¿Quién soy yo?

Diciembre 20, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 4ª semana de Adviento (C)

20 de diciembre de 2009

De ti saldrá el jefe de Israel
Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a

Aquí estoy para hacer tu voluntad
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45

¿Quién soy yo?

Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal. Tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se explica que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Ain Karem, en la montaña de Judá

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes (y los lugares) que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en las grandes urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importantes del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del universo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que puede habitar el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las “cumbres”, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, estos encuentros preparatorios alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro de bendición. Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. No son los intereses mutuos y contrapuestos, con el correspondiente tira y afloja, los que tienen el protagonismo, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y este es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres que se van realizando en estos encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de este mismo encuentro: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, podemos comprender el modo concreto en que hemos de preparar el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la navidad si nosotros, los creyentes, lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. La Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, se abre a la Palabra, para que habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y se dejará sentir, como la sintió Juan en el seno de Isabel, suscitará el espíritu profético y hará posible en algún momento de futura madurez un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios, a ser nuestra paz.

El deber y el gozo

Diciembre 13, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 3ª semana de Adviento (B)

13 de diciembre de 2009

PRIMERA LECTURA
El Señor se alegra con júbilo en ti
Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14-18a

SEGUNDA LECTURA
El Señor está cerca
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4-7

EVANGELIO
¿Qué hacemos nosotros?
Lectura del santo evangelio según san Lucas 3, 10-18

 La alegría de la venida y la severidad del deber

 El tercer Domingo de Adviento se llama, según una venerable tradición, Domingo “Gaudete”, “regocijaos”, por la primera palabra del Introito de la Misa y en consonancia con las exhortaciones de la primera y la segunda lectura. El tiempo de Adviento se organizó litúrgicamente hacia el siglo V como un ayuno penitencial preparatorio de la Navidad, en paralelo al tiempo de Cuaresma anterior a la Pascua. Por ello, igual que el tercer Domingo de Cuaresma es el Domingo “Laetare” (alegría), que supone un cierto alivio en medio de los rigores cuaresmales, el Domingo tercero de Adviento (que, entretanto, ha perdido entre nosotros mucho de su carácter penitencial, no así entre los orientales) es el domingo del regocijo que intuye ya la cercanía próxima del Señor. Incluso psicológicamente puede entenderse esta explosión de gozo y alegría: ya “solo” queda un domingo más, antes de la gran fiesta de la Navidad. Y esta alegría litúrgica y psicológica puede tener además otras connotaciones que refuerzan el tono festivo: se acercan las vacaciones, tal vez, el reencuentro familiar, etc. En el plano de la fe la proximidad de la celebración litúrgica nos recuerda la proximidad real del Señor, que, pese a todas las evidencias negativas que pueblan el mundo y la historia, no ha abandonado a los suyos, sino que viene en su busca y quiere encontrarlos. El gozo que nos anuncia este Domingo de Adviento y de esperanza procede de una posibilidad que se puede hacer realidad: “el Señor está cerca” y tú puedes encontrarte con Él. ¿Cuáles son las condiciones de este encuentro?

Resulta chocante que, precisamente en este Domingo que exhorta al regocijo, el Evangelio adopte un tono severo y subraye las exigencias del frío deber. Más que los tonos alegres de la Buena noticia de la salvación y la gracia, pone en primer plano las normas morales a que debe someterse nuestra voluntad. Ya las mismas preguntas que la gente le dirigía a Juan están referidas al “hacer”, y además a ese hacer que se nos impone como deber: “¿qué tenemos que hacer?” Las respuestas de Juan parecen las verdades del barquero, evidencias de sentido común y que se pueden resumir en el deber de la justicia. A todos (a la “gente”) se le exige la disposición a compartir lo que tienen con los necesitados; a los que están investidos de ciertas responsabilidades y cierta autoridad (o poder, si preferimos decirlo así), la exigencia es la de no abusar de su posición, esto es, abstenerse de hacer el mal en beneficio propio. La exigencia de justicia, efectivamente, se desdobla en dos principios complementarios: el más exigente y universal, o de justicia negativa, que prohíbe hacer mal a nadie (“el primer bien que hay que hacer es no hacer mal”); y el segundo, de solidaridad o de misericordia, que nos manda hacer el bien en la medida de lo posible. Son dos principios complementarios y necesariamente implicados entre sí, que no se deben separar demasiado radicalmente: la misericordia supone la justicia (si quiero que me ayuden, es justo que yo lo haga con los demás), y la justicia exige la misericordia (si no quiero ofender a nadie, es porque reconozco su dignidad, y esto me ha de mover a ayudarles).

Hemos de reconocer que lo que responde Juan a la gran cuestión de “¿qué debemos hacer?”, si bien no resulta muy original, en absoluto carece de importancia. Si todo el mundo se abstuviera de hacer mal a los demás, y se esforzara en ayudar a los necesitados en la medida de sus posibilidades, cambiaría la faz de la tierra. ¿No será, pues, la justicia suficiente? A la pregunta de ¿qué tenemos que hacer?, podemos agregar esta otra (si, en nuestro interior consideramos que, en lo fundamental, vivimos de acuerdo con esas exigencias): ¿qué más podemos hacer?, o, dicho de otra forma, ¿por qué tenemos que hacer algo más? ¿Es que acaso esto no es suficiente? Conformarnos con el horizonte de la justicia como meta última de nuestra vida y de nuestra historia es lo que está implicado en la pregunta ulterior que las gentes se hacían respecto de Juan el Bautista. ¿No será éste el Mesías? Que Juan sea el Mesías significa que las estrictas exigencias de la Ley y del Deber son el contenido último de la salvación a la que aspira el corazón humano; o que son el precio que hay que pagar para obtener esa salvación como premio. Bueno, no es poco; no está mal…, pero nos sabe a poco. ¿Dónde queda el espacio para la alegría? ¿Consiste la plenitud de felicidad, que anhela el fondo del ser humano y que anima todas sus utopías, en una existencia funcionarial marcada por el frío deber? Estas preguntas no son meramente retóricas. Plantean una cuestión de gran actualidad que afecta a la vida de numerosos cristianos, o de personas que se creen justificadas por su propia justicia y no sienten la necesidad de dar un paso más para encontrarse con Cristo. Son los que consideran que “ser buena persona” es suficiente. Como se suele decir, “yo no mato, no robo y pago mis impuestos”; es decir, no hago mal a nadie y el bien que pueda hacer, que lo haga el Estado, que para eso le pago. A éstos Juan el Bautista les basta como Mesías, no tienen que esperar a otro. Por eso se abstienen de rezar, de practicar su fe, de celebrar la Eucaristía, etc. La verdad es que no es poco. Pero se quedan cortos, no tanto en lo que tienen que hacer, sino en lo que podrían recibir; pues Juan habla precisamente de “otro”, y sus exhortaciones nos preparan para algo más grande, que no niega, pero que trasciende el ideal (algo sombrío, digámoslo) de la justicia y el deber estricto.

El tercer Domingo de Adviento, Domingo “Gaudete”, “¡regocijaos!”, es un momento de inflexión: concluye el ciclo de Juan y se abre uno nuevo, al que todavía no se le da nombre, pero que es el ciclo de María. Juan, el último de los profetas, prepara el camino, enseña a los hombres cómo han de disponerse para acoger al que ha de venir, cuáles son las condiciones mínimas. Pero, al mismo tiempo, cede el paso a otro, señalando la insuficiencia de su propia profecía: él no es el Mesías, éste superará todas las expectativas, nos dará, si lo acogemos, mucho más de lo que podemos pedir o merecer. La salvación no es el premio (la paga extra) que reciben los funcionarios del deber, es mucho más. Además del deber, está la gracia; además de la justicia, el amor; más allá del estricto cumplimiento de nuestros deberes, está la alegría de la fiesta, el don gratuito que no se merece, pero que expresa la sobreabundacia del amor. Las relaciones debidas de justicia, que expresan el mínimo de una existencia decente, pueden salvarnos del infierno en que con demasiada frecuencia se convierte la convivencia humana, a causa del egoísmo, la prepotencia y la violencia; pero si nos quedamos en ellas sentimos, en primer lugar, que nuestra debilidad moral nos impide perseverar en ellas sin fisuras (¿quién podrá tirar la primera piedra?); si nos mantenemos en los estrictos límites de la justicia, se plantea sin remedio la cuestión de qué hacer con las contravenciones contra ella, que piden (en justicia) compensación y castigo; por fin, si, pese a todo, conseguimos con esfuerzo acercarnos a ese ideal de la justicia, descubrimos que podemos establecer así relaciones objetivas de conciudadanos, pero que nuestro corazón no se conforma con esto y aspira a una relación más cálida que la mera convivencia civil.

