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Domingo después de la Epifanía del Señor (A) El Bautismo de Jesús.

enero 10, 2020

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7 Mirad mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Salmo 28 R./ El Señor bendice a su pueblo con la paz

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17 Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: – «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: – «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: – «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

 

Éste es mi Hijo amado

 

Los acontecimientos se precipitan. La liturgia nos mete prisa. O, como solemos decir, “el tiempo pasa volando”. Hablamos así, por ejemplo, cuando, tras un cierto período de tiempo sin ver a unos amigos con hijos, los volvemos a encontrar y resulta que los niños se han convertido ya en unos hombres y mujeres hechos y derechos. Hace tan sólo unos días contemplábamos el misterio de Dios hecho hombre en un niño recién nacido al que nos acercamos a adorarlo junto con los pastores y los Magos de Oriente, y hoy nos encontramos ya con Jesús adulto y preparado para iniciar su ministerio público.

En una semana la liturgia da un salto de treinta años. De hecho, apenas tenemos datos de la infancia y juventud de Jesús, más que vivió “sometido a la tutela de sus padres” y que “crecía en sabiduría, estatura y aprecio ante Dios y ante los hombres” (cf. Lc 2, 51-52). Es decir, que se fue desarrollando con normalidad, incluyendo en ella, los inevitables conflictos que conlleva el crecimiento personal y el descubrimiento de la propia autonomía (cf. Lc 2, 41-49). En síntesis, podemos decir que, en ese largo período, Jesús aprendió a ser hombre, a vivir según las leyes de la humanidad, a discernir el bien del mal, que en su caso significa experimentar que en este mundo bueno creado por Dios existe también el mal, el conflicto, el sufrimiento, la injusticia en todas sus formas. En todo caso, lo importante aquí es que podemos ver hoy el resultado de este proceso de maduración. La liturgia nos presenta hoy (en continuidad con la fiesta de la Epifanía) a Jesús adulto y dispuesto a comenzar su actividad pública, que tiene lugar en el Jordán, donde Juan el Bautista se encontraba bautizando.

La aparición de Juan el Bautista fue un acontecimiento muy notable en la convulsa vida del Israel de aquel tiempo. El profetismo es uno de los fenómenos religiosos más significativos de la fe de Israel. Por el profetismo Israel escucha una Palabra de Dios viva y ligada a los acontecimientos de su historia. Pero el profetismo acabó desapareciendo tras el destierro. Desde hacía siglos Israel leía, recordaba, interpretaba la Palabra de Dios, pero ya no podía escucharla en la inquietante y actual voz de los profetas. Y he aquí que aparece Juan, que en su vida y en su modo de acción restablece la antigua profecía. Es lógico que algunos se preguntaran (y le preguntaran) si no era él el Mesías prometido.

Pero no, él no era el Mesías, sino aquel que debía preparar el camino de su aparición. De ahí su llamada a volver a la antigua fidelidad, al momento fundacional del pueblo que debía ser reconstituido, su exigencia de conversión y purificación de los pecados, significado por el rito bautismal en el Jordán; de ahí, también, que eligiera el desierto como su lugar de morada.

No conocemos con detalle que relación existió entre Juan y Jesús. Lucas los presenta como emparentados lejanamente. Pero, en el otro extremo, el Evangelio de Juan informa de que no se conocían (cf. Jn 1, 31). Otra hipótesis dice que Jesús empezó siendo discípulo del Bautista, o, al menos, que ambos estaban ligados por la espiritualidad del movimiento esenio… Parece que a los Evangelistas nos les interesó aclarar estos extremos, pero lo que es cierto es que Juan acabó reconociendo en Jesús al Mesías esperado y que Jesús tenía a Juan en una altísima estima (el mayor entre los nacidos de mujer). Entre ellos y sus respectivos grupos hubo ciertamente contactos. Jesús mismo durante su vida realizó prácticas de bautismo penitencial similares a las de Juan (cf. Jn 3, 22) y parece seguro que algunos de los discípulos de Jesús habían sido discípulos del Bautista (cf. Jn 1, 35-37).

