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Domingo 2 del Tiempo Ordinario (A)

enero 17, 2020

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6 Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3 La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34 Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: -«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

 

El que quita el pecado del mundo

 

Cuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, sino insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese mucho, fuerte, persistente, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, percibimos también el mal en todas sus formas de modo espontáneo como aquello que no debe ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal en lo que les parecían ser sus raíces, y que han emprendido iniciativas distintas para ello. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, orientado e inclinado a él de manera natural. Pero, como el mal se le presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimirla por la fuerza, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo han terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con sólo nuestro esfuerzo, y eso que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar la realidad del mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nuestra definición (de la definición esencial de nuestro mundo), pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal (detener la caída o limpiarnos del virus que nos está destruyendo). De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión, no sólo no es la solución, sino que es parte del problema.

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada: la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, uno que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de los “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan Bautista habla de un poder real: de uno que es mayor que él (que es el más grande de entre los nacidos de mujer), de uno que existe desde siempre, esto es, que es en sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Esta es la fuerza del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad.

El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos sana por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” – Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.

También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo, perseguidor violento en nombre de Dios, renunció a ella al encontrarse con Cristo, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.

Quinto Domingo de Cuaresma (C)

abril 5, 2019

PRIMERA LECTURA
Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo
Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.»

Salmo responsorial 125 R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

SEGUNDA LECTURA
Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

EVANGELIO
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra
Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: – «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: – «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: – «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: – «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: – «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Muerte y vida nueva

 

“Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén” (Sal 121).

El 5.º Domingo de Cuaresma nos sitúa en Jerusalén, es decir, en el escenario directo de la Pascua de Jesús. Por eso, todo nos habla del misterio de muerte y vida que estamos a punto de contemplar. Se nos invita a mirar cara a cara a la muerte, pero en la perspectiva de la vida nueva del resucitado. La muerte es el destino inevitable para todo hombre. No es posible escapar a su poder. En la muerte experimentamos la lejanía de Dios (Jesús, lejos de su amigo Lázaro gravemente enfermo, no se da prisa y cuando llega parece que ya no tiene remedio –ciclo A). Y puede entenderse además como consecuencia del mal y del pecado (como en el caso de la mujer adúltera). Pero Jesús nos dice que puede ser algo fructífero, como el grano de trigo (ciclo B), si la muerte es consecuencia de la entrega voluntaria, si somos capaces de dar la vida.

Para una mirada desprovista de fe se puede ver en la muerte sólo su aspecto biológico, pero no es posible no descubrir su absurdo moral, especialmente para el ser humano, que, tal vez por una pesada broma del destino, o de la evolución, o por un fallo de los mecanismos genéticos, ha elevado su mirada por encima de su limitación temporal y ha sido habitado por deseos de inmortalidad… De ahí, que con rara lucidez, sean no pocos los que han concluido que si no hay nada que esperar tras la muerte, el mundo es malo sin remedio o, al menos, absurdo, una pasión inútil.

Si miramos a la muerte desde la fe religiosa, no por ello encontramos una respuesta sencilla y unívoca. En torno a la mujer adúltera, de hecho, nos encontramos con dos actitudes religiosas bien distintas. Jesús está en Jerusalén, durante el día en el templo y, por la noche, en el huerto de los olivos. El ambiente en torno a él está extraordinariamente enrarecido. Se percibe en la enorme tensión de sus diálogos con los judíos. Sombras de muerte se ciernen sobre Él. Esto no le impide continuar enseñando al pueblo y velando en oración por las noches. Jesús muestra así su señorío y su libertad. Pero sus enemigos lo acosan y tratan de pillarlo para poder acusarlo.

