Posts Tagged ‘Seguimiento’

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (C)

junio 25, 2019

 Lectura del primer libro de los Reyes 19, 16b. 19-21 Eliseo se levantó y marchó tras Elías

En aquellos días, el Señor dijo a Elías: – «Unge profeta sucesor tuyo a Elíseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.» Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: – «Déjame decir adiós a, mis padres; luego vuelvo y te sigo.» Elías le dijo: – «Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?» Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

Salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10 R. Tú, Señor, eres el lote de mi heredad

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 5, 1.13-18 Habéis sido llamados a la libertad

Hermanos: Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado. Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud. Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la Ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo.» Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente. Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la Ley.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 51-62 Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: – «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: – «Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: – «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» A otro le dijo: – «Sígueme.» Él respondió: – «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: – «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.» Otro le dijo: – «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: – «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

 

La libertad para el seguimiento

 

La despedida de Eliseo de los suyos, antes de responder a la sorpresiva llamada de Elías, expresa los deberes hacia la propia familia, que en la antigüedad tenían carácter sagrado. Pero en el evangelio Jesús da la impresión de contravenir esos deberes sagrados, cuando apremia a un seguimiento que parece implicar la ruptura de los lazos familiares. ¿Es así realmente? Sí y no.

La clave para entender las radicales exigencias que plantea Jesús está en las primeras palabras del evangelio de hoy: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”. La decisión de ir a Jerusalén está directamente relacionada con el mesianismo de Cruz que Jesús acababa de revelar a sus discípulos, y del que nos habló el evangelio del Domingo 12 de este ciclo C. Si Cristo es un Mesías que no ha venido a “triunfar” sobre sus enemigos destruyéndolos o sometiéndolos, y si el destino de la cruz (y el triunfo posterior de la Resurrección, que no es un triunfo contra nadie, sino abierto y a favor de todos) ha de ser compartido por sus discípulos, significa que quien se apresta a seguir al Maestro tiene que hacer las cuentas consigo mismo y con sus propias motivaciones. Todos los momentos del evangelio de hoy son, precisamente, una invitación a purificar las motivaciones de nuestra vida cristiana.

Así, en primer lugar, en sintonía con esa victoria de Jesús, que no tiene carácter bélico ni ideológico “contra” aquellos que lo rechazan de un modo u otro (como esa aldea samaritana que se niega a acogerlo), sus discípulos tienen que abstenerse de toda forma de violencia como método de extensión del evangelio. Jesús regaña a Juan y Santiago, que evidentemente todavía están pensando según esa vieja mentalidad que considera que, para servir a Dios, hay que combatir y exterminar a los que, según nuestro criterio, se oponen a Él. Aunque nos parezca una lección tan clara, no está de más recordarla. Porque responder a la violencia con la violencia, o usar la fuerza para imponer el evangelio, pese a la contradicción flagrante que implica, es una tentación de la que nunca estamos liberados del todo. Pero Jesús nos ha enseñado que debemos anunciar la Buena Nueva a todos con el saludo de paz, de modo que si la propuesta no es acogida, sin dejar de anunciar sin miedo, debemos retirarnos con respeto (cf. Lc 10, 1-11).

En segundo lugar, es condición de los que quieren seguir a Jesús, el que renuncien a la pretensión de cualesquiera ventajas materiales. Es verdad que en la comunidad cristiana es esencial la ayuda mutua, como expresión del verdadero amor fraterno, que toca también los aspectos materiales de la vida. Pero seguir a Cristo y ser cristiano no significa buscarse un refugio para huir de las intemperies del mundo. Jesús nos recuerda hoy que él es, precisamente, el que vive a la intemperie, sin un lugar en el que reclinar la cabeza, una más que probable alusión a la cruz: carece de una casa en la que refugiarse y descansar, vivir y también morir (que eso significa también reclinar la cabeza). Así que el que le sigue tiene que estar dispuesto a todo, incluso a perder ventajas materiales y seguridades si las circunstancias lo requieren. No será siempre así, pero el seguimiento de Cristo y la confesión de fe comportan riesgos que es preciso recordar y a los que siempre hay que estar dispuestos. El ejemplo de Pablo es, a este respecto, elocuente: al convertirse en discípulo y apóstol de Cristo, no sólo perdió sus antiguas seguridades y su poder (cf. Flp 3, 7-8), sino que tuvo que afrontar, por el testimonio de fe y el anuncio del evangelio, todo tipo de contratiempos y peligros (cf. 2 Cor 11, 23-28).

Por fin, están las aparentes incompatibilidades entre el seguimiento y los deberes familiares. En realidad Jesús no se opone a los deberes familiares, contenidos especialmente en el cuarto mandamiento. No olvidemos que, como el mismo Cristo dice, él no ha venido a suprimir la ley, sino a darle cumplimiento, esto es, llevarla a su perfección (cf. Mt 5, 17). Pero, por otro lado, esas obligaciones no deben ser un obstáculo ni convertirse en una excusa para no responder a la llamada al seguimiento, o para dejar esa respuesta para más adelante. El que dice “Déjame primero ir a enterrar a mi padre” no da a entender que su padre estuviera de cuerpo presente, y que Jesús no le permitiera cumplir con el deber sagrado de darle sepultura, sino que aquel quería posponer la respuesta mientras su padre estuviera vivo, y sólo después comenzar el camino del seguimiento. De modo similar, la advertencia dirigida al que quería “despedirse primero de su familia”, está indicando que la respuesta a la llamada es urgente y no admite esperas, como las implicadas en los largos ritos de despedida orientales. Jesús pasa y la llamada es apremiante, porque el Reino de Dios ya se ha hecho presente y requiere decisiones radicales. En este sentido, podemos entender que, en ocasiones, la propia familia, como también los lazos culturales, las propias tradiciones y todo lo que representa “la carne y la sangre” (cf. Mt 16, 17) pueden usarse como excusas para no acoger la llamada de Jesús, convertirse en obstáculos para una respuesta pronta y radical. Y es que esos lazos (familia, cultura, tradición, etc.) también están necesitados de salvación, de buena nueva, de la renovación del perdón y la gracia que Cristo trae consigo. La vida cristiana no puede ser un mundo paralelo a esas otras realidades, como la familia, el trabajo, etc., que se pueden poner en el otro lado de la balanza a la hora de tomar la decisión de vivir el Evangelio, no pueden convertirse en una especie de márgenes de nuestra relación con Cristo.

Jesús no nos llama, pues, a romper con la familia, sino a vivir nuestras relaciones familiares (y con todo lo que compone nuestro ámbito de pertenencia natural) también en la perspectiva del seguimiento y de la novedad del evangelio. De modo que si, en cualquier sentido, se da un conflicto entre las exigencias de nuestra vida cristiana y aquellas relaciones, tenemos que hacer una elección clara y decidida a favor de Cristo. Esta decisión, aunque pueda resultar conflictiva, no deja de ser a la larga beneficiosa, no sólo para quien la realiza, sino también para esas relaciones, que, como hemos dicho, también necesitan ser redimidas.