Dios nos ha dado en eso que antes se llamaba la “ley natural”, y que ahora se rebautiza con otros nombres (ética civil, laica, etc.; no discutamos sobre palabras), las exigencias mínimas de una existencia decente. Eso es “lo que tenemos que hacer” o por lo que tenemos que esforzarnos. Pero lo que se nos anuncia ahora es mucho más: no lo que tenemos que hacer nosotros, sino lo que Dios quiere hacer en nuestro favor. Quiere encontrarse con nosotros, mostrarnos su rostro humano y amable en Jesucristo, y, en Él, descubrirnos su rostro paterno, reunirnos como a hijos, vincularnos con lazos de fraternidad, bendecirnos en su presencia, perdonar nuestras debilidades y maldades, llenarnos de alegría y regocijo.

“El que ha de venir” no lo hace para añadir nuevos preceptos a la ley, cargando nuestras espaldas con más fardos; su mensaje no es el de un legislador, sino el de uno que viene a traernos regalos inesperados e inmerecidos. Juan, saliendo ya de la escena, nos invita, sí, a perseverar en la justicia, pero también a abrirnos a un horizonte más grande, a la recepción de dones inmerecidos, de gracias que han de llenar nuestro corazón de gozo y alegría. La “Llena de gracia” ya está tomando el testigo.

Junto con el innegociable compromiso con la justicia, la alegría presentida por la esperanza, que esponja, ensancha y embellece a aquella, es el testimonio que los cristianos hemos de dar para que, por medio de él, nuestro mundo sepa que “el Señor está cerca”.

¿Qué clase de Rey es Cristo?

Noviembre 21, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario (B).

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

 22 de noviembre de 2009

Su dominio es eterno y no pasa
Lectura de la profecía de Daniel 7, 13-14

El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios
Lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8

Tú lo dices: soy rey
Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 33b-37

¿Qué clase de rey es Cristo?

Esta es una fiesta extraña, que irrita a los “republicanos” aunque difícilmente puede contentar a los “monárquicos”. Algo o mucho tiene que ver con ello el hecho de que el Reino de que se habla aquí no es de este mundo, aunque se manifieste y subsista en él.

Algunos pueden pensar que declarar a Cristo “rey” del universo es un anacronismo monárquico, un resabio de tiempos pasados, incluso si entendemos esta realeza en sentido más o menos metafórico. Puede que en parte sea verdad, pero si lo pensamos fríamente, declarar que Cristo es “presidente” o “primer ministro” de una cierta república, por mucho que no sea de este mundo, nos podría resultar aún más extraño (por no decir, ridículo). Y es que el título de presidente o primer ministro tiene un sentido meramente funcional y, por eso mismo, advenedizo, pasajero y temporal. Es evidente que los presidentes que pierden el consenso popular pierden al mismo tiempo toda legitimidad y que su poder, si se mantiene, resulta inicuo. Con la institución monárquica no sucede exactamente lo mismo, al menos, tal como se ha entendido históricamente. El rey, se supone, lo es por derecho propio, su puesto conlleva una cierta naturalidad, que hace de él “soberano” (supremo, alguien que está por encima). De ahí que históricamente haya habido tantos ensayos sea de divinizar a los reyes, sea de justificar ese poder humano desde instancias religiosas.

Lo que decimos puede redoblar aún más la desconfianza hacia esta fiesta “monárquica”, considerando que hoy pocos serán los que estén de acuerdo, no ya con divinizar ningún género de poder político, sino ni siquiera de justificarlo teológicamente. Pero puede atemperar nuestra desconfianza el saber que las tendencias antimonárquicas se encuentran ya con mucha fuerza en la misma Biblia, cuando los israelitas, de manera reiterada, pedían un rey a Yahvéh para ser “como todas las naciones” (Jc 8, 22; 1Sam 8, 5); esas peticiones son entendidas por Yahvéh como un rechazo contra él: “me ha rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam 8, 7), que advierte de las consecuencias para el pueblo de la institución real: se convertirá en un pueblo de siervos y pondrá en peligro su propia experiencia religiosa, su fuerte monoteísmo, pues tenderá a divinizar el poder político, como hacían los otros pueblos, y las alianzas con éstos  le llevarán a dejarse contaminar por sus ídolos.

Aunque la monarquía (y, en consecuencia, las tendencias monárquicas) acaban triunfando en la Biblia, la experiencia religiosa e histórica de la monarquía es globalmente negativa por los motivos indicados. Y de ahí que Israel viva gran parte de su historia ansiando un nuevo David, un rey distinto de los que ha conocido, en el que se hagan por fin verdad las promesas mesiánicas que sólo muy parcialmente vieron cumplidas en David.

En realidad, el fracaso de la monarquía de Israel habla del fracaso de toda monarquía, pues, en verdad, la única forma en que hoy parece aceptable una monarquía como forma de organización política, es la monarquía constitucional, en la que el rey lo es sólo de mentirijillas, ya que la teoría política moderna (que antes que por Montesquieu o por Locke, fue definida en sus grandes rasgos por los representantes de la segunda escolástica de la Escuela de Salamanca) no acepta que nadie sea superior a nadie “por naturaleza”, o por derecho propio, de modo que la única “soberanía” admitida sea la que procede del consenso social.

Está claro, pues, que si Cristo es Rey, lo es de un modo muy distinto al que lo son los reyes de este mundo (sean constitucionales o no). Dicho lo dicho, es claro que ningún rey pasado, presente o futuro lo es en sentido propio. Cristo, en cambio, lo es en el pleno sentido de la palabra, es un verdadero rey, como él mismo lo confiesa ante el representante de otro rey, del más poderoso de su tiempo: el César. Y no deja de ser irónico que esta confesión se haga en una situación que pone de relieve que la realeza de Jesús es bien extraña y paradójica, realmente, no de este mundo:

-         Sin ejército ni poder externo alguno; ¿cómo podrá defendernos?;

-         Sometido a juicio y condenado: ¿cómo podrá hacer justicia?

-         Su corona es de espinas; ¿cómo, siendo así, podrá inspirar respeto y temor?

-         Su trono es la cruz; ¿quién se inclinará ante él?

Sin embargo, precisamente estas paradojas pueden ayudarnos a entender en qué sentido es Jesús rey, y rey del universo, si bien, es claro que su reino no es de este mundo y poco tiene que ver con los poderes políticos. Jesús no posee, en cuanto rey, poderes ni boatos externos, que, precisamente por serlo, ya hablan del carácter meramente advenedizo de los mismos y, por consiguiente, de la debilidad de quien los posee. El César romano, el Secretario General del Partido o el Presidente de cualesquiera Estados son, de por sí, nada y nadie; su poder es prestado e, igual que lo han recibido, lo pueden perder. En Jesús no es así. Despojado de todo poder externo, Cristo tiene autoridad: un poder que brota de su misma persona. Es un poder del que puede disponer realmente, en virtud del cual puede entergar su propia vida libremente. Por eso, Jesús juzga al mundo por medio, no de la condena, que él mismo asume, sino del perdón, y reina no sobre los reinos (y las repúblicas) de este mundo, sino sobre el mal y la muerte. De ahí que su reino, que no es de este mundo, pero por medio de Él se manifiesta en este mundo, dura por siempre y no tiene fin.

El poder (o, mejor, la autoridad) de la realeza de Jesús no establece una relación vertical y tiránica, ni siquiera meramente “representativa” con los suyos: comparte plenamente su poder con aquellos que aceptan el testimonio de la verdad y escuchan su voz, a los que ha convertido en un pueblo de reyes y sacerdotes de Dios su Padre.

La fiesta de Cristo, Rey del Universo, que cierra el año litúrgico, nos habla de la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte; algo que no siempre es patente en este mundo, en el que, a veces, puede parecer que la bondad, la honestidad y la justicia no compensan y no merecen la pena. Pero Jesús, en su extraño reinado, coronado de espinas y entronizado en la cruz, testimona que, al final, no hay fuerza mayor ni poder más grande que el del amor y el perdón, hasta la muerte; que ese reino, aunque no es de este mundo, está presente y operando ya en él, por medio de aquellos que escuchan su voz y tratan de ponerla en práctica; y que, al hacerlo, ellos mismos participan de la realeza de Cristo (invitados a tomar su cruz) y de su autoridad (el poder del amor), y se convierten en profetas, testigos del nuevo y definitivo reino, y en sacerdotes,  mediadores, del Dios Padre de todos.

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Noviembre 13, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 33ª semana del Tiempo Ordinario (B)

15 de noviembre de 2009

Lectura de la profecía de Daniel 12, 1-3 Por aquel tiempo se salvará tu pueblo 

Salmo responsorial Sal 15, 5 y 8. 9-10. 11 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18 Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados

Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,24-32 Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Como siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos (guerras, inundaciones y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo y, ni siquiera, el Hijo, que, al participar plenamente de nuestra condición humana participa, al parecer, también de nuestro modo de relación con el futuro, que, es, en primer lugar, el desconocimiento. Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:

“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). …

No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”

La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo son los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros, en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas sabidos sin dolor y escritos en una página de la historia, sino que son los que nosotros mismos tenemos realmente que padecer.

