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Domingo 15 del tiempo ordinario (A)

julio 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11 La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Sal 64, 10. 11. 12-13. 14 R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23 La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

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Domingo18 del tiempo ordinario (C)

julio 30, 2016

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,13-21 Lo que has acumulado, ¿de quién será?

 

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

imagesEl evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser nosotros mismos y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejada el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros imgresmismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

images-1Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.

¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el santo papa Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 19, 2014

Lectura del libro de Isaías 55, 6-9 Mis planes no son vuestros planes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a Para mí la vida es Cristo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

 

Id a trabajar a mi viña

1No es raro encontrarse con reacciones adversas a esta paradójica y provocativa parábola de Jesús. Son reacciones del tipo: “esas cosas podrían pasar en tiempos de Jesús, pero no en los nuestros…” La cuestión y la sal de la parábola está en que “esas cosas” tampoco podían pasar en esos tiempos, y, precisamente por eso, Jesús cuenta la parábola y describe la reacción iracunda de los trabajadores de primera hora: para llamar la atención. Para llamar la atención, ¿sobre qué? Jesús no trata de explicarnos un nuevo (y extraño) sistema de relaciones laborales y salariales, ni tampoco pretende defender o justificar la arbitrariedad patronal. La cuestión que plantea no tiene vigencia en determinados tiempos, pasados o futuros, sino sólo y exclusivamente en un lugar: en la viña del Señor, en el Reino de Dios. Y es que con esta parábola Jesús está tratando de explicarnos en qué consiste ese Reino, de ahí sus primeras palabras: “El Reino de los cielos se parece…”

Cualquier judío del tiempo de Jesús entendía al escuchar el término “viña”, que no se trataba aquí de un campo de trabajo cualquiera. La viña era un símbolo del pueblo de Dios y, en concreto, del amor entrañable y del cuidado del Señor sobre él, y también de las expectativas frustradas sobre que ese amor y ese cuidado dieran buenos frutos (cf. Is 5, 1-7). Así que, al hablarnos del trabajo en la viña, Jesús nos está explicando qué significa estar y trabajar en el campo del Reino de Dios.

Ser enviado a la viña y permanecer y trabajar en ella es, ante todo, una invitación y una gracia, un regalo para el que no valen méritos previos. Por eso, la invitación se cursa a todos los que están dispuestos a ir, independientemente de la hora del día, es decir, de la edad, la nacionalidad, la condición social y moral o las convicciones religiosas. Cualquier etapa de la vida, cualquier origen social, cualquier decurso biográfico son buenos para ir a trabajar a esa viña. La viña, el Reino de Dios, es el ámbito en el que es posible encontrar a Dios, descubrir su rostro paterno y misericordioso, su voluntad salvífica: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Ese ámbito, claro está, más que un lugar es la relación con una persona concreta, portadora del Reino de Dios: Jesucristo.

Ahora bien, la imagen misma de la viña nos da la idea de que estar en ella no es un estado de ociosidad, sino de actividad, de 6trabajo. La viña que era el pueblo de Israel le dio a Dios y a sus colaboradores (Moisés, los profetas, etc.) mucho que hacer, mucho trabajo y muchos padecimientos. Y no menos trabajo le da a Jesús hacer cercano este reinado de Dios: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 17). La gracia de estar con Jesús y de seguirle conlleva la participación en su trabajo y en su misión, significa hacer propia su causa, querer lo que él quiere, esforzarse porque la semilla caiga en buena tierra y dé buenos frutos, uvas y no agrazones (cf. Is 5, 2). Jesús en el evangelio de hoy desmiente, una vez más, esa falsa idea que imagina a los creyentes como gentes en búsqueda de refugios imposibles frente a las tareas y las responsabilidades de la vida. No es pasividad a lo que llama la fe, sino, por el contrario, a salir de la propia tierra, a ponerse en camino, a arremangarse y trabajar.