Este es el caso del evangelio de hoy. Porque, en realidad, la cuestión que le plantean a propósito de la mujer adúltera no es un problema moral, sobre la licitud o no del adulterio. Es claro que Jesús también lo considera ilícito (de ahí la exhortación final: ¡no peques más!). Tampoco se trata de la oportunidad de tal castigo. El dilema se plantea en términos puramente legales (v. 6): la ley de Moisés manda apedrearla; la ley romana prohíbe que, salvo por la mano de la propia autoridad imperial, se ejecute a nadie. A los fariseos poco les importa la vida de esa pobre mujer, que se convierte en el instrumento para tenderle un lazo a Jesús. Si se opone a la ejecución, se opone a la ley mosaica y se hace reo de impiedad; si la avala, se hace culpable ante las autoridades romanas. Aquí la ley, civil y religiosa, están al servicio de la muerte. Estos hombres religiosos ven en la muerte un justo castigo por el pecado y aplican la ley sin misericordia.

Pero Jesús es libre y no mira a la ley desnuda, sino a quien la ley debe servir. En este caso, desvía la atención del dilema legalista y la pone en la mujer que está a punto de ser ejecutada. Le importa la persona, su bien, su salvación. Jesús mira al corazón, posiblemente débil, pero no definitivamente perdido, de aquella mujer. Es verdad que ha pecado. Pero el pecado de adulterio implica “otra parte”. En la sociedad antigua, como en muchas sociedades de hoy, la mujer está en situación de flagrante marginación. Ante un pecado de dos, sólo ella debe pagar. Y, además, en este caso concreto, esa pobre mujer es sólo el instrumento para perder a Jesús. Él mira también el corazón duro como la piedra de aquellos hombres religiosos.

Jesús “se puso a escribir con el dedo en el suelo” (v. 6). Después, la respuesta inesperada y genial: “Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Después se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en la tierra” (v. 7-8).

Los judíos posiblemente entendieron bien el enigmático gesto de Jesús, que era una cita conocida por aquellos maestros de la ley: “los que se aparten de mí serán escritos en el polvo” (Jer 17,13), es decir, se condenan a desaparecer, como los nombres escritos en la arena. La condena que buscan se ha vuelto contra ellos. Se apartan de Jesús (uno tras otro, empezando por los más viejos), porque se han apartado de Dios. Queda sólo la mujer ante Jesús. Él es el único que no tiene pecado, el único con derecho a condenar, a lanzar la primera piedra. Pero él no ha venido a juzgar y condenar, sino a salvar (cf. Jn 3,17; 12,47) de la muerte (“tampoco yo te condeno”), y del pecado (“vete y no peques más”). Jesús es el hombre con la ley escrita en el corazón, que mirando al corazón sana radicalmente por dentro y da la oportunidad de comenzar de nuevo; en él se hace verdad la hermosa profecía de Isaías: “abre caminos por el mar, sendas por las aguas impetuosas… No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Mirad que voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?”.

Esta es la perspectiva nueva que Jesús va a abrir para nosotros gracias a su muerte y resurrección: por la fe, el conocimiento de Cristo nos permite experimentar el poder de la resurrección, eso sí, compartiendo sus padecimientos y muriendo su misma muerte (cf. Flp 3,10).

La pedagogía de Dios, la pedagogía cuaresmal no puede prepararnos de verdad y hasta el final para la alegría pascual sin hacernos volver nuestros ojos a esta dimensión, la gran antiutopía, que pone en cuestión el sentido de la vida y cualquier proyecto de salvación y liberación que el hombre pueda idear. En este momento decisivo del camino cuaresmal (en el que sentimos la tentación de escapar, de volver atrás, para evitar el trance amargo de la muerte), al escuchar la Palabra, iluminados por ella, podemos entender el mensaje que esta palabra nos comunica “en los umbrales de Jerusalén”: la muerte es inevitable, pero no es lo último, ni lo definitivo. Lo definitivo es el amor. Y, para demostrárnoslo, Dios mismo por medio de Cristo ha querido hacerse presente en ella. De esa manera, la muerte se hace fecunda (como el grano de trigo), el hombre es rescatado de su poder (como Lázaro), el pecado que lo condena es perdonado (como en el caso de la mujer adúltera).