De este modo, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que ni sabemos cuándo será, no lo podemos saber, ni, en consecuencia, debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”, vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y oposiciones–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, a causa de la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención y, en una u otra medida, debemos dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellos en exclusiva nuestra vida. Pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente del carácter efímero y pasajero de los mismos. Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar el valor de la justicia, o de la verdad? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de una dignidad que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como la Palabra de Jesús, no pasarán y que son los que nos salvan.

Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de Predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios, Padre de Jesucristo, es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a inscribirse libremente. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.” Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero que cuyo límite temporal es para cada uno el momento de la propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo de llamada a inscribirse en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación.

Cuánto valen dos reales

Noviembre 8, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

8 de noviembre de 2009-11-06

PRIMERA LECTURA: Lectura del primer libro de los Reyes 17, 10-16
La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28
Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos

EVANGELIO: Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 38-44
Esa pobre viuda ha echado más que nadie 

 

Siempre he pensado que el libro Guiness de los récords merecería incluirse a sí mismo, porque constituye un verdadero récord, el de la vacuidad (por no decir, el de la estupidez). Este libro es un monumento al culto de la magnitud, del tamaño, que hace de la cantidad la medida de la calidad. La cantidad, la magnitud y el tamaño, desde luego, se imponen a la mirada. Para aquellos, que, como los escribas en el Evangelio de hoy, lo importante es hacerse notar, que los vean y reverencien, la cultura del récord es, sin duda, idónea, sobre todo, si no tienen otra cosa que mostrar que le mera apariencia externa (en este caso, religiosa). Para esta mentalidad y este modo de vida, en el que lo importante es el continente y no el contenido, si no te ven y reconocen es como si no existieras, aunque sea altamente probable que esa existencia esté vacía por dentro. Porque, por poner un ejemplo chusco, ¿qué interés puede haber en hacer la tortilla más grande del mundo (excepto el de que te inscriban en el dichoso libro), si luego resulta que esa tortilla no es la más rica del mundo, que es lo que, hablando de tortillas, realmente interesa?

Esta obsesión por ser los primeros y los más grandes revela, al fin y al cabo, nuestra propia vacuidad, es decir, la pérdida del sentido de lo que realmente vale. Y es que lo que vale de veras no se puede medir cuantitativamente. Y medir la calidad, por más que sea posible, es bastante más difícil. La tortilla más rica del mundo es la que le hace la madre a su hijo, y sólo él, al comérsela, es capaz de captar ese valor que no admite cuantificación.

Con lo que estamos diciendo tampoco queremos ensalzar las perspectivas mediocres, las aspiraciones de cortos vuelos, denigrando así el valor de la excelencia. Pero es que la excelencia no está ligada necesariamente a la magnitud y a la capacidad de atraer la atención de muchos, sino a la autenticidad. En el Evangelio de hoy Jesús llama, precisamente, a la autenticidad, que poco tiene que ver con el deseo de sobresalir y hacerse la propaganda (incluso, con buenas obras, por ejemplo echando mucho dinero en el cepillo del templo, pero cuidándose bien de que se note).

En realidad, no importa mucho ser grande y famoso, ocupar cargos muy importantes y estar en el candelero público, cualquiera que sea el ámbito de actividad del que se trate (la política o la economía, el deporte o el arte, la religión o la ciencia). Estar en la cumbre, al final, es algo no sólo accesorio, sino con frecuencia también casual y dependiente de factores que escapan a nuestro control. ¡Cuántas veces son meras combinaciones de circunstancias las que encumbran al mediocre o al incompetente! Pero, incluso el que está en la cumbre de cualquier ámbito de la vida humana por méritos propios, por su propia excelencia, no puede olvidar que hay cumbre porque hay una base y todo un cuerpo de la montaña, sin los que él mismo no sería nada.

Así que lo importante no es dónde está uno y si llega o no a ser famoso: todo eso es polvo que se lleva el viento. No importa ser un político reconocido, o un gran médico, o un artista, o científico, o deportista de fama, sino ser un auténtico político, ocupado del bien común (como un sencillo alcalde de aldea), un verdadero médico, entregado a la salud de sus pacientes, un auténtico artista o científico o deportista, consagrado de corazón a la propia actividad. Es decir, lo importante es hacer cosas buenas y hacerlas bien, con el corazón, con convicción y autenticidad. La obra bien hecha, esto es, hecha en conciencia, por convicción, con generosidad lleva en sí misma su propio premio y es independiente de que obtenga o no el reconocimiento social. Si éste viene, bienvenido sea, pero no depende de él el que nos dediquemos a la obra buena y perseveremos en ella. Y es que la vida humana está hecha en su mayor parte de hechos y situaciones menudas, aparentemente insignificantes, pero en las que vamos hilando, para bien o para mal, la trama de nuestra existencia. Es en la fidelidad de lo pequeño, como nos recuerda Jesús en otros momentos (cf. Mt 25, 21-23), en donde se deciden las grandes fidelidades.

Los maestros escultores medievales tallaban con todo detalle primorosas estatuas para los pináculos de las catedrales góticas, que nadie iba a poder disfrutar. Pero lo hacían movidos por el amor a la obra bien hecha y, sobre todo, por amor al Dios al que consagraban su arte. Creían en Dios y creían en lo que hacían.

Y es que la fidelidad en lo menudo, como hacer bien las cosas que hacemos, incluso las más aparentemente insignificantes, es también una cuestión de fe, esto es, de confianza.

Esa fe es lo que se descubre en la viuda de Sarepta, que, fiada de la palabra del profeta, es capaz de compartir lo poquísimo que tiene con el forastero que le solicita ayuda. Y es esa misma fe la que mueve a la pobre viuda del Evangelio de hoy, que al dar limosna, bien insignificante en cantidad, lo da todo, esto es, se da ella misma.

Los dos reales de su limosna simbolizan, tal vez, que lo decisivo y auténtico de la vida no se decide, la mayoría de las veces, en grandes acciones, sino en los pequeños detalles de cada día. Son ellos los que ponen a prueba la autenticidad de nuestra vida y los que nos preparan para los grandes momentos, si es que llegan. No podemos descuidar el detalle de que esta pobre viuda dio sus dos reales al tesoro del templo. Para nosotros el templo es el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Y esto significa aquí, además de la ayuda material que podemos y debemos realizar para el sostenimiento de nuestra Iglesia, que nuestra aportación a la construcción del cuerpo de Cristo es esencial, por muy pequeña que pueda parecernos: es esencial porque es la nuestra, y lo que nosotros podemos aportar podemos darlo sólo nosotros; y su posible insignificancia lo es sólo a los ojos de quienes todo lo miden sólo en términos de cantidad o de relumbrón, pero no para los ojos capaces de descubrir la autenticidad del corazón, la capacidad de entregarse a Dios y a los hermanos. 

Es ese corazón auténtico lo que ve Dios con los ojos humanos de Jesús. Jesús sabe ver bien esa autenticidad de la entrega, porque de entregarse hasta el final sabía un rato, como nos recuerda hoy el autor de la Carta a los Hebreos.

En conclusión, podríamos extraer de las lecturas de hoy tres lecciones principales:

-  Como la viuda de Sarepta, ser generosos incluso en la necesidad, gracias a la fe/confianza en la palabra profética que Dios nos dirige de tantas maneras, pero especialmente por medio de su Palabra, proclamada y escuchada en la liturgia de la Iglesia.

-  Como la pobre viuda del Evangelio, ser capaces de darnos del todo en aquello que hacemos y a aquellos con los que y por los que vivimos. Y hacerlo en los pequeños detalles (los aparentemente insignificantes dos reales) de cada día.

-  Sin dejarnos cegar por el culto a lo grandioso (que puede ser sólo grandilocuente), tener, como Jesús, ojos para ver esos pequeños detalles de autenticidad en los demás, ojos para la grandeza que se manifiesta en lo pequeño.

Señor, que pueda ver

Octubre 25, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 30ª semana de Tiempo Ordinario

25 de octubre de 2009

PRIMERA LECTURA: Jeremías 31, 7-9 – Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos

Salmo responsorial Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 -R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

SEGUNDA LECTURA: Hebreos 5, 1-6 – Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

EVANGELIO: Marcos 10,46-52 – Maestro, haz que pueda ver

“Maestro, que pueda ver”

La situación que se nos describe hoy en el Evangelio es una típica situación de marginación: al borde del camino se encuentra un hombre que por ser ciego es pobre y dependiente y no puede caminar por sí mismo, como el resto de la gente. La marginación de cualquier tipo es un fenómeno siempre incómodo.Y no sólo para quien la sufre (esto va de suyo, claro), sino también para los demás, para los “normales” que pasan de largo por el camino mirando hacia otra parte. La marginación, los marginados de cualquier tipo, gritan y molestan. Imploran ayuda y nos ponen en cuestión. El propio confort y seguridad se hacen en cierto sentido molestos ante el rostro inquietante de la marginación. Una forma de esquivar esta incomodidad es hacerse sordo a sus gritos, hacerlos callar, como hacen “muchos” de los que caminaban alrededor de Jesús. Ante la ceguera gritona de ese que se sentaba al margen del camino, lo mejor es hacerse el sordo, o tratar de que, además de ciego, se haga mudo. Una forma de acallar esos gritos es, por ejemplo, convertirlos en “un problema” abstracto, anónimo, sin nombre y sin rostro.

