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Quinto Domingo de Cuaresma (C)

abril 5, 2019

PRIMERA LECTURA
Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo
Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.»

Salmo responsorial 125 R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

SEGUNDA LECTURA
Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 8-14

Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

EVANGELIO
El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra
Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: – «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?» Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: – «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.» E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: – «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: – «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: – «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Muerte y vida nueva

 

“Ya están pisando nuestro pies tus umbrales Jerusalén” (Sal 121).

El 5.º Domingo de Cuaresma nos sitúa en Jerusalén, es decir, en el escenario directo de la Pascua de Jesús. Por eso, todo nos habla del misterio de muerte y vida que estamos a punto de contemplar. Se nos invita a mirar cara a cara a la muerte, pero en la perspectiva de la vida nueva del resucitado. La muerte es el destino inevitable para todo hombre. No es posible escapar a su poder. En la muerte experimentamos la lejanía de Dios (Jesús, lejos de su amigo Lázaro gravemente enfermo, no se da prisa y cuando llega parece que ya no tiene remedio –ciclo A). Y puede entenderse además como consecuencia del mal y del pecado (como en el caso de la mujer adúltera). Pero Jesús nos dice que puede ser algo fructífero, como el grano de trigo (ciclo B), si la muerte es consecuencia de la entrega voluntaria, si somos capaces de dar la vida.

Para una mirada desprovista de fe se puede ver en la muerte sólo su aspecto biológico, pero no es posible no descubrir su absurdo moral, especialmente para el ser humano, que, tal vez por una pesada broma del destino, o de la evolución, o por un fallo de los mecanismos genéticos, ha elevado su mirada por encima de su limitación temporal y ha sido habitado por deseos de inmortalidad… De ahí, que con rara lucidez, sean no pocos los que han concluido que si no hay nada que esperar tras la muerte, el mundo es malo sin remedio o, al menos, absurdo, una pasión inútil.

Si miramos a la muerte desde la fe religiosa, no por ello encontramos una respuesta sencilla y unívoca. En torno a la mujer adúltera, de hecho, nos encontramos con dos actitudes religiosas bien distintas. Jesús está en Jerusalén, durante el día en el templo y, por la noche, en el huerto de los olivos. El ambiente en torno a él está extraordinariamente enrarecido. Se percibe en la enorme tensión de sus diálogos con los judíos. Sombras de muerte se ciernen sobre Él. Esto no le impide continuar enseñando al pueblo y velando en oración por las noches. Jesús muestra así su señorío y su libertad. Pero sus enemigos lo acosan y tratan de pillarlo para poder acusarlo.

Este es el caso del evangelio de hoy. Porque, en realidad, la cuestión que le plantean a propósito de la mujer adúltera no es un problema moral, sobre la licitud o no del adulterio. Es claro que Jesús también lo considera ilícito (de ahí la exhortación final: ¡no peques más!). Tampoco se trata de la oportunidad de tal castigo. El dilema se plantea en términos puramente legales (v. 6): la ley de Moisés manda apedrearla; la ley romana prohíbe que, salvo por la mano de la propia autoridad imperial, se ejecute a nadie. A los fariseos poco les importa la vida de esa pobre mujer, que se convierte en el instrumento para tenderle un lazo a Jesús. Si se opone a la ejecución, se opone a la ley mosaica y se hace reo de impiedad; si la avala, se hace culpable ante las autoridades romanas. Aquí la ley, civil y religiosa, están al servicio de la muerte. Estos hombres religiosos ven en la muerte un justo castigo por el pecado y aplican la ley sin misericordia.

Pero Jesús es libre y no mira a la ley desnuda, sino a quien la ley debe servir. En este caso, desvía la atención del dilema legalista y la pone en la mujer que está a punto de ser ejecutada. Le importa la persona, su bien, su salvación. Jesús mira al corazón, posiblemente débil, pero no definitivamente perdido, de aquella mujer. Es verdad que ha pecado. Pero el pecado de adulterio implica “otra parte”. En la sociedad antigua, como en muchas sociedades de hoy, la mujer está en situación de flagrante marginación. Ante un pecado de dos, sólo ella debe pagar. Y, además, en este caso concreto, esa pobre mujer es sólo el instrumento para perder a Jesús. Él mira también el corazón duro como la piedra de aquellos hombres religiosos.

