Posts Tagged ‘Poder’

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (B)

octubre 20, 2018

Lectura del libro de Isaías 53, 10-11 Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz. El justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

 Sal 32,4-5.18-19.20.9-2 R/: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16 Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 35-45 El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santia­go y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sir­van, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

No será así entre vosotros

En estos domingos pasados hemos visto cómo los propios discípulos de Jesús expresan su extrañeza, incluso su oposición, al modo en que Jesús entiende y propone las relaciones conyugales, y la relación con la riqueza. En este domingo sucede algo similar con la cuestión del poder. La sexualidad, la posesión material y el poder social marcan tres direcciones fundamentales del espíritu humano y son, además, expresión del carácter menesteroso, de las necesidades básicas del hombre; pero también pueden ser el lugar en el que el ser humano se entrega con generosidad, lo que quiere decir, con renuncia. Jesús con su palabra y con el ejemplo de su vida quiere enseñarnos a hacer de esas dimensiones lugares de aparición del Reino de Dios. También en el ámbito de las relaciones conyugales, en el trato con los bienes económicos y en el de la autoridad social debe realizarse la segunda petición del Padrenuestro: “venga a nosotros tu Reino”.

Hoy tenemos que centrarnos en la realidad del poder y la autoridad. Y la cuestión es “servir” o “servirse”. La diferencia en la conjugación es mínima, una pequeña partícula reflexiva, pero ese mínimo matiz es capaz de cambiar el sentido entero de una vida.

En realidad, la tensión entre servir y servirse es inevitable en todos los ámbitos de la vida: en la familia, en el trabajo, en la sociedad y en la política, también, claro, en la religión y en la iglesia. Aunque tensión no significa necesariamente contradicción. Si estamos tan inclinados a servirnos es porque, como hemos dicho, somos menesterosos y tenemos muchas necesidades. Hasta en el amor, del que los griegos (hablando de Eros) decían que era hijo de “Poros” (abundancia) y “Penía” (pobreza), necesitamos recibir además de dar. Esto significa que la tensión se puede resolver solamente mediante el equilibrio de las dos dimensiones. Sin embargo, en cada ámbito de vida y actividad humana ese equilibrio se realiza de un modo parcialmente diverso. Pongamos como ejemplos la política y la religión (expresamente, la cristiana). Aunque concibamos la política como una actividad al servicio del bien común (una forma superior de ética, consideraban de nuevo los griegos), lo cierto es que un político que carezca de ambición está condenado al fracaso. En la política la voluntad de servir, imprescindible para que esa actividad no degenere en mero oficio de truhanes, tiene que ir acompañada de una cierta sed de poder. Sin ella, no podrá el político abrirse camino en ese mundo ni, por tanto, llegar a servir a la sociedad. Aquí, el equilibrio de las dos dimensiones es imprescindible para evitar tanto la corrupción como la ineficacia.

¿Puede decirse que sucede lo mismo en el campo de la experiencia religiosa o, más exactamente, cristiana? Creo que no, por un pequeño pero fundamental detalle. A diferencia de la política y otras ocupaciones, fruto de elección personal, en la vida de fe es Dios quien toma la iniciativa, es Cristo el que nos llama y elige: “No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido” (Jn 15, 16); “llamó a los que quiso” (Mc 3, 13). Y es esa misma llamada la que marca el sentido de la elección, que, evidentemente, no está en la línea del “servirse”, sino de la de servir.

Si esto es así, ¿cómo entender, entonces, la petición de los hermanos, hijos del Zebedeo? Ya hemos ido viendo cómo los discípulos de Jesús, incluso los más cercanos, entendieron el sentido de su mesianismo sólo de manera progresiva. Es natural que al principio, al reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías prometido, le aplicaran los esquemas de compresión comunes a su tiempo: un mesianismo político que libraría a Israel de la opresión romana y restauraría el antiguo esplendor de la monarquía davídica. Es fácil comprender, que una interpretación político-religiosa de la figura de Jesús podía muy bien suscitar expectativas ligadas a cargos, prebendas y privilegios. Pero, más allá de las circunstancias históricas de entonces, que requirieron la paciente pedagogía de Jesús sobre el sentido de su mesianismo, es claro que la tentación del poder (del servirse) asoma en cualquier situación y en cualquier época. También hoy puede suceder y puede sucedernos. En la Iglesia y en cualquier vocación cristiana podemos sentir la tentación de servirnos de nuestra posición en beneficio propio. Como en el caso de los hijos de Zebedeo, no está dicho que nuestras motivaciones sean desde el principio totalmente puras y claras. El sacerdote puede ambicionar un cargo eclesiástico (ser párroco, o monseñor, u obispo…), el religioso puede desear con vehemencia que le nombren superior, el laico de la parroquia puede aspirar a ocupar un cargo de responsabilidad, o simplemente buscar reconocimiento público. Cuántas personas se mueven alrededor de grupos o estructuras cristianas buscando cosas distintas del seguimiento de Cristo y la entrega a los demás: buscan amigos, o ayuda material, o alguna forma de promoción, o incluso la oportunidad de viajar al extranjero…

