Posts Tagged ‘Verdad’

Domingo 12 del Tiempo ordinario (A)

junio 23, 2017

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 10-13 Libró la vida del pobre de manos de los impíos

Dijo Jeremías: –Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.” Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.” Pero el Señor está conmigo como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo responsorial 68, 8-10. 14 y 17. 33-35 R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15 No hay proporción entre la culpa y el don: el don no se puede comparar con la caída

Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pero aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 26-33 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: –No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

 

No tengáis miedo

 

El miedo es una de las sombras que se alzan continuamente sobre la vida del hombre: efectivamente, una vida dominada por el temor es una vida sombría, bajo amenaza, encogida e impedida de desplegarse en plenitud. Aunque el temor juega un papel positivo, en cuanto advertencia de un peligro real, que nos invita a reaccionar ante él y esquivarlo o superarlo, si ese peligro permanece escondido o se revela como insuperable, quedamos dominados por el temor, y eso es lo que ensombrece y limita nuestra vida. Es claro que los objetos del temor pueden ser muy variados: tememos la enfermedad y el dolor, la pobreza, el fracaso en nuestros proyectos, la inseguridad; nos inspiran también temor otros seres humanos que pueden ser la causa de todos esas desgracias. Pero si hay un temor fundamental en nuestra vida es, precisamente, el temor a su acabamiento, el temor a la muerte, que se nos antoja como la destrucción total de nuestro ser, que es la base de todos los otros bienes y males.

Es sabido que diversas teorías filosóficas, antiguas y modernas, consideran que es precisamente el temor a la muerte el origen de la religión: el deseo de vivir siempre y en plenitud habría producido (por medio del sentimiento, la imaginación o la razón, por un mecanismo psicológico inconsciente, o por voluntad de engaño de algunos) la idea de una vida más allá de la muerte. La pregunta, claro, es de dónde ha surgido en el ser humano ese extraño deseo que trasciende los límites de su existencia temporal, si es que, como sostienen estos críticos de la religión, no hay en él nada que vaya más allá de la pura existencia natural. Pero dejada a un lado esta cuestión teórica, lo cierto es que esa teoría no se aplica en ningún caso, al menos, a la religión cristiana y, por extensión, a la judía. Si el miedo a la muerte fuera el origen de la religión, ésta debería esforzarse en fomentar el sentimiento de temor lo más posible. Sin embargo, la frase que más veces se repite en la Biblia es “no temáis”, que aparece 365 veces, una por cada día del año. Si alguien pretende (o ha pretendido) fundar la fe cristiana sobre la base del temor, que sepa que está pervirtiendo su verdadero sentido.

Jesús nos exhorta hoy a no temer a los hombres, a esos hombres que se creen poderosos porque pueden matar el cuerpo, pero nada más. Este es el signo distintivo del poder humano: aunque, a fuer de ser justos, hemos de reconocer que el poder se puede usar para el bien, es verdad que lo que hace poderoso a un hombre (o grupo humano, o país, etc.) es su capacidad destructiva, con la que puede amenazar, amedrentar y someter a los demás. Cuando Jesús nos invita a ser valientes y a no temer a la muerte, está reconociendo, en primer lugar, su carácter natural. Incluso en un mundo sin pecado la muerte biológica seguiría existiendo, pero sin ese carácter trágico y temible que tiene ahora, pues sería simplemente el tránsito natural de la vida terrena a una forma de vida superior, en perfecta comunión con Dios. A esa muerte natural no tenemos que tenerle miedo.

Pero es verdad que existe otra muerte (implicada en la misma muerte biológica), que es de la que hoy nos habla Pablo: es la muerte fruto del pecado. Es la muerte radical, antinatural, no porque sea un castigo enviado por Dios, sino porque es la consecuencia del apartamiento voluntario de Dios, fuente de la vida. A esa muerte sí que tenemos que tenerle miedo, pues pervierte radicalmente el sentido de nuestra existencia (nuestra alma). Este es, creo, el significado de las palabras de Jesús, sobre temer al que puede destruir con el fuego cuerpo y alma. Es verdad que sólo el Dios que nos ha creado y nos ha dotado de un espíritu inmortal, puede destruirlo. Pero Dios, que es “creador” y no “destructor”, no destruye nada. Somos nosotros los que, cuando nos apartamos voluntariamente de Él por nuestros pecados, nos estamos alejando de la fuente de la vida, entrando en un proceso de autodestrucción, de muerte del alma, incluso aunque sigamos existiendo de un modo u otro.

