Posts Tagged ‘Testimonio’

Domingo 12 del Tiempo ordinario (A)

junio 23, 2017

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 10-13 Libró la vida del pobre de manos de los impíos

Dijo Jeremías: –Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.” Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.” Pero el Señor está conmigo como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo responsorial 68, 8-10. 14 y 17. 33-35 R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15 No hay proporción entre la culpa y el don: el don no se puede comparar con la caída

Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pero aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 26-33 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: –No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

 

No tengáis miedo

 

El miedo es una de las sombras que se alzan continuamente sobre la vida del hombre: efectivamente, una vida dominada por el temor es una vida sombría, bajo amenaza, encogida e impedida de desplegarse en plenitud. Aunque el temor juega un papel positivo, en cuanto advertencia de un peligro real, que nos invita a reaccionar ante él y esquivarlo o superarlo, si ese peligro permanece escondido o se revela como insuperable, quedamos dominados por el temor, y eso es lo que ensombrece y limita nuestra vida. Es claro que los objetos del temor pueden ser muy variados: tememos la enfermedad y el dolor, la pobreza, el fracaso en nuestros proyectos, la inseguridad; nos inspiran también temor otros seres humanos que pueden ser la causa de todos esas desgracias. Pero si hay un temor fundamental en nuestra vida es, precisamente, el temor a su acabamiento, el temor a la muerte, que se nos antoja como la destrucción total de nuestro ser, que es la base de todos los otros bienes y males.

Es sabido que diversas teorías filosóficas, antiguas y modernas, consideran que es precisamente el temor a la muerte el origen de la religión: el deseo de vivir siempre y en plenitud habría producido (por medio del sentimiento, la imaginación o la razón, por un mecanismo psicológico inconsciente, o por voluntad de engaño de algunos) la idea de una vida más allá de la muerte. La pregunta, claro, es de dónde ha surgido en el ser humano ese extraño deseo que trasciende los límites de su existencia temporal, si es que, como sostienen estos críticos de la religión, no hay en él nada que vaya más allá de la pura existencia natural. Pero dejada a un lado esta cuestión teórica, lo cierto es que esa teoría no se aplica en ningún caso, al menos, a la religión cristiana y, por extensión, a la judía. Si el miedo a la muerte fuera el origen de la religión, ésta debería esforzarse en fomentar el sentimiento de temor lo más posible. Sin embargo, la frase que más veces se repite en la Biblia es “no temáis”, que aparece 365 veces, una por cada día del año. Si alguien pretende (o ha pretendido) fundar la fe cristiana sobre la base del temor, que sepa que está pervirtiendo su verdadero sentido.

Jesús nos exhorta hoy a no temer a los hombres, a esos hombres que se creen poderosos porque pueden matar el cuerpo, pero nada más. Este es el signo distintivo del poder humano: aunque, a fuer de ser justos, hemos de reconocer que el poder se puede usar para el bien, es verdad que lo que hace poderoso a un hombre (o grupo humano, o país, etc.) es su capacidad destructiva, con la que puede amenazar, amedrentar y someter a los demás. Cuando Jesús nos invita a ser valientes y a no temer a la muerte, está reconociendo, en primer lugar, su carácter natural. Incluso en un mundo sin pecado la muerte biológica seguiría existiendo, pero sin ese carácter trágico y temible que tiene ahora, pues sería simplemente el tránsito natural de la vida terrena a una forma de vida superior, en perfecta comunión con Dios. A esa muerte natural no tenemos que tenerle miedo.

Pero es verdad que existe otra muerte (implicada en la misma muerte biológica), que es de la que hoy nos habla Pablo: es la muerte fruto del pecado. Es la muerte radical, antinatural, no porque sea un castigo enviado por Dios, sino porque es la consecuencia del apartamiento voluntario de Dios, fuente de la vida. A esa muerte sí que tenemos que tenerle miedo, pues pervierte radicalmente el sentido de nuestra existencia (nuestra alma). Este es, creo, el significado de las palabras de Jesús, sobre temer al que puede destruir con el fuego cuerpo y alma. Es verdad que sólo el Dios que nos ha creado y nos ha dotado de un espíritu inmortal, puede destruirlo. Pero Dios, que es “creador” y no “destructor”, no destruye nada. Somos nosotros los que, cuando nos apartamos voluntariamente de Él por nuestros pecados, nos estamos alejando de la fuente de la vida, entrando en un proceso de autodestrucción, de muerte del alma, incluso aunque sigamos existiendo de un modo u otro.

