Posts Tagged ‘Reino de Dios’

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 23, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 6-9 Mis planes no son vuestros planes

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a Para mí la vida es Cristo

Hermanos: Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” El replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

 

Id a trabajar a mi viña

 

No es raro encontrarse con reacciones adversas a esta paradójica y provocativa parábola de Jesús. Son reacciones del tipo: “esas cosas podrían pasar en tiempos de Jesús, pero no en los nuestros…” La cuestión y la sal de la parábola está en que “esas cosas” tampoco podían pasar en esos tiempos, y, precisamente por eso, Jesús cuenta la parábola y describe la reacción iracunda de los trabajadores de primera hora: para llamar la atención. Para llamar la atención, ¿sobre qué? Jesús no trata de explicarnos un nuevo (y extraño) sistema de relaciones laborales y salariales, ni tampoco pretende defender o justificar la arbitrariedad patronal. La cuestión que plantea no tiene vigencia en determinados tiempos, pasados o futuros, sino sólo y exclusivamente en un lugar: en la viña del Señor, en el Reino de Dios. Y es que con esta parábola Jesús está tratando de explicarnos en qué consiste ese Reino, de ahí sus primeras palabras: “El Reino de los cielos se parece…”

Cualquier judío del tiempo de Jesús entendía al escuchar el término “viña”, que no se trataba aquí de un campo de trabajo cualquiera. La viña era un símbolo del pueblo de Dios y, en concreto, del amor entrañable y del cuidado del Señor sobre él, y también de las expectativas frustradas sobre que ese amor y ese cuidado dieran buenos frutos (cf. Is 5, 1-7). Así que, al hablarnos del trabajo en la viña, Jesús nos está explicando qué significa estar y trabajar en el campo del Reino de Dios.

Ser enviado a la viña y permanecer y trabajar en ella es, ante todo, una invitación y una gracia, un regalo para el que no valen méritos previos. Por eso, la invitación se cursa a todos los que están dispuestos a ir, independientemente de la hora del día, es decir, de la edad, la nacionalidad, la condición social y moral o las convicciones religiosas. Cualquier etapa de la vida, cualquier origen social, cualquier decurso biográfico son buenos para ir a trabajar a esa viña. La viña, el Reino de Dios, es el ámbito en el que es posible encontrar a Dios, descubrir su rostro paterno y misericordioso, su voluntad salvífica: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Ese ámbito, claro está, más que un lugar es la relación con una persona concreta, portadora del Reino de Dios: Jesucristo.

Ahora bien, la imagen misma de la viña nos da la idea de que estar en ella no es un estado de ociosidad, sino de actividad, de trabajo. La viña que era el pueblo de Israel le dio a Dios y a sus colaboradores (Moisés, los profetas, etc.) mucho que hacer, mucho trabajo y muchos padecimientos. Y no menos trabajo le da a Jesús hacer cercano este reinado de Dios: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 17). La gracia de estar con Jesús y de seguirle conlleva la participación en su trabajo y en su misión, significa hacer propia su causa, querer lo que él quiere, esforzarse porque la semilla caiga en buena tierra y dé buenos frutos, uvas y no agrazones (cf. Is 5, 2). Jesús en el evangelio de hoy desmiente, una vez más, esa falsa idea que imagina a los creyentes como gentes en búsqueda de refugios imposibles frente a las tareas y las responsabilidades de la vida. No es pasividad a lo que llama la fe, sino, por el contrario, a salir de la propia tierra, a ponerse en camino, a arremangarse y trabajar.

Y es justamente a este trabajo al que se aplica una “lógica salarial” que no es la propia de las normales relaciones laborales de los otros tajos humanos, sino otra más alta que nuestros planes y nuestros caminos, del mismo modo que el cielo es más alto que la tierra. El salario es el mismo Cristo. Por eso, aquí no se trata de méritos, ni de derechos laborales, ni es posible un más o un menos, pues Cristo se entrega a todos, entero y sin reservas, a aquellos que han aceptado en circunstancias y horas dispares acoger el don y la misión de trabajar en su viña.

A no ser que entremos a trabajar en esa viña como mercenarios, que sólo buscan su provecho individual. Y, entonces, sí, entonces es posible comparar, exhibir méritos, antigüedad, horas de trabajo y productividad. Jesús se dirige aquí a los judíos (escribas y fariseos) que hacían de la ley un instrumento de su provecho personal y de sus privilegios. Ellos “eran” más ante Dios, puesto que cumplían más y mejor, y podían mirar por encima del hombro a los gentiles, excluidos de la elección, y a los otros judíos, ignorantes de la ley. Usaban a Dios, su ley, su viña al servicio de sus intereses personales. Pero hemos de aplicarnos la advertencia implicada en esta parábola también a nosotros, los cristianos, que podemos caer en peligros semejantes: sea porque somos “cristianos viejos”, de “los de toda la vida”; sea porque nos consideramos la élite, por nuestros conocimientos o la intensidad de nuestro compromiso… En vez de servir, nos servimos: por los más diversos motivos, podemos tratar de hacer de la viña del Señor el instrumento de nuestros intereses, de nuestro orgullo, de nuestra forma de medrar, de “ser alguien”, de conseguir mayor salario que otros, recién llegados, trabajadores de última hora y que, a nuestro entender, no han hecho tantos méritos como nosotros. Sin caer en la cuenta de que el salario, el denario igual para todos, es el mismo Señor, la participación en su vida, en su misión, en su bondad generosa y rica en perdón para con todos.

Pablo nos da hoy un magnífico ejemplo de lo que significa ser trabajador de esta viña. Él nos enseña que lo importante, lo que llena su corazón, es la viña misma, la causa de Jesús, que Él sea glorificado y conocido, sin importar el precio que tiene que pagar él, obrero del Evangelio, en trabajos, sufrimientos, en vida y en muerte. Hasta el punto de que Pablo no sólo no mira el esfuerzo realizado, “aguantando el peso del día y el bochorno”, y que merece ya el justo premio, sino que, por el bien de la viña, está dispuesto a prolongar indefinidamente la jornada de trabajo, difiriendo la consecución del salario. Y es que Pablo ha comprendido esos planes que no son nuestros planes, esos caminos que no son nuestros caminos, esa bondad característica del dueño de la viña que está por encima de toda lógica mercantil: mirando la porción de viña en la que le ha tocado trabajar, y a los creyentes que se le han confiado, recién llegados a la fe y trabajadores de última hora, lo que él quiere es que puedan también ellos recibir el salario íntegro al que él mismo aspira: llevar una vida digna del Evangelio de Cristo.

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Domingo 17 del tiempo ordinario (A)

julio 27, 2017

Pediste discernimiento

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: -«Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: -«Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: -«Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Nos predestinó a ser imagen de su Hijo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: -«Sí.» Él les dijo: -«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

 

Lo que realmente vale

 

La vida humana es elegir, y elegir es renunciar. Los deseos humanos no están dirigidos por los sabios mecanismos de los instintos animales (o lo están en muy débil medida), y en esto estriba la riqueza, pero también el riesgo y el drama de la existencia. El ser humano debe establecer él mismo y libremente la escala de sus preferencias; y como sus necesidades y sus posibles deseos son tantos y tan distintos, a veces tan contradictorios, nuestras decisiones comportan siempre la renuncia a posibilidades atractivas y deseables. Si la libertad es la riqueza del hombre, su ejercicio tiene, hemos dicho, algo de dramático por las renuncias que comporta elegir; y de riesgo, porque nuestras elecciones y preferencias puede ser equivocadas, y contribuir no a nuestro bien, sino a nuestra ruina.

La dificultad de elegir adecuadamente depende además del hecho de que los posibles objetos de deseo venden su producto gritando bondades que no siempre tienen, y prometen formas diversas de felicidad vestidas de mil disfraces, como el placer, el bienestar, el éxito, el poder, la riqueza… Todas esas cosas responden a determinadas necesidades, pero muchas veces tratan de atraer nuestra atención hasta el punto de hacernos olvidar otras necesidades más hondas, más decisivas, aunque aparentemente menos urgentes.

Por todo esto, posiblemente el bien más preciado consiste en saber discernir entre el bien y el mal, y en la capacidad de elegir con tino entre las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a diario. Este es el mensaje que brota meridianamente de la primera lectura: Salomón, aunque es rey, se considera un servidor de Dios en favor de su pueblo y, por tanto, en deuda con uno y con otro; por otro lado, se reconoce joven e inexperto. Salomón tenía todas las cartas para pedir a Dios precisamente la capacidad de elegir bien y de discernir entre el bien y el mal. Porque estos bienes no se pueden comprar en el mercado, y sólo hasta cierto punto se pueden adquirir con el estudio: son sobre todo dones y no cuestión de conquista, por eso es necesario pedirlos a Dios en la oración. Pero para recibirlos es necesario desearlos, hacer de ellos objeto de nuestra elección.

 

 

La Palabra es Jesucristo. Él es el que porta en sí mismo el Reino de Dios, porque él es el hombre en el que Dios reina. Él es el tesoro escondido, porque esta Palabra salvadora se ha revestido de carne. La carne de Cristo vela y contiene al mismo tiempo ese tesoro por el que debemos estar dispuestos a venderlo todo para comprar el campo. Al tomar esta decisión, aunque comporte renuncias, no renunciamos a nosotros mismos, al revés, en Jesús, primogénito de muchos hermanos, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra verdad más profunda: descubrimos el tesoro de la imagen de Dios escondida en el campo que somos cada uno. La Palabra que nos anuncia el Reino de Dios es salvadora porque rescata lo mejor de nosotros mismos, la originalidad de cada uno; y, al hacerlo, no sólo no nos aísla, sino que, al revés, nos abre de un modo nuevo a los demás, en los que sabemos por fe que habita también, a su manera, la imagen de Dios.

La elección del Reino de Dios, la decisión de dejar a Dios reinar en nuestra vida aceptando en ella a Jesús, es la elección por un bien, el del amor a Dios y a los hermanos, gracias al cual todo nos sirve para el bien. Y es que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14, 17).