El Dios que se ocupa de los pajarillos, y con mucho mayor motivo se preocupa por nosotros, nos ama con amor de madre (contar los pelos de la cabeza es una imagen de la madre que despioja a sus hijos), y no nos ha abandonado al dominio del pecado, dejándonos tirados en nuestro extravío. Dios se dirige a nosotros, sale a buscarnos, nos avisa, nos llama para que volvamos a Él. Ya la ley del Antiguo Testamento nos habla de ello: es como un faro orientador, una luz roja de aquellas actitudes y comportamientos que nos apartan de Dios y nos encaminan a la muerte. Pero el paso definitivo lo ha dado en Jesucristo, en el que nos ha encontrado, y en el que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida, de una vida plena, que empieza ya en este mundo: podemos vivir la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, y que consiste en el amor. Realmente no hay proporción entre la culpa y el don: a nuestro extravío ha respondido con la sobreabundancia de gracia, al pecado de Adán con la entrega total de Cristo. De este modo, Jesús ha destruido las causas del temor a la muerte: sabemos que en ella nos encontramos con Él; y, por tanto, no debemos temerla ni como acabamiento biológico, porque Cristo ha resucitado, ni como consecuencia del pecado, porque con su muerte y resurrección nos ha dado el perdón y ha destruido el poder del pecado sobre nosotros. Nada tienen que temer los que viven en Cristo Jesús.

La exhortación de Jesús a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es además una invitación a no ceder ante los chantajes que por medio de amenazas, incluso mortales, pretenden hacernos renunciar a la verdad, la justicia, la fe, pretenden, en una palabra, que vendamos nuestra alma por cualesquiera bienes efímeros. Jesús nos exhorta a una vida íntegra, auténtica, plena, aunque el precio sea renunciar a parte del tiempo que, según parece, teníamos asignado. El que la exhortación se abra con las palabras sobre lo cubierto que llega a descubrirse y sobre lo escondido que se acabará sabiendo, es una proclamación de que la verdad (esa verdad viva, que incluye a la justicia y la fe) acaba triunfando, y que no debemos, por tanto, hacer componendas con lo que realmente vale por salvar la piel. Es una llamada a un testimonio que debe incluir la disposición al martirio.

El cristiano, afincado vitalmente en Cristo, liberado del temor a la muerte, está llamado a vivir con valor, con entereza, sin dejarse amedrentar por las presiones y las amenazas que el entorno social puede ejercer para oponerse al anuncio del Evangelio en su integridad. Si el poder humano, hemos dicho, se distingue por su capacidad de quitar la vida, el poder de Dios se manifiesta en nosotros en la disposición a dar la vida como testimonio de la verdad, de esa verdad que salva, que consiste en el amor y que, oculta durante siglos, se ha manifestado definitivamente en Cristo Jesús, en el que la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos.

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Quinto Domingo de Pascua (A) Camino, Verdad y Vida

mayo 13, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7 Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocar al grupo de los discípulos y les dijeron: -«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.» La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9 Sois una raza elegida, un sacerdocio real

Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12 Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.» Tomás le dice: -«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: -«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.» Felipe le dice: -«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: -«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Jesús, camino, verdad y vida

El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

Sin embargo, ese período de extraordinaria intensidad debió ir cediendo poco a poco a una estabilización, normalización e institucionalización. Y no es extraño que en esa nueva situación los discípulos, sobre todo los de primera hora, sintieran una cierta nostalgia: nostalgia de la presencia física del Maestro, tal como la experimentaron antes de su muerte y resurrección; y nostalgia de ese periodo postpascual de extraordinaria actividad del Espíritu e intensas experiencias de la presencia de Jesús resucitado en la comunidad.

La nostalgia puede convertirse en una mala consejera, que genera turbación, desconfianza y miedo al incierto futuro. Las cosas no son como eran, ¿cómo serán, entonces, en el futuro? Jesús nos exhorta a la confianza en Dios y en Él mismo, nos anima a no dejarnos vencer por el desconcierto o el temor a mirar hacia adelante, y a hacernos al camino que él ha abierto (va abriendo) para nosotros. Pero, nosotros, atenazados por el miedo, respondemos que no vemos el sentido y la meta, que no sabemos qué hacer, ni para dónde tirar. Afloran entonces las tentaciones de buscar falsas seguridades: la seguridad económica, la seguridad del éxito social que podemos intentar comprar, la seguridad que proporciona vivir encerrados en nosotros mismos, evitando el riesgo de la confrontación con el mundo, a veces hostil, al que Jesús, sin embargo, se empeña en enviarnos.