El primer detalle significativo del Evangelio de hoy es que, a diferencia de lo que sucede en otros pasajes de curación, aquí se nos dice el nombre y algo de su procedencia: es Bartimeo, el hijo de Timeo, esto es, alguien concreto, con nombre, con una historia y unas relaciones, con sentimientos, deseos y esperanzas, frustrados precisamente por su situación de marginación. Es normal que gritara en cuanto percibiera la más mínima esperanza de curación.

A diferencia de los demás, Jesús se detiene, lo llama y entabla con él un diálogo. Jesús no percibe en el grito del ciego sólo la molestia que ocasiona la marginación, sino la angustia y el sufrimiento de la persona concreta. Por eso se abre a sus necesidades y se dispone a escuchar sus deseos. Es interesante que le pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?» Como si no fuera evidente lo que ese hombre podía pedir. Pero es que a la hora de acoger y ayudar es importante (tal vez, lo más importante) dejar que la persona se exprese y pueda exponer sus necesidades y deseos. A veces la ayuda social puede hacerse de manera profesional y especializada: uno “sabe” mejor que el necesitado lo que éste necesita, y se puede hacer de él “objeto” de una caridad, de una ayuda burocratizada, que no da lugar al encuentro personal, al diálogo con la persona, a que ésta pueda ejercitar el mínimo de autonomía de que todavía disfruta: siquiera decirnos su nombre (“no soy sólo un pobre, sino yo, Bartimeo”), exponer su necesidad y su pobreza, expresar sus deseos y manifestar sus sueños. Hay formas de ejercer la “caridad” que pueden ser modos encubiertos de hacer callar el grito de los marginados. Jesús, como vemos hoy, actúa de otra manera: oye el grito, llama, escucha, deja al otro ser sí mismo, y sólo desde ahí actúa curando.

Sanar la marginación no significa necesariamente hacer milagros, ni siquiera resolver problemas. No siempre está en nuestras manos ni, desde luego, lo uno, ni tampoco siempre lo otro.  Pero sí que podemos escuchar, acoger, respetar al otro en su idiosincrasia y en su concreción, reconocerlo como persona dotado de esa mínima pero fundamental autonomía que consiste en expresarse, en decirnos su nombre, su procedencia, sus deseos y sus sueños, sus esperanzas y, por tanto, también su fe. No ser sordos a este grito y este clamor es una primera forma de curar la ceguera, la causa de la marginación.

Jesús, que atribuye a la fe de Bartimeo su curación, tal vez nos esté diciendo justamente que para superar la marginacion hay que prestar atención y ayuda, pero también dejar al otro poner su parte y ejercer su margen de autonomía, por pequeña que esta sea.  El milagro que Jesús ha obrado con la cooperación de la fe del ciego no consiste sólo en la recuperación física de la vista, sino también en el hecho de que Bartimeo abandona su situación de marginación y se integra al camino por el que marchaban todos y, eso no es todo, lo hace además de un modo singular: “lo seguía por el camino”, es decir, lo hacía en el seguimiento de Jesús.

¿Quién era este personaje de carne y hueso, Bartimeo? En primer lugar, cada uno de nosotros puede reconocerse en él. Todos tenemos nuestras cegueras, nuestras limitaciones (físicas, intelectuales, psicológicas, morales), aspectos de nuestra vida que nos hacen dependientes o que nos marginan de un modo u otro. Podemos conformarnos con resignación y ser nosotros mismos quienes nos impongamos silencio. Pero Jesús pasa a nuestro lado y tenemos que tener el valor de dirigirnos a él, de gritarle nuestra necesidad. Quién sabe la cantidad de “curaciones” que nos hemos perdido en nuestra vida por no haber sido capaces (por temor a las reacciones de los demás, o por parálisis interior, o por orgullo o pereza…) de dirigirnos a Cristo con fe. Bartimeo nos invita hoy a orar con insistencia, a acudir a Jesús y gritarle nuestra necesidad, a no conformarnos con nuestras cegueras, nuestros horizontes estrechos y limitados. Jesús nos escucha, nos deja hablar y expresarnos: ¿por qué perder la oportunidad de abrir ante él, sin temor, con confianza, esto es, con fe, nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras esperanzas, para que él, escuchándonos nos ponga en pie y nos cure, invitándonos a caminar por nosotros mismos y en su seguimiento?

Si sentimos que, de un modo u otro, Jesús ya nos ha tocado y curado, si estamos ya en camino, Bartimeo nos invita a examinar la calidad de nuestro seguimiento. Vivir en el seguimiento de Jesús significa haber sido curado de la ceguera que no nos deja caminar con libertad, pero también de las sorderas que nos impiden escuchar los gritos de los que todavía se sientan al borde del camino y nos importunan pidiendo ayuda. Ser seguidor de Jesús implica estar dispuesto a pararse, a acoger, a escuchar, a ayudar en la medida de nuestras posibilidades (unas veces en la acción personal, otras unidos a otros, uniendo fuerzas en organizaciones adecuadas). Es un género de ayuda que auna, por otro lado, acción social y anuncio del evangelio, solicitud por la necesidad y llamada a la fe y al seguimiento. Se trata de dos dimensiones inseparables, pero al mismo tiempo, en cierto sentido, autónomas. La ayuda es incondicional: su motivación no puede ser otra que la necesidad ajena. Pero siendo una ayuda realizada por y desde el seguimiento de Cristo, no puede no remitir de un modo u otro, desde el pleno respeto a la libertad y la autonomía ajena (como hemos visto que Jesús mismo hace),  a la fuente de la que brota nuestra capacidad de acogida y ayuda.

A este respecto, hay otra forma de marginación que podemos entrever en el evangelio de hoy. La dimensión religiosa está cada vez más ausente de los modos de vida y de pensamiento del mundo en el que vivimos. Nuestro mundo se ha hecho en gran medida ciego para la fe y se ha situado al margen de la experiencia de fe. Pero también esta forma de marginación y de ceguera grita de múltiples formas. También a estos gritos tenemos los creyentes que prestar atención, escuchándolos y tratando de darles una respuesta respetuosa y firme. Hay formas de necesidad y de ceguera a los que sólo la fe en el Dios Padre de Jesucristo puede responder de manera satisfactoria. Los que tenemos fe debemos reconocer sin complejos que somos ricos de una riqueza que hemos de compartir, somos depositarios de una luz que quiere iluminar a todos. Por medio del testimonio de fe que se expresa en el amor y en la atención a las necesidades ajenas Jesús mismo quiere hacerse cercano también a esta forma de marginación y dirigiéndose a cada uno, preguntarle con solicitud: «¿Qué quieres que haga por ti?»

La verdadera riqueza

Octubre 7, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 28ª semana de tiempo ordinario

11 de octubre de 2009

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7 11

Salmo responsorial Sal 89, 12-13. 14-15. 16-17 R. Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 12-13

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 17-30

La verdadera riqueza

Cuentan de un hombre, que era tan pobre, que sólo tenía dinero. Su situación era tremenda, pues si perdía lo único que tenía se quedaba absolutamente sin nada.

La crisis mundial que padecemos nos refresca esta sencilla verdad. De repente nos hemos dado cuenta de lo pobres que somos si fiamos todo lo que somos, toda nuestra esperanza, todos nuestros valores a la volátil economía. La dimensión económica de esta crisis se revela, en verdad, como la envoltura de otra crisis más profunda, que afecta a nuestra entera escala de valores, al sentido de nuestra existencia. Pero esta, como todas las crisis, es una oportunidad para revisarnos en profundidad y poner en cuestión nuestro modo de vida. “Salir de la crisis” no puede significar sólo estabilizar la economía, sino también y sobre todo rehacer nuestra escala de valores. Hay valores necesarios, que nos ayudan a sobrevivir: son los medios de subsistencia. Y otros valores que nos salvan, que son fines y valores definitivos. A pesar del desconcierto existente hoy sobre los verdaderos valores, y la extensión de la idea de que todo es relativo, en realidad, descubrir esa escala de valores no es algo tan difícil, aunque puedan existir obstáculos que nos ciegan para verla.

El evangelio de hoy tiene mucho que ver con todo esto. La pregunta es ¿en qué consiste la verdadera riqueza? ¿Qué bienes hacen que nuestra vida no se malogre? ¿Qué hemos de hacer para heredar la vida eterna?