Jesús nos llama a tomar una decisión radical en favor un bien incomparablemente más valioso que todos los bienes a los que podemos aspirar en este mundo. Como el tesoro escondido en el campo, este bien no es inmediatamente evidente; pero el que lo encuentra comprende que merece la pena venderlo todo para adquirirlo. Y es que este bien, que es el mismo Jesucristo, hace que todos los demás (viejos y nuevos) adquieran su justo valor, de manera que hasta las renuncias inevitablemente inherentes a toda toma de decisión adquieran un sentido positivo, contribuyan a nuestro bien definitivo y último. ¿Es Jesús y su Evangelio el tesoro por el que estoy dispuesto a venderlo todo?

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 25, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 14-15 Yo no te olvidaré

Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.” ¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5 El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34 No os agobiéis por el mañana

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.”

 

El afán de cada día

 images-1El evangelio bien entendido no es un ideal (religioso, moral, filosófico) alejado de las preocupaciones más menudas de la vida cotidiana. No nos ofrece sólo una “cosmovisión” de sentido, o como dicen algunos, que gustan de palabras solemnes, un “horizonte transcendental”, pero que en poco o en nada toca los asuntos más pedestres que nos ocupan cada día. Decimos, el evangelio “bien entendido”, pero para entender bien el evangelio hay que estar a la escucha, prestar oídos, acudir al magisterio del maestro del Evangelio, Jesús de Nazaret.

Jesús nos habla hoy de la sabiduría de la vida. En el marco del ideal representado por las bienaventuranzas, y sobre el fondo de la reinterpretación de los mandamientos (los grandes temas de la vida humana), Jesús toca hoy temas cercanos, los que nos preocupan cotidianamente y los que nos ocupan de manera habitual, como el alimento y el vestido.

Pero, precisamente lo que nos dice Jesús a este respecto puede producirnos una cierta desazón. Porque lo primero que entendemos de sus palabras es que no debemos preocuparnos de estas necesidades que, por un lado, son elementales pero que, además, no están garantizadas. ¿Cómo no preocuparnos de ellas? ¿Nos exhorta realmente Jesús a despreocuparnos de estas cosas tan necesarias para la vida? Si atendemos al contexto de las palabras y, sobre todo, de las acciones de Jesús, no es posible concluir tal cosa. Él mismo se ocupa de alimentar a los hambrientos, de los que siente lástima (cf. Mt 14, 13-21; 15, 32). No dice “yo ya he alimentado su espíritu, para el alimento del cuerpo, que se busquen ellos la vida”, como parecen sugerirle los discípulos. Al contrario, cuando, en un gran despliegue de imaginación, nos presenta el grandioso cuadro del juicio final (cf. Mt 25, 31-46), nos recuerda que el objeto de ese juicio será el haber atendido a aquellos que padecen necesidad precisamente en estas cosas elementales: bebida, comida, vestido, alojamiento, enfermedad. ¿En qué quedamos entonces? ¿Hay que preocuparse de estas cosas o no, como parece aconsejarnos hoy?

Estas necesidades son primarias, básicas, pero no pueden ser las únicas, ni siquiera las más importantes. Sin embargo, su carácter primario las convierte en las más urgentes: si no les prestamos atención, todas las demás, incluso las más sublimes, quedan también en el aire. Ahora bien, esta misma urgencia puede producir en nosotros una preocupación obsesiva que las eleva al rango de bien supremo al que debe supeditarse todo, y que nos ciega para otros bienes, de hecho, más elevados.

Jesús nos da una sencilla indicación que nos permite resolver este posible conflicto sin menoscabo de ninguno de sus extremos: la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Es decir, nos alimentamos para vivir, pero no debemos vivir sólo para alimentarnos. Y del mismo modo que el alimento ha de estar al servicio de la vida, y no al revés, así debe el vestido servir al cuerpo y no, por el contrario, hacer del cuerpo la mera percha del vestido, de las apariencias externas. Estas últimas tienen también su importancia, su valor, pero es un valor subordinado al cuerpo, que no debe convertirse en un esclavo del vestido (de la figura, la moda, el aparentar, etc.). Así pues, hemos de preocuparnos de esas necesidades en su justa medida, pero no deben ocupar nuestro corazón hasta el punto de esclavizarlo, cegándonos para lo más importante.

Y, ¿qué es lo más importante? Las palabras de Jesús nos lo dicen con bastante claridad. Si la vida y el cuerpo importan más que el alimento y el vestido, que están al servicio de aquellos, significa que nosotros mismos somos más importantes y valiosos que los medios que nos procuran sustento y calor. Nosotros, cuerpo y alma, tenemos que ser dueños de nuestras necesidades y no esclavos de las mismas. Esta importancia que descubrimos en nosotros mismos, no es una llamada ni al searchorgullo ni al egoísmo; al contrario, somos egoístas cuando nos hacemos esclavos de las necesidades materiales; mientras que, cuando las atendemos pero dominándolas y sometiéndolas a nuestra dignidad personal, somos capaces de descubrir que esa importancia y valor que descubrimos en nosotros mismos es la que adorna también a los demás, partícipes por igual de la dignidad humana. Y, así, somos capaces de abrirnos a sus necesidades, las de los que pasan hambre y sed, los que están desnudos, enfermos o solos. Es en esta clave en la que hay que leer la recomendación de Jesús de “buscar sobre todo el Reino de Dios y su justicia”; no dice que lo busquemos de manera exclusiva, sino sobre todo, sin renunciar a las preocupaciones cotidianas (esto es una exigencia de elemental responsabilidad); “sobre todo” alude a una jerarquía de nuestras búsquedas y preocupaciones. Y es que el Reino de Dios incluye “su justicia”; y la justicia es un concepto que abarca necesariamente los bienes materiales, que, de hecho, Jesús parece asegurarnos si atendemos sobre todo a las exigencias superiores del Reino de Dios y su justicia: en tal caso, todo lo demás se nos da por añadidura.

Buscar ante todo el Reino de Dios significa elevar nuestra mirada a “los bienes de allá arriba” (cf. Col 3, 1-4), y descubrir que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Cuando hacemos así, aprendemos no a despreciar, sino a apreciar en su justa medida los “bienes de acá abajo”. Y esa justa medida (la de la justicia del Reino de Dios) nos los descubre no sólo como fruto de esfuerzo y conquista, sino también como dones que recibimos agradecidos. Los bienes de la tierra que remedian nuestra hambre y cubren nuestra desnudez son, como dice la oración del ofertorio, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, que recibimos de la generosidad del Señor, Dios del universo. Descubrimos que hay una providencia divina que se preocupa de sus criaturas, que alimenta a los pájaros y viste con esplendor a los lirios del campo; y que se preocupa mucho más de las criaturas que más valen ante sus ojos. El Padre celestial no desconoce ni desatiende nuestras necesidades; al contrario, como una madre por el hijo de sus entrañas, y más que ella, se acuerda de nosotros.

imagesPero, podemos preguntarnos de nuevo, ¿en qué se revela esa preocupación divina, cuando es un hecho que tantos hombres y mujeres del mundo padecen necesidad? Esa preocupación se revela en Jesucristo que nos comunica la sabiduría de la vida, la que nos permite satisfacer nuestras necesidades y las de los demás. Si la búsqueda obsesiva de bienes materiales (dinero, comida, vestido…) se enseñorea de nosotros y nos esclaviza, esto nos aleja también de los demás, pues cuando esos bienes necesarios se convierten en los únicos o los más altos, se produce inmediatamente un ansia insaciable, nunca estamos satisfechos, todo nos parece poco, y los otros se convierten en objeto de comparación y envidia, surge la rivalidad y la competencia, pues lo que tiene otro no puedo tenerlo yo. Pero si, a diferencia de “los gentiles”, siervos del dios dinero (Mammon), nos hacemos servidores del Dios autor de los bienes del cielo y de la tierra, entonces nos convertimos en dueños de nosotros mismos, capaces de apreciar con agradecimiento y alegría lo que tenemos, aunque sea poco, lo que cubre nuestras necesidades básicas; y al hacernos servidores de Dios y dueños de nosotros mismos, como ya hemos dicho, nos convertimos también en servidores libres de los que padecen necesidad. Los bienes materiales adquieren una importancia y un valor nuevos: no sólo no son objeto de codicia, competencia y encontronazo, sino que son ocasión para ayudar, compartir y encontrarse con los otros. Esta es la justicia del Reino de Dios.

El evangelio de Jesús, como vemos, nos concede una verdadera sabiduría para la vida cotidiana, un criterio para juzgar y apreciar todos los bienes, nos da un auténtico “orden del corazón” (un ordo amoris, como decía San Agustín) que nos hace libres (señores) y, además, nos enseña a disfrutar de la vida, del cada día que ella nos regala, es verdad que con sus agobios y afanes, pero que, en virtud de la confiada apertura a la providencia del Padre (y Madre, nos recuerda Isaías), no nos ahogan, pues se limitan a ser el afán de cada día. Es decir, Jesús nos enseña a dosificar las necesidades y también los afanes, sin por ello renunciar a los grandes ideales que deben llenar nuestro corazón (el Reino de Dios y su justicia). Y es que si somos servidores de Dios y de los hermanos (administradores de los misterios de Dios, nos recuerda Pablo), el día a día de nuestra vida es el banco de pruebas de nuestra fidelidad: el lugar en el que, en el trato con los asuntos (agobios y afanes) cotidianos, vamos encarnando el Reino de Dios, el ideal evangélico.

