Posts Tagged ‘Reino de Dios’

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 10, 2014

Lectura del libro de Isaías 25,6-10a El Señor preparará un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20 Todo lo puedo en aquél que me conforta

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,1-14 A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

 

¡Venid a la fiesta!

Existen diversas formas, que podríamos llamar “cenizas”, de presentar el cristianismo, que afean su rostro y espantan a los que se acercan a él, mirándolo desde ese prisma. Una de esas formas es la que considera la fe cristiana sobre todo como un sistema moral muy riguroso, que se dedica ante todo a prohibir unos comportamientos y otros, nos exilia de las alegrías de la vida y nos impone pesadas cargas, eso sí para “después”, en la otra vida, disfrutar sin término y sin medida. En esta forma moralizante y sombría de presentar la fe domina la idea de pecado, que hace como de embajadora primera del posterior mensaje de salvación. Esta caricatura de cristianismo es la que tienen en mente muchos de sus detractores, pero también la que, por desgracia, a veces, ofrecemos los mismos creyentes.

Jesús, que nos ha presentado en las semanas anteriores el Reino de los cielos como una viña hermosa y fecunda, en la que hay que trabajar, pero que está llamada a dar frutos que nos endulzan la vida, va hoy más allá, como tratando de desmentir esas imágenes sombrías del Reino que ha venido a traer, y resaltando con mucha fuerza su carácter festivo y alegre. El Reino de los cielos se parece a una fiesta, a un banquete de bodas.

La fiesta tiene un profundo significado antropológico. El hombre no es sólo un trabajador, un “funcionario” del deber, alguien sometido a las fuerzas de la necesidad natural o moral. Eso, que es en parte verdad, no agota todo su ser. El ser humano aspira a la ligereza de la libertad respecto de los mecanismos de la necesidad, y busca experimentar esa dimensión precisamente en la fiesta. En ella se abre un espacio de libertad para expresar la alegría de vivir, sea por la vida nueva de un nacimiento, sea por el recuerdo del propio (el cumpleaños), sea para alegrarse de cualquier éxito, o de la presencia de Dios en su propia vida, y así un largo etc. Pero, tal vez, la cima de todas las fiestas se encuentre en la que se organiza con motivo de una boda. En ella se experimentan todas las alegrías de una historia nueva fundada en el amor mutuo y la libre decisión de compartir toda la vida, sin los lastres que preceden a otras alegrías no menos profundas (como los dolores de parto en el nacimiento de un niño), con la esperanza de una existencia feliz y fecunda. Que la experiencia se encargue después de rebajar esas expectativas no consigue disminuir, sin embargo, la sensación de felicidad plena que se experimenta en el banquete de bodas. Jesús compara el Reino de los cielos con esta alegría desbordante, con esta fiesta sin parangón. Y para reforzar todo lo dicho, habla incluso de la boda del hijo del Rey. Si a todos nos agrada que nos inviten a una boda, sobre todo si se trata de la boda de personas a las que queremos, qué no sentiríamos si recibiéramos la invitación a la boda de alguien de la importancia y significación del hijo de un rey. Jesús no ha ahorrado esfuerzos de imaginación para subrayar la extraordinaria positividad del mensaje que porta consigo, al que llama a participar, en primer lugar, a los representantes del pueblo elegido, el pueblo que tiene como Rey al mismo Dios y cuyo hijo ha sido enviado a cumplir en medio de ellos las antiguas promesas, que sostienen la esperanza de este pueblo y son el soporte de su verdadera identidad. Y, por medio de ellos, a todos los demás, pues la boda del hijo del rey es algo que afecta a todos, en lo que todos deben participar.

Jesús nos está diciendo que Dios no quiere amargarnos la vida, no quiere que estemos tristes ni que lo pasemos mal. Todo lo contrario, Dios quiere preparar para nosotros un festín de manjares suculentos, de vinos de solera, quiere aniquilar la muerte, enjugar las lágrimas de todos los rostros. Y lo quiere hacer precisamente por medio de Jesús, su Hijo, en quien se ha dado realmente un desposorio de Dios con la humanidad entera.

