Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35 Lo reconocieron al partir el pan

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: -«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: -«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» Él les preguntó: -«¿Qué?» Ellos le contestaron: -«Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.» Entonces Jesús les dijo: -«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: -«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: -«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: -«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

El camino a Emaús es de ida y vuelta

 

Si el primer lugar de encuentro con el Resucitado es la comunidad de discípulos, ésta se constituye como tal, no por iniciativa propia, sino convocada por el mismo Señor Resucitado, por medio de su Palabra y de la fracción del pan. La Eucaristía es la “fuente y la cima” de la vida y de la comunidad cristianas. Las experiencias que constituyeron el contexto de los encuentros con Cristo pascual fueron experiencias sobre todo eucarísticas. Es en ese contexto preciso en el que los discípulos vieron al que había muerto en la Cruz, pero ya no estaba en el sepulcro.

¿Qué significa aquí “ver”? ¿Por qué escribimos este verbo así, entre comillas?

El evangelio de los discípulos de Emaús lo explica de manera especialmente elocuente. Ahí se entiende bien qué vieron ellos, y qué significa para nosotros hoy ver a Cristo Resucitado.

Esos dos discípulos eran, tal vez, un matrimonio; otras versiones dicen que, puesto que se da el nombre de uno de ellos, Cleofás, el otro podía haber sido el evangelista Lucas, que, sin embargo, dejó la cuestión abierta. Ello nos da la oportunidad de poner el propio nombre junto al de Cleofás en este texto modélico para todo cristiano. En estos dos discípulos se refleja dramáticamente el trauma y la desilusión producida por la muerte de Jesús. Vuelven a la vida de siempre después de haber despertado de un sueño: “nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”; un sueño que acabó convertido en una pesadilla: “los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran”.

El camino que están haciendo muestra que el grupo de los discípulos están en proceso de disgregación. Para un judío la cosa es clara: si Jesús acabó así, es que Dios no estaba con él, no era el Mesías; nos habíamos equivocado, nuestras esperanzas eran vanas. El terrible final de Jesús supone el final de la comunidad que se había congregado en torno a Él. Tras la muerte ha pasado tiempo (tres días) y las cosas siguen igual. Bueno, no del todo igual: es cierto que algunas mujeres les han sobresaltado, pues no han encontrado el cuerpo, y hablan de cosas raras, como apariciones de ángeles, pero los apóstoles han ido al sepulcro y han comprobado que el cuerpo no está, pero a él no lo han visto. Las mujeres representan aquí el amor que intuye algo a partir del signo negativo de la mera ausencia. Los que han ido a comprobar (la autoridad y la razón) no se conforman con eso: es verdad que el lugar de la muerte está vacío, pero eso no es suficiente para creer: “a él no lo han visto”.

Este “no ver” de los principales parece haber sido suficiente para este par de discípulos. En resumen, toda una descripción del fracaso que obliga a volver a lo de siempre, a Emaús.

Mientras iban caminando, ¿de qué hablarían? ¿De qué otra cosa más que de todo lo que había pasado esos días? Lo hacían con tristeza, ofuscados y desconcertados. Recordarían las palabras llenas de autoridad y novedad que habían escuchado de labios de Jesús, y los signos poderosos que le habían visto realizar, y que hablaban de que él, probablemente, era el Mesías. Y, sin duda, estos judíos piadosos recordarían todo esto a la luz de aquellas otras palabras, la Ley y los Profetas, escuchadas y meditadas tantas veces en la sinagoga. Al comentar todo esto, algunos de los textos recordados empezaron a brillar de un modo nuevo. Les hablaban de que lo sucedido a Jesús no era en realidad tan extraño: muchos textos proféticos lo habían anunciado, como los poemas del Siervo de Yahvé del profeta Isaías (cf. Is 42,1-7; 49,1-9; 50, 4-9; 52, 13-53,12): un Mesías sufriente y derrotado. Al ir recordando estos textos, poco a poco se les fueron abriendo las mentes, empezaron a entender que “era necesario que el Mesías padeciera”, se dijeron a sí mismos ¡qué torpes hemos sido para entender!, sintieron que les ardía el corazón…

El camino se les pasó volando. Al llegar no querían perder esa extraña sensación que les había acompañado por el camino, querían retenerla. En realidad, el mismo Señor, ese mismo que había desaparecido de la tumba, los había acompañado y les había explicado las Escrituras, pero ellos, ofuscados, no habían sido capaces de reconocerlo. El caso es que, embargados por esta extraña sensación, por esta misteriosa presencia, decidieron repetir el gesto que Jesús les había mandado hacer “en su memoria”, pues realmente lo que habían vivido en el camino era una memoria viva ¡y no muerta!, no era el recuerdo impotente de un difunto: bendijeron el pan y lo partieron: “entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado”.