Y es justamente a este trabajo al que se aplica una “lógica salarial” que no es la propia de las normales relaciones laborales de los otros tajos humanos, sino otra más alta que nuestros planes y nuestros caminos, del mismo modo que el cielo es más alto que la tierra. El salario es el mismo Cristo. Por eso, aquí no se trata de méritos, ni de derechos laborales, ni es posible un más o un menos, pues Cristo se entrega a todos, entero y sin reservas, a aquellos que han aceptado en circunstancias y horas dispares acoger el don y la misión de trabajar en su viña.

A no ser que entremos a trabajar en esa viña como mercenarios, que sólo buscan su provecho individual. Y, entonces, sí, entonces es posible comparar, exhibir méritos, antigüedad, horas de trabajo y productividad. Jesús se dirige aquí a los judíos (escribas y fariseos) que hacían de la ley un instrumento de su provecho personal y de sus privilegios. Ellos “eran” más ante Dios, puesto que cumplían más y mejor, y podían mirar por encima del hombro a los gentiles, excluidos de la elección, y a los otros judíos, ignorantes de la ley. Usaban a Dios, su ley, su viña al servicio de sus intereses personales. Pero hemos de aplicarnos la 4advertencia implicada en esta parábola también a nosotros, los cristianos, que podemos caer en peligros semejantes: sea porque somos “cristianos viejos”, de “los de toda la vida”; sea porque nos consideramos la élite, por nuestros conocimientos o la intensidad de nuestro compromiso… En vez de servir, nos servimos: por los más diversos motivos, podemos tratar de hacer de la viña del Señor el instrumento de nuestros intereses, de nuestro orgullo, de nuestra forma de medrar, de “ser alguien”, de conseguir mayor salario que otros, recién llegados, trabajadores de última hora y que, a nuestro entender, no han hecho tantos méritos como nosotros. Sin caer en la cuenta de que el salario, el denario igual para todos, es el mismo Señor, la participación en su vida, en su misión, en su bondad generosa y rica en perdón para con todos.

Pablo nos da hoy un magnífico ejemplo de lo que significa ser trabajador de esta viña. Él nos enseña que lo importante, lo que llena su corazón, es la viña misma, la causa de Jesús, que Él sea glorificado y conocido, sin importar el precio que tiene que pagar él, obrero del Evangelio, en trabajos, sufrimientos, en vida y en muerte. Hasta el punto de que Pablo no sólo no mira el esfuerzo realizado, “aguantando el peso del día y el bochorno”, y que merece ya el justo premio, sino que, por el bien de la viña, está dispuesto a prolongar indefinidamente la jornada de trabajo, difiriendo la consecución del salario. Y es que Pablo ha comprendido esos planes que no son nuestros planes, esos caminos que no son nuestros caminos, esa bondad característica del dueño de la viña que está por encima de toda lógica mercantil: mirando la porción de viña en la que le ha tocado trabajar, y a los creyentes que se le han confiado, recién llegados a la fe y trabajadores de última hora, lo que él quiere es que puedan también ellos recibir el salario íntegro al que él mismo aspira: llevar una vida digna del Evangelio de Cristo.

Domingo de la octava de navidad (A): La Sagrada Familia

diciembre 28, 2013

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Lectura del santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23 Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Toma al Niño

urlLa luz brilla en las tinieblas: la Palabra se hace carne. Deslumbrados por la natividad de Jesús en medio de la noche de nuestro mundo, nuestros ojos han quedado prendados por este foco de luz y han contemplado al Niño. Pero en cuanto nuestras pupilas se han acostumbrado, han ido vislumbrando también los detalles que habían quedado en la penumbra a causa de ese resplandor. Junto al niño Jesús descubrimos a María, a José, personajes sin los cuales esta presencia no hubiera sido posible. Y es que el Verbo se ha hecho hombre, carne humana, pero ser hombre es en su misma entraña entrar en relación. “El hombre” así, en general, es una pura abstracción. No existe el individuo humano como tal, sino la persona, ciertamente única, insustituible, pero anudada también a toda una red de relaciones: ser hombre significa necesariamente ser hijo, hermano, amigo, vecino, de un modo u otro, padre o madre.