Es verdad que en ocasiones, incluso con mucha frecuencia, en la vida existen sombras, penas y tristezas, o, como decimos a veces, pintan bastos. Y es que no todo depende de nuestra voluntad, y no es nada raro que, por diversas circunstancias (naturales o humanas) la realidad se oponga a nuestros deseos. Pablo nos enseña a este respecto que, cuando estamos unidos a Cristo, aunque no está dicho que todo vaya a irnos siempre a pedir de boca, es posible sobrellevar todas esas situaciones, porque nos hacemos libres de las circunstancias externas y, aunque eso no siempre sea del todo posible, sí que aprendemos a ser solidarios en las desgracias y las necesidades, compartiendo unos con otros las alegrías y las penas, la abundancia y la necesidad. Y aquí, en la voluntad de compartir, se cumple esa curiosa ecuación por la que las alegrías se multiplican y las penas se dividen.

La fe, la participación en el Reino, que Jesús nos presenta hoy como la invitación a una gran fiesta, no es sin embargo, un seguro de vida, ni nos garantiza salud, trabajo y éxito social. Pero nos da luz y fuerzas para vivir y encontrar sentido también en los momentos de dificultad.

Para entender del todo el sentido de la parábola de Jesús es importante atender a quién se la está contando: a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Se trata, como en las parábolas de la viña, de una llamada imperiosa y de última hora a responder al Dios que está cumpliendo en Jesús sus promesas, y por medio, una vez más de una imagen que sus interlocutores conocían muy bien. Jesús parece estar dirigiéndoles una llamada final, a la desesperada. De ahí que ponga de relieve con tanto énfasis la positividad y el enorme valor de lo que se están perdiendo por su actitud de rechazo a su mensaje.

Si el banquete de boda es algo tan positivo, un tiempo de celebración, gozo y alegría, no puede dejar de sorprender la reacción de indiferencia, desprecio, incluso violencia que encuentra en los primeros invitados. ¿Será verdad que Dios responde a esas actitudes perversas destruyendo a los que lo rechazan? ¿Cómo entender las palabras de la parábola: “El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”? Muy probablemente este texto refleje simplemente la época de la última redacción del Evangelio, en la que ya se había producido la destrucción de Jerusalén (el año 70 d.C.).

La respuesta de Dios al pecado humano no es, en realidad, “destructiva”, sino “creativa”, constructiva. El poder de Dios se muestra en su capacidad de sacar bien del mal, vida resucitada de la muerte que produce el pecado. Así, el rechazo de las autoridades de Israel (que por ser pueblo sacerdotal debía hacer de “maestro de ceremonias” de este desposorio salvífico de Dios con la humanidad entera) no frustra el proyecto de Dios, que abre la invitación al banquete de bodas a todas las gentes sin excepción y sin condiciones: “la sala del banquete se llenó de invitados, bueno y malos”. Y todos somos en parte buenos y en parte malos.

Pero aceptar la invitación y entrar en el banquete no nos deja como estábamos: algo en nosotros debe cambiar o, si como sucede de hecho, seguimos sintiendo nuestra debilidad y el acoso del pecado, hemos de entrar en una dinámica de conversión y vida nueva. Se trata de participar en el banquete de Cristo Jesús, en el banquete eucarístico, en el que él nos da su propio cuerpo y sangre, que es lo mismo que decir que se nos da del todo. Para ello nos vestimos con un traje de fiesta. En ello consiste el bautismo, que no es otra cosa que revestirse de Cristo, convertirnos en criaturas nuevas, entrar en una dinámica de vida en la que tratamos de reproducir en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5), porque como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6). Y esto significa que no somos sólo invitados a la fiesta, sino también como los servidores que cursan a otros la invitación, que con nuestras actitudes y, si es el caso, con palabras, con nuestro modo de vida, les decimos a los que nos encontramos por los caminos de la vida: “Dios ha preparado para todos un festín de manjares enjundiosos, de vinos generosos. ¡Venid a la fiesta!”