Jesús “se puso a escribir con el dedo en el suelo” (v. 6). Después, la respuesta inesperada y genial: “Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Después se inclinó de nuevo y siguió escribiendo en la tierra” (v. 7-8).

Los judíos posiblemente entendieron bien el enigmático gesto de Jesús, que era una cita conocida por aquellos maestros de la ley: “los que se aparten de mí serán escritos en el polvo” (Jer 17,13), es decir, se condenan a desaparecer, como los nombres escritos en la arena. La condena que buscan se ha vuelto contra ellos. Se apartan de Jesús (uno tras otro, empezando por los más viejos), porque se han apartado de Dios. Queda sólo la mujer ante Jesús. Él es el único que no tiene pecado, el único con derecho a condenar, a lanzar la primera piedra. Pero él no ha venido a juzgar y condenar, sino a salvar (cf. Jn 3,17; 12,47) de la muerte (“tampoco yo te condeno”), y del pecado (“vete y no peques más”). Jesús es el hombre con la ley escrita en el corazón, que mirando al corazón sana radicalmente por dentro y da la oportunidad de comenzar de nuevo; en él se hace verdad la hermosa profecía de Isaías: “abre caminos por el mar, sendas por las aguas impetuosas… No recordéis las cosas pasadas, no penséis en lo antiguo. Mirad que voy a hacer algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?”.

Esta es la perspectiva nueva que Jesús va a abrir para nosotros gracias a su muerte y resurrección: por la fe, el conocimiento de Cristo nos permite experimentar el poder de la resurrección, eso sí, compartiendo sus padecimientos y muriendo su misma muerte (cf. Flp 3,10).

La pedagogía de Dios, la pedagogía cuaresmal no puede prepararnos de verdad y hasta el final para la alegría pascual sin hacernos volver nuestros ojos a esta dimensión, la gran antiutopía, que pone en cuestión el sentido de la vida y cualquier proyecto de salvación y liberación que el hombre pueda idear. En este momento decisivo del camino cuaresmal (en el que sentimos la tentación de escapar, de volver atrás, para evitar el trance amargo de la muerte), al escuchar la Palabra, iluminados por ella, podemos entender el mensaje que esta palabra nos comunica “en los umbrales de Jerusalén”: la muerte es inevitable, pero no es lo último, ni lo definitivo. Lo definitivo es el amor. Y, para demostrárnoslo, Dios mismo por medio de Cristo ha querido hacerse presente en ella. De esa manera, la muerte se hace fecunda (como el grano de trigo), el hombre es rescatado de su poder (como Lázaro), el pecado que lo condena es perdonado (como en el caso de la mujer adúltera).

La cruz de Cristo nos dice que hay efectivamente en este mundo un límite infranqueable e intrínseco, metafísico y moral, que sólo se puede superar superando y trascendiendo la vida misma: vencer el mal y la muerte sólo es posible amando (haciendo el bien) hasta dar la vida, renunciando a ella.

De este modo, Cristo se convierte en fuente de esperanza de salvación contra el poder del mal y de la muerte para todos. Sólo desde el misterio de la cruz es posible comprender la universalidad salvífica de Cristo para todos, cristianos, creyentes de otras religiones y no creyentes. Realmente, si lo pensamos bien aquello que nos vincula a todos sin diferencia alguna, lo único en lo que somos todos realmente iguales, es en nuestra condición mortal: el noble y el plebeyo, el pobre y el rico, el sabio y el necio, el bueno y el malo, todos debemos morir. Sin tener esto en cuenta toda pretensión (religiosa, moral, revolucionaria o científica) de salvación intra o extramundana es ilusoria. Ante ella somos absolutamente impotentes, por muchas estrategias de dilación o distracción que podamos ensayar.