¿Está claro? Mientras lo veían, no lo reconocieron, cuando lo reconocieron, dejaron de verlo. No se trata de ver con los ojos del cuerpo (como si los ciegos no pudieran tener la experiencia del resucitado), sino de “verlo” con los ojos de la fe, al escuchar y comprender las Escrituras, al partir el pan. A veces percibimos ciertos signos externos: suenan palabras, se realizan ciertos ritos, como bendecir el pan y el vino, pero estamos como ciegos para la presencia real del Maestro que nos habla y explica, del Señor que parte para nosotros el pan. En cambio, cuando descubrimos en todo eso la presencia de Cristo vivo (nos arden el corazón, se nos abren los ojos de la fe), lo que vemos físicamente no se distingue en nada de la realidad cotidiana, pero, eso sí, hemos descubierto en ella una dimensión nueva, superior, real: creer para ver.

Y ¿después? “En aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás”. Esa experiencia extraordinaria mientras iban de camino y al partir el pan les hizo realizar inmediatamente el camino de vuelta. De la disgregación, producto del fracaso, a la convocación, de la dimisión a la misión. La misión tiene primero un sentido interno. La experiencia del Resucitado lleva a dar testimonio de la propia experiencia en primer lugar a los demás discípulos. Así se recompone el grupo, se constituye la Iglesia. Igual que la presencia no reconocida de Jesús es la que ha explicado las Escrituras y partido el pan, así es él mismo el que convoca y reúne a las ovejas que se habían dispersado, cuando fue herido el pastor (cf. Mc 14, 27).

La experiencia eucarística se presenta aquí de manera dinámica, en camino, también en situación de crisis, de abandono. Jesús nos sale al encuentro y, si le damos conversación, nos explica las Escrituras; si le invitamos, nos invita él y parte para nosotros el pan. Tras la fracción del pan, el “ite missa est” nos envía, en primer lugar a nuestros hermanos como constructores de comunidad, como piedras vivas de la Iglesia; y, después, a todo el mundo, como testigos del Señor Resucitado. A veces nos embarga el miedo, pero tenemos que aprender a confiar en que ese testimonio no es sólo ni sobre todo cosa nuestra. Las en apariencia extrañas palabras que cierran la primera lectura (“esto es lo que estáis viendo y oyendo”) indican que, en el testimonio de la propia fe, los receptores del mismo pueden ver y entender, pues, como en el camino a Emaús, Jesús mismo actúa y habla.

La eucaristía es un enorme potencial que dejamos pasar por indolencia, indiferencia, superficialidad: escuchamos sin atención, mirando el reloj a ver cuándo acaba esto, los encargados de comentar la Palabra lo hacemos con frecuencia sin alma, de manera rutinaria y doctrinaria, no favorecemos que “arda el corazón”, sino que literalmente dormimos a las ovejas; en consecuencia, unos y otros asistimos a la fracción del pan sin el corazón caldeado, sin tomarnos en serio nuestro proceder, sin caer en la cuenta de que ahí se actualiza el precio de la sangre de Cristo con la que fuimos rescatados.

Los discípulos de Emaús nos ofrecen hoy una preciosa catequesis de lo que significa realmente la Eucaristía, sacramento para el camino de nuestra vida, que si a veces es un camino de huida y de disgregación, a la luz de la Palabra y de la fracción del pan se convierte en un camino de vuelta, de congregación, de testimonio y de misión.

 

Segundo Domingo de Pascua (A) “in Albis”

abril 22, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47 Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y, bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9 Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31 A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Reunidos para ver al Señor

 

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

Esa nueva vida se expresa y se manifiesta dentro y fuera de la comunidad creyente. Dentro se expresa en la escucha de la Palabra (la enseñanza de los Apóstoles), en la fracción del Pan y en la oración común, en una fe compartida que lleva a compartir también los bienes para remediar las necesidades materiales. El cuadro ideal que nos pinta el texto de los Hechos de los Apóstoles se refleja igualmente en el Evangelio, que presenta a los discípulos reunidos en torno a la mesa eucarística y recibiendo del Resucitado el saludo de paz.