Así pues, Jesús nos está llamando a la suprema libertad en la que Él mismo vive. Y es de esta libertad de la que nos habla Pablo hoy con tanta fuerza. Hemos sido liberados en Cristo. Se trata de la libertad verdadera, que tan poco se parece a la que se proclama tanto, y a la que tal vez nosotros mismos aspiramos: la libertad para el capricho, para hacer “lo que me dé la gana”, sin dar cuentas a nadie. Las “ganas” equivalen aquí a lo que Pablo llama “la carne”: nuestras inclinaciones naturales, nuestros instintos, nuestras pasiones, tantas veces marcadas por el egoísmo. Cuando nos dejamos llevar por ellas, se producen conflictos entre intereses contrapuestos, guerras más o menos cruentas, en las que nos devoramos unos a otros. Si entendemos así la libertad, en realidad nos hacemos esclavos de nuestras pasiones, y entonces es imprescindible poner un coto a esa libertad irresponsable por medio de la ley, de prescripciones y restricciones que limiten el egoísmo. Al decir que “mi libertad termina en donde empieza la de los demás”, sin negar la parte de verdad que hay en ello, estamos entendiendo a los otros como puros límites de la propia libertad, que tendería a expandirse ahogando la de los demás (y viceversa). A lo más que se puede llegar por aquí es al respeto mutuo bajo la amenaza de castigos a los transgresores. Pero Jesús nos ha liberado para una forma superior de libertad: la libertad del amor. Si nos anima el Espíritu de Cristo nos hacemos libres, porque somos dueños de nosotros mismos, de nuestras inclinaciones y deseos, y podemos orientarlos no simplemente al servicio de nosotros mismos, sino al servicio de nuestros hermanos, hasta el punto de hacernos, como dice San Pablo, esclavos unos de otros. No es fácil imaginar lo fuerte que tenía que sonar esta expresión en una sociedad en la que la esclavitud estaba vigente. Pero, ¿no ha sido el mismo Jesús, Hijo de Dios, Señor y Maestro el que ha venido a servir y no a ser servido (cf. Mt 20, 28), el que se ha hecho esclavo nuestro, y nos ha lavado los pies (cf. Jn 13, 12-15)?

Con esta libertad para el amor y para el servicio, es evidente que las relaciones familiares (tantas veces lastradas por nuestras debilidades y egoísmos) no se resienten ni desaparecen, sino que, al contrario, quedan sanadas, fortalecidas y renovadas; dejan de ser la expresión de un egoísmo étnico (cultural, nacional, etc.), para convertirse en el punto de partida de un amor que se abre sin límites a toda la familia humana, pues en Cristo todos nos hemos convertido en hermanos y hermanas, hijos de un mismo Padre.

De ahí la urgencia de una respuesta pronta y generosa, sin dilaciones ni excusas, a la llamada del Señor, que pasa a nuestro lado, sin detenerse, camino de Jerusalén.

 

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Domingo 28 del Tiempo Ordinario (B)

octubre 13, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7-11 En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza

Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro, a su lado, es un poco de arena, y, junto a ella, la plata vale lo que el barro. La quise más que la salud y la belleza, y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables.

Salmo responsorial 89, 12-13. 14-15. 16-17 R. Sácianos de tu misericordia, Señor y toda nuestra vida será alegría.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13 La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón

La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos, juzga los deseos e intenciones del corazón. No hay criatura que escape a su mirada. Todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 17-30
 Vende lo que tienes y sígueme

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.» Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.» Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!» Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando, y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.» Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

 

La verdadera riqueza

 

Cuentan de un hombre, que era tan pobre, que sólo tenía dinero. Tremenda situación, pues si perdía su único bien se quedaba sin nada. La crisis mundial que padecemos nos refresca esta sencilla verdad. De repente nos hemos dado cuenta de lo pobres que somos si fiamos toda nuestra esperanza, todos nuestros valores, a la volátil economía. La dimensión económica de esta crisis es como la envoltura de otra más profunda, que afecta a nuestra escala de valores, al sentido de nuestra existencia. Pero esta, como todas las crisis, es una ocasión para revisarnos en profundidad y poner en cuestión nuestro modo de vida. “Salir de la crisis” no puede significar sólo estabilizar la economía, sino también y, sobre todo, rehacer nuestra escala de valores. Hay valores necesarios, que nos ayudan a sobrevivir: los medios de subsistencia; y hay valores esenciales que nos permiten vivir en sentido pleno, que nos salvan. Pese al desconcierto existente sobre los verdaderos valores, y la extendida idea de que todos ellos son relativos, en realidad, descubrir esa escala de valores no es tan difícil, aunque haya obstáculos que nos cieguen.

De esto habla hoy el evangelio. La pregunta es ¿en qué consiste la verdadera riqueza? ¿Qué bienes hacen que nuestra vida no se malogre? ¿Qué hemos de hacer para heredar la vida eterna? El joven rico es, ante todo, un joven, alguien que tiene toda la vida por delante y anda buscando su vocación, es decir, una vida con sentido, capaz de saciar el deseo de plenitud. Su pregunta es esencial, pues todos sabemos que nuestra vida se puede malograr. Y ha elegido bien al interlocutor: un Maestro y un maestro bueno, alguien que sabe, pero que además inspira confianza e irradia bondad. La verdad que procede de Dios no es un sistema abstracto de ideas, ni un conjunto de obligaciones desnudas, sino una verdad amable, cordial y amiga. Es una verdad encarnada en la persona de Jesús y, por eso mismo, una verdad con la que se puede dialogar, plantearle dudas y preguntas, buscar orientación y sentido. Gracias a la encarnación del Logos de Dios en la humanidad de Jesús, las respuestas que podemos obtener en diálogo con él no son respuestas estandarizadas, producidas a gran escala para la masa anónima, sino que tienen el sello personal del que responde (Jesús) pero también del que pregunta (el joven del evangelio, cada uno de nosotros). Y así ha de ser también el magisterio del cuerpo de Cristo, de la Iglesia, que tiene que tratar de ser siempre una maestra buena que anuncia la verdad que ha recibido de Dios; al mismo tiempo, a partir del común depósito de fe, ha de traducir esa verdad a las múltiples situaciones concretas y variadas en las que seres humanos de carne y hueso le plantean sus preguntas vitales. Y la bondad de ese magisterio debe reflejarse en el rostro humano y amable de quienes transmiten la buena noticia del Evangelio: los evangelizadores, sacerdotes, religiosos, catequistas, seglares, todos y cada uno de los creyentes deberíamos tratar de ser el rostro bondadoso que traduce la verdad que salva. Ello, como muestra el evangelio de hoy, no está reñido con el carácter exigente de esa verdad.

Jesús responde dando una primera indicación sobre la fuente y el origen de todo bien: todo lo bueno que hay en el mundo procede de Dios. No rechaza el título de maestro “bueno”, sino que recuerda que esa bondad reconocida con justicia en su persona y en su magisterio tiene su fuente en la paternidad de Dios. Y Dios no está lejos de nosotros. Por eso, acto seguido, le sugiere al joven que, en realidad, él sabe ya la respuesta: “ya sabes los mandamientos”. Decíamos antes que no es tan difícil rehacer la escala de valores que está en el fundamento de una vida con sentido, de una vida lograda. Por mucho que se insista en la relatividad de la verdad y de los valores, al final están las verdades del barquero a las que se aferran todos, incluyendo al más cínico y al más escéptico. Podremos discutir en teoría todas las normas, pero nadie quiere que le maten, ni siquiera que le peguen, ni que le pongan los cuernos, que le roben, le difamen o que le mienten a sus padres… Y en ese “no querer” se esconde el deseo de ser respetado, reconocido amado… Ahí, en esos mecanismos tan sencillos, se revelan verdades elementales sobre las que se levanta el edificio de la vida humana y de las relaciones sociales. Y lo que no queremos para nosotros no debemos hacérselo a los demás (cf. Tb 4, 15; Mt 7, 12). Mirándonos a nosotros mismos (“ya sabes…”) podemos entender con facilidad qué es lo que debemos hacer (“…los mandamientos”). Atenerse a ellos ya no será siempre tan fácil, pero ahí está la tarea de cada uno.

Esta respuesta de Jesús es una respuesta de mínimos, que nos indica un primer estadio del camino que lleva a la vida eterna. Lo primero es no hacer el mal y hacer el bien a los más próximos (padre y madre, pero podemos añadir, hermanos, hijos, los “nuestros”). Ya lo decían los romanos con su típica concisión: “Primum, non laedere!”: el primer bien es no hacer mal.

Pero, puesta la base mínima, es normal que nuestro corazón pida más. No estamos llamados sólo a no hacer esto o lo otro. Aunque evitar el mal es una verdad de Perogrullo (si bien no siempre resulta fácil en la práctica), una ética y una religión basada sólo en prohibiciones nos resulta árida y estrecha. Estamos hechos para algo más. Sin embargo, no conviene despreciar este primer estadio. No sólo porque por debajo del mínimo imprescindible nos hacemos malos y desentonamos de nuestra humanidad. También porque quien cumple o se esfuerza por cumplir, al menos, ese mínimo, está ya reconociendo a Dios (la fuente de toda bondad), lo sepa o no; y, lo que es más importante, cuando tratamos de seguir en conciencia eso que “ya sabemos” Dios nos mira con los ojos de Jesús, nos mira con cariño, nos ama.