El joven rico es, ante todo, un joven, alguien que tiene toda la vida por delante y anda buscando su vocación, que es lo mismo que decir un género de vida con sentido, capaz de saciar el deseo de plenitud. Su pregunta es esencial, pues todos sabemos que la vida que se nos ha concedido se puede malograr. El joven rico ha elegido bien al interlocutor de su pregunta. Es un Maestro y un maestro bueno, alguien que sabe, pero que además inspira confianza e irradia bondad. La verdad que procede de Dios no es un sistema abstracto de ideas, ni un conjunto de obligaciones desnudas, sino una verdad amable, cordial y amiga. Es una verdad encarnada en la persona de Jesús y, por eso mismo, una verdad con la que se puede entablar un diálogo, plantear dudas y preguntas, buscar orientación y sentido. Gracias a la encarnación de la verdad (el Logos) de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret, las respuestas que podemos obtener en diálogo con él no son respuestas estandarizadas, producidas a gran escala para la masa anónima, sino que tienen el sello personal del que responde (Jesús) pero también del que pregunta (el joven del evangelio de hoy, cada uno de nosotros). Y así ha de ser también el magisterio del cuerpo de Cristo, de la Iglesia. La Iglesia tiene que tratar de ser siempre una maestra buena que anuncia la verdad que ha recibido de Dios, pero, al mismo tiempo, a partir del común depósito de fe, traduce esa verdad a las múltiples situaciones concretas y variadas en las que seres humanos de carne y hueso le plantean sus preguntas vitales. Y la bondad de ese magisterio debe reflejarse en el rostro humano y concreto de quienes transmiten la buena noticia del Evangelio: los evangelizadores, sacerdotes, religiosos, catequistas, seglares, todos y cada uno de los creyentes deberíamos tratar de ser el rostro bondadoso que traduce la verdad que salva. Ello, como el evangelio de hoy nos dice también, no está reñido con el carácter exigente de esa verdad.

Jesús en su respuesta da una primera indicación sobre la fuente y el origen de todo bien: todo lo bueno y valioso que hay en el mundo procede de Dios. No rechaza el título de maestro “bueno”, sino que recuerda que esa bondad reconocida con justicia en su persona (y en su magisterio) tienen su fuente en la paternidad de Dios. Y Dios no está lejos de nosotros. Por eso, acto seguido, Jesús sugiere al joven que, en realidad, él sabe ya la respuesta: “ya sabes los mandamientos”. Decíamos antes que no es tan difícil rehacer la escala de valores que está en el fundamento de una vida con sentido, de una vida lograda. Por mucho que se insista en la cháchara de la relatividad de todo, de la verdad y de los valores, al final están las verdades del barquero a las que se aferran el más escéptico y el más cínico. Podremos discutir en la teoría todas las normas, pero nadie quiere que le maten, ni siquiera que le golpeen, ni que le pongan los cuernos, que le roben, le difamen o que le mienten a sus padres… Ahí, en esos mecanismos tan sencillos, se revelan verdades elementales sobre las que se levanta el edificio de la vida humana y de las relaciones sociales. Y lo que no queremos para nosotros no debemos hacérselo a los demás. Mirándonos a nosotros mismos (“ya sabes…”) podemos entender con facilidad qué es lo que debemos hacer (“… los mandamientos”). Atenerse a ellos ya no será siempre tan fácil, pero ahí está la tarea de cada uno.

En esta respuesta de Jesús, una respuesta, digamos, de mínimos, se nos indica ya un primer estadio del camino que lleva a la vida eterna, a la salvación. Lo primero es no hacer el mal y hacer el bien a los más próximos (padre y madre, pero podemos añadir, hermanos, hijos, los “nuestros”). Ya lo decían, con su característica concisión, los romanos: “Primum, non laedere!”

Pero, puesta la base mínima, es frecuente que nuestro corazón pida más. No estamos llamados sólo a no hacer esto o lo otro. Aunque evitar el mal es una verdad de Perogrullo (si bien no siempre resulta fácil en la práctica, por desgracia), una ética y una religión basada sólo en prohibiciones nos resulta árida y estrecha. Estamos hechos para algo más. Sin embargo, no conviene despreciar del todo este primer estadio. No sólo porque es el mínimo imprescindible, de modo que por debajo de él nos hacemos malos y desentonamos de nuestra humanidad. También porque quien cumple o se esfuerza por cumplir, al menos, ese mínimo, está reconociendo a Dios (la fuente de toda bondad), lo sepa o no; y, lo que es más importante, tratando de seguir en conciencia eso que “ya sabemos”, Dios nos mira con los ojos de Jesús y nos ama (nos mira con cariño, como suena la traducción que nos propone la liturgia hoy).

La insistencia del joven rico expresa ese deseo de “algo más”, de no limitarse a un cumplimiento de mínimos. Si ese nivel ya lo ha cumplido “desde niño”, parece que el joven quiere avanzar hacia una ética, no de mínimos, sino de grandes ideales, no quiere permanecer en una permanente infancia o adolescencia moral y religiosa, sino que quiere alcanzar la madurez.

Ante tal disposición, Jesús no puede sino invitar a la entrega total de su vida a Dios y a los hermanos. Es importante subrayar que aquí cambia el tono de su respuesta: del imperativo que prohíbe hacer mal, a la apelación a la libertad, en forma de invitación, a dar pasos que van más allá del deber, hacia la perfección de la entrega generosa. Para ello subraya primero la relatividad de los bienes materiales, que no son un fin sino sólo un medio. Los medios son para gastarlos, esto es, se gastan inevitablemente, son pasajeros por definición. Ser ricos sólo de esos tesoros, “que la polilla y la herrumbre corroen”, significa vivir en lo efímero, y por ahí no es posible alcanzar la “vida eterna”. Jesús invita al joven a adquirir una riqueza superior, a “amontonar tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben” (Mt 6, 20-21). Los medios materiales son necesarios, pero, hemos dicho, hay que gastarlos, lo queramos o no. Ahora bien, podemos gastarlos exclusivamente en nosotros mismos, de modo egoísta; o podemos gastarlos también en los demás, con generosidad, que es, además, una forma superior y perfecta de justicia.

Hablando de rehacer nuestra escala de valores para superar la crisis, aquí sí que Jesús nos da una indicación valiosísima. Para salir de la crisis, no sólo económica, sino de esa otra que nos corroe el alma y nos seca el corazón, tenemos que mirar a los pobres, a los que nada tienen, a los que carecen de lo más elemental, y compartir con ellos nuestras riquezas. Realmente, esta es la cosa “que nos falta”, no más bienes materiales, sino mayor generosidad, la capacidad de mirar más allá de lo nuestro y de los nuestros, para descubrir que en la perspectiva de la paternidad de Dios, fuente y origen de toda bondad, todos los seres humanos son “nuestros” y, por ello, “honrar padre y madre” (y el resto de nuestros familiares y allegados) significa extender nuestra mirada superando todo límite, para descubrir en cada ser humano a un hermano nuestro. Estamos en la época de la globalización, también en lo que hace a la crisis. Una crisis “global” requiere respuestas globales, sin exclusiones. Superar la crisis significa aprovechar la oportunidad para incluir en los parámetros de la vida digna a todos los excluidos.

En este sentido, hemos de entender la invitación de Jesús como dirigida a todos, no sólo a los que han recibido una vocación especial de dejarlo todo. Todos estamos llamados en una u otra medida a dar de nuestros bienes (materiales y no) a los pobres. Pero, por otro lado, parece que en el caso del joven rico Jesús sí que le invita a desprendimiento total y a un seguimiento radical. Y es aquí donde entendemos que el joven rico no sólo era joven, sino también rico. Las riquezas materiales, los medios necesarios, por ser relativos tienen que someterse a lo que vale verdaderamente, a las otras riquezas que la polilla no corroe. Si no sucede así, si el apego a los bienes materiales se apodera de nuestra corazón, se convierten en un obstáculo y en un peligro: los medios convertidos en fines nos esclavizan y nos pierden, nos alejan de la vida eterna (de los bienes imperecederos) y nos encierran en la relatividad de lo efímero. Es lo que Jesús constata con tristeza cuando el joven se marcha pesaroso (con el peso de sus riquezas).

La crisis de nuestro tiempo es, dentro de la Iglesia, también crisis de vocaciones sacerdotales y religiosas. Tal vez haya que entender esta crisis, a la luz del evangelio de hoy, como una crisis de generosidad entre los cristianos. Tal vez, si, una vez más, rehacemos el orden de prioridades y la jerarquía de bienes en nuestro corazón (el “ordo amoris” de que hablaba San Agustín) sea posible superar también este aspecto de la crisis.