Domingo 25 del tiempo ordinario (C)

septiembre 18, 2016

Lectura de la profecía de Amos 8, 4-7 Contra los que «compran por dinero al pobre»

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 1-8 Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven

Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 1-13 No podéis servir a Dios y al dinero

El vil metal y el Reino de Dios

Al leer la primera lectura caemos en la cuenta de que la especulación, el fraude y la explotación del hombre por el hombre son cosas que vienen de antiguo. No hace falta esperar el advenimiento del capitalismo para encontrarnos con ese proceder injusto. Ni tampoco hay que esperar a que aparezcan los críticos del capitalismo y del neoliberalismo para encontrar la indignación y la protesta contra esos comportamientos inmorales. Quien piense que “la religión” se ha dedicado tradicionalmente a justificar la injusticia o la pasividad ante ella en este mundo en nombre de un futuro paraíso celeste, es que no ha leído nunca los textos del Antiguo Testamento, no digamos ya los del Nuevo. Sobre todo (aunque no sólo) los profetas descalifican la falsa religiosidad de los que elevan oraciones a Dios y le ofrecen sacrificios, mientras explotan a sus semejantes cometiendo todo género de injusticias en el campo social y económico. En múltiples textos proféticos se subraya con una fuerza inusitada que el ver­dadero sentido religioso requiere como condi­ción la justicia, el derecho, la atención de los necesitados. Sin esto, los sacrificios y todos los actos de culto le son aborreci­bles a Dios, que expresa por boca de sus profetas el hastío que le producen holo­caustos y sacrificios realizados por corazones tor­cidos, insensibles a los sufrimientos de los pobres. Al texto que leemos hoy, del profeta Amós, especialmente sensible en este campo, se podrían añadir muchos otros (cf. Am 5,22; Os 6,6; Zac 7,10; Is 1,11-17). Los deberes de justicia son tan sagrados, en sentido literal, como los deberes directamente relacionados con Dios, precisamente porque es en el hombre, imagen y semejanza de Dios, en donde encontramos el ámbito principal para mostrar la verdad de nuestras actitudes religiosas.

Pero, por otro lado, el cumplimiento de nuestros deberes de justicia no debe servirnos de excusa para distraernos de nuestra relación con Dios. Son dimensiones profundamente implicadas entre sí, pero cada una de ellas tiene su espacio propio. Precisamente, la parábola del administrador injusto del Evangelio nos ayuda a comprender esa mutua implicación y, al tiempo, la especificidad de cada uno de ellos. Esta parábola hace pie en un problema administrativo y de falta de honestidad para enseñarnos una verdad más profunda. El administrador infiel se encuentra en una situación de gran apuro, prácticamente sin salida: pillado en su deshonestidad, no encuentra alternativas válidas para poder “salvarse”, en el sentido más inmediato de la expresión: ni el trabajo físico ni la mendicidad son salidas válidas para él. De ahí que busque la salvación por medio de la astucia, haciendo que los deudores de su amo se conviertan en deudores suyos, y así poder ganarse su favor futuro.

¿Debemos entender que Jesús alaba esa astucia deshonesta, en la que el fin justifica los medios, cualesquiera que estos sean? ¿No estaría esto en flagrante contradicción con lo que escuchamos en la primera lectura, en la que se condena sin paliativos el fraude y el engaño? La clave para entender la provocativa parábola de Jesús está en las palabras con que la concluye: “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”. Ese “con su gente”, que puede entenderse además como “en sus asuntos”, indica que también nosotros debemos ser astutos, sagaces, inteligentes, con nuestra gente, en el asunto que nos ocupa, si es que somos hijos de la luz. Así como hay que tener habilidad para “salvarse” de las situaciones apuradas en que nos pone la vida, así debemos saber cuáles son los medios para que nos reciban “en las moradas eternas”. Porque, en verdad, todos somos hijos de este mundo y todos estamos llamados a ser hijos de la luz. Y la cuestión está en que, con frecuencia, mostramos un interés, una sagacidad y una habilidad para resolver nuestros asuntos mundanos, que brilla por su ausencia en el asunto capital de la salvación religiosa, en la que se decide nuestro destino de manera definitiva.

¿En qué consiste esa habilidad, astucia y empeño para que nos reciban en las moradas eternas? Siguiendo con la lectura del Evangelio nos encontramos con una frase de Jesús todavía más enigmática que la anterior. ¿Qué significa hacerse amigos con el dinero injusto? Posiblemente no debamos entender aquí el adjetivo injusto como una cualidad que el dinero puede tener o no, sino como un adjetivo redundante, que subraya una cualidad propia del objeto en cuestión; como cuando decimos “la fría nieve” o “el sol ardiente”. Jesús estaría usando una expresión coloquial, como cuando en español decimos “el vil metal”, aludiendo a las pasiones (la avaricia, la codicia, la ambición…) que suscita, sin que queramos decir que toda relación con el dinero haya de ser deshonesta.

Precisamente, el trato con el injusto dinero, con el vil metal o con los bienes y los asuntos pasajeros de este mundo (económicos, políticos, sociales, etc.) son parte esencial de nuestro camino hacia las moradas eternas. Es en el trato con estos bienes, reales, pero no definitivos, donde se pone a prueba si somos realmente hijos de la luz o sólo hijos de este mundo. Los que son sólo hijos de este mundo se entregan a estos asuntos en cuerpo y alma, y, por obtener este género de bienes, son capaces de vender su alma al diablo, de hacer todo tipo de pactos con el mal, de cometer todo género de injusticias; se hacen así siervos del dinero y de los bienes que desean poseer. Si somos hijos de la luz, entonces estamos llamados, no a inhibirnos de estas dimensiones de nuestra vida (también somos hijos de este mundo), sino a llevarlos a la luz, a iluminarlos con la sabiduría que proviene de Dios, a usarlos sin entregarles nuestro corazón ni hacernos servidores suyos. Hacerse amigos con el vil metal (y con todo lo que ello significa) quiere decir establecer también en este ámbito relaciones nuevas, no marcadas por el interés egoísta y la idolatría del dinero, sino por la justicia (aun a costa de perder a veces en los propios intereses), y más allá de la justicia, por la generosidad. No hace tanto (hace tres domingos) escuchábamos en el evangelio cómo Jesús nos exhortaba a invitar no a aquellos que pueden correspondernos, sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no pueden pagarnos pues la paga será cuando resuciten los muertos (cf. Lc 14, 13-14). Con el vil metal o el injusto dinero es posible realizar obras de justicia, establecer relaciones nuevas y fraternas, acoger a los necesitados, en una palabra, hacerse verdaderos amigos (que no lo son por interés, si es que son verdaderos). En medio de los asuntos cotidianos que nos ocupan, preocupan y agobian, podemos vivir de tal manera que nos hagamos amigos de Jesús, que vive y sufre en los necesitados. La frase entera de Jesús es altamente significativa: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. No dice, “por si os falta”, sino “cuando os falte”; pues esos bienes, por los que nos afanamos a causa de las necesidades de la vida, nos han de faltar con seguridad: nadie puede llevarse a la tumba su fortuna. Pero los bienes que hayamos acumulado en honradez, justicia y generosidad (precisamente en el trato con aquellos otros bienes efímeros) serán los que nos abran el camino a las moradas eternas, pues serán el vínculo de la amistad con Jesús, ganada en el trato con sus pequeños hermanos (cf. Mt 25, 40).

Entendemos, pues, que los bienes de esta tierra, que nos ocupan y preocupan, y los bienes de allá arriba no son extraños entre sí. En los primeros se hacen ya patentes los valores del Reino de Dios, dependiendo de cómo nos relacionemos con ellos. Es en el trato con ellos como se pone a prueba si somos o no de fiar, si somos responsables, honestos, justos, generosos y desprendidos. Y es Jesús, amigo y maestro, el que nos enseña la justa jerarquía de todos los bienes.

Así vamos entendiendo la mutua implicación de los dos órdenes, mundano y religioso, que no tienen ni que mezclarse indebidamente, ni tienen por qué estar en guerra o en conflicto (aunque lo estén con frecuencia). En esta clave podemos entender las palabras de Pablo en la carta a Timoteo, que no habla de economía, sino de política. La necesaria autonomía de estos órdenes (el más externo de la vida social, económica y política, regido por el derecho; y el más personal, ético y religioso, que atañe a la conciencia) pueden y deben tratar de coordinarse desde el mutuo respeto y la cooperación. Igual que en la economía, también en la política es posible ver las semillas del Reino de Dios, en la medida en que en ella ha de procurarse por la vía jurídica la justicia, la paz y el bien de la persona humana. Si nos parece que los “hijos de este mundo” tienen más habilidad para imponer en estos órdenes sus criterios, tratando con frecuencia de exiliar de ellos cualquier vestigio del Reino de Dios, nosotros, llamados a ser hijos de la luz e implicándonos sin temor en todos esos asuntos, hemos de tratar de iluminar el sentido trascendente de los bienes pasajeros de este mundo, de modo que podamos así dar a conocer a todos también la voluntad salvífica de Dios, del Dios que se ha encarnado en Jesucristo, y que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (C)

enero 16, 2016

Lectura del libro de Isaías 62, 1-5 La alegría que encuentra el esposo con su esposa, la encontrará tu Dios contigo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 4-11 El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a él le parece
Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 1-11 En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

Lo mejor está al final

imgresComenzamos ya la segunda semana del tiempo litúrgico ordinario, pero seguimos percibiendo los ecos de las pasadas fiestas navideñas y, concretamente, los de su culminación en la Epifanía. De hecho, tradicionalmente la liturgia ha visto la manifestación de Jesús en los tres momentos que se han sucedido desde el 6 de enero hasta este domingo segundo: la adoración de los Magos de Oriente, el Bautismo de Jesús y la Boda en Caná de Galilea.