Pues bien, en Cristo, Dios se ha hecho presente incluso en la muerte, y la ha reventado por dentro. En Cristo, también la muerte se ha hecho lugar de encuentro con Dios. De esta manera, el cristianismo no se evade de la dureza del mal radical, lo mira cara a cara, pero hace de él mismo lugar de la respuesta: el amor hasta la muerte es más fuerte que la muerte, y si el Dios Autor y Amigo de la vida (cf. Sb 1,13-15) ha probado las hieles de la muerte, ésta ha perdido su antiguo poder de muro infranqueable y se abre para todo ser humano sin distinción, pues todos han de morir, la posibilidad del encuentro con Cristo y de ser bautizados en su muerte: ya sea en esta vida, por la fe y el sacramento, ya sea en el momento mismo de la muerte, en el que está Cristo presente y que puede ser entendido como el bautismo existencial de cada uno (si bien, cada uno, no sabemos cómo, ha de responder positivamente a esta oferta de salvación).

Llegados a “los umbrales de Jerusalén”, a los que nos ha acompañado la Cuaresma, somos invitados a entrar en la ciudad santa para ser testigos del gran misterio del Amor, de la manifestación al mundo del verdadero rostro de Dios en el rostro desfigurado de su Hijo. Sólo pasando por ese trance será posible la verdadera alegría de la que nos habla el salmo 125, con el que queremos concluir nuestra meditación sobre el camino cuaresmal:

«Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. / Hasta los gentiles decían: “El Señor ha estado grande con ellos.” El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. / Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares. / Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.»

 

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (B)

junio 28, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24 La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo

Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella.

Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y l2a y 13b R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15 Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres

Hermanos: Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.»

Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43 Contigo hablo, niña, levántate

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio le la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

No está muerta, está dormida

Jesús, que nos invita una y otra vez a pasar a la otra orilla, a no quedarnos paralizados, a ponernos en camino, él mismo ha pasado a la otra orilla: de la orilla de Dios, plenitud de ser y de vida, a la orilla de nuestro mundo, en el que se encuentra con todos (la mucha gente a su alrededor), y con cada uno en persona, con sus problemas, penalidades y tristezas: con Jairo, angustiado por su hija, que está en las últimas.

He aquí una situación típica en la que cualquiera de nosotros podría reconocerse con facilidad: un familiar cercano enfermo y en grave peligro de muerte, y encima joven, un niño o una niña, con toda esa vida que debería tener por delante, amenazada de un prematuro final. La impotencia ante la muerte es una situación típica para acudir a Dios, pedirle la curación; y, en un caso como el del evangelio, casi exigírsela; porque, si para nosotros, los seres humanos, la muerte es siempre percibida como una injusticia que no debería suceder, tanto más si se trata de alguien que apenas ha podido estrenar su propia vida.

Jesús acoge y responde a la angustiada petición de Jairo, el hombre importante que, ante la enfermedad de su hija, nada puede hacer, más que suplicar. Sin embargo, este fragmento parece que está más hecho para suscitar interrogantes que para suspirar aliviados por su final feliz. En primer lugar, Jesús responde, pero no inmediatamente. Entre la petición de Jairo y la llegada a la casa se interpone el encuentro con la mujer hemorroísa, que le hace perder un tiempo precioso en un asunto que, al fin y al cabo, no parecía tan urgente, hasta el punto de que, entretanto, la niña enferma muere. Algo que también descubrimos, y muy enfáticamente, en el caso de la muerte de su amigo Lázaro (cf. Jn 11, 6) ¿No podía haber acudido Jesús inmediatamente y ahorrar así, en los dos casos, el amargo trance de la muerte? Con frecuencia podemos tener la impresión de que Dios está distraído y no atiende a nuestras súplicas angustiadas.