Todos sentimos de un modo u otro el vértigo de la entrega total. Parece que renunciar en todo o en parte al bienestar material significa perderse a sí mismo. A eso suena el espanto de los discípulos ante la advertencia de Jesús por el peligro de las riquezas. Pero, como dice el mismo Jesús, la salvación definitiva es cosa sólo de Dios. Sólo Él la garantiza y la ofrece gratuitamente, si estamos dispuestos a escucharle. Puede parecer que lo que nos exige es mucho, demasiado. Pero, si lo pensamos bien, en realidad no es tanto. Pedro es el que cae en la cuenta. Es como si dijera, “¡anda! Si resulta que nosotros ya estamos dejándolo todo y siguiéndote”. Y es que el seguimiento de Jesús no se inicia con el desgarro de la renuncia, sino por la fascinación ante el maestro bueno, que comunica palabras que dan vida y nos enriquecen por dentro y por fuera: nos abren a la humanidad entera, en la que descubrimos a nuestra familia, a la multitud de nuestros hermanos y hermanas (unos bien reales, otros potenciales, pero todos mirados con cariño, todos llamados). Se trata eso sí, de un riqueza perdurable acompañada en esta vida de dificultades y persecuciones (las que experimentó el mismo Jesús, hasta la Cruz), pero que nos encaminan (y Él mismo es camino) a la vida eterna.

Que no lo separe el hombre

Octubre 3, 2009 por José María Vegas

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (ciclo B)

4 de octubre de 2009 

 1.ª Lectura del libro del Génesis (2,18-24)

Sal 127,1-2.3.4-5.6 R/. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.

2.ª Lectura de la carta a los Hebreos (2,9-11):

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,2-16):

 

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”

1. Hueso de mis huesos y carne de mi carne

La Palabra de Dios plantea hoy una cuestión espinosa, la de la legitimidad del divorcio, sometida a amplio debate, incluso dentro de la Iglesia y que, fuera de ella (especialmente, fuera de la Iglesia católica), ha sido resuelta en un sentido contrario a lo que, al parecer, Jesús afirma hoy con claridad.

La apelación de Jesús al designio originario de Dios sobre el hombre y la mujer suscita también reparos en muchos, pues ven en el relato yahvista[1] del libro del Génesis una expresión clara de “patriarcalismo” cultural, que reduce a la mujer a una situación secundaria de dependencia respecto del varón. En realidad, en esta acusación puede verse esa tendencia tan de nuestro tiempo de proyectar sobre los textos bíblicos nuestros relativos esquemas culturales, muchos de los cuales son eslóganes y modas de última hora, más que teorías probadas por una investigación en profundidad y por el paso del tiempo. En todo caso, si en el texto de la primera lectura hay algo de “patriarcalismo” por el detalle metafórico y poético de la creación de la mujer a partir de la costilla del varón, hay que decir que ese patriarcalismo queda sanado, incluso anulado, por el texto sacerdotal que precede inmediatamente a este otro (Gn 1,27), y en el que se habla de la creación del hombre a imagen de Dios y, simultáneamente, “varón y mujer”. Las proyecciones ideológicas sobre los textos tienen el vicio de subrayar lo que se quiere e ignorar lo que contradice la propia tesis, para hacerles decir, al final, lo que probablemente no dicen. Ante la Palabra de Dios hemos de evitar proyecciones y adoptar más bien una actitud de escucha, si queremos oír lo que Dios mismo quiere decirnos, más allá de posibles condicionamientos culturales, que, evidentemente, también pueden darse. Pero es que, además, el mismo texto yahvista esquiva su posible pecado patriarcalista cuando el varón exclama su admiración ante la mujer y se reconoce en ella: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (a diferencia de lo que le acurrió con todo el resto de los seres vivos, entre los que “no encontró a ninguno como él que lo ayudase” – Gn 2, 20), es decir, encuentra, no una sierva, sino una compañera con la que remediar su soledad y “formar una sola carne”. Así pues, encontramos aquí una afirmación muy clara de la igualdad entre el hombre y la mujer: una igualdad no meramente física, pues las diferencias entre ellos eran bien patentes (“estaban desnudos”, recuerda el texto), sino una verdadera igualdad en dignidad personal. Esa igualdad no puede no reflejarse en el género de unión al que están llamados el varón y la mujer: ser “una sola carne” es una forma muy expresiva de afirmar una relación que abarca todas las dimesiones posibles de la relación humana, desde la física, pasando por la económica y la psicológica, hasta la espiritual. Ser “una sola carne” no significa “ser lo mismo”, fundirse en una unidad en la que cada uno pierde su rostro personal (algo contradictorio con la propia condición personal del ser humano, imagen de Dios), sino establecer libremente y entre iguales una relación de amor que abarca la vida entera y que, como la carne no puede separase sin producir una herida, posiblemente mortal, no puede romperse sin dejar heridas muy profundas que afectan el sentido de la propia existencia.

 2. La pregunta de los fariseos

Jesús apela a esta realidad originaria ante una pregunta que los fariseos le plantean. La cuestión, hemos dicho, es espinosa. Lo es hoy y, al parecer, lo era ya entonces. Los fariseos representan aquí a una sociedad claramente partidaria del divorcio. En esto, al menos por una vez, se parecen bastante a nosotros, a la cultura en que vivimos. Así que en esta ocasión el condicionamiento cultural no podrá exhibirse para atenuar la respuesta de Jesús. Que los fariseos planteen la pregunta puede entenderse en varios sentidos, compatibles entre sí. Por un lado, lo hacen “para ponerlo a prueba”. Se trata aquí de ver si Jesús, que se presenta como un nuevo Moisés y su verdadero y definitivo intérprete, va a ser capaz de oponerse en este asunto a una prescripción dada por el mismo Moisés y que, en esta ocasión, no va en la línea habitual del rigorismo fariseo, sino que, al contrario, parece jugar a favor de la debilidad humana. Esta prescripción, por otro lado, sí que refleja, sin proyecciones, una situación de clara desventaja e injusticia hacia la mujer (que es el objeto único del posible repudio). Por otro lado, si los fariseos, miembros de una sociedad abiertamente divorcista, plantean la pregunta, es porque también para ellos la cuestión no está tan pacíficamente asumida y ven en ella algo que no va. Escuchar la opinión de un Rabbí tan prestigioso como Jesús, además de la ocasión de pillarle en un renuncio, debía ser para ellos de alto interés.

La respuesta de Jesús, que empieza remitiéndose a la ley mosaica, parece hacerse cargo de la dificultad entrañada en el problema, pero remite más allá de Moisés (pues la ley, al fin y al cabo, no es una institución absoluta) al absoluto de Dios, a su proyecto originario. Al hacerlo, restablece la plena igualdad de varón y mujer, la relación basada no en la mera ley, sino en el amor con el que Dios mismo une hasta hacer una sola carne. Jesús repristina el ideal de un amor que es más fuerte que la muerte, que es como un fuego al que no pueden apagar las grandes aguas y que no se puede comprar con todos los bienes de la propia casa (cf. Cant. 8, 6-7). El verdadero amor tiene vocación de eternidad, es incondicional, es fiel, “no pasa nunca” (1 Cor 13, 8). Y es que el amor, más que un mandamiento, en el sentido de una “norma” moral más o menos exigente, es la vida misma de Dios que opera en nosotros y que es accesible gracias a la presencia entre nosotros de Jesucristo.

Ahora bien, ¿es este ideal (y con el ideal parece que no es posible no estar de acuerdo) algo real y posible en la práctica? No sabemos la reacción de los fariseos ante la respuesta de Jesús, pero algo sabemos de la de sus propios discípulos.

 3. Los discípulos insisten

Si los discípulos, ya en casa, volvieron a preguntar sobre lo mismo, se ve que no quedaron muy convencidos con la respuesta. La cuestión es espinosa porque suscita polémica no sólo entre los que no siguen a Jesús, sino también entre los suyos. Entonces y ahora. También los discípulos y seguidores de Cristo encontramos dificultades para aceptar determinados aspectos de su mensaje. Lo llamativo es que en la respuesta de Jesús a sus discípulos, ya en casa, es decir, en la privacidad del círculo de los más allegados, Jesús da una respuesta, si cabe, más tajante y cortante, afirmando con fuerza el vínculo matrimonial y la maldad entrañada en su ruptura.

¿No se comporta aquí Jesús con ese rigorismo del que frecuentemente acusa a los fariseos? ¿No cae la Iglesia católica en un rigorismo parecido al mantener inamovible la doctrina sobre la indisolubilidad del sacramento matrimonial?

Ante estas dificultades es bueno que, como decíamos al principio, nos pongamos humilde y confiadamente a la escucha de la Palabra. Tal vez así no resolveremos todos los problemas, todos los casos particulares, pero al menos podremos encontrar la luz que los ilumina y permite verlos con otra luz. Tal vez así, además, descubriremos posiblidades nuevas y reales que con una mirada “de tejas abajo” permanecen escondidas para nosotros.