El Evangelio de Juan sitúa en el contexto de una boda a la que estaban invitados Jesús con sus discípulos y su madre María (que, a tenor del texto, estaba invitada independientemente de Jesús). De este modo, Juan retoma una imagen central del Antiguo Testamento para expresar la relación de Dios con su pueblo Israel: la del amor esponsal. El amor entre el marido y su esposa expresa el máximo grado de unión, intimidad y compromiso. Dios experimenta continuamente las infidelidades de su pueblo, que muchos textos veterotestamentarios reflejan en términos de infidelidad matrimonial. Está de triste actualidad, por noticias que saltan con frecuencia a los medios de comunicación, los durísimos y crueles castigos que aquellas sociedades (y algunas de hoy) reservaban para los pecados de adulterio, aunque sólo si estos eran cometidos por la esposa. En el lenguaje simbólico del Antiguo Testamento, el papel de la esposa lo encarna el pueblo. Es, pues, de esperar que las infidelidades continuas a su alianza con Dios atraigan sobre Israel castigos que pueden llegar a su total destrucción. Sin embargo, especialmente en los textos proféticos, la cólera de Dios por la infidelidad de su pueblo no se traduce en una voluntad de castigo y destrucción, sino que, paradójicamente, acaba siempre en palabras de perdón, en renovadas y conmovedoras declaraciones de amor y restablecimiento de la Alianza, en la promesa de un desposorio perpetuo que ya no se romperá nunca. El texto de Isaías de la primera lectura de hoy es un ejemplo elocuente (y bellísimo) de esta especie de “locura de amor” por su pueblo, que rompe con todos los estereotipos punitivos y vindicativos propios de esa misma sociedad, de su ley religiosa (que mandaba lapidar a las adúlteras). Desde luego, hay que decir que, al menos en esto, la experiencia religiosa de Israel no es en absoluto una mera proyección de ideas o convenciones humanas, pues vemos cómo las promesas de Dios hacen caso omiso de las mismas y no tienen empacho en contradecirlas abiertamente.

Si la revelación no ha encontrado mejor modo de expresar el amor de Dios por su pueblo que el del amor esponsal, quiere decirse que este género de amor, por su propia naturaleza, no puede reducirse a un capricho subjetivo, a un mero contrato de conveniencia que puede hacerse a la ligera y disolverse del mismo modo, con consenso de las partes o sin él. Existe en estas relaciones una exigencia de responsabilidad en su punto de partida; y una semilla de eternidad, incondicionalidad y fidelidad en su realización en el día a día.

Así pues, no es extraño que Juan, apelando a una larga tradición bíblica, elija el contexto de una boda para situar en ella el imgres-1comienzo de la actividad pública de Jesús, y narrar en ella el primero de los “signos” que la jalonan. De hecho, los capítulos 2-12 de este cuarto Evangelio se han dado en llamar el “Libro de los signos”, siete en total. En este primer signo se afirma con claridad que el desposorio definitivo de Dios con su pueblo se cumple ahora, en la persona de Jesús. Con Él se pone fin a la situación de provisionalidad, penuria, postración y vergüenza en que se encuentra el pueblo de Dios. Ahora se hace verdad que “la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.” En definitiva, aquí y ahora realiza Dios lo que prometió en tiempos remotos.

El aquí es Galilea, el lugar en el que Jesús inicia su ministerio, pero también el de la manifestación a los discípulos después de la resurrección: “Él va por delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis” (Mc 16, 7). El ahora es “al tercer día” (o “tres días después”, aunque la lectura de hoy no recoge estas palabras que abren la narración de todo el pasaje). El tercer día es para Juan el día de la glorificación de Jesús (cf. Jn 12, 23), que para él significa tanto la hora de la cruz y la hora de la Resurrección. Así pues, se pone desde el principio el ministerio público de Jesús en relación con el misterio de su muerte y resurrección. Es posible que la resistencia de Jesús a intervenir ante la petición de su madre esté en relación con esto: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”.

El texto no dice quiénes eran los esposos, no da ningún detalle sobre la posible relación de Jesús y María con esos anfitriones anónimos. El foco de atención está totalmente centrado en María y Jesús. María interviene ante una situación penosa (vergonzosa y humillante, en lo que debería ser la alegría del desposorio), que recuerda la indicada antes para el pueblo de Israel (y, en él, de la humanidad entera). Ante la resistencia inicial de Jesús, María insiste y ordena a los servidores con una confianza absoluta: “haced lo que él os diga”. Este texto es el primero del Evangelio de Juan en que aparece María. Juan, que ha hablado de la “encarnación” (la Palabra se hizo carne), no había hecho mención a la madre de Jesús. Ahora, en cambio, se ve cómo Jesús “entra” en la historia, en el sentido de su actividad pública, en su “hora”, por la mediación de María.

La acción de Jesús, entonces, se centra en las seis enormes tinajas de piedra (“de unos cien litros cada una”), usadas para la purificación de los judíos. El número seis refleja una ausencia de perfección (aunque está cerca de ella, que se representa con el número siete). Tal vez se pueda entender en el hecho de que sean de piedra una referencia a la antigua ley de Moisés, grabada en tablas de piedra; una referencia que sí puede claramente descubrirse en el hecho de que sean para las purificaciones de los judíos: la enorme cantidad de agua habla de la enormidad del pecado humano. En una palabra, la antigua ley, orientada a la purificación de los pecados, se revela como imperfecta e insuficiente, se trata de una alianza no definitiva, que prepara pero no puede otorgar la plenitud de la salvación. La penosa situación que se ha creado en lo que debería ser una fiesta también habla del agotamiento de la ley mosaica y, probablemente, de la insuficiencia del Bautismo de Juan. Pero es una insuficiencia que no implica un rechazo o una condena. Igual que Jesús se somete al Bautismo de Juan y lo supera, bautizando con Espíritu Santo y fuego, ahora Jesús realiza la superación de la antigua ley partiendo de ella.

imagesAsí, Jesús manda llenar las tinajas de agua y, sin más preámbulos, ordena llevarle un poco al mayordomo. Se ve que la acción de Jesús no está dirigida simplemente a resolver un apuro ocasional. En primer lugar, llama la atención la cantidad exagerada de agua y de vino: unos seiscientos litros. En segundo lugar, se subraya su extraordinaria calidad. Ni una cosa ni otra tienen sentido en relación con la situación creada: ni hacía falta tanto vino al final de la fiesta, ni era necesaria esa alta calidad, dado el estado de los invitados. Es decir, Jesús “dice” con su signo algo muy distinto: la superabundancia del vino es señal de que los tiempos mesiánicos se han inaugurado, de que el Reino de Dios se ha hecho presente. Y esta nueva etapa supera en mucho a la anterior. El vino nuevo y festivo de las bodas de Dios con su pueblo es mucho más y mucho mejor que la vieja ley y los antiguos ritos de purificación. Aunque, como ya se dijo, no haya de faltar el sufrimiento de la cruz. En el vino nuevo se prefigura también la sangre derramada en la Cruz, con la que Jesús, el Cordero inmaculado, sella una alianza nupcial nueva y definitiva. Con otras palabras, viene a decir lo mismo Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20).

Ahora entendemos por qué los esposos de estas bodas de Caná no aparecen por ningún lado. El verdadero esposo es aquí Dios, en el rostro de Jesús, nuevo Adán; y la esposa, la Mujer, nueva Eva, es la madre de Jesús, que representa a todo el nuevo pueblo de Dios. Dios reúne de nuevo a su pueblo, en el que la ley está escrita en el corazón y que hace lo que él les dice, un pueblo que, como María, escucha y acoge la Palabra y la pone en práctica.

Todo lo que sucede en Caná de Galilea tiene el sentido de una Epifanía, de una revelación. Por ello, los discípulos, primicias tras María, del nuevo Israel, sienten fortalecerse su fe en él.

Por la fe, los discípulos se convierten en servidores del vino nuevo del Reino de Dios. Realmente, es significativo el papel de los servidores de la boda. El texto dice que el mayordomo no sabía de dónde venía ese vino, mientras que los servidores sí lo sabían. Esto significa, tal vez, en primer lugar, que el vino del Reino de Dios es ofrecido a todos sin excepción: a los que reconocen a Cristo y a los que todavía no lo conocen. Es decir, los frutos positivos del Reino de Dios, el reconocimiento de la dignidad del hombre como imagen e hijo de Dios, los valores del perdón y la misericordia, la solidaridad y la acogida del extraño, y así un largo etc., son parte de ese vino nuevo que muchos beben sin saber de dónde viene. Mientras que, en segundo lugar, los servidores del vino, los que lo recogen y distribuyen, sí saben de dónde viene. ¿No hemos de ver en éstos a la imagen de los discípulos y creyentes de Jesús, que hacen lo que él dice y sirven a los demás desinteresadamente, dándoles de los frutos de la acción de Cristo, que inaugura una nueva etapa en las relaciones entre Dios y los hombres?

Los creyentes como servidores de la comunidad de hermanos, pero también de la humanidad entera, según la diversidad de dones que cada uno ha recibido del Espíritu, es una imagen paulina que expresa bien el núcleo de nuestra vocación cristiana.

Así que, hoy, en Caná de Galilea, Jesús empieza sus signos, crece nuestra fe de discípulos en él, y esto nos da más fuerza para hacer lo que nos dice y servir mejor (el vino nuevo de la filiación divina y la fraternidad) a todos los seres humanos, nuestros hermanos.