“No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” La objeción del siempre realista Tomás tiene muchos quilates, y nos debería hacer reflexionar, porque esa objeción nos refleja muy bien a todos de un modo u otro. Nos cuesta mucho entender el camino de Jesús, la lógica de sus acciones, el verdadero sentido de su vida y de su muerte. Y, aunque “en general” lo tengamos claro (Jesús es el Hijo de Dios que murió por nosotros y resucitando nos dio nueva vida, etc.), cuando se trata de ir nosotros por ese camino por el que nos invita a seguirle (“adonde yo voy, ya sabéis el camino”) nuestra comprensión se oscurece y asoma el desconcierto. Eso puede ser así en ciertos momentos de nuestra experiencia personal, en la que nos seguimos rigiendo tantas veces por la lógica del éxito mundano (según la mentalidad más primitiva de la retribución inmediata) y no por la extraña lógica de la Cruz, la elegida por Jesús, que significa no doblegarse de ningún modo ante las fuerzas del mal, ni siguiera para lograr algo pretendidamente bueno. Pero puede reflejar también la experiencia de la Iglesia, especialmente en momentos de crisis, como el que, al parecer, vivimos ahora, especialmente en el mundo occidental: podemos tener la sensación de encontrarnos en un callejón sin salida, en un proceso de lenta desaparición de la fe y de la misma comunidad eclesial, en esta cultura tan profundamente marcada por una experiencia secular de cristianismo, de la que, al parecer, ahora esa cultura quiere renegar.

Si decimos que no sabemos el camino, que no sabemos qué hacer, que no sabemos por dónde tirar, es que no sabemos ni conocemos a Cristo: porque él mismo es para nosotros camino: “quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6). Que Jesús es camino, verdad y vida significa que no es un mero referente teórico, ni sólo un hermoso ideal, sin incidencia en nuestra vida; es un camino verdadero, el camino que conduce a la verdad de nuestra vida, el camino que conduce a la vida plena, a la comunión con Dios, nuestro Padre. Pero hay que hacerse a ese camino, seguir por él a Jesús, aunque nos lleve a la Cruz, a esa realidad difícil y paradójica en la que la aparente derrota se convierte en victoria, la muerte, en vida.

Sin embargo, no terminan ahí las objeciones. Jesús insiste en que yendo por el camino que nos propone y que es él mismo estamos ya en contacto con el Padre, al que ya conocemos y hemos visto. Se percibe en estas palabras de Jesús una gran confianza en la eficacia de la enseñanza viva que ha transmitido a sus discípulos, a nosotros que creemos en él. Pero ahora es Felipe el que expresa lo “torpes que somos para entender” (cf. Lc 24, 25; Mc 4, 13). Y, sin embargo, en las palabras de Felipe (“muéstranos al Padre”) hay un gran fondo de razón. Queremos ver. Es cierto que por la fe en Jesucristo llegamos a ver y entender muchas cosas. Pero no deja de ser también verdad que en las condiciones de nuestro mundo “vemos como en un espejo, confusamente” (1 Cor 13, 12). Y hay que tener en cuenta que en tiempos de Pablo los espejos no eran el vidrio con metal azogado de ahora (que se inventó en el siglo XIII), sino superficies de bronce o cobre bruñido que permitían un reflejo muy deformado de la realidad. Especialmente cuando cunde el desconcierto y la inseguridad, el deseo de “ver” directamente se intensifica hasta la angustia. Pero la respuesta de Jesús, una vez más, es una llamada a una fe que es confianza. Hay realidades que no podemos ver, así, sin más, directamente. Si alguien le dice a su amigo que quiere “ver” su amistad, o a la persona amada que quiere “ver” su amor, o el que padece injusticia exige “ver” la justicia en sí… ¿qué se les puede responder? Las realidades más importantes y esenciales de nuestra vida no son directamente visibles, porque no son cosas, objetos a la mano de los que podemos disponer. La amistad, la justicia y el amor se pueden expresar en signos que los hacen patentes; pero para “ver” en esos signos la presencia de esas realidades hace falta también, por parte de quien mira, determinadas disposiciones: apertura, acogida, confianza.

