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Domingo de la Octava de Navidad (C) La Sagrada Familia: Jesús, María y José

diciembre 29, 2018

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo responsorial Sal 127, 1-2. 3. 4-5 R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Hermanos: Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-52 Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca. A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: – «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.» Él les contestó: – «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

 

¿Por qué me buscabais?

 

El nacimiento de Jesús significa que el Verbo de Dios se reviste de carne, y también del conjunto de relaciones en que la vida humana consiste. La primera de estas relaciones, fundamental para la existencia del hombre y su sentido, es la relación paterno-filial. Al aparecer en el mundo totalmente menesteroso y dependiente, el recién nacido percibe a sus padres (primero a su madre, después también a su padre) como una fuerza superior, providente y poderosa que remedia todas sus necesidades: alimento, calor, higiene, afecto, acogida. Esta inicial relación de dependencia garantiza la supervivencia física, provee de estabilidad psicológica (da seguridad, confianza y sentido: si todo lo hacen por mí, es que mi vida es importante); y, por fin, abre a la relación religiosa: la sumisión a los padres es temporal y provisional, al ir creciendo el niño, convertido en joven, descubre que sus padres son limitados. Esa limitación va aumentando con la edad, hasta el punto de que llega un momento en que la dependencia se invierte, y son los ancianos padres los que necesitan de la ayuda y el cuidado de sus hijos. La primera lectura lo expresa con claridad, subrayando primero la “mayor respetabilidad” de los padres y recordando, después, el deber de los hijos hacia los ancianos padres: no abandonarlos, no abochornarlos, honrarlos hasta el final. El cuarto mandamiento de la ley de Dios, el único mandamiento positivo de los referidos a nuestros deberes para con los demás, hace de puente entre los siguientes y los tres primeros: porque es en esa inicial y provisional relación vertical con los padres donde se configura la relación religiosa con Dios. El hombre aprende en ella a mirar hacia arriba con confianza en el poder benéfico y providente que, como acaba descubriendo, procede últimamente del Dios Padre de todos. Fácil es entender que si el niño es maltratado o no suficientemente querido, se produce una distorsión en su percepción del mundo, que dificultará muchísimo una relación equilibrada con los demás y una adecuada imagen de Dios. De ahí la extraordinaria responsabilidad de los padres hacia sus hijos, y también de ahí la autoridad de que han sido investidos por Dios.

Por el contrario, el amor y la acogida incondicional del niño lo va introduciendo poco a poco en formas sanas de relación con los demás, en las que ya no domina la “verticalidad” primera, sino la “horizontalidad” entre iguales, que va del elemental respeto mutuo, hasta la forma privilegiada y exclusiva del amor conyugal entre un hombre y una mujer. El texto de la carta a los Colosenses empieza con una exhortación a las verdaderas relaciones fraternas en su generalidad. No se trata de una pura idealización, sino que se hace cargo de las muchas dificultades que estas relaciones deben superar. De ahí que mencione enseguida la capacidad de aguante y el necesario perdón, que solo aparece cuando se dan ofensas y conflictos.

Cristo ha venido a sanar, salvar y restablecer al ser humano, incluyendo el conjunto de sus relaciones, también heridas por el pecado. En él, por el amor que nos da y para el que nos capacita, se hace posible recomponer la unidad entre los seres humanos, hacer de ellos un cuerpo armónico, vivir en paz. Sin embargo, precisamente cuando se refiere a las relaciones familiares hay algo en el texto que rechina en nuestros oídos: nos resulta difícil aceptar esas expresiones que llaman a la “sumisión” de las esposas; a algunos puede ser que incluso la exhortación a la obediencia de los hijos les suene mal. Pero es importante leer estos textos en la clave adecuada: y esta no es el moderno concepto de igualdad, sino la idea evangélica del amor. En este y en otros textos de Pablo, en los que parecen resonar condicionamientos culturales de la época, hemos de saber ver ante todo el espíritu evangélico que los anima, que habla de una sumisión libre y de una entrega total por parte de los dos cónyuges. Si la mujer se somete, lo hace no servilmente, sino libremente y por amor, el marido debe, por su parte, no dominar, sino entregarse sin reservas a su mujer, en la que ama a su propio cuerpo; del mismo modo que la autoridad paterna sobre los hijos debe evitar todo despotismo que exaspera y desanima, para que la obediencia de estos sea un camino de crecimiento hacia la propia madurez. El espíritu cristiano de amor y servicio mutuo no atenta contra la verdadera igualdad (la de la igual dignidad de hijos de Dios), sino que la garantiza del mejor modo, al tiempo que respeta las diferencias que enriquecen la unidad.