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (B)

junio 13, 2015

Lectura del Profeta Ezequiel 17,22-24 Ensalzo los árboles humildes

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10 En el destierro o en patria, nos esforzamos en el Señor

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34 Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas

Parábolas contra el desánimo

imagesEl desánimo, como su mismo nombre indica, es una enfermedad del alma: por motivos muy diversos, el ser humano puede experimentar que se le desinfla el alma, que pierde el ánimo, el aliento interior que le hace caminar, luchar por lo que cree, superar dificultades. Se tiene entonces la impresión de que esa lucha es inútil, que ese camino no conduce a ninguna parte, que las dificultades son más fuertes que nosotros. Las causas del desánimo pueden ser muy diversas: pueden ser factores externos, hostiles a nuestras convicciones o a nuestra forma de vida, que pueden llegar a hacernos dudar, y a plantearnos si no seremos nosotros los equivocados; pueden ser problemas internos de nuestro grupo de referencia (matrimonio, comunidad, iglesia…), que no responde a nuestras expectativas, a la imagen ideal que nos habíamos hecho de él; pueden ser, también, causas estrictamente personales, como momentos de crisis, de oscuridad, de depresión…

El grupo de los discípulos de Jesús, aun yendo en pos del Maestro, experimentó también momentos así. Las grandes expectativas suscitadas en el encuentro con el joven rabino de Nazaret no acababan de cumplirse. Por un lado, la respuesta a la predicación no era tan positiva como hubiera sido de esperar; incluso encontraba una oposición abierta y creciente por parte de los dirigentes del pueblo, hasta el punto de que seguir a Jesús se hacía peligroso. Pero, además, por el otro lado, el mismo modo de concebir Jesús su mesianismo no correspondía con lo que los discípulos esperaban, apoyados incluso en las promesas del antiguo testamento, como da a entender la primera lectura: liderazgo social, político y militar, liberación de Israel, retorno de los tiempos de gloria como en el reinado de David. Nada de eso se estaba cumpliendo y, es más, no parecía que Jesús tuviera mucho interés en que fuera así. A todo esto cabe añadir las disputas internas de los discípulos, que distaban mucho de formar un grupo humano ideal…

También nosotros, discípulos de Jesús en estos tiempos, podemos experimentar tales momentos de desánimo: el Reino de Dios no sólo no crece, sino que parece estar en retroceso, al menos en los países de más fuerte tradición cristiana; la secularización ya no aboga sólo por una tolerancia más o menos indiferente hacia el hecho religioso, sino que empieza a mostrar ciertos signos de abierta hostilidad hacia la fe, la Iglesia y los creyentes. Y los rebrotes religiosos que se pueden percibir tampoco parecen jugar a favor de la fe cristiana: más bien son otras religiones, otras formas de espiritualidad las que nos toman la delantera. La causa del desánimo puede ser también la vida interna de la Iglesia, respecto de la que no pocos se sienten defraudados por los más variados motivos.

A los discípulos que caminaban con Jesús por los caminos de Galilea, y images-1a los que caminamos hoy por los caminos de la vida y de la historia, nos cuenta Él hoy estas parábolas, parábolas contra el desánimo. Con ellas nos está llamando a la confianza en Dios, que es el que ha iniciado la obra buena y que Él mismo llevará a término. La obra buena es la siembra de la semilla de la Palabra. La aparente falta de éxito, la exasperante lentitud del proceso, tiene que ver con la lógica del mismo, que encuentra en esta imagen agrícola su mejor modelo. Sembrar la semilla y esperar sus frutos es un proceso largo, trabajoso, que requiere mucha paciencia, en el que hay periodos prolongados de aparente esterilidad, en los que “no pasa nada”, en los que “nada se ve”. Si nos impacientamos, nos da la impresión de que la Palabra no actúa, no da resultados, ni en nosotros que la escuchamos, ni en la Iglesia que la proclama, ni en el mundo ante el que tratamos de dar testimonio. El desánimo que nos embarga nos sugiere, como una tentación, que la Palabra no es ni viva ni eficaz, (cf. Hb 4, 12), que no está cerca de nosotros (cf. Rm 10, 8), que la fe no sirve para nada. Esta misma tentación nos puede hacer creer que sería más eficaz un modelo de acción de la Palabra basada no en anacrónicas imágenes agrícolas, sino en otras más actuales y eficaces, como la del supermercado, en el que compras directamente el producto empaquetado, listo para el consumo. El problema de esta eficacia es que lo así adquirido siempre nos será ajeno, un artículo de usar y tirar que no alcanzamos a asimilar, a hacer nuestro. Así sucede con ciertas formas de espiritualidad más o menos de moda que nos prometen que nos “sentiremos bien” enseguida, o que tendremos éxito social, y en las que es difícil discernir la verdadera espiritualidad de la mera higiene mental.

images-2El modelo que nos propone Jesús, es verdad, es largo, lento y trabajoso, pero es así porque crece desde las raíces y madura desde dentro, hasta dar frutos que son propios, auténticos: es una verdadera ecología del espíritu. Jesús nos dice que Dios está haciendo su obra y que nosotros tenemos que creer con una fe que es confianza. Como nos recuerda Pablo, la fe nos guía aunque todavía no vemos (cuando alcancemos la visión, la fe ya no será necesaria); y aunque podemos sentir esta falta de visión como un destierro, conscientes de que vivimos en una situación de no total plenitud, no por eso hemos de perder la confianza, que no es otra cosa que la fe misma dinamizada por la esperanza.

¿Tenemos que entender estas palabras de Pablo, y las parábolas de Jesús, como una llamada a la pasividad, a no hacer nada, a esperar sentados? Al contrario. Precisamente el que vive en la confianza no pierde el ánimo y pone manos a la obra; el desanimado es el que baja los brazos. El mismo Pablo nos recuerda que la confianza de la que habla conlleva una responsabilidad: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No es que con nuestras obras podamos “comprar” la salvación, sino que la justificación que recibimos gratuitamente por la fe, al renovarnos por dentro, nos lleva a actuar de una manera nueva. Y es que con nuestras obras podemos favorecer o perjudicar el crecimiento de la semilla: podemos, siguiendo con la imagen agrícola, desbrozar la tierra y eliminar las malas hierbas, podemos regarla y abonarla, podemos, en síntesis, que nuestra tierra acoja favorablemente la semilla de la palabra; pero podemos también actuar de tal forma que la ahogue y le impida crecer: por ejemplo, no haciendo nada; o, todavía peor, sembrando malas semillas. La obra buena iniciada con Dios requiere de nuestra cooperación, la confianza lleva a una esperanza activa, constante, responsable y también a algunas renuncias.

Escuchar perseverantemente la Palabra, aunque a veces no la acabemos de entender; asistir con fidelidad a la reunión eucarística, aunque a veces “no nos diga nada”; mantener vivo el vínculo con Dios en la oración, pese a los momentos de sequedad…, son formas de vivir la fe con confianza, esperanza y responsabilidad que siempre acaban dando fruto. Puede ser que esos frutos se nos antojen casi insignificantes, ante la magnitud de los problemas y los poderes del mundo. Pero esa pequeñez insignificante es precisamente a lo que se parece el Reino de Dios: como el arbusto de la semilla de mostaza; no es un árbol (como el árbol grandioso que se describe en la primera lectura, una imagen, tal vez, de nuestros sueños de grandeza), pero es suficiente para que los pájaros puedan anidar en sus ramas y encontrar así sombra y cobijo. La fe confiada que actúa es una fe que sí sirve, es decir, que está al servicio. Así han de ser nuestras obras: no grandiosas en su apariencia, pero sí capaces de ofrecer humildemente acogida, consuelo, descanso. Estos son ya signos de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, son los frutos de la fe confiada y perseverante, los que podemos ir dando en nuestra vida, si nos aplicamos con perseverancia a la acogida de la semilla, a la escucha de la Palabra que es el mismo Jesús. Para ello tenemos que acudir a Él, procurar estar con Él, como aquellos discípulos que le acompañaban por los caminos de Galilea, a veces con entusiasmo, a veces desanimados, para que, igual que a ellos, nos lo explique todo en privado, en el encuentro personal tú a tú y, de esta forma, nos ayude a entender y nos dé ánimo para seguir caminando.

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 10, 2014

Lectura del libro de Isaías 25,6-10a El Señor preparará un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20 Todo lo puedo en aquél que me conforta

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,1-14 A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

 

¡Venid a la fiesta!

Existen diversas formas, que podríamos llamar “cenizas”, de presentar el cristianismo, que afean su rostro y espantan a los que se acercan a él, mirándolo desde ese prisma. Una de esas formas es la que considera la fe cristiana sobre todo como un sistema moral muy riguroso, que se dedica ante todo a prohibir unos comportamientos y otros, nos exilia de las alegrías de la vida y nos impone pesadas cargas, eso sí para “después”, en la otra vida, disfrutar sin término y sin medida. En esta forma moralizante y sombría de presentar la fe domina la idea de pecado, que hace como de embajadora primera del posterior mensaje de salvación. Esta caricatura de cristianismo es la que tienen en mente muchos de sus detractores, pero también la que, por desgracia, a veces, ofrecemos los mismos creyentes.

Jesús, que nos ha presentado en las semanas anteriores el Reino de los cielos como una viña hermosa y fecunda, en la que hay que trabajar, pero que está llamada a dar frutos que nos endulzan la vida, va hoy más allá, como tratando de desmentir esas imágenes sombrías del Reino que ha venido a traer, y resaltando con mucha fuerza su carácter festivo y alegre. El Reino de los cielos se parece a una fiesta, a un banquete de bodas.

La fiesta tiene un profundo significado antropológico. El hombre no es sólo un trabajador, un “funcionario” del deber, alguien sometido a las fuerzas de la necesidad natural o moral. Eso, que es en parte verdad, no agota todo su ser. El ser humano aspira a la ligereza de la libertad respecto de los mecanismos de la necesidad, y busca experimentar esa dimensión precisamente en la fiesta. En ella se abre un espacio de libertad para expresar la alegría de vivir, sea por la vida nueva de un nacimiento, sea por el recuerdo del propio (el cumpleaños), sea para alegrarse de cualquier éxito, o de la presencia de Dios en su propia vida, y así un largo etc. Pero, tal vez, la cima de todas las fiestas se encuentre en la que se organiza con motivo de una boda. En ella se experimentan todas las alegrías de una historia nueva fundada en el amor mutuo y la libre decisión de compartir toda la vida, sin los lastres que preceden a otras alegrías no menos profundas (como los dolores de parto en el nacimiento de un niño), con la esperanza de una existencia feliz y fecunda. Que la experiencia se encargue después de rebajar esas expectativas no consigue disminuir, sin embargo, la sensación de felicidad plena que se experimenta en el banquete de bodas. Jesús compara el Reino de los cielos con esta alegría desbordante, con esta fiesta sin parangón. Y para reforzar todo lo dicho, habla incluso de la boda del hijo del Rey. Si a todos nos agrada que nos inviten a una boda, sobre todo si se trata de la boda de personas a las que queremos, qué no sentiríamos si recibiéramos la invitación a la boda de alguien de la importancia y significación del hijo de un rey. Jesús no ha ahorrado esfuerzos de imaginación para subrayar la extraordinaria positividad del mensaje que porta consigo, al que llama a participar, en primer lugar, a los representantes del pueblo elegido, el pueblo que tiene como Rey al mismo Dios y cuyo hijo ha sido enviado a cumplir en medio de ellos las antiguas promesas, que sostienen la esperanza de este pueblo y son el soporte de su verdadera identidad. Y, por medio de ellos, a todos los demás, pues la boda del hijo del rey es algo que afecta a todos, en lo que todos deben participar.

