Posts Tagged ‘Riqueza’

Domingo18 del tiempo ordinario (C)

agosto 1, 2019

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23 ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

 

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. No sigáis engañándoos unos a otros. Despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo, que se va renovando como imagen de su Creador, hasta llegar a conocerlo. En este orden nuevo no hay distinción entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es la síntesis de todo y está en todos.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,13-21 Lo que has acumulado, ¿de quién será?

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?» Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.» Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.” Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

 

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

 

El evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejada el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros mismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.

¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el santo papa Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (B)

octubre 13, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7-11 En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

Salmo responsorial 89, 12-13. 14-15. 16-17 R. Sácianos de tu misericordia, Señor y toda nuestra vida será alegría.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13 La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos, juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 17-30
 Vende lo que tienes y sígueme

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.» Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.» Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!» Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando, y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.» Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

 

La verdadera riqueza

 

Cuentan de un hombre, que era tan pobre, que sólo tenía dinero. Tremenda situación, pues si perdía su único bien se quedaba sin nada. La crisis mundial que padecemos nos refresca esta sencilla verdad. De repente nos hemos dado cuenta de lo pobres que somos si fiamos toda nuestra esperanza, todos nuestros valores, a la volátil economía. La dimensión económica de esta crisis es como la envoltura de otra más profunda, que afecta a nuestra escala de valores, al sentido de nuestra existencia. Pero esta, como todas las crisis, es una ocasión para revisarnos en profundidad y poner en cuestión nuestro modo de vida. “Salir de la crisis” no puede significar sólo estabilizar la economía, sino también y, sobre todo, rehacer nuestra escala de valores. Hay valores necesarios, que nos ayudan a sobrevivir: los medios de subsistencia; y hay valores esenciales que nos permiten vivir en sentido pleno, que nos salvan. Pese al desconcierto existente sobre los verdaderos valores, y la extendida idea de que todos ellos son relativos, en realidad, descubrir esa escala de valores no es tan difícil, aunque haya obstáculos que nos cieguen.

De esto habla hoy el evangelio. La pregunta es ¿en qué consiste la verdadera riqueza? ¿Qué bienes hacen que nuestra vida no se malogre? ¿Qué hemos de hacer para heredar la vida eterna? El joven rico es, ante todo, un joven, alguien que tiene toda la vida por delante y anda buscando su vocación, es decir, una vida con sentido, capaz de saciar el deseo de plenitud. Su pregunta es esencial, pues todos sabemos que nuestra vida se puede malograr. Y ha elegido bien al interlocutor: un Maestro y un maestro bueno, alguien que sabe, pero que además inspira confianza e irradia bondad. La verdad que procede de Dios no es un sistema abstracto de ideas, ni un conjunto de obligaciones desnudas, sino una verdad amable, cordial y amiga. Es una verdad encarnada en la persona de Jesús y, por eso mismo, una verdad con la que se puede dialogar, plantearle dudas y preguntas, buscar orientación y sentido. Gracias a la encarnación del Logos de Dios en la humanidad de Jesús, las respuestas que podemos obtener en diálogo con él no son respuestas estandarizadas, producidas a gran escala para la masa anónima, sino que tienen el sello personal del que responde (Jesús) pero también del que pregunta (el joven del evangelio, cada uno de nosotros). Y así ha de ser también el magisterio del cuerpo de Cristo, de la Iglesia, que tiene que tratar de ser siempre una maestra buena que anuncia la verdad que ha recibido de Dios; al mismo tiempo, a partir del común depósito de fe, ha de traducir esa verdad a las múltiples situaciones concretas y variadas en las que seres humanos de carne y hueso le plantean sus preguntas vitales. Y la bondad de ese magisterio debe reflejarse en el rostro humano y amable de quienes transmiten la buena noticia del Evangelio: los evangelizadores, sacerdotes, religiosos, catequistas, seglares, todos y cada uno de los creyentes deberíamos tratar de ser el rostro bondadoso que traduce la verdad que salva. Ello, como muestra el evangelio de hoy, no está reñido con el carácter exigente de esa verdad.