Pero también se manifiesta hacia fuera, en primer lugar, en que la presencia del Señor Resucitado abre la comunidad que se escondía con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es fácil comprender que ser discípulo de un ejecutado a muerte por blasfemo y sedicioso era muy peligroso. Pero los peligros externos, que nos pueden inducir a encerrarnos temerosos en nosotros mismos, se disuelven ante la evidencia del triunfo de la vida sobre la muerte. Jesús, presente en medio de los discípulos, abre la puertas de la comunidad, les abre las mentes y los corazones, les da su Espíritu y los envía: la comunidad de los creyentes no vive para sí misma, la Iglesia existe para anunciar el Evangelio, pues la Buena Noticia de la Resurrección no sólo es buena para el pequeño círculo de los discípulos, sino para el mundo entero. Y los creyentes que han visto al Señor salen de su cerrazón y anuncian abiertamente y sin miedo, y hacen muchos signos y prodigios; no se trata necesariamente de hechos milagrosos, en el sentido de maravillosos y sorprendentes, sino de signos de la vida nueva: hacer el bien a los extraños, curar a los enfermos, atender a los pobres, servir a Cristo en los pequeños hermanos, transmitir el perdón de los pecados en el ministerio de la reconciliación. Todas estas cosas, sin salirse del marco de la normalidad física, no dejan de ser sorprendentes, prodigiosas, pues expresan el milagro de un corazón nuevo, de una vida nueva.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la inserción en la comunidad eclesial no es siempre tan fácil. Se exhiben con suma frecuencia los mil motivos por los que uno se excusa de esa pertenencia, muchos de ellos los sentimos cada uno de nosotros cotidianamente. Son motivos que nos invitan a tomar el camino de Tomás y ausentarnos de la reunión con los otros discípulos “el primer día de la semana”. También las dificultades son aquí internas y externas. Las internas tienen que ver, sobre todo, con las debilidades, defectos y pecados de los propios miembros de la comunidad. El cuadro que se nos dibuja en el texto de los Hechos es más un ideal que una realidad efectiva. Ya hemos visto que la comunidad tiene tendencia a cerrarse en sí misma, dentro de ella habitan el miedo, también la ambición, la tentación de la violencia, existen además conflictos entre distintos puntos de vista. De todos estos problemas nos informan abundantemente los Evangelios, y también el libro de los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. El que se inserta en la comunidad creyente experimenta con relativa facilidad una cierta decepción: soñó entrar en una comunidad regida por criterios exclusivamente evangélicos, y se encuentra con miserias humanas que hacen opaca la luz del Resucitado. La tentación del purismo empuja a salir del grupo de estos discípulos tan imperfectos, entonces igual que ahora. Aquí se revela una de las debilidades fundamentales de la vida interna de la Iglesia: la falta de fe. Tomás es, una vez más, representante de esta actitud. Así como la fe nos lleva a la comunidad, su debilidad la debilita. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7) y, por eso, la comunidad cristiana se encuentra siempre en peligro de desintegración, de dispersión. Cada vez que un miembro la abandona, sufre el cuerpo de Cristo.