Atendamos a un detalle que abre el texto evangélico de hoy y que, desgraciadamente, la liturgia no recoge: “Se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán”. Allí la gente se acercó a él y les estaba instruyendo. Nos encontramos en un contexto bautismal (el Jordán) y de proclamación evangélica. Mateo (cf. Mt 19, 2) en este pasaje dice también que los curaba. El contexto es claramente salvífico, habla de la nueva creación y, por tanto, de la restauración del hombre herido por el pecado gracias a la acción benéfica y curativa (palabra y agua bautismal) de Jesús. Jesús plantea un ideal que es el designio original de Dios sobre los seres humanos y que es de nuevo posible gracias a la salvación que él ha traído a la tierra.

 4. Los niños y los que son como niños

El pasaje siguiente que cierra el evangelio de hoy puede entenderse muy bien en relación estrecha con la pregunta sobre el divorcio. El bautismo y la Palabra restituyen la dignidad originaria con que fuimos creados (la imagen de Dios en nosotros) y nos eleva todavía más al hacernos hijos de Dios en el Hijo. El Reino de Dios es de los que son como niños. Renacido por el agua y la Palabra, el cristiano debe vivir en una confianza total en Dios, en lo incondicional de su amor. La experiencia primigenia del niño es la de la confianza plena en sus padres, que son percibidos por él como Providencia benéfica, de la que depende por completo su posibilidad de vivir. Y esta ha de ser la experiencia del creyente en el Dios Padre de Jesucristo.

Pero es que, además, Jesús se enfada con los que regañan e impiden acercarse a los niños de verdad (no sólo a los que son como niños), a los que acoge, abraza y bendice. No se puede separar la cuestión del matrimonio y del amor entre el varón y la mujer del fruto que bendice, redime y embellece ese amor: los hijos que nacen de esa relación. El amor humano en su forma más esencial y típica, el amor matrimonial, es un amor fecundo y, por tanto, responsable. El verdadero amor no puede hacer caso omiso de este momento fundamental.

Por eso, ante las múltiples dificultades con que se enfrenta el proyecto de amor incondicional e indisoluble que es el matrimonio, antes que declarar la imposiblidad del ideal y de sucumbir a los múltiples equívocos con que nuestro tiempo (el sexo como diversión pasajera, no como expresión de donación personal, los hijos como una pesada carga y un límite de nuestra independencia, en vez de cómo una bendición de Dios, etc.) rodea a esta realidad sagrada y querida por Dios, deberíamos armarnos interiormente para poder afrontar con éxito un proyecto de vida tan importante y tan difícil y exigente. Armarnos en la escucha de la Palabra, tomándonos en serio el bautismo que nos ha regenerado, y acercándonos a Jesús a que nos cure y nos instruya… Y, también, tomándonos en serio las relaciones con los demás (pues amar es tomarse en serio a los otros); lo que, en la relación entre el varón y la mujer significa, entre otras muchas cosas no quemar etapas antes de tiempo, respetar el periodo de conocimiento mutuo, que tiene que ser lo suficientemente prolongado, para poder comprobar las posibilidades reales de una vida en común (de llegar a ser “una sola carne), naturalmente, también (por mucho que los tiempos consideren esto algo irreal) reservar la intimidad sexual al compromiso matrimonial ya adquirido de manera explícita. Pues, de otra manera, adelantándose indebidamente en este aspecto tan importante y delicado, se dan muchas frustraciones y desilusiones (hacer como si se fuera una sola carne sin serlo puede producir muchas desgarraduras y cicatrices) que acaban reflejándose negativamente en la propia capacidad de amar. Finalmente, el amor madura cuando mira más allá de sí mismo y se entrega a los demás. La mutua entrega de los esposos se prolonga y se redime en la entrega a los propios hijos, ante los que el padre y la madre hacen de providencia benéfica (y si lo que debe ser benéfico se convierte en maléfico, ¿cómo podrán madurar esos niños en su capacidad de amar en el futuro?) y les proveen así de una base firme que les permita ser sí mismos.

 En conclusión, la respuesta de Jesús a los fariseos y a nosotros mismos, que también le preguntamos con algo de incredulidad, nos abre el horizonte de un don incondicional que hemos recibido de Dios y de una responsabilidad para la que, en principio, con algo de sufrimiento, es verdad, nos da los recursos suficientes. El principal recurso es Él mismo, que se nos ha dado hasta el final, y ha padecido la muerte para bien de todos.

 


[1] La tradición “yahvista”, como la “sacerdotal” son dos de las tradiciones, primero orales y después escritas y en principio independientes entre sí, que han entrado en la composición de los libros del Pentateuco.

Tocar las heridas

Abril 18, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 2.ª semana de Pascua (B)
19 de abril de 2009

 

Primera Lectura:  Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,32-35):

Salmo: Sal 117,2-4.16ab-18.22-24: R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Segunda Lectura:  Lectura de la primera carta del apóstol san Juan (5,1-6):

Evangelio: Lectura del santo evangelio según san Juan (20,19-31):

 

Tocar las heridas para tener todo en común

 

La fe en la Resurrección de la carne no es una mera variante de la creencia en la inmortalidad del alma, aunque, sutilezas metafísicas aparte, no se trate de posiciones contradictorias o incompatibles. Queremos decir que la fe en la Resurrección de la carne no es la simple creencia en que la vida “continua después de la muerte”. No se trata sólo de un “continuar”, de una mera prolongación de esta vida terrena. Digamos que esta creencia, expresada de modos muy diversos (de los más ingenuos a los más sutiles) en las diversas cosmovisiones filosóficas y religiosas, y apoyada en diversidad de argumentos (para los que los adversarios de la misma encuentran argumentos de peso en sentido contrario), no puede evitar nuestra impotencia total ante la muerte, ni despejar el interrogante sobre cómo nos será posible a nosotros, tan débiles, superar al trance de la muerte y salir airosos del mismo. Este interrogante es el que explica que no pocos tuerzan el gesto con escepticismo ante esta vieja y venerable creencia.

La Resurrección de la carne habla, en primer lugar, de la Resurrección en la carne de Jesucristo. Jesucristo, la Palabra de Dios que se hizo carne, asumió sobre sí la debilidad de la carne y, en consecuencia, sucumbió al poder de la muerte. Pero, por ser Hijo de Dios, su Padre, manifestó la fuerza del amor creador y recreador, restableciendo la vida y restituyendo a Jesús, hombre, a la vida en la carne.

En segundo lugar, la Resurrección de la carne no habla sólo de una prolongación de “esta” vida sino de una transformación de la misma: es una vida nueva. En la muerte y resurrección la vida resurge transformada. No se trata sólo de “seguir viviendo”, sino de “vivir de otra manera”. Y esa transformación que se manifiesta en la humanidad de Jesús (de modo que los discípulos, al verle, con frecuencia, no lo reconocían, y cuando lo reconocían no por eso lo veían siempre físicamente: cf. Lc 24, 31), gracias a su presencia entre los discípulos, se hace una posibilidad de vida nueva también para ellos.

De esa posibilidad de vida nueva, de esa transformación nos habla hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles: “sentían y pensaban lo mismo, lo tenían todo en común”. La comunidad en el mismo espíritu que se expresa en la comunidad de bienes, fruto de una generosidad libre, sin imposiciones, es la comunidad de los que aman a Dios amando a los que que han nacido de Él, o, dicho de otra forma, de los que participan en el mismo Espíritu, el Espíritu del amor que Cristo da a sus discípulos.

La comunidad de los discípulos del Resucitado es una comunidad construida sobre el amor. Pero este amor debe ser rectamente entendido: no se tata de una mera unanimidad sentimental; los sentimientos son pasajeros y efímeros. Las comunidades emocionales suelen ser pasajeras. Tampoco es, sobre todo, una comunidad de intereses o de ideas. Aunque, al tratarse de una comunidad humana, esas dimensiones no pueden no darse de un modo u otro, pronto se verá que en esta comunidad existen conflictos de intereses y también discrepancias ideológicas. No es ahí, pues, donde reside su fuerza ni su unidad. Si así fuera, la comunidad sería un grupo cerrado y a la defensiva. Como esas dimensiones (ideas e intereses), decimos, están presentes, la tentación de la cerrazón o la sensación de miedo pueden aparecer de cuando en cuando, incluso amenazar siempre a esta comunidad. De hecho, así lo dice el Evangelio de hoy en sus primeras líneas. Pero ese grupo “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” está ya viviendo, aun sin saberlo, en “aquel día, el primero de la semana”, el día de la nueva creación, el día del triunfo de la vida, el día en que la vida se ha transformado y se ha hecho posible vivir de otra manera. Es la presencia del Resucitado la que convoca y une, la que recrea el grupo y crea la comunidad que siente y piensa lo mismo y por eso lo pone todo en común: vive según un amor que va más allá de los sentimientos y las ideas y pasa a los hechos; como dice Juan en su carta, “cumple los mandamientos”. Y ya sabemos que para Juan “los mandamientos” son “el mandamiento del Señor”, el mandamiento del amor que, antes que un esfuerzo moral, es un don que ha recibido del mismo Dios, en Cristo, en su muerte y Resurrección, de las que participamos en el agua del Bautismo y en la Sangre de la Eucaristía. Es precisamente en la Eucaristía (la reunión de los renacidos por el agua del Bautismo), donde los discípulos (tan distintos por otros motivos) piensan y sienten lo mismo, al escuchar la Palabra, al partir (y compartir) el pan y “ver” así al Señor.