La insistencia del joven rico expresa ese deseo de “algo más”, de no limitarse a un cumplimiento de mínimos. Si ese nivel ya lo ha cumplido “desde niño”, parece que el joven quiere avanzar hacia una vida de grandes ideales, no quiere quedarse en una permanente infancia o adolescencia moral y religiosa, sino que quiere alcanzar la madurez.

Ante tal disposición, Jesús no puede sino invitar a la entrega total de su vida a Dios y a los hermanos. Es importante indicar que aquí cambia el tono de su respuesta: del imperativo que prohíbe hacer mal, a la apelación a la libertad que llama a ir más allá del deber, hacia la perfección del amor. Para ello subraya primero la relatividad de los bienes materiales, que no son un fin sino sólo medios, que son pasajeros por definición. Ser ricos sólo de esos tesoros, “que la polilla y la herrumbre corroen”, significa vivir en lo efímero, y por ahí no es posible alcanzar la vida eterna. Jesús invita al joven a adquirir una riqueza superior, a “amontonar tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6, 20-21). Los medios materiales son necesarios, pero se gastan, lo queramos o no. Ahora bien, podemos gastarlos sólo en nosotros mismos, de modo egoísta; o podemos gastarlos también en los demás, con generosidad, que es, además, una forma superior y perfecta de justicia.

Hablando de la crisis y de rehacer nuestra escala de valores Jesús nos da una indicación valiosísima. Para salir de la crisis económica, y de esa otra que nos corroe el alma y nos seca el corazón, tenemos que mirar a los pobres, a los que carecen de lo más elemental, y compartir con ellos nuestras riquezas. Realmente, esta es la cosa “que nos falta”, no más bienes materiales, sino mayor generosidad, la capacidad de mirar más allá de lo nuestro y de los nuestros, para descubrir que en la perspectiva de la paternidad de Dios, fuente y origen de toda bondad, todos los seres humanos son “nuestros” y, por ello, “honrar padre y madre” (y al resto de nuestros familiares) significa extender nuestra mirada superando todo límite, para descubrir en cada ser humano a un hermano nuestro. Estamos en la época de la globalización, también en lo que hace a la crisis. Una crisis “global” requiere respuestas globales, sin exclusiones. Superar la crisis significa aprovechar la oportunidad para incluir en los parámetros de la vida digna a todos los excluidos.

En este sentido, hemos de entender la invitación de Jesús como dirigida a todos, no sólo a los que han recibido una vocación especial de dejarlo todo. Todos estamos llamados en una u otra medida a dar de nuestros bienes (materiales y no) a los pobres. Pero, por otro lado, parece que, en el caso del joven rico, Jesús sí que lo invita al desprendimiento total y a un seguimiento radical. Y es aquí donde entendemos que este hombre no sólo era joven, sino también rico. Las riquezas pecuniarias, los medios necesarios, por ser relativos, tienen que someterse a las riquezas que la polilla no corroe. Si no sucede así, los bienes materiales se apoderan de nuestro corazón, se convierten en un obstáculo y en un peligro: los medios convertidos en fines nos esclavizan y nos pierden, nos alejan de la vida eterna y nos encierran en la relatividad de lo efímero. Es lo que Jesús constata con tristeza cuando el joven se marcha pesaroso (bajo el peso de sus riquezas).

La crisis de nuestro tiempo es en la Iglesia también crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas. Tal vez haya que entender esta crisis, a la luz del evangelio de hoy, como una crisis de generosidad entre los cristianos. A lo mejor, si rehiciéramos el orden de prioridades y la jerarquía de bienes en nuestro corazón (el “ordo amoris” de San Agustín) sería posible superar también esta otra crisis.

Todos sentimos de un modo u otro el vértigo de la entrega total. Parece que renunciar en todo o en parte al bienestar material significa perderse a sí mismo. A eso suena el espanto de los discípulos ante la advertencia de Jesús por el peligro de las riquezas. Pero, como dice Jesús, la salvación definitiva es cosa de Dios. Sólo Él la garantiza y la ofrece gratuitamente, si estamos dispuestos a escucharle. Puede parecer que lo que nos exige es mucho, demasiado. Pero, si lo pensamos bien, en realidad no es tanto. Es Pedro el que cae en la cuenta. Es como si dijera: “¡Anda! Si resulta que nosotros ya estamos dejándolo todo para seguirte”. Y es que el seguimiento de Jesús no se inicia con el desgarro de la renuncia, sino por la fascinación ante el maestro bueno, que comunica palabras que dan vida y enriquecen por dentro y por fuera: nos sanan y nos abren a la humanidad entera, en la que descubrimos a la multitud de nuestros hermanos y hermanas reales y potenciales. Se trata de un riqueza perdurable acompañada en esta vida de dificultades y persecuciones (las que experimentó el mismo Jesús, hasta la Cruz), pero que nos encaminan (y Él mismo es camino) a la vida eterna.

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 24, 2018

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: – «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: – «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

Sal 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32 Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69 ¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -«¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: – «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: – «¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contestó: – «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

¿A quién vamos a acudir?

 

Llegamos al final del discurso del pan de vida. Durante el mismo Jesús, primero, ha alimentado nuestro cuerpo, enseñándonos que para poder repartir y que alcance para todos hay que estar dispuesto a compartir aun lo poco que tenemos. Y desde ahí nos ha invitado a elevar nuestra mirada al deseo de los bienes imperecederos, al deseo de otro pan, que él mismo nos da y que es su cuerpo entregado en sacrificio. Nos ha enseñado así que esos bienes imperecederos no se obtienen por la vía de la conquista, el esfuerzo o la violencia, porque no están al alcance de nuestras fuerzas, sino que son un don que alcanzamos por la vía paradójica de la entrega que Jesús mismo hace de su propia vida. De este modo nos ha introducido en una sabiduría, la sabiduría de la cruz, que trasciende la ciencia de este mundo. Y, llegados a este punto, Jesús nos cede la palabra, para que tomemos nosotros mismos una decisión. Del mismo modo que Yahvé no impone la salvación, sino que la propone mediante un pacto, así tampoco Jesús se impone por la fuerza (de ahí su renuncia a dejarse proclamar rey), sino que nos hace una propuesta, respetando en todo momento nuestra libertad.

En la primera lectura vemos este carácter propositivo y no impositivo de la acción salvífica de Dios, que no por eso deja de ser gratuita. Tras liberar al pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida, Dios propone al pueblo una alianza. A diferencia de las leyes necesarias de la naturaleza, la historia es el espacio de la libre acción humana. Y, por eso, el Dios de Israel se manifiesta ante todo en los acontecimientos históricos, en el ámbito en el que el hombre despliega su libertad, y propone una forma de relación que supone esa libertad por las dos partes. Dios es libre para salvar; pero el hombre, en este caso el pueblo, es libre para aceptar o rechazar la acción salvífica de Dios, aceptando o rechazando el pacto que le propone.

Jesús es el mediador de la nueva y definitiva alianza por medio de su propia sangre (cf. Hb 12, 24) y ahora, igual que en la primera, tenemos que tomar una decisión de aceptación o rechazo. El escándalo de la cruz, al que alude Jesús al hablar de su carne ofrecida y su sangre derramada, y en el que los discípulos han de participar también de un modo u otro (y eso es lo que significa comer su carne y beber su sangre), es en última instancia el criterio de discernimiento entre los verdaderos creyentes y los que no lo son.