El mejor ejemplo de este espíritu lo encontramos en la familia de José, María y Jesús. Ahí vemos reflejado a la perfección el ideal de las relaciones familiares. Un ideal que no excluye ni esconde los inevitables momentos de dificultad y conflicto. Pues Jesús ha nacido para crecer y llegar a ser sí mismo. Y este proceso nunca es sencillo y pacífico. José y María son los mediadores de ese crecimiento. Los padres engendran, pero también y sobre todo ayudan a crecer. Aquí existe un matiz psicológico, que distingue el papel que juegan el padre y la madre: ésta es sobre todo el principio generador, la tierra, que acoge y engendra confianza; el padre es el principio de crecimiento, el ideal que exige y llama. En el caso de José, su papel tiene importancia capital en este segundo aspecto: representa el rostro humano de la paternidad, que Jesús experimenta como mediación de su experiencia filial respecto de su Padre, Dios.

El texto de hoy recoge, precisamente, un momento clave de inflexión en las relaciones familiares. Jesús ya no es un niño. Los doce años marcan el paso a la adolescencia, el umbral de la madurez. De ahí que José y María, que le van abriendo paso para que él emprenda su propio camino, le lleven por vez primera a Jerusalén. Y Jesús, haciendo uso de este primer momento de autonomía “se pierde”. Tal como suena el texto, da la impresión de que toma una decisión, para la que, además, no cuenta con la opinión de sus padres. No se trata de una travesura, sino de un primer paso en busca de su propia vocación.

Es bastante clara la alusión a la muerte de Jesús, cuyo cuerpo es el verdadero templo de Dios. Sólo a los tres días sus padres lo encuentran “en el templo”, sentado en medio de los maestros, como uno de ellos, pero escuchándolos y haciéndoles preguntas, y también dando sus propias respuestas. Jesús no está en el templo como en un refugio en el que escapar de los problemas e interrogantes de la vida. Al contrario: Jesús pregunta, plantea dudas, escucha, también avanza sus propias respuestas. Es decir, Jesús experimenta la vida y la relación con Dios como realidades abiertas, en las que no existen soluciones prefabricadas. Y de esta manera va comprendiendo su propia vocación: la total dedicación a las cosas de su Padre.

A los padres, normalmente, les cuesta entender que el hijo que hasta entonces ha sido “su niño”, completamente dependiente de ellos, empiece a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones. De ahí la pregunta de María, en la que se deja percibir un cierto reproche por la angustia de haberlo perdido. En la respuesta de Jesús suena, por un lado, la reivindicación de su propia autonomía (“¿por qué me buscabais?”); pero también una indicación precisa de dónde podemos encontrarlo, siempre que lo perdamos: en la “casa” de su Padre, o mejor, en las “cosas” de su Padre, que no son otra cosa que el anuncio y la implantación del Reino de Dios y la salvación de los hombres.

María y José no entienden la respuesta de Jesús. A veces a los padres les cuesta entender el camino de los propios hijos, y a todos nosotros nos cuesta percibir y entender a la primera la Palabra de Dios. La actitud correcta es la que nos enseña María: la paciencia y la confianza que dejan madurar la semilla de la Palabra y sus respuestas en el propio corazón. Esa misma paciencia y confianza la encontramos en Jesús: la autonomía recién estrenada no significa total independencia y ruptura. Tras la escapada adolescente Jesús “regresó con sus padres y vivía sometido a ellos”. Este sometimiento ya no es algo forzado por la total indefensión del recién nacido, sino fruto de una decisión libre. Como libremente se someterá a la voluntad de su Padre celestial, así ahora se somete con libertad a la autoridad (no despótica o exasperante, sino abierta, respetuosa) de sus padres en la tierra, para seguir creciendo y madurando. Y es que, en verdad, el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra libre y no servilmente a algo (a Alguien) más grande que él, que lo libera, y que vale más que la vida.

Comprendemos a la luz de la Palabra la importancia de la familia en los designios de Dios, en el camino hacia la propia madurez humana y cristiana. También en la fe hemos de ir avanzando hacia la madurez del amor en el seno de la familia eclesial. Jesús es nuestro maestro y pedagogo. Si a veces se pierde y nos fuerza a buscarlo con angustia, ya sabemos dónde encontrarlo: en las cosas del Padre, inquiriendo, preguntando, escuchando y ensayando nuestras respuestas; y sometiéndonos libremente y por amor al servicio de nuestros hermanos.

 

 

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Domingo dentro de la Octava de Navidad – La Sagrada Familia: Jesús, María y José

diciembre 30, 2017

Lectura del libro del Eclesiástico 3,2-6.12-14 El que teme al Señor, honra a sus padres

Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5 R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y celebrad la Acción de Gracias: la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40 El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

 

La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia

Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre (esa propuesta respetuosa dirigida a nuestra libertad de la que hablamos antes, pero que además está inscrita en nuestra propia naturaleza): la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de las múltiples variaciones históricas y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución” familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal, abarca el entero universo del ser humano: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza en decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos.