Pero hay más. Si Jesús tiene la capacidad de apiadarse y de salvarnos de la enfermedad y la muerte, ¿por qué lo hace sólo en unos pocos casos, mientras que parece ignorar olímpicamente muchísimos otros? En tiempos de Jesús las gentes, jóvenes y viejas, enfermaban y morían, como sucedía antes y ha sucedido después, y no parece que la actividad principal de Jesús haya sido dedicarse a salvar de los lazos de la muerte. Es muy posible que todos nosotros hayamos rezado en alguna ocasión con angustia, pidiendo por la vida o la salud de un ser querido o cercano, sin que, aparentemente, hayamos obtenido respuesta. La oración de petición por la vida amenazada de nuestros seres queridos es su forma más dramática, precisamente porque percibimos la muerte como el mal irremediable. Por fin, un último interrogante que, a una mirada puramente racional, suscita este milagro de Jesús es el de su carácter provisional: la hija de Jairo, igual que el hijo de la viuda de Naín (cf. Lc 7, 11-17) y su amigo Lázaro no fueron, estrictamente hablando, resucitados, sino devueltos a esta vida mortal, por lo que después de un tiempo, volvieron a morir.

Para entender el sentido de este milagro de Jesús, debemos tratar de descubrir, más allá del favor personal que recibió Jairo, el significado que tiene para todos nosotros, para nuestra comprensión de nuestra fe en Cristo y del modo de actuar de Dios en favor nuestro. Porque los milagros de Jesús hay que entenderlos, no, sobre todo, como favores personales que hace a unos, mientras se los deniega a otros (¿por qué a él sí y a mí no?, cabría siempre protestar), sino como signos salvíficos que nos dan a comprender quién es Jesús como Mesías y Salvador de todos. Si al calmar la tempestad, Jesús se ha mostrado como Señor sobre las fuerzas de la naturaleza (cf. Mc 4, 35-40); y en el encuentro con la hemorroísa, muestra su poder sobre la enfermedad (pero también sobre el pecado, pues esa enfermedad hacía a esa mujer impura), ahora se manifiesta como Señor de la vida y de la muerte, que tiene poder precisamente sobre lo que para nosotros se presenta con el cariz de lo irremediable.

Jesús manifiesta este poder en el caso de la hija de Jairo, que acaba de morir; en el del hijo de la viuda de Naín, que ya se dirige a la tumba; y en el de su amigo Lázaro, del que, tras varios días en el sepulcro, la muerte ya se ha enseñoreado, pues ya huele. Jesús se muestra en todos estos casos como el Dios amigo y creador de la vida, que ni ha hecho la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes, como hermosamente nos recuerda el libro de la Sabiduría.

Ahora bien, si, por un lado, creemos y sentimos que hemos sido creados para la vida y no para la muerte, y que la muerte es fruto del mal y del pecado, una especie de no deber ser contra el que nos rebelamos y protestamos con razón, sabemos también que la muerte es una parte natural de la vida, que es ley de vida. Nos sentimos hechos para la vida, nos las ingeniamos de mil modos para vencerle la partida a la muerte, siquiera temporalmente, prolongando el tiempo de nuestra existencia, o procurando dejar de nosotros alguna “memoria” en forma de obras o descendencia… Pero, al mismo tiempo, comprendemos que una vida sin fin en las condiciones de este mundo concreto sería una carga insoportable, difícil de aceptar, además de que haría inviable la supervivencia de todos sobre la tierra. Por eso, a veces percibimos la muerte como una liberación y un alivio de las penas de este mundo: una forma de descansar en paz.