Tanto los evangelios sinópticos como el de Juan coinciden en situar el bautismo de Jesús al comienzo de su ministerio público. Huelga decir que el bautismo de Jesús no es el sacramento del bautismo que nosotros hemos recibido (no es infrecuente que los niños, pero también ciertos cristianos, deliciosamente ingenuos, pregunten por qué Jesús no se bautizó de pequeño y cuándo entonces hizo la primera comunión). Aunque entre el bautismo de Juan y el de Jesús existe un vínculo estrecho, precisamente gracias a que Cristo quiso ser bautizado por Juan.

¿Por qué se bautiza Jesús? Se trataba de un rito de purificación, pero Jesús no tenía pecados de los que purificarse. Una primera respuesta es que Jesús se une a su pueblo, que acudía en masa a bautizarse (cf. Mc 1,5). Es decir, participaba de la tensión mesiánica de su pueblo, a la que Él mismo iba a dar definitiva respuesta.

Por otro lado, ilumina el sentido de este bautismo la pugna entre Juan y Jesús. Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconoce su papel mediador del que ha de crecer mientras él mengua, protesta que es él quien necesita ser bautizado por Jesús (lo sería ciertamente en su martirio). Cede sólo ante las palabras algo enigmáticas de Jesús: “déjalo ahora; conviene que cumplamos toda justicia”. El ahora indica tal vez la provisionalidad del bautismo de Juan, que había de ser sustituido por el auténtico y definitivo bautismo cristiano. La justicia que se ha de cumplir es la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del “yugo del Reino de Dios”, según la formulación judía. Y aunque el bautismo de Juan no está previsto en la Torá Jesús, con su respuesta lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.[1]

Es decir, Jesús, como hombre, se somete por entero a Dios su Padre, que lo reconoce como su Hijo. De esta forma se prefigura el futuro camino de Jesús. Al participar en el bautismo de purificación, Jesús está realizando de manera simbólica lo que será el sentido y la realidad de su misión: toma sobre sí los pecados de su pueblo, los pecados del mundo.

El pecado es el rechazo de Dios, la rebelión contra Él, la voluntad de no someterse directa o indirectamente a su designio. Todo acto de injusticia, de mentira, de odio y violencia, de egoísmo y negación del otro implica alejarse de Dios, cerrar el camino de acceso a Él. Cuando Jesús “cumple toda justicia” se somete como hombre al designio de Dios, elimina la causa que cierra la posibilidad de reconocer a Dios y de ser reconocido por Él, es decir, “toma sobre sí el pecado del mundo”.

Por eso, tras el bautismo de Jesús los cielos se abren y se produce una teofanía trinitaria. Dios, eliminado el obstáculo que le impedía acercarse al hombre (o, mejor, el obstáculo que impedía al hombre acercarse a Dios), muestra inmediatamente su rostro. Se restablecen los vínculos entre Dios y la humanidad. El Dios trinidad, Padre que ama (Espíritu Santo) a su Hijo, lo reconoce en el hombre Jesús. En él se ha producido el reencuentro pleno entre Dios y el hombre. Ahora, en Cristo, es posible escuchar de nuevo la voz de Dios que suena no para condenar y reprochar, sino para reconocer y acoger.

Está claro que en el bautismo Jesús está anticipando su muerte en la cruz, el momento culminante en el que Jesús toma sobre sí los pecados del mundo y padece sus consecuencias, ofreciendo su vida a Dios, sometiéndose hasta el extremo a la voluntad de Dios, su Padre. De hecho, Jesús habla de su muerte en Cruz como del bautismo en el que tiene que ser bautizado.  (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 20). Queda así prefigurado todo el misterio de la salvación: el bautismo es sinónimo de la muerte en la cruz y purificación de todos los pecados; en esto estriba la posibilidad de que el hombre se reconcilie con Dios, consigo mismo y con los demás. De hecho, las palabras de la voz que desciende del cielo, “Este es mi hijo amado”, podemos entenderlas como dirigidas a cada uno de nosotros. En Cristo, con el que nos unimos en el misterio de la muerte y la resurrección por medio del bautismo, todos somos hijos de Dios.