Si el Hijo del Eterno Padre, el Verbo de Dios, se ha hecho hijo del hombre, carne como la nuestra, es que el hombre, cada hombre, está dotado de un valor infinito. Pero este valor y dignidad infinitos están vertidos en vasijas de barro y afectados por una enorme fragilidad. Basta pensar en la indefensión total con la que nace la criatura humana, mucho mayor que la de las crías de cualquier otra especie animal. Múltiples peligros amenazan la viabilidad del niño recién nacido, también del que está todavía en trance de nacer. Dios se ha hecho hombre, es decir, ha empezado por hacerse embrión y, después, niño, vulnerable, indefenso, por completo dependiente, menesteroso en todos los sentidos, necesitado de todos los cuidados. El evangelio de Mateo hoy subraya e insiste en este aspecto: describe las amenazas de muerte que rodean al niño nada más nacer y hacen de él un fugitivo, un desplazado, emigrante y extranjero. Mateo describe en detalle lo que Juan expresa con laconismo: vino a su casa y los suyos no lo recibieron.

El valor infinito del ser humano, que Jesús ha revelado con su nacimiento, necesita ser protegido de los peligros que lo acechan por doquier, del riesgo implicado en asumir la carne humana y su vulnerabilidad. El primer cofre que protege este valor a la vez infinito y frágil del ser humano es un vientre de mujer, y el segundo es la familia. También es así en Jesús. Al hacerse hombre se convierte primero en hijo, en miembro de una familia. Es ella la que acoge (ya al engendrarla) la vida humana incipiente, la que la hace viable, la alimenta y le da crecimiento. Para poder llegar a ser sí mismo con independencia, hay que ser primero dependiente; el que quiera hacer una aportación propia a la sociedad y a la historia (por pequeña que pueda parecer), ha de recibir primero de otros todo lo necesario para vivir (primero la sangre que le llega por el cordón umbilical, después el calor de un regazo, el alimento, el vestido, la educación); para alcanzar la seguridad en sí mismo, es necesario haber hecho la experiencia de la confianza que ofrece la seguridad familiar; para, por fin, poder tratar a los demás de igual a igual, es imprescindible haber sentido sobre sí la única desigualdad que no ofende nuestra dignidad, pues ha sido como la providencia benéfica que ha remediado nuestra inicial indefensión.

También ha sido así en Jesús. El Verbo de Dios hecho hombre, el niño Jesús, aparece ante nuestra mirada en los brazos de María, y ante los múltiples peligros y amenazas que lo acechan desde su mismo nacimiento, la protección providencial que recibe de lo alto no se distingue de la que reciben (o deben recibir) el resto de los mortales: los cuidados de su madre, los trabajos, desvelos y decisiones de su padre humano, que Mateo dibuja hoy con concisión y maestría.

