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Segundo Domingo de Pascua (A) “in Albis”

abril 22, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47 Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y, bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9 Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31 A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Reunidos para ver al Señor

 

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

Esa nueva vida se expresa y se manifiesta dentro y fuera de la comunidad creyente. Dentro se expresa en la escucha de la Palabra (la enseñanza de los Apóstoles), en la fracción del Pan y en la oración común, en una fe compartida que lleva a compartir también los bienes para remediar las necesidades materiales. El cuadro ideal que nos pinta el texto de los Hechos de los Apóstoles se refleja igualmente en el Evangelio, que presenta a los discípulos reunidos en torno a la mesa eucarística y recibiendo del Resucitado el saludo de paz.

Pero también se manifiesta hacia fuera, en primer lugar, en que la presencia del Señor Resucitado abre la comunidad que se escondía con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es fácil comprender que ser discípulo de un ejecutado a muerte por blasfemo y sedicioso era muy peligroso. Pero los peligros externos, que nos pueden inducir a encerrarnos temerosos en nosotros mismos, se disuelven ante la evidencia del triunfo de la vida sobre la muerte. Jesús, presente en medio de los discípulos, abre la puertas de la comunidad, les abre las mentes y los corazones, les da su Espíritu y los envía: la comunidad de los creyentes no vive para sí misma, la Iglesia existe para anunciar el Evangelio, pues la Buena Noticia de la Resurrección no sólo es buena para el pequeño círculo de los discípulos, sino para el mundo entero. Y los creyentes que han visto al Señor salen de su cerrazón y anuncian abiertamente y sin miedo, y hacen muchos signos y prodigios; no se trata necesariamente de hechos milagrosos, en el sentido de maravillosos y sorprendentes, sino de signos de la vida nueva: hacer el bien a los extraños, curar a los enfermos, atender a los pobres, servir a Cristo en los pequeños hermanos, transmitir el perdón de los pecados en el ministerio de la reconciliación. Todas estas cosas, sin salirse del marco de la normalidad física, no dejan de ser sorprendentes, prodigiosas, pues expresan el milagro de un corazón nuevo, de una vida nueva.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la inserción en la comunidad eclesial no es siempre tan fácil. Se exhiben con suma frecuencia los mil motivos por los que uno se excusa de esa pertenencia, muchos de ellos los sentimos cada uno de nosotros cotidianamente. Son motivos que nos invitan a tomar el camino de Tomás y ausentarnos de la reunión con los otros discípulos “el primer día de la semana”. También las dificultades son aquí internas y externas. Las internas tienen que ver, sobre todo, con las debilidades, defectos y pecados de los propios miembros de la comunidad. El cuadro que se nos dibuja en el texto de los Hechos es más un ideal que una realidad efectiva. Ya hemos visto que la comunidad tiene tendencia a cerrarse en sí misma, dentro de ella habitan el miedo, también la ambición, la tentación de la violencia, existen además conflictos entre distintos puntos de vista. De todos estos problemas nos informan abundantemente los Evangelios, y también el libro de los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. El que se inserta en la comunidad creyente experimenta con relativa facilidad una cierta decepción: soñó entrar en una comunidad regida por criterios exclusivamente evangélicos, y se encuentra con miserias humanas que hacen opaca la luz del Resucitado. La tentación del purismo empuja a salir del grupo de estos discípulos tan imperfectos, entonces igual que ahora. Aquí se revela una de las debilidades fundamentales de la vida interna de la Iglesia: la falta de fe. Tomás es, una vez más, representante de esta actitud. Así como la fe nos lleva a la comunidad, su debilidad la debilita. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7) y, por eso, la comunidad cristiana se encuentra siempre en peligro de desintegración, de dispersión. Cada vez que un miembro la abandona, sufre el cuerpo de Cristo.

Pero los mismos textos nos dan la clave para superar estas dificultades. En primer lugar, el hecho mismo de que es en la comunidad en donde podemos ver al Señor; en segundo lugar, se nos avisa de cuáles son las condiciones para que el Señor se haga visible: la reunión eucarística, la escucha de la Palabra y la fracción del pan; un elemento muy importante para el fortalecimiento de la fe es el testimonio interno de la comunidad. En esto han insistido constantemente los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua, y también el evangelio de hoy. No hay que dar la fe por descontada dentro de la comunidad, es fundamental que nos comuniquemos nuestras experiencias de fe, que nos enriquezcamos mutuamente, que nos fortalezcamos unos a otros. Así se construye la comunidad. Porque, igual que la descripción de la primera comunidad cristiana es un ideal, pero, precisamente por ello, también es una tarea, una responsabilidad, la fe es un proceso (lo atestigua el mismo camino catequético y mistagógico) y de este proceso es responsable toda la comunidad cristiana. Los discípulos que vieron al Señor aquel primer día de la semana se lo comunicaron a Tomás, invitándolo a reintegrarse en el grupo. Pese a sus reticencias, y poniendo duras condiciones, Tomás accedió a participar “a los ocho días”, de nuevo “el primer día de la semana”. Las condiciones de Tomás eran razonables: no quería creer en fantasmas, ni participar en alucinaciones colectivas. Si se trataba del mismo Jesús, muerto en la cruz, tenía que tener en su cuerpo las huellas de la Pasión. “Tocar las heridas” no es sólo un desafío propio de la incredulidad, sino una exigencia de la encarnación, que se expresa en el dramático realismo de la muerte. En la imperfecta comunidad de los discípulos vive el cuerpo de Cristo, pero este cuerpo está herido. Debilidades y pecados, defectos y conflictos nos hablan de este cuerpo herido de Cristo. Y hay que tocar esas heridas para poder alcanzar la sanación y esquivar la tentación de un falso misticismo que no mira a la realidad. Del mismo modo que, hacia fuera de la comunidad, tocar las heridas significa mirar cara a cara los sufrimientos de los seres humanos, los pequeños hermanos de Jesús en los que se prolonga su pasión. Tocar esas heridas abiertas y todavía sangrantes tiene mucho que ver con los prodigios que los apóstoles y discípulos hacían como testimonio de la fe en cumplimiento del envío encargado por Cristo.

Naturalmente, fuera de la comunidad no todo son parabienes y aplausos (como sugiere el libro de los Hechos: “eran bien vistos de todo el pueblo”); también ahí hay dificultades, como nos recuerda en un contrapunto de realismo la carta de Pedro, que tiene hoy para nosotros especial actualidad: existen persecuciones y oposiciones que nos pueden hacer sufrir en pruebas diversas. Pero esas dificultades se superan precisamente por la presencia en la comunidad del Señor resucitado al que vemos por la fe, más valiosa que el oro y, por eso, necesitada de ser purificada, aquilatada y fortalecida. Así es posible la paradoja de la alegría en medio de la prueba.

Estamos viviendo en el “primer día de la semana”. No nos reunimos en el Sábado, el día en el que Dios descansó de su obra creadora, sino en el primer día, el día en el que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas (cf. Gn 1, 3-4). Este primer día es el día de la nueva creación: Dios ha vuelto a crear la luz, la de la resurrección, y la ha separado de la oscuridad de la muerte. Y, por eso, nosotros podemos ver a Jesús vivo y en medio de nosotros, y podemos escuchar la palabra que nos dice: “Paz a vosotros”, haciendo así posible el ideal de la comunidad creyente, reconciliada y que, sin miedo y abiertamente, da testimonio ante el mundo entero.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

abril 15, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23 R. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9
 Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Ya amanece, aunque aún está oscuro

 

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, el amor que sobrevive a la muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve pone en práctica las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.