Aquí Jesús usa el término “carne” en un sentido distinto del que hemos visto en los domingos anteriores. Allí su carne (su humanidad) entregada en sacrificio es el pan, el verdadero maná, que hemos de comer para alcanzar la vida eterna. Pero esto sólo se puede comprender si nos dejamos guiar por el Espíritu que anima esa carne, esa humanidad entregada, y que nos conduce a la fe. Ahora, la carne “que no vale para nada” es el modo exclusivamente humano de mirar a Jesús, de comprender sus palabras e interpretar sus signos: el deseo de saciarse sólo de pan, la voluntad de hacerle rey para manipularlo sometiéndolo a nuestros intereses (económicos, políticos y cualesquiera otros) y, en definitiva, el rechazo del camino mesiánico de Jesús que conduce a la cruz.

Así pues, Jesús, el mediador de la nueva alianza, nos está llamando a realizar una elección de fe, que implica la aceptación de la cruz como paradójico camino de la victoria: “subir a donde estaba antes”. Podemos entender por qué “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y Jesús, al parecer, no hace nada para retenerlos, sino que al tiempo que respeta la libertad de cada uno, pone al descubierto las motivaciones profundas: “algunos de vosotros no creen”. En este momento de profunda crisis en su ministerio, se dirige también a los más cercanos, a los que ese abandono masivo no podía no afectar. Ellos también habían conocido a Cristo según la carne, se habían forjado ilusiones poco fundadas, habían soñado con un mesianismo triunfante. Ahora empiezan a ver claro que las cosas no van por ahí. Y tienen que tomar partido. La respuesta de Pedro, que trasluce la dificultad de esa decisión (“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”), refleja también que ellos están empezando a ver a Jesús a la luz del Espíritu, y que su elección es realmente una elección de fe: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En esta respuesta, que es una confesión de fe, descubrimos que, contra lo que muchos piensan, no es una elección ciega. Pedro dice: “creemos y sabemos”. No es un saber teórico, sino uno que brota de la experiencia: es un saber que es un saborear, un experimentar de primera mano. Y esta experiencia es posible precisamente porque parte de una manifestación de Dios en la carne, que nos da la posibilidad de realizar una experiencia de Jesús, de escuchar sus palabras, que son espíritu y vida, de ver y comprender los signos que hace, de ser curados por Él. Pero es también una elección generosa, que exige renunciar al deseo de manipular a Dios, de hacer de Él nuestro rey, es decir, el talismán mágico que solucione nuestras necesidades materiales más inmediatas, el “Dios tapagujeros” al que recurrimos sólo cuando aprieta la necesidad. Esta elección de fe, lúcida y generosa, nos hace participar de la nueva humanidad de Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Y este es el significado esencial de la Eucaristía: comer el pan que es su carne, vivir como vivió Él, dando la vida, si llega el caso hasta el extremo, para, pese a perder a los ojos de este mundo (de esa carne que no sirve para nada), participar de la resurrección, la vida eterna, que en la humanidad de Jesús se ha hecho ya presente en este mundo.

De este modo nos introducimos en la familiaridad con Dios: igual que el Hijo vive por el Padre, el que come su carne vive por él (cf. Jn 6, 57). Esta nueva e íntima forma de relación con Dios no puede no reflejarse en las relaciones entre los hombres, y también en las relaciones familiares. Es lo que nos recuerda hoy Pablo en la carta a los Efesios. Demasiado afectados por las modas del momento, una lectura feminista nos puede llevar con facilidad a rechazar algunas expresiones de ese texto, atribuyéndolo a prejuicios de la época. Pero tenemos que hacer un esfuerzo por leer estas exhortaciones en una clave específicamente bíblica y evangélica. Entonces podemos comprender que la llamada a la sumisión de las mujeres a los maridos no ha de entenderse como una servidumbre que rebaja la dignidad de la mujer, sino como expresión de esa sumisión de unos a otros con respeto cristiano que es consecuencia del amor. Igual que la alianza entre Dios y su pueblo, y la que establece Cristo con el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, supone necesariamente la libertad de las partes, así aquí, no se habla de una sumisión servil, sino libre, como la de María que se hace libremente la sierva del Señor, como la de Jesús, que se somete a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42; Hb 10, 7). Es decir, las relaciones familiares no se conciben aquí “según la carne”, no están basadas sólo en el deseo y la necesidad, sino que, como alianza de libertades, se basan en un amor que se entrega, respeta al otro en su alteridad, exige la disposición a dar la vida, como Cristo ha dado la suya.

Como en el caso de Pedro en su respuesta a Jesús, no es posible entender esta forma de amor matrimonial si lo reducimos a parámetros sociológicos, más o menos condicionados históricamente. Aunque estos nos puedan ayudar a depurar formas de relación también históricas que no son conformes con el verdadero ideal evangélico, al fin y a la postre, se trata también aquí de hacer una elección de fe, de dejarse guiar por el Espíritu para hacer una experiencia de un amor matrimonial eucarístico y transfigurado por la Palabra encarnada que es espíritu y vida. También en este ámbito es necesario creer y es posible saber.

 

Domingo 23 del tiempo ordinario (C)

septiembre 4, 2016

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-18 ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17 Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido
Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 25-33 El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

 

Posponer para mejor amar

El evangelio de hoy comienza con unas palabras enigmáticas, casi escandalosas, que parecen contradecir, no sólo el espíritu del evangelio mismo, centrado todo él en el mandamiento nuevo del amor, sino, incluso, los (viejos) mandamientos de la ley de Dios, que, en el cuarto de ellos, nos mandan honrar padre y madre. Al exponer las condiciones para ser discípulos suyos, Jesús dice que para ello es preciso “odiar” a padre, madre, mujer (marido), hijos, hermanos y hermanas, incluso a sí mismo. Es verdad que el texto en español que hemos leído está edulcorado, y no dice “odiar”, sino “posponer”. Si leemos diversas traducciones de este pasaje, podemos encontrar términos tan variados como “odiar” (así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén), posponer, despreciar, etc. La versión griega usa, de hecho, el verbo “miseo”, que significa literalmente odiar. ¿Es que la fe y el amor a Jesús y a Dios conllevan un conflicto con las relaciones humanas, precisamente, las más inmediatas, de modo que elegir la fe y el amor a Dios implica renunciar o, al menos, dejar en segundo plano aquellas?

En realidad, parece que detrás del verbo “odiar” usado por Lucas se esconde una insuficiencia del arameo subyacente, que carece del matiz que nosotros expresamos en el verbo “preferir”. Esta forma de entender ese extraño “odiar” (o “aborrecer”, o “posponer”) lo confirma la versión de este pasaje en el Evangelio de Mateo, que se expresa positivamente: “el que ama a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

images-1Efectivamente, Jesús nos llama a una elección radical y sin componendas, que significa ponerlo a él en un primer lugar absoluto, en la cumbre de los afectos y de las preferencias. Sólo de esta forma radical y sin medias tintas es posible seguirle de verdad, ser realmente discípulo suyo. Pero esta preferencia radical y exclusiva, que conlleva “posponer” hasta los lazos afectivos más inmediatos, no significa una disminución o debilitación del amor que debemos a los nuestros, a nuestros padres, hermanos, mujeres o maridos, hijos, etc. Al contrario, la elección absoluta a favor de Jesús como nuestro único Señor y Maestro sana, purifica y fortalece nuestra capacidad de amar a todos, y también a los más cercanos, porque le da una medida nueva. Esa medida es, precisamente, el mismo Cristo y el amor con que nos ha amado. La apostilla “incluso a sí mismo” (en otras traducciones se dice “incluso a su propia vida”) aclara esto último: es Cristo el que ha despreciado su propia vida, al entregarla en la Cruz por nosotros. De ahí, también, la alusión a la Cruz: para caminar en pos de Jesús y ser discípulo suyo es preciso aceptar y tomar la cruz. Y esto no significa otra cosa que la disposición a amar hasta la entrega total de la propia vida. Amar dando la vida (despreciando la propia vida) significa tomar la decisión de amar sin condiciones, de poner el amor por encima de cualesquiera intereses, aficiones, valores que puedan disputarle a la fuente del amor (que es el mismo Cristo) el primer puesto en nuestros afectos, en el “ordo Amoris” de nuestro corazón.