Jesús responde dando una primera indicación sobre la fuente y el origen de todo bien: todo lo bueno que hay en el mundo procede de Dios. No rechaza el título de maestro “bueno”, sino que recuerda que esa bondad reconocida con justicia en su persona y en su magisterio tiene su fuente en la paternidad de Dios. Y Dios no está lejos de nosotros. Por eso, acto seguido, le sugiere al joven que, en realidad, él sabe ya la respuesta: “ya sabes los mandamientos”. Decíamos antes que no es tan difícil rehacer la escala de valores que está en el fundamento de una vida con sentido, de una vida lograda. Por mucho que se insista en la relatividad de la verdad y de los valores, al final están las verdades del barquero a las que se aferran todos, incluyendo al más cínico y al más escéptico. Podremos discutir en teoría todas las normas, pero nadie quiere que le maten, ni siquiera que le peguen, ni que le pongan los cuernos, que le roben, le difamen o que le mienten a sus padres… Y en ese “no querer” se esconde el deseo de ser respetado, reconocido amado… Ahí, en esos mecanismos tan sencillos, se revelan verdades elementales sobre las que se levanta el edificio de la vida humana y de las relaciones sociales. Y lo que no queremos para nosotros no debemos hacérselo a los demás (cf. Tb 4, 15; Mt 7, 12). Mirándonos a nosotros mismos (“ya sabes…”) podemos entender con facilidad qué es lo que debemos hacer (“…los mandamientos”). Atenerse a ellos ya no será siempre tan fácil, pero ahí está la tarea de cada uno.

Esta respuesta de Jesús es una respuesta de mínimos, que nos indica un primer estadio del camino que lleva a la vida eterna. Lo primero es no hacer el mal y hacer el bien a los más próximos (padre y madre, pero podemos añadir, hermanos, hijos, los “nuestros”). Ya lo decían los romanos con su típica concisión: “Primum, non laedere!”: el primer bien es no hacer mal.

Pero, puesta la base mínima, es normal que nuestro corazón pida más. No estamos llamados sólo a no hacer esto o lo otro. Aunque evitar el mal es una verdad de Perogrullo (si bien no siempre resulta fácil en la práctica), una ética y una religión basada sólo en prohibiciones nos resulta árida y estrecha. Estamos hechos para algo más. Sin embargo, no conviene despreciar este primer estadio. No sólo porque por debajo del mínimo imprescindible nos hacemos malos y desentonamos de nuestra humanidad. También porque quien cumple o se esfuerza por cumplir, al menos, ese mínimo, está ya reconociendo a Dios (la fuente de toda bondad), lo sepa o no; y, lo que es más importante, cuando tratamos de seguir en conciencia eso que “ya sabemos” Dios nos mira con los ojos de Jesús, nos mira con cariño, nos ama.

La insistencia del joven rico expresa ese deseo de “algo más”, de no limitarse a un cumplimiento de mínimos. Si ese nivel ya lo ha cumplido “desde niño”, parece que el joven quiere avanzar hacia una vida de grandes ideales, no quiere quedarse en una permanente infancia o adolescencia moral y religiosa, sino que quiere alcanzar la madurez.

Ante tal disposición, Jesús no puede sino invitar a la entrega total de su vida a Dios y a los hermanos. Es importante indicar que aquí cambia el tono de su respuesta: del imperativo que prohíbe hacer mal, a la apelación a la libertad que llama a ir más allá del deber, hacia la perfección del amor. Para ello subraya primero la relatividad de los bienes materiales, que no son un fin sino sólo medios, que son pasajeros por definición. Ser ricos sólo de esos tesoros, “que la polilla y la herrumbre corroen”, significa vivir en lo efímero, y por ahí no es posible alcanzar la vida eterna. Jesús invita al joven a adquirir una riqueza superior, a “amontonar tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6, 20-21). Los medios materiales son necesarios, pero se gastan, lo queramos o no. Ahora bien, podemos gastarlos sólo en nosotros mismos, de modo egoísta; o podemos gastarlos también en los demás, con generosidad, que es, además, una forma superior y perfecta de justicia.