En este relato de la vuelta a la vida de la hija de Jairo debemos entender la acción de Jesús como un anticipo de su propia muerte y resurrección. Al pasar a nuestra orilla asumiendo la vida humana, su condición carnal, vulnerable y limitada, Jesús ha asumido también su mortalidad. La asume en su condición natural (biológica, inevitable); pero también carga sobre sí lo que tiene de consecuencia del pecado: su carácter injusto, fruto de la violencia, la mentira, los intereses bastardos, dispuestos a pasar incluso por encima de la vida inocente. En el primer sentido, Jesús ni se ahorra a sí mismo, ni nos ahorra a nosotros el tránsito necesario de la muerte. Ya vimos que, incluso aquellos a los que Jesús devolvió a la vida, tuvieron que volver a pasar por ella. Pero es en el segundo sentido: la muerte como negación radical de la vida, del Dios creador de la misma, del bien y la posibilidad de una vida plena, en el que Jesús actúa a favor de todos. Por su muerte y resurrección le ha arrebatado a esa muerte, que entró en el mundo por la envidia del diablo, su poder sobre nosotros. Es aquí donde hemos de escuchar las palabras de Jesús en todo su significado: “no está muerta, está dormida”. La muerte no es para el cristiano una destrucción, ni una disolución en la nada, sino un tránsito, una dormición: cerrar los ojos a este mundo para pasar por el fuego y el crisol de Cristo, en el que se consume todo lo inauténtico y efímero (la paja), y queda lo verdadero, auténtico y permanente (el oro) (cf. 1 Cor 3, 12-15). Nuestros seres queridos, los que murieron antes de tiempo y los que vivieron una larga vida, todos los que han muerto, para Dios no están muertos, sólo dormidos.

A algunos esto les da risa, lo consideran expresión de una ingenua esperanza, y nos exhortan a la pura resignación: no es posible pasar a la otra orilla. Pero la fe en Cristo, esa fe que salva a la mujer hemorroísa de la enfermedad y la impureza, y a la que se exhorta a Jairo para salvar a su hija de la muerte, significa la fe en un Dios que ama la vida, que no ha hecho la muerte (más que, en todo caso, como final biológico en esta vida y como tránsito a la vida plena), porque en esta vida hay dimensiones que traspasan las condiciones efímeras del espacio y el tiempo: la justicia es inmortal, nos recuerda la primera lectura, y también lo son la verdad, la honestidad, la generosidad, el amor… Incluso los que se ríen de la esperanza cristiana entienden que hay realidades y valores por los que merece la pena entregar la propia vida, aceptando, de este modo, confusamente, que hay “dimensiones superiores”, que dan plenitud a la vida, la ennoblecen y la salvan del envilecimiento, incluso cuando esto significa renunciar a la supervivencia física.

La vida eterna no es una mera vida sin fin, sino una vida plena, liberada de la amenaza del mal y de la muerte, una vida en comunión con Dios en Cristo (cf. Jn 17, 3). Y, puesto que Cristo se ha hecho hombre y vive con nosotros, podemos empezar ya en este mundo caduco a gozar de la vida eterna: una vida como la de Cristo basada en el amor, abierta a todos, a favor de todos, en la que, como el Dios Creador, no destruimos, ni gozamos destruyendo, sino que estamos al servicio de la vida, de la justicia, la generosidad, en especial con los que menos tienen, como nos exhorta hoy Pablo.

Ante la muerte humana, ante nuestros muertos, ante nuestra propia muerte Jesús afirma: no están muertos, están dormidos. Y luego añade “contigo hablo, levántate”; o, con otras palabras: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5, 14). Así es si participamos ya, por la Palabra, los Sacramentos y las buenas obras, en la muerte y resurrección de Jesucristo, si tratamos de seguirlo en esta vida, si procuramos vivir como Él nos ha enseñando. Está claro que para que la muerte sea sólo eso, una dormición que nos abre a la vida plena, en esta vida caduca tenemos que vivir en vela, tenemos que estar despiertos, tenemos que, como la hija de Jairo, ya al borde de la madurez, levantarnos y caminar. Cristo, que mandó que le dieran de comer, es para nosotros alimento para el camino.

Quinto Domingo de Pascua (A) Camino, Verdad y Vida

mayo 13, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7 Eligieron a siete hombres llenos de espíritu

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocar al grupo de los discípulos y les dijeron: -«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.» La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 4-9 Sois una raza elegida, un sacerdocio real

Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 1-12 Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.» Tomás le dice: -«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: -«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.» Felipe le dice: -«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: -«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Jesús, camino, verdad y vida

El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

Sin embargo, ese período de extraordinaria intensidad debió ir cediendo poco a poco a una estabilización, normalización e institucionalización. Y no es extraño que en esa nueva situación los discípulos, sobre todo los de primera hora, sintieran una cierta nostalgia: nostalgia de la presencia física del Maestro, tal como la experimentaron antes de su muerte y resurrección; y nostalgia de ese periodo postpascual de extraordinaria actividad del Espíritu e intensas experiencias de la presencia de Jesús resucitado en la comunidad.