Preferir a Jesús de manera exclusiva y sin componendas es conectarse a la fuente del amor verdadero, el mismo Dios. Es cierto que todo amor humano viene de Dios. Pero todos sabemos hasta qué punto el amor humano está herido, enfermo, debilitado y condicionado por el egoísmo, y, por tanto, dificultado por múltiples intereses, aficiones y valores que rivalizan continuamente en nosotros por ese “primer puesto” que Jesús reclama para sí. Y esta anemia de nuestros amores se manifiesta también en las relaciones más cercanas e inmediatas. ¡Cuántas veces los propios padres se quitan de encima a sus hijos pequeños, que les reclaman atención y amor, poniéndoles un DVD para que no les molesten mientras, por ejemplo, ven un partido de fútbol! Muchos matrimonios acaban mal por la incapacidad de tomar sobre sí la cruz de las inevitables limitaciones y defectos del otro. Muchos vínculos familiares se rompen por disputas ideológicas o económicas, a veces por grandes herencias, a veces por cuatro perras miserables…

Poner a Jesús en el primer lugar y preferirle por encima de todo significa valorar más el tesoro de la relación, de los vínculos familiares, de la amistad, etc., que nuestras aficiones o ideas particulares, la “razón” que creemos tener, o la fortuna grande o pequeña que tanto nos tienta, pero que no nos podremos llevar a la tumba. Ahora podemos entender también, por qué Jesús, al final de su llamada a una elección radical para ser sus discípulos, incluye además la renuncia a todos los bienes. No significa esto que todos, ni siquiera la mayoría, hayan de despojarse de todo lo que tienen para poder ser cristianos, sino que también debemos anteponer nuestra fe en Jesús a todo interés material, a todo egoísmo que grava e impide nuestra capacidad de amar.

El seguimiento de Cristo es una empresa que merece ser ponderada con cuidado. Emprenderla sin la disposición necesaria, pretendiendo searchcompaginar la fe con actitudes y formas de relación incompatibles con ella, es iniciar un camino a ninguna parte, afrontar una batalla perdida de antemano. Si para construir torres y ganar batallas hay que contar con los medios adecuados, también para poder llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a hacer acopio de los medios necesarios, cultivando en nuestra vida las actitudes acordes con la fe que profesamos. En realidad la adquisición de estos “medios” puede hacerse sólo en contacto vivo con el Maestro, que nos los enseña, y con su gracia y nuestra cooperación los va haciendo crecer en nosotros. No se puede aprender a tomar la propia cruz más que en la escuela de Aquel que entregó su vida en la Cruz; no es posible preferir a Cristo antes que la propia vida más que si estamos vitalmente vinculados por la fe, la oración y los sacramentos con el que despreció su propia vida imagespor amor nuestro.

Algo de esto nos enseña Salomón en la primera lectura. Él, considerado el hombre más sabio de su tiempo, tiene que reconocer que todos los conocimientos humanos, filosóficos o científicos, que con gran esfuerzo y no pocos errores vamos acumulando, no se pueden comparar con la sabiduría que Dios otorga a los que están abiertos a su enseñanza, y que sólo de Él es posible recibir, la sabiduría que salva, la sabiduría del amor. Jesús es el Maestro de esta sabiduría, que Dios nos ha enviado.

Decíamos al principio que esa aparente contradicción entre amar a Cristo y a los “propios” se resuelve cuando entendemos que preferir a Jesús es el mejor modo de amar de verdad y sin egoísmo a padres, hijos y hermanos. Al leer la carta de Pablo a Filemón, esa joya de la primera generación cristiana, entendemos, además, que gracias a esa preferencia nuestra capacidad de amar se amplía infinitamente, supera toda barrera y alcanza a todos. En Cristo, el Hijo de Dios, comprendemos que todos los hombres, sin excepción, son hermanos nuestros. Sin grandes proclamas ni manifiestos (de esos que tanto gustan hoy, pero que suelen quedarse en papel mojado) contra la monstruosa inhumanidad de la esclavitud, Pablo se limita a descubrirle a su amigo y discípulo Filemón que Onésimo, su esclavo, su propiedad, es, en realidad, hermano suyo en Cristo. Sin solemnes alardes ideológicos, Pablo había lanzado la carga de profundidad que habría de terminar con esa institución odiosa y contraria al plan de Dios. Y ahí vemos con toda claridad, con toda su fuerza, hasta qué punto preferir a Cristo por encima de todo es el mejor modo de amar a todos con un amor puro y un corazón indiviso, de superar barreras y conflictos, de poner las bases de un mundo nuevo y fraterno.

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (C)

junio 18, 2016

Lectura del profeta Zacarías 12,10-11 Mirarán al que atravesaron

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 3,26-29 Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 18-24 Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer much

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

imagesLa persona de Jesús difícilmente deja indiferente a nadie. Incluso quienes se encuentran en cierto sentido en las antípodas de lo que Cristo representa han experimentado la fascinación de su persona, y muchos de ellos han tratado de atraer su figura hacia su propia posición. Los ilustrados del siglo XVIII vieron en Jesús a un maestro de la moralidad racional que ellos defendían, los revolucionarios de todo signo han querido ver en él una encarnación de sus propios ideales de subversión del orden (o desorden) establecido. Hasta el gran profeta del ateísmo y negador radical del cristianismo, Nietzsche, vio en Jesús una de las manifestaciones históricas del superhombre, si bien finalmente fallida. Como personaje histórico que es, Jesús está abierto a las más variadas interpretaciones de su persona y su vida. Aunque, con frecuencia, esas interpretaciones no son más que una proyección de las ideas de quienes las hacen, más que una apertura verdadera al mismo Jesús de Nazaret. También en tiempos de Jesús corrían diversas opiniones sobre su persona, pues tampoco en aquel tiempo dejaba indiferente a casi nadie. Las distintas opiniones sobre la identidad de Jesús tenían sobre todo, como era lógico en aquel tiempo y contexto social, una clave religiosa. De ahí que las respuestas que los discípulos dan a la pregunta inicial de Jesús, “¿qué dice la gente que soy yo?”, apunten a la figura más característica de la experiencia de Israel, el profetismo: Juan el Bautista, Elías, uno de los antiguos profetas. Pero esta primera pregunta no es más que el preámbulo de la verdadera pregunta, la que en realidad importa: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”; es decir, tú, ¿qué dices de mí? ¿Quién soy yo para ti? Es una pregunta inevitable, que todo creyente en Cristo tiene que plantearse alguna vez, o, mejor, que Jesús, de un modo u otro, plantea inevitablemente a todo creyente.

Esto es así porque la fe, en muchos casos heredada por tradición, tiene que ser en algún momento asumida personalmente. La pregunta se plantea y puede ser respondida sólo después de un cierto conocimiento de Jesús. Por eso, en la experiencia de muchos de nosotros, no es preciso denigrar, como a veces se hace, el hecho de haber recibido la fe en la infancia, como si esto fuera una pura imposición. Que no lo es necesariamente, lo revela el que siempre llega el momento en que hemos de asimilar como propio (o rechazar) el bagaje (no sólo el religioso) recibido en los primeros años de nuestra vida. De hecho, así se puede entender el hecho de que Mateo narre este episodio justamente en la mitad de su evangelio, cuando, tras un breve y aparente éxito inicial, muchos de los que siguieron a Jesús lo han abandonado, y él se dirige a Jerusalén, donde le espera la muerte en Cruz. Se trata de una encrucijada vital en la que los discípulos tienen que definirse y tomar partido. Lucas, en el texto que hemos leído hoy, subraya otro contexto de la pregunta, no menos importante: es un contexto de oración. Indica, significativamente, que se trata de la oración de Jesús a solas, a una soledad a la que se acercan los discípulos. Es decir, los discípulos rompen la soledad de Jesús (los discípulos verdaderos son lo que no le dejan solo), y, además, se introducen en su misma oración. La oración del cristiano significa participar en la oración de Cristo: retirarse para orar no es apartarse, sino entrar en relación, en primer lugar con Jesús; y, a partir de Él, con todo el mundo. Y es, precisamente, este contexto de oración y de relación viva con Él el que permite responder adecuadamente a la pregunta. La respuesta de Pedro, en nombre de todos los demás, no es una respuesta estándar, una opinión común, o una mera verdad teórica aprendida en algún libro y sin implicaciones vitales. No expresa lo que “se dice” de Jesús, sino la propia experiencia personal, mi respuesta a la pregunta dirigida a . Es decir, esta respuesta es una confesión de fe, que manifiesta una relación profunda de confianza y pertenencia. El que así confiesa habla de un vínculo vital lleno de consecuencias, positivas pero también peligrosas, pues está expresando la voluntad de compartir con el Maestro, en el que se reconoce al Ungido (Cristo) enviado por Dios, su vida y su destino.