Pero los mismos textos nos dan la clave para superar estas dificultades. En primer lugar, el hecho mismo de que es en la comunidad en donde podemos ver al Señor; en segundo lugar, se nos avisa de cuáles son las condiciones para que el Señor se haga visible: la reunión eucarística, la escucha de la Palabra y la fracción del pan; un elemento muy importante para el fortalecimiento de la fe es el testimonio interno de la comunidad. En esto han insistido constantemente los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua, y también el evangelio de hoy. No hay que dar la fe por descontada dentro de la comunidad, es fundamental que nos comuniquemos nuestras experiencias de fe, que nos enriquezcamos mutuamente, que nos fortalezcamos unos a otros. Así se construye la comunidad. Porque, igual que la descripción de la primera comunidad cristiana es un ideal, pero, precisamente por ello, también es una tarea, una responsabilidad, la fe es un proceso (lo atestigua el mismo camino catequético y mistagógico) y de este proceso es responsable toda la comunidad cristiana. Los discípulos que vieron al Señor aquel primer día de la semana se lo comunicaron a Tomás, invitándolo a reintegrarse en el grupo. Pese a sus reticencias, y poniendo duras condiciones, Tomás accedió a participar “a los ocho días”, de nuevo “el primer día de la semana”. Las condiciones de Tomás eran razonables: no quería creer en fantasmas, ni participar en alucinaciones colectivas. Si se trataba del mismo Jesús, muerto en la cruz, tenía que tener en su cuerpo las huellas de la Pasión. “Tocar las heridas” no es sólo un desafío propio de la incredulidad, sino una exigencia de la encarnación, que se expresa en el dramático realismo de la muerte. En la imperfecta comunidad de los discípulos vive el cuerpo de Cristo, pero este cuerpo está herido. Debilidades y pecados, defectos y conflictos nos hablan de este cuerpo herido de Cristo. Y hay que tocar esas heridas para poder alcanzar la sanación y esquivar la tentación de un falso misticismo que no mira a la realidad. Del mismo modo que, hacia fuera de la comunidad, tocar las heridas significa mirar cara a cara los sufrimientos de los seres humanos, los pequeños hermanos de Jesús en los que se prolonga su pasión. Tocar esas heridas abiertas y todavía sangrantes tiene mucho que ver con los prodigios que los apóstoles y discípulos hacían como testimonio de la fe en cumplimiento del envío encargado por Cristo.

Naturalmente, fuera de la comunidad no todo son parabienes y aplausos (como sugiere el libro de los Hechos: “eran bien vistos de todo el pueblo”); también ahí hay dificultades, como nos recuerda en un contrapunto de realismo la carta de Pedro, que tiene hoy para nosotros especial actualidad: existen persecuciones y oposiciones que nos pueden hacer sufrir en pruebas diversas. Pero esas dificultades se superan precisamente por la presencia en la comunidad del Señor resucitado al que vemos por la fe, más valiosa que el oro y, por eso, necesitada de ser purificada, aquilatada y fortalecida. Así es posible la paradoja de la alegría en medio de la prueba.

Estamos viviendo en el “primer día de la semana”. No nos reunimos en el Sábado, el día en el que Dios descansó de su obra creadora, sino en el primer día, el día en el que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas (cf. Gn 1, 3-4). Este primer día es el día de la nueva creación: Dios ha vuelto a crear la luz, la de la resurrección, y la ha separado de la oscuridad de la muerte. Y, por eso, nosotros podemos ver a Jesús vivo y en medio de nosotros, y podemos escuchar la palabra que nos dice: “Paz a vosotros”, haciendo así posible el ideal de la comunidad creyente, reconciliada y que, sin miedo y abiertamente, da testimonio ante el mundo entero.

Domingo de Pentecostés

mayo 14, 2016

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11 Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13 Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23 Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Bajo la acción del Espíritu

luzLa solemnidad de Pentecostés cierra el largo ciclo del tiempo pascual (que hace unidad con el tiempo de Cuaresma). Podemos tener la sensación de que el don de Espíritu Santo es algo que acontece “al final” de este tiempo extraordinario, y que vendría a atemperar la sensación de orfandad por la ausencia terrena de Jesús. Pero, si escuchamos con atención la Palabra que Dios nos ha dirigido hoy, podemos entender que no es exactamente así. Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir: ʻJesús es Señorʼ, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Por tanto, si durante el tiempo pascual hemos podido ver a Jesús resucitado, y lo hemos reconocido como Señor y Mesías, significa que el don del Espíritu Santo ya ha estado actuando en nosotros. Y su actuación no permite que nos sintamos huérfanos, sino, al contrario, nos reviste del Espíritu de filiación que clama en nosotros “¡Abba! ¡Padre!” (cf. Gal 4, 6). El sentido inevitablemente cronológico de la liturgia no debe llevarnos a engaño. Los tiempos de Dios no son como los nuestros. 