Sagrada Familia

diciembre 26, 2015

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-52 Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros

¿Por qué me buscabais?

imgresEl nacimiento de Jesús significa que el Verbo de Dios se reviste de carne, y también del conjunto de relaciones en que la vida humana consiste. La primera de estas relaciones, fundamental para la existencia del hombre y su sentido, es la relación paterno-filial. Al aparecer en el mundo totalmente menesteroso y dependiente, el recién nacido percibe a sus padres (primero a su madre, después también a su padre) como una fuerza superior, providente y poderosa que remedia todas sus necesidades: alimento, calor, higiene, afecto, acogida. Esta inicial relación de dependencia garantiza la supervivencia física, provee de estabilidad psicológica (da seguridad, confianza y sentido: si todo lo hacen por mí, es que mi vida es importante); y, por fin, abre a la relación religiosa: la sumisión a los padres es temporal y provisional, al ir creciendo el niño, convertido en joven, descubre que sus padres son limitados. Esa limitación va aumentando con la edad, hasta el punto de que llega un momento en que la dependencia se invierte, y son los ancianos padres los que necesitan de la ayuda y el cuidado de sus hijos. La primera lectura lo expresa con claridad, subrayando primero la “mayor respetabilidad” de los padres y recordando, después, el deber de los hijos hacia los ancianos padres: no abandonarlos, no abochornarlos, honrarlos hasta el final. El cuarto mandamiento de la ley de Dios, el único mandamiento positivo de los referidos a nuestros deberes para con los demás, hace de puente entre los siguientes y los tres primeros: porque es en esa inicial y provisional relación vertical con los padres donde se configura la relación religiosa con Dios. El hombre aprende en ella a mirar hacia arriba con confianza en el poder benéfico y providente que, como acaba descubriendo, procede últimamente del Dios Padre de todos. Fácil es entender que si el niño es maltratado o no suficientemente querido, se produce una distorsión en su percepción del mundo, que dificultará muchísimo una relación equilibrada con los demás y una adecuada imagen de Dios. De ahí la extraordinaria responsabilidad de los padres hacia sus hijos, y también de ahí la autoridad de que han sido investidos por Dios.

Por el contrario, el amor y la acogida incondicional del niño lo va imagesintroduciendo poco a poco en formas sanas de relación con los demás, en las que ya no domina la “verticalidad” primera, sino la “horizontalidad” entre iguales, que va del elemental respeto mutuo, hasta la forma privilegiada y exclusiva del amor conyugal entre un hombre y una mujer. El texto de la carta a los Colosenses empieza con una exhortación a las verdaderas relaciones fraternas en su generalidad. No se trata de una pura idealización, sino que se hace cargo de las muchas dificultades que estas relaciones deben superar. De ahí que mencione enseguida la capacidad de aguante y el necesario perdón, que solo aparece cuando se dan ofensas y conflictos.

Cristo ha venido a sanar, salvar y restablecer al ser humano, incluyendo el conjunto de sus relaciones, también heridas por el pecado. En él, por el amor que nos da y para el que nos capacita, se hace posible recomponer la unidad entre los seres humanos, hacer de ellos un cuerpo armónico, vivir en paz. Sin embargo, precisamente cuando se refiere a las relaciones familiares hay algo en el texto que rechina en nuestros oídos: nos resulta difícil aceptar esas expresiones que llaman a la “sumisión” de las esposas; a algunos puede ser que incluso la exhortación a la obediencia de los hijos les suene mal. Pero es importante leer estos textos en la clave adecuada: y esta no es el moderno concepto de igualdad, sino la idea evangélica del amor. En este y en otros textos de Pablo, en los que parecen resonar condicionamientos culturales de la época, hemos de saber ver ante todo el espíritu evangélico que los anima, que habla de una sumisión libre y de una entrega total por parte de los dos cónyuges. Si la mujer se somete, lo hace no servilmente, sino libremente y por amor; el marido, por su parte, está llamado no a dominar, sino entregarse sin reservas a su mujer, en la que ama a su propio cuerpo; del mismo modo que la autoridad paterna sobre los hijos debe evitar todo despotismo que exaspera y desanima, para que la obediencia de estos sea un camino de crecimiento hacia la propia madurez. El espíritu cristiano de amor y servicio mutuo no atenta contra la verdadera igualdad (la de la igual dignidad de hijos de Dios), sino que la garantiza del mejor modo, al tiempo que respeta las diferencias que enriquecen la unidad.

images-1El mejor ejemplo de este espíritu lo encontramos en la familia de José, María y Jesús. Ahí vemos reflejado a la perfección el ideal de las relaciones familiares. Un ideal que no excluye ni esconde los inevitables momentos de dificultad y conflicto. Pues Jesús ha nacido para crecer y llegar a ser sí mismo. Y este proceso nunca es sencillo y pacífico. José y María son los mediadores de ese crecimiento. Los padres engendran, pero también y sobre todo ayudan a crecer. Aquí existe un matiz psicológico, que distingue el papel que juegan el padre y la madre: ésta es sobre todo el principio generador, la tierra, que acoge y engendra confianza; el padre es el principio de crecimiento, el ideal que exige y llama. En el caso de José, su papel tiene importancia capital en este segundo aspecto: representa el rostro humano de la paternidad, que Jesús experimenta como mediación de su experiencia filial respecto de su Padre, Dios.