La cruz de Cristo nos dice que hay efectivamente en este mundo un límite infranqueable e intrínseco, metafísico y moral, que sólo se puede superar superando y trascendiendo la vida misma: vencer el mal y la muerte sólo es posible amando (haciendo el bien) hasta dar la vida, renunciando a ella.

De este modo, Cristo se convierte en fuente de esperanza de salvación contra el poder del mal y de la muerte para todos. Sólo desde el misterio de la cruz es posible comprender la universalidad salvífica de Cristo para todos, cristianos, creyentes de otras religiones y no creyentes. Realmente, si lo pensamos bien aquello que nos vincula a todos sin diferencia alguna, lo único en lo que somos todos realmente iguales, es en nuestra condición mortal: el noble y el plebeyo, el pobre y el rico, el sabio y el necio, el bueno y el malo, todos debemos morir. Sin tener esto en cuenta toda pretensión (religiosa, moral, revolucionaria o científica) de salvación intra o extramundana es ilusoria. Ante ella somos absolutamente impotentes, por muchas estrategias de dilación o distracción que podamos ensayar.

Pues bien, en Cristo, Dios se ha hecho presente incluso en la muerte, y la ha reventado por dentro. En Cristo, también la muerte se ha hecho lugar de encuentro con Dios. De esta manera, el cristianismo no se evade de la dureza del mal radical, lo mira cara a cara, pero hace de él mismo lugar de la respuesta: el amor hasta la muerte es más fuerte que la muerte, y si el Dios Autor y Amigo de la vida (cf. Sb 1,13-15) ha probado las hieles de la muerte, ésta ha perdido su antiguo poder de muro infranqueable y se abre para todo ser humano sin distinción, pues todos han de morir, la posibilidad del encuentro con Cristo y de ser bautizados en su muerte: ya sea en esta vida, por la fe y el sacramento, ya sea en el momento mismo de la muerte, en el que está Cristo presente y que puede ser entendido como el bautismo existencial de cada uno (si bien, cada uno, no sabemos cómo, ha de responder positivamente a esta oferta de salvación).

Llegados a “los umbrales de Jerusalén”, a los que nos ha acompañado la Cuaresma, somos invitados a entrar en la ciudad santa para ser testigos del gran misterio del Amor, de la manifestación al mundo del verdadero rostro de Dios en el rostro desfigurado de su Hijo. Sólo pasando por ese trance será posible la verdadera alegría de la que nos habla el salmo 125, con el que queremos concluir nuestra meditación sobre el camino cuaresmal:

«Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. / Hasta los gentiles decían: “El Señor ha estado grande con ellos.” El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. / Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. / Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.»

 

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (B)

junio 10, 2018

Lectura del profeta Génesis 3, 9-15 Establezco hostilidades entre tu estirpe la de la mujer

Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: –¿Dónde estás? Él contestó: ¡Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Adán respondió: –La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí. El Señor dijo a la mujer: ­–¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: –La serpiente me engañó y comí. El Señor dijo a la serpiente: ­Por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la tuya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón.

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8 R. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios 4, 13-5, 1 Creí, por eso hablé

Hermanos: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciben la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y unas tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gracia. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterno en el cielo, no construida por hombres.

Lectura del Santo evangelio según san Marcos 3, 20-35 ¿Quién es mi madre y mis hermanos?

En aquel tiempo, volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de Jerusalén decían: –Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: ­¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme con el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: –Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ­–¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

Mi madre y mis hermanos

 

El Evangelio de hoy presenta dos motivos algo distintos en apariencia: la cuestión del pecado, de ese misterioso pecado contra el Espíritu Santo, que nunca podrá ser perdonado, y las relaciones de Jesús con su familia, que a la luz de este texto evangélico, no parecían ser excelentes.

La cuestión del pecado viene enmarcada por la lectura del Génesis, por el tenso diálogo entre Dios y Adán y Eva tras la caída original. Nos encontramos con dos perspectivas o puntos de vista sobre el pecado: el pecado original, esto es, aquello que se encuentra en el origen del pecado, no sólo ni sobre todo cronológicamente, sino en su esencia misma (es lo que encontramos en la primera lectura); y, ya en el Evangelio, lo que podríamos llamar “el pecado final”, el pecado definitivo y sin vuelta atrás. Vayamos paso a paso.