VIGILIA PASCUAL

abril 15, 2017

Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22. R. La misericordia del Señor llena la tierra.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18 El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe 

Sal 15 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1 Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Ex 15, 1-6.17-18 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Lectura del profeta Isaías 54, 5-14 Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor

Sal 30 R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Lectura del profeta Isaías 55, 1-11 Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua

Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4 Camina en la claridad del resplandor del Señor

Sal 18 R. Señor, tienes palabras de vida eterna

Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28 Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo

Sal 50 R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11 Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10 Ha resucitado y ya por delante de vosotros a Galilea

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: -«Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.” Mirad, os lo he anunciado.» Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: -«Alegraos.» Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: -«No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

 

¡Resucitó!

 

Nos reunimos de noche para celebrar el triunfo de la luz. La noche, la oscuridad que nos rodean simbolizan el dominio del mal. Al asistir y contemplar la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto de cerca el rostro del mal, hemos podido sentir su poder y hasta tener la sensación de que es más fuerte que el bien, y que la victoria es suya. ¿Cómo no sentir algo así cuando su víctima es el mismo Autor de la vida? Todos tenemos o hemos tenido alguna vez la amarga sensación de que el bien en todas sus formas (la honradez, la sinceridad, la justicia, la integridad, la fidelidad, la limpieza de corazón, la abnegación…) sucumben ante el poder de la mentira, la violencia, la corrupción, la insolencia, el cinismo… Es la sensación de la oscuridad, que no sólo ensombrece nuestros ojos, sino que nos embarga el alma. Sin embargo, cuanto más profunda y oscura es la noche, tanto mejor se puede ver la luz que brilla en la oscuridad. En el mal extremo que los resume a todos, en la muerte, podemos descubrir un destello de luz: Cristo ha muerto, pero no ha sido aplastado por la muerte, pues su muerte ha sido una entrega libre, por amor. Al extremo alejamiento, Dios ha respondido con el amor extremo. Y es este amor el que ilumina nuestra noche, la luz que, simbolizada en el fuego, ha abierto nuestra vigilia. Estamos en vigilia, esta noche no queremos dormir, porque queremos ver esta luz que convierte la noche en madrugada, queremos ver al que ha vencido a la muerte.

Queremos también escuchar la Palabra que Dios nos dirige. La luz de la Resurrección de Jesucristo es la respuesta definitiva de Dios a todas las súplicas y a todas las peticiones que los hombres le han dirigido a lo largo de toda la historia. Al escuchar esta noche la liturgia de la Palabra se ha desplegado ante nosotros la entera historia de salvación desde la creación del mundo. Se trata de la misma historia de la humanidad pero vista desde Dios. Un Dios que crea el mundo por amor y lo ha hecho todo bien, como canta el estribillo de la primera lectura. O, como dice el libro de la Sabiduría: «Porque Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.» (Sab 1, 13-14). Es el pecado como negación de Dios el que introduce la muerte como negación radical de la vida y del bien que adorna a toda la creación por designio divino. Pero ante el pecado del hombre no se detiene el poder creador de Dios; y, por eso, no reacciona con voluntad de destrucción y venganza, sino de recreación y perdón. Si el pecado es una esclavitud que nos disminuye y nos impide ser en plenitud, Dios nos ofrece la libertad, como al pueblo judío al sacarlo de Egipto; si el pecado nos lleva a la muerte, al separarnos de la fuente de la vida, Dios abre para nosotros la posibilidad de una vida nueva; si por el pecado nos escondemos de Dios, la historia de salvación es el camino que Dios ha recorrido para buscarnos y encontrarse de nuevo con nosotros, como el buen pastor que sale a buscar a la oveja perdida. Esta es la lectura que podemos hacer de la atormentada historia de la humanidad, y así nos enseña a leerla la Palabra de Dios.

No tenemos necesidad de escondernos, Dios ha salido a nuestro encuentro, podemos salir al espacio abierto para encontrarnos con él. Dios nos ha encontrado en Jesucristo y en él, muerto y resucitado, ha respondido definitivamente a todas nuestras preguntas, a todas nuestras angustias y miedos, a nuestros sufrimientos y enfermedades. Pero ha respondido en la muerte y en la resurrección. En la muerte de Jesús, es decir, no como nosotros, tal vez, hubiéramos deseado. Nos pareció el Viernes santo que Dios no respondía a las súplicas de Jesús, que permanecía indiferente y mudo ante la angustia, el sufrimiento, la muerte de su propio Hijo; y así nos parece a nosotros en tantos viernes santos que experimentamos en nuestra vida. Pero hoy, en esta noche, comprendemos que no es así: en la resurrección descubrimos que la respuesta de Dios, aunque no le ha ahorrado a Jesús el trance de la muerte, es mucho más radical y definitiva de lo que hubiéramos nunca podido imaginar. Porque, precisamente, al entrar en la muerte, la Palabra, que existía en el principio y por la que todo se hizo, ha destruido definitivamente el poder de la muerte, la insolencia del pecado.

Podemos escuchar la alegre noticia: «no temáis; buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado.» Podemos encontrarnos con el Maestro que ha salido a buscarnos, como a las santas mujeres, y escuchar que Él mismo nos dice: «Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

En medio de la noche, alegraos, en medio de la oscuridad, no tengáis miedo. La victoria de Cristo sobre la muerte no es algo que nos sea ajeno. Nos toca de cerca, por dentro, porque la muerte de Jesús es nuestra propia muerte; y la vida del Resucitado es un don que se nos regala por la fe y el Bautismo. Tras la liturgia de la luz, que todos hemos visto y recibido, y tras la liturgia de la Palabra que todos hemos escuchado, celebramos la liturgia del agua, en la que todos nos hemos bañado, limpiándonos de la semilla del pecado y regenerándonos a una vida nueva. Jesucristo es el agua pura que nos purifica de nuestras impurezas e idolatrías y nos da un corazón nuevo (Ez 36, 25-26); el agua viva que apaga nuestra sed (cf. Jn 4, 10.14; 8, 37-38), la fuente bautismal por la que hemos sido sepultados en su muerte, muertos con él al pecado, para que, compartiendo su resurrección, podamos llevar una vida nueva (cf. Rm 6, 4.11).