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 5, 2014

Lectura del libro de Isaías 5,1-7 La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,6-9 Poned esto por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21,33-43 Arrendará la viña a otros labradores

 

La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia

1En los dos últimos domingos Jesús ha usado la imagen de la viña para explicar el Reino de los cielos y las diferentes actitudes hacia el mismo. Era una imagen bien conocida por los interlocutores de Jesús, familiarizados con el texto de Isaías: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. El mimo con el que el Señor ha cuidado de su viña contrasta con la amarga respuesta que ha encontrado por parte del pueblo. Muchos son los que piensan que un rasgo característico de los judíos es el orgullo y la soberbia de considerarse el pueblo elegido por Dios, lo que le haría sentirse por encima de los otros pueblos. El antisemitismo que tantas veces ha manchado la historia es con frecuencia la triste reacción ante esto. Pero, si consideramos las cosas con detenimiento, caeremos en la cuenta de que probablemente no hay un pueblo más crítico consigo mismo que el judío. Así lo atestigua la Biblia, en la que se subraya constantemente la infidelidad del pueblo. En un libro escrito por y para judíos, sorprende que los autores bíblicos sean tan hipercríticos con su propio pueblo (algo inaudito en otras tradiciones nacionales). Y es que el centro del mensaje bíblico no es la conciencia de pueblo elegido sino la elección por parte de Dios. Y aunque parezcan dos caras de la misma moneda, es la iniciativa gratuita de Dios, sin méritos previos, lo que se subraya en la Biblia. Esto debería exorcizar toda soberbia. Que esto no haya sido así siempre es otra cuestión, pero, como decimos, la misma tradición bíblica, que es la conciencia viva de Israel, critica con fuerza su infidelidad. Es este sentido marcadamente autocritico una de las lecciones que deberíamos aprender e imitar del Antiguo Testamento, y no derivar de él ideologías primitivas y criminales como el antisemitismo.

Jesús en el Evangelio de hoy retoma la imagen de la viña para criticar a los principales del pueblo. En su parábola, Jesús reproduce en apretada síntesis la historia toda de Israel: el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es con su llamada el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha confiado una tarea, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las continuas infidelidades, no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios, han exhortado a renovar la alianza, a cumplir la ley de Moisés en su espíritu, y no sólo mecánicamente en su letra. En las llamadas y denuncias proféticas resuena con más fuerza el amor y la misericordia que la amenaza de castigos; pero, aunque con honrosas excepciones, una y otra vez, el pueblo, sus dirigentes, sus sacerdotes, han desoído esas llamadas, se han revuelto contra estos intérpretes inspirados de la Palabra viva de Dios que resuena en los acontecimientos, los han despreciado, perseguido, incluso matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: «Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”», ya no está hablando de sucesos del pasado, sino del presente: Él es el hijo enviado por el dueño de la viña como último recurso y como extrema expresión del amor de Dios hacia su viña. Y la reacción de los labradores en la parábola no es sino una profecía de la que iban a tener contra Él esos sacerdotes y ancianos, y que albergaban ya en su corazón.

Con su denuncia, Jesús les está dirigiendo una última y definitiva llamada a ser fieles y a cumplir con su misión de pueblo elegido. Porque la elección no es un privilegio que pone a Israel por encima y aparte de los otros pueblos, sino, al contrario, un servicio sacerdotal, que lo hace mediador entre Dios y la humanidad entera. Igual que una viña no da frutos para sí misma, sino para los demás, a los que ofrece sus dulces racimos de uva y el vino que alegra el corazón del hombre (cf. Sal 105, 15), así los frutos que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación que deben ser ofrecidos a toda la humanidad, a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías, y conduce al fracaso humano de Jesús, entregado a la muerte en Cruz, pone de 2manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida nueva de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la definitiva apertura universal de la revelación bíblica y de la salvación, de la que, repetimos, Israel no era dueño exclusivo, sino sólo su mediador. Aquí debemos enmarcar la profecía de Jesús sobre ese otro “pueblo que produzca sus frutos”. Ese nuevo pueblo de Dios, fundado sobre la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular, es la Iglesia, somos nosotros. Este nuevo pueblo es el depositario de una nueva y definitiva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo, el Hijo de Dios, la presencia del mismo Dios entre nosotros.