Hace pocos días, en la celebración de la Navidad, contemplábamos al niño Jesús, el hijo de María y en la fe reconocíamos en Él al Hijo de Dios. Hoy descubrimos a ese niño ya adulto y sabemos que en Él también nosotros somos “niños”, hijos del Padre bueno que por amor ha entregado la vida de su Hijo para la salvación de todos.

Así, también nosotros estamos llamados, como Jesús, a “tomar sobre nosotros los pecados del mundo”. ¿Cómo? Existen varias varias formas:

  • Confesando sin miedos y sin complejos al Cristo en el que hemos sido bautizados.
  • Reconociendo los propios pecados con humildad y sin miedos: Dios los toma sobre sí al perdonarlos. El sacramento de la reconciliación (junto con el de la Eucaristía) es una forma preclara de renovar en nosotros los efectos del bautismo.
  • Perdonando nosotros las ofensas que otros nos puedan infligir: no devolver mal por mal, sino bien por mal.
  • Haciendo el bien que podamos, para, por decirlo así, aumentar el capital de bien que hay en el mundo y colaborar a que se abran los cielos sobre nosotros. Es una forma de “dar la vida” como lo hizo Cristo.
  • Tratando de mirar a nuestro mundo con ojos positivos. Es cierto que existe mal y mucho mal. Pero también existe el bien, y mucho bien, y además el bien está llamado a vencer, ya ha vencido en la muerte y resurrección de Cristo. Que nuestra mirada no sea catastrofista y sombría, sin dejar de ser realista y crítica: que sea esperanzada, como lo es la mirada de Dios. En cada ser humano hay alguien llamado a ser hijo de Dios, a escuchar la palabra que define el sentido de nuestra dignidad, de nuestra vida y también de nuestra muerte: “tú eres mi hijo/a amado/a”.

 

 

[1] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, Madrid, 2007, p. 39.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (B)

julio 7, 2018

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 2-5 Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, oí que me decía: – «Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envío para que les digas: “Esto dice el Señor.” Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.»

Sal 122, 1-2a. 2bcd. 3-4 R. Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 7b-10 Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

Hermanos: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 1-6 No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: – «De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: – «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

¿Es posible ser profeta en la propia tierra?

La vocación profética es una forma peculiar de vocación religiosa. En el antiguo Israel existían tres formas principales de “unción” (el ungido es, precisamente, el “Cristo”, el representante de Dios): el sacerdote, el rey y el profeta. Pero el profeta, a diferencia del sacerdote y el rey, ejerce un ministerio no institucional, es decir, carente del soporte de una institución (el templo o el poder político) que confiere a ese ministerio autoridad, poder y protección. Y, aunque existieron también profetas de corte, profetas áulicos, los verdaderos profetas de Israel fueron gentes desligadas de esas instituciones sagradas, a las que criticaban con libertad.

El profeta es, pues, uno que, suscitado por Dios, carece, sin embargo, de signos externos de la elección. El signo de la misma es sólo la fuerza de la Palabra que transmite, una Palabra desnuda, directa, libre, pero también sometida a riesgo, precisamente por la falta de apoyo institucional. Profeta puede ser cualquiera, uno del pueblo, por medio del cual Dios habla con entera libertad. Se expresa así, al mismo tiempo, la cercanía de Dios y su independencia de las domesticaciones intentadas por el poder político o religioso. Es decir, Dios puede hablar por medio de uno cualquiera, y cualquiera puede hacerse disponible para hacerse portavoz de lo que Dios nos quiere decir. No hace falta que sea depositario de revelaciones o visiones extraordinarias. Basta que esté a la escucha y transmita con palabras y obras lo que en esa escucha ha descubierto.

La cercanía tiene la ventaja de la inmediatez. En cierto sentido, la autoridad del sacerdocio institucional y, con mayor motivo, del poder político, están muy mediatizados, y el mismo carácter institucional, que protege y da autoridad, encorseta y pone sordina a la palabra así transmitida. Los que ocupan esos puestos dicen lo que tienen que decir, lo que se espera de ellos. E, incluso si transmiten la Palabra auténtica de Dios (la verdad, la justicia, etc.), siempre es posible reaccionar a esa palabra con escepticismo: “¡Claro! ¿Qué vas a decir tú, si eres cura?”