Es cierto que experimentamos de muchas formas todavía el poder de la muerte, la debilidad del pecado. Pero podemos empezar ya desde ahora a vivir para Dios, en unión con Cristo Jesús. De modo parecido a las mujeres del Evangelio (María Magdalena y la otra María), que caminaban “de madrugada”, entre la luz y la oscuridad; también nosotros sentimos esa situación intermedia en que la noche empieza a ser vencida por la luz. Como a ellas, que movidas por el amor se dirigieron al lugar de los muertos, pero lo encontraron vacío, también a nosotros nos sale al encuentro el Resucitado y nos llama a la alegría, a no temer. A pesar de las sombras de muerte que aún nos amenazan, podemos encontrarnos con la luz, si vamos a su encuentro, si no nos escondemos, si, liberados de todo temor, le permitimos que nos hable, nos corrija, nos limpie y purifique y nos renueve el corazón. Purificados por el fuego de la muerte y el agua del bautismo, y renovados cotidianamente por el sacramento del perdón, fortalecidos por la escucha de la Palabra y el pan de la Eucaristía, vivimos una vida nueva cuando hacemos del amor el eje de nuestra vida, cuando descubrimos en los demás a nuestros hermanos, cuando damos testimonio de lo que hemos visto y oído.

Domingo 32 del tiempo ordinario (C)

noviembre 4, 2016

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14 El rey del universo nos resucitará para una vida eterna
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16-3, 5 El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas
Lectura del santo evangelio según san Lucas 20, 27-38 No es Dios de muertos, sino de vivos

Son como ángeles

Los saduceos no solían tener mucho trato con Jesús. Eran personajes demasiado importantes, alejados del pueblo, ocupados en conservar su privilegiada posición social y su poder a toda costa. Los interlocutores y oponentes habituales de Jesús eran los farisimgreseos, maestros del pueblo, por tanto, cercanos a él y sinceramente creyentes, aunque su interpretación rígida y estrecha de la ley los llevaba a condenar a los pecadores y a chocar con la forma novedosa, abierta y misericordiosa en que Jesús presentaba la relación con Dios. En los fariseos podía haber ira, desacuerdo, oposición, pero había también relación e interés por la verdad, hasta el punto de que a veces se dejaban convencer por Jesús (cf. Mc 12, 32-34). La hipocresía de la que Jesús les acusa no deja de implicar un reconocimiento de la piedad que “usan” para mostrarse (recordemos a De la Rochefoucauld, que definía la hipocresía como “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”).

En los saduceos encontramos una actitud distinta, que asoma en el diálogo del Evangelio de hoy. Su pecado no es la hipocresía, sino el cinismo, que se ríe abiertamente del bien, lo desafía y, en este caso, mira con desprecio y suficiencia la fe religiosa del pueblo y su esperanza en la resurrección. Al abordar a Jesús, usan una técnica similar a la de los fariseos para ponerlo en apuros: plantear una cuestión legal avalada por la autoridad de Moisés, pero en una situación de conflicto. Sólo que lo hacen en tales términos que la conclusión a que da lugar resulta ridícula. Eso es lo que buscan: dejar en ridículo la fe en la resurrección, que, como sabemos, se define con toda claridad en Israel en tiempos relativamente tardíos, en la época de los Macabeos (hacia el siglo II a.C.). La obligación establecida por Moisés a la que aluden, la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-6), tenía por finalidad garantizar la descendencia del hermano difunto (y la transmisión legal de su herencia), la única forma de supervivencia aceptada entonces y signo de la bendición de Dios. El tecnicismo planteado por los saduceos pone bien a las claras que para ellos la resurrección de los muertos es un absurdo: desde el punto de vista legal “cuando llegue la resurrección” la mujer pertenecería a todos los hermanos al tiempo, puesto que ninguno de ellos podía exhibir la descendencia como “título de propiedad”. La cínica ironía de la pregunta se revela en lo ridículo de la situación que se crea para aquella mentalidad patriarcal: un harén de hombres en torno a una única mujer.

Y es que para los saduceos, “que niegan la resurrección”, el único bien posible se da sólo en este mundo, y ellos se aplicaban con todas sus fuerzas a su consecución: la riqueza, el éxito social y el poder. La base que les garantizaba la posesión de estos bienes era la misma ley del levirato, el hecho de ser descendientes de Sadoc; y, por tanto, para ellos, la descendencia era el único modo de pervivir tras la muerte: conservar el patronímico –el apellido–, pero también el patrimonio. En una sociedad religiosa, esos bienes estaban ligados al culto y al templo de Jerusalén; en un pueblo ocupado, era necesario además colaborar con el ocupante; a nada de eso le hacían asco los saduceos. Es claro que, dependiendo de las circunstancias, los saduceos no habrían tenido empacho en convertirse en funcionarios del partido de turno o en accionistas mayoritarios de cualquier sociedad anónima. Cuando no existen valores trascendentes sólo quedan los que cotizan en bolsa. La perspectiva inquietante de una posible “justicia superior”, que pudiera exigirnos renunciar a los bienes de que disfrutamos ahora por ascendencia y posición social, se puede y debe exorcizar desacreditándola convenientemente, por ejemplo, ridiculizándola. Como vemos, en los asuntos más esenciales, la historia no aporta tantas novedades como a veces parece.

La respuesta de Jesús está llena de sentido y sabiduría, y pone de relieve la debilidad interna de la cínica pregunta. En primer lugar, los saduceos han planteado mal la cuestión, trasladando a la situación de la vida futura las estructuras e instituciones que sólo tienen sentido en este mundo efímero y pasajero. “En esta vida, dice Jesús, hombres y mujeres se casan”, y podría añadir: “tienen hijos, acumulan riquezas, dejan herencias”. Todo eso es expresión de la limitación propia de este mundo espacio-temporal, que no podemos trasladar al ámbito de la vida eterna, que no es simplemente una vida sin fin, sino una vida plena, en la que todo lo bueno se conserva (se salva), al tiempo que se superan las limitaciones que aquí impiden la plenitud. Eso es lo que significa: “no se casarán, no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, participan de la resurrección” (que es lo mismo que decir, que participan de la vida del Resucitado, Jesucristo, Hijo de Dios). No se puede medir el mundo del más allá (que escapa a todo esfuerzo de imaginación) con los parámetros del más acá. Al revés, tenemos que medir nuestra vida terrena (nuestras relaciones, nuestros valores, nuestros comportamientos y elecciones, etc.) con los criterios de lo alto.

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? Que ese mundo del más allá no se pueda imaginar, no significa que no se pueda imagespensar y entender a la luz de la fe. Ese es el sentido de la segunda parte de la respuesta de Jesús. Jesús se apoya inteligentemente en un texto que los saduceos, que sólo reconocían los libros del Pentateuco, conocían bien. En el episodio de la zarza (cf. Ex 3, 1-14) Dios se revela a Moisés y le comunica su nombre (“el que soy”, es decir, el que seré, el que estaré con vosotros, cumpliendo mis promesas) bajo la forma de un fuego que arde sin destruir: Dios purifica como el fuego, pero no destruye, no es portador de muerte, sino de vida. Dios se manifiesta en este mundo, en el que de múltiples formas reina la muerte: la belleza, la fuerza, la riqueza, todo se revela efímero y pasajero, aquejado por la relatividad del espacio y el tiempo. Sin embargo, existen realidades que nos indican que no todo está sometido al poder destructor de la muerte. La fidelidad, la verdad, la justicia, el amor trascienden la relatividad del espacio y del tiempo: son como signos sacramentales de la eternidad en el tiempo. De hecho, nuestra intuición cotidiana nos dice que, aunque sea difícil, merece la pena y tiene sentido sacrificar bienes inmediatos por estos otros bienes más elevados, y que es noble y tiene sentido dar la vida por ellos. El filósofo francés E. Mounier decía que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida.” Pero si hay fidelidades y valores que valen más que la vida, es que hay dimensiones que la trascienden y que podemos conocer; ¿cómo, si no, podríamos entregarnos a ellas y por ellas dar la vida?