¿Por qué, entonces, la liturgia sitúa la venida del Espíritu precisamente al final del tiempo pascual? Nuestra vida se da en la distensión temporal y es en ella en la que vamos aprendiendo los misterios de Dios, que exceden la limitación del espacio y el tiempo. Pero Dios, al encarnarse, asume nuestra temporalidad y hace de ella ocasión para desplegar su sabia pedagogía, dirigiendo nuestra atención, ora a unos aspectos, ora a otros, que se iluminan y enriquecen mutuamente. Durante el ciclo pascual (Cuaresma-Semana Santa-Pascua), tiempo de luz, hemos contemplado los grandes misterios de la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Lo hemos contemplado a Él, y lo hemos hecho desde la fe, es decir, bajo la acción del Espíritu. Al concluir (sólo litúrgicamente) este gran ciclo de contemplación y de fiesta, abrimos uno nuevo, el ciclo de la misión y el testimonio en la vida cotidiana. Por eso, antes de ponernos en camino, la liturgia nos invita a detenernos un momento y hacer conciencia, no sólo de lo que hemos visto y oído, sino también de la luz y la vibración que nos ha permitido ver, escuchar y creer, y que ahora nos tiene que llevar a confesar y anunciar. El Espíritu Santo es la luz en la que habitualmente no reparamos, pero gracias a la cual podemos ver. Es decir, lo conocemos por sus frutos, por sus dones.

Tradicionalmente se ha considerado que esos dones son la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fuegofortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios, todos ellos en relación con la compresión de los misterios de la fe. Nosotros ahora no vamos a comentar con detalle estos dones, sino que queremos contemplarlos a la luz de la Palabra que hemos escuchado hoy. Ya hemos dicho que el primer don del Espíritu Santo lo hemos experimentado durante todo este tiempo de Pascua, al contemplar a Cristo resucitado y encontrarnos con él. A partir de él podemos discernir los otros dones, frutos que denotan la presencia y la acción del Espíritu en nuestras vidas y que nos habilitan para la misión que Jesús nos confía: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Al reflexionar sobre ellos, caemos en la cuenta de que el Espíritu Santo no actúa de manera mágica o automática, pues, siendo un Espíritu personal, es también un Espíritu de diálogo, que no fuerza nuestra libertad, sino que requiere nuestra cooperación. Por eso, de nuevo, la venida del Espíritu Santo no es un hecho puntual, sino una realidad siempre actual, siempre en curso. También por este motivo, podemos comprobar, precisamente por sus frutos (o por la ausencia de ellos), en qué medida estamos viviendo bajo la acción del Espíritu, y hasta qué punto nos estamos oponiendo a ella.

Cuando en nuestra vida de relación con los demás, también en nuestra vida eclesial, no somos capaces de entendernos entre nosotros, si, incluso hablando un mismo idioma, no conseguimos encontrar un lenguaje común, es que no estamos siendo dóciles al Espíritu. Porque, cuando el Espíritu viene, nos inspira para comprendernos entre nosotros, universalmente, a pesar de las diferencias, que, curiosamente, el Espíritu no anula, sino que preserva. El Espíritu no nos uniformiza, ni nos obliga a hablar en un mismo idioma, sino que nos enseña el lenguaje universal del amor, que une a los distintos, sin eliminar la originalidad de cada uno.

Por esto mismo, cuando subrayamos la división entre nosotros por lo más variados motivos, si fomentamos la confrontación, por ejemplo, entre jerarquía y laicado, entre acción y contemplación, entre oración y compromiso social, entre tradición y progreso…, aunque la parte de verdad que hay en nuestra posición parezca justificarnos, no estamos actuando y juzgando bajo la inspiración del Espíritu Santo, que hace de la diversidad de dones, ministerios, sensibilidades, formas de espiritualidad, etc., manifestaciones para el bien común, para la unidad del único cuerpo de Cristo.