El pecado original, el origen del pecado, se encuentra en la voluntad de ponerse en el lugar de Dios: “seréis como dioses” había dicho la serpiente a la mujer, “conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 5). Está claro que “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” no significa infringir simplemente una prohibición positiva y más o menos arbitraria, establecida simplemente para “poner a prueba” a nuestros primeros padres. La cosa tiene un sentido mucho más profundo, universal y presente en toda forma de pecado. Se trata aquí de comer del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Es decir, se tata de determinar libremente, según la propia voluntad o el propio interés o capricho, el contenido del bien y del mal: de trastocar el orden establecido por Dios, que sirve para preservar la vida; pues el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, que bien podemos entender como la conciencia, y que se encuentra en el centro del jardín –que es el ser humano–, se encuentra, además, junto al árbol de la vida (cf. Gn 3, 9). El corazón y el origen del pecado está en esa voluntad de ser como dioses (que tantas versiones ha tenido y tiene a lo largo de la historia), en esa pretensión de una libertad creadora y que no responde ante nadie, que no es, ciertamente, la libertad del hombre.

En el pecado, el ser humano niega a Dios, pues no lo reconoce como autor de la vida y del orden del bien y del mal; pero también se niega a sí mismo, porque no acepta su condición de criatura, la más excelsa, “poco inferior a los ángeles” (Sal 8, 5), pero no divina, ciertamente libre, pero con una libertad limitada y, por eso mismo, responsable. Al negarse a sí mismo, entra inmediatamente en conflicto con sus semejantes. Todo esto se refleja meridianamente en el diálogo entre Dios y Adán y Eva. El ser humano, que al pecar se ha descubierto, no sólo que no es igual a Dios, sino que es poco más que un animal (y se avergüenza de serlo, de su desnudez), se oculta de Dios, en vez de ir a buscar en Él el remedio del mal cometido. En segundo lugar, en vez de reconocer humildemente su culpa, se quita de encima la responsabilidad, acusando a otros: el hombre, a la mujer, ésta, a la serpiente. Tal vez hubiera bastado reconocer humildemente la propia culpa para recomponer la amistad con Dios. Descubrimos una cierta contumacia en la reacción de esa pareja que nos representa a todos.

Pero también descubrimos que en el pecado hay un elemento de debilidad, producto de la inicial imperfección humana. Lo expresa la mujer: “la serpiente me engañó, y comí”. El pecado no significa, al menos en su punto de partida, una perversión completa, una destrucción total de la dignidad del hombre, de su capacidad para el bien. Por su imperfección, admite aún la posibilidad del arrepentimiento y, en consecuencia, del perdón y la salvación. Por eso, la mujer, y en ella todo el género humano que engendra, al no haber perdido del todo su dignidad, queda por encima de la serpiente, del tentador y engañador: éste puede herirla, pero en el talón, mientras que ella, si llega a vencer, le aplastará la cabeza.

El pecado trastoca la historia humana. Lo que debería haber sido un proceso de autoperfeccionamiento del hombre y de perfeccionamiento de la creación que le ha sido confiada, se convierte en un proceso ambiguo, en el que el bien y el mal se encuentran íntimamente mezclados, de manera que la obra de Dios y su designio sobre el mundo quedan comprometidos. Empieza otra historia: Dios no puede descansar, sino que tiene que salir al encuentro del hombre que se esconde de Él. Empieza la historia de salvación. Esa larga historia culmina en el encuentro definitivo entre Dios y el hombre en Jesucristo, en el que Aquel hace su definitiva oferta de perdón y reconciliación, de restauración de la naturaleza caída.