El caso de los Macabeos, en la primera lectura, se convierte hoy para nosotros en un símbolo de todos aquellos que han estado dispuestos a renunciar a su vida por un ideal. Encontramos aquí el testimonio de que en las condiciones relativas de este mundo se hacen presentes valores y exigencias absolutas que trascienden la vida biológica: la integridad personal es incomparablemente más que la integridad física, a la que los jóvenes macabeos renuncian con tal de mantenerse fieles a su fe. Estas exigencias absolutas, por las que merece la pena dar la propia vida, laten con fuerza incluso en humanismos ateos que, aun a costa de la vida y la felicidad individual, pretenden instaurar variantes del reino de Dios en este mundo, y que no son sino formas secularizadas del altruismo cristiano. Pero esta generosidad real es, en el fondo, ilusoria si no existe el bien absoluto e incondicional, pues significa entregar el único bien relativo de la propia y efímera existencia en nombre de un bien futuro cuya consecución no está garantizada y que, en el fondo, ni siquiera existe. Hay que reconocer que, en este sentido, la posición de los saduceos (de ayer y de hoy) no es nada simpática, pero es más coherente.

En su respuesta, Jesús está diciendo que el Dios eterno y absoluto se ha hecho presente en la historia de los hombres abriendo nuevos horizontes de vida. Los abre indirectamente, mediante esos valores “que valen más que la vida”. Pero también de forma directa, en la Revelación, en Jesús de Nazaret, que renunciando libremente a su vida por amor nos ha abierto el camino de la vida plena. Jesús no ironiza, como los saduceos, pero pone de relieve con seriedad y agudeza lo absurdo de la fe en un Dios que nos condena a la muerte y, todo lo más, nos conserva en un recuerdo que no va a durar, pues, quitando unos pocos personajes históricos, “conservados” en las páginas de los libros de historia y en los nombres del callejero, ¿quién guarda memoria de nadie, poco más allá de sus abuelos? Y por muy grandilocuentes promesas que hagamos de “recordar para siempre”, también esa lábil memoria desaparecerá cuando nosotros mismos seamos pronto olvidados. La única “memoria eterna” que tiene sentido real es la de permanecer en la mente de Dios, en comunión con Él. El Dios que se acuerda de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios que no los deja tirados en cualquier esquina de la historia, sino el Dios que, tras crearlos y darles la vida, los salva y los rescata de la muerte. Jesús, al hacer callar a los saduceos, fortalece hoy nuestra esperanza. Y, por medio de las palabras de Pablo, nos hace entender que la esperanza de la que hablamos no es una pasiva espera de un “mundo futuro”, sino una fuerza para hacer “toda clase de obras buenas” que hacen presente ya hoy ese futuro de plenitud. Se trata, pues, de una esperanza que nos anima a entregarnos y a arriesgar por esos valores que valen más que la vida, que nos enseña que el riesgo de hacer el bien no es hacer el primo, sino que merece la pena. Todo bien procede de Dios, fuente de la vida. Sacrificar la vida por el bien es conectar con esa fuente, que por medio de Jesucristo ha plantado su tienda entre nosotros. En una palabra, podemos empezar a ser ya desde ahora “como ángeles”, portadores de la buena nueva de Dios, anunciadores con nuestras buenas obras de la presencia viva entre nosotros del Hijo de Dios, muerto y resucitado.

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (C)

junio 4, 2016

Lectura del primer libro de los Reyes, 17, 17-24 Mira, tu hijo está vivo

Lectura de la carta de san Pablo a los Gálatas 1, 11-19 Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles

Lectura del Santo evangelio según san Lucas 7, 11-17¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate

 

“Levántate”

La tragedia de la muerte no queda atemperada por su carácter inevitable. El que la muerte sea, searchparadójicamente, “ley de vida” nos consuela bien poco cuando esa poco dichosa ley nos arrebata a nuestros seres queridos. Y más aún cuando el que muere apenas ha tenido tiempo de vivir, cuando muere un niño, una persona joven. Son, sobre todo, los padres de quien muere prematuramente los que sienten con crueldad que esa “ley de vida” ha resultado para ellos especialmente injusta, puesto que también es de ley que los padres dejen el mundo antes que los hijos.

En todo este asunto de muerte y de vida, en el que confluyen múltiple factores, unos inevitables (como nuestra fragilidad y limitación temporal), otros puramente casuales (como el fin temprano por enfermedad o accidente), el ser humano se enfrenta con un misterio que le supera, ante el que parece que debe callar, que le plantea también interrogantes religiosos. Este misterio produce además un sentimiento de rebeldía y protesta, y que, tratando de explicar lo injustificable, busca a veces culpables, sin excluir de entre ellos al mismo Dios. La viuda de Sarepta culpa de la más que probable muerte de su hijo a sus antiguos pecados, al profeta de Israel, incluso al Dios al que este representa. Y este mismo Dios, por medio de su profeta, responde al desafío mostrando que no es un Dios de muertos, sino de vivos (cf. Lc 20, 38), que no quiere la muerte, sino que ama la vida (cf. Sab 1, 13-14).

La respuesta definitiva de Dios al desafío que plantea la muerte la ha dado en Jesucristo. Pero esa respuesta no la encontramos (al menos, todavía en su plenitud) en los milagros en los que, como el de hoy, Jesús no “resucita” a un muerto, sino que lo “revive”, lo devuelve a la vida, pero a una vida que sigue afectada por la condición mortal. Entonces, podemos preguntarnos, ¿para qué realiza Jesús este gesto milagroso, que significa una victoria sólo parcial sobre la muerte, que, al final acabará cobrándose su pieza?

El texto de Lucas nos explica la acción de Jesús de modo bien elocuente: “Al verla el Señor, le dio lástima”. images-1La respuesta de Dios al drama de la muerte no es una fría doctrina sobre una futura inmortalidad, sino que viene acompañada de cercanía humana, de compasión, de la voluntad de compartir nuestros dolores y nuestras alegrías. Jesús siente, siente lástima, en primer lugar de la madre que ha perdido a su hijo; siente lástima del hijo que ha muerto prematuramente, sin casi haber vivido; pero siente lástima también de la viuda que, al perder a su único hijo, estaba también condenada a la miseria y probablemente a la muerte. Esa mujer, en aquellas circunstancias, era una auténtica proletaria: alguien que no tenía otra dote que su propia y escasa prole, que ahora había perdido para siempre. Al acercarse, sentir lástima, y devolver la vida al hijo, Jesús está salvando dos vidas, y no sólo de la muerte, sino también de la indigencia y de la humillación.