El Dios que se ocupa de los pajarillos, y con mucho mayor motivo se preocupa por nosotros, nos ama con amor de madre (contar los pelos de la cabeza es una imagen de la madre que despioja a sus hijos), y no nos ha abandonado al dominio del pecado, dejándonos tirados en nuestro extravío. Dios se dirige a nosotros, sale a buscarnos, nos avisa, nos llama para que volvamos a Él. Ya la ley del Antiguo Testamento nos habla de ello: es como un faro orientador, una luz roja de aquellas actitudes y comportamientos que nos apartan de Dios y nos encaminan a la muerte. Pero el paso definitivo lo ha dado en Jesucristo, en el que nos ha encontrado, y en el que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida, de una vida plena, que empieza ya en este mundo: podemos vivir la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, y que consiste en el amor. Realmente no hay proporción entre la culpa y el don: a nuestro extravío ha respondido con la sobreabundancia de gracia, al pecado de Adán con la entrega total de Cristo. De este modo, Jesús ha destruido las causas del temor a la muerte: sabemos que en ella nos encontramos con Él; y, por tanto, no debemos temerla ni como acabamiento biológico, porque Cristo ha resucitado, ni como consecuencia del pecado, porque con su muerte y resurrección nos ha dado el perdón y ha destruido el poder del pecado sobre nosotros. Nada tienen que temer los que viven en Cristo Jesús.

La exhortación de Jesús a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es además una invitación a no ceder ante los chantajes que por medio de amenazas, incluso mortales, pretenden hacernos renunciar a la verdad, la justicia, la fe, pretenden, en una palabra, que vendamos nuestra alma por cualesquiera bienes efímeros. Jesús nos exhorta a una vida íntegra, auténtica, plena, aunque el precio sea renunciar a parte del tiempo que, según parece, teníamos asignado. El que la exhortación se abra con las palabras sobre lo cubierto que llega a descubrirse y sobre lo escondido que se acabará sabiendo, es una proclamación de que la verdad (esa verdad viva, que incluye a la justicia y la fe) acaba triunfando, y que no debemos, por tanto, hacer componendas con lo que realmente vale por salvar la piel. Es una llamada a un testimonio que debe incluir la disposición al martirio.

El cristiano, afincado vitalmente en Cristo, liberado del temor a la muerte, está llamado a vivir con valor, con entereza, sin dejarse amedrentar por las presiones y las amenazas que el entorno social puede ejercer para oponerse al anuncio del Evangelio en su integridad. Si el poder humano, hemos dicho, se distingue por su capacidad de quitar la vida, el poder de Dios se manifiesta en nosotros en la disposición a dar la vida como testimonio de la verdad, de esa verdad que salva, que consiste en el amor y que, oculta durante siglos, se ha manifestado definitivamente en Cristo Jesús, en el que la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos.

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DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

febrero 4, 2017

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10 Romperá tu luz como la aurora

Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.” Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.»
Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5 Os anuncié el misterio de Cristo crucificado

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16 Vosotros sois la luz del mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

 

Ser luz, pero no iluminados

imagesLa imagen de la luz vuelve a centrar nuestra atención en la meditación de la Palabra de Dios. La luz que hemos contemplado en Navidad (cf. Is 9,2; Jn 1, 4.9) y que ha empezado a iluminarnos por medio de la Palabra y su acción benéfica y curativa (cf. Mt 4, 16) se nos transmite también a nosotros, los creyentes. Esa luz nos ha iluminado para ver un mundo nuevo, que Jesús proclama por medio de las Bienaventuranzas. Participar de la bienaventuranza del Reino de Dios, como veíamos la pasada semana, significa también contagiarse de la luz: si en Jesús, hijo de Dios, nos convertimos en hijos adoptivos, y si en el bienaventurado, por ser hijo, también nosotros lo somos, y hemos de actuar en consecuencia; del mismo modo, por ser Jesús la luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos convertimos en luz. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Podemos decir que los cristianos somos unos “iluminados”?