En el caso del profeta se dan una libertad e inmediatez que comportan, sin embargo, otros riesgos. ¿Cómo aceptar como palabra de Dios lo que nos dice uno cualquiera, uno como nosotros? Esto es, ¿cómo aceptar una autoridad divina de parte de alguien carente de la autoridad del poder? A este siempre podremos decirle, “pero tú, ¿quién te has creído que eres?” Porque a éste lo conocemos, sabemos quién es, quiénes son sus padres, sus hermanos, conocemos también sus defectos y debilidades, sus aguijones, como en el caso de Pablo. Es una forma de protegerse de la peligrosa Palabra de Dios que con su luz pone al descubierto nuestras sombras, aunque lo que pretenda esa misma Palabra no sea “pillarnos”, sino iluminarnos y sanarnos, darnos la posibilidad de vivir mejor, de otra manera, con una plenitud que el pecado nos arrebata.

Jesús ha elegido una forma de presencia que cuadra sobre todo con la existencia profética. Decimos de él que es Sacerdote según el rito de Melquisedec y que es Rey del Universo. Pero su existencia terrena se pareció muy poco al sacerdocio ministerial (en realidad, ejerció su sacerdocio en la Cruz, en la que fue al tiempo sacerdote, víctima y altar); y menos aún a la realeza según los parámetros de nuestro mundo: no en vano le dijo a Pilato que su reino no era de este mundo.

Jesús, más bien, eligió hacerse como uno cualquiera (cf. Flp 2, 8), sin ningún tipo de protección institucional, sin poder externo alguno, más que el que brotaba de su propia autoridad personal y de la fuerza de su Palabra. Por eso, muchos lo reconocieron como Profeta (Mc 1, 27; Jn 4, 9; 9, 17). Pero, también por eso mismo, también fueron muchos los que lo rechazaron, y, especialmente, como vemos hoy, los suyos, los de su pueblo, que no lo reconocieron como Mesías, precisamente porque creían conocerlo demasiado bien, hasta el punto de que, si nos atenemos a las palabras del mismo Jesús, respondieron a su predicación y sus milagros, no sólo con incredulidad, sino también con desprecio.

Jesús, hecho por su encarnación uno cualquiera, pero también, por eso, alguien cercano, uno de los nuestros, sigue hablando y actuando por medio de gentes normales. Pueden ser esas madres creyentes que les recuerdan a sus hijos los principios elementales del bien y sus deberes para con Dios; puede ser un amigo que con sus actitudes nos recuerda que no todo está en venta, que no es obligatorio adaptarse a lo que todo el mundo hace; puede ser un hermano o hermana de nuestra comunidad cristiana, que de palabra o de obra nos avisa de que nuestro comportamiento se aleja del ideal que nosotros mismos afirmamos profesar… Todos aquellos que se toman en serio la Palabra de Dios, la escuchan y tratan de ponerla en práctica se hacen profetas de Jesucristo. Al hacerlo, claro, asumen el riesgo del rechazo, del desprecio, de la exclusión. Porque esta Palabra es una Palabra salvadora, pero también incómoda. Y podemos tratar de protegernos de ella rechazando a esos profetas, gentes cualquiera a los que creemos conocer muy bien (quiénes son, de dónde vienen, cuáles son sus defectos, sus aguijones), y a los que no les consentimos que nos sermoneen, ni traten de enseñarnos nada. El problema es que, al hacer esto, podemos estar rechazando a Cristo, que profetiza por ellos, impidiendo que esa Palabra vivida y operante nos ilumine, nos toque e, imponiéndonos las manos, nos cure y haga entre nosotros milagros. Es importante estar abierto al bien, sin etiquetas, incluso si viene del más cercano; este es un elemento esencial de la verdadera fe. Y, si nos abrimos de esta manera, nos iremos convirtiendo nosotros mismos en profetas, gentes libres, tocadas por la Palabra de Dios, que, pese a las debilidades y defectos, la transmiten con su forma de vida y también con sus palabras. Pero tenemos que tener claro el precio que podemos tener que pagar por esa profecía de la vida cotidiana. Podemos atraernos el rechazo o el desprecio de los demás, a veces de los más cercanos. No por ello hemos de desalentarnos. Aunque esta Palabra (que no es nuestra, sino que nos la ha dirigido Dios) parezca no ser acogida ni escuchada, es importante que suene. Siendo una Palabra viva y eficaz, más aguda que espada de doble filo (cf. Hb 4, 12), es una palabra “que sale de mi boca y no vuelve a mí vacía, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (Is 55, 11). Como nos recuerda hoy Ezequiel, la palabra profética puede parecer eficaz o no, pero lo más importante es que esté siempre presente. Y es que esta Palabra de la que nos hacemos profetas es la Palabra encarnada, Cristo, que rechazado y despreciado, muerto y sepultado, ha resucitado a un vida nueva, y opera (quiere operar) en y por nosotros, los creyentes.