Y aunque, de momento, parezca que la condición mortal del hombre no haya sido definitivamente vencida, en la actitud de Jesús hay algo que apunta ya a esa derrota completa. Si ante el dolor de la mujer Jesús se inclina con compasión, ante la muerte misma se manifiesta como Señor, dotado de poder. No es un poder para quitar la vida (que es, al parecer, la máxima expresión de poder que los hombres suelen exhibir), sino para darla, pues para él todos están vivos. De ahí que se dirija con autoridad: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” La autoridad de Jesús no realiza sólo un “milagro biológico”, sino que es un gesto de salvación, que señala en la dirección de su futura resurrección y, por tanto, de una vida nueva y plena. El “muchacho”, llamado a levantarse, está siendo llamado también a ser un adulto, a vivir en pie, tomando responsabilidades, no viviendo sólo para sí, sino al servicio de los demás, en primer lugar de su propia madre, cuya vida está siendo salvada junto con la suya. Aunque afectado aún de la condición mortal, Jesús ha sembrado en él ya las semillas de la vida nueva, de la resurrección futura.

Jesús ha realizado un gesto profético, que aquellas gentes, que conocían el episodio de Elías, comprenden: reconocen en Jesús a alguien que es, no sólo un rabino, un maestro de la ley, ni siquiera “un” profeta, sino “un gran Profeta” equiparable a los grandes profetas de la antigüedad, a Elías, el que tenía que venir precediendo al Mesías (Mc 9, 13).

imgresEn realidad, Jesús es mucho más. Porque él no sólo devuelve la vida a los muertos (como Elías), sino que en esos milagros está profetizando y anticipando su propia muerte: él es el Hijo único que, en la plenitud de la vida, la entrega libremente por amor y, de esta manera, destruye definitivamente el poder de la muerte e ingresa en una vida nueva, en la que ya no muere más, porque la muerte ya no tiene dominio sobre él (cf. Rm 6, 9). Y esa vida nueva no es un horizonte futuro más o menos incierto, sino que está ya presente entre nosotros, los creyentes en Cristo Jesús, pues él mismo está viviendo en medio de nosotros. Podemos vivir las primicias de la vida nueva del resucitado por medio de la fe y de las obras del amor. La muerte radical, no la meramente biológica, fruto del pecado, nos exilia de Dios, fuente de la vida. Y Jesús, con su encarnación, muerte y resurrección nos ha reconciliado con Él, nos da la oportunidad de vivir en comunión con Él.

La llamada de Jesús al joven hijo de la viuda de Naín es una llamada a la conversión y a la vida nueva dirigida a todos. Pablo también la oyó, pues su conversión fue un pasar de la muerte a la vida, de una forma de entender la religión que le llevaba a perseguir y quitar la vida a los demás, a otra en que tenía que estar dispuesto a ser perseguido y a dar su propia vida por Cristo, por los hermanos, por la Iglesia, por la salvación de todos. También Pablo, como el muchacho del Evangelio, se ha puesto en pie, ha madurado, se ha puesto al servicio.

Cada uno de nosotros tiene que sentir hoy esas palabras como dirigidas a sí mismo en la particular situación en que cada uno se encuentre. Jesús nos llama a no vivir en la postración, a no dejarnos vencer por la muerte que supone el pecado, el egoísmo, el vivir sólo para sí; nos llama a madurar como personas y como cristianos, a vivir de acuerdo con nuestra propia vocación; nos llama a levantarnos y ponernos en pie, a vivir proféticamente, en la vida nueva de la Resurrección, haciendo signos de vida, compadeciéndonos, acercándonos a los que sufren, entregando nuestra propia vida por amor, como testimonio de que alguien que es más que un gran profeta, el hijo de Dios y Mesías, ha surgido entre nosotros y nos está llamando.

Todos los santos y todos los fieles difuntos

noviembre 1, 2015

Lectura del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14 Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3 ¡Somos hijos de Dios!

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,1-12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

 

Conmemoración de todos los fieles difuntos

(2 de noviembre)

 

Lectura del libro de Job 19,1.23-27a Sé que está vivo mi Redentor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,20-21 El Señor Jesucristo transformará nuestro cuerpo humilde

Lectura del santo evangelio según san Marcos 15,33-39;16,1-6 Dando un fuerte grito, expiró

(Se pueden leer otras lecturas apropiadas a esta conmemoración)

todos los santosDesde tiempos inmemoriales la Iglesia sitúa juntas, una detrás de otra, estas dos fiestas: la solemnidad de todos los santos y la conmemoración de todos los fieles difuntos. Una intuición que viene de lejos ve un vínculo fuerte y profundo entre estas dos celebraciones o, si se quiere, entre estos dos grupos objeto de nuestra atención, de nuestra reflexión. A primera vista, lo que unos y otros tienen en común es, precisamente, que no los podemos ver, es decir, que están ausentes de nuestra vida. Al celebrar su memoria lo que hacemos ¿no es justamente hacerles presentes con el recuerdo? En realidad, hacemos mucho más que eso. Lo que hacemos es recordar (=dejar que resuene en nuestro corazón) que esa ausencia no lo es del todo, que ellos siguen presentes en nuestra vida mucho más de lo que nos parece. Pero vayamos por partes.

Los “santos” ¿quiénes son realmente? A veces nos parecen personajes de leyenda, gentes de otra galaxia, si no física, sí moral o religiosa, pues las hagiografías tienden a resaltar lo extraordinario y sobrehumano de su vida. Y, sin embargo, si la Iglesia declara “santos” a algunos lo hace, más bien, en sentido contrario. Es verdad que al declarar santo a alguien se reconocen sus méritos. En este sentido, todas las instituciones, las naciones, los partidos, las ideologías… tienen “sus santos”, esto es, personas sobresalientes en los correspondientes ámbitos de actividad o en la particular escala de valores de que se trate. Pero, en nuestro caso, no es eso lo más importante. Cuando la Iglesia declara santo a alguien, primero lo “beatifica”, luego lo “canoniza”. ¡Vaya!, podríamos pensar, la burocracia hasta en el cielo. Pero esos dos pasos tienen sentido. Ser “beato” significa ser feliz, bienaventurado. La Iglesia afirma con la beatificación que la persona en cuestión goza ya de la bienaventuranza, de la plenitud de la comunión con Dios. Atendiendo al Evangelio del día de hoy, caemos en la cuenta de que esa beatitud, es decir, felicidad, no es un “premio” que reciben “después” los que han sido “buenos”… Esto es una caricatura de la vida cristiana. Jesús, que anuncia que el Reino de Dios se ha acercado (precisamente, por medio de Él), nos está diciendo que se puede ser ya feliz en esta vida, incluso en medio de dificultades y estrecheces. Y es que las bienaventuranzas, que muchos consideran un autorretrato del mismo Jesús, hablan de la felicidad que por medio de Él pueden experimentar los que tradicionalmente se han sentido desgraciados, porque en Jesús, que comparte todas las limitaciones y los sufrimientos humanos, podemos experimentar la preferencia que Dios tiene por ellos. Esto es, ya somos (o podemos ser), en cierto sentido, beatos.

Y la canonización es una afirmación sobre esa persona pero dirigida a nosotros. Canon significa regla, medida, modelo. El santo “canonizado” se nos propone como un modelo de vida digno de ser imitado, como una forma válida y segura de seguimiento de Cristo.