Si lo dicho de eses dimensiones es verdad, tanto más lo ha de ser respecto de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único… lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). El “signo” que Dios nos ha dado para hacérsenos visible es su propio Hijo: mucho más que un mero símbolo, como una inerte señal de tráfico, es una presencia viva en relación directa con Dios: “ver” a Jesús como el Hijo de Dios significa descubrir en él la paternidad de Dios, ver en él al Padre. Jesús es el único camino que nos conduce al Padre, y él es la presencia visible del Dios que se ha revelado como Padre de Jesús y, en Jesús, de todos nosotros. Pero también para este “ver” hace falta la fe, en forma de confianza, a la que Jesús nos exhorta al principio del Evangelio. Y, al final, remata la exhortación apelando a las obras: si persisten las dudas o el desconcierto en nuestro corazón “al menos, creed a las obras”. ¿Qué obras son esas? La obra de Jesús por excelencia es su entrega en la Cruz por amor, y su resurrección, en la que el amor triunfa sobre la muerte. Es el triunfo del Espíritu, que es el vínculo entre el Hijo y el Padre, y la garantía de la presencia de Jesús en su Iglesia, en la comunidad de sus discípulos, y que, pese a la sensación de ausencia que en ocasiones nos embarga, es una presencia real, efectiva, operativa: también ahí hay que creer en las obras. Hoy no se habla todavía del Espíritu, pero es él el que va tomar el protagonismo en la recta final del tiempo pascual, y hoy, de manera indirecta (más claramente en la segunda lectura) se empieza a percibir ese protagonismo.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo patente de la confianza en las obras del Espíritu. La Iglesia crece, se hace una comunidad compleja e, inevitablemente, surgen los conflictos. Pero éstos pueden ser ocasión para un crecimiento no sólo cuantitativo, sino orgánico, cualitativo, para un desarrollo carismático que enriquece a la comunidad. De hecho, el ideal de la Iglesia no es permanecer románticamente en la situación del primer núcleo creyente (la nostalgia por las pequeñas comunidades, a veces pequeñas también en horizontes y perspectivas), sino hacerse también al camino, descubrir, bajo la inspiración del Espíritu, nuevas dimensiones, adecuadas a las personas y los grupos heterogéneos que se van incorporando: sacerdotes judíos ligados al templo, judíos helenistas, además de galileos, samaritanos y, finalmente, gentiles. La diversidad no rompe la comunión si los responsables de la comunidad junto con toda la asamblea están a la escucha de la Palabra y son capaces de responder a las nuevas situaciones en la docilidad al Espíritu. En este caso, nace el grupo de los diáconos, todos de origen griego, y que son también obra del Espíritu, que va estructurando la comunidad eclesial. Vemos aquí cómo la Iglesia tiene que reflejar y anticipar esa casa del Padre en la que hay muchas estancias, en la que hay lugar para todos.

También la segunda lectura habla de este camino dinámico en el que consiste la vida de la Iglesia. Aquí se presenta bajo la sugerente imagen de la construcción de un templo. Su origen y fundamento es el mismo misterio pascual al que se refieren las obras de las que habla el Evangelio: Jesús, piedra desechada (su muerte), pero escogida por Dios (en la resurrección); se trata de una llamada y un don por parte de Dios (“raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios”), pero también de una tarea abierta: entramos en la construcción del templo del Espíritu, que es un proceso tan amplio como la propia historia de la humanidad, como la diversidad de pueblos, culturas y épocas.

En síntesis, en estos tiempos de desconcierto e incerteza Jesús nos llama a la fe, a la confianza, a la apertura y, también, a la actitud activa que, dejando a un lado todo temor y nostalgia de tiempos pasados, se pone a la tarea de discernir el modo de responder a los problemas reales de nuestro tiempo para, en fidelidad al Espíritu, seguir construyendo el templo de Dios en el que los hombres y mujeres de hoy puedan encontrar su lugar y, mirando al Hijo, puedan ver al Padre.

Domingo de la 5ª semana de Pascua

mayo 17, 2014

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7 Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9 Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12 Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

 

 Jesús, camino, verdad y vida

1El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

Sin embargo, ese período de extraordinaria intensidad debió ir cediendo poco a poco a una estabilización, normalización e institucionalización. Y no es extraño que en esa nueva situación los discípulos, sobre todo los de primera hora, sintieran una cierta nostalgia: nostalgia de la presencia física del Maestro, tal como la experimentaron antes de su muerte y resurrección; y nostalgia de ese periodo postpascual de extraordinaria actividad del Espíritu e intensas experiencias de la presencia de Jesús resucitado en la comunidad.