Pero, así como el pecado es fruto de la libertad del hombre, del uso abusivo de ella, así esta oferta, para poder realizarse, requiere la aceptación libre por parte suya. La salvación que Dios ofrece tiene carácter dialogal, y aunque es incondicional y gratuita, requiere la cooperación libre del hombre. Por eso, existe el peligro de que éste persevere en el mal, renuncie al arrepentimiento y a la acogida del perdón.

Igual que en el pecado original descubrimos varios grados de culpabilidad (la soberbia de querer ser como dioses, pero también la debilidad propia de la debilidad y la ignorancia), así en la acogida de Cristo podemos ver que hay diversos grados de resistencia.

Por un lado, está la de la familia. Mientras que la multitudes buscan a Jesús con ahínco, sus familiares no le entienden, son incapaces de descubrir la presencia de Dios en uno al que conocen bien desde pequeño. Sin duda, se ha debido volver loco. Es una falta de aceptación que revela rutina, escasa apertura para lo extraordinario, horizontes estrechos. Pero no se ve ahí una mala voluntad fundamental.

Eso es lo que se descubre en los letrados venidos de Jerusalén. Ante su acusación, Jesús, por un lado, responde al reproche de locura de sus familiares. Su respuesta es de una lógica aplastante, no la de un alucinado. Si expulsa demonios, ¿cómo puede hacerlo por el poder del demonio, de Satanás? Así muestra Jesús que el mal, por muy fuerte que parezca ser, es más débil que el bien, pues necesita de él para subsistir. Como comenta Sancho Panza al ver el reparto de los bandoleros de Roque Guinart: “Es tan buena la justicia distributiva, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones” (Don Quijote de la Mancha, 2.ª parte, Cap. LX). La de los letrados es, sin duda, una acusación absurda. O, peor, de una enorme perversidad, como hemos dicho, de una mala voluntad fundamental que se empeña en llamar mal al bien y bien al mal (cf. Is 5, 12). Se trata de una ceguera voluntaria, porque se niega a reconocer la evidencia, quién sabe por qué oscuros intereses o razones inconfesables. Es, como hemos dicho, una especial contumacia en el mal que ninguna debilidad o imperfección puede disculpar, pues consiste, precisamente, en el rechazo de la oferta de salvación que Dios nos hace en Cristo, es precisamente el rechazo del perdón.

Que Jesús hable de “pecado contra el Espíritu Santo” para designar este pecado final o definitivo que no puede jamás perdonarse no puede ser casual. ¿Por qué no lo designa “pecado contra el Hijo de Dios”? En el evangelio de Lucas (12, 10) se dice expresamente que la blasfemia contra el Hijo del hombre se podrá perdonar, pero no la proferida contra el Espíritu Santo. La encarnación del Verbo supone una cierta “relativización” que puede en ocasiones, por diversos motivos, dificultar la opción de fe en Él, pero sin que se llegue a esa mala voluntad y ceguera voluntaria de que hablamos aquí. Aquí el hombre se opone de manera consciente y libre al bien evidente (se encuentre donde se encuentre, y lo haga quien lo haga), y eso supone cerrarse por completo a él. Que es lo que manifiestan los letrados cuando, viendo a Jesús expulsando demonios, afirman que él mismo está endemoniado.

Sin llegar a esos extremos, existe un modo menos radical, pero que tal vez a nosotros, los creyentes, nos puede amenazar más de cerca. Es muy posible que ya en vida de Jesús algunos familiares suyos no le entendieran y quisieran apartarlo de su actividad pública. También es probable que estos textos reflejen, además, situaciones de la primitiva iglesia, en la que algunos familiares de Jesús pretendieran posiciones de privilegio simplemente en virtud de sus vínculos de sangre con Él. Es significativo que en el texto los familiares están “fuera” del círculo de los discípulos y tienen que mandar a llamarlo. La respuesta de Cristo es bien significativa: los vínculos de sangre son insuficientes si no están recogidos en el plan de Dios, que pasa por la vinculación con Cristo. Esta última genera unas relaciones más intensas, profundas y duraderas que las basadas en la familia natural. Jesús está creando la familia de los hijos de Dios, su Padre, en la que sus discípulos se convierten en sus hermanos, incluso en su madre, pues engendran su presencia a dondequiera que vayan.