En síntesis, los santos lo son por relación a Jesucristo, el único Santo. Y, imagesademás, el que sean declarados santos significa que el ideal de vida que representa Cristo no es un imposible, algo que está bien, tal vez, para contemplarlo, pero que es de imposible aplicación en la vida cotidiana. Los santos, gentes como nosotros, nos enseñan que se puede vivir coherentemente (y ser feliz, beato) según ese ideal.

Como sabemos hay muchos santos canonizados. Niños, jóvenes y viejos, mujeres y varones, laicos, sacerdotes, religiosas, obispos, casados, pobres y ricos, humildes trabajadores y reyes… Unos se dedicaron a la oración, otros a atender a los pobres, otros a anunciar el evangelio, otros a cuidar de su familia, otros a la investigación y a la ciencia, otros a labrar la tierra… De esta manera se nos dice que los caminos de santidad son muchos, que están abiertos a todos, que cada uno puede tratar de caminar en el seguimiento de Cristo como mejor la convenga, y elegir los modelos que más le gusten. Eso que decimos a veces, “no es santo de mi devoción”, es plenamente verdad: no estamos obligados a imitar a todos, cada cual debe ver qué santo y que forma de espiritualidad, de las muchas que propone la Iglesia, le cuadra mejor.

Vemos que esto de la santidad, más que un club exclusivo para elegidos, es una sociedad muy democrática, abierta a todos. Y más si consideramos que lo dicho sobre los santos canonizados, esto es, propuestos como modelos, no lo es todo. Si hay modelos es que ha habido y hay quienes los han imitado. Aquí entran “todos los santos”, la multitud de aquellos que no han sido canonizados pero han alcanzado, por alguno de los muchos caminos indicados, la meta: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”. La Iglesia insiste hoy, si es que nos hemos dejado llevar por la idea “legendaria” de la santidad, en que ésta es para todos, y no sólo para personas hechas de una pasta especial. Y la razón, por fin, es muy sencilla. Ser santo no es una conquista fruto de un esfuerzo ascético sobrehumano, sino un don, es vivir en Cristo, y Él vive entre nosotros. Es el don de ser hijos de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”; es ser hijos en el Hijo, Jesucristo, es el don de vivir en Él ese mundo nuevo que porta en sí, que es el reinado de Dios, que son las bienaventuranzas, el secreto de la felicidad verdadera. En una palabra, que, si nos sentimos hijos de Dios (en el Hijo, Jesucristo), ya somos santos, aunque tengamos defectos.

images-1Ahora entran en escena los difuntos. Pocos de nosotros habremos conocido a un santo canonizado. Yo, por ejemplo, he conocido a san Juan Pablo II, y conozco a gentes que han conocido y convivido con la madre Teresa de Calcuta, con algún beato mártir de Barbastro, etc. Pero con los santos anónimos de aquella muchedumbre inmensa seguro que, de un modo u otro, sí que nos hemos encontrado, aunque puede ser que no nos hayamos dado cuenta del todo.

De lo que no tenemos ninguna duda es de que personas de nuestro entorno, queridas por nosotros, que han sido parte esencial de nuestra vida, ya no están con nosotros. Todos llevamos en nuestra vida las heridas de la muerte, todos estamos referidos a esos ámbitos de relación que han quedado mutilados y vacíos por la muerte, y que nadie puede ocupar, porque hay personas que son insustituibles. Y esas “amputaciones” afectivas nos hablan de esa certeza absoluta que tan pocas veces consideramos, pero que gravita sobre todos nosotros como una nubecilla gris: todos tenemos que morir.

Cada cual reacciona ante esta certeza a su manera (y esto no depende sólo de que se sea o no creyente, tiene también un fuerte factor psicológico): con temor, resignación, confianza, indiferencia… Pero ese recordatorio perenne y algo subconsciente nos invita a pensar en que la vida humana es un misterio en el que se entremezclan dimensiones paradójicas, inevitables e imprescindibles, pero entre las que a veces tenemos que elegir, y entre las que necesariamente tenemos que establecer un orden de prioridad: lo caduco y lo permanente, lo relativo y lo absoluto, lo que lleva a la muerte y lo que da vida. Es así. Hay cosas tan ligadas al tiempo que no pueden no compartir esencialmente su carácter efímero y relativo: por ejemplo, pasarlo bien siempre está ligado a un lugar y un tiempo; mientras que otras, pese a estar afectadas por la caducidad temporal, aspiran a estar por encima de las condiciones del espacio y el tiempo: el amor o la justicia tienen vocación de eternidad. Uno puede, efectivamente, entregarse a lo caduco de la vida, apurar sus posibilidades, vivir sólo para sí, acumular cosas, puede, incluso, en el caso extremo, estar dispuesto a despojar a los demás (de sus bienes, incluso de su vida) para asegurarse una vida mejor que, sin embargo, no dejará de ser efímera y acabará consumida por la voracidad del tiempo. O puede, por el contrario, tratar de dar vida aun a costa de perder algo; puede uno no servirse de los demás, sino servirlos, y servir en ellos a aquellos valores superiores por los que merece la pena entregar la propia vida. Lo decía hermosamente el filósofo E. Mounier: “la persona no alcanza su madurez hasta el momento en que pone su vida al servicio de valores que valen más que la vida”.

Estos valores que existen, y a los que muchos (sabiéndolo o no, creyentes y no creyentes) sirven con corazón sincero, son signos de una vida superior a la que todos estamos llamados. Esa llamada se ha hecho patente en Cristo que, aceptando nuestra misma muerte se ha solidarizado con nosotros, y al resucitar le ha quitado su poder, haciendo de la muerte lugar de encuentro con Dios.

Al celebrar esta memoria de los fieles difuntos afirmamos que nuestros vínculos con ellos no están muertos, que podemos mantenerlos y, en cierto modo, sentirlos. Nuestra solidaridad con ellos y nuestra responsabilidad hacia ellos se expresa de modo especial en esta conmemoración, en la que oramos sobre todo por aquellos difuntos que están en un estado intermedio de purificación por sus pecados, el purgatorio. No podemos saber exactamente de qué se trata. Pero sí que podemos tener la certeza de que, en primer lugar, esa purificación empieza ya en esta vida, en la medida en que tratamos de superar el egoísmo en nosotros y, en segundo lugar, que la misma muerte es purificadora. Podemos entender la muerte como un fuego purificador, que consume todo lo que en nuestra vida se haya construido con materiales efímeros (madera, heno o paja), mientras que atraviesa incólume las llamas todo lo que hemos construido con materiales imperecederos, como el oro, la plata o las piedras preciosas. Ese fuego purificador es el mismo Jesucristo, que se ha hecho presente en la vida humana y, en consecuencia, también en su muerte. Y es que realmente la opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte, por la que comparece ante el Juez de todos (cf. 1 Cor 3, 12-15; Spes Salvi 45-46).

Tras la muerte ya no “hay tiempo”, al menos tal como lo entendemos en esta vida, pero creemos que sí hay purificación. Por eso tiene sentido orar por aquellos que han muerto y, tal vez, están en ese período. Esa oración es una forma real y eficaz de comunicación con nuestros difuntos. Y, además, como creemos que el proceso de purificación se realiza en Cristo (participando de su muerte) y que los que han alcanzado la meta están también en Cristo (que es la verdad, la luz y la vida), nosotros que estamos en camino (y Cristo mismo es camino), podemos sentir o saber que nuestros difuntos están cerca de nosotros, pues están en Cristo, que vive en medio de nosotros.