La nostalgia puede convertirse en una mala consejera, que genera turbación, desconfianza y miedo al incierto futuro. Las cosas no son como eran, ¿cómo serán, entonces, en el futuro? Jesús nos exhorta a la confianza en Dios y en Él mismo, nos anima a no dejarnos vencer por el desconcierto o el temor a mirar hacia adelante, y a hacernos al camino que él ha abierto (va abriendo) para nosotros. Pero, nosotros, atenazados por el miedo, respondemos que no vemos el sentido y la meta, que no sabemos qué hacer, ni para dónde tirar. Afloran entonces las tentaciones de buscar falsas seguridades: la seguridad económica, la seguridad del éxito social que podemos intentar comprar, la seguridad que proporciona vivir encerrados en nosotros mismos, evitando el riesgo de la confrontación con el mundo, a veces hostil, al que Jesús, sin embargo, se empeña en enviarnos.

“No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” La objeción del siempre realista Tomás tiene muchos quilates, y nos debería hacer reflexionar, porque esa objeción nos refleja muy bien a todos de un modo u otro. Nos cuesta mucho entender el camino de Jesús, la lógica de sus acciones, el verdadero sentido de su vida y de su muerte. Y, aunque “en general” lo tengamos claro (Jesús es el Hijo de Dios que murió por nosotros y resucitando nos dio nueva vida, etc.), cuando se trata de ir nosotros por ese camino por el que nos invita a seguirle (“adonde yo voy, ya sabéis el camino”) nuestra comprensión se oscurece y asoma el desconcierto. Eso puede ser así en ciertos momentos de nuestra experiencia personal, en la que nos seguimos rigiendo tantas veces por la lógica del éxito mundano (según la mentalidad más primitiva de la retribución inmediata) y no por la extraña lógica de la Cruz, la elegida por Jesús, que significa no doblegarse de ningún modo ante las fuerzas del mal, ni siguiera para lograr algo pretendidamente bueno. Pero puede reflejar también la experiencia de la Iglesia, especialmente en momentos de crisis, como el que, al parecer, vivimos ahora, especialmente en el mundo occidental: podemos tener la sensación de encontrarnos en un callejón sin salida, en un proceso de lenta desaparición de la fe y de la misma comunidad eclesial, en esta cultura tan profundamente marcada por una experiencia secular de cristianismo, de la que, al parecer, ahora esa cultura quiere renegar.

Si decimos que no sabemos el camino, que no sabemos qué hacer, que no sabemos por dónde tirar, es que no sabemos ni conocemos a Cristo: porque él mismo es para nosotros camino: “quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6). Que Jesús es camino, verdad y vida significa que no es un mero referente teórico, ni sólo un hermoso ideal, sin incidencia en nuestra vida; es un camino verdadero, el camino que conduce a la verdad de nuestra vida, el camino que conduce a la vida plena, a la comunión con Dios, nuestro Padre. Pero hay que hacerse a ese camino, seguir por él a Jesús, aunque nos lleve a la Cruz, a esa realidad difícil y paradójica en la que la aparente derrota se convierte en victoria, la muerte, en vida.