aguaA diferencia de Lucas, que distancia en el tiempo la Pascua de la Ascensión y de Pentecostés, Juan, como queda patente en el Evangelio de hoy, reúne estos acontecimientos en un mismo día: “el primer día de la semana”. Y es que este primer día de la semana no es un tiempo meramente cronológico (aunque acontezca en la historia), sino que es el tiempo de la nueva creación, en el que, como al comienzo de la creación del mundo (cf. Gn 1, 2) el Espíritu alienta, crea y ordena. En este texto podemos descubrir en apretada síntesis otros frutos del Espíritu, y, por contraste, aquellas actitudes que, por el contrario, denotan que aún no lo hemos acogido. Allí donde dominan la cerrazón y el miedo no está actuando el Espíritu, que, al contrario, nos abre y da coraje para salir al mundo entero a dar testimonio de la Buena Nueva de Cristo. Junto al miedo, atenazan los corazones de los hombres, muchas veces también de los creyentes, la inquietud, el pesimismo, la tristeza. El Espíritu de Jesús insufla paz y alegría, incluso allí donde vemos, sentimos y nos duelen las heridas del cuerpo de Cristo, que él mismo nos muestra. Esas heridas abiertas, recuerdo vivo de la Pasión de Cristo, que sigue presente de tantas formas (en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, en los sufrimientos de sus “pequeños hermanos”), no son heridas que claman venganza, ni acusan con rencor, sino “las heridas que nos han curado” (Is 53, 5; 1 P 2, 24), que hablan de perdón. Un gran don del Espíritu que opera en la Iglesia es el perdón. El sacramento de la reconciliación es su expresión principal, pero no la única. Todos estamos llamados a ejercer el ministerio del perdón, precisamente en la generosidad para perdonar a los que nos ofenden, para ser agentes de reconciliación allí donde hoy conflictos de cualquier tipo. Cuando somos incapaces de perdonar, cuando vivimos en el rencor, “guardándonos” las ofensas reales o imaginarias de que hemos sido víctimas, cuando ahondamos los conflictos, en vez de contribuir a resolverlos, entonces es claro que nuestro corazón está cerrado a la acción del Espíritu, que tenemos que ponernos en vela a la espera de nuestro particular Pentecostés. Podemos decir que el verdadero perdón no es cosa fácil, especialmente cuando las ofensas son muy graves. Pero no se trata de realizar imposibles superiores a nuestras fuerzas, sino de abrirnos al que es más fuerte que nosotros, al que ha resucitado a Jesucristo de la muerte, ha vencido el mal, y nos enriquece y transforma con sus dones.

El ministerio del perdón es el fruto de un corazón reconciliado, resucitado, nuevo. Es el gran signo de que, realmente, el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús ha bajado sobre nosotros y ha encontrado espacio en nosotros, de manera que podemos salir al mundo, sin temor, con paz y alegría para dar testimonio del gran misterio pascual, que hemos contemplado durante este tiempo que hoy concluye, y del que Jesús nos manda testimoniar y anunciar, enviándonos al mundo entero.

Domingo 5 de Pascua (C)

abril 23, 2016

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27 Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Apocalipsis 21, 1-5 Dios enjugará las lágrimas de sus ojos

Juan 13, 31-33a. 34-35 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros

 

La nueva Jerusalén y su ley

imgresDesde tiempo inmemorial los seres humanos han diseñado utopías, es decir, formas ideales de sociedad y de cultura en las que los males que afligen desde siempre al ser humano fueran, si no desterrados para siempre, sí al menos limitados hasta niveles soportables. Lugares y formas de organización social en los que se redujera al mínimo el llanto y el dolor, el mal y la injusticia, y se lograra hasta donde fuera posible poner un coto a la muerte. Estas utopías con frecuencia no han pasado de ser proyectos escritos (Utopía de Sto Tomás Moro es la más célebre, pero hay muchas otras: la República de Platón, La Ciudad del Sol de Campanella y otros); en algunas ocasiones se han ensayado en la práctica sobre bases distintas, religiosas (la Florencia de Savonarola, o la Ginebra de Calvino) o pretendidamente científicas (la utopía marxista).

Difícil es valorar la mera imaginación de las cosas, pero parece que hay consenso en que los ensayos de realizar estas repúblicas ideales han generado, prácticamente siempre, mayores males que los que pretendían remediar. Las pasiones, los deseos, la libertad imprevisible del ser humano han acabado por forzar a los utópicos a prescindir de parte de la humanidad a la que pretendían servir, a violentar la naturaleza humana en el lecho de Procusto de sus deseos utópicos. En síntesis, para remediar el mal hay que producir tanto mal que, al final, suele resultar peor el remedio que la enfermedad.

¿No es la visión de la “Nueva Jerusalén” una versión más de esas utopías sangrientas? En el texto del Apocalipsis alienta el anhelo inextinguible del hombre por un mundo sin mal, sin dolor, sin muerte. Pero aquí no se trata de un sueño que se pone de espaldas a la realidad concreta del hombre y que, por tanto, se niega a mirar cara a cara el mal real de nuestro mundo. La clave de lectura de la visión de la nueva Jerusalén está en el Evangelio que hemos leído en este quinto domingo de Pascua.