El momento de la asunción personal de la fe implica, ciertamente, un paso hacia la madurez de la vida cristiana. No significa esto que se sepa ya todo, que se conozca todo lo que se sigue para la propia vida de esta confesión y este vínculo de fe. Significa que la relación con Cristo ya no es sólo cuestión de herencia cultural, de nacionalidad o de contagio sociológico, sino que es una decisión personal, y una decisión de fe, por la que se deposita la propia confianza en aquel que porta en sí el Reino de Dios y nos abre las puertas a la filiación divina.

Sólo cuando se ha dado este paso hacia la fe madura se puede producir la revelación por parte de Jesús del sentido, extraño y paradójico, de su mesianismo. No se trata de un mesianismo triunfal, que se impone y vence por la fuerza sobre los enemigos, sobre los “demás”, por ejemplo, sobre el invasor romano, o sobre los que no confiesan su nombre. Al contrario, Jesús empieza a hablar desde este momento (precisamente a sus discípulos, al pequeño círculo de los que han dado este paso de fe) de la necesidad de que el Hijo del hombre sufra, sea rechazado, condenado y entregado a la muerte.

Incluso para los creyentes que han dado el paso de una confesión personal resulta difícil aceptar images-2este extraño mesianismo. Todos tenemos metida hasta los tuétanos la idea de una victoria sobre los que, de un modo u otro, consideramos enemigos o rivales. Sin embargo, si en el caso de Cristo hubiera sido así, si hubiera usado su autoridad y su poder para derrotar, someter o destruir a “otros”, a determinados grupos, por ejemplo, nacionales, como los romanos invasores y ocupantes de su patria, o ideológicos, como los saduceos y los herodianos, detentadores del poder y colaboracionistas, o cualesquiera otros, lo único que habría hecho es instaurar una división más entre los seres humanos, entre “buenos” (en cualquier sentido) y “malos”, entre propios y extraños, entre amigos y enemigos. Al entregarse a la muerte, Jesús, en primer lugar, asume el destino de todos los seres humanos sin excepción, pues todos hemos de pasar por el amargo trance de la muerte; al asumir una muerte violenta e injusta, no se somete simplemente al puro hecho biológico del final del ciclo vital, sino que toca y asume sus raíces morales, ese “no deber ser” con que nos topamos tantas veces en la vida, que algunos padecen con especial crueldad, y que pone en cuestión incluso el sentido relativo de nuestro breve paso por este mundo.

¿No son nuestras cerrazones, nuestros egoísmos, nuestra tendencia a excluir y discriminar por cualesquiera motivos, una de las raíces principales del sufrimiento de los hombres y de las injusticias de nuestro mundo? Somos proclives a levantar murallas físicas, psicológicas, legales, que nos separan de “otros”, considerados indeseables en cualquier sentido. Es evidente que Jesús no ha venido a establecer nuevas fronteras, sino a eliminar y superar precisamente aquellas que son fruto del odio, la discriminación y la injusticia (pues aquí, es claro, no estamos hablando de problemas administrativos ni aduaneros). Pero, si esas fronteras excluyentes e injustas provocan sufrimiento y muerte, Jesús ha asumido ese precio para, removiéndolas, hermanarnos a todos en torno a sí, hijo del Padre, haciéndonos partícipes de su misma filiación. Lo entendió bien Pablo cuando exclama que la fe se expresa en el bautismo, por el que nos revestimos de Cristo y superamos así esas barreras raciales y religiosas, nacionales, sociales y sexuales, de modo que, en él, podemos descubrir los profundos vínculos que nos unen.

images-1Aceptar a Cristo por la fe, como Pedro hoy, significa aceptar el mesianismo de la Cruz, y esto implica aceptar la cruz en nuestra vida cotidiana. Seguir a Jesús, negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día, todo esto significa asumir el límite propio y ajeno, y no hacer de él una excusa para no amar, para excluir o para aislarse. Existen límites de muy diverso tipo que separan y enfrentan. Asumir el límite y tratar de superarlo es como morir un poco, pues ello comporta sufrimiento. Pero ese es el precio del verdadero amor. Ama de verdad el que está dispuesto a sufrir por la persona amada. Y el que acepta el reto del amor ya no acepta barreras, fronteras y divisiones que nos hacen extraños unos a otros, sino que, sabiendo que no siempre es fácil, que no hay garantías absolutas de éxito, que, en ocasiones, esa forma de vida comportará sufrimiento, pese a todo, vive abierto y dispuesto a reconocer en cualquier hombre o mujer, sin importarle su raza, condición social, ideología o confesión religiosa, a un hermano y hermana suya. Con frecuencia esa actitud tendrá la apariencia de una derrota, de una pérdida, de una negación, pero, al estar vinculada al Cristo en quien hemos depositado nuestra fe y nuestra confianza, y que murió por amor y resucitó para darnos nueva vida, se tratará en realidad de una victoria definitiva, de una ganancia que ya nadie podrá arrebatarnos

Domingo 21 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 22, 2015

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32 Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna

¿A quién vamos a acudir?

Llegamos al final del discurso del pan de vida. Durante el mismo Jesús, primero, ha alimentado nuestro cuerpo, enseñándonos que para poder repartir y que alcance para todos hay que estar dispuesto a compartir aun lo poco que tenemos. Y desde ahí nos ha invitado a elevar nuestra mirada al deseo de los bienes imperecederos, al deseo de otro pan, que él mismo nos da y que es su cuerpo entregado en sacrificio. Nos ha enseñado así que esos bienes imperecederos no se obtienen por la vía de la conquista, el esfuerzo o la violencia, porque no están al alcance de nuestras fuerzas, sino que son un don que alcanzamos por la vía paradójica de la entrega que Jesús mismo hace de su propia vida. De este modo nos ha introducido en una sabiduría, la sabiduría de la cruz, que trasciende la ciencia de este mundo. Y, llegados a este punto, Jesús nos cede la palabra, para que tomemos nosotros mismos una decisión. Del mismo modo que Yahvé no impone la salvación, sino que la propone mediante un pacto, así tampoco Jesús se impone por la fuerza (de ahí su renuncia a dejarse proclamar rey), sino que nos hace una propuesta, respetando en todo momento nuestra libertad.

A donde 2En la primera lectura vemos este carácter propositivo y no impositivo de la acción salvífica de Dios, que no por eso deja de ser gratuita. Tras liberar al pueblo de la esclavitud y llevarlo a la tierra prometida, Dios propone al pueblo una alianza. A diferencia de las leyes necesarias de la naturaleza, la historia es el espacio de la libre acción humana. Y, por eso, el Dios de Israel se manifiesta ante todo en los acontecimientos históricos, en el ámbito en el que el hombre despliega su libertad, y propone una forma de relación que supone esa libertad por las dos partes. Dios es libre para salvar; pero el hombre, en este caso el pueblo, es libre para aceptar o rechazar la acción salvífica de Dios, aceptando o rechazando el pacto que le propone.