Jesús nos está diciendo que Dios no quiere amargarnos la vida, no quiere que estemos tristes ni que lo pasemos mal. Todo lo contrario, Dios quiere preparar para nosotros un festín de manjares suculentos, de vinos de solera, quiere aniquilar la muerte, enjugar las lágrimas de todos los rostros. Y lo quiere hacer precisamente por medio de Jesús, su Hijo, en quien se ha dado realmente un desposorio de Dios con la humanidad entera.

Es verdad que en ocasiones, incluso con mucha frecuencia, en la vida existen sombras, penas y tristezas, o, como decimos a veces, pintan bastos. Y es que no todo depende de nuestra voluntad, y no es nada raro que, por diversas circunstancias (naturales o humanas) la realidad se oponga a nuestros deseos. Pablo nos enseña a este respecto que, cuando estamos unidos a Cristo, aunque no está dicho que todo vaya a irnos siempre a pedir de boca, es posible sobrellevar todas esas situaciones, porque nos hacemos libres de las circunstancias externas y, aunque eso no siempre sea del todo posible, sí que aprendemos a ser solidarios en las desgracias y las necesidades, compartiendo unos con otros las alegrías y las penas, la abundancia y la necesidad. Y aquí, en la voluntad de compartir, se cumple esa curiosa ecuación por la que las alegrías se multiplican y las penas se dividen.

La fe, la participación en el Reino, que Jesús nos presenta hoy como la invitación a una gran fiesta, no es sin embargo, un seguro de vida, ni nos garantiza salud, trabajo y éxito social. Pero nos da luz y fuerzas para vivir y encontrar sentido también en los momentos de dificultad.

Para entender del todo el sentido de la parábola de Jesús es importante atender a quién se la está contando: a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Se trata, como en las parábolas de la viña, de una llamada imperiosa y de última hora a responder al Dios que está cumpliendo en Jesús sus promesas, y por medio, una vez más de una imagen que sus interlocutores conocían muy bien. Jesús parece estar dirigiéndoles una llamada final, a la desesperada. De ahí que ponga de relieve con tanto énfasis la positividad y el enorme valor de lo que se están perdiendo por su actitud de rechazo a su mensaje.

Si el banquete de boda es algo tan positivo, un tiempo de celebración, gozo y alegría, no puede dejar de sorprender la reacción de indiferencia, desprecio, incluso violencia que encuentra en los primeros invitados. ¿Será verdad que Dios responde a esas actitudes perversas destruyendo a los que lo rechazan? ¿Cómo entender las palabras de la parábola: “El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”? Muy probablemente este texto refleje simplemente la época de la última redacción del Evangelio, en la que ya se había producido la destrucción de Jerusalén (el año 70 d.C.).

La respuesta de Dios al pecado humano no es, en realidad, “destructiva”, sino “creativa”, constructiva. El poder de Dios se muestra en su capacidad de sacar bien del mal, vida resucitada de la muerte que produce el pecado. Así, el rechazo de las autoridades de Israel (que por ser pueblo sacerdotal debía hacer de “maestro de ceremonias” de este desposorio salvífico de Dios con la humanidad entera) no frustra el proyecto de Dios, que abre la invitación al banquete de bodas a todas las gentes sin excepción y sin condiciones: “la sala del banquete se llenó de invitados, bueno y malos”. Y todos somos en parte buenos y en parte malos.

Pero aceptar la invitación y entrar en el banquete no nos deja como estábamos: algo en nosotros debe cambiar o, si como sucede de hecho, seguimos sintiendo nuestra debilidad y el acoso del pecado, hemos de entrar en una dinámica de conversión y vida nueva. Se trata de participar en el banquete de Cristo Jesús, en el banquete eucarístico, en el que él nos da su propio cuerpo y sangre, que es lo mismo que decir que se nos da del todo. Para ello nos vestimos con un traje de fiesta. En ello consiste el bautismo, que no es otra cosa que revestirse de Cristo, convertirnos en criaturas nuevas, entrar en una dinámica de vida en la que tratamos de reproducir en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5), porque como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6). Y esto significa que no somos sólo invitados a la fiesta, sino también como los servidores que cursan a otros la invitación, que con nuestras actitudes y, si es el caso, con palabras, con nuestro modo de vida, les decimos a los que nos encontramos por los caminos de la vida: “Dios ha preparado para todos un festín de manjares enjundiosos, de vinos generosos. ¡Venid a la fiesta!”

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 5, 2014

Lectura del libro de Isaías 5,1-7 La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,6-9 Poned esto por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21,33-43 Arrendará la viña a otros labradores

 

La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia

1En los dos últimos domingos Jesús ha usado la imagen de la viña para explicar el Reino de los cielos y las diferentes actitudes hacia el mismo. Era una imagen bien conocida por los interlocutores de Jesús, familiarizados con el texto de Isaías: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. El mimo con el que el Señor ha cuidado de su viña contrasta con la amarga respuesta que ha encontrado por parte del pueblo. Muchos son los que piensan que un rasgo característico de los judíos es el orgullo y la soberbia de considerarse el pueblo elegido por Dios, lo que le haría sentirse por encima de los otros pueblos. El antisemitismo que tantas veces ha manchado la historia es con frecuencia la triste reacción ante esto. Pero, si consideramos las cosas con detenimiento, caeremos en la cuenta de que probablemente no hay un pueblo más crítico consigo mismo que el judío. Así lo atestigua la Biblia, en la que se subraya constantemente la infidelidad del pueblo. En un libro escrito por y para judíos, sorprende que los autores bíblicos sean tan hipercríticos con su propio pueblo (algo inaudito en otras tradiciones nacionales). Y es que el centro del mensaje bíblico no es la conciencia de pueblo elegido sino la elección por parte de Dios. Y aunque parezcan dos caras de la misma moneda, es la iniciativa gratuita de Dios, sin méritos previos, lo que se subraya en la Biblia. Esto debería exorcizar toda soberbia. Que esto no haya sido así siempre es otra cuestión, pero, como decimos, la misma tradición bíblica, que es la conciencia viva de Israel, critica con fuerza su infidelidad. Es este sentido marcadamente autocritico una de las lecciones que deberíamos aprender e imitar del Antiguo Testamento, y no derivar de él ideologías primitivas y criminales como el antisemitismo.

Jesús en el Evangelio de hoy retoma la imagen de la viña para criticar a los principales del pueblo. En su parábola, Jesús reproduce en apretada síntesis la historia toda de Israel: el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es con su llamada el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha confiado una tarea, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las continuas infidelidades, no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios, han exhortado a renovar la alianza, a cumplir la ley de Moisés en su espíritu, y no sólo mecánicamente en su letra. En las llamadas y denuncias proféticas resuena con más fuerza el amor y la misericordia que la amenaza de castigos; pero, aunque con honrosas excepciones, una y otra vez, el pueblo, sus dirigentes, sus sacerdotes, han desoído esas llamadas, se han revuelto contra estos intérpretes inspirados de la Palabra viva de Dios que resuena en los acontecimientos, los han despreciado, perseguido, incluso matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: «Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”», ya no está hablando de sucesos del pasado, sino del presente: Él es el hijo enviado por el dueño de la viña como último recurso y como extrema expresión del amor de Dios hacia su viña. Y la reacción de los labradores en la parábola no es sino una profecía de la que iban a tener contra Él esos sacerdotes y ancianos, y que albergaban ya en su corazón.

Con su denuncia, Jesús les está dirigiendo una última y definitiva llamada a ser fieles y a cumplir con su misión de pueblo elegido. Porque la elección no es un privilegio que pone a Israel por encima y aparte de los otros pueblos, sino, al contrario, un servicio sacerdotal, que lo hace mediador entre Dios y la humanidad entera. Igual que una viña no da frutos para sí misma, sino para los demás, a los que ofrece sus dulces racimos de uva y el vino que alegra el corazón del hombre (cf. Sal 105, 15), así los frutos que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación que deben ser ofrecidos a toda la humanidad, a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías, y conduce al fracaso humano de Jesús, entregado a la muerte en Cruz, pone de 2manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida nueva de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la definitiva apertura universal de la revelación bíblica y de la salvación, de la que, repetimos, Israel no era dueño exclusivo, sino sólo su mediador. Aquí debemos enmarcar la profecía de Jesús sobre ese otro “pueblo que produzca sus frutos”. Ese nuevo pueblo de Dios, fundado sobre la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular, es la Iglesia, somos nosotros. Este nuevo pueblo es el depositario de una nueva y definitiva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo, el Hijo de Dios, la presencia del mismo Dios entre nosotros.

Ahora bien, del mismo modo que la conciencia israelita de ser el pueblo elegido no debía ser motivo de soberbia y de desprecio hacia las otras naciones, la conciencia de que somos el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con Dios no será revocado jamás, tampoco nos consiente a los creyentes mirar a los demás por encima del hombro. Pues se trata también aquí de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sintiéndonos protegidos de las intemperies del mundo, sino precisamente para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin amenazas ni coacciones a quien quiera a unirse en este trabajo, uniéndose a Cristo, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Esto quiere decir que ser cristiano consiste en asumir una actitud fundamental de servicio y apertura. Jesús, de hecho, no hizo otra cosa durante su vida que establecer vínculos y atravesar fronteras. Nosotros no podemos dedicarnos a levantar murallas de segregación moral o religiosa. La obligación de dar y ofrecer frutos incluye la apertura a todo lo bueno que encontramos en el mundo, incluso fuera de los límites de la Iglesia. En este “salir al encuentro” está insistiendo continuamente el Papa Francisco, y es la gran lección que nos da hoy Pablo: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Tenemos también la misión de rescatar y salvar todo lo que de bueno y valioso hay en este mundo creado por Dios.