Ahora bien, del mismo modo que la conciencia israelita de ser el pueblo elegido no debía ser motivo de soberbia y de desprecio hacia las otras naciones, la conciencia de que somos el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con Dios no será revocado jamás, tampoco nos consiente a los creyentes mirar a los demás por encima del hombro. Pues se trata también aquí de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sintiéndonos protegidos de las intemperies del mundo, sino precisamente para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin amenazas ni coacciones a quien quiera a unirse en este trabajo, uniéndose a Cristo, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Esto quiere decir que ser cristiano consiste en asumir una actitud fundamental de servicio y apertura. Jesús, de hecho, no hizo otra cosa durante su vida que establecer vínculos y atravesar fronteras. Nosotros no podemos dedicarnos a levantar murallas de segregación moral o religiosa. La obligación de dar y ofrecer frutos incluye la apertura a todo lo bueno que encontramos en el mundo, incluso fuera de los límites de la Iglesia. En este “salir al encuentro” está insistiendo continuamente el Papa Francisco, y es la gran lección que nos da hoy Pablo: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Tenemos también la misión de rescatar y salvar todo lo que de bueno y valioso hay en este mundo creado por Dios.

En esta tarea que Jesucristo nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, de la posibilidad de ser infieles. Aquí tenemos que recuperar la autocrítica que descubríamos en el Antiguo Testamento. Pero con el agravante de que, sabiendo que la alianza que constituye a la Iglesia es la definitiva, si nosotros no respondemos con fidelidad a la llamada de Dios, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos de los peligros entrañados en la responsabilidad que hemos recibido: pretender hacernos los dueños de la viña, hacer de ella un coto cerrado, ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía para recoger los frutos a su tiempo, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales Dios nos está hablando hoy.

No debemos olvidar que la dimensión profética es parte del ministerio pastoral de la Iglesia. Escuchar la voz de Dios significa también escuchar y obedecer a sus pastores. Aquí hay que tener cuidado con esa mentalidad tan extendida que pretende reducir el ministerio pastoral a una mera función institucional, que tiene que ver más con el poder que con el servicio. El rechazo de los pastores (en nombre de un equívoco autoproclamado profetismo) puede acabar siendo el rechazo del único Pastor, que pastorea a su pueblo por medio de aquellos. Naturalmente, también puede suceder que los pastores sean infieles. El impresionante sermón de San Agustín sobre los pastores, que advierte precisamente a estos últimos (y a sí mismo) de su grave responsabilidad, nos lo recuerda con gran viveza. Por eso, es preciso saber discernir y aceptar la presencia de otros profetas, también verdaderos enviados de Dios, personas carismáticas que, sin un estatus especial,  saben leer los signos de los tiempos, denuncian males, abren nuevos caminos de vida cristiana y producen frutos de vida evangélica. El Espíritu habla también por ellos. No hay que buscar sólo gentes extraordinarias. En nuestro entorno inmediato podemos encontrar personas normales, que nos recuerdan con sencillez en qué consiste vivir según el evangelio, y a las que tal vez rechazamos (tachándolas de exageradas, o de chifladas, o de beatas, o de tantas otras cosas) porque su ejemplo nos resulta molesto. Cada uno de nosotros participará de la vocación profética en la medida en que trate de vivir según el evangelio.

Una última reflexión. Si hemos dicho que la Iglesia es el pueblo de la nueva y definitiva alianza, ¿significa esto que la última profecía de Jesús en el Evangelio de hoy (“se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”) no va con nosotros? Creemos que la Iglesia está fundada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles, por lo que “el poder del abismo no la hará perecer” (Mt 16, 18). Pero podemos entender también esa profecía en otro sentido. Es un hecho que en los pueblos considerados tradicionalmente cristianos, se está produciendo una apostasía creciente y masiva. La cultura occidental, como tendencia general, está rechazando a Cristo, alejándose de él explícitamente, y también en muchas de sus opciones fundamentales de valor (pensemos en el aborto, la eutanasia, etc.), por más que sea una cultura profundamente permeada por la fe cristiana (de ahí la idea de persona, los derechos humanos, etc.). A la cultura occidental le está pasando lo que les pasó a los judíos del tiempo de Jesús. Aunque la Iglesia, según la promesa de Cristo, nunca va a dejar de serlo, lo cierto es que el nuevo pueblo de Dios se está desplazando a las periferias de la humanidad, donde encuentra gentes mejor dispuestas, y que están tomando el relevo de la evangelización (mientras Occidente decae y se barbariza).

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a estos pueblos tradicionalmente cristianos, a los creyentes que los habitan, a salir de la modorra, a reaccionar y tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder volver a dar frutos de santidad para la vida del mundo.