La nostalgia puede convertirse en una mala consejera, que genera turbación, desconfianza y miedo al incierto futuro. Las cosas no 2son como eran, ¿cómo serán, entonces, en el futuro? Jesús nos exhorta a la confianza en Dios y en Él mismo, nos anima a no dejarnos vencer por el desconcierto o el temor a mirar hacia adelante, y a hacernos al camino que él ha abierto (va abriendo) para nosotros. Pero, nosotros, atenazados por el miedo, respondemos que no vemos el sentido y la meta, que no sabemos qué hacer, ni para dónde tirar. Afloran entonces las tentaciones de buscar falsas seguridades: la seguridad económica, la seguridad del éxito social que podemos intentar comprar, la seguridad que proporciona vivir encerrados en nosotros mismos, evitando el riesgo de la confrontación con el mundo, a veces hostil, al que Jesús, sin embargo, se empeña en enviarnos. “No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” La objeción del siempre realista Tomás tiene muchos quilates, y nos debería hacer reflexionar, porque esa objeción nos refleja muy bien a todos de un modo u otro. Nos cuesta mucho entender el camino de Jesús, la lógica de sus acciones, el verdadero sentido de su vida y de su muerte. Y, aunque “en general” lo tengamos claro (Jesús es el Hijo de Dios que murió por nosotros y resucitando nos dio nueva vida, etc.), cuando se trata de ir nosotros por ese camino por el que nos invita a seguirle (“adonde yo voy, ya sabéis el camino”) nuestra comprensión se oscurece y asoma el desconcierto. Eso puede ser así en ciertos momentos de nuestra experiencia personal, en la que nos seguimos rigiendo tantas veces por la lógica del éxito mundano (según la mentalidad más primitiva de la retribución inmediata) y no por la extraña lógica de la Cruz, la elegida por Jesús, que significa no doblegarse de ningún modo ante las fuerzas del mal, ni siguiera para lograr algo pretendidamente bueno. Pero puede reflejar también la experiencia de la Iglesia, especialmente en momentos de crisis, como el que, al parecer, vivimos ahora, especialmente en el mundo occidental: podemos tener la sensación de encontrarnos en un callejón sin salida, en un proceso de lenta desaparición de la fe y de la misma comunidad eclesial, en esta cultura tan profundamente marcada por una experiencia secular de cristianismo, de la que, al parecer, ahora esa cultura quiere renegar.

3Si decimos que no sabemos el camino, que no sabemos qué hacer, que no sabemos por dónde tirar, es que no sabemos ni conocemos a Cristo: porque él mismo es para nosotros camino: “quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6). Que Jesús es camino, verdad y vida significa que no es un mero referente teórico, ni sólo un hermoso ideal, sin incidencia en nuestra vida; es un camino verdadero, el camino que conduce a la verdad de nuestra vida, el camino que conduce a la vida plena, a la comunión con Dios, nuestro Padre. Pero hay que hacerse a ese camino, seguir por él a Jesús, aunque nos lleve a la Cruz, a esa realidad difícil y paradójica en la que la aparente derrota se convierte en victoria, la muerte, en vida.

Sin embargo, no terminan ahí las objeciones. Jesús insiste en que yendo por el camino que nos propone y que es él mismo estamos ya en contacto con el Padre, al que ya conocemos y hemos visto. Se percibe en estas palabras de Jesús una gran confianza en la eficacia de la enseñanza viva que ha transmitido a sus discípulos, a nosotros que creemos en él. Pero ahora es Felipe el que expresa lo “torpes que somos para entender” (cf. Lc 24, 25; Mc 4, 13). Y, sin embargo, en las palabras de Felipe (“muéstranos al Padre”) hay un gran fondo de razón. Queremos ver. Es cierto que por la fe en Jesucristo llegamos a ver y entender muchas cosas. Pero no deja de ser también verdad que en las condiciones de nuestro mundo “vemos como en un espejo, confusamente” (1 Cor 13, 12). Y hay que tener en cuenta que en tiempos de Pablo los espejos no eran el vidrio con metal azogado de ahora (que se inventó en el siglo XIII), sino superficies de bronce o cobre bruñido que permitían un reflejo muy deformado de la realidad. Especialmente cuando cunde el desconcierto y la inseguridad, el deseo de “ver” directamente se intensifica hasta la angustia. Pero la respuesta de Jesús, una vez más, es una llamada a una fe que es confianza. Hay realidades que no podemos ver, así, sin más, directamente. Si alguien le dice a su amigo que quiere “ver” su amistad, o a la persona amada que quiere “ver” su amor, o el que padece injusticia exige “ver” la justicia en sí… ¿qué se les puede responder? Las realidades más importantes y esenciales de nuestra vida no son directamente visibles, porque no son cosas, objetos a la mano de los que podemos disponer. La amistad, la justicia y el amor se pueden expresar en signos que los hacen patentes; pero para “ver” en esos signos la presencia de esas realidades hace falta también, por parte de quien mira, determinadas disposiciones: apertura, acogida, confianza.