El texto de hoy recoge, precisamente, un momento clave de inflexión en las relaciones familiares. Jesús ya no es un niño. Los doce años marcan el paso a la adolescencia, el umbral de la madurez. De ahí que José y María, que le van abriendo paso para que él emprenda su propio camino, lo lleven por vez primera a Jerusalén. Y Jesús, haciendo uso de este primer momento de autonomía “se pierde”. Tal como suena el texto, da la impresión de que toma una decisión, para la que, además, no cuenta con la opinión de sus padres. No se trata de una travesura, sino de un primer paso en busca de su propia vocación.

Es clara la alusión a la muerte de Jesús, cuyo cuerpo es el verdadero templo de Dios. Sólo a los tres días sus padres lo encuentran “en el templo”, sentado en medio de los maestros, como uno de ellos, pero escuchándolos y haciéndoles preguntas, y también dando sus propias respuestas. Jesús no está en el templo como en un refugio en el que escapar de los problemas e interrogantes de la vida. Al contrario: Jesús pregunta, plantea dudas, escucha, también avanza sus propios puntos de vista. Es decir, Jesús experimenta la vida y la relación con Dios como realidades abiertas, en las que no existen soluciones prefabricadas. Y de esta manera va comprendiendo su propia vocación: la total dedicación a las cosas de su Padre.

A los padres, normalmente, les cuesta entender que el hijo que hasta entonces ha sido “su niño”, completamente dependiente de ellos, empiece a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones. De ahí la pregunta de María, en la que se deja percibir un cierto reproche por la angustia de haberlo perdido. En la respuesta de Jesús suena, por un lado, la reivindicación de su propia autonomía (“¿por qué me buscabais?”); pero también una indicación precisa de dónde podemos encontrarlo, siempre que lo perdamos: en la “casa” de su Padre, o mejor, en las “cosas” de su Padre, que no son otra cosa que el anuncio y la implantación del Reino de Dios y la salvación de los hombres.

María y José no entienden la respuesta de Jesús. A veces a los padres les cuesta entender el camino de los propios hijos, y a todos nosotros nos cuesta percibir y entender a la primera la Palabra de Dios. La actitud correcta es la que nos enseña María: la paciencia y la confianza que dejan madurar la semilla de la Palabra y sus respuestas en el propio corazón. Esa misma paciencia y confianza la encontramos en Jesús: la autonomía recién estrenada no significa total independencia y ruptura. Tras la escapada adolescente Jesús “regresó con sus padres y vivía sometido a ellos”. Este sometimiento yo no es algo forzado por la total indefensión del recién nacido, sino fruto de una decisión libre. Como libremente se someterá a la voluntad de su Padre celestial, así ahora se somete con libertad a la autoridad (no despótica o exasperante, sino abierta, respetuosa) de sus padres en la tierra, para seguir creciendo y madurando. Y es que, en verdad, el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra libre y no servilmente a algo (a Alguien) más grande que él, que lo libera, y que vale más que la vida.

Comprendemos a la luz de la Palabra la importancia de la familia en los designios de Dios, en el camino hacia la propia madurez humana y cristiana. También en la fe hemos de ir avanzando hacia la madurez del amor en el seno de la familia eclesial. Jesús es nuestro maestro y pedagogo. Si a veces se pierde y nos fuerza a buscarlo con angustia, ya sabemos dónde encontrarlo: en las cosas del Padre, inquiriendo, preguntando, escuchando y ensayando nuestras propias respuestas; y sometiéndonos libremente y por amor al servicio de nuestros hermanos.

Domingo dentro de la Octava de Navidad (B) La Sagrada Familia: Jesús, María y José

diciembre 28, 2014

Lectura del libro del Eclesiástico 3,2-6.12-14 El que teme al Señor, honra a sus padres

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40 El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Mis ojos han visto al Salvador

1Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre (esa propuesta respetuosa dirigida a nuestra libertad de la que hablamos antes, pero que además está inscrita en nuestra propia naturaleza): la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de los múltiples cambios históricos y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución”2 familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal del hombre, abarca el entero universo del ser personal: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza de decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos.