Hoy se cumple esta Escritura

Enero 23, 2010 por José María Vegas

Domingo de la 3.ª semana de Tiempo Ordinario (C)
24 de enero del 2010

Lectura del libro de Nehemías (8, 2-4ª.8-10-10)

Sal 18. R/. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12, 12-30)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1, 1-4; 4, 14-21)

 Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír

 Jesús no es simplemente un profeta más, tal vez el más grande de todos ellos. Tampoco es sólo un maestro de moralidad y religión, si bien el más excelso de todos. No es sólo profeta o maestro, porque Jesús no se limita a actualizar, reforzar o renovar las promesas de una salvación futura, ni a exponer una doctrina religiosa y moral más elevada. Aunque sea posible encontrar en la persona, la doctrina y las obras de Jesús elementos propios del profetismo y de la enseñanza rabínica, Jesús se distingue de unos y otros porque en él se realizan las Escrituras, las promesas que Dios hizo a su pueblo por medio de los profetas, y su doctrina no es un sistema de ideas más o menos novedoso, sino que se concentra y encarna en su propia persona.

De ahí que la explicación que Jesús realiza del texto de Isaías, leído en la sinagoga de Nazaret, se limite al anuncio solemne de que esa profecía “se cumple hoy”. En Jesús se hace cercano el Reino de Dios, se hacen realidad las antiguas profecías, en su persona Dios cumple su palabra y realiza la salvación. No se trata, por tanto, de un mero “hoy” cronológico, aunque también: Jesús anuncia la inauguración de los tiempos escatológicos, de un tiempo nuevo en el que la salvación y la presencia de Dios no son sólo objeto de una vaga esperanza futura, sino que se pueden gustar ya, en el presente, en primera persona. El Mesías (el ungido del Señor) ya ha venido y podemos encontrarnos con él; la Buena Noticia de la salvación, la libertad, la curación y la gracia está ya entre nosotros. La proclamación de este “hoy” se realiza en Nazaret, “donde se había criado”. Quiere decir que, no sólo no hay que seguir esperando, sino que tampoco hay que irse lejos, emigrar a países exóticos en busca de maestros de ciencias arcanas. Es en el tiempo y el lugar en el que vive cada uno, en las circunstancias en las que nos encontramos, en las que podemos encontrarnos con el hombre que es Cristo, el Mesías esperado, podemos ya escuchar la alegre noticia que nos enriquece, sentirnos liberados de toda servidumbre, empezar a ver la vida y el mundo con ojos nuevos, experimentar la gracia, el regalo, el don gratuito de Dios.

Ahora bien, no es difícil alzar graves objeciones contra este mensaje, que puede sonar en exceso optimista. ¿Cómo anunciar este “hoy” a los cientos de miles de víctimas del terremoto de Haití? ¿Cómo proclamar la curación y la liberación a Antoni, un niño de cuatro años que, atacado por un perro, lucha por salvar las dos manos y una pierna? ¿De qué manera pueden entender este “hoy” y esta noticia buena todos aquellos que sufren la enfermedad, la injusticia, la pobreza, en una palabra, el mal en alguna de sus casi infinitas versiones? ¿Qué quería decir Jesús en la sinagoga de su pueblo y nos está diciendo a nosotros “hoy”?

Es preciso comprender que las palabras que Jesús pronuncia en la sinagoga de Nazaret son el comienzo de su ministerio, no el final del mismo. No es un punto final, al estilo de un “happy end”, tras el que se cierra el telón de la historia, como concluyen los cuentos, en los que todos fueron felices y comieron perdices. Se trata, más bien, de un punto de partida. Jesús nos dice: “ya he venido, ya estoy con vosotros, entre vosotros”. Y se trata del comienzo de un camino, de un camino humano, de nuestro camino. Dios, en el hijo del Hombre, se ha introducido en nuestra historia para caminar con nosotros, para hacerse él mismo camino por el que podamos transitar por nuestro mundo, por este mundo concreto, en el que hay dolor, mal, injusticia, sufrimiento. No ha venido a mostrarnos atajos que nos eviten esos lados negativos de la vida, sino a atravesarlos a nuestro lado, acompañándonos, dando sentido a esa negativdad, mostrándonos que, pese a todo, nuestra vida tiene sentido, esto es, que nuestro camino tiene una meta: no caminamos “a ninguna parte”, sino que Jesús, que camina con nosotros y él mismo se hace camino, nos guía a esa meta, la casa del Padre.

Pero, de momento, Jesus, que ya ha venido, asume y hace suyas las dificultades de este nuestro caminar: “hoy” empieza él a tomar sobre sí nuestras cargas, nuestros sufrimientos, nuestros pecados. Porque está ya presente “hoy”, podemos sentir y saber que somos ricos en medio de la pobreza, que no somos esclavos ni del pecado, ni de los convencionalismos, ni de los prejuicios de nuestro entorno (en resumen, de la “ley”), sino que podemos alcanzar la libertad para vivir de otra manera, según otra ley, la ley del amor; que, a pesar del mal (en nosotros mismos y en nuestra sociedad y nuestro mundo), la gracia de Dios (el perdón y la filiación) son más fuertes que el pecado. Podemos experimentar, en suma, que, aunque siga habiendo cargas y yugos, la presencia de Cristo entre nosotros hace el yugo suave y la carga ligera (cf. Mt 11, 30).

Y es que el camino que Jesús emprende “hoy”, y en el que toma sobre sí las cargas y los yugos de la humanidad, culmina en Jerusalén, en la Cruz, resumen de todos los males que afligen a la humanidad, pero también de la liberación definitiva, esto es, del triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. El camino que va de Nazaret a Jerusalén, el misterio entero de la vida, la muerte y la Resurrección de Jesucristo nos dicen que “hoy”, a pesar de todos los pesares, Dios está con nosotros en las alegrías y en las penas, en la prosperidad y en el infortunio, en la salud en la enfermedad: escuchamos ecos de las Bodas de Caná, con la diferencia de que en el desposorio de Dios con su pueblo, ni la muerte nos separa, pues Él, en Cristo, no nos abandona nunca: cuando sufrimos, sufre con nosotros, cuando morimos, muere con nosotros, cuando nos alejamos de Él, nos espera y nos busca para regalarnos su perdón.

El “hoy” en el que se cumplen por fin y para siempre las antiguas promesas y profecías no significa la transformación mágica y forzada de toda la realidad. Una transformación así sería, en realidad, ilusoria, ficticia. Pues si no cambia el corazón del hombre, ¿de qué sirve cambiar las circunstancias externas? ¿No volverían a ser esas circunstancias las mismas de ahora, si el ser humano continúa actuando como siempre? Pero Dios no puede cambiarnos el corazón si nosotros no colaboramos, si no le dejamos entrar en nuestra vida. Lo que significa ese “hoy” es la posibilidad ofrecida a todos de ingresar ya, gracias a la presencia entre nosotros del Hijo de Dios, en una forma nueva de vida. Se trata de una forma de vida que es signo y realidad de una salvación que está ya operando en la historia. Pablo, en la carta a los Corintios que hemos leído hoy, expresa de manera elocuente algunos aspectos de esta vida nueva que podemos hacer nuestra.

La diferencia (sexual, racial, nacional, cultural, religiosa, de mentalidad, de sensibilidad, y así hasta el infinito) ha sido causa de división, extrañamiento mutuo, indiferencia, enemistad y conflicto. El “hoy” que nos ofrece Jesús y que nos libera y nos cura de nuestras cegueras, nos permite descubrir en las múltiples diferencias posibilidades nuevas de cooperación y enriquecimiento mutuo. El símil del cuerpo es afortunado. El organismo vivo es la reunión de órganos distintos pero que se complementan entre sí y cooperan al bien de todos y de cada uno. No vale el que cada miembro se considere superior a los demás y trate de prescindir de ellos, despreciándolos con indiferencia. Cada uno, siendo sí mismo y para ser sí mismo, necesita de los demás, como los otros necesitan de uno. Vistas así las cosas, podemos descubrir en las diferencias la fuente de una vida más plena y rica para todos. Pero, ¿cómo conseguirlo, siendo así que la experiencia nos sigue diciendo que las diferencias son fuente de conflicto y enemistad? No basta con diseñar un hermoso ideal poético, que no toma nota de las dificultades reales. Al fin y al cabo, el símil del cuerpo ya lo usaron otros antes de Pablo, y el ideal de un humanismo universal puede también encontrarse fuera del cristianismo: “Homo sum: humani nihil a me alienum puto” dijo Terencio. Aquí es precisamente donde debemos volvernos a Cristo: él viene a anunciar que “hoy” se inaugura el año de gracia del Señor. En él hallamos la gracia, la fuerza, el don, el regalo que nos permite superar la enemistad de la diferencia y hacer nuestra existencialmente la “no-indiferencia” ante el rostro del otro, del pobre, del distinto. Es el misterio del amor, que Jesús porta en sí y que le lleva a entregar su propia vida. Para que el cuerpo tenga vida, para que los miembros cooperen al bien de todos, para que el “hoy” de la salvación se vaya haciendo verdad, es preciso que cada uno esté dispuesto a dar la vida por sus hermanos, a aliviar a los que sufren, a perdonar a los que le ofenden, a liberar a los cautivos y curar a los que padecen enfermedad, cada uno según el don que ha recibido y las posibilidades reales de que dispone; y todos cooperando como miembros de un mismo cuerpo. Porque la cuestión está ahí: para dar ese paso de manera consecuente y realista, tenemos que acercarnos al Señor y Maestro que “hoy” se ha hecho presente entre nosotros y nos reúne como hermanos de una misma familia, como miembros de un mismo cuerpo.

Las Bodas de Caná

Enero 16, 2010 por José María Vegas

Domingo de la 2ª semana de Tiempo Ordinario (C)

17 de enero de 2010,

Lectura del libro de Isaías 62, 1-5 La alegría que encuentra el esposo con su esposa, la encontrará tu Dios contigo 

Salmo responsorial Sal 95, 1-3.7-8.9-10 R. Contad las maravillas del Señor a todas las naciones 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 4-11 El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a él le parece

Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 1-11 En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

Lo mejor está al final

Comenzamos ya la segunda semana del tiempo litúrgico ordinario, pero seguimos percibiendo los ecos de las pasadas fiestas navideñas y, concretamente, los de su culminación en la Epifanía. De hecho, tradicionalmente la liturgia ha visto la manifestación de Jesús en los tres momentos que se han sucedido desde el 6 de enero hasta este domingo segundo: la adoración de los Magos de Oriente, el Bautismo de Jesús y la Boda en Caná de Galilea.

El Evangelio de Juan sitúa en el contexto de una boda a la que estaban invitados Jesús con sus discípulos y su madre María (que, a tenor del texto, estaba invitada independientemente de Jesús). De este modo, Juan retoma una imagen central del Antiguo Testamento para expresar la relación de Dios con su pueblo Israel: la del amor esponsal. El amor entre el marido y su esposa expresa el máximo grado de unión, intimidad y compromiso. Dios experimenta continuamente las infidelidades de su pueblo, que muchos textos veterotestamentarios reflejan en términos de infidelidad matrimonial. Está de triste actualidad, por noticias que saltan con frecuencia a los medios de comunicación, los durísimos y crueles castigos que aquellas sociedades (y algunas de hoy) reservaban para los pecados de adulterio, aunque sólo si estos eran cometidos por la esposa. En el lenguaje simbólico del Antiguo Testamento, el papel de la esposa lo encarna el pueblo. Es, pues, de esperar que las infidelidades continuas a su alianza con Dios atraigan sobre Israel castigos que pueden llegar a la destrucción total del mismo. Sin embargo, especialmente en los textos proféticos, la cólera de Dios por la infidelidad de su pueblo no se traduce en una voluntad de castigo y destrucción, sino que, paradójicamente, acaba siempre en palabras de perdón, en renovadas y conmovedoras declaraciones de amor y restablecimiento de la Alianza, en la promesa de un desposorio perpetuo que ya no se romperá nunca. El texto de Isaías de la primera lectura de hoy es un ejemplo elocuente (y bellísimo) de esta especie de “locura de amor” por su pueblo, que rompe con todos los estereotipos punitivos y vindicativos propios de esa misma sociedad, de su ley religiosa (que mandaba lapidar a las adúlteras). Desde luego, hay que decir que, al menos en esto, la experiencia religiosa de Israel no es en absoluto una mera proyección de ideas o convenciones humanas, pues vemos cómo las promesas de Dios hacen caso omiso de las mismas y no tienen empacho en contradecirlas abiertamente.

Si la revelación no ha encontrado mejor modo de expresar el amor de Dios por su pueblo que el del amor esponsal, quiere decirse que este género de amor, por su propia naturaleza, no puede reducirse a un capricho subjetivo, a un mero contrato de conveniencia que puede hacerse a la ligera y disolverse del mismo modo, con consenso de las partes o sin él. Existe en estas relaciones una exigencia de responsabilidad en su punto de partida; y una semilla de eternidad, incondicionalidad y fidelidad en su realización en el día a día.

Así pues, no es extraño que Juan, apelando a una larga tradición bíblica, elija el contexto de una boda para situar en ella el comienzo de la actividad pública de Jesús, y narrar en ella el primero de los “signos” que la jalonan. De hecho, los capítulos 2-12 de este cuarto Evangelio se han dado en llamar el “Libro de los signos”, siete en total[1]. En este primer signo se afirma con claridad que el desposorio definitivo de Dios con su pueblo se cumple ahora, en la persona de Jesús. Con Él se pone fin a la situación de provisionalidad, penuria, prostración y vergüenza en que se encuentra el pueblo de Dios. Ahora se hace verdad que “la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.” En definitiva, aquí y ahora realiza Dios lo que prometió en tiempos remotos.

El aquí es Galilea, el lugar en el que Jesús inicia su ministerio, pero también el de la manifestación a los discípulos después de la resurrección: “Él va por delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis” (Mc 16, 7). El ahora es “al tercer día” (o “tres días después”, aunque la lectura de hoy no recoge estas palabras que abren la narración de todo el pasaje). El tercer día es para Juan el día de la glorificación de Jesús (cf. Jn 12, 23), que para él significa tanto la hora de la cruz y la hora de la Resurrección. Así pues, se pone desde el principio el ministerio público de Jesús en relación con el misterio de su muerte y resurrección. Es posible que la resistencia de Jesús a intervenir ante la petición de su madre esté en relación con esto: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”.

El texto no dice quiénes eran los esposos, no da ningún detalle sobre la posible relación de Jesús y María con esos anfitriones anónimos. El foco de atención está totalmente centrado en María y Jesús. María interviene ante una situación penosa (vergonzosa y humillante, en lo que debería ser la alegría del desposorio), que recuerda la indicada antes para el pueblo de Israel (y, en él, de la humanidad entera). Ante la resistencia inicial de Jesús, María insiste y ordena a los servidores con una confianza absoluta: “haced lo que él os diga”. Este texto es el primero del Evangelio de Juan en que aparece María. Juan, que ha hablado de la “encarnación” (la Palabra se hizo carne), no había hecho mención de la madre de Jesús. Ahora, en cambio, se ve cómo Jesús “entra” en la historia, en el sentido de su actividad pública, en su “hora”, por la mediación de María.

La acción de Jesús, entonces, se centra en las seis enormes tinajas de piedra (“de unos cien litros cada una”), usadas para la purificación de los judíos. El número seis refleja una ausencia de perfección (aunque está cerca de ella, que se representa con el número siete). Tal vez se pueda entender en el hecho de que sean de piedra una referencia a la antigua ley de Moisés, grabada en tablas de piedra; una referencia que sí puede claramente descubrirse en el hecho de que sean para las purificaciones de los judíos: la enorme cantidad de agua habla de la enormidad del pecado humano. En una palabra, la antigua ley, orientada a la purificación de los pecados, se revela como imperfecta e insuficiente, se trata de una alianza no definitiva, que prepara pero no puede otorgar la plenitud de la salvación. La penosa situación que se ha creado en lo que debería ser una fiesta también habla del agotamiento de la ley mosaica y, probablemente, de la insuficiencia del Bautismo de Juan. Pero es una insuficiencia que no implica un rechazo o una condena. Igual que Jesús se somete al Bautismo de Juan y lo supera, bautizando con Espíritu Santo y fuego, ahora Jesús realiza la superación de la antigua ley partiendo de ella.

Así, Jesús manda llenar las tinajas de agua y, sin más preámbulos, ordena llevarle un poco al mayordomo. Se ve que la acción de Jesús no está dirigida simplemente a resolver un apuro ocasional. En primer lugar, llama la atención la cantidad exagerada de vino: unos seiscientos litros. En segundo lugar, se subraya su extraordinaria calidad. Ni una cosa ni otra tienen sentido en relación con la situación creada: ni hacía falta tanto vino al final de la fiesta, ni era necesaria esa alta calidad, dado el estado de los invitados. Es decir, Jesús “dice” con su signo algo muy distinto: la superabundancia del vino es señal de que los tiempos mesiánicos se han inaugurado, de que el Reino de Dios se ha hecho presente. Y esta nueva etapa supera en mucho a la anterior. El vino nuevo y festivo de las bodas de Dios con su pueblo es mucho más y mucho mejor que la vieja ley y los antiguos ritos de purificación. Aunque, como ya se dijo, no haya de faltar el sufrimiento de la cruz. En el vino nuevo se prefigura también la sangre derramada en la Cruz, con la que Jesús, el Cordero inmaculado, sella una alianza nupcial nueva y definitiva.

Ahora entendemos por qué los esposos de estas bodas de Caná no aparecen por ningún lado. El verdadero esposo es aquí Dios, en el rostro de Jesús, nuevo Adán; y la esposa, la Mujer, nueva Eva, es la madre de Jesús, que representa a todo el nuevo pueblo de Dios. Dios reúne de nuevo a su pueblo, en el que la ley está escrita en el corazón y que hace lo que él les dice, un pueblo que, como María, escucha y acoge la Palabra y la pone en práctica.

Todo lo que sucede en Caná de Galilea tiene el sentido de una Epifanía, de una revelación. Por ello, los discípulos, primicias, tras María, del nuevo Israel, sienten fortalecerse su fe en él.

Por la fe, los discípulos se convierten en servidores del vino nuevo del Reino de Dios. Realmente, es significativo el papel de los servidores de la boda. El texto dice que el mayordomo no sabía de dónde venía ese vino, mientras que los servidores sí lo sabían. Esto significa, tal vez, en primer lugar, que el vino del Reino de Dios es ofrecido a todos sin excepción: a los que reconocen a Cristo y a los que todavía no lo conocen. Es decir, los frutos positivos del Reino de Dios, el reconocimiento de la dignidad del hombre como imagen e hijo de Dios, los valores del perdón y la misericordia, la solidaridad y la acogida del extraño, y así un largo etc., son parte de ese vino nuevo que muchos beben sin saber de dónde viene. Mientras que, en segundo lugar, los servidores del vino, los que lo recogen y distribuyen, sí saben de dónde viene. ¿No hemos de ver en éstos a la imagen de los discípulos y creyentes de Jesús, que hacen lo que él dice y sirven a los demás desinteresadamente, dándoles de los frutos de la acción de Cristo, que inaugura una nueva etapa en las relaciones entre Dios y los hombres?

Los creyentes como servidores de la comunidad de hermanos, pero también de la humanidad entera, según la diversidad de dones que cada uno ha recibido del Espíritu, es una imagen paulina que expresa bien el núcleo de nuestra vocación cristiana.

Así que, hoy, en Caná de Galilea, Jesús empieza sus signos, crece nuestra fe de discípulos en él, y esto nos da más fuerza para hacer lo que nos dice y servir mejor (el vino nuevo de la filiación divina y la fraternidad) a todos los hombres, nuestros hermanos


[1] Juan no habla de “milagros”, sino de signos o señales de la presencia del Reino de Dios o del cumplimiento de las antiguas promesas precisamente en la persona de Jesús. Estos siete signos son: la conversión del agua en vino; la curación del hijo del funcionario real (4,43-54); la curación del paralítico junto a la piscina de Betesda (5,1-9); la multiplicación de los panes (6, 1-13); Jesús camina sobre las aguas del lago (6,16-21); el ciego de nacimiento (9,1-12); y la resurrección de Lázaro (11,1-57).

Seguir la estrella.

Enero 6, 2010 por José María Vegas

Isaías 60, 1-6

San Pablo a los Efesios 3, 2-6

Evangelio: Mateo 2,1-12

 La Epifanía del Señor

El misterio de la Navidad es tan grande y tan profundo, que no basta un día para entrar a fondo en él y descubrir todas sus dimensiones. A la noche y el día de Navidad, en que contemplamos la luz del niño Dios nacido en Belén, le siguen otras fiestas que van completando un cuadro armonioso. La fiesta de la Sagrada Familia nos habla de un contexto de relaciones humanas, del que la verdadera humanidad de Jesús tenía necesidad para desarrollarse y crecer. Las fiestas de San Esteban y de los santos inocentes, para evitar un exceso de sentimentalismo, nos recuerdan que Jesús nace en un mundo violento e injusto y que Él mismo y otros por su causa habrán de sufrir las consecuencias de esa situación “no ideal” del mundo en la que tiene lugar la encarnación.

La contemplación del misterio  culmina con esta fiesta de la Epifanía o Manifestación de Cristo a los gentiles, nuestra popular fiesta de los reyes magos. Es una fiesta que enlaza directamente con la del domingo siguiente: el Bautismo del Señor, otro momento de manifestación, pues es el momento del comienzo del ministerio público de Cristo; y con la Bodas de Caná, que Juan nos presenta como el comienzo de los “signos” del Reino de Dios que Jesús realiza para anunciar que Dios está ya cumpliendo sus promesas. De hecho, la liturgia oriental reúne en una sola fiesta (aquí en Rusia es el día 7 de enero, mañana para quien esto escribe) la navidad, y la epifanía (“bogoyavlenie”).

Mateo dice con el episodio de los sabios de oriente que, ya desde el mismo nacimiento de Jesús, su encarnación tiene una significación universal, para todo el mundo, sin distinción de razas, culturas y nacionalidades. Que Dios se haga hombre (ser humano) es algo que tiene que importarle a todo el mundo. No puede ser algo exclusivo de un grupo, un pueblo, incluso una confesión religiosa, por paradójico que parezca. Ya, antes de Cristo, y pese al tono fuertemente nacionalista de la religión judía, se dieron cuenta de ello los Profetas. Isaías hoy los representa a todos. Es algo que se deriva naturalmente de su fuerte monoteísmo: si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, significa que es el Dios de todos los hombres sin distinción; luego la revelación que Israel ha recibido no es sólo para él, sino para todo el mundo. Israel descubre así su vocación sacerdotal, de mediador entre Dios y la humanidad. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, Pablo es el gran batallador por la comprensión universalista de la fe cristiana y que impide que ésta se reduzca a una insignificante secta dentro del judaísmo.

Dios nace y se manifiesta: nace para manifestarse, para comunicarse, para hacerse accesible a todos. Esto tiene desde luego una importante consecuencia para la comprensión de nuestra fe. La fe no puede reducirse a una “opción privada”, a una íntima convicción que no debe manifestarse, sino que debe permanecer dentro de cada uno. Es algo a lo que se nos invita en nombre de una tolerancia mal entendida. Se nos invita a profesar nuestra fe con tal de que no la manifestemos, de que la practiquemos en nuestro fuero interno, en el ámbito privado de nuestras asambleas litúrgicas, pero renunciando a tratar de permear nuestro actuar, nuestro pensamiento, nuestra presencia pública con nuestra fe cristiana. Es pedir un imposible. Jesús no vino al mundo a fundar un club privado, sino a decirnos que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos sus hijos y que todos somos hermanos.

Así pues, respetando sin ambages la libertad de todos y renunciando a imponer nada a nadie, los cristianos no podemos dejar de proclamar el significado y la importancia para todos de lo que nuestra fe proclama, y de testimoniar invitando a todos a acercarse a conocer personalmente al hijo de Dios hecho hombre. Y es que la nuestra es una opción personal, pero no en modo alguno una opción privada.

Un segundo aspecto de esta fiesta que a mí me motiva especialmente es el de la estrella. Los sabios de oriente representan, se me antoja, la sabiduría humana. No eran magos, sino sabios, buscadores de la verdad. Posiblemente eran astrólogos o, dicho en lenguaje actual, astrónomos, una especie de físicos, indagadores de la naturaleza, además de filósofos. En aquel tiempo los saberes no estaban tan especializados. Que estos sabios siguiendo la estrella buscaran al niño para adorarlo significa, me parece a mí, que entre la fe y la razón no hay contradicción alguna, que la ciencia y la revelación no son divergentes sino convergentes, pues por caminos distintos se encaminan a la verdad, el bien y la justicia, que, por vía natural o por vía revelada tienen un mismo Autor.

La razón tiene sus limitaciones y en ciertos momentos necesita del apoyo de la revelación. Así, el hombre puede admirar la grandeza y el poder de Dios al contemplar la naturaleza, pero no puede llegar por la sola razón al contenido revelado, que le dice que a ese Dios creador que busca en las estrellas lo puede encontrar en medio de los hombres. Por eso los reyes magos siguiendo la estrella se acercan mucho, pero no pueden llegar hasta el final. Tienen que preguntar a los representantes del pueblo sacerdotal, depositario de la revelación. Estos tuercen el gesto pero consultan el depósito que se las ha confiado y hallan la respuesta. Es un texto de Isaías el que despeja el camino hasta el niño recién nacido. Pero causa admiración y perplejidad que mientras los sabios de oriente se muestren tan abiertos (a la razón y a la fe), esos representantes estén tan cerrados a lo que sus propias escrituras les dicen (y que transmiten a los extranjeros que les preguntan). Y es que vemos que ni la razón ni la revelación bastan por sí mismas. Hacen falta además disposiciones personales, es decir, un corazón bien dispuesto. Si no se da esto, la sóla razón puede llevar a la soberbia y a la negación de Dios; y la actitud religiosa puede convertirse en fanatismo, y en la negación del hombre al que en nombre de una verdad mal entendida se está dispuesto a matar. 

Nuestros sabios de oriente, bien dispuestos y abiertos a las evidencias de la razón y a las revelaciones de la escritura, encuentran al niño y le ofrecen sus dones. Son toda una profesión de fe: oro (el niño es el rey celestial), incienso (es el Hijo de Dios), y mirra (su trono y su gloria será la cruz).

Una afortunada tradición ha querido que los reyes magos sigan trayendo sus regalos a niños y mayores del mundo entero (últimamente se distribuyen el esfuerzo con San Nicolás, también llamado Santa Klaus). Pero solemos darle a esta tradición un moralismo indebido: los regalos dependen de si hemos sido buenos y nos hemos portado bien. Como si fueran los regalos el premio a un mérito acumulado. Pero esto no es así. Los regalos se hacen porque se quiere a la persona agraciada, y con el regalo se le “dice” ese amor, se confirma su ser y se celebra que exista. Es importante que nos hagamos regalos unos a otros, como expresión de esos vínculos esenciales que están más allá de todo mérito.

Los magos confiesan y testimonian con sus regalos. Nosotros deberíamos tratar de regalar al mundo el testimonio de nuestra fe, sin miedo y sin vergüenza. Es el mejor regalo que le podemos hacer, pues el mundo necesita de este niño que ha nacido en Belén. Regalar la luz que hemos visto en medio de la noche y que hemos recibido con nuestra fe. Sí, ese es el mejor regalo que podemos y debemos hacer en este mundo no ideal en el que Jesús ha nacido para todos: ser nosotros mismos estrellas que indican el camino que lleva a Belén a todos aquellos que buscan a Dios, que necesitan de Cristo aun sin saberlo.

La sabiduría de la fe y la filiación

Enero 2, 2010 por José María Vegas

Domingo II después de Navidad (C)

3 de enero de 2010

PRIMERA LECTURA
La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido
Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-2. 8-12

SEGUNDA LECTURA
Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18

EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18

La sabiduría de la fe y la filiación divina

El misterio de la Navidad es el comienzo de un diálogo entre Dios y los hombres. Jesús nace en Belén y en ese hecho, aparentemente sencillo y cotidiano, tiene lugar el acontecimiento de la Encarnación del Verbo de Dios. La Palabra (el Logos) de Dios se hace carne para que los seres humanos podamos ver y escuchar y tener acceso a Aquel a quien nadie ha visto jamás. Pero si Dios se dirige así a los seres humanos (yendo a su encuentro, poniéndose a su nivel, hablando en su lenguaje), es necesario que el ser humano responda a este requerimiento acogiendo a Jesús y reconociendo en el hijo de María al Hijo de Dios.

La liturgia de este tiempo de Navidad retorna una y otra vez al portal de Belén, relee continuamente los textos que sonaron la víspera, la noche, el día de Navidad. Pero lo hace de manera dinámica, buscando nuevas perspectivas, subrayando nuevos aspectos. Hoy, cuando releemos (y ya es la tercera vez) el prólogo del Evangelio de San Juan, la primera y la segunda lectura orientan nuestra atención hacia la recepción del acontecimiento central. Este último es que “la Palabra se hizo carne”; la respuesta por parte nuestra puede ser que “vino a su casa, pero los suyos no la recibieron”; pero también que “a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.” El tiempo de Navidad es, pues, también una llamada a examinar la calidad de nuestra respuesta de fe.

De hecho, ya en los textos de los días ordinarios de la Octava van desfilando diversos personajes que reconocen en el niño Jesús al Mesías esperado: los pastores, Simeón, la profetisa Ana… En ellos el Antiguo Testamento, la fe del resto de Israel, se abre a los nuevos tiempos. Esta aceptación en fe no es ciega, sino clarividente, pues no consiste en acoger de manera voluntarista lo que en modo alguno se puede comprender. Una de las imágenes centrales de estos días es la de la luz. La fe nos abre los ojos a la luz y nos descubre dimensiones escondidas a una mirada superficial. La fe es una forma de comprensión y de sabiduría, porque es la aceptación de la Sabiduría de Dios. La primera lectura hace el elogio de la Sabiduría divina, manifestada en la creación del mundo y que ha venido a poner su morada en Sión. A la luz del Evangelio comprendemos que esa Sabiduría de Dios es la Palabra por la que se hizo todo, y que se ha hecho carne en Jesús. La acogida en fe de la Palabra encarnada es un modo de participar realmente de la Sabiduría de Dios, como nos recuerda Pablo en la carta a los Efesios: “el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama”. Pero no se trata tampoco de una sabiduría meramente teórica, de una especie de erudición religiosa adquirida por medio del estudio y la lectura, sino de una Sabiduría que nos pone en contacto vivo con el Misterio que contemplamos, acogemos y aceptamos: es un saber que es, al tiempo, un saborear y, por tanto, un asimilar.

Así pues, la luz y la sabiduría de la fe son el principio de una vida nueva: Jesús nace en la carne para que nosotros renazcamos en el Espíritu; al acoger, por medio de la sabiduría de la fe, el misterio de la Palabra hecha carne, nos convertimos en hijos de Dios; al abrir nuestras puertas al hijo de María, Él abre para nosotros la participación en su propio ser de Hijo único de Dios.

Y todo esto significa que, si hemos aceptado en fe a Jesús y, en consecuencia, hemos renacido en el Espíritu, esta novedad ha de reflejarse en una nueva forma de vida: vivir en la luz, siendo, como Juan el Bautista, testigos de la luz, ser santos e irreprochables, pero no por carecer de defectos y limitaciones (Dios no nos pide imposibles), sino “por el amor”, es decir, por la capacidad de acoger y aceptar a los demás, reconociendo en fe en cada ser humano a un sacramento de la presencia de Dios, a un llamado a la filiación divina y, por tanto, a un (real o potencial) hermano nuestro.

¿Quién soy yo?

Diciembre 20, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 4ª semana de Adviento (C)

20 de diciembre de 2009

De ti saldrá el jefe de Israel
Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a

Aquí estoy para hacer tu voluntad
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45

¿Quién soy yo?

Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal. Tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se explica que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Ain Karem, en la montaña de Judá

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes (y los lugares) que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en las grandes urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importantes del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del universo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que puede habitar el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las “cumbres”, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, estos encuentros preparatorios alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro de bendición. Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. No son los intereses mutuos y contrapuestos, con el correspondiente tira y afloja, los que tienen el protagonismo, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y este es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres que se van realizando en estos encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de este mismo encuentro: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, podemos comprender el modo concreto en que hemos de preparar el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la navidad si nosotros, los creyentes, lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. La Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, se abre a la Palabra, para que habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y se dejará sentir, como la sintió Juan en el seno de Isabel, suscitará el espíritu profético y hará posible en algún momento de futura madurez un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios, a ser nuestra paz.

El deber y el gozo

Diciembre 13, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 3ª semana de Adviento (B)

13 de diciembre de 2009

PRIMERA LECTURA
El Señor se alegra con júbilo en ti
Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14-18a

SEGUNDA LECTURA
El Señor está cerca
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4, 4-7

EVANGELIO
¿Qué hacemos nosotros?
Lectura del santo evangelio según san Lucas 3, 10-18

 La alegría de la venida y la severidad del deber

 El tercer Domingo de Adviento se llama, según una venerable tradición, Domingo “Gaudete”, “regocijaos”, por la primera palabra del Introito de la Misa y en consonancia con las exhortaciones de la primera y la segunda lectura. El tiempo de Adviento se organizó litúrgicamente hacia el siglo V como un ayuno penitencial preparatorio de la Navidad, en paralelo al tiempo de Cuaresma anterior a la Pascua. Por ello, igual que el tercer Domingo de Cuaresma es el Domingo “Laetare” (alegría), que supone un cierto alivio en medio de los rigores cuaresmales, el Domingo tercero de Adviento (que, entretanto, ha perdido entre nosotros mucho de su carácter penitencial, no así entre los orientales) es el domingo del regocijo que intuye ya la cercanía próxima del Señor. Incluso psicológicamente puede entenderse esta explosión de gozo y alegría: ya “solo” queda un domingo más, antes de la gran fiesta de la Navidad. Y esta alegría litúrgica y psicológica puede tener además otras connotaciones que refuerzan el tono festivo: se acercan las vacaciones, tal vez, el reencuentro familiar, etc. En el plano de la fe la proximidad de la celebración litúrgica nos recuerda la proximidad real del Señor, que, pese a todas las evidencias negativas que pueblan el mundo y la historia, no ha abandonado a los suyos, sino que viene en su busca y quiere encontrarlos. El gozo que nos anuncia este Domingo de Adviento y de esperanza procede de una posibilidad que se puede hacer realidad: “el Señor está cerca” y tú puedes encontrarte con Él. ¿Cuáles son las condiciones de este encuentro?

Resulta chocante que, precisamente en este Domingo que exhorta al regocijo, el Evangelio adopte un tono severo y subraye las exigencias del frío deber. Más que los tonos alegres de la Buena noticia de la salvación y la gracia, pone en primer plano las normas morales a que debe someterse nuestra voluntad. Ya las mismas preguntas que la gente le dirigía a Juan están referidas al “hacer”, y además a ese hacer que se nos impone como deber: “¿qué tenemos que hacer?” Las respuestas de Juan parecen las verdades del barquero, evidencias de sentido común y que se pueden resumir en el deber de la justicia. A todos (a la “gente”) se le exige la disposición a compartir lo que tienen con los necesitados; a los que están investidos de ciertas responsabilidades y cierta autoridad (o poder, si preferimos decirlo así), la exigencia es la de no abusar de su posición, esto es, abstenerse de hacer el mal en beneficio propio. La exigencia de justicia, efectivamente, se desdobla en dos principios complementarios: el más exigente y universal, o de justicia negativa, que prohíbe hacer mal a nadie (“el primer bien que hay que hacer es no hacer mal”); y el segundo, de solidaridad o de misericordia, que nos manda hacer el bien en la medida de lo posible. Son dos principios complementarios y necesariamente implicados entre sí, que no se deben separar demasiado radicalmente: la misericordia supone la justicia (si quiero que me ayuden, es justo que yo lo haga con los demás), y la justicia exige la misericordia (si no quiero ofender a nadie, es porque reconozco su dignidad, y esto me ha de mover a ayudarles).

Hemos de reconocer que lo que responde Juan a la gran cuestión de “¿qué debemos hacer?”, si bien no resulta muy original, en absoluto carece de importancia. Si todo el mundo se abstuviera de hacer mal a los demás, y se esforzara en ayudar a los necesitados en la medida de sus posibilidades, cambiaría la faz de la tierra. ¿No será, pues, la justicia suficiente? A la pregunta de ¿qué tenemos que hacer?, podemos agregar esta otra (si, en nuestro interior consideramos que, en lo fundamental, vivimos de acuerdo con esas exigencias): ¿qué más podemos hacer?, o, dicho de otra forma, ¿por qué tenemos que hacer algo más? ¿Es que acaso esto no es suficiente? Conformarnos con el horizonte de la justicia como meta última de nuestra vida y de nuestra historia es lo que está implicado en la pregunta ulterior que las gentes se hacían respecto de Juan el Bautista. ¿No será éste el Mesías? Que Juan sea el Mesías significa que las estrictas exigencias de la Ley y del Deber son el contenido último de la salvación a la que aspira el corazón humano; o que son el precio que hay que pagar para obtener esa salvación como premio. Bueno, no es poco; no está mal…, pero nos sabe a poco. ¿Dónde queda el espacio para la alegría? ¿Consiste la plenitud de felicidad, que anhela el fondo del ser humano y que anima todas sus utopías, en una existencia funcionarial marcada por el frío deber? Estas preguntas no son meramente retóricas. Plantean una cuestión de gran actualidad que afecta a la vida de numerosos cristianos, o de personas que se creen justificadas por su propia justicia y no sienten la necesidad de dar un paso más para encontrarse con Cristo. Son los que consideran que “ser buena persona” es suficiente. Como se suele decir, “yo no mato, no robo y pago mis impuestos”; es decir, no hago mal a nadie y el bien que pueda hacer, que lo haga el Estado, que para eso le pago. A éstos Juan el Bautista les basta como Mesías, no tienen que esperar a otro. Por eso se abstienen de rezar, de practicar su fe, de celebrar la Eucaristía, etc. La verdad es que no es poco. Pero se quedan cortos, no tanto en lo que tienen que hacer, sino en lo que podrían recibir; pues Juan habla precisamente de “otro”, y sus exhortaciones nos preparan para algo más grande, que no niega, pero que trasciende el ideal (algo sombrío, digámoslo) de la justicia y el deber estricto.

El tercer Domingo de Adviento, Domingo “Gaudete”, “¡regocijaos!”, es un momento de inflexión: concluye el ciclo de Juan y se abre uno nuevo, al que todavía no se le da nombre, pero que es el ciclo de María. Juan, el último de los profetas, prepara el camino, enseña a los hombres cómo han de disponerse para acoger al que ha de venir, cuáles son las condiciones mínimas. Pero, al mismo tiempo, cede el paso a otro, señalando la insuficiencia de su propia profecía: él no es el Mesías, éste superará todas las expectativas, nos dará, si lo acogemos, mucho más de lo que podemos pedir o merecer. La salvación no es el premio (la paga extra) que reciben los funcionarios del deber, es mucho más. Además del deber, está la gracia; además de la justicia, el amor; más allá del estricto cumplimiento de nuestros deberes, está la alegría de la fiesta, el don gratuito que no se merece, pero que expresa la sobreabundacia del amor. Las relaciones debidas de justicia, que expresan el mínimo de una existencia decente, pueden salvarnos del infierno en que con demasiada frecuencia se convierte la convivencia humana, a causa del egoísmo, la prepotencia y la violencia; pero si nos quedamos en ellas sentimos, en primer lugar, que nuestra debilidad moral nos impide perseverar en ellas sin fisuras (¿quién podrá tirar la primera piedra?); si nos mantenemos en los estrictos límites de la justicia, se plantea sin remedio la cuestión de qué hacer con las contravenciones contra ella, que piden (en justicia) compensación y castigo; por fin, si, pese a todo, conseguimos con esfuerzo acercarnos a ese ideal de la justicia, descubrimos que podemos establecer así relaciones objetivas de conciudadanos, pero que nuestro corazón no se conforma con esto y aspira a una relación más cálida que la mera convivencia civil.

Dios nos ha dado en eso que antes se llamaba la “ley natural”, y que ahora se rebautiza con otros nombres (ética civil, laica, etc.; no discutamos sobre palabras), las exigencias mínimas de una existencia decente. Eso es “lo que tenemos que hacer” o por lo que tenemos que esforzarnos. Pero lo que se nos anuncia ahora es mucho más: no lo que tenemos que hacer nosotros, sino lo que Dios quiere hacer en nuestro favor. Quiere encontrarse con nosotros, mostrarnos su rostro humano y amable en Jesucristo, y, en Él, descubrirnos su rostro paterno, reunirnos como a hijos, vincularnos con lazos de fraternidad, bendecirnos en su presencia, perdonar nuestras debilidades y maldades, llenarnos de alegría y regocijo.

“El que ha de venir” no lo hace para añadir nuevos preceptos a la ley, cargando nuestras espaldas con más fardos; su mensaje no es el de un legislador, sino el de uno que viene a traernos regalos inesperados e inmerecidos. Juan, saliendo ya de la escena, nos invita, sí, a perseverar en la justicia, pero también a abrirnos a un horizonte más grande, a la recepción de dones inmerecidos, de gracias que han de llenar nuestro corazón de gozo y alegría. La “Llena de gracia” ya está tomando el testigo.

Junto con el innegociable compromiso con la justicia, la alegría presentida por la esperanza, que esponja, ensancha y embellece a aquella, es el testimonio que los cristianos hemos de dar para que, por medio de él, nuestro mundo sepa que “el Señor está cerca”.

¿Qué clase de Rey es Cristo?

Noviembre 21, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 34ª semana de Tiempo Ordinario (B).

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

 22 de noviembre de 2009

Su dominio es eterno y no pasa
Lectura de la profecía de Daniel 7, 13-14

El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios
Lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8

Tú lo dices: soy rey
Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 33b-37

¿Qué clase de rey es Cristo?

Esta es una fiesta extraña, que irrita a los “republicanos” aunque difícilmente puede contentar a los “monárquicos”. Algo o mucho tiene que ver con ello el hecho de que el Reino de que se habla aquí no es de este mundo, aunque se manifieste y subsista en él.

Algunos pueden pensar que declarar a Cristo “rey” del universo es un anacronismo monárquico, un resabio de tiempos pasados, incluso si entendemos esta realeza en sentido más o menos metafórico. Puede que en parte sea verdad, pero si lo pensamos fríamente, declarar que Cristo es “presidente” o “primer ministro” de una cierta república, por mucho que no sea de este mundo, nos podría resultar aún más extraño (por no decir, ridículo). Y es que el título de presidente o primer ministro tiene un sentido meramente funcional y, por eso mismo, advenedizo, pasajero y temporal. Es evidente que los presidentes que pierden el consenso popular pierden al mismo tiempo toda legitimidad y que su poder, si se mantiene, resulta inicuo. Con la institución monárquica no sucede exactamente lo mismo, al menos, tal como se ha entendido históricamente. El rey, se supone, lo es por derecho propio, su puesto conlleva una cierta naturalidad, que hace de él “soberano” (supremo, alguien que está por encima). De ahí que históricamente haya habido tantos ensayos sea de divinizar a los reyes, sea de justificar ese poder humano desde instancias religiosas.

Lo que decimos puede redoblar aún más la desconfianza hacia esta fiesta “monárquica”, considerando que hoy pocos serán los que estén de acuerdo, no ya con divinizar ningún género de poder político, sino ni siquiera de justificarlo teológicamente. Pero puede atemperar nuestra desconfianza el saber que las tendencias antimonárquicas se encuentran ya con mucha fuerza en la misma Biblia, cuando los israelitas, de manera reiterada, pedían un rey a Yahvéh para ser “como todas las naciones” (Jc 8, 22; 1Sam 8, 5); esas peticiones son entendidas por Yahvéh como un rechazo contra él: “me ha rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam 8, 7), que advierte de las consecuencias para el pueblo de la institución real: se convertirá en un pueblo de siervos y pondrá en peligro su propia experiencia religiosa, su fuerte monoteísmo, pues tenderá a divinizar el poder político, como hacían los otros pueblos, y las alianzas con éstos  le llevarán a dejarse contaminar por sus ídolos.

Aunque la monarquía (y, en consecuencia, las tendencias monárquicas) acaban triunfando en la Biblia, la experiencia religiosa e histórica de la monarquía es globalmente negativa por los motivos indicados. Y de ahí que Israel viva gran parte de su historia ansiando un nuevo David, un rey distinto de los que ha conocido, en el que se hagan por fin verdad las promesas mesiánicas que sólo muy parcialmente vieron cumplidas en David.

En realidad, el fracaso de la monarquía de Israel habla del fracaso de toda monarquía, pues, en verdad, la única forma en que hoy parece aceptable una monarquía como forma de organización política, es la monarquía constitucional, en la que el rey lo es sólo de mentirijillas, ya que la teoría política moderna (que antes que por Montesquieu o por Locke, fue definida en sus grandes rasgos por los representantes de la segunda escolástica de la Escuela de Salamanca) no acepta que nadie sea superior a nadie “por naturaleza”, o por derecho propio, de modo que la única “soberanía” admitida sea la que procede del consenso social.

Está claro, pues, que si Cristo es Rey, lo es de un modo muy distinto al que lo son los reyes de este mundo (sean constitucionales o no). Dicho lo dicho, es claro que ningún rey pasado, presente o futuro lo es en sentido propio. Cristo, en cambio, lo es en el pleno sentido de la palabra, es un verdadero rey, como él mismo lo confiesa ante el representante de otro rey, del más poderoso de su tiempo: el César. Y no deja de ser irónico que esta confesión se haga en una situación que pone de relieve que la realeza de Jesús es bien extraña y paradójica, realmente, no de este mundo:

-         Sin ejército ni poder externo alguno; ¿cómo podrá defendernos?;

-         Sometido a juicio y condenado: ¿cómo podrá hacer justicia?

-         Su corona es de espinas; ¿cómo, siendo así, podrá inspirar respeto y temor?

-         Su trono es la cruz; ¿quién se inclinará ante él?

Sin embargo, precisamente estas paradojas pueden ayudarnos a entender en qué sentido es Jesús rey, y rey del universo, si bien, es claro que su reino no es de este mundo y poco tiene que ver con los poderes políticos. Jesús no posee, en cuanto rey, poderes ni boatos externos, que, precisamente por serlo, ya hablan del carácter meramente advenedizo de los mismos y, por consiguiente, de la debilidad de quien los posee. El César romano, el Secretario General del Partido o el Presidente de cualesquiera Estados son, de por sí, nada y nadie; su poder es prestado e, igual que lo han recibido, lo pueden perder. En Jesús no es así. Despojado de todo poder externo, Cristo tiene autoridad: un poder que brota de su misma persona. Es un poder del que puede disponer realmente, en virtud del cual puede entergar su propia vida libremente. Por eso, Jesús juzga al mundo por medio, no de la condena, que él mismo asume, sino del perdón, y reina no sobre los reinos (y las repúblicas) de este mundo, sino sobre el mal y la muerte. De ahí que su reino, que no es de este mundo, pero por medio de Él se manifiesta en este mundo, dura por siempre y no tiene fin.

El poder (o, mejor, la autoridad) de la realeza de Jesús no establece una relación vertical y tiránica, ni siquiera meramente “representativa” con los suyos: comparte plenamente su poder con aquellos que aceptan el testimonio de la verdad y escuchan su voz, a los que ha convertido en un pueblo de reyes y sacerdotes de Dios su Padre.

La fiesta de Cristo, Rey del Universo, que cierra el año litúrgico, nos habla de la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte; algo que no siempre es patente en este mundo, en el que, a veces, puede parecer que la bondad, la honestidad y la justicia no compensan y no merecen la pena. Pero Jesús, en su extraño reinado, coronado de espinas y entronizado en la cruz, testimona que, al final, no hay fuerza mayor ni poder más grande que el del amor y el perdón, hasta la muerte; que ese reino, aunque no es de este mundo, está presente y operando ya en él, por medio de aquellos que escuchan su voz y tratan de ponerla en práctica; y que, al hacerlo, ellos mismos participan de la realeza de Cristo (invitados a tomar su cruz) y de su autoridad (el poder del amor), y se convierten en profetas, testigos del nuevo y definitivo reino, y en sacerdotes,  mediadores, del Dios Padre de todos.

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Noviembre 13, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 33ª semana del Tiempo Ordinario (B)

15 de noviembre de 2009

Lectura de la profecía de Daniel 12, 1-3 Por aquel tiempo se salvará tu pueblo 

Salmo responsorial Sal 15, 5 y 8. 9-10. 11 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18 Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados

Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,24-32 Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Como siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos (guerras, inundaciones y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo y, ni siquiera, el Hijo, que, al participar plenamente de nuestra condición humana participa, al parecer, también de nuestro modo de relación con el futuro, que, es, en primer lugar, el desconocimiento. Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:

“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). …

No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”

La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo son los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros, en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas sabidos sin dolor y escritos en una página de la historia, sino que son los que nosotros mismos tenemos realmente que padecer.

De este modo, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que ni sabemos cuándo será, no lo podemos saber, ni, en consecuencia, debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”, vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y oposiciones–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, a causa de la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención y, en una u otra medida, debemos dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellos en exclusiva nuestra vida. Pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente del carácter efímero y pasajero de los mismos. Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar el valor de la justicia, o de la verdad? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de una dignidad que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como la Palabra de Jesús, no pasarán y que son los que nos salvan.

Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de Predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios, Padre de Jesucristo, es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a inscribirse libremente. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.” Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero que cuyo límite temporal es para cada uno el momento de la propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo de llamada a inscribirse en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación.

Cuánto valen dos reales

Noviembre 8, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 32ª semana del Tiempo Ordinario

8 de noviembre de 2009-11-06

PRIMERA LECTURA: Lectura del primer libro de los Reyes 17, 10-16
La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías

SEGUNDA LECTURA: Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28
Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos

EVANGELIO: Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 38-44
Esa pobre viuda ha echado más que nadie 

 

Siempre he pensado que el libro Guiness de los récords merecería incluirse a sí mismo, porque constituye un verdadero récord, el de la vacuidad (por no decir, el de la estupidez). Este libro es un monumento al culto de la magnitud, del tamaño, que hace de la cantidad la medida de la calidad. La cantidad, la magnitud y el tamaño, desde luego, se imponen a la mirada. Para aquellos, que, como los escribas en el Evangelio de hoy, lo importante es hacerse notar, que los vean y reverencien, la cultura del récord es, sin duda, idónea, sobre todo, si no tienen otra cosa que mostrar que le mera apariencia externa (en este caso, religiosa). Para esta mentalidad y este modo de vida, en el que lo importante es el continente y no el contenido, si no te ven y reconocen es como si no existieras, aunque sea altamente probable que esa existencia esté vacía por dentro. Porque, por poner un ejemplo chusco, ¿qué interés puede haber en hacer la tortilla más grande del mundo (excepto el de que te inscriban en el dichoso libro), si luego resulta que esa tortilla no es la más rica del mundo, que es lo que, hablando de tortillas, realmente interesa?

Esta obsesión por ser los primeros y los más grandes revela, al fin y al cabo, nuestra propia vacuidad, es decir, la pérdida del sentido de lo que realmente vale. Y es que lo que vale de veras no se puede medir cuantitativamente. Y medir la calidad, por más que sea posible, es bastante más difícil. La tortilla más rica del mundo es la que le hace la madre a su hijo, y sólo él, al comérsela, es capaz de captar ese valor que no admite cuantificación.

Con lo que estamos diciendo tampoco queremos ensalzar las perspectivas mediocres, las aspiraciones de cortos vuelos, denigrando así el valor de la excelencia. Pero es que la excelencia no está ligada necesariamente a la magnitud y a la capacidad de atraer la atención de muchos, sino a la autenticidad. En el Evangelio de hoy Jesús llama, precisamente, a la autenticidad, que poco tiene que ver con el deseo de sobresalir y hacerse la propaganda (incluso, con buenas obras, por ejemplo echando mucho dinero en el cepillo del templo, pero cuidándose bien de que se note).

En realidad, no importa mucho ser grande y famoso, ocupar cargos muy importantes y estar en el candelero público, cualquiera que sea el ámbito de actividad del que se trate (la política o la economía, el deporte o el arte, la religión o la ciencia). Estar en la cumbre, al final, es algo no sólo accesorio, sino con frecuencia también casual y dependiente de factores que escapan a nuestro control. ¡Cuántas veces son meras combinaciones de circunstancias las que encumbran al mediocre o al incompetente! Pero, incluso el que está en la cumbre de cualquier ámbito de la vida humana por méritos propios, por su propia excelencia, no puede olvidar que hay cumbre porque hay una base y todo un cuerpo de la montaña, sin los que él mismo no sería nada.

Así que lo importante no es dónde está uno y si llega o no a ser famoso: todo eso es polvo que se lleva el viento. No importa ser un político reconocido, o un gran médico, o un artista, o científico, o deportista de fama, sino ser un auténtico político, ocupado del bien común (como un sencillo alcalde de aldea), un verdadero médico, entregado a la salud de sus pacientes, un auténtico artista o científico o deportista, consagrado de corazón a la propia actividad. Es decir, lo importante es hacer cosas buenas y hacerlas bien, con el corazón, con convicción y autenticidad. La obra bien hecha, esto es, hecha en conciencia, por convicción, con generosidad lleva en sí misma su propio premio y es independiente de que obtenga o no el reconocimiento social. Si éste viene, bienvenido sea, pero no depende de él el que nos dediquemos a la obra buena y perseveremos en ella. Y es que la vida humana está hecha en su mayor parte de hechos y situaciones menudas, aparentemente insignificantes, pero en las que vamos hilando, para bien o para mal, la trama de nuestra existencia. Es en la fidelidad de lo pequeño, como nos recuerda Jesús en otros momentos (cf. Mt 25, 21-23), en donde se deciden las grandes fidelidades.

Los maestros escultores medievales tallaban con todo detalle primorosas estatuas para los pináculos de las catedrales góticas, que nadie iba a poder disfrutar. Pero lo hacían movidos por el amor a la obra bien hecha y, sobre todo, por amor al Dios al que consagraban su arte. Creían en Dios y creían en lo que hacían.

Y es que la fidelidad en lo menudo, como hacer bien las cosas que hacemos, incluso las más aparentemente insignificantes, es también una cuestión de fe, esto es, de confianza.

Esa fe es lo que se descubre en la viuda de Sarepta, que, fiada de la palabra del profeta, es capaz de compartir lo poquísimo que tiene con el forastero que le solicita ayuda. Y es esa misma fe la que mueve a la pobre viuda del Evangelio de hoy, que al dar limosna, bien insignificante en cantidad, lo da todo, esto es, se da ella misma.

Los dos reales de su limosna simbolizan, tal vez, que lo decisivo y auténtico de la vida no se decide, la mayoría de las veces, en grandes acciones, sino en los pequeños detalles de cada día. Son ellos los que ponen a prueba la autenticidad de nuestra vida y los que nos preparan para los grandes momentos, si es que llegan. No podemos descuidar el detalle de que esta pobre viuda dio sus dos reales al tesoro del templo. Para nosotros el templo es el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Y esto significa aquí, además de la ayuda material que podemos y debemos realizar para el sostenimiento de nuestra Iglesia, que nuestra aportación a la construcción del cuerpo de Cristo es esencial, por muy pequeña que pueda parecernos: es esencial porque es la nuestra, y lo que nosotros podemos aportar podemos darlo sólo nosotros; y su posible insignificancia lo es sólo a los ojos de quienes todo lo miden sólo en términos de cantidad o de relumbrón, pero no para los ojos capaces de descubrir la autenticidad del corazón, la capacidad de entregarse a Dios y a los hermanos. 

Es ese corazón auténtico lo que ve Dios con los ojos humanos de Jesús. Jesús sabe ver bien esa autenticidad de la entrega, porque de entregarse hasta el final sabía un rato, como nos recuerda hoy el autor de la Carta a los Hebreos.

En conclusión, podríamos extraer de las lecturas de hoy tres lecciones principales:

-  Como la viuda de Sarepta, ser generosos incluso en la necesidad, gracias a la fe/confianza en la palabra profética que Dios nos dirige de tantas maneras, pero especialmente por medio de su Palabra, proclamada y escuchada en la liturgia de la Iglesia.

-  Como la pobre viuda del Evangelio, ser capaces de darnos del todo en aquello que hacemos y a aquellos con los que y por los que vivimos. Y hacerlo en los pequeños detalles (los aparentemente insignificantes dos reales) de cada día.

-  Sin dejarnos cegar por el culto a lo grandioso (que puede ser sólo grandilocuente), tener, como Jesús, ojos para ver esos pequeños detalles de autenticidad en los demás, ojos para la grandeza que se manifiesta en lo pequeño.