Es un evangelio un poco raro en el contexto del camino pascual Mafaldaque venimos recorriendo. Recordemos que se trataba de ir descubriendo aquellos lugares en los que era posible “ver” al Señor con los ojos de la fe: la comunidad de discípulos, la Eucaristía, los Pastores. En esta semana se nos habla de un centro fundamental (si no del centro fundamental) de la fe cristiana: el mandamiento del amor. Es así: esas presencias del Resucitado iluminan el misterio del amor que Dios nos tiene, y tienen sentido para hacer posible que nosotros, los seres humanos, vivamos de ese mismo amor. Pero el “amor” del que aquí se habla no tiene nada de romántico, no es un sentimiento de simpatía universal, ni tampoco está dirigido sólo a aquellos que “nos caen bien”, militan en nuestro partido o que piensan como nosotros… De hecho, el evangelio, con sus primeras palabras, nos retrotrae a los momentos anteriores a la Pasión de Cristo: “cuando salió Judas del cenáculo”. Aunque aquí no se cita, en ese texto se dice que “era de noche”. Es decir, volvemos de la luz a la oscuridad. Y se hace, creo, precisamente, para recordarnos que aquí no hablamos de una hermosa pero irreal utopía, además de peligrosa, por excluyente.

El amor del que aquí se habla mira cara a cara el mal, no lo rehúye, no crea “cordones sanitarios” contra sus posibles portadores (¡¿quién no es portador?!). Dios mira al ser humano real, con todas sus miserias, y las asume sobre sí, las hace suyas, pasa por ellas. El amor de que se habla aquí no es romántico, ni utópico, ni cerrado en el pequeño grupo sectario que se forma a base de la exclusión de los “impuros”; por el contrario, es fuerte, realista, difícil: es la actitud del que está dispuesto a dar su vida en bien de los demás, en los que ve a sus hermanos. ¿Quién es capaz de un amor así? CruzSólo hay una respuesta: Jesús. El amor que nos manda tener entre nosotros es el amor que él nos regala: “que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Un amor que mira y asume la limitación y que, por eso, se encarna en lo concreto: un amor que soporta, es paciente, perdona, asume, escucha, que dice la verdad, pero sin rigidez, que da siempre una nueva oportunidad. Es el amor del día a día, el único que nos sostiene en la vida cotidiana, y cuenta por ello con los momentos de cansancio, de debilidad, de rutina, de crisis.

La luz del Resucitado nos da la fuerza para amar también cuando “es de noche”, es decir, en el momento de la cruz, sin utopismos, pero con horizontes de esperanza. La nueva Jerusalén ha comenzado, pero está en camino. Hay que sembrarla con ese amor realista y encarnado, que, porque no es romántico, no es excluyente (hasta el enemigo es objeto de él), sino abierto a todos: es el amor universal de la misión de la Iglesia de la que nos habla la primera lectura.

En esta quinta semana de Pascua la Palabra de Dios, al tiempo que se concentra en el mandamiento del amor (la sustancia de las presencias del Resucitado y el motor de la misión), se introducen dos motivos íntimamente unidos: el Espíritu Santo y la próxima Ascensión de Cristo, que marca el final del intenso período de las apariciones del Resucitado. Su marcha conlleva una cierta noche, pero no es un abandono (el fin de la utopía), sino una nueva forma de presencia: el amor no es ante todo un esfuerzo moral, sino la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús en la Iglesia y en los creyentes. Esa presencia alimenta nuestra vida cristiana e ilumina esas presencias del Resucitado que hemos contemplado en las primeras semanas pascuales.

Si es de noche en nuestra vida, hemos de saber que la luz del Resucitado opera ya en nosotros gracias al Espíritu Santo que Jesús nos promete. Aunque sea de noche es posible hacer el bien y realizar este amor concreto, realista y encarnado, para así ser fieles a los momentos de luz. Si, pese a nuestras debilidades y defectos, tratamos de vivir de este amor previamente donado, entonces estaremos realizando la misión de la Iglesia, pues por él “conocerán que somos discípulos suyos”. Y si lo hacemos así, por muy deficiente que nos parezca nuestro testimonio, estaremos adelantando esa “utopía realista” y ya operante en la historia humana: la nueva Jerusalén, en la que Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto ni luto, ni dolor.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

abril 4, 2015

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 Él había de resucitar de entre los muertos

 

Ya amanece, aunque aún está oscuro

images-3Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, que sobrevive a la muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén,; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del images-2
sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve realiza las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.