Jesús es el mediador de la nueva y definitiva alianza por medio de su propia sangre (cf. Hb 12, 24) y ahora, igual que en la primera, tenemos que tomar una decisión de aceptación o rechazo. El escándalo de la cruz, al que alude Jesús al hablar de su carne ofrecida y su carne derramada como pan y vino, y en el que los discípulos han de participar también de un modo u otro (y eso es lo que significa comer su carne y beber su sangre), es en última instancia el criterio de discernimiento entre los verdaderos creyentes y los que no lo son.

Aquí Jesús usa el término “carne” en un sentido distinto del que hemos visto en los domingos anteriores. Allí su carne (su humanidad) entregada en sacrificio es el pan, el verdadero maná, que hemos de comer para alcanzar la vida eterna. Pero esto sólo se puede comprender si nos dejamos guiar por el Espíritu que anima esa carne, esa humanidad entregada, y que nos conduce a la fe. Ahora, la carne “que no vale para nada” es el modo exclusivamente humano de mirar a Jesús, de comprender sus palabras e interpretar sus signos: el deseo de saciarse sólo de pan, la voluntad de hacerle rey para manipularlo sometiéndolo a nuestros intereses (económicos, políticos y cualesquiera otros) y, en definitiva, el rechazo del camino mesiánico de Jesús que conduce a la cruz.

Así pues, Jesús, el mediador de la nueva alianza, nos está llamando a realizar una elección de fe, que implica la aceptación de la cruz como paradójico camino de la victoria: “subir a donde estaba antes”. Podemos entender por qué “desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y Jesús, al parecer, no hace nada para retenerlos, sino que al tiempo que respeta la libertad de cada uno, pone al descubierto las motivaciones profundas: “algunos de vosotros no creen”. En este momento de profunda crisis en su ministerio, se dirige también a los más cercanos, a los que ese abandono masivo no podía no afectar. Ellos también habían conocido a Cristo según la carne, se habían forjado ilusiones poco fundadas, habían soñado con un mesianismo triunfante. Ahora empiezan a ver claro que las cosas no van por ahí. Y tienen que tomar partido. La respuesta de Pedro, que trasluce la dificultad de esa decisión (“Señor, ¿a quién vamos a acudir?”), refleja también que ellos están empezando a ver a Jesús a la luz del Espíritu, y que su elección es realmente una elección de fe: “Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. En esta respuesta, que es una confesión de fe, descubrimos que, contra lo que muchos piensan, esta no es una elección ciega. Pedro dice: “creemos y sabemos”. No es ciertamente un saber teórico, sino que brota de la experiencia: es un saber que es un saborear, un experimentar de primera mano. Y esta experiencia es posible precisamente porque parte de una manifestación de Dios en la carne, que nos da la posibilidad de realizar una experiencia de Jesús, de escuchar sus palabras, que son espíritu y vida, de ver y comprender los signos que hace, de ser curados por Él. Pero es también una elección generosa, que exige renunciar al deseo de manipular a Dios, de hacer de Él nuestro rey, es decir, el talismán mágico que solucione nuestras necesidades materiales más inmediatas, el “Dios tapagujeros” al que recurrimos sólo cuando aprieta la necesidad. Esta elección de fe, lúcida y generosa nos hace participar de la nueva humanidad de Cristo, en el misterio de su encarnación, muerte y resurrección. Y este es el significado esencial de la Eucaristía: comer el pan que es su carne, vivir como vivió Él, dando la vida, si llega el caso hasta el extremo, para, pese a perder a los ojos de este mundo (de esa carne que no sirve para nada), participar de la resurrección, la vida eterna, que en la humanidad de Jesús, en la carne de Cristo, se ha hecho ya presente en este mundo.

De este modo nos introducimos en la familiaridad con Dios: igual que el Hijo vive por el Padre, el que come su carne vive por él (cf. Jn 6, 57). Esta nueva e íntima forma de relación con Dios no puede no reflejarse en las relaciones entre los hombres, y también en las relaciones familiares. Es lo que nos recuerda hoy Pablo en la carta a los Efesios. Demasiado afectados por las modas del momento, una lectura feminista del texto nos puede llevar con facilidad a rechazar algunas expresiones de ese texto, atribuyéndolo a prejuicios de la época. Pero tenemos que hacer un esfuerzo por leer estas exhortaciones en una clave específicamente bíblica y evangélica. Entonces podemos comprender que la llamada a la sumisión de las mujeres a los maridos no ha de entenderse como una servidumbre que rebaja la dignidad de la mujer, sino como expresión de esa sumisión de unos a otros con respeto cristiano que es consecuencia del amor. Igual que la alianza entre Dios y su pueblo, y la que establece Cristo con el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, supone necesariamente la libertad de las partes, así aquí, no se habla de una sumisión servil, sino libre, como la de María que se hace libremente la sierva del Señor, como la de Jesús, que se somete a la voluntad del Padre (cf. Lc 22, 42; Hb 10, 7). Es decir, las relaciones familiares no se conciben aquí “según la carne”, no están basadas sólo en el deseo y la necesidad, sino que, como alianza de libertades, se basan en un amor que se entrega, respeta al otro en su alteridad, exige la disposición a dar la vida, como Cristo ha dado la suya.

Como en el caso de Pedro en su respuesta a Jesús, no es posible entender esta forma de amor matrimonial si lo reducimos a parámetros sociológicos, más o menos condicionados históricamente. Aunque estos nos puedan ayudar a depurar formas de relación también históricas que no son conformes con el verdadero ideal evangélico, al fin y a la postre, se trata también aquí de hacer una elección de fe, de dejarse guiar por el Espíritu para hacer una experiencia de un amor matrimonial eucarístico y transfigurado por la Palabra encarnada que es espíritu y vida. También en este ámbito es necesario creer y es posible saber.

Sal de tu tierra

marzo 18, 2011

«Yahvé dijo a Abram: “Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”.» (Gn. 12,1)

Sal, ponte en camino, camina, que la rutina no te entumezca, ni te adormezca la inercia que te lleva como un torrente; sé protago¬nista de tu propia vida: ella misma es un camino que tú debes recorrer personalmente. No creas a los que dicen que «no hay nada que hacer», «que nada hay nuevo bajo el sol», que es preciso vivir «como todo el mundo», que es preciso no complicarse la vida… Por el contrario, tus pasos son tuyos, tu camino es único y nadie lo puede recorrer por ti:

El camino que tienes ante ti no lo conoce nadie. / Nadie ha ido nunca por el camino por el que tendrás que ir tú. / ES TU CAMINO / Insustituible. / Puedes dejarte aconsejar, / Pero decidir, eso debes hacerlo tú. / Escucha la voz de tu maestro interior. / Dios no te ha dejado solo. / Él habla contigo en tus pensamientos. / Confía en Él. / Confía en ti mismo.

                              (U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

De tu tierra: sal de tu seguridad cotidiana, no te conformes. En realidad, lo que crees tu tierra es tu exilio: tu tierra, tu verdadera patria, tu identidad única y auténtica es sólo una promesa (es tierra prometida) y tienes que buscarla, irla creando en el diálogo con la realidad que es tu biografía.

Lo que crees tu tierra, en cambio, es una seguridad engañosa que te puede alienar y extraviar, hacer de ti un extranjero en tu casa, un exiliado interior.

Eso que crees tu tierra, de la que has de salir, si quieres, son tus convicciones (políticas, éticas, religiosas) no personalizadas, heredadas por tradición o aceptadas por contagio, pero que no han hecho carne en tu realidad profunda, que no son verdad vital, sino adherencia, como una costra. Son también tus prejuicios, respuestas fáciles a problemas difíciles, que te evitan toda confrontación con la realidad, toda búsqueda y la humildad de reconocer que no lo sabes todo; son tus máscaras, esos parapetos en los que te escudas fácilmente, como los papeles,  los roles que desempeñas a diario, tu estatus social, tu prestigio, la imagen que quieres dar, las cosas que te identifican como un tipo de hoy; o ideologías que te dan relieve: un relieve engañoso que consiste en ser apreciado por no disentir, por someterse, por «ser como todo el mundo». Las máscaras son muy útiles, pues te evitan precisamente dar la cara, exponerte, arriesgar, dando lo más auténtico de ti; pues al exponerte serás auténtico, pero también, ¡qué fastidio!, revelas tus límites, tu pequeñez, la verdad palmaria de que no eres autosuficiente ni perfecto: pones al descubierto que existen sombras en tu vida que no quisieras afrontar.