Nuestro mundo occidental, profundamente impregnado por la fe cristiana, tiene una cierta “familiaridad” con Cristo, piensa conocerlo, saber de qué va su discurso. Pero, poco a poco, en sus grandes opciones culturales se ha ido distanciando de su círculo de discípulos y situándose en la periferia de la verdadera fe cristiana. Muchos de nuestros contemporáneos, pese a conservar esos vínculos de familiaridad (¿qué otra cosa son, si no, la noción de persona, la idea de dignidad humana, de derechos humanos?), consideran que lo que se refiere a la fe es un delirio o una superstición: que los creyentes en Cristo no estamos en nuestros cabales, y pretenden retirar de la circulación (del espacio público) todo lo que huela a Iglesia, a cristianismo. Una cierta tolerancia revestida de desdén pretende concedernos poder pensar o creer como queramos, pero siempre que sea en el fuero interno, sin que podamos expresarnos públicamente. ¿Es esto posible? En modo alguno: “Creí, por eso hablé”. Quien cree no puede no hablar, con sus palabras y con sus hechos. Las tribulaciones externas no deben desanimarnos, porque fijos nuestros ojos en lo que no se ve, y que es eterno, nos sabemos miembros de la familia de Dios, hermanos, hermanas, incluso madres de Jesús que con su testimonio lo engendran en fe en los demás.

Domingo 1 de Cuaresma (B)

febrero 16, 2018

 

 

Lectura del libro del Génesis 9, 8-15 El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio

Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.» Y Dios añadió: – «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

 Lectura de la primera carta de1 apóstol san Pedro 3, 18-22 Actualmente os salva el bautismo

Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 12-15  Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

 

Entre ángeles y alimañas

El primer domingo de cuaresma aborda las tentaciones de Jesús. Frente al carácter más detallado con que Mateo y Lucas nos narran este episodio misterioso de la vida de Jesús, Marcos, con su peculiar austeridad, nos da una breve noticia del hecho, sin mayores precisiones. Esto nos da pie para reflexionar sobre el hecho  de la tentación como tal, al que Jesús se somete voluntariamente (“dejándose tentar por Satanás”). Nos enfrentamos, en realidad, con el misterio del mal, pues la tentación incita al pecado. Se plantea la espinosa cuestión: ¿por qué permite Dios que seamos tentados? Es más, ¿por qué permite el mal? ¿Qué hace contra él?

La tentación, como la misma palabra indica, es una “tienta”, un “tanteo” que algo o alguien nos hace, ofreciéndonos motivos para que realicemos una determinada elección; es un sondeo, un ataque, una incitación, pero al mal. Puesto que es una incitación al mal, no se puede aceptar que ésta proceda de Dios: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y Él no tienta a nadie” (St. 1, 13).

La tentación es algo propio de la condición humana que, por la libertad que ha recibido de Dios, está llamada a perfeccionarse a través de sus decisiones. Esto significa que partimos de una imperfección, de una desarmonía o falta de unificación inicial de sus diversas dimensiones (sentidos, razón, voluntad, relaciones, etc.), que él mismo debe ir remediando eligiendo entre las posibilidades que va encontrando en su camino. Por eso leemos en el libro del Eclesiástico: “Dios hizo al hombre al principio y puso en sus manos su propio destino” (Si 15, 14). Las posibilidades que se nos ofrecen son muy variadas: existen bienes puramente materiales, instrumentales, otros, agradables, otros más exigentes, como los estéticos o los intelectuales, o, en un grado todavía superior, los morales y los religiosos. Todos son “bienes” y todos son necesarios. Pero entre ellos existe un orden de jerarquía en cuanto a su importancia. La tentación consiste en sentir la atracción de un bien de cierto nivel, pero a costa de la desatención o el sacrificio de otros más elevados. Cuando hacemos una “mala” elección (por ejemplo, elegimos algo agradable a costa de los derechos o las esperanzas de otra persona, o de nuestra salud o de nuestra dignidad), lo hacemos por un cierto bien, pero de manera que lesionamos un bien mayor.