La palabra “iluminado” está gravada de una cierta ambigüedad. En su acepción más común habla de la persona poseída por una idea (religiosa, moral, política…) que la envuelve como una luz, pero de modo que, en cierto sentido, la aísla del resto del mundo. La “iluminación” tiene fuertes resonancias gnósticas. El gnosticismo es la doctrina que busca la salvación por el conocimiento, de modo que son pocos los elegidos que alcanzan ese nivel. El iluminado es el que ha llegado a un nivel superior de conocimiento y de conciencia, de modo que se sitúa por encima de los simples mortales, de los hombres corrientes. Otra connotación de la iluminación es el haber alcanzado un contacto directo con la divinidad, lo que desvincula al que la adquiere de las mediaciones que necesitan los demás (en forma de iglesia, mandamientos, exigencias morales y litúrgicas, etc.) Los iluminados son elegidos y segregados. También existe, desde luego, otra acepción, no sólo carente de referentes religiosos, sino incluso opuesto a ellos: la época de la Ilustración (el Illuminismo, la Aufklärung) consideraba que el hombre alcanzaba la luz gracias al uso autónomo de la razón, al progreso de las ciencias, que, según la mentalidad ilustrada, permitía al hombre prescindir de toda revelación religiosa.

Lo común de todas estas acepciones es el establecer una segregación: entre los iluminados en un sentido u otro y los que viven en la oscuridad; también, en el caso de la Ilustración, entre Dios y el hombre (como si el progreso de las ciencias gracias al uso de la razón que Dios nos ha dado fuera incompatible con la fe, es decir, con la comunicación confiada con el Autor del orden racional del mundo). También es común a las dos formas de iluminación la fuerte autoafirmación del yo (frente a los otros, ignorantes, y frente al mismo Dios).

La luz que, según dice Jesús hoy, somos como discípulos suyos, tiene poco que ver con esas formas de iluminación. Por eso, podemos decir que somos (y tenemos que ser) luz, pero no iluminados.

Que no se trata de esas formas de iluminación nos lo deja claro el Apóstol Pablo en la segunda lectura. Su predicación no consiste en una perfecta argumentación racional, ni es la introducción en ciertos saberes arcanos, que nos segregan y nos convierten en miembros de una cierta secta de elegidos. Al contrario, la predicación de Pablo tiene como referente el testimonio de alguien que está a la vista de todos, al que todos pueden ver, pues está elevado y crucificado. Ahí se manifiesta una sabiduría nueva, cierto, pero abierta a todos, como los brazos de Jesús en la cruz. La luz de la cruz de Jesucristo no nos separa, sino que, al contrario, nos ilumina abriéndonos los ojos para las necesidades y los sufrimientos de los demás; tampoco nos pone por encima de los otros, sino que nos lleva a inclinarnos hacia ellos para convertirnos en servidores suyos.

Unidos a Cristo, luz del mundo, no nos convertimos en miembros de una secta de iluminados, que se separan y miran con desprecio a los demás, sino en hermanos de todos, hermanos de nuestros hermanos, que se ponen a su servicio. Jesús habla, en efecto, de iluminar con “las buenas obras”, sin más especificaciones, tal vez no muy necesarias, si tenemos en cuenta que estas palabras suceden inmediatamente a las bienaventuranzas. Pero, pueden servirnos de complemento las palabras de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo, no cerrarse a la propia carne. Resuenan en estas palabras las que Jesús pronuncia respecto del juicio final: son las obras por las que seremos juzgados, por las que ya nos estamos juzgando a nosotros mismos. Y si tenemos en cuenta que Jesús ha asumido nuestra carne, comprendemos que no cerrarse a la “propia” carne significa estar abierto no sólo a los de la propia familia, nación o partido, sino a todo hombre sin excepción, pues todos somos de la misma carne, que se ha convertido en carne de Cristo, que padece hambre, frío, abandono en cada hombre sufriente.

imgresSon estas buenas obras las que constituyen la luz de la que Jesucristo nos hace partícipes, y no la de un saber arcano reservado a unos pocos iluminados. Por eso, junto a la imagen de la luz es tan necesaria de la sal. La sal es (y era especialmente en la antigüedad, y hasta no hace tanto tiempo) una sustancia vital para conservar los alimentos, para preservar la vida y evitar la podredumbre. Son las buenas obras las que van en la dirección de la vida, de su preservación e incremento. Mientras que la opresión, la amenaza, la violencia y el egoísmo la destruyen, la corroen por dentro. La sal además da sabor a los alimentos insípidos. Podemos entender esta imagen de la sal como una llamada a vivir nuestra fe con alegría.