Sin embargo, no terminan ahí las objeciones. Jesús insiste en que yendo por el camino que nos propone y que es él mismo estamos ya en contacto con el Padre, al que ya conocemos y hemos visto. Se percibe en estas palabras de Jesús una gran confianza en la eficacia de la enseñanza viva que ha transmitido a sus discípulos, a nosotros que creemos en él. Pero ahora es Felipe el que expresa lo “torpes que somos para entender” (cf. Lc 24, 25; Mc 4, 13). Y, sin embargo, en las palabras de Felipe (“muéstranos al Padre”) hay un gran fondo de razón. Queremos ver. Es cierto que por la fe en Jesucristo llegamos a ver y entender muchas cosas. Pero no deja de ser también verdad que en las condiciones de nuestro mundo “vemos como en un espejo, confusamente” (1 Cor 13, 12). Y hay que tener en cuenta que en tiempos de Pablo los espejos no eran el vidrio con metal azogado de ahora (que se inventó en el siglo XIII), sino superficies de bronce o cobre bruñido que permitían un reflejo muy deformado de la realidad. Especialmente cuando cunde el desconcierto y la inseguridad, el deseo de “ver” directamente se intensifica hasta la angustia. Pero la respuesta de Jesús, una vez más, es una llamada a una fe que es confianza. Hay realidades que no podemos ver, así, sin más, directamente. Si alguien le dice a su amigo que quiere “ver” su amistad, o a la persona amada que quiere “ver” su amor, o el que padece injusticia exige “ver” la justicia en sí… ¿qué se les puede responder? Las realidades más importantes y esenciales de nuestra vida no son directamente visibles, porque no son cosas, objetos a la mano de los que podemos disponer. La amistad, la justicia y el amor se pueden expresar en signos que los hacen patentes; pero para “ver” en esos signos la presencia de esas realidades hace falta también, por parte de quien mira, determinadas disposiciones: apertura, acogida, confianza.

Si lo dicho de eses dimensiones es verdad, tanto más lo ha de ser respecto de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único… lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). El “signo” que Dios nos ha dado para hacérsenos visible es su propio Hijo: mucho más que un mero símbolo, como una inerte señal de tráfico, es una presencia viva en relación directa con Dios: “ver” a Jesús como el Hijo de Dios significa descubrir en él la paternidad de Dios, ver en él al Padre. Jesús es el único camino que nos conduce al Padre, y él es la presencia visible del Dios que se ha revelado como Padre de Jesús y, en Jesús, de todos nosotros. Pero también para este “ver” hace falta la fe, en forma de confianza, a la que Jesús nos exhorta al principio del Evangelio. Y, al final, remata la exhortación apelando a las obras: si persisten las dudas o el desconcierto en nuestro corazón “al menos, creed a las obras”. ¿Qué obras son esas? La obra de Jesús por excelencia es su entrega en la Cruz por amor, y su resurrección, en la que el amor triunfa sobre la muerte. Es el triunfo del Espíritu, que es el vínculo entre el Hijo y el Padre, y la garantía de la presencia de Jesús en su Iglesia, en la comunidad de sus discípulos, y que, pese a la sensación de ausencia que en ocasiones nos embarga, es una presencia real, efectiva, operativa: también ahí hay que creer en las obras. Hoy no se habla todavía del Espíritu, pero es él el que va tomar el protagonismo en la recta final del tiempo pascual, y hoy, de manera indirecta (más claramente en la segunda lectura) se empieza a percibir ese protagonismo.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo patente de la confianza en las obras del Espíritu. La Iglesia crece, se hace una comunidad compleja e, inevitablemente, surgen los conflictos. Pero éstos pueden ser ocasión para un crecimiento no sólo cuantitativo, sino orgánico, cualitativo, para un desarrollo carismático que enriquece a la comunidad. De hecho, el ideal de la Iglesia no es permanecer románticamente en la situación del primer núcleo creyente (la nostalgia por las pequeñas comunidades, a veces pequeñas también en horizontes y perspectivas), sino hacerse también al camino, descubrir, bajo la inspiración del Espíritu, nuevas dimensiones, adecuadas a las personas y los grupos heterogéneos que se van incorporando: sacerdotes judíos ligados al templo, judíos helenistas, además de galileos, samaritanos y, finalmente, gentiles. La diversidad no rompe la comunión si los responsables de la comunidad junto con toda la asamblea están a la escucha de la Palabra y son capaces de responder a las nuevas situaciones en la docilidad al Espíritu. En este caso, nace el grupo de los diáconos, todos de origen griego, y que son también obra del Espíritu, que va estructurando la comunidad eclesial. Vemos aquí cómo la Iglesia tiene que reflejar y anticipar esa casa del Padre en la que hay muchas estancias, en la que hay lugar para todos.