En esta tarea que Jesucristo nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, de la posibilidad de ser infieles. Aquí tenemos que recuperar la autocrítica que descubríamos en el Antiguo Testamento. Pero con el agravante de que, sabiendo que la alianza que constituye a la Iglesia es la definitiva, si nosotros no respondemos con fidelidad a la llamada de Dios, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos de los peligros entrañados en la responsabilidad que hemos recibido: pretender hacernos los dueños de la viña, hacer de ella un coto cerrado, ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía para recoger los frutos a su tiempo, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales Dios nos está hablando hoy.

No debemos olvidar que la dimensión profética es parte del ministerio pastoral de la Iglesia. Escuchar la voz de Dios significa también escuchar y obedecer a sus pastores. Aquí hay que tener cuidado con esa mentalidad tan extendida que pretende reducir el ministerio pastoral a una mera función institucional, que tiene que ver más con el poder que con el servicio. El rechazo de los pastores (en nombre de un equívoco autoproclamado profetismo) puede acabar siendo el rechazo del único Pastor, que pastorea a su pueblo por medio de aquellos. Naturalmente, también puede suceder que los pastores sean infieles. El impresionante sermón de San Agustín sobre los pastores, que advierte precisamente a estos últimos (y a sí mismo) de su grave responsabilidad, nos lo recuerda con gran viveza. Por eso, es preciso saber discernir y aceptar la presencia de otros profetas, también verdaderos enviados de Dios, personas carismáticas que, sin un estatus especial,  saben leer los signos de los tiempos, denuncian males, abren nuevos caminos de vida cristiana y producen frutos de vida evangélica. El Espíritu habla también por ellos. No hay que buscar sólo gentes extraordinarias. En nuestro entorno inmediato podemos encontrar personas normales, que nos recuerdan con sencillez en qué consiste vivir según el evangelio, y a las que tal vez rechazamos (tachándolas de exageradas, o de chifladas, o de beatas, o de tantas otras cosas) porque su ejemplo nos resulta molesto. Cada uno de nosotros participará de la vocación profética en la medida en que trate de vivir según el evangelio.

Una última reflexión. Si hemos dicho que la Iglesia es el pueblo de la nueva y definitiva alianza, ¿significa esto que la última profecía de Jesús en el Evangelio de hoy (“se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”) no va con nosotros? Creemos que la Iglesia está fundada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles, por lo que “el poder del abismo no la hará perecer” (Mt 16, 18). Pero podemos entender también esa profecía en otro sentido. Es un hecho que en los pueblos considerados tradicionalmente cristianos, se está produciendo una apostasía creciente y masiva. La cultura occidental, como tendencia general, está rechazando a Cristo, alejándose de él explícitamente, y también en muchas de sus opciones fundamentales de valor (pensemos en el aborto, la eutanasia, etc.), por más que sea una cultura profundamente permeada por la fe cristiana (de ahí la idea de persona, los derechos humanos, etc.). A la cultura occidental le está pasando lo que les pasó a los judíos del tiempo de Jesús. Aunque la Iglesia, según la promesa de Cristo, nunca va a dejar de serlo, lo cierto es que el nuevo pueblo de Dios se está desplazando a las periferias de la humanidad, donde encuentra gentes mejor dispuestas, y que están tomando el relevo de la evangelización (mientras Occidente decae y se barbariza).

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a estos pueblos tradicionalmente cristianos, a los creyentes que los habitan, a salir de la modorra, a reaccionar y tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder volver a dar frutos de santidad para la vida del mundo.

Domingo 17 del Tiempo Ordinario (A)

julio 27, 2014

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12 Pediste discernimiento

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30 Nos predestinó a ser imagen de su Hijo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52 Vende todo lo que tiene y compra el campo

 

Lo que realmente vale

 

La vida humana es elegir, y elegir es renunciar. Los deseos humanos no están dirigidos por los sabios mecanismos de los instintos animales (o lo están en muy débil medida), y en esto estriba la riqueza, pero también el riesgo y el drama de la existencia. El ser humano debe establecer él mismo y libremente la escala de sus preferencias; y como sus necesidades y sus posibles deseos son tantos y tan distintos, a veces tan contradictorios, nuestras decisiones comportan siempre la renuncia a posibilidades atractivas y deseables. Si la libertad es la riqueza del hombre, su ejercicio tiene, hemos dicho, algo de dramático por las renuncias que comporta elegir; y de riesgo, porque nuestras elecciones y preferencias puede ser equivocadas, y contribuir no a nuestro bien, sino a nuestra ruina.

La dificultad de elegir adecuadamente depende además del hecho de que los posibles objetos de deseo venden su producto gritando bondades que no siempre tienen, y prometen formas diversas de felicidad vestidas de mil disfraces, como el placer, el bienestar, el éxito, el poder, la riqueza… Todas esas cosas responden a determinadas necesidades, pero muchas veces tratan de atraer nuestra atención hasta el punto de hacernos olvidar otras necesidades más hondas, más decisivas, aunque aparentemente menos urgentes.

2Por todo esto, posiblemente el bien más preciado consiste en saber discernir entre el bien y el mal, y en la capacidad de elegir con tino entre las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a diario. Este es el mensaje que brota meridianamente de la primera lectura: Salomón, aunque es rey, se considera un servidor de Dios en favor de su pueblo y, por tanto, en deuda con uno y con otro; por otro lado, se reconoce joven e inexperto. Salomón tenía todas las cartas para pedir a Dios precisamente la capacidad de elegir bien y de discernir entre el bien y el mal. Porque estos bienes no se pueden comprar en el mercado, y sólo hasta cierto punto se pueden adquirir con el estudio: son sobre todo dones y no cuestión de conquista, por eso es necesario pedirlos a Dios en la oración. Pero para recibirlos es necesario desearlos, hacer de ellos objeto de nuestra elección.

Jesús presenta hoy el Reino de Dios como un bien que el hombre puede elegir. Pero, ¿qué es el Reino de Dios, que Jesús ha comparado con semillas que crecen y dan fruto, y que ahora compara con tesoros escondidos y perlas de gran valor? El Reino de Dios no es una “cosa”, un objeto, tampoco un determinado sistema social, un “régimen” de tipo teocrático o laico que se limita a proclamar ciertos valores abstractos. El Reino de Dios hay que entenderlo de manera activa y dinámica: significa “Dios reina”. Dios, la fuente y origen de todo bien, Él es el bien máximo al que el hombre puede aspirar. Por ello, cuando Dios reina en la vida del hombre, éste adquiere la capacidad de discernir el bien y el mal, y la medida que otorga a cada cosa su justo valor. El Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús; es objeto de un anuncio, pero no de una propaganda que nos abruma con sus gritos y sus colores chillones. Jesús lo ha comparado con una semilla que da fruto si encuentra buena tierra, con una palabra respetuosa que busca entablar un diálogo: “No gritará, ni alzará la voz, ni voceará por las calles” (Is 42, 1). Hoy subraya su inmenso valor: es como un tesoro, pero se trata de un tesoro escondido que hay que buscar, por el que hay que esforzarse. Porque su valor es incalculable, es fuente de una alegría que llena al que lo encuentra; pero encontrarlo exige hacer una elección: para obtenerlo hay que estar dispuesto a venderlo todo y comprar el campo en el que se halla. El carácter dinámico e interactivo de la elección del Reino de Dios se refuerza en la segunda 1comparación: aquí el Reino de Dios se parece, no sólo a una perla de gran valor, sino, sobre todo, al comerciante que la encuentra. Efectivamente, ese enorme valor que descubrimos requiere una actitud activa, una toma de postura, una decisión por nuestra parte. Ser capaces de discernir lo que realmente vale en la vida y elegir en consecuencia, asumiendo las consiguientes renuncias es, al fin y al cabo, lo que decide y discierne la calidad de nuestra vida. A ello se refiere la tercera comparación: la red que, echada en el mar, recoge toda clase de peces, buenos y malos. Esto nos enseña una verdad muy importante: que el tesoro esté escondido, que la perla exija una trabajosa búsqueda, todo esto no significa que el Reino de Dios sea algo esotérico y exclusivo para iniciados o para unos pocos elegidos. El esoterismo, tan de moda en nuestros días, establece divisiones que separan a los hombres según categorías. Pero el mensaje del Reino de Dios se dirige a todos sin distinción. Está escondido, pero en un campo abierto a todos. De ahí la comparación con la red que recoge toda clase de peces. La red es la Palabra que Dios dirige a todos los hombres, sin hacer distinciones entre ellos. Lo que separa aquí a los buenos de los malos depende de nosotros mismos, de la actitud que adoptemos de aceptación o de rechazo de la Palabra.

3La Palabra es Jesucristo. Él es el que porta en sí mismo el Reino de Dios, porque él es el hombre en el que Dios reina. Él es el tesoro escondido, porque esta Palabra salvadora se ha revestido de carne. La carne de Cristo vela y contiene al mismo tiempo ese tesoro por el que debemos estar dispuestos a venderlo todo para comprar el campo. Al tomar esta decisión, aunque comporte renuncias, no renunciamos a nosotros mismos, al revés, en Jesús, primogénito de muchos hermanos, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra verdad más profunda: descubrimos el tesoro de la imagen de Dios escondida en el campo que somos cada uno. La Palabra que nos anuncia el Reino de Dios es salvadora porque rescata lo mejor de nosotros mismos, la originalidad de cada uno; y, al hacerlo, no sólo no nos aísla, sino que, al revés, nos abre de un modo nuevo a los demás, en los que sabemos por fe que habita también, a su manera, la imagen de Dios.