La transformación de la vida en que consiste la Resurrección se percibe inmediatamente: la comunidad pasa del temor a la alegría, de la cerrazón a la apertura; no se guarda para sí la experiencia del Resucitado sino que, enviada por Él, sale y da testimonio “con mucho valor”.

El segundo Domingo de Pascua repite cada año el texto del Evangelio de Lucas en el que Tomás ocupa un lugar central. Se nos dice que “el lugar” propio para “ver” al Señor es la comunidad de los discípulos que se reune el primer día de la semana en torno a la celebración eucarística. Tomás (remito a la reflexión sobre Tomás “el mellizo”) no pudo ver al Señor porque no estaba en la comunidad. Ante el testimonio de los otros, reaccionó con escepticismo. Sólo cuando se reintegró a la comunidad de pensamiento, sentimiento y bienes (la comunidad eucarística) Tomás vió y tocó al Señor.

El escepticismo de Tomás juega un papel importante en todo lo que estamos diciendo. ¿No provoca un cierto escepticismo este cuadro tan “ideal”, tan “bonito”, de la comunidad que piensa y siente lo mismo, que comparte los bienes, en la que nadie pasa necesidad? La comunidad que se forma y vive de la vida nueva del Resucitado no es una comunidad ideal. Igual que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida, en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las otras heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad (en sus “pequeños hermanos”) de tantas formas y que hay que saber tocar (Jesús con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo). Pero, además, están las heridas propias del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, perdonarnos mutuamente… Sólo así será posible construir la comunidad de un amor que es don, pero también exige nuestro esfuerzo por “cumplir los mandamientos” y pasar de los sentimientos a los hechos.

No en vano, una parte esencial del envío que Jesús nos confía hoy al darnos su Espíritu habla del perdón. Si hemos de ser testigos y trasmisores del perdón de Dios, no podemos no ser personas que perdonan y que piden perdón. No sólo la capacidad de perdonar, también la de tener la humildad de pedir perdón, reconociendo nuestras culpas y debilidades, es parte de ese testimonio valiente de la presencia del Resucitado entre nosotros, parte de esa fe que no se evade, sino que toca las heridas y pone el dedo en la llaga. 

 

Tomás “el Mellizo”

Abril 18, 2009 por José María Vegas

 

 Tomás, apodado el Mellizo

 Tomás había recibido una excelente formación religiosa. Era, ni más ni menos, uno de los que había acompañado a Jesús desde Galilea a Jerusalén, incluso pertenecía al selecto grupo de los Doce. Sin embargo, las desilusiones de la vida, el desengaño del gran ideal vivido, le habían golpeado con especial fuerza, más que a los otros. El gran sueño se había convertido en una pesadilla y, la verdad, seguir unido a los otros pelmas, con los que ya en vida de Jesús no se llevaba tan bien (violentos, como los hijos del trueno”, ambiciosos, miedosos, traidores… menudo panorama), no le atraía lo más mínimo. El caso es que “se declaró” en rebeldía e hizo mutis por el foro.

La fe con la que había seguido a Jesús y que le parecía tan clara y firme se resquebrajó, hizo aguas, cedió ante otros intereses, y el caso es que él, que siempre había sido una persona realista, con los ojos abiertos y segura de sí, dueña de sus actos, decidió que había que tomar otros rumbos.

Pero he aquí que los otros, que al parecer seguían reuniéndose, vinieron a importunarle diciendo que habían visto a Jesús, mejor dicho, al Señor Resucitado. Que era Él y no un ángel o un fantasma, o una alucinación colectiva lo certificaban las heridas de su Pasión: estaba vivo, pero seguía herido.

Tomás no solía comulgar con ruedas de molino, así que no se sometió al crédulo entusiasmo de sus compañeros. Pero, tanto insistieron en que les acompañara a una de aquellas reuniones en que decían ver al Señor, que, tal vez para quitárselos de encima, decidió acudir a una, poniendo claras condiciones: sólo se convencería si podía tocar al Señor, meter su dedo en los agujeros de los clavos, su mano en el costado…

Ya conocemos el resto de la historia. Nos la cuenta el evangelio de Juan (20, 24-29).

Por cierto, ¿por qué le llamarían “el Mellizo”? ¿De quién era mellizo? ¿Dónde estaba su hermano? Los especialistas en exégesis bíblica dicen que no es que fuera mellizo de nadie, sino que “le llamaban” así porque se parecía mucho a Jesús. Tal vez fuera un parecido físico, aunque todos podemos aspirar a ser mellizos de Jesús, que no en vano se ha hecho por la encarnación nuestro hermano. Pero además, Tomás es mellizo de cada uno de nosotros, se parece mucho a todos nosotros, pues experimentaba las dificultades de la fe que, de un modo u otro, experimentamos todos. Y, como él, podemos superarlas. La gran condición para ver, tocar, creer y confesar es precisamente estar en la comunidad.

Se suele decir que la fe es una cosa personal, lo que es cierto, pero se suele dar a entender que es una cosa individual y subjetiva, lo que es falso. La fe verdadera es un don que recibe la persona, pero requiere de la comunidad creyente. Para “ver” al Señor (que significa creer en él), hay que estar en la comunidad de esos tan imperfectos, violentos, ambiciosos, temerosos y cobardes, pero, al fin, discípulos, capaces de volver al Señor, pedir perdón y dar la vida por Él. Todos mellizos.

 

 

Y esa fe de la que hablamos, y en la que medita la Iglesia el segundo domingo de Pascua por medio de Tomás y, después, durante el resto de la semana, por medio del diálogo entre Jesús y Nicodemo (otro “mellizo” –cf Jn 3), no es un estatus fijo y acabado, ni la elección de una cosmovisión, ni un sistema abstracto de valores, ni una tradición heredada por peertenencer a una familia o a una nación (en Rusia me preguntan con frecuencia si soy católico por ser español, a lo que yo respondo que en España hay muchos que no son católicos, pese a ser españoles). Todo eso es “lo que nace de la carne”. La fe viva, esa que consiste no sólo en creer, sino en “creérselo”, es la que nos hace nacer de lo alto, del agua y el Espíritu (esto es el bautismo), es decir, es una experiencia viva de encuentro con Cristo. Y esto es posible si se está en la comunidad de Jesús, a pesar de los pesares. En esto consiste la experiencia de “conversión” que algunos han hecho, pero también la fe perseverante y serena de tantos que nos están tan cerca y practican sin grandes alardes.

Esa gente de esa comunidad que están a veces en misa tan serios y aparentemente aburridos (yo hace mucho tiempo que me prohibí juzgarles, no soy quien para ello; además si están aburridos, puede ser por mi culpa, y si están serios, es que estar en el Calvario es, como la vida, una cosa muy seria), son creyentes cuya fe puede estar en muy distintos estadios. En unos será todavía sólo tradición o costumbre (por ahí se empieza), en otros una experiencia viva incipiente, en otros una búsqueda dubitativa, en otros una opción seriamente adoptada, en todos es un camino, un proceso vivo.

El evangelio de Juan nunca usa el sustantivo “fe”, sino sólo el verbo “creer”, precisamente para subrayar que se trata de un dinamismo vivo, con dudas y dificultades y, en todo caso, que nunca está concluido, siempre abierto, siempre por redescubrir, por rehacer.

En fin, que animo a todos a acercarse a esa comunidad que se reunía cada “primer día de la semana” a “hacer esto en memoria suya” y después aseguraban haber visto al Señor y estaban dispuestos a dar la vida por esa verdad. Hay que hacerlo con perseverancia. A veces sucede que alguien, como Pablo, se cae del caballo (por cierto, en ningún sitio se dice que iba a caballo), pero con mucha frecuencia la vista para ver al Señor se aguza con el tiempo y la práctica. Hay que “vitamizar” el espíritu. Si un día no tomas vitaminas el cuerpo no lo nota, pero a la larga aparece la anemia. Con el espíritu pasa lo mismo. La fe languidece a veces por avitaminosis. Pero, como es un proceso vivo, por muy hibernada que parezca, siempre conserva un hálito de vida. Siempre puede resucitar. Y esa resurrección, como la de Jesús, tan difícil de creer (¡queremos tocarlo!), es, sin embargo, posible, y además es importante. Para ello, hay que acercarse a esa comunidad de discípulos, tan imperfectos, y que es la Iglesia.