Hablando de la crisis y de rehacer nuestra escala de valores Jesús nos da una indicación valiosísima. Para salir de la crisis económica, y de esa otra que nos corroe el alma y nos seca el corazón, tenemos que mirar a los pobres, a los que carecen de lo más elemental, y compartir con ellos nuestras riquezas. Realmente, esta es la cosa “que nos falta”, no más bienes materiales, sino mayor generosidad, la capacidad de mirar más allá de lo nuestro y de los nuestros, para descubrir que en la perspectiva de la paternidad de Dios, fuente y origen de toda bondad, todos los seres humanos son “nuestros” y, por ello, “honrar padre y madre” (y al resto de nuestros familiares) significa extender nuestra mirada superando todo límite, para descubrir en cada ser humano a un hermano nuestro. Estamos en la época de la globalización, también en lo que hace a la crisis. Una crisis “global” requiere respuestas globales, sin exclusiones. Superar la crisis significa aprovechar la oportunidad para incluir en los parámetros de la vida digna a todos los excluidos.

En este sentido, hemos de entender la invitación de Jesús como dirigida a todos, no sólo a los que han recibido una vocación especial de dejarlo todo. Todos estamos llamados en una u otra medida a dar de nuestros bienes (materiales y no) a los pobres. Pero, por otro lado, parece que, en el caso del joven rico, Jesús sí que lo invita al desprendimiento total y a un seguimiento radical. Y es aquí donde entendemos que este hombre no sólo era joven, sino también rico. Las riquezas pecuniarias, los medios necesarios, por ser relativos, tienen que someterse a las riquezas que la polilla no corroe. Si no sucede así, los bienes materiales se apoderan de nuestro corazón, se convierten en un obstáculo y en un peligro: los medios convertidos en fines nos esclavizan y nos pierden, nos alejan de la vida eterna y nos encierran en la relatividad de lo efímero. Es lo que Jesús constata con tristeza cuando el joven se marcha pesaroso (bajo el peso de sus riquezas).

La crisis de nuestro tiempo es en la Iglesia también crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas. Tal vez haya que entender esta crisis, a la luz del evangelio de hoy, como una crisis de generosidad entre los cristianos. A lo mejor, si rehiciéramos el orden de prioridades y la jerarquía de bienes en nuestro corazón (el “ordo amoris” de San Agustín) sería posible superar también esta otra crisis.

Todos sentimos de un modo u otro el vértigo de la entrega total. Parece que renunciar en todo o en parte al bienestar material significa perderse a sí mismo. A eso suena el espanto de los discípulos ante la advertencia de Jesús por el peligro de las riquezas. Pero, como dice Jesús, la salvación definitiva es cosa de Dios. Sólo Él la garantiza y la ofrece gratuitamente, si estamos dispuestos a escucharle. Puede parecer que lo que nos exige es mucho, demasiado. Pero, si lo pensamos bien, en realidad no es tanto. Es Pedro el que cae en la cuenta. Es como si dijera: “¡Anda! Si resulta que nosotros ya estamos dejándolo todo para seguirte”. Y es que el seguimiento de Jesús no se inicia con el desgarro de la renuncia, sino por la fascinación ante el maestro bueno, que comunica palabras que dan vida y enriquecen por dentro y por fuera: nos sanan y nos abren a la humanidad entera, en la que descubrimos a la multitud de nuestros hermanos y hermanas reales y potenciales. Se trata de un riqueza perdurable acompañada en esta vida de dificultades y persecuciones (las que experimentó el mismo Jesús, hasta la Cruz), pero que nos encaminan (y Él mismo es camino) a la vida eterna.

Domingo 26 del tiempo ordinario (C)

septiembre 24, 2016

Lectura de la profecía de Amós 6, la. 4-7 Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos
Lectura de la primera carta apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16 Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31 Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

 

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, imgres-1trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

Domingo18 del tiempo ordinario (C)

julio 30, 2016

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,13-21 Lo que has acumulado, ¿de quién será?

 

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

imagesEl evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser nosotros mismos y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejada el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros imgresmismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

images-1Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.

¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el santo papa Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.