Seguimos contemplando al niño Jesús, pero lo hacemos mirando al cuadro completo de la Sagrada Familia. Se trata, es verdad, de una familia del todo particular, y por eso la llamamos “sagrada”: María, la mujer inmaculada, Virgen y Madre; José, varón justo, que en la visión bíblica significa agradable a Dios; Jesús, el hijo eterno del Eterno Padre. Pero del mismo modo que la encarnación de Jesús, su hacerse hombre, conlleva la afirmación del valor y dignidad del hombre, de todo hombre sin excepción, también al descubrir a Jesús como miembro de la Sagrada Familia, comprendemos que la familia como tal es una realidad sagrada, creada y querida por Dios. Es la providencia que hace viable la vida humana, la de cada uno de nosotros, el ámbito en el que, en una relación positiva de amor, de dependencia, obediencia y respeto, crece y se fortalece la libertad, la responsabilidad, la confianza, los ingredientes todos que hacen posible vivir después una vida propia con sentido. Pero no debemos entender la familia como un remedio provisional de la menesterosidad de la primera fase de la vida humana. Esta queda sellada profundamente y para siempre por esos lazos familiares iniciales. Aunque, al adquirir la independencia, el ser humano abandone el hogar familiar para fundar el propio, ese abandono no debe entenderse como una ruptura. La dependencia inicial se convierte después en gratitud y también en responsabilidad y cuidado de los propios padres ya ancianos. Nunca dejamos de ser hijos, aunque la relación filial crezca, se desarrolle y se transforme a medida que vamos creciendo nosotros mismos. La realidad familiar nos habla realmente de que estamos llamados a la relación y al amor, y que esta relación y amor, siendo la vocación de seres libres, exigen de nosotros responsabilidad: somos responsables unos de otros y, en primer lugar, los padres, responsables de sus hijos, que dependen en gran y principal medida de aquellos para poder llegar a ser autónomos; y, después, los hijos asumen la responsabilidad sobre sus padres, si estos no son ya capaces de valerse por sí mismos.

Como la vida humana en general, como la vida incipiente del niño Jesús, también la realidad sagrada de la familia se encuentra imgressometida a múltiples amenazas. En nuestros días, tal vez el peligro más fuerte proceda de una libertad entendida y proclamada como irresponsabilidad, es decir, como desvinculación. Queremos ser libres, y no responder de ello ante nada ni ante nadie. Entendemos con frecuencia esta libertad como pura emancipación, ausencia de vínculos y de esos compromisos que anudan nuestra vida, pero que, precisamente, le dan contenido. La libertad entendida como pura voluntad subjetiva (como capricho) se traduce en relaciones provisionales, inestables, y considera posible desembarazarse sin más de las consecuencias que, inevitablemente, la relación lleva consigo, desde la vida engendrada, hasta la exigencia de fidelidad. Una vez más, como tantas en la historia, el hombre quiere hacerse dios y comer de la fruta prohibida del árbol de la ciencia del bien y del mal, para conformar la realidad a su antojo, trastocando incluso el orden con el que Dios, sabiamente, nos ha puesto en la tierra. Un orden que no destruye nuestra libertad sino que, aunque a veces parece limitarla, en realidad la hace posible, como la obediencia que el menor de edad debe a su padre, obligado a su vez por la responsabilidad hacia su hijo

Exif_JPEG_PICTUREAl mirar y contemplar hoy al niño Jesús en el seno de su familia humana, Familia Sagrada, porque sagrada es la realidad familiar, queremos descubrir en él el designio de amor que Dios tiene para con cada uno de nosotros, y que está ligado necesariamente a nuestras familias: dar las gracias por los padres que tenemos o hemos tenido, más allá de que hayan sido mejores o peores, también por nuestros hermanos y hermanas, por todo el resto de nuestros familiares. También los maridos deben dar gracias por sus mujeres, y las mujeres por su maridos, y juntos por sus hijos. Debemos hoy también pedir por el fortalecimiento de los vínculos familiares, basados en el amor mutuo, el amor que nos enseñó Cristo, que es capacidad de asumir responsabilidades y que culmina en la disposición a dar la vida por los demás (y nunca en el pretendido derecho de disponer de la vida de los demás); vínculos de los que depende en gran medida la salud y el futuro de la sociedad. Y, al comprender que Jesús nació en una familia concreta, pero no para quedarse en ella para siempre, sino para reunirnos a todos en la gran familia de los hijos de Dios, debemos sentirnos miembros de esa familia, por la que ningún ser humano es para nosotros “extraño”, ajeno, sino en el que podemos descubrir a un hermano nuestro, gracias al hijo de Dios que, al nacer, se ha hecho hijo del hombre.