Señor, que pueda ver

Octubre 25, 2009 por José María Vegas

Domingo de la 30ª semana de Tiempo Ordinario

25 de octubre de 2009

PRIMERA LECTURA: Jeremías 31, 7-9 – Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos

Salmo responsorial Sal 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6 -R. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

SEGUNDA LECTURA: Hebreos 5, 1-6 – Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

EVANGELIO: Marcos 10,46-52 – Maestro, haz que pueda ver

“Maestro, que pueda ver”

La situación que se nos describe hoy en el Evangelio es una típica situación de marginación: al borde del camino se encuentra un hombre que por ser ciego es pobre y dependiente y no puede caminar por sí mismo, como el resto de la gente. La marginación de cualquier tipo es un fenómeno siempre incómodo.Y no sólo para quien la sufre (esto va de suyo, claro), sino también para los demás, para los “normales” que pasan de largo por el camino mirando hacia otra parte. La marginación, los marginados de cualquier tipo, gritan y molestan. Imploran ayuda y nos ponen en cuestión. El propio confort y seguridad se hacen en cierto sentido molestos ante el rostro inquietante de la marginación. Una forma de esquivar esta incomodidad es hacerse sordo a sus gritos, hacerlos callar, como hacen “muchos” de los que caminaban alrededor de Jesús. Ante la ceguera gritona de ese que se sentaba al margen del camino, lo mejor es hacerse el sordo, o tratar de que, además de ciego, se haga mudo. Una forma de acallar esos gritos es, por ejemplo, convertirlos en “un problema” abstracto, anónimo, sin nombre y sin rostro.

El primer detalle significativo del Evangelio de hoy es que, a diferencia de lo que sucede en otros pasajes de curación, aquí se nos dice el nombre y algo de su procedencia: es Bartimeo, el hijo de Timeo, esto es, alguien concreto, con nombre, con una historia y unas relaciones, con sentimientos, deseos y esperanzas, frustrados precisamente por su situación de marginación. Es normal que gritara en cuanto percibiera la más mínima esperanza de curación.

A diferencia de los demás, Jesús se detiene, lo llama y entabla con él un diálogo. Jesús no percibe en el grito del ciego sólo la molestia que ocasiona la marginación, sino la angustia y el sufrimiento de la persona concreta. Por eso se abre a sus necesidades y se dispone a escuchar sus deseos. Es interesante que le pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?» Como si no fuera evidente lo que ese hombre podía pedir. Pero es que a la hora de acoger y ayudar es importante (tal vez, lo más importante) dejar que la persona se exprese y pueda exponer sus necesidades y deseos. A veces la ayuda social puede hacerse de manera profesional y especializada: uno “sabe” mejor que el necesitado lo que éste necesita, y se puede hacer de él “objeto” de una caridad, de una ayuda burocratizada, que no da lugar al encuentro personal, al diálogo con la persona, a que ésta pueda ejercitar el mínimo de autonomía de que todavía disfruta: siquiera decirnos su nombre (“no soy sólo un pobre, sino yo, Bartimeo”), exponer su necesidad y su pobreza, expresar sus deseos y manifestar sus sueños. Hay formas de ejercer la “caridad” que pueden ser modos encubiertos de hacer callar el grito de los marginados. Jesús, como vemos hoy, actúa de otra manera: oye el grito, llama, escucha, deja al otro ser sí mismo, y sólo desde ahí actúa curando.

Sanar la marginación no significa necesariamente hacer milagros, ni siquiera resolver problemas. No siempre está en nuestras manos ni, desde luego, lo uno, ni tampoco siempre lo otro.  Pero sí que podemos escuchar, acoger, respetar al otro en su idiosincrasia y en su concreción, reconocerlo como persona dotado de esa mínima pero fundamental autonomía que consiste en expresarse, en decirnos su nombre, su procedencia, sus deseos y sus sueños, sus esperanzas y, por tanto, también su fe. No ser sordos a este grito y este clamor es una primera forma de curar la ceguera, la causa de la marginación.

Jesús, que atribuye a la fe de Bartimeo su curación, tal vez nos esté diciendo justamente que para superar la marginacion hay que prestar atención y ayuda, pero también dejar al otro poner su parte y ejercer su margen de autonomía, por pequeña que esta sea.  El milagro que Jesús ha obrado con la cooperación de la fe del ciego no consiste sólo en la recuperación física de la vista, sino también en el hecho de que Bartimeo abandona su situación de marginación y se integra al camino por el que marchaban todos y, eso no es todo, lo hace además de un modo singular: “lo seguía por el camino”, es decir, lo hacía en el seguimiento de Jesús.

¿Quién era este personaje de carne y hueso, Bartimeo? En primer lugar, cada uno de nosotros puede reconocerse en él. Todos tenemos nuestras cegueras, nuestras limitaciones (físicas, intelectuales, psicológicas, morales), aspectos de nuestra vida que nos hacen dependientes o que nos marginan de un modo u otro. Podemos conformarnos con resignación y ser nosotros mismos quienes nos impongamos silencio. Pero Jesús pasa a nuestro lado y tenemos que tener el valor de dirigirnos a él, de gritarle nuestra necesidad. Quién sabe la cantidad de “curaciones” que nos hemos perdido en nuestra vida por no haber sido capaces (por temor a las reacciones de los demás, o por parálisis interior, o por orgullo o pereza…) de dirigirnos a Cristo con fe. Bartimeo nos invita hoy a orar con insistencia, a acudir a Jesús y gritarle nuestra necesidad, a no conformarnos con nuestras cegueras, nuestros horizontes estrechos y limitados. Jesús nos escucha, nos deja hablar y expresarnos: ¿por qué perder la oportunidad de abrir ante él, sin temor, con confianza, esto es, con fe, nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras esperanzas, para que él, escuchándonos nos ponga en pie y nos cure, invitándonos a caminar por nosotros mismos y en su seguimiento?

Si sentimos que, de un modo u otro, Jesús ya nos ha tocado y curado, si estamos ya en camino, Bartimeo nos invita a examinar la calidad de nuestro seguimiento. Vivir en el seguimiento de Jesús significa haber sido curado de la ceguera que no nos deja caminar con libertad, pero también de las sorderas que nos impiden escuchar los gritos de los que todavía se sientan al borde del camino y nos importunan pidiendo ayuda. Ser seguidor de Jesús implica estar dispuesto a pararse, a acoger, a escuchar, a ayudar en la medida de nuestras posibilidades (unas veces en la acción personal, otras unidos a otros, uniendo fuerzas en organizaciones adecuadas). Es un género de ayuda que auna, por otro lado, acción social y anuncio del evangelio, solicitud por la necesidad y llamada a la fe y al seguimiento. Se trata de dos dimensiones inseparables, pero al mismo tiempo, en cierto sentido, autónomas. La ayuda es incondicional: su motivación no puede ser otra que la necesidad ajena. Pero siendo una ayuda realizada por y desde el seguimiento de Cristo, no puede no remitir de un modo u otro, desde el pleno respeto a la libertad y la autonomía ajena (como hemos visto que Jesús mismo hace),  a la fuente de la que brota nuestra capacidad de acogida y ayuda.

A este respecto, hay otra forma de marginación que podemos entrever en el evangelio de hoy. La dimensión religiosa está cada vez más ausente de los modos de vida y de pensamiento del mundo en el que vivimos. Nuestro mundo se ha hecho en gran medida ciego para la fe y se ha situado al margen de la experiencia de fe. Pero también esta forma de marginación y de ceguera grita de múltiples formas. También a estos gritos tenemos los creyentes que prestar atención, escuchándolos y tratando de darles una respuesta respetuosa y firme. Hay formas de necesidad y de ceguera a los que sólo la fe en el Dios Padre de Jesucristo puede responder de manera satisfactoria. Los que tenemos fe debemos reconocer sin complejos que somos ricos de una riqueza que hemos de compartir, somos depositarios de una luz que quiere iluminar a todos. Por medio del testimonio de fe que se expresa en el amor y en la atención a las necesidades ajenas Jesús mismo quiere hacerse cercano también a esta forma de marginación y dirigiéndose a cada uno, preguntarle con solicitud: «¿Qué quieres que haga por ti?»