La elección del Reino de Dios, la decisión de dejar a Dios reinar en nuestra vida aceptando en ella a Jesús, es la elección por un bien, el del amor a Dios y a los hermanos, gracias al cual todo nos sirve para el bien. Y es que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14, 17).

Jesús nos llama a tomar una decisión radical en favor un bien incomparablemente más valioso que todos los bienes a los que podemos aspirar en este mundo. Como el tesoro escondido en el campo, este bien no es inmediatamente evidente; pero el que lo encuentra comprende que merece la pena venderlo todo para adquirirlo. Y es que este bien, que es el mismo Jesucristo, hace que todos los demás (viejos y nuevos) adquieran su justo valor, de manera que hasta las renuncias inevitablemente inherentes a toda toma de decisión adquieran un sentido positivo, contribuyan a nuestro bien definitivo y último. ¿Es Jesús y su Evangelio el tesoro por el que estoy dispuesto a venderlo todo?

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 27, 2014

Lectura del libro de Isaías 49, 14-15 Yo no te olvidaré

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5 El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34 No os agobiéis por el mañana

 El afán de cada día

El evangelio bien entendido no es un ideal (religioso, moral, filosófico) alejado de las preocupaciones más menudas de la vida cotidiana. No nos ofrece sólo una “cosmovisión” de sentido, o como dicen algunos, que gustan de palabras solemnes, un “horizonte transcendental”, que en poco o en nada toca los asuntos más pedestres que nos ocupan cada día. Decimos, el evangelio “bien entendido”, pero para entender bien el evangelio hay que estar a la escucha, prestar oídos, acudir al magisterio del maestro del Evangelio, Jesús de Nazaret.

Jesús nos habla hoy de la sabiduría de la vida. En el marco del ideal representado por las bienaventuranzas, y sobre el fondo de la reinterpretación de los mandamientos (los grandes temas de la vida humana), Jesús toca hoy temas cercanos, los que nos preocupan cotidianamente y los que nos ocupan de manera habitual, como el alimento y el vestido.

ComidaLo que nos dice Jesús a este respecto puede producirnos, de entrada, una cierta desazón. Porque lo primero que entendemos de sus palabras es que no debemos preocuparnos de estas necesidades que, por un lado, son elementales pero que, además, no están garantizadas. ¿Cómo no preocuparnos de ellas? ¿Nos exhorta realmente Jesús a despreocuparnos de estas cosas tan necesarias para la vida? Si atendemos al contexto de las palabras y, sobre todo, de las acciones de Jesús, no es posible concluir tal cosa. Él mismo se ocupa de alimentar a los hambrientos, de los que siente lástima (cf. Mt 14, 13-21; 15, 32). No dice “yo ya he alimentado su espíritu, para el alimento del cuerpo, que se busquen ellos la vida”, como parecen imgressugerirle los discípulos, cuando le instaban a que los despidiera para se fueran a buscar comida; al contrario, les dice a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Cuando, en un gran despliegue de imaginación, nos presenta el grandioso cuadro del juicio final (cf. Mt 25, 31-46), nos recuerda que el objeto de ese juicio será el haber atendido a aquellos que padecen necesidad precisamente en estas cosas más elementales: bebida, comida, vestido, alojamiento, enfermedad. ¿En qué quedamos entonces? ¿Hay que preocuparse de estas cosas o no, como parece aconsejarnos hoy?

Estas necesidades son primarias, básicas, pero no pueden ser las únicas, ni siquiera las más importantes. Sin embargo, su carácter primario las convierte en las más urgentes: si no les prestamos atención, todas las demás, incluso las más sublimes, quedan también en el aire. Ahora bien, esta misma urgencia puede producir en nosotros una preocupación obsesiva que las eleva al rango de bien supremo al que debe supeditarse todo, y que nos ciega para otros bienes de hecho más elevados.

VestidoJesús nos da una sencilla indicación que resuelve este posible conflicto sin menoscabo de ninguno de sus extremos: la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Es decir, nos alimentamos para vivir, pero no debemos vivir sólo para alimentarnos. Y del mismo modo que el alimento ha de estar al servicio de la vida, y no al revés, así debe el vestido servir al cuerpo y no, por el contrario, hacer del cuerpo la mera percha del vestido, de las apariencias externas. Estas últimas tienen también su importancia, su valor, pero es un valor subordinado al cuerpo, que no debe convertirse en un esclavo del vestido, de la figura, la moda, el aparentar, etc. Así pues, hemos de preocuparnos de esas necesidades en su justa medida, pero  no deben ocupar nuestro corazón hasta el punto de esclavizarlo, convirtiéndolas en “el señor” que manda en nuestra vida y cegándonos para lo más importante.

Y, ¿qué es lo más importante? Las palabras de Jesús nos lo dicen con bastante claridad. Si la vida y el cuerpo importan más que el alimento y el vestido, que están al servicio de aquellos, significa que nosotros mismos somos más importantes y valiosos que los medios que nos procuran sustento y calor. Nosotros, cuerpo y imgresalma, tenemos que ser dueños de nuestras necesidades y no esclavos de las mismas. Esta importancia que descubrimos en nosotros mismos, no es una llamada ni al orgullo ni al egoísmo; al contrario, somos egoístas cuando nos hacemos esclavos de las necesidades materiales; mientras que, cuando las atendemos pero dominándolas y sometiéndolas a nuestra dignidad personal, somos capaces de descubrir que esa importancia y valor que descubrimos en nosotros mismos es la que adorna también a los demás, depositarios de idéntica dignidad humana. Y, así, somos capaces de abrirnos a sus necesidades, las de los que pasan hambre y sed, los que están desnudos, enfermos o solos. Es en esta clave en la que hay que leer la recomendación de Jesús de “buscar sobre todo el Reino de Dios y su justicia”; no dice que lo busquemos de manera exclusiva, sino sobre todo, sin renunciar a las preocupaciones cotidianas (esto es una exigencia de elemental responsabilidad); “sobre todo” alude a una jerarquía de nuestras búsquedas y preocupaciones. Y es que el Reino de Dios incluye “su justicia”; y la justicia es un concepto que abarca necesariamente los bienes materiales, que, de hecho, Jesús parece asegurarnos si atendemos sobre todo a las exigencias superiores del Reino de Dios y su justicia: en tal caso, todo lo demás se nos da por añadidura.

Buscar ante todo el Reino de Dios significa elevar nuestra mirada a “los bienes de allá arriba” (cf. Col 3, 1-4), y descubrir que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Cuando hacemos así, aprendemos no a despreciar, sino a apreciar en su justa medida los “bienes de acá abajo”. Y esa justa medida (la de la justicia del Reino de Dios) nos los descubre no sólo como fruto de esfuerzo y conquista, sino también como dones que recibimos agradecidos. Los bienes de la tierra que remedian nuestra hambre y cubren nuestra desnudez son, como dice la oración del ofertorio, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, que recibimos de la generosidad del Señor, Dios del universo, y a los que también contribuimos responsablemente. Descubrimos que hay una providencia divina que se preocupa de sus criaturas, que alimenta a los pájaros y viste con esplendor a los lirios del campo; y que se preocupa mucho más de las criaturas que más valen ante sus ojos. El Padre celestial no desconoce ni desatiende nuestras necesidades; al contrario, como una madre por el hijo de sus entrañas, y más que ella, así se acuerda de nosotros.

Pero, podemos preguntarnos de nuevo, ¿en qué se revela esa preocupación, cuando es un hecho que tantos hombres y mujeres del mundo padecen necesidad? Esa preocupación se revela en Jesucristo que nos comunica la sabiduría de la vida, la que nos permite satisfacer nuestras necesidades y las de los demás. Si la búsqueda obsesiva de bienes materiales (dinero, comida, vestido…) se enseñorea de nosotros y nos esclaviza, esto nos aleja también de los demás, pues cuando esos bienes necesarios se convierten en los únicos o los más altos, se produce inmediatamente un ansia insaciable, nunca estamos satisfechos, todo nos parece poco, y los otros se convierten en objeto de comparación y envidia, surge la rivalidad y la competencia, pues lo que tiene otro no puedo tenerlo yo. Pero si, a diferencia de “los gentiles”, siervos de Mammón, el dios dinero, nos hacemos servidores del Dios autor de los bienes del cielo y de la tierra, entonces nos convertimos en dueños de nosotros mismos, capaces de apreciar con agradecimiento y alegría lo que tenemos, aunque sea poco, lo que cubre nuestras necesidades básicas; y al hacernos servidores de Dios y dueños de nosotros mismos, como ya hemos dicho, nos convertimos también en servidores libres de los que padecen necesidad. Los bienes materiales adquieren una importancia y un valor nuevos: no sólo no son objeto de codicia, competencia y conflicto, sino ocasión para ayudar, compartir y encontrarse con los otros. Esta es la justicia del Reino de Dios.

El evangelio de Jesús, como vemos, nos concede una verdadera sabiduría para la vida cotidiana, un criterio para juzgar y apreciar todos los bienes, nos da un auténtico “orden del corazón” (un ordo amoris, como decía San Agustín) que nos hace libres (señores) y, además, nos enseña a disfrutar de la vida, del cada día que ella nos regala, es verdad que con sus agobios y afanes, pero que, en virtud de la confiada apertura a la providencia del Padre (y Madre, nos recuerda Isaías), no nos ahogan, pues se limitan a ser el afán de cada día. Es decir, Jesús nos enseña a dosificar las necesidades y también los afanes, sin por ello renunciar a los grandes ideales que deben llenar nuestro corazón (el Reino de Dios y su justicia). Y es que si somos servidores de Dios y de los hermanos (administradores de los misterios de Dios, nos recuerda Pablo), el día a día de nuestra vida es el banco de pruebas de nuestra fidelidad: el lugar en el que, en el trato con los asuntos (agobios y afanes) cotidianos, vamos encarnando el Reino de Dios, el ideal evangélico.