Aquella intuición que “viene de lejos”, a la que aludíamos al principio, ahora está claro de dónde viene: de la primera generación cristiana, de su experiencia de la muerte y resurrección de Cristo, y es una intuición que, como vemos, sigue operando entre nosotros, los creyentes.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

abril 4, 2015

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 Él había de resucitar de entre los muertos

 

Ya amanece, aunque aún está oscuro

images-3Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, que sobrevive a la muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén,; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del images-2
sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve realiza las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.

VIGILIA PASCUAL (B)

abril 4, 2015

Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno
Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22. R. La misericordia del Señor llena la tierra.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18 El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

Sal 15 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1 Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Ex 15, 1-6.17-18 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Lectura del profeta Isaías 54, 5-14 Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor

Sal 30 R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Lectura del profeta Isaías 55, 1-11 Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua

Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4

Sal 18 R. Señor, tienes palabras de vida eterna Camina en la claridad del resplandor del Señor

Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28 Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo

Sal 50 R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11 Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 1-7 Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado

 

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Sepulcro-de-Jesús-610x225Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose a ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, como nos dirá Pablo mañana, aspirar a los bienes de arriba (Col 3, 1), que no consisten sino en que nuestra vida esté con él, el Maestro que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el Señor que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: nosotros somos testigos de la resurrección, “que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.

Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) images-1al contemplar en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe: ver a Cristo Resucitado, y ver el mundo con ojos nuevos, ver a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios; y, además, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en Aquél que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

Domingo de la 3ª Semana de Pascua (A)

mayo 3, 2014

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33 No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21 Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35 Lo reconocieron al partir el pan

 

El camino a Emaús es de ida y vuelta

 

Si el primer lugar de encuentro con el Resucitado es la comunidad de discípulos, ésta se constituye como tal, no por iniciativa propia, sino convocada por el mismo Señor Resucitado, por medio de su Palabra y de la fracción del pan. La Eucaristía es la “fuente y la cima” de la vida y de la comunidad cristianas. Las experiencias que constituyeron el contexto de los encuentros con Cristo pascual fueron experiencias sobre todo eucarísticas. Es en ese contexto preciso en el que los discípulos vieron al que había muerto en la Cruz, pero ya no estaba en el sepulcro.

¿Qué significa aquí “ver”? ¿Por qué escribimos este verbo así, entre comillas?

El evangelio de los discípulos de Emaús lo explica de manera especialmente elocuente. Ahí se entiende bien qué vieron ellos, y qué significa para nosotros hoy ver a Cristo Resucitado.

1Esos dos discípulos eran, tal vez, un matrimonio; otras versiones dicen que, puesto que se da el nombre de uno de ellos, Cleofás, el otro podía haber sido el evangelista Lucas, que, sin embargo, dejó la cuestión abierta. Ello nos da la oportunidad de poner el propio nombre junto al de Cleofás en este texto modélico para todo cristiano. En estos dos discípulos se refleja dramáticamente el trauma y la desilusión producida por la muerte de Jesús. Vuelven a la vida de siempre después de haber despertado de un sueño: “nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”; un sueño que acabó convertido en una pesadilla: “los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran”.

El camino que están haciendo muestra que el grupo de los discípulos están en proceso de disgregación. Para un judío la cosa es clara: si Jesús acabó así, es que Dios no estaba con él, no era el Mesías; nos habíamos equivocado, nuestras esperanzas eran vanas. El terrible final de Jesús supone el final de la comunidad que se había congregado en torno a Él. Tras la muerte ha pasado tiempo (tres días) y las cosas siguen igual. Bueno, no del todo igual: es cierto que algunas mujeres les han sobresaltado, pues no han encontrado el cuerpo, y hablan de cosas raras, como apariciones de ángeles, pero los apóstoles han ido al sepulcro y han comprobado que el cuerpo no está, pero a él no lo han visto. Las mujeres representan aquí el amor que intuye algo a partir del signo negativo de la mera ausencia. Los que han ido a comprobar (la autoridad y la razón) no se conforman con eso: es verdad que el lugar de la muerte está vacío, pero eso no es suficiente para creer: “a él no lo han visto”.

Este “no ver” de los principales parece haber sido suficiente para este par de discípulos. En resumen, toda una descripción del fracaso que obliga a volver a lo de siempre, a Emaús.

Mientras iban caminando, ¿de qué hablarían? ¿De qué otra cosa más que de todo lo que había pasado esos días? Lo hacían con tristeza, ofuscados y desconcertados. Recordarían las palabras llenas de autoridad y novedad que habían escuchado de labios de Jesús, y los signos poderosos que le habían visto realizar, y que hablaban de que él, probablemente, era el Mesías. Y, sin duda, estos judíos piadosos recordarían todo esto a la luz de aquellas otras palabras, la Ley y los Profetas, escuchadas y meditadas tantas veces en la sinagoga. Al comentar todo esto, algunos de los textos recordados empezaron a brillar de un modo nuevo. Les hablaban de que lo sucedido a Jesús no era en realidad tan extraño: muchos textos proféticos lo habían anunciado, como los poemas del Siervo de Yahvé del profeta Isaías (cf. Is 42,1-7; 49,1-9; 50, 4-9; 52, 13-53,12): un Mesías sufriente y derrotado. Al ir recordando estos textos, poco a poco se les fueron abriendo las mentes, empezaron a entender que “era necesario que el Mesías padeciera”, se dijeron a sí mismos ¡qué torpes hemos sido para entender!, sintieron que les ardía el corazón…

El camino se les pasó volando. Al llegar no querían perder esa extraña sensación que les había acompañado por el camino, queríansearch retenerla. En realidad, el mismo Señor, ese mismo que había desaparecido de la tumba, los había acompañado y les había explicado las Escrituras, pero ellos, ofuscados, no habían sido capaces de reconocerlo. El caso es que, embargados por esta extraña sensación, por esta misteriosa presencia, decidieron repetir el gesto que Jesús les había mandado hacer “en su memoria”, pues realmente lo que habían vivido en el camino era una memoria viva ¡y no muerta!, no era el recuerdo impotente de un difunto: bendijeron el pan y lo partieron: “entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado”.

¿Está claro? Mientras lo veían, no lo reconocieron, cuando lo reconocieron, dejaron de verlo. No se trata de ver con los ojos del cuerpo (como si los ciegos no pudieran tener la experiencia del resucitado), sino de “verlo” con los ojos de la fe, al escuchar y comprender las Escrituras, al partir el pan. A veces percibimos ciertos signos externos: suenan palabras, se realizan ciertos ritos, como bendecir el pan y el vino, pero estamos como ciegos para la presencia real del Maestro que nos habla y explica, del Señor que parte para nosotros el pan. En cambio, cuando descubrimos en todo eso la presencia de Cristo vivo (nos arden el corazón, se nos abren los ojos de la fe), lo que vemos físicamente no se distingue en nada de la realidad cotidiana, pero, eso sí, hemos descubierto en ella una dimensión nueva, superior, real: creer para ver.