Tu tierra, lo que crees tu tierra, son también tu dinero y tus cosas: las que tienes o las que quieres tener, y que te dan -o te prometen- tanta seguridad; son tus relaciones habituales, tal vez vulgares, guiadas por el interés y que esconden tu pobreza. Tu tierra es también lo cotidiano que adormece tu sensibilidad para lo extraordinario y nuevo; es tu rutina semiinconsciente, que impide que vivas con los ojos abiertos, desde ti mismo; es, en suma, tu superficialidad, que ahoga tu capacidad para vivir profundamente, de forma que ni te das cuenta de las raíces del mal que hay en ti, ni, sobre todo, del tesoro escondido que hay en tu campo, en tu verdadera patria.

Pero, cuidado, tu tierra, lo que crees tu tierra, de la que debes salir, pueden ser también tus cualidades, tus compromisos, tus buenas acciones, de las que te sientes satisfecho; para los que «tienen experiencia» de vida cristiana (de oración, de apostolado, de vida consagrada, etc.), también esa experiencia puede ser la tierra de la que han de salir. También de ahí te manda salir el Señor.

«Sal de tu tierra» es una llamada continuamente repetida en la Biblia. En el mismo relato de la creación se indica su dimensión originaria: el hombre dejará a su padre y a su madre (su patria, su tierra) para unirse a su mujer y ser una sola carne y hacer así una historia nueva (cf. Gn 2,24). El pueblo de Israel, guiado por Moisés, sale de la seguridad esclavizante de Egipto -los ajos y cebollas, los horizontes limitados y estrechos, la alienación dulce- «a la tierra que te mostraré» (cf. Ex 3). Los salmos exhortan en la misma dirección, aunque en ellos el hombre expresa a veces su inseguridad y su angustia: «tú me conduces a espacio abierto» (Sal 18,20); pero también el júbilo de la elección: «olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza» (Sal 44). María salió de su casa a la montaña de Judea y experimentó allí lo extraordinario de Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). También Jesús sale de su aldea, su pequeño mundo, en donde están sus raíces, sus recuerdos, sus seguridades, y se va al desierto, en donde experimenta los embates que habrá de sufrir durante su vida pública: las tentaciones de la búsqueda del propio provecho, del triunfo sorprendente, de las componendas…

Pero responder a la llamada -caminar en pos de la autenticidad de la propia vida- exige pagar un precio. Al fin y al cabo, en la tierra de lo cotidiano y superficial, basta «tener un poco de suerte» para ser más o menos feliz, sin grandes cuestionamientos, sin complicarse la vida. Y salir de esa tierra (que no será de promisión, que será, cierto, algo esclavizante, pero en la que, al menos, hay ajos y cebollas y algo de carne) exige adentrarse en el desierto, en el que uno está expuesto y sin agarraderos, significa exponerse a lo desconocido, arriesgar lo que se tiene. El desierto es el lugar del silencio en que nos probamos a nosotros mismos, desasidos de falsas seguridades, donde nos exponemos y, haciéndonos más conscientes de nosotros mismo, podemos escuchar las voces que nos brotan de lo más hondo: reconocer las tentaciones (que en la vida cotidiana, tal vez no nos lo parecen), pero también la voz del Dios que nos habla al corazón y nos da la fuerza para vencer aquellas.

Expuestos y a la escucha, centrados en lo esencial, en el desierto aprendemos a desenredarnos y a hacernos disponibles. El «Sal de tu tierra» tiene un sentido estrictamente humano, el ser humano, hombre o mujer, llamado a realizar su destino, su vocación humana única, alcanzar la autenticidad:

Nadie tiene tu huella dactilar. / Nadie tiene tu voz. / Nadie dice «te quiero» como tú lo dices. / Nadie cree como tú. / Nadie tiene tu historia. / Nadie percibe el mismo duelo, la misma dicha, como tú. / Nadie es como tú. / Nadie en tu país, / en tu continente, / en el tercer planeta del sistema solar, / en esa galaxia que llamamos Vía Láctea. / Nadie. / Porque tú eres único.

(U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

Pero salir de la tierra tiene además un estricto sentido cristiano: la relación con Dios es encuentro y camino. Es, para nosotros, una llamada de Cristo (ven, deja…), un camino de seguimiento (sígueme), una tarea o misión (id, anunciad…), para alcanzar la «patria de la identidad»: el Reino de Dios, la plenitud personal, pues «el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,21) y «vuestros nombres están escritos en el libro de la vida» (cf Flp 4,3). Cristo mismo es llamada, camino y meta.

Pero esta verdad esencial de nuestra vida se realiza, claro está, paso a paso. Hay llamadas grandes y llamadas pequeñas. Grandes decisiones y momentos menos brillantes, pero que componen también el cuadro armónico de la sin¬fonía de nuestra vida. Un rato de oración, unas horas de retiro, entran en esta dinámica. Renunciamos a algunas cosas, nos alejamos de lo cotidiano, abrimos un paréntesis, nos dedicamos un tiempo especial, tratando de recoger el desparramamiento en que se diluye nuestra vida, oscureciendo también, tal vez, su sentido. Acudimos a esos momentos cargados con los fardos de nuestra vida, con los ruidos que nos ensordecen, pero deseosos de escuchar a Dios, de dejarnos interpelar por Él, de avanzar en nuestro conocimiento de Cristo, de descubrir dimensiones nuevas. Hemos de abrir en nuestra vida esos espacios y hacer de ellos un tiempo denso y esencial. Nuestro equipaje, dejados a un lado los fardos que nos molestan, somos al final nosotros mismos, descuidados de otras cosas, dispuestos a realizar la experiencia del desierto, la soledad, el silencio y el encuentro. Acudimos a ellos, lo sepamos o no, respondiendo a una llamada: sal, ven, ven sin nada:

Vivía yo en el silencio / y me conformaba con pequeñas cosas, con pocas palabras. / Era yo pájaro que se entretenía en cortos vuelos… / Pero llegaste Tú: / metiste tu viento en mi polvo / e hiciste con mi carne un remolino; / metiste tu soplo en mi cuerpo y has enloquecido mi sangre; / levantaste entorno a mis alas una tormenta… / Yo dije: / Mira, Señor, que no quiero contender contigo, / ¡no me pongas la mano encima que soy débil! / Tu voz me llegó en el silencio: / Te quiero junto a mí. / ¡Ven sin nada! / Con rapidez me quité los vestidos y arrojé mis sandalias: / ¡Aquí estoy, Señor! / No vengas así -me respondiste-, / ¡ven sin nada! / Me fui a los pobres y les repartí toda mi hacienda y mi casa. / ¡Tomadla, tomadla! / ¿Así, Señor? / No, así no. ¡Ven sin nada! / Llamé a mis padres y les di mi nombre y su apellido: / Señor, ¿me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Corrí a los campos e hice una gran hoguera con todas mis palabras, / y quemé mis labios y mi lengua con las ascuas: / ¿Así, Señor? ¿Me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Entonces repliqué: / ¿Por qué, Señor, me llevas como a un loco de un lado para otro? / ¿Por qué no me dices de una vez qué he de hacer? / Dios atendió mi queja y me dijo: / Ve a casa del alfarero. / Que él haga un cántaro con tu barro. / Después ven a mí, que yo lo llenaré de agua. / Y tú correrás a dar de beber a los que tienen sed, / la derramarás sobre los arrepentidos, / bendecirás la tierra seca. / No temas si tu cántaro se rompe, / ni te preocupes si se dispersan sus trozos por la superficie de la tierra, / porque entonces te llamaré a mí / y vendrás como yo te quiero, / y te bendeciré en mi presencia.

(Domingo Martín Olmo, Carta desde la tierra, Colmenar Viejo, 1977)