De ahí que el mal sea ante todo una ausencia o un defecto de bien (como el frío es una ausencia de calor y la oscuridad una falta de luz). Esto no quita importancia y gravedad al mal: pues los bienes lesionados o destruidos por la búsqueda desordenada de otro menos digno (poder, riqueza, etc.) pueden ser enormes. Pensemos en el cáncer de la droga o de la pornografía infantil, en que unos miserables, por acumular dinero, destruyen miles de vidas humanas.

Es importante subrayar que la tentación no es el mal (moral, voluntario). Somos tentados por causa de nuestra condición humana (de nuestra propia libertad, real, pero limitada); pero no hay pecado mientras no haya un consentimiento de nuestra libertad.

Jesús, empujado por el Espíritu fue al desierto, al lugar de la experiencia de Dios y de la elección, pero también de la prueba. El pasar por ella forma parte de la realidad de su encarnación y de su misión salvadora: “Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba” (Hb 2, 18). “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado” (Hb 4, 15). Se dejó tentar porque aceptó la condición humana con todas sus consecuencias. Pero su voluntad eligió siempre a Dios, mostrando que el pecado (a diferencia de la tentación) no es algo inevitable; y dándonos la posibilidad de, en Él, hacer la misma elección.

Dios consiente la tentación porque acepta el riesgo de la libertad que incluye la posibilidad de un mal uso de la misma. Sólo a través del proceso de prueba y dificultad puede el hombre madurar, adquirir la sabiduría de la unificación interior, aprender a discernir el bien del mal de modo concreto (y no sólo teórico). La prueba del sufrimiento purifica y justifica al hombre. Así se manifiesta definitivamente en Cristo, el justo sufriente.

Dios consiente la tentación, pero, ¿qué hace contra el mal? ¿Por qué lo consiente? Si Dios y el mal son incompatibles, ¿cómo conciliar la existencia del mal con la existencia de Dios?

El mal es el resultado de un abuso del bien de la libertad humana; no es un destino inevitable y ciego, pues, en tal caso no habría responsabilidad ni pecado: en la idea misma de mal moral está implicada la conciencia de que “esto debería haber sido de otra manera”. La libertad humana, pese a su limitación, es inalienable: nadie puede querer por mí, nadie puede querer por otro, ni siquiera Dios, pues nadie puede “querer sin querer”. Si esto es así, ¿qué puede hacer Dios ante el mal cometido por nosotros voluntariamente? Dios podría evitarlo sólo de dos maneras: o destruir al hombre, o anular su voluntad (reduciéndolo a una marioneta). Pero Dios no hace ni lo uno ni lo otro. Aquí conviene recordar lo que con tanta fuerza leemos en la primera lectura: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes… Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Unos versículos más adelante, dice el texto del Génesis que Dios dijo en su corazón: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Gn 8, 21). Hay que entender estos textos en el sentido preciso de que Dios no realiza nunca el mal, nunca lo ha hecho (atribuirle el diluvio y cualquier otra desgracia es un antropomorfismo explicable, pero demasiado primitivo), y, es más, no puede hacerlo. Porque el mal es un defecto de bien, una especie de nada, de agujero en el ser. Y Dios es sólo creador, y al crear introduce bien en el mundo. El mal de ningún modo puede proceder de Dios, porque el mal consiste en alejarse de Él, la fuente del ser y de todo bien.

Intervenir para evitar el mal sería, no sólo una intromisión en nuestra libertad (de la que tan celosos somos para hacer “lo que nos da la gana”, pero de la que tan fácilmente nos desmarcamos, cuando se trata de asumir la propia responsabilidad), sino un acto “destructivo” incompatible con la realidad de Dios. Así pues, Dios no destruye nada, y responde al mal sólo con el bien. Por eso no destruye al gran tentador, Satanás, y a sus ángeles: porque son criaturas suyas y, aunque han usado mal su libertad rebelándose contra Dios, Él pese a todo las mantiene en el ser. Por eso Jesús eligió a Judas. Judas estaba llamado a ser apóstol, esa era su vocación, pero fue infiel y traicionó a Jesús (y no se arrepintió, que podía haberlo hecho). Es el misterio de la libertad que Dios respeta.

Se podría objetar que existe otra posibilidad: que Dios, cuando cometemos determinados pecados, nos envíe un castigo para escarmentarnos. Pero esta es una hipótesis imposible. En primer lugar, porque como ya se ha dicho, Dios no hace nunca el mal. Pero además, porque si existiera un nexo claro entre pecado y castigo divino (un castigo en este mundo, como una enfermedad, una desgracia, un terremoto, etc.), entonces todos nos abstendríamos de hacer el mal, sí, pero sólo por la cuenta que nos tiene, por temor al castigo, y no por amor del bien, no de manera realmente libre. Nos convertiríamos en algo parecido a las marionetas de antes. No seríamos malos, pero tampoco podríamos ser buenos, eligiendo el bien por amor del bien mismo. Sencillamente no seríamos humanos.

El castigo del pecado no es cosa de Dios: el ser humano se castiga a sí mismo cuando se aleja de Dios. A veces este castigo es evidente ya en este mundo; como solemos decir, “en el pecado está la penitencia”: el mal que cometemos puede volverse contra nosotros y frecuentemente lo hace. El drogadicto experimenta en su cuerpo, en su mente, en su espíritu, en sus relaciones, los estragos que produce la droga. Pero esto no siempre es así: muchos malvados se van de rositas y muchos justos sufren sin merecerlo. Por eso, mientras dura el tiempo de nuestra responsabilidad en este mundo, somos nosotros los que tenemos que esforzarnos por introducir justicia y bondad en el mundo. Para eso nos ha dado Dios la libertad responsable y la conciencia, y múltiples indicaciones de en qué consiste el bien, y que alcanzan su cima en el mismo Jesús. Y, después, cada uno habrá de dar cuentas de sus acciones. La vida hay que tomársela en serio.

Pero Dios hace todavía otra cosa ante el espectáculo del mal: no sólo se somete a la tentación, sino también a las consecuencias injustas del mal voluntario: con los que padecen com-padece; y se pone del lado de las víctimas, haciéndose él mismo víctima: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables” (1P 3, 18).

De esta manera, Jesús ilumina con su luz nuestra historia tormentosa y plagada de males. Podemos tener la tentación (otra tentación más, la del pesimismo) de pensar que en este mundo vivimos entre  alimañas, y que hay sólo alimañas. A veces nos parece que sólo actúa Satanás, el tentador (no lo olvidemos, el tentador, pero el mal depende de nuestro acuerdo). Pero en este mundo nuestro que es el desierto en que Jesús se dejó tentar por Satanás viviendo entre alimañas, también estaban los “ángeles que le servían”. Hay que tener también ojos para esos ángeles servidores, y que no son sólo ángeles alados, sino también ángeles humanos, que viven haciendo el bien, sirviendo a Cristo en sus hermanos. Jesús está entre nosotros, compartiendo con nosotros nuestras limitaciones, nuestras tentaciones y, sin tener pecado, sufriendo sus consecuencias. Y nosotros podemos ser, en torno a Él, o alimañas que le acosan en búsqueda de su botín, sucumbiendo a la tentación del egoísmo y sirviendo al Tentador, o ángeles que hacen el bien y le sirven en sus (nuestros) hermanos.

De nuestra libertad depende de qué lado queremos estar. Y si nos encontramos con que a veces nuestra debilidad nos pone del lado de las alimañas, sepamos que Jesús hace todavía otra cosa más contra el mal: anunciarnos el perdón de Dios (esa es una de las expresiones de la cercanía del Reino) y darnos la posibilidad de la conversión, de volver al bando de los ángeles.