También la segunda lectura habla de este camino dinámico en el que consiste la vida de la Iglesia. Aquí se presenta bajo la sugerente imagen de la construcción de un templo. Su origen y fundamento es el mismo misterio pascual al que se refieren las obras de las que habla el Evangelio: Jesús, piedra desechada (su muerte), pero escogida por Dios (en la resurrección); se trata de una llamada y un don por parte de Dios (“raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios”), pero también de una tarea abierta: entramos en la construcción del templo del Espíritu, que es un proceso tan amplio como la propia historia de la humanidad, como la diversidad de pueblos, culturas y épocas.

En síntesis, en estos tiempos de desconcierto e incerteza Jesús nos llama a la fe, a la confianza, a la apertura y, también, a la actitud activa que, dejando a un lado todo temor y nostalgia de tiempos pasados, se pone a la tarea de discernir el modo de responder a los problemas reales de nuestro tiempo para, en fidelidad al Espíritu, seguir construyendo el templo de Dios en el que los hombres y mujeres de hoy puedan encontrar su lugar y, mirando al Hijo, puedan ver al Padre.

VIGILIA PASCUAL (B)

abril 4, 2015

Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno
Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22. R. La misericordia del Señor llena la tierra.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18 El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

Sal 15 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1 Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Ex 15, 1-6.17-18 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Lectura del profeta Isaías 54, 5-14 Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor

Sal 30 R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Lectura del profeta Isaías 55, 1-11 Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua

Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4

Sal 18 R. Señor, tienes palabras de vida eterna Camina en la claridad del resplandor del Señor

Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28 Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo

Sal 50 R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11 Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 1-7 Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado

 

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Sepulcro-de-Jesús-610x225Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose a ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, como nos dirá Pablo mañana, aspirar a los bienes de arriba (Col 3, 1), que no consisten sino en que nuestra vida esté con él, el Maestro que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el Señor que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: nosotros somos testigos de la resurrección, “que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.

Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) images-1al contemplar en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe: ver a Cristo Resucitado, y ver el mundo con ojos nuevos, ver a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios; y, además, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en Aquél que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

En contra del aborto y en favor de la vida

marzo 16, 2014

Por fin un político (en este caso una mujer), se moja en el asunto del aborto. Y lo hace de primera.

http://www.youtube.com/watch?v=W1gY48VSxCs&sns=em

En su intervención la diputada del PP desmonta por fin la falacia de que las feministas representan a “las mujeres” en su conjunto.

Las feministas se representan sólo a sí mismas. Muchísimas mujeres, perfectamente libres y responsables, están en contra del aborto. Es decir, a favor de la vida. Además, que abortar o dar a luz sea exclusiva competencia de la mujer, es profundamente antifeminista, pues de ser verdad esa ecuación, habría que concluir que, en caso de decidir tener a su hijo, éste es cosa sólo suya, y el padre de la criatura puede lavarse las manos, y decirle a la madre, parir o no parir o no parir es asunto exclusivamente tuyo, por lo tanto, si decides parir, allá tú con la criatura, a mí no me vengas con exigencias… El absurdo es tan patente que es un insulto a la inteligencia. Además de que no es verdad que “las mujeres” decidan en libertad. Muchísimas son forzadas a abortar contra su voluntad. En esto la izquierda no es simplemente ingenua, es sencillamente mentirosa.

Considero, sin embargo, que la reforma de la ley se queda muy lejos de una verdadera cultura de la vida, porque se trata sólo de volver a la anterior ley de supuestos del PSOE, que es un auténtico coladero. Hay que crear mecanismos que ayuden a las mujeres en dificultad a tener a sus hijos.

Me parece un escándalo que en la actualidad en los mcs (incluidos los públicos controlados por el PP, como TVE) prácticamente sólo se dé voz a los contrarios a la reforma y a sus mendaces argumentos, mientras que multitud de grupos y movimientos de la sociedad civil que trabajan a favor de la vida, sean silenciados sistemáticamente.