Domingo 14 del Tiempo Ordinario (B)

julio 3, 2015

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 2-5 Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 7b-10 Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 1-6 No desprecian a un profeta más que en su tierra

 

¿Es posible ser profeta en la propia tierra?

images-1La vocación profética es una forma peculiar de vocación religiosa. En el antiguo Israel existían tres formas principales de “unción” (el ungido es, precisamente, el “Cristo”, el que representa a Dios): el sacerdote, el rey y el profeta. Pero el profeta, a diferencia del sacerdote y el rey, ejerce un ministerio no institucional, es decir, carente del soporte de una institución (el templo o el poder político) que confiere a ese ministerio autoridad, poder y protección. Y, aunque existieron también profetas de corte, profetas “áulicos”, los verdaderos profetas de Israel fueron, por lo general, gentes desligadas de esas instituciones sagradas.

El profeta es, pues, uno que, suscitado por Dios, carece, sin embargo, de signos externos de la elección. El signo de la misma es sólo la fuerza de la Palabra que transmite. Es, por tanto, una Palabra desnuda, directa, libre, pero también sometida a riesgo, precisamente por la falta de apoyo institucional. El profeta es “uno cualquiera”, uno del pueblo, por medio del cual Dios habla con entera libertad. Se expresa así, al mismo tiempo, la cercanía de Dios y su independencia de las posibles domesticaciones intentadas por el poder político o religioso. Es decir, Dios puede hablar por medio de uno cualquiera, y cualquiera puede hacerse disponible para hacerse portavoz de lo que Dios nos quiere decir. No hace falta, necesariamente, que ese “cualquiera” sea depositario de revelaciones o visiones extraordinarias. Basta que esté a la escucha y transmita con sus obras y sus palabras lo que en esa escucha ha descubierto.

La cercanía tiene la ventaja de la inmediatez. En cierto sentido, la autoridad del sacerdocio institucional y, con mayor motivo, del poder político, están muy mediatizados, y el mismo carácter institucional, que protege y da autoridad, encorseta y pone sordina a la palabra así transmitida. Los que ocupan esos puestos dicen “lo que tienen que decir”, lo que se espera de ellos. E, incluso si transmiten la Palabra auténtica de Dios (la verdad, la justicia, etc.), siempre es posible reaccionar a esa palabra protegiéndonos de ella, con un deje de escepticismo: “¡Claro! ¿Qué vas a decir tú, si eres cura?”

En el caso del profeta se dan una libertad e inmediatez que comportan, sin imagesembargo, otros riesgos. ¿Cómo aceptar como palabra “de Dios” lo que nos dice uno “cualquiera”, uno “como nosotros”? Esto es, ¿cómo aceptar una autoridad divina de parte de alguien carente de la autoridad del poder? A este siempre podremos decirle, “pero, ¿quién te has creído tú que eres?” Porque a éste lo conocemos, sabemos quién es, quiénes son sus padres, sus hermanos, conocemos también sus defectos y debilidades, sus “aguijones”, como en el caso de Pablo. Es otra forma de protegerse de la peligrosa Palabra de Dios que con su luz pone al descubierto nuestras sombras, aunque lo que pretenda esa misma Palabra no sea “pillarnos”, sino iluminarnos y sanarnos, darnos la posibilidad de vivir mejor, de otra manera, con una plenitud que el pecado nos arrebata.+Jesús ha elegido una forma de presencia que cuadra sobre todo con la existencia profética. Decimos de Él que es Sacerdote según el rito de Melquisedec y que es Rey del Universo. Pero su existencia terrena se pareció muy poco al sacerdocio ministerial (en realidad, ejerció su sacerdocio en la Cruz, en la que fue al tiempo sacerdote, víctima y altar); y menos aún a la realeza según los parámetros de nuestro mundo: no en vano le dijo a Pilato que su reino no era de este mundo.