Si lo dicho de eses dimensiones es verdad, tanto más lo ha de ser respecto de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único… lo4 ha dado a conocer” (Jn 1, 18). El “signo” que Dios nos ha dado para hacérsenos visible es su propio Hijo: mucho más que un mero símbolo, como una inerte señal de tráfico, es una presencia viva en relación directa con Dios: “ver” a Jesús como el Hijo de Dios significa descubrir en él la paternidad de Dios, ver en él al Padre. Jesús es el único camino que nos conduce al Padre, y él es la presencia visible del Dios que se ha revelado como Padre de Jesús y, en Jesús, de todos nosotros. Pero también para este “ver” hace falta la fe, en forma de confianza, a la que Jesús nos exhorta al principio del Evangelio. Y, al final, remata la exhortación apelando a las obras: si persisten las dudas o el desconcierto en nuestro corazón “al menos, creed a las obras”. ¿Qué obras son esas? La obra de Jesús por excelencia es su entrega en la Cruz por amor, y su resurrección, en la que el amor triunfa sobre la muerte. Es el triunfo del Espíritu, que es el vínculo entre el Hijo y el Padre, y la garantía de la presencia de Jesús en su Iglesia, en la comunidad de sus discípulos, y que, pese a la sensación de ausencia que en ocasiones nos embarga, es una presencia real, efectiva, operativa: también ahí hay que creer en las obras. Hoy no se habla todavía del Espíritu, pero es él el que va tomar el protagonismo en la recta final del tiempo pascual, y hoy, de manera indirecta (más claramente en la segunda lectura) se empieza a percibir ese protagonismo.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo patente de la confianza en las obras del Espíritu. La Iglesia crece, se hace una comunidad compleja e, inevitablemente, surgen los conflictos. Pero éstos pueden ser ocasión para un crecimiento no sólo cuantitativo, sino orgánico, cualitativo, para un desarrollo carismático que enriquece a la comunidad. De hecho, el ideal de la Iglesia no es permanecer románticamente en la situación del primer núcleo creyente (la nostalgia por las pequeñas comunidades, a veces pequeñas también en horizontes y perspectivas), sino hacerse también al camino, descubrir, bajo la inspiración del Espíritu, nuevas dimensiones, adecuadas a las personas y los grupos heterogéneos que se van incorporando: sacerdotes judíos ligados al templo, judíos helenistas, además de galileos, samaritanos y, finalmente, gentiles. La diversidad no rompe la comunión si los responsables de la comunidad junto con toda la asamblea están a la escucha de la Palabra y son capaces de responder a las nuevas situaciones en la docilidad al Espíritu. En este caso, nace el grupo de los diáconos, todos de origen griego, y que son también obra del Espíritu, que va estructurando la comunidad eclesial. Vemos aquí cómo la Iglesia tiene que reflejar y anticipar esa casa del Padre en la que hay muchas estancias, en la que hay lugar para todos.

También la segunda lectura habla de este camino dinámico en el que consiste la vida de la Iglesia. Aquí se presenta bajo la sugerente imagen de la construcción de un templo. Su origen y fundamento es el mismo misterio pascual al que se refieren las obras de las que habla el Evangelio: Jesús, piedra desechada (su muerte), pero escogida por Dios (en la resurrección); se trata de una llamada y un don por parte de Dios (“raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios”), pero también de una tarea abierta: entramos en la construcción del templo del Espíritu, que es un proceso tan amplio como la propia historia de la humanidad, como la diversidad de pueblos, culturas y épocas.

En síntesis, en estos tiempos de desconcierto e incerteza Jesús nos llama a la fe, a la confianza, a la apertura y, también, a la actitud activa que, dejando a un lado todo temor y nostalgia de tiempos pasados, se pone a la tarea de discernir el modo de responder a los problemas reales de nuestro tiempo para, en fidelidad al Espíritu, seguir construyendo el templo de Dios en el que los hombres y mujeres de hoy puedan encontrar su lugar y, mirando al Hijo, puedan ver al Padre.