Y ¿después? “En aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás”. Esa experiencia extraordinaria mientras iban de camino y al partir el pan les hizo realizar inmediatamente el camino de vuelta. De la disgregación, producto del fracaso, a la convocación, de la dimisión a la misión. La misión tiene primero un sentido interno. La experiencia del Resucitado lleva a dar testimonio de la propia experiencia en primer lugar a los demás discípulos. Así se recompone el grupo, se constituye la Iglesia. Igual que la presencia no reconocida de Jesús es la que ha explicado las Escrituras y partido el pan, así es él mismo el que convoca y reúne a las ovejas que se habían dispersado, cuando fue herido el pastor (cf. Mc 14, 27).

La experiencia eucarística se presenta aquí de manera dinámica, en camino, también en situación de crisis, de abandono. Jesús nos sale al encuentro y, si le damos conversación, nos explica las Escrituras; si le invitamos, nos invita él y parte para nosotros el pan. Tras la fracción del pan, el “ite missa est” nos envía, en primer lugar a nuestros hermanos como constructores de comunidad, como piedras vivas de la Iglesia; y, después, a todo el mundo, como testigos del Señor Resucitado. A veces nos embarga el miedo, pero tenemos que aprender a confiar en que ese testimonio no es sólo ni sobre todo cosa nuestra. Las en apariencia extrañas palabras que cierran la primera lectura (“esto es lo que estáis viendo y oyendo”) indican que, en el testimonio de la propia fe, los receptores del mismo pueden ver y entender, pues, como en el camino a Emaús, Jesús mismo actúa y habla.

La eucaristía es un enorme potencial que dejamos pasar por indolencia, indiferencia, superficialidad: escuchamos sin atención, mirando el reloj a ver cuándo acaba esto, los encargados de comentar la Palabra lo hacemos con frecuencia sin alma, de manera rutinaria y doctrinaria, no favorecemos que “arda el corazón”, sino que literalmente dormimos a las ovejas; en consecuencia, unos y otros asistimos a la fracción del pan sin el corazón caldeado, sin tomarnos en serio nuestro proceder, sin caer en la cuenta de que ahí se actualiza el precio de la sangre de Cristo con la que fuimos rescatados.

Los discípulos de Emaús nos ofrecen hoy una preciosa catequesis de lo que significa realmente la Eucaristía, sacramento para el camino de nuestra vida, que si a veces es un camino de huida y de disgregación, a la luz de la Palabra y de la fracción del pan se convierte en un camino de vuelta, de congregación, de testimonio y de misión.

Un entierro en Múrmansk

mayo 3, 2014

Esta semana he tenido un entierro. Aquí en Múrmansk los entierros tienen sus peculiaridades, y no sólo por motivos climáticos. El caso es que este entierro me ha suscitado una pequeña reflexión sobre nuestra fe cristiana y sobre este tiempo pascual. El difunto era en esta ocasión un lituano de algo más de 70 años. Es uno de los muchos (no sólo lituanos, sino también letones, bielorrusos y ucranianos) que vinieron a Murmansk en su juventud, sea por el servicio militar, sea por motivos de trabajo, que se casaron aquí y aquí se quedaron. Muchos de ellos son católicos por procedencia, aunque raramente los hemos visto por la Iglesia. Por eso, cuando su hija y su mujer, las dos ortodoxas, vinieron a pedir que acudiéramos al entierro y a concertar el día y la hora, me vino a la cabeza que nuestra parroquia (como tal vez muchas otras en el mundo), son realmente parroquias “de la resurrección”: muchos de sus parroquianos aparecen en ellas sólo después de muertos…

En honor a la verdad, en este caso no era del todo así. La mujer y la hija de nuestro Kazys (en español, Casimiro) me contaron que cuando estaban en Lituania iba siempre a la Iglesia, aunque aquí en Múrmansk tenía problemas para venir por motivos de trabajo. La verdad es que muchos de ellos no han tenido la oportunidad de practicar durante muchos años, pues Múrmansk, fundada en 1917, ha sido una ciudad puramente soviética, en la que no sólo no había iglesia católica, sino tampoco ni ortodoxa ni de ninguna otra confesión. Aquí el experimento de una sociedad sin Dios se pudo llevar a cabo sin “rémoras” del pasado. Así que muchos de estos católicos de origen perdieron el hábito y, al aparecer la Iglesia, se ve que no acabaron de vencer la inercia de muchos años, incluso en los casos, como el de Kazys, en los que, pese a todo, mantuvieron la fe, que, eso sí, practicaban casi solo a la tierra que les vio nacer.

 

El entierro se desarrolló con normalidad. Todo el rito lo hicimos en el cementerio, que está bastante lejos

Iglesia del cementerio de Murmashí

Iglesia del cementerio de Murmashí

de la ciudad (de hecho en otra pequeña ciudad, camino del Aeropuerto, llamada Murmashí), bajo la presión de los enterradores, que no están acostumbrados a “pérdidas de tiempo” en forma de rezos, y me obligaron a ir un poco a marchas forzadas (de hecho, hubo una especie de homilía compartida, pues mientras trataba de decir unas palabras comentado el evangelio y sobre el sentido cristiano de la muerte, uno de los enterradores intervino a su manera, metiéndome prisa). Al menos el otro tiempo, el atmosférico, respetó el momento del entierro, que se celebró bajo una levísima nevada y con una temperatura soportable, ligeramente por encima de cero. Volví solo en taxi, en medio ya de una nevada furiosa, y ahí estuve pensando en esta forma disminuida de fe cristiana en que vivimos con frecuencia. Esto de que los parroquianos aparezcan por la iglesia sólo después de muertos, esto es, que muchos cristianos releguen su relación con Dios a un asunto “de la otra vida”, es muy indicativo de hasta qué punto no acabamos de entender el mensaje de la resurrección. En la fe cristiana, la resurrección no es un asunto para “el fin de los tiempos”, sino que ya ha acontecido “al tercer día”, esto es, en el seno de nuestra historia, es un acontecimiento de hoy, en el que podemos participar ya desde ahora. Por decirlo brevemente: la vida de la resurrección ya ha empezado; o, como dicen los textos evangélicos, ya ha amanecido “el primer día de la semana”.

Por eso, “ir a la iglesia”, o “ir a misa”, como solemos decir, no es una especie de pesada obligación para acumular méritos para que “al final” Dios nos premie con un caramelo de vida eterna; una obligación de la que muchos se liberan pensando que les basta con ser buenas personas, no hacer daño (lo típico, no matar no robar, tal vez pagar los impuestos). Es una actitud bastante comercial, una fe de premios y castigos, de méritos y amenazas, en la que mi presunta bondad hace que Dios esté en deuda conmigo…

Algo que, la verdad, se parece bastante poco a la alegre y buena noticia que Jesús nos ha venido a traer.
A tenor de los textos pascuales que meditamos en estos días, no se trata de la pesada obligación de “ir a misa”, sino de acudir a la reunión a la que nos convoca el Señor Resucitado, para que podamos verle, oírle, tocarlo, para poder participar, ya desde ahora, de la nueva vida del Resucitado, que camina junto a nosotros, sin que lo reconozcamos muchas veces, que habita en medio de sus discípulos, y al que podemos reconocer justamente al partir el pan.