Hay un último detalle que nos recuerda una diferencia capital entre los iluminados y la luz que somos unidos a Cristo. El iluminado considera que ha llegado a una meta, que ha alcanzado con su esfuerzo un nivel superior, normalmente por la vía del conocimiento. En las palabras de Jesús percibimos, por el contrario, una llamada a nuestra libertad, a nuestra responsabilidad. Somos luz y sal por gracia de Dios, por nuestra relación con Cristo. Pero, porque somos libres, podemos no ser fieles a esta gracia, ocultando la luz y dejando que la sal pierda su sabor. La luz que se oculta es una fe que se guarda en el fuero de la conciencia, que no se testimonia ni se anuncia, sobre todo, con las buenas obras; una sal que se hace sosa es como ser depositario del mandamiento del amor y no amar, portador de la esperanza y no comunicarla. Si no nos esforzamos en ser luz y sal con nuestras buenas obras, que hablan de nuestro Padre, nos convertimos en cristianos de boquilla, opacos, oscuros, sosos, inútiles. Y es que, como se decía en los años 70, una iglesia (un cristiano) que no sirve, no sirve para nada, sólo para tirarla fuera y que la pise la gente. Que no sea así, que alumbre nuestra luz, la luz de Cristo en nosotros, para que todos vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre del cielo.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

abril 17, 2014

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección
Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23
R. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 Él había de resucitar de entre los muertos

 

 Ya amanece, aunque aún está oscuro

searchDurante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún searchdominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, que sobrevive a la  muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén,; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

imagesEn nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3), a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2), que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.
Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro,

Eugène Burnand - En la mañana de la resurrección, los Discípulos Pedro y Juan caminan hacia la tumba.

Eugène Burnand – En la mañana de la resurrección, los Discípulos Pedro y Juan caminan hacia la tumba.

al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve realiza las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy nos invita a meditar sobre la propia fe, tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos (volver a Emaús), alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.

El mensaje de la Pascua nos dice que, pese a los muchos signos de muerte, es posible “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo! María Magdalena, el discípulo amado, Pedro, miles de generaciones de cristianos nos han transmitido la posibilidad de hacer también nosotros esta experiencia vida.

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

Domingo 5 del tiempo ordinario (A) – Luz del mundo

febrero 7, 2014

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10 Romperá tu luz como la aurora

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5 Os anuncié el misterio de Cristo crucificado

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16 Vosotros sois la luz del mundo

 

Ser luz, pero no iluminados

searchLa imagen de la luz vuelve a centrar nuestra atención en la meditación de la Palabra de Dios. La luz, que hemos contemplado en Navidad (cf. Is 9,2; Jn 1, 4.9) y que ha empezado a iluminarnos por medio de la Palabra y su acción benéfica y curativa (cf. Mt 4, 16), se nos transmite también a nosotros, los creyentes. Esa luz nos ha iluminado para ver un mundo nuevo, que Jesús proclama por medio de las Bienaventuranzas. Participar de la bienaventuranza del Reino de Dios, significa también contagiarse de la luz: si en Jesús, hijo de Dios, nos convertimos en hijos adoptivos, y si en el bienaventurado, por ser hijo, también nosotros lo somos, y hemos de actuar en consecuencia; del mismo modo, por ser Jesús la luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos convertimos en luz. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Acaso que los cristianos somos unos “iluminados”?

La palabra “iluminado” está gravada de una cierta ambigüedad. En su acepción más común habla de la persona poseída por una idea (religiosa, moral, política…) que lo envuelve como una luz, pero de modo que, en cierto sentido, lo aísla del resto del mundo. La “iluminación” tiene fuertes resonancias gnósticas: el iluminado es el que ha llegado a un nivel superior de conciencia, que lo sitúa por encima de los simples mortales. La iluminación indica también que se ha alcanzado un contacto directo con la divinidad, que desvincula al que la adquiere de las mediaciones que necesitan los demás (como iglesias, mandamientos, exigencias morales y litúrgicas, etc.) Los iluminados son elegidos y segregados. También existe otra acepción, no sólo carente de referentes religiosos, sino incluso opuesto a ellos: la época de la Ilustración (el siglo de las luces) consideraba que el hombre alcanzaba la luz gracias al uso autónomo de la razón, al progreso de las ciencias, que permitía al hombre prescindir de toda revelación religiosa.

Lo común de todas estas acepciones es el establecer una segregación entre los iluminados, en un sentido u otro, y los que viven en la oscuridad; y, en el caso de la Ilustración, entre el hombre racional y el Dios de la fe (como si el progreso de las ciencias gracias al uso de la razón que Dios nos ha dado fuera incompatible con la fe, es decir, con la comunicación confiada con el Autor del orden racional del mundo). También es común a las dos formas de iluminación la fuerte autoafirmación del yo (frente a los otros, ignorantes, y frente al mismo Dios).