El caso es que lo que nos narra el evangelio de hoy nos dice que no debemos ser en exceso puritanos, ni llevarnos las manos a la cabeza. Jesús no llama a puros, sino a pecadores, precisamente nos llama a nosotros. Y Él sabe que nuestras motivaciones no son impolutas. Justamente el hecho de ser Él el que nos llama nos debe dar confianza: él es un Mesías (un sumo sacerdote) capaz de compadecerse de nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado; él es un Maestro que nos va enseñando con paciencia a través de las circunstancias de la vida. Las ambiciones de los dos hermanos, que suscitan la ira de los demás (posiblemente, por el simple hecho de que tenían aspiraciones similares), le dan pie a Jesús para enseñarles y hacerles avanzar en la compresión del verdadero sentido de su mesianismo y, en consecuencia, del discipulado. Y lo mismo hace hoy con nosotros y con nuestras motivaciones ambiguas. Lo importante es estar abiertos a la enseñanza viva de Jesús, atentos a sus palabras y en actitud de seguimiento. Porque esa es la cuestión: estamos en camino. No seremos perfectos, pero estamos abiertos y en movimiento. Y entonces Jesús no nos reprocha por nuestros defectos y nuestras ambiciones, sino que nos enseña, y nos ayuda a comprender y a crecer.

La respuesta a Santiago y a Juan a la pregunta de Cristo es altamente significativa: la disposición a aceptar el bautismo y el cáliz de la eucaristía. Es claro que no se trata sólo de los ritos sacramentales, sino de lo que ellos significan: la participación real, existencial, en la Pasión de Cristo. Estamos bautizados, pero el bautismo es el comienzo de un camino, en el que somos alimentados por la Eucaristía, que se nos invita a repetir (al menos) semanalmente precisamente porque estamos llamados a progresar en el conocimiento, la compresión y la participación viva en el misterio insondable de Cristo. Si estamos dispuestos, aun cuando, como en el caso de los dos hermanos en su respuesta, no sepamos hasta el final lo que esto significa, entonces nuestras motivaciones se irán purificando progresivamente, y se nos dará sin duda el lugar que nos corresponde en la Iglesia y en el Reino de Dios, para servir en ella a Dios y a Cristo en los hermanos. Aquí rige una lógica nueva y distinta: no es la lógica del poder, sino la de la entrega. Es una grandeza de otro tipo, que no consiste en el boato externo y en los privilegios que comporta, sino en la libertad interior y en la dignidad del servicio.

No es fácil aceptar el camino de la Cruz, pero este es el único camino de seguimiento de Cristo. Y tampoco es tan difícil emprenderlo y encaminarse por él, si nos vamos ejercitando paso a paso en el servicio cotidiano, en la atención a las pequeñas necesidades de los que nos rodean. Así, en el día a día iremos realizando (haciendo real) lo que significa nuestro bautismo, bebiendo del cáliz eucarístico, haciendo nuestra no sólo la doctrina, sino también la vida de Aquel que nos ha justificado cargando con nuestros crímenes, que ha venido no para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por todos.

 

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 22, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»

Sal 53, 3-4. 5. 6 y 8 R. El Señor sostiene mi vida.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3 Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia

Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 30-37 El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó – «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: – «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: – «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

 

La cruz elegida y la elección del servicio

 

Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso con la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

Frente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 20, 2015

Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3 Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 30-37 El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

 

La elección de la cruz y el camino del servicio

images-1Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso conimages la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

imgresFrente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

images-2La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.