Jesús, más bien, eligió hacerse como “uno cualquiera” (cf. Flp 2, 8), sin ningún tipo de protección institucional, sin poder externo alguno, más que el que brotaba de su propia autoridad personal y de la fuerza de su Palabra. Por eso, no fueron pocos los que lo reconocieron como Profeta (Mc 1, 27; Jn 4, 9; 9, 17). Pero, también por eso mismo, fueron también muchos los que lo rechazaron, y, especialmente, como vemos hoy, los suyos, los de su pueblo, que no lo reconocieron como Mesías, precisamente porque creían conocerlo demasiado bien, hasta el punto de que, si nos atenemos a las palabras del mismo Jesús, respondieron a su predicación y sus milagros, no sólo con incredulidad, sino también con desprecio, hecho por su encarnación “uno cualquiera”, pero también, por eso, alguien cercano, “uno de los nuestros”, sigue hablando y actuando por medio de gentes normales. Pueden ser esas madres creyentes que les recuerdan a sus hijos los principios elementales del bien y sus deberes para con Dios; puede ser un amigo que con sus actitudes nos recuerda que no todo está en venta, que no es obligatorio adaptarse a lo que “todo el mundo hace”; puede ser un hermano o hermana de nuestra comunidad cristiana, que de palabra o de obra nos avisa de que nuestro comportamiento se aleja del ideal que nosotros mismos afirmamos profesar… Todos aquellos que se toman en serio la Palabra de Dios, la escuchan y tratan de ponerla en práctica se hacen profetas de Jesucristo. Al hacerlo, claro, asumen el riesgo del rechazo, del desprecio, de la exclusión. Porque esta Palabra es una Palabra salvadora, pero también incómoda. Y podemos tratar de protegernos de ella rechazando a esos profetas, “gentes cualquiera” a los que creemos conocer muy bien (quiénes son, de dónde vienen, cuáles son sus defectos, sus aguijones), y a los que no les consentimos que nos “sermoneen”, ni traten de enseñarnos nada. El problema es que, al hacer esto, podemos estar rechazando a Cristo, que profetiza por ellos, impidiendo que esa Palabra vivida y operante nos ilumine, nos toque e, imponiéndonos las manos, nos cure y haga entre nosotros milagros. Es importante estar abierto al bien, sin etiquetas, incluso si viene del más cercano; este es un elemento esencial de la verdadera fe. Y, si nos abrimos de esta manera, nos iremos convirtiendo nosotros mismos en profetas, gentes libres, tocadas por la Palabra de Dios, que, pese a las debilidades y defectos, la transmiten con su forma de vida y también con sus palabras. Pero tenemos que tener claro el precio que podemos tener que pagar por esa profecía de la vida cotidiana. Podemos atraernos el rechazo o el desprecio de los demás, a veces de los más cercanos. No por ello hemos de desalentarnos. Aunque esta Palabra (que no es nuestra, sino que nos la ha dirigido Dios) parezca no ser acogida ni escuchada, es importante que suene. Siendo una Palabra viva y eficaz, más aguda que espada de doble filo (cf. Hb 4, 12), es una palabra “que sale de mi boca y no vuelve a mí vacía, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (Is 55, 11). Como nos recuerda hoy Ezequiel, la palabra profética puede parecer eficaz o no, pero lo más importante es que esté siempre presente. Y es que esta Palabra de la que nos hacemos profetas es la Palabra encarnada, Cristo, que rechazado y despreciado, muerto y sepultado, ha resucitado a un vida nueva, y opera (quiere operar) en y por nosotros, los creyentes