La luz que, según dice Jesús hoy, somos por ser discípulos suyos, tiene poco que ver con esas formas de iluminación. Por eso, podemos decir que somos y tenemos que ser luz, pero no unos “iluminados”.

Que en relación con la fe cristiana no se trata de esas formas de iluminación nos lo deja claro hoy el Apóstol Pablo. Su predicación 330px-USA_Antelope-Canyonno consiste en una perfecta argumentación racional, ni es la introducción en ciertos saberes arcanos, que nos segregan y nos convierten en miembros de una cierta secta de elegidos. Al contrario, la predicación de Pablo tiene como referente el testimonio de alguien que está a la vista de todos, pues está elevado y crucificado. Ahí se manifiesta una sabiduría nueva, cierto, pero abierta a todos, como los brazos de Jesús en la cruz. La luz de la cruz de Jesucristo no nos separa, sino que, al contrario, nos ilumina abriéndonos los ojos para las necesidades y los sufrimientos de los demás; tampoco nos pone por encima de los otros, sino que nos lleva a inclinarnos hacia ellos hasta convertirnos en sus servidores.

Unidos a Cristo, luz del mundo, no nos convertimos en miembros de una secta de iluminados, que se separan y miran con desprecio a los demás, sino en hermanos de todos, hermanos de nuestros hermanos, que se ponen a su servicio. Jesús habla, en efecto, de iluminar con “las buenas obras”, sin más especificaciones, tal vez no muy necesarias, si tenemos en cuenta que estas palabras suceden inmediatamente a las bienaventuranzas. Pero pueden servirnos de complemento las palabras de Isaías en la primera lectura: partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo, no cerrarse a la propia carne. Resuenan en estas palabras las que Jesús pronuncia respecto del juicio final: son las obras por las que seremos juzgados, por las que ya nos estamos juzgando a nosotros mismos. Y si tenemos en cuenta que Jesús ha asumido nuestra carne, comprendemos que no cerrarse a la “propia” carne significa estar abierto no sólo a los de la propia familia, nación o partido, sino a todo hombre sin excepción, pues todos somos de la misma carne, que se ha convertido en carne de Cristo, que padece hambre, frío, abandono en cada hombre sufriente.

Son estas buenas obras las que constituyen la luz de la que Jesucristo nos hace partícipes, y no la de un saber arcano reservado a unos pocos iluminados. Por eso, junto a la imagen de la luz es tan necesaria de la sal. La sal es (y era especialmente en la antigüedad, y hasta no hace tanto tiempo) una sustancia vital para conservar los alimentos, para preservar la vida y evitar la podredumbre. Son las buenas obras las que van en la dirección de la vida, de su preservación e incremento. Mientras que la opresión, la amenaza, la violencia y el egoísmo la destruyen, la corroen por dentro. La sal además da sabor a los alimentos insípidos. Podemos entender esta imagen de la sal como una llamada a vivir nuestra fe con buen gusto, de modo atractivo, con alegría.

330px-Sal_(close)Hay un último detalle que nos recuerda una diferencia capital entre los iluminados y la luz que somos unidos a Cristo. El iluminado considera que ha llegado a una meta, que ha alcanzado con su esfuerzo un nivel superior, normalmente por la vía del conocimiento. En las palabras de Jesús percibimos, por el contrario, una llamada a nuestra libertad, a nuestra responsabilidad. Somos luz y sal por gracia de Dios, por nuestra relación con Cristo. Pero, porque somos libres, podemos no ser fieles a esta gracia, ocultando la luz y dejando que la sal pierda su sabor. La luz que se oculta es una fe que se guarda en el fuero de la conciencia, que no se testimonia ni se anuncia, sobre todo, con las buenas obras; una sal que se hace sosa es como ser depositario del mandamiento del amor y no amar, portador de la esperanza y no comunicarla, ser creyente en una buena noticia, y vivirla de modo sombrío y pesimista. Si no nos esforzamos en ser luz y sal con nuestras buenas obras, que hablan de nuestro Padre, nos convertimos en cristianos de boquilla, opacos, oscuros, sosos, inútiles. Y es que, como se decía en los años 70, una iglesia (y un cristiano) que no sirve, no sirve para nada, sólo para tirarla fuera y que la pise la gente. Que no sea así, que alumbre nuestra luz, la luz de Cristo en nosotros, para que vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre del cielo.